Un punto de encuentro para las alternativas sociales

La teoría crítica del capitalismo

Moishe Postone

University of Chicago. El texto recoge la intervención del autor en el marco del seminario anual de la Sociedad de Estudios de Teoría Crítica en Madrid.

Publicado en la revista Constelaciones núm. 8/9 (2016/17)

I.
Considero que una comprensión adecuada de cualquier país o zona en el mundo de hoy debe tener como marco de referencia los desarrollos históricos globales del mundo moderno y la mejor manera de iluminar esas formas de desarrollo es una teoría del capitalismo.
Al mismo tiempo, yo diría que tal teoría crítica del capitalismo debe ser repensada de manera que se diferencie de modo fundamental de lo que yo llamo “el marxismo tradicional” -un término que expondré en el curso de mi intervención.
¿Por qué repensar el análisis del capitalismo de Marx?
Al fin y al cabo, son muchos los que han tomado el colapso de la Unión Soviética y del comunismo europeo, así como la transformación de China, como el fin definitivo del socialismo y de la relevancia teórica de Marx -el acto final, por así decirlo, de un hundimiento que ha durado décadas.
Este hundimiento también ha tenido expresión en la aparición de otros tipos de enfoques teóricos críticos, como el posestructuralismo o la deconstrucción, que parecían ofrecer la posibilidad de criticar, por ejemplo, los procesos de racionalización y burocratización tanto en el Este como en Occidente sin afirmar ese tipo de grandes programas de emancipación humana que, con demasiada frecuencia, ha tenido consecuencias negativas, incluso desastrosas.
Estos nuevos enfoques conceptuales, sin embargo, se han visto seriamente cuestionados por la reciente crisis global, que ha puesto de manifiesto dramáticamente sus serias limitaciones como intentos de comprender el mundo contemporáneo.
La continuada erupción de graves crisis económicas, en cuanto característica de la modernidad capitalista, así como la existencia de la pobreza masiva y la explotación estructural a escala global sugieren que las proclamaciones de la muerte de Marx han sido muy exageradas. Sin embargo, sería un error pensar que uno pueda simplemente retornar a Marx, como generalmente se entendía durante gran parte del siglo XX. Tanto la desaparición del marxismo tradicional como las deficiencias cada vez más manifiestas de gran parte del post-marxismo se basan en los acontecimientos históricos que sugieren la necesidad de repensar a Marx, así como reapropiárselo.
Como detallaré, contrariamente a la interpretación marxista tradicional, la teoría crítica de Marx no es, en su nivel más fundamental, una crítica de un modo de explotación de clase que distorsiona la modernidad, llevada a cabo desde un punto de vista de afirmación el trabajo. Por el contrario, de manera más radical, descubre y analiza una forma única de mediación social que estructura la modernidad como una forma históricamente específica de vida social. Esta forma de mediación está socialmente constituida por una forma de trabajo que es única desde el punto de vista histórico y esencialmente temporal. Se manifiesta en formas peculiares y cuasiobjetivas de dominación que no pueden ser suficientemente entendidas en términos de la dominación de una clase o, más precisamente, de cualquier entidad social y/o política concreta. Estas formas de dominación, captadas por categorías como la de mercancía y la de capital, por otra parte, no son estáticas y no pueden ser adecuadamente conceptualizadas en términos de mercado. Más bien, cobran expresión en una dinámica histórica que está en el corazón mismo de la modernidad capitalista.
II.
Mi focalización en el carácter históricamente dinámico de la sociedad capitalista responde a las transformaciones masivas globales de las últimas cuatro décadas. Este período se ha caracterizado por la desintegración de la síntesis fordista centrada en el Estado tras la Segunda Guerra Mundial en Occidente, el colapso o la transformación fundamental del Estado de partido único y sus economías planificadas en el Este y el surgimiento de un orden mundial capitalista neo-liberal (que podría, a su vez, ser socavado por el desarrollo de grandes bloques económicos que compiten entre sí).
Estos desarrollos pueden ser entendidos, a su vez, con referencia a la trayectoria general del capitalismo estatocéntrico en el siglo XX desde sus inicios en la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, pasando por su punto más alto en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial hasta su declive después de 1970. Lo significativo de esta trayectoria es su carácter global. Abarcó los países capitalistas occidentales y los países comunistas, así como los países colonizados y los países descolonizados. Aunque se produjeron diferencias en el desarrollo histórico, por supuesto, aparecen más como inflexiones diferentes de un patrón común que como evoluciones fundamentalmente diferentes. Por ejemplo, el Estado de Bienestar se expandió en todos los países occidentales industriales en los veinticinco años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y luego fue reducido o parcialmente desmantelado a principios de los años 1970. Esta evolución se produjo con independencia de que gobernaran partidos conservadores o socialdemócratas, y se vio acompañada por el éxito de la Unión Soviética en la posguerra y su rápido declive posterior y por las transformaciones de gran calado en China.
Tales desarrollos generales no se pueden explicar en términos de decisiones contingentes, locales y políticas. Dan a entender la existencia de una dinámica histórica, tanto en el Este como en Occidente, que no está totalmente sujeta al control político y que expresa las coacciones sistémicas generales de las decisiones políticas, sociales y económicas.
Tales transformaciones históricas no pueden ser adecuadamente comprendidas por las teorías de la política o de la identidad, y superan el horizonte de una crítica social centrada en la distribución. Indican la importancia de un renovado encuentro con la crítica de la economía política marxiana, puesto que la problemática de las dinámicas históricas y el cambio estructural global están en el corazón mismo de esa crítica. Sin embargo, la historia del siglo pasado también sugiere que una teoría crítica adecuada debe diferir fundamentalmente de las tradicionales críticas marxistas del capitalismo.
Utilizo el término “marxismo tradicional” para referirme a un marco general de interpretación en el que el capitalismo se analiza esencialmente en términos de relaciones de clase basadas en la propiedad privada y mediadas por el mercado. La dominación social es entendida principalmente en términos de dominación de clase y de explotación. Dentro de este marco general, el capitalismo se caracteriza por una creciente contradicción estructural entre la propiedad privada y el mercado (entendidos como las relaciones sociales básicas de la sociedad), y las fuerzas de producción (entendidas en términos de trabajo, sobre todo en cuanto trabajo industrialmente organizado).
El desarrollo de esta contradicción da lugar a la posibilidad de una nueva forma de sociedad, entendida en términos de propiedad colectiva de los medios de producción y de planificación económica en un contexto industrializado. La crítica del capitalismo se lleva a cabo desde el punto de vista del trabajo y el socialismo implica un volver a sí mismo histórico del trabajo.
En el marco básico de lo que he llamado ‘marxismo tradicional’ ha habido una gran variedad de enfoques teóricos, metodológicos y políticos muy diferentes que han generado poderosos análisis económicos, políticos, sociales, históricos y culturales. Sin embargo, las limitaciones del marco general mismo se han vuelto cada vez más evidentes a la luz de los desarrollos históricos del siglo XX. Estos desarrollos incluyen el carácter no emancipador del “socialismo realmente existente”, la trayectoria histórica de su ascenso y declive, en paralelo con la del Estado intervencionista del capitalismo (lo que sugiere una similitud de ubicación histórica), la importancia creciente del conocimiento científico y la tecnología avanzada en la producción (que parecía poner en duda la teoría del valor basada en el trabajo), las críticas crecientes del progreso tecnológico y del crecimiento (que se opuso al productivismo de gran parte del marxismo tradicional) y la importancia creciente de identidades sociales no basadas en las clases sociales. En conjunto indican que el marco tradicional ya no puede servir como un punto de partida adecuado para una teoría crítica emancipadora.
Así pues, la consideración de los patrones históricos generales que han caracterizado el siglo pasado pone en cuestión tanto el marxismo tradicional, con su afirmación del trabajo y la historia, como las interpretaciones posestructuralistas de la historia como [un proceso] esencialmente contingente. No obstante, tal consideración no significa necesariamente negar la visión crítica que informa los intentos de tratar la historia contingentemente –a saber, que la historia, entendida como el despliegue de una necesidad inmanente, apunta a una forma de negación de la libertad.
Permítanme explicarlo brevemente: En los Grundrisse, Marx caracteriza el capitalismo como una sociedad en la que los individuos tienen mucha más libertad frente a las relaciones de dominación personal que en las formas anteriores de sociedad. Sin embargo, esta libertad, según Marx, se sitúa en el marco de un sistema de “dependencia objetiva”, enraizada en una forma de mediación social que impone restricciones cuasi-objetivas a la acción humana, y se manifiesta del modo más contundente en la existencia de una lógica histórica. Es decir, la existencia misma de una lógica histórica indica la existencia de restricciones a la acción humana.
Así pues, Marx no se limita a desestimar las formas de libertad personal asociadas al desarrollo del capitalismo, pero las caracteriza como fundamentalmente unilaterales e incompletas. Considerar la libertad sólo con referencia a las cuestiones de dependencia personal puede servir para encubrir la existencia de una forma más abarcadora de no libertad, que hunde sus raíces en el hecho de que la gente produce la historia en una forma que acaba por dominarlos y coaccionarlos.
Esta forma de no libertad es el objeto central de la crítica de la economía política de Marx, que busca entender los imperativos y las limitaciones que subyacen a la dinámica histórica y los cambios estructurales del mundo moderno. Su crítica, entonces, no se lleva a cabo desde el punto de vista de la historia y del trabajo, como en el marxismo tradicional. Por el contrario, los objetos de la crítica de Marx son la dinámica histórica del capitalismo, la totalidad, y la aparente centralidad ontológica del trabajo.
Debe ser evidente que el impulso crítico del análisis de Marx, de acuerdo con esta lectura, es similar en algunos aspectos a los enfoques posestructuralistas en la medida en que implica una crítica de la totalidad y de una lógica dialéctica de la historia. Sin embargo, mientras que Marx capta esas concepciones críticamente, como expresión de la realidad de la sociedad capitalista, los enfoques posestructuralistas niegan su validez insistiendo en la primacía ontológica de contingencia. La crítica de Marx de la historia heterónoma, por tanto, difiere fundamentalmente de la del post-estructuralismo en la medida que no considera esa historia como una narrativa que puede ser disuelta discursivamente, sino como la expresión de una estructura de dominación temporal. Desde este punto de vista, cualquier intento de recuperar la acción humana insistiendo en la contingencia de manera que niegue u oscurezca la dinámica temporal de la forma de dominación captado por la categoría de capital, es, por decirlo irónicamente, profundamente desempoderadora.
Así pues, en teoría madura de Marx, la historia, entendida como una dinámica direccional impulsada de forma inmanente, no es una característica universal de la vida social humana, pero tampoco contingencia histórica. Al contrario, una dinámica histórica intrínseca es una característica históricamente específica de la sociedad capitalista (que puede ser y ha sido proyectada sobre la vida social humana en general). Lejos de ver la historia afirmativamente, Marx, fundando esta dinámica direccional en la categoría de capital, la interpreta como una forma de heteronomía. Así pues, la teoría madura de Marx no pretende ser una teoría de la historia y de la vida social válida transhistóricamente. Al contrario, es históricamente específica de modo enfático y reflexivo. En realidad, pone en tela de juicio cualquier enfoque que reclame para sí una validez universal y transhistórica.
III.
Para apoyar estas afirmaciones y, por tanto, para reapropiarse los análisis de Marx, ahora voy reconsiderar brevemente las categorías más fundamentales de su crítica madura, tales como valor, mercancía, plusvalía y capital, y además con referencia a la dinámica heterónoma que caracteriza al capitalismo. Dentro del marco tradicional, la categoría marxiana del valor ha sido considerada como un intento de demostrar que el trabajo humano directo siempre y en todas partes es la única fuente de riqueza social, que en el capitalismo está mediada por el mercado. Su categoría de plusvalor, de acuerdo con estos puntos de vista, demuestra la existencia de la explotación en el capitalismo, mostrando que, a pesar de las apariencias, el producto excedente es generado solo por el trabajo, pero se lo apropia la clase capitalista.
La plusvalía, dentro de este marco tradicional, es una categoría de la explotación basada en la clase.
Esta interpretación es, en el mejor de los casos, unilateral. Se basa en una comprensión transhistórica del trabajo en cuanto actividad de mediación de los seres humanos y la naturaleza que transforma la materia de manera intencional y es condición de la vida social. El trabajo, así entendido, se postula como la fuente de riqueza en todas las sociedades y como aquello que constituye lo que es universal y verdaderamente social. En el capitalismo, sin embargo, el trabajo se ve impedido por las relaciones particularistas y fragmentarias de llegar a realizarse plenamente.
La emancipación, entonces, se realiza en una forma social en la que el trabajo transhistórico ha emergido abiertamente como el principio regulador de la sociedad.
Esta idea, por supuesto, está ligada a la de la revolución socialista como la ‘auto-realización’ del proletariado. El trabajo proporciona aquí el punto de vista de la crítica del capitalismo.
Una lectura atenta de la crítica de la economía política del Marx maduro, sin embargo, pone en tela de juicio los supuestos transhistóricos de la interpretación tradicional. En los Grundrisse, Marx indica que sus categorías fundamentales no deben ser entendidas en términos estrictamente económicos, sino como formas de existencia social que son a la vez objetivas y subjetivas. Por otra parte –y esto es crucial– esas categorías no se deben entender como transhistóricas, sino como categorías históricamente específicas de la sociedad moderna o capitalista. Incluso categorías tales como el dinero y el trabajo, que parecen transhistóricas debido a su carácter abstracto y general, son válidas en su generalidad abstracta, según Marx, sólo para la sociedad capitalista. Si las categorías históricamente específicas del capitalismo pueden parecer válidas para todas las sociedades es a causa de su carácter peculiarmente abstracto y general.
Esto incluye la categoría de valor. En los Grundrisse, Marx trata explícitamente el valor como una forma de riqueza históricamente específica del capitalismo, que está constituida por el gasto directo tiempo de trabajo humano, y la distingue de la riqueza material, que se mide por la producción de bienes y es una función de una variedad de los factores naturales y sociales, incluido el conocimiento. A la base del valor está un sistema de producción -el capitalismo- que genera la posibilidad histórica de que el valor en sí mismo pueda ser abolido y que la producción pueda organizarse sobre una base nueva, que no depende del gasto de trabajo humano directo en la producción. Pero al mismo tiempo, el valor sigue siendo la condición necesaria del capitalismo. Esta contradicción entre el potencial generado por el sistema basado en el valor y su actualización indica que, para Marx, la abolición del capitalismo implica la abolición de valor y del trabajo que crea valor. Lejos de significar la autorrealización del proletariado, la abolición del capitalismo implicaría la auto-abolición del proletariado.
El Volumen I de El Capital es la elaboración rigurosa de este análisis. Se inicia con la categoría de mercancía, que, aquí, no se refiere ni a los productos ya que pueden existir en muchas sociedades, ni a un escenario hipotético (e inexistente) pre-capitalista de la simple producción de mercancías. Más bien, la mercancía es tratada por Marx como una forma social históricamente específica que constituye el núcleo que define la modernidad capitalista. Es a la vez una forma estructurada de la práctica social y un principio estructurante de las acciones, las visiones del mundo y las disposiciones de las personas. Es decir, la mercancía es una forma de la subjetividad y la objetividad sociales.
En El Capital, Marx trató de revelar la naturaleza y la dinámica subyacente de la modernidad capitalista desde ese punto de partida. Lo que caracteriza a la forma de la mercancía de las relaciones sociales, según el análisis de Marx, es que está constituida por el trabajo. Sin embargo, esto no es sencillo. El trabajo en el capitalismo, según Marx, está marcado por un carácter dualista históricamente específico: es tanto “trabajo concreto” como “trabajo abstracto”. El “trabajo concreto” se refiere al hecho de que alguna forma de lo que consideramos actividad laboral media las interacciones de los seres humanos con la naturaleza en todas las sociedades. El “trabajo abstracto” no se refiere simplemente al trabajo concreto en general, sino que es un tipo de categoría muy diferente. Esto significa que, en el capitalismo, el trabajo también tiene una función social única que no es intrínseca a la actividad laboral como tal: media una nueva forma de interdependencia social.
Permítanme desarrollarlo: En una sociedad en la que la mercancía es la categoría básica de estructuración de la totalidad, el trabajo y sus productos no son distribuidos socialmente según las normas tradicionales o a través de las relaciones de poder y dominación, como ocurre en otras sociedades. En su lugar, el trabajo se constituye una nueva forma de interdependencia, donde las personas no consumen lo que producen, pero donde, sin embargo, su propio trabajo o los productos del trabajo funcionan como un medio cuasi-objetivo de obtención de los productos de otros. Al servir como un medio tal, el trabajo y sus productos en efecto se adelantan a esa función por parte de relaciones sociales manifiestas; median una nueva forma de interrelación social.
Por tanto, en las obras de madurez de Marx la noción de la centralidad del trabajo en la vida social no es una proposición transhistórica. Lo que significaría que la producción material es la dimensión más esencial de la vida social en general, o incluso del capitalismo en particular. Más bien se refiere a que el trabajo constituye la forma de mediación social históricamente específica del capitalismo, que caracteriza a esa sociedad en sus rasgos fundamentales. Sobre esta base, Marx intenta fundar socialmente las características básicas de la modernidad, tales como su dinámica histórica global y su proceso de producción.
Así pues, el trabajo en el capitalismo es tanto el trabajo tal como lo entendemos transhistóricamente y en un sentido corriente, según Marx, y una actividad históricamente específica de mediación social. De ahí que sus objetivaciones sean tanto los productos del trabajo concreto como las formas objetivadas de mediación social. Esto está en el corazón del análisis de la mercancía y del capital de Marx. De acuerdo con este análisis, entonces, las relaciones sociales que caracterizan de modo más fundamental a la sociedad capitalista son muy diferentes de las relaciones sociales cualitativamente específicas y manifiestas –tales como las relaciones de parentesco o las relaciones de dominación personal o directa– que caracterizan a las sociedades no capitalistas. Aunque este último tipo de relaciones sociales siguen existiendo en el capitalismo, lo que en última instancia estructura esta sociedad es un nuevo nivel subyacente de relaciones sociales que se constituye por el trabajo.
Esas relaciones tienen un carácter peculiar cuasi-objetivo y son duales se caracterizan por la oposición de una dimensión abstracta, general y homogénea y una dimensión concreta, particular y material, que parecen ser en ambos caso “naturales”, en lugar de sociales, y que condicionan las concepciones sociales de la realidad natural.
El carácter abstracto de la mediación social que subyace al capitalismo se manifiesta también en la forma de riqueza dominante en esa sociedad. Como se señaló anteriormente, la “teoría del valor” marxiana, basada en el trabajo, ha sido con frecuencia malinterpretada como una teoría de la riqueza basada en el trabajo, una que establece el trabajo, en todo momento y en todo lugar, como la única fuente social de la riqueza. Sin embargo, el análisis de Marx no es un análisis de la riqueza en general, no más que del trabajo en general. Analiza el valor como una forma históricamente específica de riqueza, lo que está ligado al papel único en la historia del trabajo en el capitalismo.
Así, en El Capital, Marx distingue explícitamente el valor respecto de la riqueza material. Relaciona entonces estas dos formas distintas de riqueza con la dualidad del trabajo en el capitalismo. La riqueza material se mide por la cantidad de productos producidos y es una función de un número de factores tales como el conocimiento, la organización social y las condiciones naturales, además del trabajo. El valor está constituido únicamente por el gasto de tiempo de trabajo socialmente necesario. Es la forma dominante de la riqueza en el capitalismo. Mientras que la riqueza material, cuando es la forma dominante de la riqueza, está mediada por las relaciones sociales manifiestas, el valor es a la vez una forma de riqueza y una forma de mediación social. Esto es, se trata de una forma auto-mediada de la riqueza.
En el marco de esta interpretación, entonces, lo que fundamentalmente caracteriza al capitalismo es una especificidad histórica, la forma cuasi-objetiva de mediación social que está constituida por el trabajo, es decir, por determinadas formas de práctica social –que se vuelve casi independiente de las personas que participan en dichas prácticas.
El resultado es una nueva forma histórica de la dominación social que somete a la gente a imperativos y constricciones estructurales, impersonales y cada vez más racionalizadas, que no pueden ser adecuadamente captadas en términos de dominación de clase, o, más en general, en términos de la dominación concreta de las agrupaciones sociales o de las agencias institucionales del Estado y/o la economía.
No tiene un lugar determinado y, aunque constituida por determinadas formas de práctica social, no parece ser social en absoluto. Estoy sugiriendo que el análisis marxiano de la dominación abstracta es un análisis más riguroso y determinado de lo que Foucault intentó captar con su noción de poder en el mundo moderno.
Además, su análisis revela la parcialidad de la noción de poder capilar de Foucault.
La forma de dominación que Marx analiza no sólo es celular y espacial, sino procesual y temporal. Es, al mismo tiempo y en un uno, capilar y global.
Esta forma de dominación es fundamentalmente una forma temporal. El análisis marxiano de la magnitud de valor en términos del “tiempo de trabajo socialmente necesario” delinea una norma social, general y abstracta, a la que la producción debe ajustarse. Téngase en cuenta que, en esta estructura, el marco del tiempo (por ejemplo, una hora) se constituye como una variable independiente. La cantidad de valor producido por unidad de tiempo es una función de la unidad de tiempo exclusivamente; sigue siendo el mismo independientemente de las variaciones individuales o el nivel de productividad. Es la primera determinación de la forma abstracta históricamente específica de dominación social intrínseca a las formas fundamentales de mediación social del capitalismo: es la dominación de las personas por el tiempo, por una forma históricamente específica de la temporalidad –tiempo abstracto newtoniano– que se constituyó históricamente con la forma de la mercancía.
Sin embargo, sería unilateral ver la temporalidad en el capitalismo sólo en términos de tiempo newtoniano, es decir, como tiempo homogéneo vacío. Una vez que el capitalismo se ha desarrollado plenamente, los aumentos continuos en la productividad sólo obtienen a corto plazo aumentos en la magnitud del valor creado por unidad de tiempo. Una vez que el incremento productivo se convierte en general, la magnitud del valor generado por unidad de tiempo vuelve a caer a su nivel base. El resultado es una especie de cinta rodante. Los niveles más altos de productividad obtienen grandes incrementos en la riqueza material, pero no aumentos proporcionales a largo plazo en el valor por unidad de tiempo. Esto, a su vez, conduce a aumentos aún mayores en la productividad. (Téngase en cuenta que esta peculiar dinámica de rotación está enraizada en la dimensión temporal de valor. Esto no puede ser completamente explicado por la forma en que es generalizado este patrón, por ejemplo, a través de la competencia del mercado.)
Sin embargo, la productividad incrementada tiene un efecto: redetermina qué se considera como una unidad de tiempo dada. Es decir, vuelve a determinar la unidad de tiempo (abstracto), empuja hacia adelante, por así decirlo. Este movimiento es un movimiento del tiempo. Por lo tanto, no puede ser aprehendido dentro del marco de tiempo newtoniano, sino que requiere un marco de referencia de orden superior dentro del cual se mueve el marco de tiempo newtoniano. Este movimiento del tiempo puede ser denominado tiempo histórico. La nueva determinación de la unidad de tiempo abstracto y constante vuelve a determinar la compulsión asociado a esa unidad. De esta manera, el movimiento del tiempo adquiere una dimensión necesaria. El tiempo abstracto y el tiempo histórico, entonces, son dialécticamente interrelacionados. Ambos se constituyen históricamente con las formas de la mercancía y el capital como estructuras de dominación.
Así pues, en el marco del análisis de Marx la dualidad inestable de la forma mercancía genera una interacción dialéctica entre valor y valor de uso que da lugar a una muy compleja dinámica histórica, no lineal, que marca la modernidad capitalista. Por un lado, esta dinámica se caracteriza por continuas transformaciones de la producción y, más en general, de la vida social. Por otro lado, esta dinámica histórica implica la reconstitución permanente de su propia condición fundamental como una característica invariable de la vida social –a saber, que el valor es reconstituido y, por lo tanto, que la mediación social en última instancia sigue siendo efectuada por el trabajo y que el trabajo vivo sigue siendo un elemento esencial del proceso de producción (considerado en términos de la sociedad como un todo), independientemente del nivel de productividad. La dinámica histórica del capitalismo genera sin cesar lo “nuevo”, al mismo tiempo que regenera lo “mismo”. Genera a la vez la posibilidad de una nueva organización del trabajo y de la vida social y, sin embargo, al mismo tiempo, impide esa posibilidad sea realizada.
La dinámica generada por la dialéctica de estas temporalidades se encuentra en el corazón de la categoría de capital, que Marx presenta inicialmente como valor que se auto-valoriza. Así pues, para Marx, el capital es una categoría de movimiento, es valor en movimiento. No tiene forma ni encarnación material fijas, sino que aparece como momentos diferentes de su trayectoria en espiral en la forma del dinero y en de las mercancías.
Cabe destacar que, en la introducción de la categoría de capital, Marx la describe con el mismo lenguaje que utiliza Hegel en la Fenomenología con referencia a Geist –la sustancia con automovimiento que es el sujeto de su propio proceso. De este modo, Marx sugiere que, de hecho, existe un sujeto histórico en el sentido hegeliano en el capitalismo: la noción hegeliana de la historia como un despliegue dialéctico de un sujeto es válida, pero sólo para la modernidad capitalista. Por otra parte –y esto es de vital importancia– Marx no identifica este sujeto con el proletariado (como hace Lukács) o incluso con la humanidad. En su lugar, lo identifica con el capital, una estructura dinámica de dominación abstracta que, aunque constituida por seres humanos, se hace independiente de su voluntad.
Así pues, la crítica madura de Marx a Hegel ya no supone una inversión antropológica de la dialéctica idealista de este último. Más bien, es la “justificación” materialista de esa dialéctica. Marx sostiene implícitamente que el “núcleo racional” de la dialéctica de Hegel es precisamente su carácter idealista. Es una expresión de un modo de dominación constituido por relaciones alienadas –es decir, relaciones que adquieren una existencia cuasi-independiente frente a los individuos, que ejercen una forma de coacción sobre ellos y que, debido a su peculiar carácter dualista, son de carácter dialéctico.
Así pues, en su teoría madura, Marx no postula un meta-sujeto histórico, como el proletariado, que consiguientemente se realiza a sí mismo en una sociedad futura, sino que proporciona la base para una crítica de esta noción. Esto implica una posición muy diferente a la de teóricos como Lukács, para quien la totalidad social constituida por el trabajo proporciona el punto de vista de la crítica del capitalismo, y ha de realizarse en el socialismo. En El Capital, la totalidad y el trabajo que la constituye se han convertido en los objetos de la crítica. El Sujeto histórico es la estructura alienada de la mediación social que está en el corazón de la formación capitalista. Las contradicciones del capital apuntan a la abolición del Sujeto, no a su realización.
Es significativo a este respecto que, cuando Marx desarrolla la categoría de capital, cambia su relación con los productores inmediatos. Inicialmente, el capital no es más que una expresión alienada del trabajo de los trabajadores colectivos. Sin embargo, con la “subsunción real” del trabajo y la creciente importancia de la ciencia y la tecnología en la producción, el capital va dejando de ser la forma mistificada del poder que “realmente” es la de los trabajadores. Al contrario, las fuerzas sociales productivas apropiadas por el capital se vuelven cada vez más fuerzas productivas socialmente generales, que ya no pueden ser entendidas como aquellas de los productores inmediatos. Esta acumulación de conocimiento social general convierte el valor y, por lo tanto, el trabajo proletario, cada vez más en algo anacrónico y, al mismo tiempo, la dialéctica de valor y valor de uso reconstituye el valor y la necesidad de este tipo de trabajo.
Como acotación al margen, cabe señalar que, fundando el carácter contradictorio de la formación social en las formas dualistas expresadas por las categorías de la mercancía y el capital, Marx insinúa que la contradicción social estructural es específica del capitalismo. La idea de que la realidad o las relaciones sociales en general son esencialmente contradictorias y dialécticas parece ser, a la luz de este análisis, una idea que sólo puede ser asumida metafísicamente, no explicada.
Una implicación de este análisis es que el capital no existe como un todo unitario, y que la noción marxista de contradicción dialéctica entre “fuerzas” y “relaciones” de la producción es intrínseca al capital, una función de sus dos dimensiones. Como una totalidad contradictoria, el capital es generador de la dinámica histórica compleja que comencé a esbozar, una dinámica que apunta a la posibilidad de su propia superación. La contradicción que permite otra forma de vida también permite la posibilidad de imaginar otra forma de vida. Es decir, la teoría fundamenta su propia posibilidad por medio de las mismas categorías con las que capta su objeto y exige de todos los intentos de la teoría crítica que sea capaz de dar cuenta de su propia posibilidad.
La comprensión de la compleja dinámica del capitalismo que he esbozado permite un análisis crítico y social (antes que tecnológico) de la trayectoria del crecimiento y la estructura de la producción en la sociedad moderna. En Marx, el concepto clave de plusvalía no sólo indica, como harían las interpretaciones tradicionales, que la plusvalía es producida por la clase trabajadora, sino que demuestra que el capitalismo se caracteriza por una forma determinada de “crecimiento” desbocado. En este marco, el problema del crecimiento en el capitalismo no es sólo que sea propenso a las crisis, como a menudo se ha destacado en los enfoques marxistas tradicionales. Más bien es problemática la forma de crecimiento misma, que implica la destrucción acelerada del medio ambiente natural. De acuerdo con este enfoque, la trayectoria de crecimiento sería diferente si el objetivo último de la producción fuese el incremento de la riqueza material y no de la plusvalía.
Este enfoque también proporciona la base para un análisis crítico de la estructura del trabajo socialmente constituido y la naturaleza de la producción en el capitalismo. Indica que el proceso industrial de producción no debe ser entendido como un proceso técnico que, aunque cada vez más socializado, es utilizado por los capitalistas privados para sus propias necesidades. Más bien, el enfoque que estoy esbozando comprende ese proceso como intrínsecamente capitalista. La presión del capital a aumentar continuamente la productividad da lugar a un aparato productivo de sofisticación tecnológica considerable que vuelve la producción de la riqueza material esencialmente independiente del gasto directo del tiempo de trabajo humano. Esto, a su vez, abre la posibilidad de reducciones a gran escala y socialmente generales en el tiempo de trabajo, así como de cambios fundamentales en la naturaleza y la organización social del trabajo. Sin embargo, estas posibilidades no se realizan en el capitalismo. En lugar de eso el valor, que está constituido por el gasto directo del tiempo de trabajo humano, es restablecido como el fundamento del sistema. Por consiguiente, aunque hay un desplazamiento creciente hacia fuera del trabajo manual, el desarrollo de la producción tecnológicamente sofisticada no libera a la mayoría de la gente de trabajo fragmentado y repetitivo.
Del mismo modo, el tiempo de trabajo no se reduce a un nivel social general, sino que se distribuye desigualmente, incluso de manera creciente para la mayoría. Por un lado, las capacidades de la especie constituidas históricamente en la forma del capital abren la posibilidad histórica de futuro –una forma de producción social que ya no se basa en el gasto de trabajo humano directo en la producción, es decir, en el trabajo de una clase. Por otro lado, la necesidad del presente es reconstituida constantemente.
Así pues, de acuerdo con la reinterpretación que he descrito, la teoría de Marx va mucho más allá de la crítica tradicional del mercado y la propiedad privada. No es sólo una crítica de la explotación y la distribución desigual de la riqueza y el poder. Más bien interpreta la sociedad moderna industrial misma como capitalista,
y analiza críticamente el capitalismo sobre todo en términos de estructuras abstractas de la dominación, de aumento de la fragmentación del trabajo y la existencia individual, así como de la lógica ciega del desarrollo descontrolado. Trata a la clase obrera como un elemento básico del capitalismo, más que como la encarnación de su negación, e implícitamente conceptualiza el socialismo en términos de la posible supresión del proletariado y de la organización de la producción basada en el trabajo del proletariado, así como de la dinámica sistémica de las coacciones abstractas constituidas por el trabajo en cuanto actividad socialmente mediadora.
Este enfoque reconceptualiza la sociedad postcapitalista en términos de la superación del proletariado y del trabajo que éste realiza es decir, en términos de una transformación de la estructura general del trabajo y del tiempo. En cierto sentido, se diferencia tanto de la noción marxista tradicional de la realización del proletariado como del modo capitalista de “abolir” las clases trabajadoras mediante la creación de una infraclase en el marco de la distribución desigual del trabajo y del tiempo a nivel nacional y mundial. La posibilidad de un futuro en el que el excedente de producción ya no tenga que basarse en el trabajo de una clase oprimida es, al mismo tiempo, la posibilidad de una evolución desastrosa en la que la superfluidad creciente de trabajo se exprese como la superfluidad creciente de las personas.
Al alejar el foco de la crítica de una preocupación exclusiva por el mercado y la propiedad privada, este enfoque podría proporcionar la base para una teoría crítica de los llamados países “socialistas realmente existentes” como formas alternativas (y fracasadas) de acumulación de capital, más que como formas sociales que representaban la negación histórica del capital, aunque sea de forma imperfecta.
No he tenido tiempo de desarrollar la noción de que las categorías no deben interpretarse como meramente económicas, sino, en términos de Marx, como Daseinformen (formas de existencia), Existenzbestimmungen (determinaciones existenciales) –lo que indica que han de entenderse también como categorías culturales que implican determinadas visiones del mundo y determinados conceptos de la personalidad, por ejemplo. Sin embargo, me gustaría sugerir que, al relacionar la superación de capital con la superación del trabajo proletario, esta interpretación podría comenzar a acercarse a la aparición histórica de autocomprensiones y subjetividades post-proletarias. Se abre la posibilidad de una teoría que puede reflejar la historia de los nuevos movimientos sociales de las últimas décadas y las diferentes visiones del mundo históricamente constituidas que encarnan y expresan. También podría ser capaz de acercarse al aumento global de las formas de “fundamentalismo” como formas populistas fetichizadas de oposición a los efectos diferenciales del capitalismo neoliberal global.
IV.
Si se considera retrospectivamente, se ha hecho evidente que la configuración social/política/económica/cultural de la hegemonía del capital ha variado históricamente –desde el mercantilismo, a través del capitalismo liberal del siglo XIX y el capitalismo fordista centrado en el Estado del siglo XX, hasta el capitalismo global neo-liberal contemporáneo. Cada configuración ha suscitado una serie de críticas penetrantes –de la explotación y el crecimiento desigual, injusto, por ejemplo, o de los modos tecnocráticos y burocráticos de dominación.
Cada una de estas críticas, sin embargo, es incompleta. Como vemos ahora, el capitalismo no puede identificarse completamente con cualquiera de sus configuraciones históricas.
He tratado de diferenciar entre los enfoques que, de forma más o menos sofisticada, en última instancia son críticas a una configuración histórica del capital y un enfoque que permite una comprensión del capital como el núcleo de la formación social, separable de las distintas configuraciones superficiales.
La distinción entre el capital como el núcleo de la formación social y las configuraciones históricamente específicas del capitalismo se ha vuelto cada vez más importante. Confundir ambas cosas ha dado lugar a falsas interpretaciones de importancia. Recordemos la afirmación de Marx de que la próxima revolución social deberá sacar su poesía del futuro, a diferencia de otras revoluciones anteriores que, centradas en el pasado, no reconocieron el contenido histórico propio. En este sentido, el marxismo tradicional se colocó de espaldas a un futuro que no entendía. En lugar de apuntar a la superación del capitalismo, al centrarse en la propiedad privada y el mercado, incurrió en una malinterpretación que confundía el capital con su configuración específica en el siglo XIX. Por consiguiente, implícitamente afirmaba la nueva configuración estatocéntrica que surgió de la crisis del capitalismo liberal.
Más recientemente, la afirmación no intencional de una nueva configuración del capitalismo puede observarse en el giro anti-hegeliano hacia Nietzsche característico de gran parte del pensamiento posestructuralista desde los tempranos años 1970. Tal pensamiento, sin duda, vuelve la espalda a un futuro que no comprende adecuadamente. Al rechazar el tipo de orden estatocéntrico implícitamente afirmado por el marxismo tradicional, lo hizo de una manera que era incapaz de comprender críticamente el orden global neoliberal que ha superado el capitalismo estatocéntrico, en el Este y en el Oeste.
Así pues, las transformaciones históricas del siglo pasado no sólo han puesto de manifiesto las debilidades de gran parte del marxismo tradicional, así como de las diversas formas de post-marxismo crítico, sino que sugieren también la importancia central de la crítica del capitalismo para una teoría crítica hoy.
Al tratar de repensar la concepción de Marx del capital como el núcleo esencial de la formación social, he tratado de contribuir a la reconstitución de una crítica sólida del capitalismo actual que, liberada de las ataduras conceptuales de los enfoques que identifican al capitalismo con una de sus configuraciones históricas, podría ser adecuada para nuestro universo social.
Traducción del inglés de José Antonio Zamora y Jordi Maiso

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