Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Cuánto se mete la clase obrera

Loris Campetti

Publicado en Il Manifesto. Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti

Reportaje sobre el consumo de drogas en las fábricas metal – mecánicas de Italia. La cocaína arrasa en las fábricas entre los más jóvenes

 

En la fábrica Sevel en Val di Sangro uno de cada dos obreros consume sustancias estupefacientes. Lo mismo sucede en lugares en los que la edad media es muy baja. Se esnifa para aguantar “una mierda de trabajo, una mierda de vida”, porque todo el mundo lo hace, porque la fábrica ya no es una comunidad. Trapicheo, robos,  registros de la policía. El polvo blanco cambia la relación con el trabajo y el sindicato. En la cadena de montaje se han dado casos de chicas que se prostituían para pagarse la dosis. Ahora son menos. Sólo lo hacen cuando se termina el sueldo.

“El proletariado no sólo es una clase que sufre […] La vergonzosa situación económica en la que se encuentra lo empuja irresistiblemente hacia delante y lo incita a luchar por su emancipación definitiva”. Lo escribía Friedrich Engels en 1840 en su magistral La situación de la clase obrera en Inglaterra. La idea de Engels y Marx es tan sencilla como extraordinaria; una idea que ha movilizado a millones y millones de hombres y mujeres de todo el mundo a lo largo de los dos últimos siglos. Una idea que cambió el mundo, emancipando a grandes masas de una condición de miseria y subordinación a través de la lucha de clase, “el motor de la historia”.

¿En qué momento se halla la historia, 170 años después de la investigación de Engels? Esta pregunta nos surgió de modo espontáneo al terminar nuestra investigación sobre consumo y difusión de drogas en las fábricas italianas, y fuimos a revisar los textos clásicos, las memorias de las trabajadoras textiles de Manchester, poco más que niñas, obligadas a envenenarse con “jerez, oporto y café” para soportar un ritmo de trabajo inhumano durante 15-16 horas al día. En 2008 hay realidades industriales importantes en las que nada menos que el 50% de los trabajadores consume coca, y en menor proporción, heroína o cualquier sustancia que haga más tolerable una “mierda de vida”, o mejor, que permita soñar con una huida improbable de ésta. Una mierda no sólo de trabajo sino de relaciones en pueblos carentes de vida social, que conceden bien poco a las esperanzas de futuro y de cambio, según nos cuentan los trabajadores. Se consume para trabajar, para ponerse ciego, para hacer el amor. Se consume en la cadena de montaje, en la discoteca con los amigos, en la cama para mejorar las prestaciones sexuales; luego llega la dependencia y con ella el tráfico para pagarse las dosis. Obreros y obreras, jefes y capataces, tentados en la fábrica por otros obreros: una raya en los lavabos de la fábrica por probar, la exaltación y el corazón latiendo a mil, la adrenalina que, al principio, hace incluso aumentar la producción, y al final, el hábito. Se trabaja de noche para ganar trescientos euros más: 1.400 en lugar de 1.100 euros, que te vienen estupendamente para afrontar la abstinencia y la crisis de la cuarta semana. De noche hay menos controles, “marcas picos de producción y los jefes no te tocan las pelotas”. Alguna chica llega incluso a prostituirse para pagarse la dosis; por suerte, son casos esporádicos.

Del taller a la plaza del pueblo

La droga llega desde la fábrica a los pueblos de origen de los trabajadores: una espiral perversa de la que, aparte de las fuerzas del orden, pocos se ocupan: los asistentes sociales, Ser. T. [Servicio Toxicodependencias, N.d.T.], algún órgano institucional. Las empresas esconden mientras pueden el fenómeno para salvar su imagen; si sale a la luz un caso, pongamos a raíz del enésimo registro de los carabinieri, optan por la represión mediante el despido o las “dimisiones espontáneas”, a veces ayudan a la recuperación de los toxicómanos.  Igualmente, los sindicatos olvidan algo, cosa que los delegados no se pueden permitir puesto que su compromiso corre el peligro de cambiar de naturaleza, debido a que el trabajo de ayuda a los chicos que han caído en la espiral resulta muy absorbente. Unos chicos –hay miembros del sindicato e incluso delegados- que no viven el trabajo como emancipación, como vehículo para construirse un futuro, sino como pura fuente de ingresos para seguir esnifando coca o inyectándose heroína, o bien fumándola “como hace un grupo de tías de mi turno”, dice Arturo, que lleva años intentando desintoxicarse y vuelve a recaer, a pesar de su cita cotidiana en el Servicio de Toxicodependencias de Pescara. Arturo, del sindicato (está afiliado al sindicato de izquierda FIOM), sólo se espera “una ayuda para defenderme de los jefes que me chantajean, me persiguen, me dan días y días de suspensión para guardarlos en el cajón y sacarlos cada vez que intento levantar cabeza”. Arturo alterna el trabajo en la fábrica, las bajas por enfermedad y muchas otras cosas para tirar adelante. Dejó la universidad luego de un gran trauma, el terremoto en su pueblo, San Giuliano de Apulia, y comenzó a meterse.

Empezamos nuestro viaje en Sevel di Atessa, Val di Sangro, en la región de los Abruzos. Pondremos nombres inventados a muchos entrevistados, chicos y chicas que consumen sustancias estupefacientes, delegados sindicales que piden el anonimato, miembros de las fuerzas del orden ocupados en operaciones contra la droga. En número de empleados, la Sevel es la principal fábrica italiana de la FIAT después de la de Mirafiori (Turín). En ella se construyen las furgonetas Ducato para la multinacional turinesa y para la francesa PSA (Peugeot y Citroen), un producto que no está sufriendo la crisis internacional del automóvil. Desde su creación, en 1980, la Sevel ha ido aumentando su capacidad productiva. Hoy da trabajo a 6.500 personas en tres turnos –mañana, tarde y noche- a los que hay que añadir unos 2.000 obreros de empresas externas que operan en los alrededores del establecimiento y miles de contratos del grupo FIAT. Tan solo en Val di Sangro hay 10.000 familias que viven de la Sevel: entre 10 y 15 millones de euros al mes que representan la fuente de renta principal del valle. Huelga decir que al peso económico de la empresa se le suma el político. Una situación análoga en muchos sentidos a la que se determinó en la región Basilicata con la llegada de la FIAT-SATA. La empresa contrata de modo masivo –nos cuenta nuestro guía, el delegado del sindicato FIOM Antonio Di Tonno- grandes remesas de chicos y chicas de dieciocho años seleccionados al buen tuntún. Al ver que no son suficientes para satisfacer la demanda de la FIAT, cada vez son más numerosos los contratos efectuados por toda la zona de Chieti, Pescara, Molise, Apulia y Campania. Edad media bajísima, alto grado de trabajadores que lo dejan, pues “se trabaja duro aquí”: “Los jóvenes viven con desapego la relación con la fábrica y el sindicato. Qué decir de la política. Piensan en el fútbol, la pizza, la discoteca. Y en la cocaína. Hay quien hace de todo para que no le prorroguen el contrato después del periodo de prueba, de modo que les pueda decir a sus padres: “lo he intentado, pero no es culpa mía si no me han cogido”. Tal vez por esta actitud, tal vez por una difusión descontrolada de la droga, el caso es que ahora la Sevel está contratando a personas un poco mayores, entre los 25 y los 28 años”. Tanto los delegados como un oficial de la antidroga que conoce bien la fábrica debido a los registros nocturnos en busca de sustancias casi siempre fructuosos, sostienen que uno de cada dos empleados está involucrado con mayor o menor asiduidad y dependencia en el rollo de la cocaína. Hasta hace poco tiempo se encontraban dosis enormes de drogas en las taquillas de los obreros. Nos cuentan que se incautaban de muchas dosis de coca, heroína y ladrillos de hasta un kilo de hachís. Habiendo pillado a tantos, ahora todos son más prudentes.

El silencio es oro

La relación entre fuerzas del orden y seguridad de las empresas no es siempre ideal, y así ocurre que  a los controles dentro de las fábricas se añaden los de fuera, a tiro hecho. Como a los drogadictos y a los camellos se les puede chantajear fácilmente, son ellos mismos los que acaban chivándose a la Policía y los carabinieri. Y a la empresa, que, a veces, usa los chivatazos para poner en evidencia a los chivatos delatándoles ante sus compañeros de trabajo. Ha habido detenciones, pero todo pasa sin dejar rastro, y la prensa, incluso la local, calla. La fiscalía se mueve con pies de plomo; en ocasiones ni siquiera respalda el trabajo de los magistrados que autorizan escuchas telefónicas con el objeto de tener bajo control el fenómeno. “En la fábrica –dice Antonio- reina el caos. La empresa, después de haber trabajado con tesón para neutralizar al sindicato, ahora se queja de la falta de interlocutores, en el sentido de que ya no somos un interlocutor serio en cuanto que no tenemos un conocimiento profundo de la fábrica, los obreros y sus problemas”.

Estos jóvenes, obreras y obreros, son completamente distintos de la clase obrera que conocemos y de la que hablamos. Los viejos, los que llevan veinte años o más trabajando para la Sevel, están furiosos con las nuevas generaciones de trabajadores: “Se la están buscando, no quieren hacer nada, te llaman sólo para que les den puestos mejores. Son individualistas y no nos respetan, la droga les ha vaciado por dentro. En lugar del trabajo –dicen- sólo piensan en la cocaína”. En una cosa sí que parecen estar unidos jóvenes y viejos: votan en su mayoría a la derecha, a Fini o a Berlusconi, o no votan, incluidos muchos de los que invirtieron en el gobierno Prodi y se desilusionaron.  Hay hasta afiliados a los sindicatos, hasta delegados que pueden votar a la derecha: “Con el carnet defienden su salario del empresario, con el voto a la derecha lo defienden del Estado, que les tortura con los impuestos”. “La fábrica se ha convertido en un supermercado, se vende de todo: puedes comprarte un motor Alfa, un remolque de coche, un estéreo, todo tipo de droga procedente sobre todo de Nápoles a través de los camioneros que traen a la fábrica componentes y material necesario para la producción de las furgonetas. El material termina en manos de los camellos internos, y de mano en mano, llega a todas las secciones, luego sale de la fábrica y llega a los pueblos, donde todos consumen drogas blandas y muchos, acaso un 80%, se pone de coca, de los 14 a los 40 años”, cuenta uno que trabaja en la represión externa, y nos lo confirman los jóvenes con los que hablamos, además del secretario del sindicato FIOM de los Abruzos, Marco di Rocco: “Una plaga social”.

Pero el proceso de transformación cultural afecta ante todo a la fábrica: la gente se mete en la línea de montaje, esnifa en los descansos al lado de las taquillas, y en el váter la gente se pica. Algunas veces, nos dice un oficial, “hemos pillado a chicos puestísimos que hacían el amor dentro de las furgonetas que estaban construyendo”. Los robos en las taquillas no se cuentan, “consiguen dejar vacías muchas actuando en equipos organizados”, nos dice otro delegado. Desaparecen también los sifones en los baños, los espejos. “Todo por cuatro perras gordas, por un cuartito”. El cuartito es una dosis de un cuarto de gramo de coca; por veinte euros te la llevas a casa o a la cadena de montaje. Su precio, desde Nápoles hasta Atessa, se puede triplicar.

Chantajes y amenazas

¿Por qué lo hacen? “Porque son iguales que los chicos de su edad que estudian y malviven en el pueblo. Hay quien –nos dice quien se ocupa de droga en el territorio de Lanciano- al principio usa la coca para aguantar un trabajo muy duro, pero no es este el motivo principal. Lo hacen sobre todo de noche porque la vigilancia es menor. Y si quien pasa la droga es chantajista, los vigilantes internos no tienen instrumentos para intervenir: los amenazan”. Giulietta y Romeo son dos obreros en tratamiento desde hace unos años en el Ser. T. Son heroinómanos, y ahora viven con su dosis diaria de metadona. Juran que están limpios. Giulietta ha heredado una hepatitis C de la época en la que se metía, la movieron de la línea a un puesto un poco más humano sólo después de cuatro desmayos. Ahora trabaja en la sección de pintura, que no es la ideal para quien tiene el hígado en malas condiciones. Nuestro delegado FIOM se compromete delante de nosotros a ayudarla para que la trasladen a un puesto compatible con su estado de salud. Esto es lo que hacen los delegados, a quienes llaman para “que les echen un cable”ante los jefes para obtener turnos o puestos mejores. “Me Vienen a casa –dice Antonio- padres de chicos que han caído en la espiral. Me piden ayuda”. Muchos son jóvenes con contratos atípicos. Se soporta el turno de noche por ser precario o chantajeable, o se escoge para ganar 300 euros más, o porque “uno se puede drogar sin que le toquen mucho las pelotas”. Los “murciélagos” suelen vivir la noche como un “regalo”, y trabajan a saco para defenderlo.

El Servicio de Toxicodependencias de Lanciano tiene 220 usuarios: la mitad son obreros de la Sevel. “No se ponen para aguantar el cansancio. Muchos llegan a la fábrica ya enganchados a la coca o la heroína. Al principio te puede dar un poco de marcha, si la controlas te ayuda, pero si te pasas de la raya, ya no consigues trabajar. El cuerpo soporta mejor la heroína –sostiene Romeo- que da dependencia sólo psicológica. Con la heroína, pasando luego a la metadona, consigues montarte una nueva vida. Con la coca es peor: 30 euros al día para la dosis es lo único que buscas. Se oye por ahí que en montaje hubo ciertos casos de chicas que se prostituían para sacar algo de pasta”. Este es un tabú, e incluso quien está dispuesto a contarte todo hace como que no sabe nada, como que no ha entendido la pregunta. Eso se sabe, “pero no se dice, son solo rumores que corren”. Que corren deprisa. Repites la pregunta y entonces la respuesta es obligada: “Antes pasaba, ahora menos, sólo a finales de mes, al acabarse el sueldo”. ¿Olvido o pudor? Tal vez ambos. Giulietta dice que se siente agradecida a un jefe que la ayudó cuando había caído muy bajo y pesaba 38 kilos: “llegué a consumir 80 euros diarios en heroína; entonces no te queda más remedio que ponerte a pasar”, si de prostitución no quieres ni oír hablar. ¿Qué es el trabajo para estos chicos? Para Romeo “es lo principal, le da un sentido a mi vida, una identidad”; en cambio, para Giulietta, “no es posible identificarse con este trabajo. Si pudiera, me marcharía mañana, pero no a otra fábrica; al fin y al cabo la Sevel es el mejor puesto de trabajo de la zona. Quisiera dedicarme a otra cosa en la vida”. ¿Y el sindicato? “Tengo buenas relaciones, el sindicato es importante, pero –admite Romeo- rara vez participo en las huelgas”. Y Giulietta: “Yo no tengo contacto, mis delegados son uña y carne con los dueños. Sólo la FIOM se salva. Pero me sumo a las huelgas, al menos a las de ocho horas, así me ahorro la molestia de ir a la fábrica”. ¿Por qué os metéis? “Intenta vivir en estos pueblos. Prueba. Verás cómo lo entiendes y hasta tú mismo lo acabas haciendo”. A Giulietta no le cabe la menor duda. Ahora puede tirar adelante decentemente con su compañero. “Ahora estamos limpios. Pero no de la metadona, que te persigue para el resto de tu vida”. Romeo no ha renunciado a la idea de librarse también de la metadona: “Una vez probé, quizá vuelva a intentarlo”. Son dos pacientes modelo. Llevan cinco años sin meterse y consiguen pasar las vacaciones fuera, si bien antes pasan por el Servicio de Toxicodependencias, se pillan las dosis diarias y luego se van en busca de una vida normal. Hables con quien hables te cuenta lo mismo: con la cocaína no hay problema, “puedes dejarlo cuando quieras”. El hecho es que no lo hacen. Pocos admiten ser toxicómanos. ¿Nos lo cuentan  a nosotros o se lo cuentan a ellos mismos?

La crisis de la comunidad

La impresión que se saca de este primer viaje es que la “diferencia” obrera ha terminado. Los jóvenes del metal son iguales a los de fuera porque la fábrica ya no es una comunidad, un lugar identitario, de agregación. Se comparte la misma condición de trabajo, pero es mucho más fácil juntarse para esnifar que para luchar contra los patrones. La fábrica se ha vuelto un lugar de paso para los jóvenes. Un lugar de consumo, de trapicheo.

Un poquito de coca y el turno se acaba volando. (II)

En Melfi, la joya de las instalaciones de la FIAT, la gente se mete para soportar los ritmos del TMC2. Pero la cocaína también marca los tiempos de la vida y permite un comercio que para muchos consumidores se convierte en un negocio redondo.

En el principio había un “prado verde”, campos de trigo sin fin en la extraordinaria llanura de San Nicola. El trigo cedió su lugar al establecimiento FIAT-SATA de Melfi y la colina que trepa hacia el pueblo muestra la herida de una carretera construida como paso elevado. Al inaugurarse la fábrica en 1994, esperanzas de emancipación y retórica postdemocristiana se mezclaron en una narración inédita en esta tierra de la Lucania: llegaba el capitalismo serio, se podía salir de una pobreza campesina dominada durante décadas por el paternalismo del democristiano Emilio Colombo. Llegaba la industria, llegaba el progreso. El viejo padrino aplaudía el traspaso a los nuevos padrinos: “Romito, salude de nuestra parte a Agnello” [juego de palabras con los apellidos de Romiti y Agnelli, los entonces consejero delegado y propietario de la FIAT respectivamente, N.d.T.], se veía escrito en un cartel filmado por cien cámaras. A la FIAT se le concedía todo, desde la derogación de la prohibición del trabajo nocturno de las mujeres hasta una forma renovada de celdas salariales que condenaban a los futuros obreros a ganar menos de sus compañeros de la fábrica de Mirafiori (Turín) y a trabajar más.

A las instalaciones de San Nicola las llamaron “Prado verde”, pues nacían de la nada (se sabe que el trigo no es nada), del olvido de la industria y el conflicto laboral. Tuvieron que pasar 10 años exactos para que los obreros de Melfi explotasen decretando el final de la paz social: durante 21 días bloquearon las verjas de entrada, aguantaron las cargas de la policía y rompieron un aislamiento que muchos, desde la política, los medios de comunicación y hasta desde los sindicatos, habían tratado de urdir en vano alrededor de los nuevos bandidos “de mono azul”. Ganaron con el respaldo casi solitario del sindicato FIOM, alcanzaron su mayoría de edad conquistando derechos que otros, en otras épocas, habían conquistado y que ahora, todos a la vez, corrían el peligro de perder de nuevo.

Casi 15 años después de su nacimiento, Melfi es uno de las fábricas punteras de la FIAT. 5.300 empleados directos, 10.000 considerando todo el grupo. Los obreros llegan a San Nicola todas las mañanas, tardes y noches desde todos los pueblos de la región de la Basilicata, desde el norte de Apulia y algunos desde Campania. Horas y horas de autobús o de coche, cientos de accidentes de tráfico con muchos muertos y heridos que se han ido acumulando a lo largo 15 años de ir y venir. También aquí, como en Sevel in Val di Sangro, trabaja una clase obrera muy joven que a menudo no consigue aguantar los ritmos obsesivos de la fábrica modelo: prueba de ello es el recambio frecuente de personal. También aquí, como en la Sevel, la cocaína campa por sus fueros. Mientras dejamos atrás la llanura y el pueblo viajando hacia Potenza, un delegado sindical de la FIOM anónimo nos cuenta la “normalidad” del consumo y el tráfico en las líneas de montaje –perdón, las UTE, el acrónimo de Unidades productivas Elementales, que van a los ritmos de la famosa métrica TMC2, causante de desgarros, hernias, síndrome del túnel carpiano, tendinitis. “La cocaína corre por la fábrica desde el principio, pero fue hace poco cuando cobró dimensiones de masa. Un carretillista que trabaja en mi cadena vende una cantidad de dosis increíble a los demás obreros, a los jefes, a los vigilantes, que se le dan al tema como locos, a las mujeres. El tráfico es cotidiano igual que el consumo, pero los viernes y antes de las vacaciones el volumen de negocio sube como la espuma porque se compran las dosis para el sábado por la noche en la discoteca o en las vacaciones. Mi amigo carretillista antes de Navidad ganó 15.000 euros, y en poco tiempo se compró una casa”. ¿La gente se droga también dentro de la fábrica? “Los obreros –responde- se ponen durante los descansos, los reconoces porque reanudan el trabajo excitados, tirando para arriba el moquillo; es una especie de tic, y durante media hora producen como locos, luego se relajan. Al principio son consumidores ocasionales, pero cuando agarran el vicio se transforman en pequeños camellos para pagarse las dosis. Los porros se los fuman directamente en la UTE: si olieras qué aroma…”.

Droga de apoyo

Los precios de la cocaína rondan los 70-100 euros por gramo, 20-25 euros por el clásico cuartito. La coca llega sobre todo de Foggia y la traen los típicos camioneros que abastecen a la fábrica de piezas, componentes, sueños de gloria o de fuga, como se diga. “Hay alguno que se chuta –sigue contando nuestro amigo delegado- y suele recibir ayuda de la empresa para acudir durante algún periodo a comunidades de apoyo para intentar desengancharse”. ¿Por qué se drogan? “Trabajando años y años en esta fábrica acabas desfondado. El ritmo es estresante, los viajes diarios para venir y marcharse del trabajo te rematan, y la vida en los pueblos es banal, aburrida. Los hay que se ponen para aguantar el estrés, pero muchas veces los motivos son otros: para estar bien con los amigos, para estar bien con la mujer o el marido. Muchos se llevan la coca a casa y les hacen esnifar también a sus mujeres para follar mejor”. ¿Quiere decir que sin ponerse uno no se lo pasa bien? ¿Y que uno no se divierte en la discoteca o en la cama sin recurrir a la cocaína? El delegado se encoge de hombros y sigue adelante. Insiste en el vínculo con el sexo: “Cuando se meten en la fábrica, no hay quien les pare. Aquí se dice “dar por culo a la hormiga” cuando te agarra un pronto y te sientes Rambo, y suele pasar que tu compañero de trabajo, medio en broma medio en serio, te viene y te toca el culo, al no haber una mujer al alcance de la mano”. ¿Entre los consumidores hay gente apuntada al sindicato? “Haylos, haylos. Incluso delegados. A uno del sindicato UGL le dieron una paliza por retrasarse en pagar al camello”. ¿Los delegados del sindicato FIOM? “Algún porro: eso todos. Sí, alguno se mete también coca. La mayor parte de los consumidores –cambia de tercio- está casado y con hijos”. ¿Qué porcentaje hay de cocainómanos? “Hay quien dice que el 40%, y hay quien corrige la cifra al alza: uno de cada dos”.

Estrés, aburrimiento, sexo, deseo de distinguirse aunque luego acabe uno siendo exactamente igual que el resto de sus colegas. “De noche hay menos control, pero se esnifa en todos los turnos. En esta fábrica se puede comprar costo, coca, heroína, pero también tangas, camisetas, electrodomésticos. Todo el mundo lo sabe, pero nadie lo dice. Por miedo, por conveniencia, para vivir sin líos”. En realidad sí que hay quien habla: las redadas de la antidroga fuera de la fábrica, en los aparcamientos del establecimiento suelen terminar con detenidos, de modo que chivatazos no faltan. A quien le pillan con las manos en la masa la empresa le empuja a dimitir, o bien le bajan de categoría y le apartan a otra unidad, “acaba de sucederle a uno que trabajaba en montaje”. Desde la lucha victoriosa de los 21 días, Michele es asesor de Rifondazione Comunista para asuntos sociales de la provincia de Potenza, desplazado de la FIAT de Melfi, donde trabaja de obrero: “He asistido personalmente –nos cuenta- a la detención de dos trabajadores en el autobús que nos llevaba de vuelta al pueblo después del turno de noche: subieron tres, uno de civil por la puerta delantera y dos de uniforme por la trasera para bloquear las salidas y fueron a tiro hecho a ponerles las esposas a dos obreros directamente en el autobús. Por suerte esa vez no llevaban nada y los soltaron”. Pero en algunos casos, se procede al despido por distintos motivos: “Dos chicos –nos cuenta la abogada Lina Grosso que está siguiendo los procesos laborales para el sindicato FIOM- fueron despedidos por ausencia injustificada, pero se sabe que se trataba de dos toxicómanos. Nosotros comenzamos los trámites pero en estos casos la FIAT siempre opta por ponerles precio, por ofrecer dinero a quien necesita dinero como el aire, con tal de no llegar a una sentencia. Para nosotros es difícil convencer a estos chicos a que no acepten la oferta, y es que no tenemos la certeza de ganar el juicio”. Este es uno de los muchos problemas en Melfi, donde los procedimientos de urgencia duran meses y meses y las sentencias, de producirse, rara vez son a favor del sindicato. “En cambio hay otro caso de un trabajador, que sufría de alcoholismo, al que la empresa colocaba por sistema en puestos insostenibles para él. Una vez pidió que le dejaran salir para ir al hospital porque se encontraba mal. Se lo impidieron varias veces hasta que consiguió escapar dando origen a momentos de fuerte tensión. Huyó en coche en estado de ebriedad después de un altercado con dos jefes y tuvo un accidente. La empresa lo despidió y nosotros les llevamos a juicio. Perdimos en primera instancia y apelamos, pues en un informe médico que presentamos se establecía que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Después, un segundo peritaje confirmó el primero, y la FIAT propuso la transacción, es decir, la indemnización para no llegar a sentencia. Nuestro cliente  no aceptó y ahora estamos a la espera del fallo del juez”. Por fin, al principio de esta semana ha sucedido una cosa que nos ha devuelto la esperanza a la oficina legal de la FIOM: el juez de Melfi ha aceptado el recurso contra el despido de un obrero de la SATA, Michela Passannante, “por motivo improcedente”, tras la apertura de una investigación judicial en la que se le investigaba por presunta pertenencia al área terrorista. Ahora la FIAT deberá volver a abrirle las puertas de la fábrica y pagarle los salarios atrasados.

Una emergencia en expansión

El gobierno de la Región Basilicata se ocupa de la FIAT de Melfi desde el día de su apertura y lo hace con cierto grado de autonomía respecto al poder excesivo que tiene en el territorio la multinacional turinesa. Ha puesto en marcha investigaciones (“ojalá la Fiscalía fuera igual de activa”, nos dicen los abogados que defienden a los obreros) acerca del cambio de vida en los pueblos en los que viven los empleados de la SATA y su grupo, sobre los accidentes de tráfico relacionados con los desplazamientos a la fábrica, sobre mobbing. La Región se ha ocupado también de toxicomanía en la fábrica. Concretamente hay una investigación efectuada por el equipo de la Cooperativa Marcella sobre la percepción de las drogas por los trabajadores del área industrial de Melfi: “Todos están de acuerdo en afirmar que el uso de sustancias es gravemente nocivo para la salud”, si bien consideran que algunas, como las drogas ligeras pueden aumentar la capacidad laboral y que junto con las sintéticas mejoran la resistencia al cansancio, a diferencia del alcohol y los psicofármacos. Muchos piensan que las drogas duras y sintéticas acarrea peligros para los consumidores y sus compañeros de trabajo. Están al corriente del consumo creciente de drogas en la fábrica, o por conocimiento directo, o por el tráfico evidente, las jeringas abandonadas, los robos, el exceso de bajas por enfermedad, y por algún episodio de violencia. Sólo el 21% de los entrevistados excluye que en su empresa se consuman sustancias estupefacientes. Uno de cada dos entrevistados señala un dato alarmante que invita a reflexionar: quien se mete, sufre más accidentes. El 50% sostiene que quien se droga es “una persona normal”.

El otro dato que no debe sorprender es que el consumidor “no se considera toxicómano” (44,9%). Por último, para el 77,3% de la muestra “las empresas deberían tener un programa de lucha contra la droga”. Hace algunos meses en el tercer establecimiento meridional de la FIAT en importancia, el de Cassino, se rodó un video en el que salía un obrero entrevistado de espalda que contaba cómo era el consumo de droga durante el turno de noche. Decía muchas verdades, señalaba demasiadas certezas , demasiado correctas políticamente: la gente se pone de cocaína sólo para resistir un trabajo de otro modo insoportable. Así es, pero no sólo. Hablaremos de ello en los próximos episodios. Hasta ahora sólo hemos investigado en grandes fábricas del metal, FIAT para más señas, pues resulta más fácil conseguir contactos y porque el porcentaje de veinteañeros es altísimo. Pero no se ha de creer que se trata de un fenómeno que se limite a este ámbito. En todos los sectores de la industria y de los servicios el consumo de la cocaína es dramáticamente alto y creciente. Lo es en los trabajos duros como la construcción, en los trabajos repetitivos, en los que prevén la relación con el público. Lo es sobre todo entre los jóvenes y los precarios. Hay quien piensa que hay una relación entre la difusión de las drogas y la reducción de los conflictos laborales. Hipótesis, naturalmente, por comprobar.

Obreros en la cadena: entre el cansancio y la coca. (III)

Crece la difusión de las drogas, de Taranto a Maranello. Asunto sepultado en el olvido. Las empresas oscilan entre el silencio y la represión. El sindicato, en apuros. Peligra la seguridad en el trabajo: se devalúa el salario, se devalúa la vida.

Seguimos con los trabajadores del metal, seguimos hablando de drogas. “¿Has decidido meternos en el ajo?”, me pregunta en tono de broma pero también preocupado un delegado del sindicato FIOM. La verdad es que hay que rendirse ante el valor de esta categoría y su sindicato más representativo: no es fácil sacar a la luz problemas como estos, que obligan a poner en discusión todo: la relación con las nuevas generaciones de trabajadores y la de éstas con el trabajo, el conflicto, el sindicato, el propio papel de los delegados sindicales, las RSU. No todos están dispuestos a abrir este libro doloroso ya que habla de sufrimiento de los jóvenes, tanto en el trabajo como en la vida, habla de vivir al día, sin inversiones en el porvenir. Habla de soledades obreras, de esa clase que, liberándose, debía liberar a la humanidad. Sin embargo, “la clase” rara vez ha parecido estar tan encadenada como hoy, antes que nada a la línea de montaje. Y luego a una nueva pobreza, con sueldos que siguen perdiendo valor y en un trabajo que ya no cuenta con reconocimiento social. Y encima, prisionera de una cultura televisiva dominante, en la que la emancipación individual y colectiva se sustituye por la emulación de los comportamientos y consumos de quien “se lo ha montado y lo ha conseguido”, acaso del patrono. Y el conflicto, que “naturalmente” debería ejecutarse contra quien te explota, lo acaban pagando los sujetos socialmente más débiles.

La cesión del quinto

Ocuparse de drogas en el trabajo ayuda a descubrir mejor la materialidad de la condición obrera. De quien se ha fundido ya el 70% de su pensión para afrontar la compra de una casa, de quien ha cedido un quinto de su salario para activar un crédito, tal vez para comprarse automóvil nuevo o una televisión de plasma, comenta un viejo obrero de Bergamo. Y así sucesivamente, de quinto en quinto hasta que no te queda nada del salario. Poco a poco la gente ha acabado en mano de los modernos usureros, las financieras y los bancos a quienes hay que darles el 13% en intereses por los préstamos. Eso siempre que tengas un contrato a tiempo determinado; si eres precario ni siquiera puedes concederte el lujo de que te chupen el salario. He aquí la nueva clase obrera en carne y hueso.

Al concluir las sesiones de la conferencia nacional de organización del sindicato FIOM en Cervia, el secretario general Gianni Rinaldini retrata un país inquietante marcado por los efectos de una globalización salvaje que empuja a los obreros a competir entre ellos. La crisis del trabajo, amplificada por su fractura en pedazos, provoca el derrumbe de un modelo de representación sindical y social malherido. En este contexto actúa el empuje de las empresas por el desmantelamiento de los contratos colectivos, para sustituirlos por relaciones ad personam con los trabajadores por separado. La difusión creciente y masiva de las sustancias estupefacientes en la fábrica, en la construcción, en los astilleros, en los servicios se enmarca en la individualización de la relación con el trabajo y con la patronal. “¿Qué más tiene que pasar? Si el problema presenta este tamaño –dijo Rinaldini en referencia a esta investigación de Il Manifesto- tenemos que abrir un debate con los delegados”. También ésta es una decisión valiente, pues la ruptura del silencio desencadena reacciones peligrosas por parte de las empresas, las cuales, o no saben lo que sucede en sus fábricas, o lo que es más verosímil, fingen ignorarlo. Cuando la verdad se impone, el paso del olvido a la represión les sale natural a los directivos de la empresa, una reacción congénita. Se pretende entonces de los delegados la delación, cuando no se pasa directamente a la violación de la legislación que tutela la privacidad de los trabajadores: algunas empresas pequeñas han intentado imponer a los empleados o a los aspirantes análisis de orina para comprobar el posible consumo de sustancias. Se puede entender el comunicado de los delegados FIOM de la Sevel Val di Sangro, quienes, aun aferrándose a una lectura un poco reductiva de la difusión de la cocaína en su establecimiento, admiten la existencia del problema y denuncian que sus peticiones a la dirección de la empresa para que afrontaran el problema “con seriedad y transparencia, sin criminalizar a quien está pasando por esta condición” se hayan desoído repetidamente.

Un aspecto preocupante, indicado en una investigación encargada por la Región Basilicata sobre la que informó Il Manifesto el pasado viernes, tiene que ver con el peligro de que el consumo de drogas pueda provocar una caída en los niveles de seguridad y, en consecuencia, un aumento de los accidentes de trabajo. Me habla acerca de ello un obrero de una acería (valga la vaguedad de la referencia, más que justificada por la delicadeza del asunto y por el peligro que corre quien intenta afrontarlo): hace algunas semanas se produjo un accidente grave, por suerte no mortal, en una máquina. En los bolsillos del obrero herido se encontraron algunas papelas de cocaína. En otra fábrica de peso, un delegado solicitó una reunión con el responsable de personal para denunciar la difusión de la cocaína, llevado por la preocupación de que haya ligado a ella un posible aumento de los accidentes. “La empresa hizo como que se caía de la copa de un pino. Una de dos: o no controlan la fábrica, lo cual sería gravísimo, o se hacen los locos para evitar daños de imagen”.

El consumo de drogas (cocaína en especial) crece a medida que desciende la edad media de los trabajadores y debido a la fracturación del ciclo productivo, acompañado por la subcontratación de partes de la producción y los servicios y el trabajo en alquiler, lo que provoca que convivan en el mismo lugar de trabajo empresas y formas contractuales bien distintas. Para los delegados resulta cada vez más difícil controlar, o incluso llegar a comprender el conjunto, cosa que hace más frágil la intervención sindical. Si los jóvenes de muchas realidades laborales consumen coca, el fenómeno del alcoholismo afecta tradicionalmente a los trabajadores por encima de los cuarenta. Este fenómeno está especialmente extendido del Véneto a Emilia, tal y como confirman algunos delegados. Me cuentan que en Emilia hay casos de obreros despedidos por embriaguez: es el caso de la ex Landini en Fabbrico, en la comarca de Reggio, donde el consumo de cocaína se limita a algunos casos concentrados en el turno de noche: “Porros a go-go, pero material duro, poco”. El fenómeno está bastante contenido y bajo control, gracias a una red eficiente de servicios en el territorio, producto del modelo social de la región Emilia-Romaña. Aquí, igual que en otros polígonos de la región, hay muchísimos jóvenes del sur de Italia contratados a quienes sueltan en una área geográfica donde la vida es carísima y una casa de alquiler, si no cuesta todo el sueldo, pues casi. Salir adelante con mil euros al mes o algo menos no es fácil, no permite labrarse un futuro y la vida se va consumiendo en la línea de montaje día tras día. En la antigua fábrica Landini trabajan unos 70 ú 80 indios. No basta con poner menús distintos para construir una buena convivencia entre italianos e inmigrantes extracomunitarios, entre emilianos y meridionales, entre jóvenes y ancianos. Hasta en el consumo de sustancias estupefacientes los comportamientos son distintos. En una gran acería como la de Ilva de Taranto, en la que trabajan, entre contratados directos e indirectos, unos 17.000 trabajadores –tamaño de un pueblo de provincia- se puede encontrar de todo, me cuentan, “ es una especie de supermercado en el que se puede comprar incluso cocaína. Se está convirtiendo en un problema, en la fábrica resulta peligroso hasta caminar, por no hablar de trabajar en el alto horno. Tienes que estar lúcido, atento, si no, te puedes hacer daño o hacérselo a tus compañeros. Piensa en la atención que tiene que mantener quien trabaja en el puente grúa y mueve un recipiente que contiene 300 toneladas de metal líquido”. La persona que nos lo cuenta está preocupada por los efectos de las drogas consumidas en el trabajo, y lo está sobre todo por el peligro que supone tocar este asunto, que puede ofrecer “una excusa a los patrones, listos para repetir el latiguillo: ‘¿Los accidentes? Culpa de la distracción de los obreros’. Es una trampa, pues las responsabilidades de los muertos y heridos en el trabajo son de los empresarios, de los ritmos insoportables, de la falta de aplicación de la normativa sobre seguridad, de la organización del trabajo”. Dicho esto -añade otro obrero- “no tenemos que ocultar nuestras responsabilidades”. Pero la reducción del poder de control de las RSU, sometidas al ataque y la marginalización por parte de los empresarios, lo mucho que les cuesta a los representantes sindicales que se les reconozca su competencia en materia de seguridad, a menudo puesta en tela de juicio por la patronal, son obstáculos para construir un modo de operar menos peligroso. Es la historia de siempre, “para los patrones sólo cuentan la producción y el beneficio”.

Los reconoces por los cambios de humor

De los humos y el fuego de los altos hornos pasamos a la marca más prestigiosa del made in Italy, la Ferrari de Maranello. El consumo de sustancias, que antes se vinculaba al dorado mundo de la Fórmula 1, aquí en la fábrica “se intuye, aunque no veas a tu compañero metiéndose un ácido o quién sabe qué pastilla; también hay cocaína, pero menos extendida, al menos en el montaje. Si subes de nivel, la cosa cambia. El hachís está difundido entre los jóvenes, pero se fuma sobre todo en los descansos. A los que toman sustancias los reconoces por ese estado de euforia que pillan: después del descanso te das cuenta de que tu compañero ha cambiado de estado anímico”. 2.800 empleados, la mayoría trabaja en las instalaciones de Maranello y una pequeña parte en las instalaciones de la Scaglietti de Módena, donde se sueldan los bastidores. En la Ferrari también se construyen los motores y se pintan los bastidores para la Maserati. “La sección Carreras, que emplea a cientos de empleados, es otra historia. Pero en la producción de serie el trabajo y su intensidad, la fábrica de Maranello no es que se distinga mucho de la de la Fiat de Mirafiori. Así como el sueldo base que ronda los 1100 euros a los que hay que añadir el premio de resultado (un buen contrato integrador) y el posible trabajo nocturno o extraordinario. En algunas áreas como el montaje donde se trabaja a tres relevos, el 80% es del sur. Estos chicos llegan rebosantes de entusiasmo, antes de darse cuenta de lo duro que es, lo poco que se cobra y lo caros que son los alquileres y la vida en general. Rápidamente llega la desilusión, la frustración. En los últimos años el uso de sustancias ha aumentado en varias áreas de la producción, sobre todo entre las empresas subcontratadas y durante el turno de noche. El mercado de los Ferraris va sobre ruedas, crece la producción y en un par de años la Ferrari prevé ampliar los tres turnos a toda la instalación. Y aumenta la demanda de horas extraordinarias. Mientras uno de mi generación se pelea por las ocho horas, ves que los chicos hacen cola para conseguir alguna hora extraordinaria, hasta el punto de que los jefes se permiten discriminar, tú sí, tú no, según la dedicación, de modo que las horas de trabajo te las hacen vivir como una concesión benévola y no como una carga añadida de explotación”, dice desesperado un obrero anciano, que añade: “Veo a los chicos achantados, anulada su personalidad. Para ellos, el trabajo sólo significa renta. Entonces se entiende por qué hacen extraordinarias o piden trabajar de noche, para ganar y gastar más. Se difunde la droga con todo lo que conlleva, tráfico incluido”.

La política de los contratos masivos de gente del sur acarrea inevitablemente reducir progresivamente la tasa de sindicalización, y puede ocurrir que la FIOM, la organización ampliamente mayoritaria en la Ferrari resulte derrotada en un referéndum: “Gana el que se lo juega todo en función del dinero, adiós condición trabajadora”.

“Sin esperanzas vence la cocaína”. (IV)

El dominio de la competitividad. El psiquiatra Emilio Rebecchi analiza los comportamientos en la fábrica y las causas que hacen crecer el consumo. Mejorar las prestaciones es funcional para la productividad. La sociedad es clasista: si no eres rico de familia, para pagarte la dosis, pasas, robas o te prostituyes.

“Los presos tienen al menos una esperanza: la de salir de la cárcel porque se agota la pena o intentando la fuga. A menudo da la impresión de que a los jóvenes, a los jóvenes obreros, les queda negada incluso la esperanza de fuga. Si a un chico le quitas la esperanza de labrarse un futuro, le has quitado un derecho fundamental”. El razonamiento de Emilio Rebecchi es de una lógica aplastante a la vez que desesperante. Psiquiatra, psicoanalista, atentísimo a los comportamientos juveniles y a las dinámicas sociales en los lugares de trabajo, Rebecchi ha trabajado en muchos estudios e investigaciones. Recurrimos a él para intentar descodificar las razones que subyacen a la temible difusión de sustancias estupefacientes en las fábricas, oficinas, obras. El consumo de drogas entre los trabajadores no supone, desde luego, una novedad, pero actualmente han cambiado los motivos, las modalidades de consumo, las propias sustancias consumidas y, sobre todo, han cambiado las dimensiones del fenómeno. Lo entrevistamos en su estudio en Bolonia.

“Me encantaba [el ciclista] Pantani. Me impresionó cómo razonaba aún antes de llegar a ser un gran campeón: ‘yo soy el más fuerte –decía- pero si los demás toman sustancias, no me quedo atrás. Lo suyo sería que todos dejaran de tomarlas, pero como no es así, me veo obligado a tomarlas también yo’. El razonamiento es de cajón, pero así se eleva el nivel del conflicto. Conozco a un grupo de boloñeses que practica el ciclismo por pasión, digamos que hacen cicloturismo. ¿Sabes que hasta ellos se meten? No lo hacen para ganar, qué va, no tienen nada que ganar; lo hacen para competir, para aguantar el ritmo del resto. Para no dar lugar a comentarios, precisaré que Romano Prodi no formaba parte de este grupo”. La competición y la mejora de prestaciones son los nudos centrales de la clave interpretativa que nos ofrece Rebecchi. Pero vayamos por partes. “Yo no criminalizo la química: la química existe, es útil en mil circunstancias, pero si la usas para aumentar tus prestaciones sexuales, laborales, hasta para divertirte, entonces quiere decir que hay un problema. Entendámonos, muchos artistas, poetas escritores han tomado drogas por curiosidad o por conocimiento. El mismo Sigmund Freud. Pero estamos hablando de la Edad Media. Hoy los chicos se drogan como nosotros tomábamos café o teta de mamá. Para ellos, meterse una raya de coca o una anfetamina es algo normal, o incluso obvio. Sin motivo sólido alguno, los jóvenes se convierten “espontáneamente” en consumidores. Mucho influyen los modelos culturales (la competición hasta la exasperación) e interviene también un hecho imitativo. Igual que los niños quieren ir al Burger King o a McDonald’s porque todos lo hacen independientemente de la guarrada que te dan para comer, años más tarde, con la misma actitud, puede ocurrir que te metas cocaína. Esto señala la presencia de un vacío que se suele intentar colmar con la droga. Y como la sociedad es clasista, si no eres rico de familia, para pagarte la dosis, pasas, robas o te prostituyes”.

Llegamos al mundo del trabajo. Si bien se comprenden algunos comportamientos “desviados” del subproletariado con las categorías interpretativas clásicas, resulta más difícil hacerse una idea cuando se habla del obrero de fábrica. “Llaman la atención las diferencias éticas. Admitamos que en la fábrica la dureza de las condiciones, la fatiga, pueden ser la causa que te empuje al consumo. El cansancio en la línea de montaje, donde la duración de las tareas se repite siempre igual por debajo del minuto, provoca efectos negativos en la salud del obrero, dolores, lumbalgias. Partiendo de una situación de este tipo, cabría esperar que la sustancia ideal para aliviar la condición de sufrimiento fuera la heroína, que es un anestésico y, por tanto, atenúa el peso y las consecuencias de un trabajo duro. En cambio cada vez más la droga en las fábricas es la cocaína. La cocaína es un excitante, sirve para aumentar la producción”. Las palabras de Rebecchi quedan confirmadas por los testimonios de muchos obreros que hemos entrevistado: el pico de producción se suele marcar a menudo durante el trabajo nocturno, el tercer turno, que es el de mayor consumo de cocaína, debido a que los controles son más raros. Pregunto a Rebecchi si de ello se deduce que la cocaína es funcional para la producción y, por tanto, es una “droga de sistema”. “En los años setenta el uso de sustancias podía tener alguna connotación antisistema, hoy es toda ella interna, y cabría decir funcional para el sistema. Lo cual no vale sólo para los obreros sino también para los directivos, los deportistas”. En la fábrica hay quien sostiene que se llega a convivir mejor con la heroína que con la cocaína… “Es verdad, con la agravante de que la cocaína actúa en las arteriolas y puede provocar microinfartos. A la larga te quema el cerebro. Un efecto similar pueden provocarlo las anfetaminas, cuya composición se desconoce casi siempre”.

¿Cómo se puede intervenir ante este fenómeno, cómo se puede ayudar a los jóvenes obreros que han acabado en la espiral del consumo, y en muchos casos en el tráfico para poderse pagar la dosis cotidiana? “Lo que más complica la intervención es que no hay más motivación social en la decisión de tomar sustancias que la del aumento de la prestación individual y, por consiguiente, de la producción. Estás inerme, incluso los instrumentos tradicionales como el psicoanálisis son romos. Te puede pasar que le preguntes a un paciente joven que haga asociaciones libres, después de lo cual te preguntas: ¿pero qué quieres que asocie este pobre hombre si no tiene ni una puta idea en el cerebro? Digo que te sientes desarmado porque si el consumidor joven, sea obrero o estudiante, no tiene ninguna motivación, cuando le dices que lo deje te responde sencillamente ‘¿por qué? A mí me gusta’ Mira que mañana vas a estar mal, vas a sufrir consecuencias graves en la salud, le contestas, pero te das cuenta de que no le importa un comino. Lo cual quiere decir, repito, que en las generaciones jóvenes, hay un derrumbe, una renuncia a construirse un futuro, una perspectiva de vida”. Y la propia vida pierde valor… “Sin ideales, no solo políticos o religiosos sino sencillamente civiles, se queda uno solo en medio de una realidad durísima que no se puede aguantar. Así se termina volviendo a la infancia, se retrocede al periodo de oralidad. Quieres demostrar que eres más poderoso que el que está a tu lado”.

La elección puede ser individual, pero un fenómeno de estas proporciones adquiere inevitablemente un carácter social. Dice Rebecchi: “El retroceso está unido a la naturaleza de la sociedad en la que vivimos, y al aumento de las prestaciones individuales; sea cual sea el campo, responde al mandamiento de la competitividad”. Algunos obreros, confirmando lo que dice Rebecchi, nos han explicado que uno se pone y convence a su amante a que se meta coca antes de tener relaciones sexuales para mejorar las prestaciones. “Es la lógica machista clásica de quien quiere demostrar quién lo tiene mayor, la sexualidad se reduce al aspecto penetrativo. Piensas que en una relación es esto y sólo esto lo que le importa a la mujer. Y te exaltas porque una raya de coca te hace sentirte más potente, pero no sabes, o no te interesa saber que con el tiempo ese tema te volverá impotente”.

Volvemos a la fábrica. Algunos obreros sostienen que la cocaína ayuda a la socialización con otros obreros, además de a mejorar las prestaciones individuales. “Claro –responde Rebecchi- pero es una relación social de culpabilidad; no se trata, desde luego, de camaradería. Es la expresión extrema de una condición de soledad. Si antes se drogaba a generaciones enteras para mandarlas a combatir y morir en la guerra, hoy con la caída de los valores, los destruyes drogándoles para hacerles producir más en la cadena de montaje”. Rebecchi concluye su razonamiento volviendo al concepto de la falta de motivación en la asunción de las sustancias “dopantes”, de las que deriva la falta de motivación para dejarlas: “El general chino Zhu De tenía una adicción enfermiza por el opio. Cuando comenzó la “Larga Marcha”, antes de asumir el mando, tomó una decisión: tenía un motivo fuerte para dejarlo. El único lugar en el que estaba prohibido el consumo de opio era el río Yangtze. Pues bien: montó en una barca que bajaba por el río, pidió a su propietario que no le dejara pisar tierra durante algunos meses bajo ningún motivo. Así, con un motivo fuerte, ganó sus dos guerras”.

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