La configuración inicial del “trotskismo”

Pepe Gutiérrez-Álvarez

No han falta voces que –al igual que con el “caso” de la guerra española-, han mostrado su “hartazgo” ante nuevas reediciones sobre el gran dilema comunista entre estalinismo y trotskismo, a su parecer una historia ya perdida. Sin embargo, quizás ocurra –como con la guerra española- que resulta que es ahora más que antes, que contamos con la perspectiva y la “distanciación” suficiente para precisar unas cuestiones cuya importancia “histórica” está fuera duda, y que también lo está por cuento todo proceso de reconstrucción requiere un balance objetivo y preciso de los grandes nudos de una historia que continúa bajo otros imperativos.

Comencemos con dos notas. Una, Lenin polemizo con sus adversarios dentro de la socialdemocracia rusa lo mismo que con sus propios partidarios, entre otras cosas porque la polémica y la libertad de tendencias fue algo connatural al socialismo de su tiempo; segundo, no se empezó a oponer “leninismo” y “trotskismo” hasta la confrontación de la primera Oposición de izquierda con la di­rección en 1923, o sea que Lenin no tienen da que ver con este debate. Los adversarios de Trotsky se han dedicado a definir una continuidad entre la lucha política de Trotsky en esta época y el “trotskismo” de 1904 a 1917.

Se pretende que los conflictos entre Trotsky y Lenin durante estos trece años anunciaban ya el enfrentamiento que se dará a partir de 1923, todo es una misma cosa al margen de lo sucedido en los años constituyentes de la revolución. De esta manera se transfería a las polémicas de Lenin contra Trotsky al presente pretendiendo que tenían el mismo significado, Trotsky era culpable de un “pecado original”, y la “troika” pasaba a representar a Lenin agonizante (1). El conflicto se insinúa en el discurso del 15 de diciembre de 1923 de Zinoviev, aunque éste se remite todavía al “viejo trotskismo”. Poco después se estructura la publicación de tres discursos de Zinoviev, Kamenev y Stalin bajo los no muy originales títulos -sucesivamente- de ¿Bolchevismo o trotskismo?, Leninismo o trotskismo y Trotskismo o leninismo. Finalmente, Bujarin, que se encuentra en su fase más moderada (él es el teórico del “socialismo en un solo país” y del avance al socialismo “a paso de tortuga”), será el que ofrezca una mayor base teórica a esta filiación en su discurso del 13 de diciembre de 1924, y que editara con el nombre de Sobre la teoría de la Revolución Permanente.

Trotsky ofreció a menudo una afirmación similar a la que coloca al pie de página en su obra La Revolución Permanente: “En casi todos los casos, al menos en los más importantes, en que me he opuesto a Lenin, desde el punto de vista táctico o de organización, él tenia la razón” Al mismo tiempo, afirma la justeza de su “pronóstico político”, considerando, por otra parte, que no era esto lo que le separaba de Lenin verdaderamente. Lo que les enfrentaba eran “sus divergencias sobre la concepción del partido”.

En realidad, si se examinan atentamente las escritos completos de Lenin, se nota que desde 1904 a 1917, aparte de raras excepciones, no ataca mucho las tesis políticas generales de Trotsky. Si lo hace cada vez que Trotsky se opone con su propuesta de unidad en oposición a su actividad de construcción del partido. Durante todo el período de la revolución de 1905, Lenin no dice ni una palabra acerca de la actividad de Trotsky. No será hasta 1909 casi no habla de él más que a propósito del V Congreso de la socialdemocracia rusa y lo hace en términos amistosos. En un artículo de abril de 1907, Lenin distingue tres corrientes dentro del partido unificado: “Ios mencheviques, los partidarios de Trotsky y los bolcheviques”. Reprocha a Trotsky que se exalte a propósito de los Soviets “desarrollando esquemáticamente tales instituciones en sistema”. Afirma, en el balance de este congreso, que Trotsky se ha acercado a los bolcheviques.

Todo se agrava cuando, a partir de 1909, Trotsky intenta seriamente interpretar un papel unificador fuera de fracciones en la socialdemocracia, sosteniendo ordinariamente a los mencheviques en contra de los bolcheviques a pesar de sus desacuerdos políticos con los primeros. De esta época datan (1909-1914) las breves biografías vengativas, .Ios epítetos más furiosos, muy propios del tono polémico en la izquierda rusa: jactancioso, tocador de balalaika, presuntuoso, parlanchín, Iuducha Golovlev, etc.

Esto da lugar a las denuncias desencadenadas, y a la afirmación de la con­nivencia entre Trotsky y los llamados “liquidacionistas”…Los artículos se multiplican, culminando a propósito del Bloque de Agosto abortado; el sarcasmo le disputa a la cólera, pero siempre a propósito del problema del partido. Por ejemplo, a propósito de la “separación del Bloque de Agosto” escribe Lenin: “Trotsky no ha tenido nunca ninguna “fisonomía” y no tiene ninguna; en su activo no tiene más que migraciones, deserciones que le han hecho pasar de los liberales a los marxistas y viceversa, ramos de palabras ingeniosas y de frases sonoras, cogidas de izquierda y de derecha.”

Sus preocupaciones tácticas le llevaron a veces a declarar que Lenin tenía razón en contra suya, en todos sus puntos de divergencia desde 1904 a 1917 (cf. declaración de diciembre de 1926 delante del Ejecutivo de la Internacional Comunista), Trotsky se atenderá siempre, a partir de 1929, al breve balance político que él mismo traza sobre este período en Mi vida, en donde, condenando su actividad en el problema del partido como reveladora de una especie de fatalismo de signo socialrevolucionario, Lenin dedica algunas páginas a su actividad en el movimiento obrero ruso de 1906 a 1914: “Mi trabajo durante los años de la reacción ha consistido en buena parte en comentarios sobre la revolución de 1905 y en una preparación teórica para la otra revolución”, y del Bloque de Agosto declara: “Este bloque no tenía base política”.

La única alusión que hizo Lenin después de octubre acerca de las divergencias de antes de 1917 se encuentra en la nota del 24 de diciembre de 1922 destinada al congreso y redactada en términos bastante secos. Señalando la imposibilidad de reprochar a Trotsky su “no bolchevismo” pasado, sin duda sólo alude a su actitud “original” sobre la cuestión del partido, pues las críticas que le dirige (“seguridad excesiva, afición igualmente excesiva hacia la parte puramente administrativa de las cosas”) no aluden en absoluto sus concepciones políticas, distintamente de lo que dice de Bujarin y de lo que sugiere de Zinoviev y de Kamenev.

En su Historia de la revolución rusa, Trotsky, analizando la posición tomada por Lenin a partir de la revolución de febrero, expresada por las Tesis de Abril, y comparándola a la definición .que da del “trotskismo” (“la idea de que el proletariado de Rusia puede hallarse en el poder más pronto que el del Occidente y que, en este caso, no podría mantenerse en los cuadros de una dictadura democrática sino que debería emprender las primeras medidas socialistas”) afirma: “No es sorprendente que las Tesis de Abril de Lenin hubieran sido reprobadas como trotskistas.”

En el folleto publicado por el PCF en 1937 (en plena campaña contra el “hitlerotrotskismo”), Trotsky el le trotskysme, los editores no encuentran más que dos textos de Lenin sobre la herética teoría de la revolución permanente, uno de marzo de 1909 y el otro del 20 de noviembre de 1915, y el presentador anónimo precisa: “Fue Stalin quien (…) dio la característica y el rechazo más completo a las falsas teorías trotskistas sobre la revolución.” A estos dos textos se puede añadir la frase de Lenin en la biografía polémica que hace de Trotsky en un artículo totalmente dedicado a denunciar la política de Trotsky sobre el problema del partido: “Tan pronto colabora con Martinov (economista) como proclama la absurda teoría izquierdista de la revolución permanente” (marzo de 1914).

Por su parte, Trotsky afirma en La Revolución Permanente (1929) afirma que Lenin no había leído nunca la obra en la cual éste define su teoría, Balance y perspectivas. De hecho, las únicas citas que hace Lenin de este opúsculo figuran en el artículo de marzo de 1909 dedicado a refutar un artículo de Martov, de donde las extrae. El artículo del 20 de noviembre de 1915 alude a un artículo de Trotsky en Nache Slovo. Se puede admitir lo que Trotsky afirma sobre este punto: “Las objeciones polémicas de Lenin, raras y aisladas, contra la revolución permanente están basadas casi exclusivamente en el prefacio de Parvus a mi folleto Antes del 9 de enero de 1905, en su proclamación Sin el zar, que ignoro totalmente, y en las discusiones anteriores de Lenin con Bujarin y los otros.”

El artículo de marzo de 1909 (el único en que Lenin se dedica algunos instantes a discutir esta teoría) no consiste, por otra parte, más que en algunas anotaciones de detalles sobre los errores parciales que se deducen del “error fundamental de Trotsky”, que Lenin define así: “No ve el carácter burgués de la revolución (rusa) y no comprende claramente como se efectuará el paso de esta revolución a la revolución socialista.”

Como es sabido, a partir de 1917, Lenin se abstiene de toda alusión a la revolución permanente. Hay una excepción en las Cartas sobre la táctica, a través de las consignas de Parvus No al zar, gobierno obrero, que Trotsky se niega a reemprender por su cuenta y que…en La Revolución Permanente, niega haber conocido. Ahora bien, sobre este slogan se basa la crítica de Lenin, quien afirma, por ejemplo, en la conferencia de Petrogrado, el 14 de abril de 1917: “El trotskismo dice: No zar, un gobierno obrero. Es falso. La pequeña burguesía existe, no podemos no tenerla en cuenta. Pero se compone de dos partes. La parte pobre va con la clase obrera.” Trotsky afirma en La Revolución Permanente que cuando Parvus elaboraba este slogan (y los anotadores de la quinta edición de las Obras de Lenin ya no lo atribuyen solamente a Parvus sino que hacen de él la base de la “teoría trotskista de la revolución permanente”), él escribía una octavilla- titulada: “Ni zar ni zemtsy, ¡el pueblo!” La historiografía estalinista, que siempre ha atribuido a Trotsky el slogan de Parvus, niega evidentemente todo acercamiento de Lenin a la teoría de la revolución permanente a partir de abril de 1917, puesto que convierten a Lenin en el padre del… “socialismo en un solo país”.

Ya muerto, Lenin es tomado como la “última palabra”, y Stalin será su “verdadero” intérprete, enfocando semejante legado para legitimar sus propias aspiraciones. Su “leninismo” sufrirá toda de transtornos y modificaciones, pero ya es cuestión.

Los otros historiadores admiten a menudo la tesis de Trotsky. El historiador británico V. R. Daniels, comentando las Tesis de Abril, escribe que “Lenin acepta en ellas tácitamente la teoría de la revolución permanente” (The Conscience o! the Re­volution, p. 43). Fórmula reemprendida por Pierre Broué en su laboriosa obra sobre El Partido bolchevique, también lo hace Marcel Liebman en La revolución rusa (p. 146) y Leonard Schapiro en The Communist Party o! the Soviet Union (de la que existe una versión francesa en Minuit). El germano Heinz Schurer le da su forma más extrema en su análisis de la revolución permanente, que considera, por otra parte, como un sueño pasado: “Lenin, que hasta entonces no había tenido nunca tiempo de ocuparse de esta teoría, ni siquiera para refutarla (…), aceptó, después de febrero de 1917, las perspectivas audaces de la revolución permanente para Rusia, que lanzaría la antorcha incendiada en el barril de pólvora de la Europa occidental (…) La nueva concepción de Lenin constituía una completa ruptura con las tradiciones del bolchevismo” (Revisionism). Por lo general, los historiadores anticomunistas muestran muy poco interés por este debate, y resulta bastante natural desde el momento en que para ellos se trata de problemas menores entre bolcheviques.

Isaac Deutscher, en su célebre Trots­ky, el profeta armado presenta una visión sintética de las relaciones políticas entre Trotsky y Lenin a partir de abril de 1917: sin que ellos mismos tuvieran conciencia de ello, sus puntos de vista se habían unido: “Trotsky se había acercado a Lenin acerca del problema del partido (…) Lenin…llegó a tener en cuenta, durante la guerra, la revolución socialista en los países avanza­dos de Europa ya situar la revolución rusa en esta perspectiva internacional.”

El análisis de Arthur Rosenberg, el antiguo comunista de izquierda alemán, intenta sistematizar en su brillante Historia del bolchevismo, lleva un sentido diferente. Para Rosenberg las divergencias que aparecieron desde 1906 hasta 1917 sobre este punto entre “leninismo” y “trotskismo”. Ve en Lenin al representante de la “primera etapa del marxismo”, la que “consistía en la organización de los obreros, en vistas a acabar la revolución democrático. burguesa”; y en Trotsky, como en Rosa Luxemburg y el consejista holandés Hermann Gorter el autor de Cartas a Lenin, al representante de la tercera eta­pa, la de una sociedad sin clases. El objetivo de Lenin era la revolución democrático burguesa, pero perseguía este objetivo «de una manera radical y consecuente»; se añadía a ello el im­pulso de las masas, “la actividad revolucionaria que Le­nin y Trotsky llevaron entonces en común relegó provi­sionalmente a un último plano las oposiciones doctrina­les que existían entre bolchevismo y trotskismo”.

Esta construcción permitiría explicar fácilmente por qué Lenin guardó siempre silencio, después de 1917, sobre la revolución permanente. Desgraciadamente, la revolución permanente choca con gran número de evidencias: a todo lo largo de 1917, Lenin no deja de presentar a la revolución rusa como el primer momento de la revolución socialista mundial y los desacuerdos que surgen entre Trotsky y él después de la Paz de Brest-­Litovsk se refieren únicamente a la apreciación diver­gente que hacen uno y otro sobre los ritmos de la revolución europea y en principio alemana.

Hay otro momento especial en esta debate, el que nos lleva a un momento muy significativo del curso que estaba tomando la URSS. Es el momento situado en la víspera de su suicidio del Abraham Yoffé escribió una carta Trotsky en la que afirmaba: “A menudo le he declarado que había oído a Lenin con mis propios oídos, reconocer que en 1905 no era él sino usted quien tenía razón.” Testimonio precioso, sin duda, pero que no vale algunas líneas de Lenin…Señalemos, no obstante, un detalle de peso. El reproche teórico dirigido por Le­nin a Trotsky hasta 1917 era el de subestimar el papel del campesinado. y este tema se convirtió en la piedra angular de la campaña antitrotskista a partir de 1924. Ahora bien, en 1919 Lenin respondió públicamente “a la pregunta de un campesino” que no “existía ningún desa­cuerdo entre él y Trotsky en lo concerniente a los cam­pesinos medios” (Pravda, 15 de febrero de 1919), lo que significa que no había ningún desacuerdo acerca del problema del campesinado, puesto que el kulac no era considerado entonces por nadie como un elemento de la construcción del socialismo. “Suscribo con las dos manos todo lo que ha dicho el camarada Trotsky” proseguía Lenin, cuya insistencia tendía sin duda a disipar los fantasmas del pasado.

Cuando tuvo lugar la primera lucha emprendida por la Oposición de izquierda, la. dirección del partido bol­chevique tuvo al principio algunas dificultades para definirla. Colgándole la etiqueta de “trotskista”, la definió por un cierto número de desviaciones presentadas como un resurgimiento del antiguo trotskismo (Stalin, discur­so del 19 de noviembre de 1924). Por su lado, Zinoviev vio entonces en ella un “intento bastante abierto de revisión o incluso de liquidación del leninismo” (Zinoviev, Bolchevismo o trotskismo, Correspondencia internacional, núm. 81,11 de diciembre de 1924). Su “alter ego” Kamenev va más lejos en Leni­nismo o trotskismo, afirmando: “Trotsky se ha convertido en el elemento conductor de la pequeña burguesía en nuestro partido.” Stalin por su lado precisará, en La Revolución de Octubre, la táctica de los Comunistas ru­sos (Pravda del 20 de diciembre de 1924) definiendo el trotskismo, o más precisamente la revolución permanente que es su piedra angular, como “una de las variedades del menchevismo”. Esta caracte­rización se patentizará con el añadido de “desviación socialdemócrata” y también afinada por la precisión “pequeñoburguesa”. Desde entonces se convertirá en el cliché de la polémica estaliniano hasta el principio de los años 30.

En La Oposición trotskista ayer y hoy, Stalin denuncia, en el análisis, que la Oposición hizo del Termidor el signo de que “el camino de los trotskistas en el curso de los tres últimos años ha sido del trotskismo al menchevismo y al liberalismo en la cuestión fundamental de la degeneración”. En el discurso de clausura del XV Congreso del PCUS (7 de diciembre de 1927), Stalin dio un paso de más al declarar, a propósito de la actitud de la oposición en la manifestación del 7 de noviembre de 1927: “Esta ten­tativa de la oposición no se distingue en nada de la famosa tentativa de los socialistas-revolucionarios de iz­quierda en 1918”. Dos años más tarde, se dio un paso decisivo cuando Stalin declaró en el XVI Congreso: “En la actualidad, el grupo trotskista es un grupo antiproletario, antisoviético y contrarrevolucionario que se ensaña en informar a la burguesía acerca de los asuntos de nuestro partido”. Un año más tar­de, en su famosa carta a la revista “Proletarskaia Revoliutsia”, titulada Sobre las cuestiones de historia del bolchevismo, Stalin precisa: “El trotskismo es el destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria que lleva la lucha contra el comunismo, contra el poder, con­tra la construcción del socialismo en la URSS”..

El asesinato de Kirov, la fase de las purgas y de los llamados “procesos de Moscú”, termina la evolución y oscurece la defi­nición: “El trotskismo ha dejado de ser una corriente política dentro de la clase obrera, es una banda sin prin­cipios y sin ideología, una banda de saboteadores, de agentes de diversión y de información, de espías, de asesinos, una banda de enemigos jurados de la clase obrera, una banda a sueldo de los servicios de espionaje de Estados extranjeros” (Para una formación bol­chevique, en El hombre, el capital más precioso).

En la muy oficialista Historia del partido comunista (bolchevique) de la URSS, se ofrece un resumen en su título de la cuarta parte de su capítulo XI: “Los bujarinistas degeneran en políticos de doble cara. Los trotskistas de doble cara degeneran en una banda de guardias blancos, asesinos y espías”; en el capítulo XII se califica a los trotskistas de “mons­truos”, “deshechos del género humano”, “pigmeos con­trarrevolucionarios”, “plaga de guardias blancos”, “mí­seros lacayos de los fascistas”. En la actualidad, solamente algunos panfletistas estalinistas –como el belga Ludo Martens- dan del trotskismo una defi­nición parecida que daban de 1927 a 1934.

Uno de los antiguos especialistas del PCF sobre la cuestión, Léo Figueres, publicó en los Cahiers du commu­nisme (octubre de 1968) un artículo titulado Le trots­kysme, oportunisme (título colocado en la portada y que se convirtió en Le trotskysme, une variété du gau­chisme), afirma que el trotskismo es una “ideología de la pequeña burguesía”, “una forma del anticomunismo”, y precisa “que no era justificado tratar a los trotskistas de hitlerianos”, fórmula que en Le Trotskysme, cet anti­léninisme, se convierte en: «no eran indistintamente agentes hitlerianos, hace treinta años”. Falsificando las tesis esenciales del trotskismo, Figueres afirma que ha desarrollado la tesis de que los Estados capitalistas y los Estados socialistas tenían que ponerse en un mismo plano y que, en los dos casos, era indispensable una “revolución” para derrocar a la “clase dominante”. Pero una de las bases fundamentales del trotskis­mo es la negación de considerar a la burocracia como una nueva clase y, por consiguiente, la afirmación de la necesaria defensa de la URSS contra el capitalismo. La intransigencia de Trotsky sobre este punto hizo es­tallar el Socialist Worker Party en 1940 como se puede comprobar en la esmerada edición española de En defensa del marxismo (Fontamara, Barcelona, 1979).

En el otro polo del horizonte político, el trotskismo se ha visto definido, desde los años 1930, como el rever­so o el hermano gemelo del estalinismo, hijo monstruoso, como éste, del centralismo leninista. Su moral y la nues­tra, escrito por Trotsky en 1938, se da como objetivo el rechazo de «la idea de que el estalinismo y el trotskis­mo son “idénticos en el fondo, idea que halla hoy la más amplia audiencia. Reúne a los liberales, a los demócratas, a los piadosos católicos, a los idealistas, a los pragmáticos, a los anarquistas ya los fascistas”. El antiguo comunista y oposicionista yugoslavo Anton Ciliga hacía notar en reconocido testimonio En el país de gran mentira: “Trotsky y sus partidarios están demasiado íntima­mente ligados al régimen burocrático en la URSS para poder llevar la lucha contra este régimen hasta sus con-secuencias extremas (…) Trotsky es, en el fondo, el teórico de un régimen cuyo realizador es Stalin”.

Trotsky respondió, además de hacerlo en Su moral y la nuestra, en Bolchevismo y estalinismo, así como en algunos de sus trabajos más elaborados como La Revolu­ción traicionada y En defensa del marxismo. Denuncia, en la amalgama entre trotskismo y estalinismo, una su­perchería consistente en privilegiar la forma exterior ol­vidando el contenido, en privilegiar lo abstracto en de­trimento de lo concreto, en privilegiar “los indicios ex­teriores y secundarios”, “tal o cual principio abstracto al que el clasificador atribuye profesionalmente un sig­nificado particular” (Su moral y la nuestra) en detrimento de lo esencial.

En La Revolución traicionada, analizando la “degeneración del partido bol­chevique”, estudia las raíces sociales del paso del “cen­tralismo democrático” al “centralismo burocrático”, cuyo primer análisis preciso había sido dado por Racovsky en su Carta a Valentinov, y afirma: “No soñamos en oponer a la abstracción dictadura la abstracción democracia para a pesar sus cualidades respectivas sobre la balanza de una razón pura”, y recuerda al principio de Su moral y la nuestra: “El devenir histórico es ante todo lucha de clases, y sucede qué las clases di­ferentes utilizan, con fines diferentes, medios análogos. No podría ser de otra manera. Los ejércitos beligeran­tes son siempre más o menos simétricos; si no hubiera nada en común en su manera de combatir, no podrían herirse”.

Durante los años treinta, Trotsky trató de responder reiteradamente al interrogante, ¿Por qué Stalin ha vencido a Trotsky?, que fue un motivo asiduo de cábalas que, salvo algunas excepciones, enfocaban la cuestión al ámbito de las actitudes personales, y que abstraían por lo tanto las condiciones concretas (el desplome social que sigue a la guerra civil, y el ascenso de un “partido” de funcionarios en el seno del partido, un “partido” que se beneficia de la muerte de Lenin, y que se presenta como representante del “verdadero leninismo”).

De ahí que limitarse a esta formulación digamos “personal”, significa explicar uno de los momentos decisivos de la evolución de la Unión Sovié­tica y del movimiento obrero internacional por y a tra­vés de un combate entre dos hombres por el poder; elegir la primera es distinguir, a través de un enfren­tamiento cuyas dos expresiones y cuyos dos polos fueron Stalin y Trotsky, el choque entre dos fuerzas políti­cas y, por tanto, entre dos fuerzas sociales hostiles.

Este tema resurgió en los años sesenta entre los historiadores eurocomunistas italianos como Giuliano Procacci, autor de una recopilación efectuada para empresa editorial del PCI, Editori Reuniti, y que en castellano dio a conocer Siglo XXI en dos tomos que recogían los textos de la controversia. Para Procacci (autor de una pequeña historia del PCUS que también conoció edición castellana), se trata de una lucha entre dos concepciones del desarrollo de la Rusia soviética. Asegura que fue vencida la que no correspondía ni a la situación interior de Rusia, país agotado y “refractario y dudoso frente a la pers­pectiva de una ofensiva revolucionaria”, ni a la situa­ción internacional. En oposición a este desenfoque, defiende que el “empirismo de Sta­lin, alumbrado por ciertos principios indiscutibles y fundamentales…(…) encarnado por los cuadros, llevaba a la URSS hacia la vía de los planes quinquenales y permitía «poner las bases de la primera sociedad socia­lista de la historia humana”. Esta versión digamos “realista” (el estalinismo fue necesario e inevitable por más que se puedan criticar sus métodos).

Cabe pensar que los eurocomunistas debieron de llevar este enfoque hasta su conclusión lógica, a saber: que los dirigentes bol­cheviques se equivocaron crasamente en 1917 cuando opusieron a los dirigentes mencheviques, que declaraban la imposibilidad de construir el socialismo en Rusia. Lenin considerará que esto era irrefutable (en sus Notas sobre la revolución, de 1923 y en la que hace un elogio a las obras de Nikolai Sujanov y al célebre libro de John Reed), pero al tiempo afirma de que la revolución rusa era posible como el primer momento de la revolución mundial. La explicación de Procacci debe inducir a considerarla como un accidente nacional ligado a un conjunto de circunstancias históricas muy particulares, al tiempo que reconoce que en la opción nacional-autárquica el “socialismo” (el famoso “reino de la libertad” de Engels) acabó siendo una mera ficción.

Un antiguo trotskista, Boris Souvarine, en su célebre biografía de Stalin, habla de los años 1923-1927 desde el ángulo de la lucha entre “la oposición” y la dirección, y no entre dos hombres, explica la derrota de la oposición con una larga sucesión sistemática de errores tácticos y estratégicos. “La inconsecuencia de la táctica acaba las antinomias de la teoría y el ilogis­mo de la política.” Ataca cuando debería esperar y es­pera cuando debería atacar, “distribuyendo los golpes a diestro y siniestro (…) y pasa de la expectativa estéril a la ofensiva sin esperanza”, etc. Otro historiador conocido, Robert V. Daniels, asumirá esta misma requisitoria en el último capítulo de su obra The Conscience of the Revolution (1960) titulado: Por qué fracasó la oposición. “En cada momento crítico la Oposición desplegó tanta vacilación, tantos desacuerdos internos, tanta estupi­dez en el terreno de la táctica así como en el de la organización, que no puede más que sorprender que la fuerza de los disidentes comunistas hubieran podido sobrevivir tanto tiempo. Los opositores estaban prime­ro paralizados por la doctrina. Trotsky era un dirigente excepcional pero no un hombre político, y la oposición, desde sus primeros pasos, hizo gala de una irresolución y de una impotencia radicales», además de la falta de unidad, etc”.

Trotsky pues escribió abundantemente sobre esta cuestión, así en el capítulo citado de La Revolución trai­cionada reúne lo esencial de su argumentación que, sin negar el hecho de que «el éxito o el fracaso de la lucha de la oposición ha dependido evidentemente, en tal o cual grado, de la” cualidades de la dirección en los campos en lucha», insiste sobre el cuadro en el cual actuaban la oposición y el aparato, cuadro “nacio­nal” de la URSS, como parte integrante de un cua­dro internacional cuyo elemento determinante es la sucesión continuada de las derrotas que sufre la revolu­ción a partir del primer retroceso de la revolución ale­mana en enero de 1919 hasta la derrota de la revolu­ción china en 1927, luego la ascensión del fascismo, etc. “El declive del movimiento revolucionario, el decaimien­to, los fracasos en Europa y en Asia, la decepción de las masas obreras inevitablemente tenían que debilitar las posiciones de los internacionalistas revolucionarios y, por el contrario, reforzar las posiciones de la burocracia nacional y conservadora. Un nuevo capítulo se abre dentro de la revolución.”

Notas

—1) Entre la enorme bibliografía existente sobre esta cuestión, parte de la cual aparece citada en este trabajo, el lector puede recurrir a dos trabajos de reconocida solvencia, ambos del mismo autor, Moshe Lewin: El último combate de Lenin (Ed. Lumen, Barcelona, 1970, tr. Esteban Busquets), y sobre todo, El siglo soviético, ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética? (Ed. Crítica, Barcelona, 2006, tr. Ferran Esteve). Me he referido a la misma cuestión en otro artículo, Lenin y Trotsky: convergencias y divergencias, aparecido en Kaosenlared.

 

 

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