La experiencia del Movimiento de Izquierda Alternativa de Pinto

Carlos Gutiérrez

No burlarme de los actos humanos, ni lamentarme o maldecirlos, sino comprenderlos”

Spinoza.

Voy a intentar trasladar la experiencia del MIA, y, brevemente, algunas reflexiones y diversas consideraciones sobre la relación entre este pequeño proyecto local y los diversos movimientos. Espero que mi breve intervención no resulte demasiado “madrileña”, en el peor sentido localista del término.

Me parecería demasiado pobre limitarme a explicar la historia de nuestra experiencia local o pararme a contar sus “grandes éxitos”, aunque creo necesario hacer una breve reseña para los que no sepan quiénes somos.

En primer lugar, y para ser lo más descriptivo posible, el MIA no es mucho más ni mucho menos que un proyecto similar a lo que son en Cataluña, por ejemplo, las Candidaturas Alternativas del Vallés, así que no se trata de algo nuevo o de una creación genial u original. Esta iniciativa surge del encuentro de una serie de personas de diversas procedencias, algunos salidos de IU, ante lo que considerábamos el incumplimiento de sus funciones de esa organización, y otros procedentes de diversas experiencias de activismo social.

El MIA nace en 2007 en Pinto, una localidad de 45.000 habitantes en la que el PCE–‐IU ha gobernado desde 1979 hasta 1995, con momentos álgidos en los que obtenía un 61% de votos (1983). Posteriormente, desde 1995 hasta 2007, IU pierde el gobierno y pasa el testigo al PSOE. En 2007 el PP es el partido más votado y gobierna un año, pero un tripartito formado por PSOE, IU y un partido “independiente” presenta una moción de censura y consigue gobernar hasta 2011. En Mayo de 2011 vence el PP con mayoría absoluta. El MIA obtiene algo más de un 8% de los votos y dos concejales, IU obtiene un 3% de los votos y se queda sin representación institucional.

Creo que estos números son bastante descriptivos y nos muestran cómo un pueblo de los “de izquierdas de toda la vida” ha terminado siendo gobernado por el PP con mayoría absoluta, o cómo una IU acostumbrada a las amplias mayorías absolutas ha quedado fuera del Ayuntamiento. Además de todo esto, y seguramente más grave aún, estos más de treinta años de “gobiernos de izquierdas” han producido la casi absoluta, e intencionada, disolución de cualquier tipo de tejido social alternativo.

En la actualidad estamos, como es lógico, en la oposición, y no hemos aceptado ninguna liberación, ni cobramos dietas o cualquier otro tipo de remuneración. Sólo recibimos 400 euros que es la asignación mensual a cada grupo municipal para su funcionamiento diario. Nos ofrecieron dos liberaciones más las dietas por asistencia; lo que supondría, según nuestros cálculos, unos ingresos de unos 7.000 euros mensuales. Esto nos planteó también un debate importante: aceptar el dinero y utilizarlo en el desarrollo de nuestro proyecto político y social, o pensar en la fuerza del ejemplo. Casi por unanimidad optamos por lo segundo, creímos recoger así una demanda social que era muy amplia. Estamos convencidos de que nuestra decisión fue un acierto.

Estamos trabajando también, siguiendo el ejemplo de las Candidaturas Alternativas del Vallés y de otros grupos, en la coordinación de las diversas candidaturas alternativas que han aparecido en la Comunidad de Madrid, tanto las que ha obtenido representación, no demasiadas, como las que no. En Madrid la situación es un poco distinta a la de Cataluña, porque se han configurado algunas candidaturas meramente “anti‐IU”, cuyo único fin era mermar los resultados de IU, o algunas nacidas al calor la pelea “interna” PCE‐IU. Pensamos que se podrá trabajar sólo con aquellos grupo que hayan nacido con voluntad de desarrollar un proyecto político seriamente, sin sectarismo y sin “antis” a priori. Nosotros no hemos sido ni seremos jamás una candidatura “anti‐IU”, sino un proyecto con voluntad de construir.

En estos casi cinco años de vida, y en estos primeros meses de presencia institucional, hemos constatado que nuestro crecimiento interno ha sido sostenido pero aún demasiado débil. Existe un rechazo muy pronunciado a implicarse en organizaciones políticas de tipo clásico, al mismo tiempo que hemos observado una apreciable revitalización de los movimientos sociales. Junto al rechazo a los partidos, se desarrolla un creciente interés por la participación social por otros medios. En este orden de cosas, ha sido muy remarcable la irrupción del movimiento 15M. La aparición de gente nueva, su incorporación, desde la frescura que da la ausencia de experiencia, ha supuesto una inyección imprescindible para la reactivación de la lucha social.

Pensamos que nuestra principal preocupación debe ser no pretender sustituir al movimiento social o pretender convertirnos en sus portavoces o mucho menos en sus representantes. Sólo si comprendemos que somos parte, siempre en plano de igualdad, de este movimiento, y que debemos trabajar para fomentar su desarrollo y su autonomía no caeremos en los errores del pasado. Estas tendencias “controladoras” se han dado y se darán, son propias de nuestra cultura política, por eso debemos estar muy atentos y vigilantes para no desviarnos de una línea que favorezca al conjunto del movimiento.

Me gustaría ahora centrar mi intervención en la relación partidos (organizaciones políticas)- movimientos, y en el papel que me parece podemos jugar los comunistas en esta relación y en la situación actual en general. Todo ello en relación con la experiencia de esta pequeña candidatura local en la que participo y pasadas experiencias en organizaciones de ámbito estatal. Muchas de las cosas que voy a contar son fruto de beber de diversas reflexiones de compañeros de Espai Marx, por lo tanto algunas de las cuestiones de las que me ocuparé os resultarán bastante familiares.

Nos encontramos en un momento en el que, al mismo tiempo que se recrudece la crisis y se empieza a cuestionar el sistema, empezamos a vislumbrar posibilidades de articular resistencias y comenzar a plantearnos cambios de gran calado. Nuevamente, cuando muchos habían perdido la esperanza, se abren ante nuestros ojos nuevas perspectivas.

En primer lugar, estamos observando algo tan importante como es la irrupción de nuevos sujetos, y de un cambio cuantitativo y cualitativo entre los que toman conciencia y participan en la lucha desde diversos frentes.

Hay un cambio cuantitativo porque, objetivamente, hay mucha más gente en la calle, eso lo podemos percibir tanto en lo local como en lo general. La respuesta, incluso, en ámbitos reducidos, es mayor. De todos modos, pese a ese fuerte incremento en la participación, pienso que no podemos hablar de “masas” en sentido clásico, o, al menos, de masas suficientes para cambiar las cosas.

El cambio cualitativo se manifiesta, en mi opinión, sobre todo en una superación de la conciencia meramente electoral. Hace unos años nos manifestábamos a las puertas de las sedes del PP: “mañana votamos, mañana os echamos” era la consigna más coreada, y la solución era, por lo tanto, sólo electoral. Ahora esto ni siquiera se plantea y empieza el cuestionamiento del sistema en su conjunto, y lo que es más importante, la elaboración colectiva de alternativas.

Pese a que queda bastante para que podamos hablar de cultura popular alternativa, de cultura al margen del sistema, estos procesos, y otros muchos, pueden ser generadores de esta nueva cultura. Algunos debates como el del cuestionamiento de nuestra “modélica Transición” o el debate monarquía‐republica han calado, y ya no nos limitamos a pregonar nuestras ideas en el desierto. Este debate no está ya sólo en el interior del propio movimiento, sino que se ha trasladado a la calle.

Frente a esto nos encontramos con la irrefrenable tendencia a dar lecciones de partidos, partiditos, sabios y sabihondos. Una tendencia que surge incluso en pequeñas agrupaciones locales de izquierdas, incluso, por qué no reconocerlo, en la candidatura en la que participo Éste pensarnos superiores al resto porque somos militantes de “los de toda la vida”, éste mirar por encima del hombro a esos “jovenzuelos advenedizos” es una desgracia que nos deberemos quitar de encima si pretendemos participar en los procesos de lucha y de cambio.

Debemos tener claro que no hay militantes de primera y de segunda. Mirar hacia dentro y observar nuestro bagaje, pensar en que, al fin y al cabo, no hemos conseguido demasiado. ¿Quiénes somos nosotros para repartir carnets de revolucionario o para señalar caminos que llevarán a una victoria segura? Hablamos mucho de no romper el hilo generacional, o el hilo rojo, o el hilo de las tradiciones obreras, pero debemos, cuando menos, reconocer nuestra responsabilidad en esa ruptura.

No podemos pedir a una generación que ha crecido entre una violenta paz social, y conviviendo con un intenso bombardeo mediático que tenga un grado de conciencia muy desarrollado. El 15M y el conjunto de movimientos que han surgido no lo hacen desde la adscripción a un dogma o de modo artificial, sino desde una suerte de toma de conciencia más o menos espontánea.

Debemos ser extremadamente pacientes con su supuesta candidez.

Cuestiones como el proceso de comprensión de la naturaleza de la represión o de la violencia llevarán bastante tiempo. De igual modo será arduo definir cuál es la postura ante la represión y la violencia estatal.

Hemos constatado un frontal rechazo dentro de los movimientos a los partidos y al parlamentarismo en todas sus formas. Este antipartidismo se manifiesta de igual modo hacia cualquier organización política sea cual sea su tamaño y orientación. Éste es un fenómeno, por exacerbado en muchos casos, preocupante pero comprensible. Creo que es fruto no de la falta de radicalismo de algunos grupos o partidos, sino de su falta de coherencia, de la ausencia de ejemplo, de su falta de contacto con la realidad y de su nula empatía con los intereses populares.

La participación en una candidatura local de izquierdas nos ha demostrado que la clave no es tener un programa más o menos rojo, sino decir lo que se hace y hacer lo que se dice. En este orden de cosas, y nuevamente en relación con lo poco que hemos podido aprender en el proyecto local en el que participamos, esta experiencia nos confirma que el problema de IU no es fundamentalmente un problema de programa, sino que es un problema (tal como escribió hace tiempo un compañero) de qué hacer y cómo hacerlo. Es un problema de relación entre ética y política. No se ha construido el movimiento político y social anunciado y se han reproducido los esquemas clásicos de los partidos políticos “al uso”.

Los comunistas no podemos seguir quedándonos con tal o cuál afirmación o decisión de nuestros clásicos, descontextualizándolas a nuestro antojo, y actuando en consecuencia. El ejemplo de Lenin y los sindicatos es paradigmático, o el modelo de partido, o tantos otros que nos han vendido. Si no comprendemos que no se trataba de modelos, sino todo lo contrario, de la aplicación profunda y creativa del pensamiento marxista, esto es, de aprender a pensar con nuestra propia cabeza, de no sentirnos aparte del movimiento y de aplicar un método de análisis con el que trabajar en diversas condiciones, volveremos a caer en los mismos errores, nos separaremos del movimiento popular y no cambiaremos nada.

Nos encontramos en la cuestión del movimiento obrero y el sindicalismo con un grave problema. Los “sindicatos de despacho”, tal como los ha calificado algún amigo extremeño, continúan en su aceptación del estado de cosas, las uniones locales no funcionan, cosa ésta que hace imposible plantearse cualquier tipo de experiencia de sindicalismo metropolitano ligada a los sindicatos llamados mayoritarios, y, al mismo tiempo, el sindicalismo alternativo sigue sin despegar con la fuerza que sería necesaria.

Estamos convencidos de que las huelgas y más en particular, las huelgas generales, son un motor fundamental de conciencia. Hemos observado cómo ha aumentado la participación en las huelgas, y lo que es muy importante, existe una mejor comprensión y un mayor grado de conciencia por parte de aquellos que se suman a este modo de lucha inventado por los trabajadores. De todos modos, creemos que es necesario que ese apoyo tenga un carácter mucho más masivo. También nos parece imprescindible que seamos conscientes del profundo cambio en el rostro de la clase trabajadora. Ese cambio ha pasado por delante de nosotros sin que hayamos hecho los esfuerzos necesarios para entenderlo. De nada sirven intentos de retornar al pasado, hay que reinventar algo nuevo, algo que tiene que ser producto de la experiencia de los trabajadores del siglo XXI.

Nuestro gran reto es, creo que como el de todos, conseguir construir un movimiento de masas, ser capaces de que las grandes mayorías sociales tomen conciencia de la necesidad de un cambio radical. Y este reto se nos plantea en un momento en el que tal como tenía el placer de leer hace muy poco: “no hemos hecho los deberes: sin acumulación de fuerzas, sin cultura y organización autónoma y con gran parte de los cuadros dirigentes y medios compartiendo, asimilando y difundiendo la cultura política del enemigo”.

Aunque éste pudiese parecer un escenario desolador, pienso que existen cada vez más signos que nos hacen ser al menos más optimistas que hace unos años. El surgimiento del 15M, los potentes movimientos de solidaridad vecinal frente a los desahucios, la lucha del sindicalismo alternativo por enterrar lo viejo y por construir algo nuevo sin los vicios del pasado, la extensión de la conciencia republicana, las modestas experiencias de candidaturas alternativas de izquierdas, y, en su conjunto, las diversas experiencias de lucha social, son las palancas que pueden impulsar la construcción de una nueva cultura popular autónoma. Una cultura popular que sea capaz de sustituir a la cultura subalterna que nos han impuesto.

Debemos comprender que todas estas experiencias que estamos llevando a cabo forman parte de un proceso necesario de acumulación de fuerzas. Los grandes cambios sociales, la Revolución Francesa, la Revolución de Octubre, o la II República Española, por ejemplo, sólo fueron posibles tras largos procesos previos de lucha. Cada una de las pequeñas cosas que hacemos cada día van calando, construyendo casamatas, y generando nuevas dinámicas que se manifiestan casi siempre no de modo inmediato. Sólo si sabemos comprender estos tiempos de los cambios sociales seremos capaces de construir sin buscar atajos o sin prisas comprensibles pero dañinas. Los que procedemos de la cultura política del Siglo XX seguramente no tenemos la solución, pero al menos, si no somos parte de la solución, no seamos parte del problema. Ahora, más que nunca, el educador necesita imperiosamente ser educado.

Carlos Gutiérrez, Pinto (Madrid) 4 de junio de 2012

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