Marxismo e ideologías

Francisco Fernández Buey

Fechado el 10/X/1987

Publicado en traducción catalana en Quadern de El País, 17/XII/1987. En mientras tanto, n.º 33

Una de las cosas que seguramente todos acabaremos agradeciendo al viejo profesor Norberto Bobbio -incluidos en ese todos quieres no compartimos el formalismo jurídico del socialista italiano- es el uso que hace del pronombre interrogativo cuál con el valor de qué, como adjetivo que, además de acompañar, problematiza la utilización inocente o ingenua de una buena parte de los sustantivos del léxico político. Sustantivos estos, de uso corriente, que suelen ser empleados sin que uno se aperciba de su carácter sobado y hasta resobado, olvidándose de que, debido a la existencia de varias tradiciones políticas, nuestras aceptación tal vez no sea necesariamente la única posible. Bobbio inició ya hace algunos años ese uso problemático, y al mismo tiempo clarificador, con el término democracia. Salvatore Veca1 ha seguido su ejemplo más recientemente y ha ampliado el procedimiento -creo que con éxito- al término igualdad. No estaría de más hacer lo mismo con otro de esos términos-máquina del lenguaje político y sociológico, el de ideología.

El manuscrito salvado de las ratas

La publicación por vez en primera en catalán de la obra a de Karl Marx y Friedrich Engels Die deutsche Ideologie2 parece una buena ocasión para empezar a poner en práctica ese procedimiento problemarizador y aclaratorio con uno de los conceptos que más tinta habrán hecho correr desde los tiempos de Napoleón Bonaparte3.

Marx y Engels empezaron a escribir La ideología alemana en Bruselas, en 1845, poco después de regresar de un viaje que habían hecho juntos a Inglaterra. En ese trabajo estuvieron metidos durante casi un año continuando así una asociación que ya había empezado a dar sus frutos en La sagrada familia y que, como es sabido, se mantendría sin problemas dignos de nota durante décadas. El objeto inicial de La ideología alemana era sobre todo polémico: criticar el punto de vista especulativo de los jóvenes hegelianos, grupo de intelectuales alemanes al que Marx y Engels habían estado bastante vinculados durante los años anteriores. Luego ampliaron esa crítica no sólo a Karl Grün y en lo que en la época se denomina “el socialismo verdadero” sino también al pensador que más había influido en ellos hasta hacía poco, Feuerbach. De hecho, tal como nos ha llegado a nosotros, La ideología alemana se abre con el capítulo dedicado a Feuerbach, que fue escrito al final.

Aunque no corresponda al orden cronológico en que el manuscrito fue redactado, esta presentación del mismo -que se ha hecho habitual y que es también la de la edición catalana de Jordi Moners i Sinyol- probablemente resulta ser una suerte para el lector no especializado. Pues hoy en día Feurbach es todavía un nombre conocido de la filosofía alemana del siglo XIX mientras que de Karl Grün o de Bruno Bauer no se acuerda nadie y de Marx Stinner tal vez ya sólo, entre nosotros, Leopoldo María Panero en los patéticos poemas que está escribiendo desde el manicomio de Mondragón. En todo caso, lo cierto es que esta parte dedicada a Feurbach quedó inconclusa y que el manuscrito completo de La ideología alemana no fue publicado nunca en vida de Marx ni tampoco en vida de Engels.

Esto último no quiere decir que sus autores despreciaran el trabajo realizado en 1845-1846. Lo entregaron a la inmisericorde crítica de las ratas, como diría Marx algunos años después, porque el objetivo que se proponía estaba cumplido y sobre todo porque la crítica había tenido también el efecto positivo de aclarar las ideas propias, la propia concepción del mundo. En 1859, efectivamente, Marx fechaba en el momento de la redacción de La ideología alemana la primera exposición del materialismo histórico. De manera que ningún desprecio. Simplemente aquellos eran otros tiempos. Tiempos en los que filósofos y científicos sociales todavía podían escribir un millar de páginas y prescindir de ellas, sin publicarlas, una vez redactadas, una vez alcanzada la meta de la propia ilustración. Tiempos, en suma, en los que aún estaba en sus inicios la industria editorial y la época de la reproducibilidad técnica del trabajo intelectual y artístico -por decirlo con una expresión de Walter Benjamin- no había hecho sino apuntar.

Lo que se pretendía en La ideología alemana era hacer bajar el pensamiento de las etéreas alturas de la especulación al estudio de la realidad, de lo que hay. Una tarea tanto más urgente cuando que, en opinión de Marx y de Engels, la miseria alemana -el atraso económico, social y político de la Alemania de entonces- facilitaba constantemente la tendencia a alzar grandes sistemas filosóficos sin base real o a idealizar el papel del espíritu y de la voluntad de los hombres. Independientemente de otras diferencias, todos los comentaristas de la obra de Marx están de acuerdo en que La ideología alemana supuso un importante cambio epistemológico, el paso de un punto de vista predominantemente filosófico a otro vocacionalmente científico. El siguiente paso, por ejemplo, expresa bien este cambio:

Allí donde termina la especulación, en la vida real, empieza, pues, la ciencia real, la ciencia positiva, la exposición de la actuación práctica, del proceso de desarrollo práctico de los seres humanos. Se termina la palabrería acerca de la consciencia; en su lugar tiene que aparecer saber real. La filosofía sustantiva pierde, con la exposición de la realidad, su medio de existencia.

La crítica de la filosofía sustantiva en tanto que ideología deja al lector de La ideología alemana con algunas dudas, la principal de las cuales procede del hecho de que como tantas otras veces la tarea se ha hecho parcialmente con el mismo lenguaje que se critica, en este caso, con el lenguaje de los filósofos alemanes posteriores a Hegel. La obra no aclara, por ejemplo, qué ciencia pretendían situar Marx y Engels en el lugar de la filosofía sustantiva, de la especulación idealizadora. En un determinado momento, en el capítulo dedicada a Feuerbach, escriben que no conocen sino una ciencia, la ciencia de la historia. Pero esta afirmación fue luego tachada en el manuscrito. ¿Por qué?4 Probablemente porque Marx y Engels oscilaban todavía entre un punto de vista crítico, en el cual domina la idea de que la superación de la ideología sólo puede lograrse a través de la praxis, mediante la realización práctica del comunismo, y una orientación más bien positivista, consistente en separar con claridad el ámbito del conocimiento, de la ciencia social, del plano de la voluntad y de la decisión político-sociales. Es verdad que en esos años Marx había empezado a estudiar ya a los economistas ingleses y que empezaba a conocer, por otra parte, el comunismo como movimiento real, como actividad práctica, subversiva, de los trabajadores, pero su formulación del vínculo entre ciencia y proletariado es todavía bastante antigua, más una pasión que una razón.

El saber sustantivo de la filosofía viene a ser para el Marx de La ideología alemana el conocimiento empírico de las relaciones humanas en su historia unido a la voluntad de transformar el mundo; un saber que además de comprender el mundo real, el mundo de los hombres que producen, que dependen de la división del trabajo y que entran en relaciones determinadas por la pertenencia a clases sociales opuestas, ayude a la transformación de ese mundo, ayude a invertir la base social y económica del mismo.

Con La ideología alemana Marx y Engels establecieron, por tanto, no una teoría de las ideologías, como a veces se ha dicho, sino precisamente todo lo contrario: una crítica de lo ideológico, y en particular una crítica de las ilusiones religiosas, jurídicas y filosóficas generadas por la miseria alemana. Es ahí donde brota el problema para el lector de hoy interesado en el marxismo y no demasiado advertido. Pues si es cierta esa orientación tan anti-ideológica de Marx los marxistas contemporáneos deberían sentirse sumamente satisfechos al escuchar por enésima vez que hemos entrado en la era del final de las ideologías. Y sin embargo -argumenta el hipócrita lector que está en el ajo- todos sabemos que nadie combate con tanto ardor la tesis del final de las ideologías como los teóricos del marxismo.

¿Cómo explicar esta aparente paradoja? ¿Cómo explicar que en los años sesenta cayeran tan mal Daniel Bell y don Gonzalo Fernández de la Mora a unos seguidores de Marx que en principio deberían estar a favor de la extinción de toda ideología? ¿Se debe ello a ambigüedades en la doctrina de los clásicos, a barullo en el uso de las palabras o a que, como en tantos otros casos, los discípulos acabaron olvidando los dicterios principales de los maestros?

Ocaso de la ideología, naturalmente. Pero, ¿de cuál de ellas?

La primera cosa que complica el asunto también en este caso es que muchas veces las discusiones al respecto son en realidad discusiones sobre palabras. Basta con consultar un diccionario cualquiera de sociología para darse cuenta de las variantes del término ideología5. Y, desde luego, los teóricos conservadores del final de las ideologías usan el término en una acepción muy distinta de la de Marx. También hay oscilaciones en el léxico del propio Marx. En la mayor parte de los casos éste entendía por ideología, sin embargo, un cuerpo de ideas que aspiran a la universalidad y a la verdad más abstracta, pero que representan sólo -aunque inconsciente y dogmáticamente- intereses parciales o de una determinada clase social. Ideología sería, en suma, falsa consciencia. En cambio, los teóricos del final de las ideologías -y con ellos la mayoría de los manuales e introducciones divulgadoras- suelen enseñar que ideología es todo cuerpo de ideas con carácter general y con independencia de la meta hacia dónde apuntan éstas; de manera que, según esto, también el marxismo sería una ideología, heredada, en este caso, del viejo siglo XIX y que por razones que no son del caso ha tenido suma vigencia hasta hace muy poco. Ya no en los manuales, pero sí en textos muy divulgados últimamente suele añadirse a eso que el marxismo tuvo vigencia como ideología hasta que entramos en la postmodernidad, fase histórica que queda definida precisamente por el supuesto alejamiento definitivo de las grandes masas respecto de las no menos grandes cosmovisiones que al parecer dominaron durante décadas la cultura euro-amerinca.

Lo cierto es que los teóricos del final de las ideologías casi nunca hacen referencia concretas a qué otras ideologías, además del marxismo, han quedado arrumbadas en el basurero de la historia por obra y gracia de la postmodernidad. Cuando tratan de concretar un poco más, los nuevos profetas suelen referirse a tradiciones o corrientes de pensamiento vinculadas todas ellas al movimiento obrero, a las clases subalternas de nuestro mundo y a la idea de lucha entre clases sociales. Porque, como saben hoy todos los niños de EGB de los barrios altos, ya no hay lucha de clases, al menos en los países de nuestro ámbito geográfico. La visión angelical de lo que con malos modales nos enseñaban en la escuela franquista viene a decir con tono de escándalo: pero si ya no hay clases, ¿cómo va a haber lucha entre clases?

Si se intentara concretar un poco más, o como decía Marx en La ideología alemana, si bajáramos de la especulación y de las ilusiones de los tenderos a lo que hay, a lo existente, se vería en seguida que no todas las ideologías muy implantas en la cultura euro-americana han desaparecido o están en vías de finalización. ¿Qué decir de los nacionalismos de sus diferentes versiones, de los nacionalismos de las naciones grandes y de los otros? ¿Y qué decir de las viejas religiones, por no hablar de las nuevas? ¿Acaso no se ha refugiado ahí la ilusión y la tensión moral de nuestras sociedades? Para seguir, pues, parloteando del final de las ideologías es preciso taparse la cara ante lo más obvio, hacer oídos sordos entes el viejo mito cinematográfico que trata de convencernos de lo bueno que ha sido el que el presidente Reagan volviera a dar a los norteamericanos consciencia de su nacionalismo. Pero creo que la refutación más patente de la ideologías del final de las ideologías venía el otro día en los periódicos de todo el país: el final de las ideologías es una economista timada por un parapsicólogo que ha logrado convencerla de que la lógica del beneficio pasa ahora por la purificación de la moneda.

Pues bien, para entender La ideología alemana sin tener que dar detalles acerca de la vida de personas tan olvidadas hoy como Bauer y Grün tal vez lo mejor sea hacerse a la idea de que un ideólogo era para Marx precisamente uno de esos tipos que especulan acerca de del final de las ideologías sin ni siquiera darse cuenta de lo que tienen delante de las narices. El problema para quien hoy quiera volver a pasar de la especulación a la realidad, de la filosofía a la ciencia (y a la historia) es que mientras tanto, durante los ya muchos años transcurridos desde que Marx y Engels escribieron La ideología alemana, también el marxismo ha acabado convirtiéndose en una ideología más, en el sentido peyorativo de la palabra.

El viejo Engels tuvo una vez una iluminación. Después de la muerte de Marx y en un momento malo para el movimiento socialista escribió privadamente que a lo peor también a los partidarios de la revolución proletaria les acababa ocurriendo aquello que les sucediera a los revolucionarios burgueses durante el siglo XIX, a saber: que pretendiendo levantar una sociedad de libres e iguales, una sociedad formalmente democrática, se encontraron creando sociedades anónimas. Aquella advertencia, como tantas otras veces, no fue escuchada mientras siguió dominando el optimismo histórico, la inquebrantable creencia en el progreso material, social y moral. Pero con el tiempo incluso de las filas del marxismo surgieron teóricos de la doctrina como ideología en el sentido positivo. No sólo críticos de lo que hay, por tanto, sino también justificadores acríticos de lo que hay. Una parte del marxismo pasó a integrar el bagaje habitual del hombre culto europeo occidental. El marxismo como ideología se hizo algo muy conocido, el marxismo como crítica de lo ideológico, como crítica de la ideología contemporánea siguió siendo minoritario, poco conocido. Razón por la cual, en 1939, escribía Bertolt Brecht con mucha lucidez:

Lo que ha hecho del marxismo algo tan desconocido es sobre todo la gran cantidad de obras escritas sobre el asunto. Por eso es tan importante poner al descubierto sus eminentes valores críticos6.

1 Una filosofia pubblica. Milán, Feltrenelli, 1986.

2 K. Marx/ F. Engels, La ideologia alemanya (traducció i edició a cura de Jordi Moners), Barcelona, Laia, 1987, dos volúmenes.

3 Véase, por ejemplo, la voz “Ideología” escrita por Mario Stoppino para el Diccionario de política de N. Bobbio y N. Matteucci: Madrid, Siglo XXI, 1982.

4 Pierre Vilar ha tratado con algún detalle este tema en “Marx y la historia”, contribución a Historia del marxismo, I, Barcelona, Bruguera, 1979.

5 Puede ser instructivo comparar la voz “Ideología” citada en la nota 2 con el tratamiento sociológico del mismo término en el Diccionario de Sociología de Abercrombie, Hill y Turner: Madrid, Cátedra, 1956.

6 Y por eso mismo -quisiera añadir- es aún más meritorio el trabajo de Jordi Moners i Sunyol y el esfuerzo editorial de Laia al ofrecernos esta edición catalana de Die Deutsche Ideologie ahora que el marxismo ya no es una moda ni puede confundirse la difusión de la obra de K. Marx y F. Engels con el negocio de la industria editorial

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