Siglo XX Grácil, amargo, áspero, tres anotaciones sobre una autobiografía

Rossana Rossanda

Quería la luna, de Pietro Ingrao. Retrato privado de un hombre público. De la clandestinidad antifascista a la larga militancia en el grupo dirigente comunista. De los recuerdos sobre su amada Laura a las preguntas sobre el fallecimiento del PCI.

Cuando Pietro Ingrao publicó en 1986, su primer libro de poesía (La duda de los vencedores, Ed. Mondadori) más de uno quedó confundido: cómo podía ser aquéllo; era el dirigente comunista más querido, el más firme, el seguro punto de referencia en la crisis del partido, y de repente revelaba una dimensión personal propia tumultuosa e inquietante, que pugnaba por encontrar  un espacio en la forma, era como si dijese: no os pertenezco por entero a vosotros, mi comunidad política.  Hoy, al volver sobre su vida, (Quería la luna, Einaudi, pp. 376, 18,75 €)  aparta de sí nuevamente el icono de líder del pueblo y padre de la patria, de una pieza, el que en la sobrecubierta habla a las masas, de rostro aseverativo y mano levantada en ademán de exhortación. El icono –según dicen sus páginas-, es la cristalización forzosa de una trayectoria, interior y pública, de la cual, en el momento de hacer cuentas, se reordenan prioridades y pesos, y corre un gran riesgo de parecer vanidad. Ingrao sabe que es un hombre público, y se atiene a ello, incluso si acepta ceder algo al halago, pero sopesa sus logros y admite sus errores. Es una vida auténtica. El propio título abre un interrogante. ¿Quería lo inalcanzable o  simplemente aquello que quería se ha quedado lejos? La respuesta queda en el aire. Pienso en los versos de Eluard: “Et s’il était à refaire, je referais ce chemin”. Sí, si hubiera que volver a hacerlo, volvería a recorrer este camino”. Con algo menos de  ilusión o de arrogancia comunista.¿Y con qué resultado? Su actual camarada de partido, Fausto Bertinotti, no cesa de citar los versos de Kavafis en Itaca: lo importante no es el destino, sino el viaje. Pero el destino da sentido al viaje. El destino de Ingrao es que la revolución de los oprimidos contra la opresión, que está por realizarse, será distinta de como él la imaginó  durante su anterior militancia y  el sujeto de la misma será múltiple. Como camino, permanece, con todos sus escombros, el leninismo – estalinismo, pareja de sustantivos a los que todavía no se había enfrentado. Y la violencia

Un retiro sin aspavientos

A diferencia de su último trabajo de investigación, Anotaciones finiseculares (manifestolibri) en el que se interrogaba en primer lugar sobre la precarización del trabajo, Quería la luna, recorre, a partir de su propia experiencia personal cincuenta años de historia del siglo XX. Desde  su infancia en el seno de una familia meridional de señores pobres, contradicción relevante, a su formación intelectual y política, ya de joven, en la (grácil) resistencia romana, y a la larga militancia en la cúpula del PCI, que se convierte en la posguerra en enfrentamiento  (áspero) con la arrogancia del estamento dominante  y con los campos en los que el mundo quedó dividido. Después vendrá la (amarga) división  en el partido, preludio de una derrota mucho mayor, hasta la muerte de Moro.¿Por qué la muerte de Moro? Ingrao no había sido un incondicional del compromiso histórico, conocía suficientemente a la Democracia cristiana como para dudar del mismo, se lo había dicho a Berlinguer, no había sido escuchado y se había mantenido al margen. La razón es interior: desde aquel año no volverá a aceptar cargo alguno en el PCI, comenzando por la presidencia de la cámara  que el partido quería encomendarle por segunda vez, después de habérsela encargado anteriormente para quitárselo de encima en la sede  Botteghe Oscure. Siente “la necesidad de reflexionar sobre el fracaso de la estrategia del PCI en Italia”, sobre Europa, sobre el mundo que cambia. Quiere estudiar, investigar, comprender. Se trata de hacer política, pero ya no de “hacer de político”. Ingrao siempre ha abrigado dudas sobre la “febrilidad del hacer”, y no se ha hecho nunca ilusiones sobre lo que sea o deje de ser  hacer de político. Se retira sin aspavientos. En el libro se trata esto en tan solo unos pocos,  secos, renglones, antes de concluir con la figura solitaria  y emblemática del Disperso de Marburgo, según el relato de Nuto Revelli. No abandonaba la militancia activa a causa de la edad; tiene en esa época alrededor de sesenta años y, por otra parte, aún no hace un par de años se incorporaba a una manifestación atravesando  una Roma atascada en el sillín posterior de una moto. La dejaba a consecuencia de sus dudas, sobre las que había meditado largamente, respecto de la capacidad del partido para entender la evolución de los acontecimientos y de hacerles frente. En aquel momento se mantuvo en silencio al respecto, y en la actualidad no le achaca la responsabilidad de ello a éste o aquél. Y, a mi juicio, no porque haya llegado a la conclusión de que, desde el comienzo, el intento comunista estaba llamado a fracasar, porque su fruto estaba agusanado. En el crepúsculo de la izquierda que también fue la suya, siempre estuvo atento al despuntar de aquéllos que él ha sido el primero en llamar “los nuevos sujetos”. Pero en buena medida debe haber dejado de creer que el PCI lo comprendiese, y tampoco cree que ninguno otro lo haya entendido mejor. Vano, cuando no peligroso, debe haberle parecido  el tormento padecido durante los años setenta. El adjetivo que más frecuentemente surge de su pluma ahora es “amargo”. Pero sin resentimientos. También él ha fallado, se ha equivocado. ¿En qué? En la supeditación al modo de ser del partido. Ésta le pesa mucho más que los errores de análisis y de previsión, de los cuales aquél es una causa. Si en la actualidad no propone una lectura diferente del cambio en las relaciones de fuerza, acaecido de los años sesenta en adelante, es por la complejidad del envite, no se le escapa la envergadura de la misma, y es una  firme convicción suya que  tan sólo un gran partido –no un totum revolutum de  opiniones, sino un “intelectual colectivo”- hubiera podido hacerle frente. Pero, ni siquiera él mismo,  recalca, ha podido apuntar  preguntas y respuestas. Es demasiado severo consigo mismo. Muchos de nosotros sabemos que estaba mucho más atento que los otros dirigentes  al cambio de las cosas, y que sobre ello ha pensado y escrito mucho. Aunque nunca  se resolviera a extraer las consecuencias de ello cuando el partido no las extraía, Ingrao estuvo siempre un poco fuera y más allá de la línea del partido, pero estaba convencido de que no se hace política en solitario. Como si dentro de él resonase el brechtiano: “Camarada, no existe razón al margen de nosotros”

Tanto más cuanto existe una íntima consonancia entre su formación y la de la cúpula comunista italiana, la propia de su generación: una fuerte impronta moral antifascista, nacional – popular más que marxista, una aguda sensibilidad en favor de los oprimidos más que por los explotados, más por los vejámenes infligidos por los patrones o por el aparato represivo del estado que por el mecanismo capitalista de producción, que se le antoja abstracto, e incluso casi no humano. Humanismo contra “economicismo” es la “vía italiana”, y  siempre me ha reprochado ser  economicista. Este talante moral al que se ha plegado (porque se plegaba también) incluso Gramsci, y que en el debate interno, ha sido convertido inadecuadamente en la disputa entre meridionalistas nacional – populares y septentrionales – cosmopolitas, ha sido dentro del PCI, mucho más decisivo que la obediencia a la Vulgata marxista leninista de la URSS. En Ingrao se encuentra reforzado por aquel “historicismo absoluto”, que es lo contrario del determinismo (los poperianos jamás lo entendieron) y que procede del poshegelianismo filtrado a través del tamiz de Labriola y Gramsci. El descubrimiento cálido del abuelo garibaldino confluye con una  Weltanschaung caracterizada por el entrelazamiento entre Risorgimento, antifascismo, democracia y opresiones del presente.

El cuerpo y la sangre del partido

En la experiencia subjetiva, las relaciones con el partido son más determinantes que las opciones adoptadas por el partido. La suya es una pertenencia cálida, directa, imponente. Tanto respecto de la base, como respecto del grupo dirigente, que no son lo mismo. La base está emparentada con el pueblo, con las masas que la cúpula interpreta y dirige, interpela y frena; de entre aquéllas la memoria aísla y recobra individualidades, hombres y mujeres con nombre y apellidos, con los cuales ha compartido días y esperanzas, alegrías o angustias, acciones y reflexiones inolvidables. En los comienzos, con el grupo romano, a medias entre generacional, amistoso y político, y después, -durante la insensata inflexión de la primera clandestinidad- con Salvatore di Benedetto que lo oculta en Milán o el viejo pastor que lo encubre en Sila.  Después serán los cientos de personas, camaradas individuales, encontrados a lo largo de decenios de trabajo  en l’Unità , o en la secretaría, o en el Congreso (en el cual Ingrao se ha movido como nadie , recuerdo un encuentro de trabajo colectivo  con la asamblea de Montedison de Castellanza). La base es la pluralidad del país real, que se coagula en torno a las instituciones locales, en las comunas, terminales  precisamente plurales de tradición secular y modernidad. Estas son el cuerpo, la sangre del partido. Otra cosa es el grupo dirigente, al que Ingrao fue elevado casi de inmediato. Es una cúpula imbuida de su propia responsabilidad, a la cual se es cooptado y en la cual se experimenta la solidaridad del trabajo colectivo, un cierto sentido de misión histórica y la discusión cotidiana sobre el que hacer. Y ésta, si bien a menudo es convergente, otras veces produce confrontación, convertida en acontecimiento dramático por la jerarquía y por un centralismo para el cual tan sólo la momentánea ocurrencia de una divergencia sería la catástrofe, lo destruiría todo.

Tan solo una  vez lo desafía Ingrao, en el Xl congreso, donde presenta una hipótesis de modelo de desarrollo y de alianzas opuesta a la de Amendola (aunque en el libro a penas la recuerda), y una innovación de método, la legitimación del disenso (en el libro este recuerdo está muy vivo). Que sea acogido por un estruendoso aplauso por parte de los delegados cuenta poco frente a la gelidez del grupo dirigente. Quiere decir que ha perdido; aquel es el verdadero alcance  de la confrontación. No intentará en modo alguno sublevar o dividir a la asamblea y soportará  sin reaccionar la granizada de castigos que cae sobre él y los suyos. No protesta porque aún hoy cree haber violado una prohibición: es verdad que constituíamos una fracción, escribe. ¿Fracción por haber hablado con  cuatro o cinco de nosotros , y por haber discutido con Lucio Magri el discurso que iba a pronunciar en el Xl congreso? A pesar de que nos tratasen como fracción, no lo habíamos sido. No habíamos tratado de reunir ni una sola vez a los camaradas que sentíamos más próximos . Los conocíamos a todos y nos conocían todos, hubiera sido un enfrentamiento duro, pero no existió. Este fue el único desafío. Cada “ingraiano” se movía aisladamente, con más o menos acierto, por respeto a un líder que parecía querer todo el partido o nada.

Será así incluso más tarde, después de la caída del Muro de Berlín, a la que estas memorias no llegan. Ingrao rechaza el cambio del nombre del partido, sabe que significa cambio de identidad y de posición. Pero cuando se coagulan en torno a él las esperanzas de una ruptura y una vuelta a empezar  -una Refundación dirigida por él en lugar de por Armando Cosutta- no se le oye. El camarada Ingrao no es un escisionista. La pasión entra en contradicción con el método, ambos introyectados. Pondrá en juego, por última vez, todo su peso contra la guerra del Golfo. Después, saldrá del partido, solo, sin consultar a nadie.

La férrea pertenencia

Hoy siente esta inmobilidad como una culpa, pero más por ciertas consideraciones de carácter ético que en virtud de este o aquel análisis, de los que, sin embargo dependían el presente y el futuro del PCI. Su juicio sobre los camaradas de la dirección es generoso, incluso indulgente con quien le había hecho la guerra, como Amendola, de quien recuerda una sucia amenaza sin dar el nombre. Tan sólo de uno de ellos se siente lejano, de Togliatti, a quien no llama  “el camarada Togliatti”. Lo llama “aquel jefe”. Aquel jefe ha mentido callando o hablando, aquel jefe ha brindado por la invasión de Budapest, aquel jefe ha impedido la discusión sobre 1956 definiéndola como un atraco contra uno mismo, y haciendo callar con eso a todos. El Ingrao de hoy no se perdona haber  callado, peor, de haber escrito a favor de la invasión de Hungría –sin embargo no callaba por vileza, sino por compartir fanáticamente  el método interno, por una contradicción entre dos principios de lucha. Muchos años después fuel único comunista de relieve que  interviniese en el segundo congreso sobre el Este, de Il Manifesto,  en donde no se usaban en absoluto perífrasis. Pero era 1981 y él estaba fuera del grupo dirigente.

Y esta es la prioridad de las relaciones. En un partido o en un grupo, ésta significa pertenencia. En otro tiempo, nosotros la llamábamos más fríamente adhesión. Pertenencia es una ligazón más profunda, implica vínculos que la mera racionalidad no sospecha. Ingrao se acusa de traición por haber votado en 1969 la exclusión del grupo de Il Manifesto del Comité Central. ¿Pero qué traición? Era evidente que no hubiera participado  en nuestra empresa. No lo había aprobado y pocos de nosotros nos habíamos atrevido a hablar desde la tribuna en el Xll congreso. Cuando le hablamos de la revista nos advirtió que, a pesar de la garantía dada por Berlinguer, seguramente seríamos sancionados. Nos separamos del modo más limpio y amistoso. Si alguno se sintió abandonado fue mucho más tarde, después del 89, en Arco, cuando con alguna razón se esperaba de él el lanzamiento de un nuevo inicio.

Para este último Ingrao, que “parte de sí”, la relación con cualquier otro ser viviente, persona o grupo, es la relación esencial, a través de la cual filtra la verdad de la experiencia pública y privada. Y esto es lo que hace que queden desteñidos en sus páginas los rasgos de la apuesta sobre la que una y otra vez se ha puesto en juego nuestro destino, y el del país, y además de eso: cuál era la alternativa que se perfilaba tras la muerte de Togliatti, qué era verdaderamente, el partido de Berlinguer, que consistencia tenía, más allá de las negociaciones en la cumbre, el encuentro entre DC y PCI, católicos y comunistas, cómo se fue diseñando la crisis de los socialismos reales y la respuesta del neoliberalismo al llegar a los últimos años 60 y los 70 –cómo madura, en resumidas cuentas, a través de qué pasos, la crisis que hace época del comunismo-. Sus páginas  recuerdan el estruendo del mundo, como se oye el estrépito de una marejada, esbozan los grandes motivos del sufrimiento humano y de la redención; no lo analizan en absoluto. El tiempo de optar ha pasado.

Como algo absoluto y dulce permanece la familia, raíz y lugar al que retornar. Laura, la compañera de su vida, Laura a menudo más fuerte y avisada que él (no por ello lo dice claro, siempre macho italiano él), Laura que resuelve, Laura madre que se las tiene que apañar con sus cinco retoños, Laura que es la pasión, y el ojo indulgente. Y las hijas, intermediarias físicas del 68 romano, conocido tan sólo a través de ellas, el hijo al que ha dado su nombre en la resistencia (y ni siquiera esto había comprendido Togliatti), la gran tribu de los Ingrao en la vieja casona de Lenola. Y después los lapsos de tiempo de follaje y sol y mar que irrumpen en los años y en el recuerdo, la felicidad física. Es el primado de la persona en una experiencia que no habría podido ser más pública.

Esto es Pietro Ingrao visto por sí mismo.  No está, además, el otro, semejante y diferente, aquel que ha atravesado por dentro la prueba política de muchos de nosotros. La serie de retratos que le hizo en los años ochenta Alberto Olivetti, y que han sido brevemente expuestos en el Auditorium  de Roma con ocasión de sus noventa años, dicen de él más que las millares de fotografías que acompañan el itinerario como una estela

N. del T. Nuto Revelli  comunista y antiguo partisano, escritor que narra  historias  mediante las que da voz  a los desheredados, y a los perdedores, oyó diversas narraciones  populares según las cuales, durante la segunda guerra mundial, en la provincia de Cuneo, hubo un oficial alemán bondadoso, que fue capturado y ejecutado por la resistencia en 1944 . Nuto Revelli emprendió una obstinada y rigurosa investigación histórica a través de la que reconstruyó la  historia transmitida de forma oral y la publicó bajo ese título. Las memorias de Ingrao se cierran con capítulo dedicado a este libro

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