Cáncer e industria nuclear. Titulares y contenidos.

Salvador López Arnal

Octubre 2009

Manuel Asende titulaba del modo siguiente una información aparecida en Público con fecha 23 de octubre de 2009: “Un estudio descarta la relación entre cáncer y nucleares”[1]. Como no es improbable que las interesadas fuerzas pro nucleares retomen sus incansables y ruidosos tambores y trompetas y entonen de nuevo una apología de lo nuclear, como es probable que el titular de la información de pie algún malentendido en el lector poco atento, como es posible que alguien olvide que las conclusiones del estudio dirigido por el profesor López-Abende no han sido aún redactadas y aunque desconozco por lectura directa los datos concretos y la metodología del estudio, del que no dudo que existan las máximas garantías, basándome únicamente en aspectos de la información presentada en Público, a la que luego añadiré algunas consideraciones complementarias, vale la pena remarcar los siguientes puntos:

Según informa Público, según diversas fuentes consultadas por el diario, el estudio del Centro Nacional de Epidemiología, que se presentará dentro de unas semanas al Congreso de los Diputados, no ha hallado ‘ninguna correlación estadísticamente significativa’ entre la mortalidad por cáncer en el entorno de las centrales y la presencia de los reactores. Las conclusiones del estudio son similares a las de los dos análisis epidemiológicos anteriores, publicados respectivamente en 1999 y 2001. En ambos casos se señalaba que no parecía existir un mayor riesgo de mortalidad por cáncer en áreas próximas a las centrales en comparación con otras áreas de referencia alejadas de los reactores atómicos.

Los datos del estudio dirigido por Gonzalo López-Abente muestran, según informa Público, un ligero incremento de mortalidad por tumores renales, de pulmón y sanguíneos (leucemias, linfomas) en el entorno de algunas centrales nucleares, sin embargo, no puede determinarse una correlación estadísticamente significativa.

Sin embargo, y al igual que en los estudios anteriores, éste es el primer punto a tener en cuenta cuando hablamos de “lo nuclear” que, desde luego y como es sabido, no engloba únicamente las instalaciones de las centrales nucleares, los datos más preocupantes aparecen en el entorno de las instalaciones del ciclo de combustible, en su mayoría clausuradas en España actualmente pero no en otros países. En el estudio al que se hace referencia de ha detectado un patrón de mayor mortalidad en cánceres de pulmón y colorrectales, y un mayor número de casos mortales de leucemia en mujeres. Según informa Público, lo más llamativo se ha visto en Andújar: la antigua fábrica de uranio de este municipio suministró combustible a las centrales españolas hasta 1981, el año en que se decretó su cierre, y en 1995 se dio por concluido su desmantelamiento: los ex trabajadores de la planta todavía no han conseguido que sus problemas de salud, que existen, se consideren enfermedad laboral.

Según recuerda Público, en el estudio de 2001, basado en más de 12.000 casos mortales de cáncer en casi 300 pueblos situados a menos de 30 kilómetros de las instalaciones nucleares, también firmado por López-Abente y publicado en Environmental Health Perspectives, y al igual que en esta ocasión, se halló un exceso de tumores sólidos en los municipios vecinos a las instalaciones del ciclo de combustible, sobre todo de pulmón y riñón: en la citada ciudad jaenense, la mortalidad por cáncer era un 9% superior a la de los pueblos de control.

Algunos activistas antinucleares han señalado, en todo caso, algunos puntos de interés sobre este último estudio:

Los epidemiólogos han trabajado, por primera vez, con las dosis promedio proporcionadas por el CSN. De esta forma se ha asumido, acaso por necesidad metodológica, que todos los miembros de la población están expuestos al mismo nivel de radiación, a diferencia de estudios elaborados en otros países en los que se ha tenido en cuenta la dosis recibida por cada persona.

Por lo demás, los ecologistas han apuntado que en el estudio se ha utilizado la mortalidad causada por el cáncer en lugar de la incidencia. El mismo CSN, el mismo Consejo de Seguridad Nuclear, en un artículo publicado a principios de año en su revista -Alfa- reconocía las limitaciones de esta metodología. El argumento es suscribible : ‘El hecho de que esta enfermedad presente un largo periodo de latencia limita […] el uso de la mortalidad derivada como indicador para estudiar el posible efecto reciente de la exposición a este tipo de radiaciones’.

Además de ello, aspecto que tampoco habría que olvidar, uno de los requisitos actuales para trabajar en una central nuclear española es pasar un riguroso examen médico y no tener antecedentes de cáncer en la familia. Estas cláusulas de admisión podrían –sólo podrían- condicionar los estudios epidemiológicos: buena parte de los habitantes de estas poblaciones son los propios trabajadores de las centrales y sus familias, y, por consiguiente, dada su exigida salud inicial y sus antecedentes familiares son menos propensos a la adquisición de determinados tipos de cáncer.

A lo anterior, complementariamente, añado algunas consideraciones del médico epidemiólogo Eduard Rodríguez Farré, todas ellas extraídas del libro Casi todo lo que usted deseaba saber algún día sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente[2].

Preguntado por un estudio sobre la incidencia de leucemias entre la población cercana a la planta de Sellafield, Inglaterra, señalaba aquí Rodríguez Farré:

El informe que apareció a finales de 1983 mostró un aumento en la incidencia de leucemias en residentes jóvenes que vivían cerca de la plantas de reprocesamiento de Sellafield (Inglaterra), y desencadenó un volumen considerable de investigaciones sobre la incidencia de cáncer y la mortalidad en áreas cercanas a las instalaciones nucleares. De hecho, las plantas de reprocesamiento, junto a las fábricas militares de plutonio, son instalaciones que producen un nivel general de radiocontaminación considerable. A pesar de la preocupación expresada por la sociedad respecto a las consecuencias para la salud originada por la industria nuclear en su vecindad, y admitiendo que los resultados de varios estudios han evidenciado ausencia de riesgo de cáncer en dichas áreas, existen todavía muchas cuestiones científicas por aclarar debido a las propias dificultades y limitaciones de las investigaciones y, desde luego, a los importantes intereses políticos y económicos que están en juego.

Rodríguez Farré recordaba líneas más abajo que en España se habían realizado dos estudios de mortalidad por cáncer desde 1975 a 1993 en la población vecina a ocho instalaciones nucleares españolas, de 283 y 489 localidades respectivamente, situadas a unos 30 Kms. Los resultados del estudio del grupo dirigido por el doctor López-Abente “no evidenciaron un exceso de riesgo por cáncer en la mitad de ellas -Zorita, Garoña, Vandellós y Almaraz-, aunque en conjunto se encontró un exceso de mortalidad debida al cáncer de pulmón y riñón, y a leucemias”.

En otro orden de cosas, señalaba igualmente Rodríguez Farré:

La presencia a escala mundial de numerosas instalaciones y aplicaciones de la energía nuclear, conteniendo inmensas cantidades de radionúclidos tóxicos, altamente activos y de larga vida, constituye una gigantesca fuente potencial de contaminación radiactiva del medio y un riesgo de exposición a la radiación de creciente importancia para la salud pública. La entrada de estos radionúclidos en la biosfera ya se ha producido de forma significativa. Conocemos más de 400 elementos radiactivos artificiales, algunos de ellos detectados en cantidades importantes en la atmósfera, la hidrosfera y la litosfera.

Sobre el –digamos- argumento, reiteradamente esgrimido por la industria nuclear, que señala que también existe radiactividad natural y que, por consiguiente, no deberíamos preocuparnos, Rodríguez Farré criticaba la falacia que en él subyace del modo siguiente:

Totalmente falaz, no se puede considerar seriamente. Por un lado, por lo que antes decíamos: la vida, nuestra especie en concreto, ha aparecido en un fondo radiactivo determinado que ha ido disminuyendo desde el origen del planeta, pero nosotros, con nuestras actividades, con nuestra tecnología, estamos incrementado esa radiactividad. Esto es un hecho radiobiológico comprobado. Cuanto más antigua es una especie o un philum más resistente es. Pero, además, por otro lado, la afirmación de que la radiactividad natural no tenga efectos negativos es una tesis muy discutible porque también hay estudios publicados que muestran que hay diferencias de efectos -cánceres, diversos tipos de mortalidad- cuando la radiactividad natural es más alta en una región que en otra.

Igualmente, preguntado por si podía afirmarse documentadamente que determinados tipos de cánceres -o acaso su mayor incidencia- tienen como origen el uso de la energía nuclear, sobre si creía en la existencia de alguna relación de causalidad o alguna correlación positiva sospechosa entre ambos extremos, apuntaba:

Sí, yo me atrevería a afirmarlo, como creo que harían muchos otros científicos. Creo que se puede sostener con fundamento esa afirmación sin caer en ningún tremendismo.

Pero habría que matizar en el siguiente sentido. Una parte de estos cánceres, no hablamos de todos ellos sino de un incremento de su incidencia, pueden estar originados por la energía nuclear, por los radionúclidos contaminantes del medio. El problema reside en que ante un determinado cáncer –un cáncer de tiroides por ejemplo- no se puede saber si está causado concretamente por la radiactividad o si tiene su origen en otras causas. Lo que sí puede hacerse es distinguir la incidencia de casos, como ha ocurrido en el accidente de Chernóbil. La tasa de cánceres espontáneos, de los que no sabemos su causa, es en principio bastante constante. En el caso del cáncer de tiroides, no lo recuerdo exactamente, pero supongamos que sea de 2 por cada 100.000 habitantes. Lo que está claro, lo que se ha comprobado sin sombra alguna de duda, es que a partir de 1986, tanto en Ucrania como en Bielorrusia y en Chequia, y en muchos otros países en los que se ha podido investigar, en todos ellos –insisto: en todos- se incrementó esa tasa de cánceres espontáneos en niños pequeños, de edades entre 5 y 10 años, hasta 30 veces según la contaminación local, durante los primeros cuatro o cinco años después del accidente, y que luego esa tasa se ha mantenido en niveles muy altos respecto a los valores existentes antes del accidente.

Más concretamente. Preguntado por si desde el punto de vista de una persona informada y preocupada por la salud publica como era su caso, podía afirmarse con fundamento que el uso civil de la energía nuclear -dejando aparte el uso militar- era peligroso para la salud humana y que, por consiguiente, lo razonable sería intentar apostar de forma más o menos urgente por otro tipo de energías más respetuosas con la Naturaleza, menos peligrosas para el ser humano, señalaba Eduard Rodríguez Farré:

Desde luego, sin ningún género de duda. Como resumen final valdría la pena decir lo siguiente. Se está creando una masa ingente, miles de toneladas de residuos radiactivos, que están ahí, y que pueden diseminarse por la biosfera por más controlados que se quieran tener; se está asumiendo un riesgo de accidentes, que ya han ocurrido y que pueden volver a ocurrir, y se está optando además por una vía energética que no parece adecuada para un sistema de calidad de vida como el que aspiramos en toda sociedad avanzada y que, además, deseamos no sólo para nosotros, para los que vivimos por simple azar en sociedades privilegiadas, aunque muy desiguales, sino para toda la humanidad.

En síntesis: no se trata de cerrarse en banda, de negarse a aceptar las nuevas aportaciones de estudios independientes, de afirmar lo que no puede afirmarse, de crear alarmas injustificadas, de sostenerla y no enmendarla. En absoluto, pero sí es necesario centrar la información, analizar los puntos esgrimidos y, sobre todo, no olvidar las otras aristas que suelen ser ocultadas por las fuerzas atómicas, irresponsablemente dispuestas a llevarnos por innecesarios senderos de riesgo por situar, como es sabido, el color del dinero en el puesto de mando de sus finalidades, dejándose deslumbrar por él.

 

[1]http://www.publico.es/ciencias/263119/estudio/descarta/relacion/cancer/nucleares

[2] El Viejo Topo, Barcelona, 2008, ensayo en el que figuro como coautor pero en el que todas las consideraciones científicas provienen de los estudios e investigaciones del doctor e investigador Eduard Rodríguez Farré.

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