Sobre la izquierda, los conflictos post-modernos y la falta de referencias

Mario Sei

Vivimos en un período caracterizado por un estado de crisis permanente, hasta el punto de que el propio termino “crisis” resulta ya inadecuado para dar cuenta de la situación, y estamos también en una época en la cual todo se mueve y cambia rápidamente, tanto a nivel de la producción material como a nivel de lo que llamamos “la actualidad”. En esta confusión posmoderna, en la cual cada cosa parece confundirse y mezclarse con su contrario – confusión determinada también por la proliferación mediática de los relatos que, en una polifonía inextricable, se enlazan con los hechos y producen una realidad en la que la distinción entre real e irreal, verdadero y falso, resulta a menudo ininteligible – existe en todo caso un elemento empírico que desmiente una de las hipótesis centrales manejada por los que han hecho de lo posmoderno una teoría. A pesar de las previsiones, la historia no ha acabado, se ha atomizado en una serie de hechos individuales sin vínculo alguno, y las masas, en cuanto agentes del curso histórico, no han desaparecido de la escena.

Al contrario, desde la revuelta del pueblo tunecino en 2011, grandes movimientos de masas sacuden de forma cruenta el mundo arabo-musulmán trastornando la geopolítica mundial y modificando algunos de los equilibrios establecidos desde hacía tiempo. Se trata, sin la menor sombra de duda, de un macro-evento histórico aún en curso y cuyo desarrollo durará probablemente muchos años.

En la vulgata mediática occidental, lo que desde el principio fue llamado “primavera árabe”, tras la instauración en Túnez, Egipto y Libia de fuerzas ligadas al Islam político, se ha transformado en “triste otoño”, reproduciendo ese viejo esquema según el cual los pueblos árabes son incompatibles con la democracia. Paralelamente a estas dos visiones sucesivas y contrarias, de este macro-evento se han hecho dos lecturas opuestas: por un lado la de aquellos que, animados por sueños románticos, veían ahí revoluciones libertarias protagonizadas por generaciones jóvenes y cultas formadas a través de las redes sociales; por otro, la de aquellos que en todas las revueltas populares no han visto más que una estrategia y un complot urdidos por potencias extranjeras.

Tratándose de simplificaciones extremas, ninguna de estas interpretaciones está en condiciones de ofrecer un cuadro realista de la situación: ambas tienen el defecto de tomar un aspecto particular y elevarlo a la categoría de absoluto. Banalizando un poco la realidad, seguramente es posible constatar que en la fase de la solidaridad y el entusiasmo colectivos inmediatamente posteriores a la caída de dictadores como Ben Ali, Mubarak o Gadafi, las divisiones políticas, antes sofocadas por regímenes represivos, explotaron seguidamente de forma a veces violenta. Esto generó, en las poblaciones implicadas, en efecto, un sentimiento de miedo y angustia, acrecentado por las condiciones de inseguridad y por el agravamiento de la situación económica, que ha empujado a algunos sectores de estos países a añorar a los regímenes depuestos. Sin embargo, resumir el proceso en curso a través de la oposición “primavera/otoño” sería extremadamente reduccionista. Análogamente, es imposible negar el papel jugado por las generaciones jóvenes y por el uso de las nuevas tecnologías, pero este aspecto no puede ser considerado el único factor explicativo. Aún más absurda es la pretensión de explicar las revueltas que desde Bahrein a Egipto sacudieron el panorama mundial a través de las acciones de una fuerza omnipotente que hubiera manipulado el curso completo de los acontecimientos.

La manipulación y el complot siempre han alimentado a la Historia y no se trata, por supuesto, de negar la capacidad manipuladora de las grandes potencias mundiales o de olvidar que esta capacidad es proporcional a los medios de los cuales dispone cada potencia.

Solo es necesario recordar que en el contexto actual en el cual la única lógica que domina el mundo es la del capital, del beneficio puro y del desarrollo basado en la explotación, y en el cual las alianzas estratégicas entre las fuerzas en juego cambian según las simples contingencias, elegir un campo equivale a la elección que se podría hacer entre dos equipos de fútbol. Respecto a Siria, en particular, es bastante decepcionante el argumento de cierta izquierda que, usando de forma obsoleta la noción de imperialismo, divide el mundo entre los malos imperialistas por un lado (Obama-Al Saoud-Erdogan-Netanyahou), y los buenos anti-imperialistas por otro (Assad-Putin-Rohani-Xi Jinping). Pensar de esta forma significa no solo borrar los últimos treinta años de Historia sino no entender que los actuales conflictos entre potencias no son conflictos entre distintas visiones del mundo o entre proyectos alternativos de desarrollo humano. Son conflictos gobernados por una sola lógica, la del capital, dentro de la cual dos fuerzas, como por ejemplo Microsoft y Apple, pueden hacerse la guerra por el control hegemónico del mercado sin que por ello cuestionen las premisas de partida. Rechazar el imperialismo de EEUU no puede de ninguna manera inducirnos a apoyar la brutal política de explotación que China lleva a cabo en África o sobre sus propios trabajadores; oponerse por todos los medios a un posible ataque en Siria, que sería desastroso para el pueblo sirio y para toda la región, no puede hacernos olvidar que Bashar Al-Assad es un dictador sanguinario que ha masacrado a su pueblo.

En la complejidad del mundo actual, lo que la izquierda debería hacer, para no perder completamente una credibilidad y una visibilidad ya altamente comprometidas, sería mantenerse aferrada a unos principios sencillos pero esenciales a su identidad: la crítica sin concesiones a toda clase de poder dictatorial, mafioso y corrupto, el rechazo de toda forma de opresión y explotación y, sobre todo, la lucha contra el actual modelo de desarrollo y de gestión neo-liberal del mundo, causa de la crisis económica, de las insostenibles desigualdades entre ricos y pobres y del saqueo de los recursos planetarios.

Decir esto puede parecer banal, y sin embargo los últimos acontecimientos en Egipto nos demuestran que es necesario recordar cosas así de sencillas a todos aquellos que, en Occidente o en el mundo arabo-musulmán, se consideran “progresistas” o militantes de izquierdas y han apoyado el golpe de estado militar, aceptando como si fuera un hecho marginal la masacre de cientos de personas. Egipto ha desaparecido ya del panorama mediático, pero basta con buscar algo de información para descubrir aquello que debería de haber estado claro desde un principio: la oligarquía militar ha retomado el control total de la sociedad y el estado de emergencia ha sido utilizado para reprimir no sólo a los Hermanos Musulmanes, sino a numerosos bloggers o sindicalistas, por lo demás muy críticos con el gobierno de Morsi, así como las huelgas obreras en la zona del Sinai o en la ciudad industrial de Mahalla Al-Koubra.

En la nueva situación egipcia, la prensa se ha convertido en muy poco tiempo en un órgano al servicio del régimen, los procesos y las acusaciones arbitrarias se multiplican – la acusación de alta traición formulada contra Al Baradei solo es un ejemplo – la actitud hacia los palestinos en las zonas fronterizas nunca había sido tan hostil y una dura represión, en nombre de la guerra contra el terrorismo, aplasta toda forma de protesta. Es realmente difícil no considerar contrarrevolucionario el régimen instaurado por el general Al-Sissi.

Lo que debería suponer un problema para la izquierda no es, evidentemente, la oposición a los Hermanos Musulmanes, que además de tener un proyecto de sociedad incompatible con el de la izquierda, han cometido graves errores y demostrado una incapacidad política total. El problema es el apoyo a los militares que han restaurado, en una versión aún peor, el antiguo régimen. Entre las multitudes que pidieron la restitución del presidente Morsi y aclamado la intervención del ejército hubo seguramente muchos idiotas útiles que probablemente ya se hayan arrepentido. Pero siendo esto comprensible, lo que sin embargo sorprende es la posición de una parte de la izquierda, incluida la de los países arabo-musulmanes, que en relación a Siria denuncia el imperialismo de EEUU, Arabia Saudita o Israel e interpreta el golpe de Estado en Egipto, financiado y apoyado por esos mismos países, como la continuación de la revolución comenzada en 2011.

Es ciertamente complejo, en el caso de Egipto, oponerse al mismo tiempo a los Hermanos Musulmanes y a los militares o, en el caso de Siria, luchar contra una intervención extranjera o contra la hipocresía de la guerra humanitaria y al mismo tiempo reconocer, pese a la presencia de milicias ambiguas entre los rebeldes, el derecho del pueblo sirio a querer acabar con la dictadura sanguinaria y corrupta de la dinastía Assad. Contra esta forma de pensar se erige una crítica, transversal a la izquierda y a la derecha, que en nombre de una realpolitik extrema tacha de ilusoria y utópica esta posición, argumentando que cuando hay una guerra hay que elegir campo, y que el término medio no existe. Rechazar esta clase de argumentos “pragmáticos” significa ante todo evitar el riesgo de que por el hecho mismo de pronunciarlo y repetirlo se convierta después en una profecía auto-cumplida. Pero significa sobre todo creer que son precisamente el sueño y la dimensión utópica lo que falta hoy en una política de izquierdas. Una fuerte dimensión ideal que sea capaz, como por otro lado ya ocurrió en otra época no tan lejana, de funcionar como polo de atracción para los grandes movimientos de masas que en el norte y el sur del mundo protestan contra los efectos destructivos del neo-liberalismo. La reconstrucción de esta dimensión ideal es una tarea de dimensiones gigantescas, que empieza con la superación de divisiones absurdas, basadas por lo demás en viejos dogmatismos ya totalmente vacíos de sentido. Pero lo que es cierto es que esta dimensión no reaparecerá nunca si los partidos o fuerzas de la izquierda se alían con dictaduras militares, con las fuerzas oscuras de regímenes caídos o si, en nombre de un abstracto pacifismo y anti-imperialismo, se manifiestan contra un posible ataque a Siria y permanecen indiferentes ante las matanzas de su régimen.

La revolución tunecina y las revueltas que la han seguido, incluida la de Siria, tenían como principales razones -debemos recordarlo- la lucha contra regímenes extremadamente represivos, contra la desocupación y la pobreza. Si estas razones han desaparecido casi del todo del debate político para ser sustituidas por el conflicto entre laicos y “progresistas” por un lado e islamistas por el otro, una parte de la responsabilidad recae en las fuerzas de izquierda que no han hecho nada para evitar esta polarización.

El único país donde, no obstante la polarización y la explosión de violencias culminadas en el asesinato de dos líderes de la oposición, existe aún un margen para la acción y la mediación política es Túnez. Desgraciadamente, a causa de algunas decisiones problemáticas, el espacio de maniobra de la izquierda se está reduciendo cada vez más. Tras haber obtenido resultados tan decepcionantes en las elecciones de octubre de 2011, en las que el partido islamista Nahda obtuvo la victoria, la izquierda logró superar las viejas divisiones y reunir, bajo la sigla del Frente Popular, a numerosos pequeños partidos, adquiriendo de esta forma mayor credibilidad y visibilidad. Durante un cierto período la escena política parecía caracterizada, en consecuencia, por la presencia de tres polos: el Frente Popular; la troika en el gobierno, formada por Ennahda y otros dos partidos que, tras haber obtenido un gran resultado en los comicios, hicieron luego implosión y son hoy poco representativos; la Unión por Túnez, una coalición de diferentes partidos con una orientación de derecha abiertamente neoliberal y liderada por Béji Caid Essebsi, hombre clave de la época bourguibista y primer ministros durante el segundo gobierno de transición post-revolucionaria. En un escenario semejante, el Frente Popular habría podido jugar un papel determinante en las diferentes relaciones de fuerza y contrastar la visión neo-liberal de los otros dos polos, completamente opuestos en la cuestión de la laicidad pero esencialmente idénticos respecto del programa económico.

La situación cambió completamente cuando el Frente, tras la destitución de Mursi en Egipto y el asesinato, el 25 de julio, del líder político Mohamed Brahmi, decidió aliarse a la Unión por Túnez y formar un Frente de Salvación Nacional cuyo objetivo es la disolución del gobierno y de la Asamblea Constituyente. Desde entonces, casi un tercio de los diputados se han retirado efectivamente, lo que ha llevado al presidente de la Asamblea, Mustafa Ben Jaafar, a suspender los trabajos. En estos momentos siguen las negociaciones entre la troica y la oposición, negociaciones que han paralizado el país y que hasta ahora no han producido ningún resultado.

Es imperativo reconocer que en Túnez, al igual que en Egipto, el partido islamista es en gran parte responsable de la degradación de la situación. La participación masiva en las movilizaciones convocadas por la oposición demuestra por lo demás que el descontento es general y ampliamente compartido por la población. Hay, por lo tanto, un gran potencial de movilización colectiva que la izquierda podría explotar en su favor y que corre el riesgo, al contrario, de desperdiciar si todo el debate se reduce a la simple dicotomía entre los pro y anti Ennahda. Los efectos negativos de esta estrategia son ya visibles: la movilización comienza a perder impulso y la alianza con la Unión por Túnez ha producido serias discrepancias en el seno del Frente Popular que podrían fragmentar una unidad de la izquierda tan fatigosamente construida. La alianza con la Unión, que representa los intereses del capital y de sectores de la sociedad asociados al antiguo régimen, ha obligado al Frente, por otra parte, a poner entre paréntesis muchas de las reivindicaciones que formaban parte de su programa, entre ellas -una de las más importantes- la convocatoria de una comisión internacional para renegociar o convertir la deuda externa contraída por la dictadura, una deuda definida como “odiosa” por la propia Unión Europea. No sólo este tema ha desaparecido del debate; sin el menor grito de alarma desde la izquierda el gobierno está firmando con el FMI acuerdos de nuevos préstamos a tasas de interés altísimas y acompañadas de reformas estructurales que llevarán a disolver lo poco que queda de Estado del Bienestar y a agravar la crisis.

Nuestro mundo es complejo. Analizar las cosas de modo claro y adquirir alguna certeza se vuelve cada vez más difícil. En esta complejidad hay, sin embargo, un elemento incontestable: el efecto devastador del neoliberalismo y del capital. Contra este efecto, enmascarado bajo el nombre de crisis económica, enormes masas de ciudadanos se han levantado un poco por todas partes del mundo. Aprovechar este enorme potencial, conservar los principios fundamentales, no confundirse de enemigo. Estas son las tareas esenciales a las que debe dedicarse la izquierda.

Traducción al español de Lucía Alba Martínez

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