Estamos condenados si en el mundo post-covid no podemos abandonar lo que no es esencial

Miloon Kothari y Ashish Kothari

Si hay una lección que todos nosotros deberíamos haber aprendido durante la crisis del covid-19 es sobre cómo separar lo ‘esencial’ de lo ‘no esencial’. En los diferentes estadios de los confinamientos sufridos por buena parte de la población mundial hemos salido para procurarnos (o que se nos entregase en casa) solo lo que es ‘esencial’ para la vida diaria, renunciando a mucho de lo que podíamos haber obtenido en los tiempos pre-covid. Estamos hablando aquí, por supuesto de aquellos de nosotros que tenemos el privilegio de vivir por encima de la supervivencia, no de los cientos de millones de personas marginadas económica y socialmente que han estado incluso en los tiempos precovid viviendo en los márgenes.

¿Qué nos enseña esto sobre posibles patrones de consumo en los tiempos postcovid? Recordemos que el covid ha llegado en una época en el que ya nos encontramos en medio de muchas otras crisis globales, entre las que se encuentran un cambio climático desbocado, la primera gran extinción biológica inducida por el hombre, la contaminación irreversible de aire, agua, suelo y nuestros cuerpos, violaciones rampantes de derechos humanos, una desigualdad de ingresos creciente, la erosión del espacio democrático y enfermedades tanto por privación como por exceso. Tras el covid, tenemos que volver a enfrentarnos con estas múltiples crisis, lo que también nos puede ayudar a evitar otras situaciones como la del covid. Esto exige cambios fundamentales en cómo nos relacionamos, entre nosotros como humanos, y con el resto de la naturaleza, recordando aquí que en el pasado reciente muchos estallidos como el del covid tienen su origen en la enorme destrucción de los ecosistemas naturales y en las formas de uso de los animales, incluida la producción industrial de carne para el comercio mundial.

Estilos de vida y procesos de producción insostenibles e injustos en todo el mundo están vinculados a una riqueza desenfrenada. Estos procesos y estilos de vida requieren la destrucción de bosques, la minería de tierras, la represa de ríos, la conversión de áreas enormes a la producción de carne industrial o a monocultivos. Aparte de un daño ecológico irreversible, llevan al desplazamiento de millones de personas fuera de sus hogares y tierras.

La minería de carbón en India central, alimentando una demanda siempre creciente de energía | Imagen: Ashish Kothari

La inmensa mayoría de los ‘bienes’ producidos para los estilos de vida de los ricos son ‘no esenciales’ que no son necesarios para vivir bien. Son el resultado de la disponibilidad y la asequibilidad de una abundancia artificial, creada por una globalización desbocada de finanzas y comercio, la lógica expansionista inherente al capitalismo (en cuya lógica está también la ‘brecha metabólica’ entre los humanos y la naturaleza de la que habló Marx), ayudada por estados dóciles. Pero lo que la clase ‘rica’ pide solo está disponible en cantidades finitas. Estamos acabando rápidamente con los materiales de los que están hechos nuestros productos o los ecosistemas en los que se encuentran. Cada vez que nos deshacemos de un teléfono móvil que sigue siendo perfectamente utilizable, para comprar el último modelo, contribuimos a una minería devastadora en el Congo o algún otro lugar del planeta. Cada vez que tomamos un vuelo para ir de vacaciones a algún lugar ‘exótico’, contribuimos a la crisis climática. Una enorme cantidad de las cosas que consumimos están basadas en combustibles fósiles, ya sea directamente, como plásticos, ya sea indirectamente como en su transporte o en la energía utilizada para producirlos. La huella ecológica y social de la gente que puede comprar productos y servicios de cualquier parte del mundo va mucho más allá de lo que podemos incluso percibir.

El consumismo del mundo rico virtualmente no tiene ninguna regulación | Imagen: Ashish Kothari

Cambiar esto requiere fundamentalmente alterar la forma en que funciona nuestra economía, y quién la hace funcionar. Actualmente, la práctica y la ideología neoliberal dominante, dictada por el poderoso complejo financiero-militar-industrial, promueve una acumulación basada en la avaricia más que el consumo basado en la necesidad. Justifica una posesión de bienes siempre creciente, o consumismo, en nombre del ‘desarrollo’ y el ‘crecimiento’. Oculta el hecho de que este crecimiento no tiene ninguna conexión necesaria con la erradicación de la pobreza. De hecho, lo que necesitamos es un debate urgente sobre lo que es realmente esencial para un ser humano más que un deseo humano y movernos hacia una práctica diaria de ello.

No es una distinción fácil de hacer. Hay algunos productos que quizá la mayoría de la gente categorizaría fácilmente como no esenciales (y algunos los clasificarían como regresivos): las carreras de Fórmula 1, los campos de golf, los coches y yates lujosos, los jets privados, la industria de la moda, la colosal industria de productos de belleza. Pero hay otros que en algún momento fueron un lujo y que han terminado siendo considerados necesidades: la electricidad, neveras, lavadoras, microondas, móviles, vehículos motorizados personales. ¿Cómo podemos hacer una distinción que no sea puramente arbitraria? ¿Podemos tener pautas morales y éticas para hacer esta distinción, y/o criterios como qué impactos provoca su consumo?

El desarrollo tal como lo ven las corporaciones | Imagen: Ashish Kothari

El antiguo concepto indio de aparigraha, fundamental para el jainismo, nos enseña el valor de la autocontención, o no posesión. Sabios y personas sensatas a lo largo de la historia han predicado la importancia de la simplicidad, o vida sencilla, y apreciar, tal como dijo E.F. Shumacher, que ‘lo pequeño es hermoso’. Pero a menudo nos resistimos a los principios morales, especialmente si alguien intenta hacérnoslos tragar. Quizá se puedan complementar con ideas pragmáticas basadas en la ética, como el Talismán de Mahatma Gandhi según el cual, en cualquier paso que demos debemos preguntarnos si beneficia hasta a la última persona (y podemos extenderlo para incluir a la última especie), combinado con su idea concisa de que la Tierra puede cubrir las necesidades de todos, pero no la avaricia de todos. O la visión del mundo de varios pueblos nativos de la Isla Tortuga (el nombre indígena para Norteamérica), quienes creen que cada paso que damos debe tener en cuenta el impacto sobre las próximas siete generaciones. Vivir en coexistencia, paz y amor están en el centro de la mayor parte de las fes y sistemas de creeencias.

¿Pero puede la Tierra cubrir las necesidades de todos? Esto depende de que reaprendamos qué es esencial o qué comprenden las necesidades básicas. Claramente, calidad y cantidades adecuadas y apropiadas de comida, agua, vivienda, ropa, energía, y oportunidades para tener una buena salud son derechos de todos. Pero también lo son los elementos no materiales de la vida: relaciones sociales, relación con el resto de la naturaleza, acceso a espacios para aprender y crecer espiritualmente, tener un colectivo del que aprender y al que contribuir, tener garantizados voz y voto en la toma de decisiones, y asegurar una perspectiva de género en todo lo anterior. De hecho, la crisis del covid ha llevado rápidamente estas cuestiones a nuestras conciencias, especialmente allí donde la gente se ha enfrentado a dificultades y ha sido ayudada por actos de solidaridad, donde la gente se ha encontrado con aire limpio, donde la gente ha sido forzada o se le ha dado la oportunidad de reconectar con familia, ‘mascotas’ y vecinos en condiciones de confinamiento, o incluso simplemente reflexionar sobre ellos mismos y el sentido de su trabajo y vidas.

Indígenas Dongria, del este de India, mostranto cómo una vida sencilla dentro de la naturaleza puede ser gratificante | Imagen: Ashish Kothari

Esto pone inmediatamente sobre el tapete la realidad de que la mitad de la humanidad no tiene cubiertas ni siquiera sus necesidades básicas. A miles de millones de personas se les han negado las necesidades materiales y no materiales, mientras la desigualdad económica se disparaba abismalmente en las últimas décadas, ideas de ‘desarrollo’ centradas en el crecimiento les arrebataban recursos como la tierra y el agua, el neoliberalismo privatizaba y mercadizaba derechos humanos básicos como la salud, la educación y la vivienda, y gobiernos derechistas reducían los espacios democráticos. Todo ello basado en viejas desigualdades de casteismo, racismo, patriarcado y demás. Enfrentarse a las crisis globales debe abordar de frente esta desigualdad y pobreza, lo que también implica que las soluciones predominantemente tecnológicas o dirigidas por el mercado simplemente no van a funcionar. Ya hay suficiente riqueza y producción. En lugar de más crecimiento, en lo que desgraciadamente hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible están metidos, necesitamos una redistribución radical de poder y riqueza desde aquellos en los que están concentrados hacia aquellos que tienen poco o nada.

Muchos de los conceptos del Mahatma Gandhi son de importancia crucial: sarvodaya, la elevación de todos, la conciencia de que vivimos en un mundo; swaraj, donde las libertades individuales y colectivas se basan en la responsabilidad hacia la libertad de todos los demás; y satyagraha, decir la verdad al poder y el derecho a protestar pacíficamente. Debemos movernos hacia un mundo en el que los sistemas económicos funcionen sobre la base del “bienestar de todos” y defiendan el “derecho de todos”, empezando por los más marginados. Si buscamos la satya (verdad), la fuerza principal que debería guiarnos, la economía debe implicarse en la búsqueda de verdad y justicia social. Ideas como las anteriores o las de superación de las clases derivada de Marx, sin olvidar a innumerables visionarios indígenas o campesinos enre los que se incluyen los movimientos actuales de los zapatistas y las mujeres kurdas, tienen que convertirse en la fuerza motriz de la economía en lugar de la búsqueda del crecimiento basada en el consumo, el capital y la búsqueda de beneficios. Y lo mismo cabe decir de la política, pasando de la concentración de poder en las manos de unos pocos gobernando sobre el resto, a una redistribución total entre la gente, hacia una democracia radical.

Ropa tejida a mano (recuperando el control sobre las necesidades básicas), Common Ground Fair Unity (Maine), Septiembre 2008 | Imagen: Ashish Kothari

El covid ha resultado considerablemente inconveniente para la mayoría de nosotros. Pero plantea la cuestión de qué es ‘conveniente’. El creciente individualismo y egoísmo de la modernidad occidentalizada nos ha hecho pensar en cualquier tipo de trabajo o esfuerzo físico como algo ‘inconveniente’. Esto ha permitido a las corporaciones privilegiar la ‘conveniencia’ y la ‘comodidad’ externalizando el trabajo físico en máquinas o trabajo barato. Ha hecho que no tengamos en cuenta que alguien en algún lugar está pagando el precio de nuestra conveniencia, ya sea mediante un coste ecológico enorme (los electrodomésticos eléctricos caseros son una gran fuente de emisiones, como lo son los productos químicos en la agricultura que hacen que los procedimientos sean más rápidos o más ‘fáciles’), o porque se priva a otros de dignidad o de sus recursos para la supervivencia. ¡Vivimos en una época única en la que usamos nuestros coches para conducir medio kilómetros hasta el centro comercial y luego pagamos para ir a una clase de fitness!

La desigualdad de ingresos y riqueza también tiene que ser abordada de otra forma. Un aumento sustancial de los impuestos a los ricos ha sido recomendado ad infinitum, pero los estados raramente se han armado de valor para imponerlo. Posiblemente ningún país tiene un límite máximo de los salarios o ingresos de los mercados financieros, que en círculos empresariales (e incluso en algunas ONG) han alcanzado proporciones astronómicas (y de hecho han prosperado enormemente en tiempos del covid, especialmente vendedores en línea como Amazon). La redistribución radical de la riqueza conseguirá de hecho mucho más que aumentar las tasas de crecimiento económico, y lo hará sin sumar nada a la devastación ecológica que supone el crecimiento basado en el mercado.

Debe acompañar todo esto, por supuesto, reincorporarnos dentro de la naturaleza como una entre innumerables formas de vida, respetando que la Tierra fue hecha para todas las especies, no solo los humanos. La idea de Gandhi de fideicomiso [trusteeship], más allá de su rol en las relaciones entre los humanos, es también complementaria con la visión indígena del mundo sobre la custodia, en la que no somos propietarios de la naturaleza, sino más bien una parte, y se nos ha encargado la responsabilidad de tratarla como una herencia para las generaciones futuras.

Para todo lo anterior son cruciales cambios culturales y de mentalidad importantes. El capitalismo y la modernidad competitiva, con el patriarcado o la masculinidad como su base, prosperan en el egoísmo e individualismo, dirigiendo la tendencia hacia la privatización de todas las parcelas de la vida –de hecho, de la vida misma, como vemos en el patentamiento de especies de plantas y animales. Las luchas por volver a recomunizar espacios y bienes públicos –incluidas el agua, el aire, la tierra, los bosques y otros ecosistemas, e incluso la información/conocimiento, el software, el arte y la herencia cultural– son cruciales para la reconceptualización de una sociedad que funcione para todos. El cambio cultural y mental requiere también la comprensión de otro punto que dijo Gandhi: los derechos no se pueden dar por sentados sin las correspondientes tareas y responsabilidades. Esta idea notable también se incluyó en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (Artículo 29). En el contexto del cambio climático se convierte en un punto poderoso que puede guiar nuestras acciones como individuos, colectivos, instituciones y países.

Finalmente, la crisis colosal de medios de vida en muchos países debida al covid (y sus concomitantes confinamientos y caída dramática de la actividad económica), junto con otras crisis globales en curso, nos obliga a repensar la lógica de una rápida urbanización, a menudo impulsada como una deliberada política de estado, como en China e India. Seguramente lo necesario ahora es desurbanizar dando todos los pasos necesarios para garantizar medios de vida rurales autodependientes, sostenibles y socialmente justos, basados en derechos a la vivienda y la tierra y la responsabilidad hacia la conservación de la naturaleza. Esto solo ya garantizará un futuro seguro para los cientos de millones que siguen dependiendo de la economía rural. Esta economía se puede diversificar para complementar unas agricultura, pastoreo, pesca, explotación forestal y artesanía renovadas –medios de vida en los sectores tradicionales– con manufactura y servicios, incluida una industria hotelera comunitaria, para garantizar una plena seguridad de medios de vida. Esto también garantizará que la presión para vivir vidas inseguras e inciertas en áreas urbanas inhóspitas no sea una opción obligatoria para los migrantes.

Miembros de la nación Sapara en el Amazonas ecuatoriano – la sociedad ‘moderna’ debe aprender de los pueblos indígenas a vivir con la Tierra | Imagen: Ashish Kothari

Pero igualmente, allí donde estas personas escojan desplazarse o seguir viviendo en ciudades, son importantes movimientos para garantizar derechos a un medio ambiente y de trabajo seguros y una remuneración mucho más alta que la que reciben ahora. Hay miles de iniciativas que ya lo están consiguiendo por todo el mundo, de las que debemos aprender, y para las que se tienen que defender políticas de apoyo, para ser capaces de extenderlas ampliamente. Están (o pueden estar) insertas en un pluriverso de visiones del mundo y conceptos de bienestar que están surgiendo o siendo reafirmados como parte de los movimientos por la justicia: swaraj, buen vivir, sumac kawsay, ubuntu, sentipensar, ecofeminismo, conviviality, comunes, decrecimiento y muchos otros.

Las medidas descritas anteriormente también abarcan un deseo creciente de volver a hacer las cosas con las manos (‘el futuro está hecho a mano’), incluso en las sociedades más mecanizadas e industrializadas de Europa y América del Norte, o en la entumecedora para el alma industria de las TI, e incluso entre los jóvenes. El reto principal es que no se limite a un pasatiempo para la élite (jóvenes ricos dedicándose a la agricultura orgánica), sino que sea algo que reconozca y respete las habilidades y conocimientos de gentes que han estado trabajando tradicionalmente con las manos, permitiendo que vuelva la autoestima por este tipo de trabajo, y que los actualmente privilegiados se dediquen a ello con humildad y el deseo de aprender de esta gente. Transformar el sistema educativo para incluir artesanos, campesinos y otros como profesores, dando oportunidades a niños y jóvenes para que se impliquen no solo con su mente sino también con sus manos y corazones (el enfoque Nai Taleem de Gandhi), puede producir nuevas generaciones que puedan encontrar gozo en los placeres simples de la vida, más que en la búsqueda sin sentido de lujo y riqueza no esencial.

10 de agosto de 2020
Fuente: https://www.opendemocracy.net/en/oureconomy/we-are-doomed-if-post-covid-19-world-we-cannot-abandon-non-essentials/

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