Relámpagos temperados en noches apacibles

Salvador López Arnal

“Si no aprendo a errar, no aprenderé a ser”.

Vicente Núñez (2002), p.47

 

“Me condenaron a veinte años de hastío / por intentar cambiar el sistema desde dentro./ Ahora regreso, ahora vengo a desquitarme./ Primero tomaremos Manhattan, luego tomaremos Berlín./ Me guía una señal en los cielos,/ me guía esta marca de mi piel,/ me guía la belleza en nuestras armas/ Primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín”.

Leonard Cohen, First we take Manhattan

 

En una breve y curiosa aproximación de aniversario, Porta Perales sostenía la singular creencia de que la figura de Manuel Sacristán había sido sobrevalorada por discípulos de primera, segunda o incluso de tercera generación con nudos freudianos no resueltos limpiamente. Señalaba Porta que nada del Sacristán político merecía ser tenido en cuenta1; que era puro extravío vindicar al Sacristán “catastrofista y ranciamente anti-OTAN y anticapitalista”; que, aun aceptando la novedad y frescura histórica de algunas de sus iniciales aportaciones al desértico páramo cultural de la lejana y superada época de los cincuenta y sesenta, el autor de Las ideas gnoseológicas de Heidegger nunca había sido capaz de superar el paradigma dialéctico-analítico (sic); que los trabajos de lógica y epistemología, en vida y después de él, “adelantaron que es una barbaridad” (Porta Perales 1996: 28); que el crítico y prudente defensor de “La tarea de Engels en el Anti-Dühring“ se había empecinado, e incluso embarrancado, en la postulación de una dialéctica inefable y que, finalmente, y sin ningún ánimo de exhaustividad, el eco-pacifismo del autor de Pacifismo, ecología y política alternativa no sólo mostraba una peligrosa deriva fundamentalista sino incluso, y destacadamente, una gruesa, milenarista y desfasada arista apocalíptica que, innecesario es apuntarlo, no era aceptable ni razonable. Conclusión Porta Perales-apodíctica: no se podía ni debía seguir pensando, cultivando y obrando con mimbres tan míseros, maltrechos y trasnochados. La figura de Sacristán, concedía PP, acaso no fuera conocida con suficiente amplitud pero sólo desde posiciones fanatizadas y algo lunáticas podía creerse que su obra estaba infravalorada2. Si se había pecado, y era obvia para Porta Perales la trasgresión cometida, había sido por elevación transfinita.

Ni tan siquiera un esfuerzo sostenido y una aplicada tenacidad posibilitan un fácil acuerdo con razonamientos tan sutiles, al igual que no es asunto trivial convencerse por afirmaciones como las vertidos por Luis Goytisolo en su sucinta presentación de las memorias de Miguel Núñez3:

“(…) Pondré algunos ejemplos relacionados con personas y hechos que también yo he conocido. Así, la imagen que ofrece de Manuel Sacristán, persona de trato difícil en la medida en que su inflexibilidad ideológica iba unida a una preocupante ausencia de sentido de la realidad. Mejor juicio le merecemos (sic.) los universitarios de la época, y en especial Octavi Pellisa, con su ironía socrática, en el polo opuesto de Sacristán…”.

 

Hay algún otro ejemplo. Poco después de la publicación de sus singulares memorias de juventud, Eugenio Trías, en una entrevista con Arcadi Espada (El País 19/2/2003, p. 40), sostenía que:

“(…) Sacristán aunaba todos los dogmatismos: el del marxismo y el del positivismo lógico. Es decir, el de la teoría y el de la práctica. Era un hombre con perfiles como sectarios, muy preocupado por captar discípulos. Su aportación a la filosofía es escasa. Aunque debo reconocer que a veces sus consejos eran útiles…”

 

También Arnau Puig, en unas recientes memorias filosóficas, después de señalar que la evolución política de Sacristán era neta prueba de que “(…) era posible pasar del heideggerianismo al comunismo, como el mismo Heidegger pasó de su filosofía ontológica al nazismo”, presenta un apretado balance del proyecto existencial del que fuera miembro del comité ejecutivo del PSUC entre 1965 y 1970 en los términos siguientes (Puig 2003: 120):

“[Sacristán es] un caso ejemplar de cómo las personas organizan su estar en el mundo conforme a sus intereses, desplazando despiadadamente (sic), con el olvido si fuera el caso, a la persona que les incomoda, al margen de los principios o de las ideologías que fueran…”

 

Sin duda no todas las referencias transitan por este sendero. Pensemos, por ejemplo, en el reciente diccionario de lógica y filosofía de la ciencia de Mosterín y Torretti4. Sea como sea, no emprendamos una búsqueda sin término, y acaso sin resultados, sobre la validez de argumentaciones, creencias o tesis tan singulares. Concedamos matizadamente (Wagensberg 2002: 65) que preguntar es rebelarse y responder es adaptarse. Suponiendo -aunque no admitiendo en ningún grado- algún infinitésimo de verosimilitud en alguna de las posiciones esgrimidas, no parece ensoñación fanatizada ni testarudez de complejo freudiano mal resuelto señalar que, como en el caso de la lukácsiana respuesta de Historia y consciencia de clase 5, seguiría permaneciendo en la obra dicha, hecha y escrita de Sacristán, por una parte, un estilo de hacer filosófico infrecuente por riguroso, esforzadamente documentado y nada o escasamente reiterativo, y, por otra, un conjunto no menor de caras poliédricas sobre las que el acuerdo (casi) unánime no proviene de ningún seguidismo irresponsable sino de una sentida filiación reflexiva. Entre ellas son de cita obligada su prolongada, reconocida y admirada tarea de profesor (y maestro), ejercida de forma interrumpida por sinrazones conocidas; su trabajo de traductor atento, realizado en condiciones nada favorables y, casi siempre, con premura de tiempo y autoexplotación exigida para ganar espacios de vida que permitieran voluntarias y, en ocasiones, ingratas tareas de intervención ético-política sin brillantez curricular; sus textos de intervención filosófica, algunos de ellos ya clásicos del filosofar hispánico; sus prólogos e introducciones a Heine o Goethe o, por finalizar en algún punto, su faceta de conferenciante brillante, con poso, persuasivamente convincente e inusualmente innovador6.

Puede sumarse a lo anterior otra faceta que acaso merezca ser destacada y que probablemente pueda aspirar a una aceptación sin disidencias. Me refiero a la capacidad de Sacristán, nunca orgullosamente ostentada pero felizmente practicada, para dar con el enunciado afortunado y austero; con la proposición brillante, sin aparatoso pavoneo ni impúdico descontrol emotivo; con el texto sucinto que alumbra frecuentemente un punto de vista novedoso y prometedor; con la sentencia o apunte que permite una y diez lecturas sin agotamiento del lector ni del texto. Y todo ello, tanto en su faceta de clandestino autor de panfletos político-filosóficos como en su reconocida autoría de tratados de introducción a la lógica y a la filosofía de la lógica7 o de ensayos sobre la gnoseología heideggeriana, al igual que en sus esperadas y elaboradas intervenciones orales. Si como se ha señalado (Wagensberg 2002:83): “bien mirado y observado, observar es recrear la mirada”, muchas de las observaciones o anotaciones de Sacristán recrean y, por tanto, crean, nuevas perspectivas e interesantes puntos de vista sobre diversos y nada marginales asuntos.

Varios ejemplos pueden hacer plausible esta apreciación, dos muestras a título de ilustración. Durante su estancia en la UNAM en 1982-1983, Sacristán fue entrevistado para Argumentos, una revista próxima en aquel entonces al ámbito del PCE. Claro indicio de que la conversación no fue para él un recuerdo imborrable es el título que él mismo eligió para ella: “¡¡Una broma de entrevista!!”8. En un determinado momento se le preguntó por el supuesto carácter definitivo de la, por aquel entonces, enésima crisis del marxismo. Su sucinta respuesta -acaso afortunada variante del no menos dichoso proverbio castellano (Bofill 2002: 43): “Mucho vuela el viento, pero mucho más el pensamiento”- merece reproducción y acaso marco:

“(…) En cuanto a la crisis del marxismo: todo pensamiento decente tiene que estar en crisis permanente; de modo que, por mí, que dure”.

 

Vicente Núñez (Núñez 2001: 54) ha señalado en la misma dirección y con igual precisión y belleza: “La filosofía sólo se sustenta desde bases inestables, es decir, activas”.

Segunda ilustración de estos hallazgos lingüísticos: Sacristán está estudiando el ensayo de Rescher sobre The Philosophy of Leibniz, reconocido por él como una excelente aproximación a los principios del filósofo de los principios. Después de observar la forma en que el autor presenta los postulados básicos y derivados de Leibniz, detiene su lectura y anota en el margen superior de la página 27 del ejemplar consultado:

“Leibniz, como Marx, tiene el encanto de la oscuridad de lo que nace, de las promesas que nunca se pueden cumplir, porque cuando la imaginación cuaja un método resulta que no da para tanto como parecía en la confusión del nacimiento”9.

 

Ejemplos, entre muchos otros posibles, de estos hermosos enunciados, de estos textos sucintos, brillantes, de estas proposiciones con resto a las que hacía referencia. ¿Podemos hablar aquí de máximas, de aforismos, de proverbios, de sentencias? ¿Acaso de apuntes, de donaires o de reflexiones singulares? El interrogante no tiene fácil respuesta porque todos, o casi todos ellos, son términos de difícil delimitación, nociones abiertas si se quiere. Se podría decir, por usar terminología ya clásica, que estamos ante conceptos borrosos cuyos núcleos centrales están suficientemente controlados pero cuyos segmentos fronterizos presentan intersecciones no vacías con elementos de otros ámbitos afines no cerrados a su vez.

Así, si en el Diccionario de la Real Academia Española (edición 2001) se apunta que un aforismo es una “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte”, pareciendo entonces aceptarse la brevedad y normatividad como notas definitorias del término, en el inestimable María Moliner se define aforismo como “máxima que se da en una ciencia o arte”, mientras que máxima, que inicialmente se da como sinónimo de adagio, aforismo o precepto, se delimita como “frase usada en forma invariable, proverbial o escrita por alguien que expresa un principio moral o consejo o enseñanza”. De este modo, un aforismo sería un principio normativo (consejo o saber) científico o artístico.

Cristóbal Serra ha argüido contra esta estrecha aproximación dado que tiende a la identificación de uno y otro término: si se acepta esta confusionaria caracterización, critica Serra, la diferencia entre aforismo y máxima apenas sería discernible y, consiguientemente, “esa vieja forma de decir [el aforismo], misteriosa y poética, quedaría reducida a consejo moral, a norma utilitaria para andar por casa” (Serra 2002: 9). El autor de Diario de signos pone pues el acento, el aspecto básico de la demarcación, en el componente reglar de la máxima frente al carácter anormativo del aforismo.

Parece aceptable la sugerencia, aunque no siempre sea fácil la coherencia en este punto. En la misma antología de fragmentos de Heráclito que incorpora Serra a sus Efigies y que, en su opinión, a diferencia de los de Diógenes o Sócrates, dan sensación “física” de aforismo, se cuela algún texto cuya anormatividad no parece ausente: la ajustada máxima doméstica -y sin duda excelente consejo cívico- de “No obrar ni hablar como dormidos” permite una interpretación sin inconsistencias con neto sesgo normativo.

Tampoco la brevedad parece característica universalmente compartida por todos los candidatos. Ya no sólo porque en el clásico de Lichtenberg aparecen aforismos cuya determinación esencial no es el ser compendiosos, sea cual sea nuestra delimitación extensional del atributo (por ejemplo, el 79, 119 o 126 recogidos en el cuaderno A [1766-1770] -Lichtenberg 1990: 17-32), sino porque algunos fragmentos recogidos por el propio Serra del maestro Bergamín (Serra 2002: 201) o de Juan Ramón Jiménez (Serra 2002: 209-210) probablemente puedan presentar como ajustado atributo la de ser reflexiones no barrocas pero difícilmente la de ser textos ceñidos. Consiguientemente, la línea de demarcación propuesta por Eco (“¿Qué distingue a un aforismo de una máxima? Nada, de no ser la brevedad”, Eco 2002: 4), parece desvanecerse hasta la extinción en el poblado ámbito de los contraejemplos.

Sea como sea, y aunque como Echevarría ha destacado el género es de indiscutible naturaleza equívoca, de tal forma que lo que normalmente se presenta como máxima o aforismo podría ser etiquetado, con mayor o menor acierto, como sentencia, instantánea lírica, epigrama o apunte (Echevarría 2002: 3), podríamos aproximarnos complacidos, por su delicadeza y corrección, a la interesante propuesta de Serra: “la poesía, que el verso ofrece en estado líquido, se “solidifica” al pasar a ser aforismo” (Serra 2002: 9): el carácter específico del aforismo, frente a la máxima o a la reflexión general, residiría pues en su solidez poética: un buen aforismo sería un bello monolito poético.

Empero, esta solidificación de la poesía en aforismo no excluiría ni marginaría desdeñosamente a la máxima prudente y pudorosa. Diríase entonces que la diferencia entre ambas difusas nociones (¿y qué categoría no formal no lo es?) se situaría en la normatividad que acompañaría fielmente a la máxima, aunque esta pueda ser tan breve, sustancial, señalizadora y brillante como el aforismo.

En la reflexión, en cambio, tendríamos un comodín sin excesos definitorios ni precisiones cualitativas ni cuantitativas. Cabría todo, o casi todo. Acaso observemos en este recipiente, aunque no siempre, un menor lirismo condensado, pero la inexistencia de límites fijados permitiría un desarrollo menos apretado y acaso una menor libertad interpretativa. Si se quiere una transición nocional, podría proponerse conjeturalmente que el verso en estado sólido deviene aforismo, que, acompañado de norma, se transforma en máxima, que a su vez, cuando el pensamiento no puede ajustarse a la brevedad de la sonata o al cuento de Monterroso deviene, con norma o sin ella, reflexión de interés, apunte no consumido, alargada sentencia merecedora de reiteradas relecturas.

Este M.A.R.X. recogería entonces un conjunto no desdeñable de máximas, aforismos y reflexiones de Sacristán. La primera de las dos muestras dadas anteriormente puede adscribirse, sin error apreciado, al género máximo; la segunda, según se prefiera, al de las breves reflexiones o a la campana aforística. Si se quiere un ejemplo de aforismo con mayor brevedad que el anterior, el botón mostrado podría ser el siguiente. En uno de los excelentes trabajos que preparó Sacristán con ocasión del centenario de Marx (Sacristán 1987: 125-129), discutía la nueva problemática que representaba para el marxismo el desarrollo inimaginable -para Marx- de las fuerzas productivas-destructivas, comentando críticamente (y no había para menos) la distopía que significaban las tesis aguerridamente defendidas por Adrian Berry en Los próximos diez mil años y señalando que la síntesis dialéctica de la negación de la negación esperaría en vano a que el movimiento de la historia realizara todos sus desastres necesarios, para, en punto y parte, escribir sucintamente: “No todo lo real es racional: más bien casi nada”. De ahí, una vez más, como deriva praxeológica y en consistencia con estimables y clásicos proverbios orientales (“Todo pensamiento es simiente de acción” Bofill 2002:115), la concepción sacristaniana de un filosofar no estricta ni básicamente contemplativo.

Si se buscan reflexiones más genuinas, más alejadas del aforismo o máxima breve, que son casi marca de la casa, mis preferencias se sitúan en dos ámbitos: en la mayor parte de los pasajes de su crítica a la gnoseología heideggeriana y en sus reflexiones sobre la que seguramente es la más peligrosa idea de Sacristán, su recreada, y acaso poco explorada, categoría de dialéctica.

Ejemplo del primer contorno. En el último capitulo de su estudio sobre las ideas gnoseológicas del ex-rector de Friburgo, después de haber hecho un detallado repaso de sus insuficiencias, finaliza Sacristán su reflexión señalando10:

“(…) Precisamente los problemas que la realidad plantea al hombre que dialoga con ella por medio de su razón prueban que la razón sí puede decir de dónde le viene la conminación a su pensar, y a criticarlo y a mejorarlo. Por eso no es de esperar que el hombre interrumpa su diálogo racional con la realidad para entablar ese otro “diálogo en la historia del Ser” (HM 252) cuyos personajes se niegan a declarar de dónde reciben la suya”.

 

Concedamos inmediatamente que es posible que nunca un pronóstico filosófico haya errado por tanto optimismo gnoseológico, pero ¿acaso ello resta un ápice de verdad a lo apuntado?

El segundo perímetro, la dialéctica, que curiosa y admirablemente un físico-filósofo incorpora a su aforística definición de ciencia (”Ciencia es conocimiento que tiende a ser lo más objetivable, inteligible y dialéctico posible”, Wagensberg 2002: 65). Los ejemplos pueden ser aquí numerosos. Así, en una observación, después de la lectura de un texto de Colletti de los años setenta, Sacristán señalaba:

“Describe la ingenuidad hegeliana de Marx, pero sin atribuirla a Marx, sino sólo a Engels, a causa de que este pobrete ha sido el que ha intentado hacer filosofía de la ciencia (pp.179-180). Teniendo razón literal, se cerraba el camino hacia la comprensión de que había una adaptación posible de “la dialéctica” en el sentido del programa de conocimiento historicista y organicista u holista luego clarificado y exactificado por la teoría de sistemas.”

 

El acrónimo M.A.R.X., usado como título, refiere pues a una selección posible y no excluyente de máximas, aforismos y reflexiones de Sacristán. La “x” final, no cuantificada, no sólo remite a variables no ligadas o libres y, por tanto, a interpretaciones abiertas de los textos seleccionados, sino, como es obvio, permite relacionar nominalmente esta antología con uno de los clásicos más decisivos para entender la génesis y las aspiraciones de gran parte de la obra y el obrar de Sacristán.

La clasificación en dieciocho apartados del material seleccionado permite, sin duda, correcciones o incluso enmiendas totales; sin embargo, creo que las secciones elegidas recogen algunas de las preocupaciones centrales y más sentidas del autor de El orden y el tiempo. Sea como sea, el lector/a sabrá disculpar mis posibles errores taxonómicos y hará bien en corregirme sin complacencia.

La antología se ha basado fundamentalmente en notas, resúmenes, apuntes u observaciones de lectura de MSL hasta ahora inéditos. Se ha intentado no abusar ni recargar con fragmentos o pasos ya conocidos y publicados, no porque en ellos no haya proposiciones de singular belleza o interés sino por intentar conseguir que los textos incorporados fueran cerrados y no pidieran a gritos no susurrados un paraguas mayor en el que su significado se reflejara sin pérdida y con sentido no forzado. La ordenación no es cronológica ni alfabética sino que intenta seguir, con éxito no garantizado, un posible sendero temático y argumentativo.

Si algún hipotético valor tuviera este trabajo de búsqueda, recorte y ordenación, me gustaría dedicarlo a la memoria del profesor Sacristán y a Jorge Riechmann y Enric Tello, a los que agradezco muy sinceramente su respectivo prólogo y epílogo. No creo conjeturar sin base si señalo que a ellos, a todos ellos, les es muy próximo este lírico y sustantivo aforismo brossiano (“Epílogo”, Brossa 1998: 383):

Conec la utilitat de la inutilitat

(conozco la utilidad de la inutilidad)

I tinc la riquesa de no voler ser ric.

( y tengo la riqueza no querer ser rico)

 

Notas:

(1) En su larga lista de dudas sobre la aportación política de Sacristán, Porta Perales, además de apuntar la original y documentada tesis de que la ruptura de Sacristán con el falangismo y su adscripción al movimiento comunista no fue sino la transición de un totalitarismo a otro, dibuja, entre otras bellos ornamentos, el siguiente: “(…) ¿Quizás hay que reivindicar al Sacristán catastrofista y ranciamente anti-OTAN y anticapitalista? Lo dudo. Se dirá -con razón- que Manuel Sacristán luchó contra la dictadura franquista, que condenó la intervención soviética en Checoslovaquia y que se opuso a la rudeza de los políticos profesionales del PCE y el PSUC. Pues ¡no faltaría más!”.

(2) Que el conocimiento de la figura de Sacristán no es excesivo parece verificarse cuando al ojear el índice analítico de unas conversaciones con Jaime Gil de Biedma, de edición reciente, se lee un tal “Sacristán, José” que sin duda remite a “Sacristán, Manuel”. El mismo error se ha producido, y en más de una ocasión, en algunas referencias a Sacristán-filósofo en el diario independiente de la mañana.

(3) Luis Goytisolo: “¿Mereció la pena tanto sacrificio?”. En Núñez, M (2002), La revolución y el deseo, Barcelona, Península, pp.21-22. Obsérvese que lo apuntado por Goytisolo en su presentación tiene muy poco que ver con lo señalado por el autor sobre Sacristán.

Miguel Núñez tuvo la amabilidad de responderme, en octubre de 1997, a un cuestionario sobre su relación política y personal con MSL. De sus respuestas entresaco estos breves fragmentos:

a) “Sobre la conocida anécdota de que Manolo se presentase en la vía Layetana, reconociéndose como autor del artículo publicado en Realidad [en realidad, Nuestras Ideas] y firmado como “V. Ferrater” y declarándose marxista-leninista, tengo mi propia opinión. No sé si los que han emitido juicios negativos contra él, tienen conocimiento de cosas que yo desconozco.

Para mí, la cuestión, siendo aparentemente incomprensible, es comprensible en la formación que entonces tenía Manolo: cruce de valores falangistas como “honor” y “lealtad”(…) y su sentido de responsabilidad de no consentir que otro pagase por él.

Manolo, creo yo, actuó con un impulso moral más allá de cualquier otra reflexión. Se olvidó de que era un dirigente político clandestino y de que se debía a la organización y salió para liberar al inocente. Además, creo yo, Manolo no se planteó que él pudiera poner en peligro a la organización, porque él estaba seguro de que, llegado el caso, no le arrancarían ni una palabra contra ningún camarada. Si se comprometía por uno, ¿cómo iba a comprometer a otros?

Conociéndole, así interpreté yo las cosas en aquel momento. Cuando, tomando las sabidas precauciones, pudimos vernos, él reconoció que su “noble comportamiento” había podido poner en peligro a la organización. Pienso que, tal vez, su manera de actuar fue tan insólita que la policía le consideró más bien como un marxista-leninista teórico que organizativo. No sé si otras personas tendrán otros datos que modifiquen mi criterio”.

b) “Resulta que mi hija Estrella conserva un librito que le regaló Manolo con la siguiente dedicatoria de su puño y letra: “Para la hija de Pepe y Peque, a la que llamaremos provisionalmente Pequepepita (cuando llegue a los quince años).”

Estrella tenía entonces alrededor de nueve años. El libro titulado El Banquete de Platón, dice: “Prólogo, traducción, notas y vocabulario de Manuel Sacristán Luzón”. Impreso por editorial Fama, Barcelona,1956.

Tiene el libro dos notas. En una dice. “Están corregidas las erratas”. Y en la otra. “El libro barato español no tiene derecho a no tener erratas” Magnífica expresión del humor, siempre intencionado, de Manolo. La dedicatoria firmada por Manolo lleva la fecha del 30 de noviembre de 1956.

Este libro mi hija lo ha conservado con todo cariño y devoción, por lo que ahora nos ayuda a recordar…”

No parece que haya pues consistencia alguna entre lo señalado por Goytisolo y lo apuntado por Núñez en esta entrevista y en sus memorias. Sea como fuere, la tendencia l-g sigue teniendo algún seguidor. Como se ha señalado, en sus memorias de juventud (Trías 2003: 198-199), Eugenio Trías sostiene que Sacristán daba “la imagen sobria y austera de un profesor liberal y dialogante (…) Era un eficaz máscara didáctica de su natural doctrinario y dogmático, y era también un anzuelo para la captación de un pequeño núcleo de fieles perfectamente adoctrinados (…) Como persona era terrible”.

(4) Mosterín y Torretti dan al final de su obra una lista de “filósofos y científicos”, incluyendo sólo nombres de personas fallecidas. En la lista incorporan, con generosidad indiscutible, cinco nombres hispánicos. Entre ellos, el de Manuel Sacristán.

(5) Sobre el celebre paso de “Qué es el marxismo ortodoxo” (“Pues suponiendo -aunque no admitiendo- que la investigación reciente hubiera probado indiscutiblemente la falsedad material de todas las proposiciones sueltas de Marx…”: Lukács, G. (1975), Historia y consciencia de clase, Barcelona, Ediciones Grijalbo, pp.1-2), Sacristán construía la siguiente reflexión:

“a) Lo primero a objetar a este paso célebre es su desastrosa consecuencia respecto de la cientificidad del marxismo, al hacerlo en principio irrefutable por descubrimiento alguno.

b) La segunda objeción debe consistir en reprochable la completa falta de dialéctica de su epistemología. En efecto, cuando “método” se usa en un sentido con implicaciones filosóficas directas, en un sentido no meramente técnico-instrumental, es imposible trazar una división significativa entre método y doctrina básica, pues casi sin “ampliación“ el “entendimiento especulativo” se hace aquí “práctico” y viceversa, o sea, los teoremas fundamentales acerca de la realidad (y que, de ser de naturaleza científica, han de ser refutables en principio) son, en cuanto al contenido, lo mismo que las reglas generales del método. No tiene sentido separar el “método”, el “marxismo dialéctico”, de tesis como las siguientes: 1º. Los fenómenos sociales no están regidos para ni son explicables por potencias transcendentes. 2º. La categoría “clase” es la abstracción básica para la explicación de los fenómenos histórico-sociales porque las relaciones fundamentales de la sociedad son las de clase. (A matizar, por la tesis marxiana del individuo). 3º. La consciencia de clase es un elemento de la situación de clase. Etc.”

(6) Andreu Mas-Colell ha comentado: “(…) Que quede constancia, pues, que juzgadas por el texto las conferencias de Sacristán son espléndidas: desarrollan una o dos ideas (nunca, como ocurre a menudo, ninguna) que son originales y, dicho en inglés, penetrating. Y lo hacen además con un encadenamiento lógico apabullante, con una elegancia de lenguaje envidiable y con un despliegue de referencias cultas que impresiona por su naturalidad” (López Arnal, S. y De la Fuente, P 1996: 551). Javier Pradera ha apuntado en la misma dirección: al oírle, ha dicho en alguna ocasión, uno podía imaginarse incluso las comas y los puntos y aparte.

(7) Ahora que van a cumplirse 40 años de la publicación de Introducción a la lógica y al análisis formal, no será innecesario recordar los pasos iniciales de una carta de Miguel Sánchez-Mazas, fechada el 8 de enero de 1965, poco después de la publicación del manual de Sacristán:

“Querido Manolo:

He tenido una gran alegría al recibir, en los primeros días de este nuevo año, tu buen regalo, no sólo por el interés y el atractivo del libro en sí mismo y por la simpatía que entraña su envío, sino también -y tal vez principalmente- por saber con ello directamente, después de muchos años, de ti y de tu actividad, y comprobar con enorme satisfacción que estás en pleno fermento intelectual y desarrollando un programa de gran valor pedagógico y renovador, a la larga, de nuestra mentalidad -y metodología- social, no sólo por tu obra científica personal, sino por la que intuyo que animas, en la Universidad, o a través de planes editoriales de estilo enteramente nuevo. Te doy la enhorabuena, pues, y me doy a mi mismo, pues tus noticias aportan un elemento animador a mi visión del futuro de España -uno de los pocos- y constituyen un estimulante, hasta cierto punto inesperado. Tengo interés en conocer más detalles de ese panorama entrevisto…”

(8) La entrevista, fechada en 1983, no llegó a editarse en su momento. Aparece recogida en: López Arnal, S. y De la Fuente, P (eds), 1996: 228-240.

 

(9) La anotación de Sacristán encabeza el excelente y documentado trabajo de Albert Domingo Curto: “Manuel Sacristán y el estudio de la obra lógica de G.W. Leibniz”. En:El valor de la ciencia, Barcelona, Los libros de El viejo Topo, 2001.

(10) Sacristán, M (1995), Las ideas gnoseológicas de Marx. Crítica, Barcelona. Edición al cuidado de Francisco Fernández Buey; p.248.

 

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Nota final: Este texto fue editado como presentación de Manuel Sacristán, M.A.R.X. Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres. El Viejo Topo, Barcelona, 2003.

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