Atómos filosóficos

Roy Sorensen, Breve historia de la paradoja. La filosofía y los laberintos de la mente. Tusquests, Barcelona 2007 (ed. Original 2004). Traducción de Alberto E. Álvarez y Rocío Orsi, 305 páginas

 

            Un ejemplo para abrir boca. Wittgenstein, que bordeando la paradoja finalizaba su Tractatus afirmando o sugiriendo que de aquello que no se podía hablar lo mejor era el silencio, silencio que según creía él mismo era lo más elocuente y sublime, defendió en la etapa de las Investigaciones que no existían respuestas para las preguntas filosóficas porque, bien pensadas, no eran indagaciones verdaderas sino pseudoproblemas disfrazados y a veces inconscientemente ocultos. El enigma no existía. Si una pregunta podía ser planteada, entonces podía ser respondida. Para él, la única práctica filosófica razonable, y la propuesta no generaba paro ni tensiones en el gremio, era la disolución de pseudoproblemas. La tarea era enorme.

Admitámoslo y recordemos un ejemplo muy difundido en los años cincuenta. En El Ser y la Nada Jean-Paul Sartre señalaba que el autoengaño parecía un fenómeno social y antropológicamente muy extendido. Los wittgensteinianos apuntaron una objeción a esta, en principio, limpia afirmación sartriana. Para que un engaño sea efectivo, uno no puede creer en él pero el engañado, por el contrario, sí debe creer. Ya que es imposible creer y no creer en algo en un mismo instante y desde la misma perspectiva, un autoengaño no metafórico, fijado en determinadas coordenada temporales, no existe ni puede existir. Es una contradicción en sus términos. El autoengaño es un imposible analítico. ¿No existe (conceptualmente) pero existe (antropológica y socialmente)?

La paradoja de Karl Mannheim, recientemente recordada por Daniel C. Dennett, tiene un cierto aire de familia con la anterior: Si todo discurso es ideológico, como sostiene el propio Mannheim a propósito de su estudio sobre la ideología, ¿cómo es entonces posible que alguien pueda tener algo distinto a  un discurso ideológico, y por lo tanto gnoseológicamente sospechoso, sobre el concepto de ideología o sobre una ideología en general?.

         Si el ejemplo ha causado efectos saludables, trasladémonos al núcleo duro. Quizá esté de más el subtítulo del ensayo, lo está en mi opinión, pero Sorensen apunta una sugerencia de enorme interés, cuanto menos de interés didáctico, cuando sostiene que de la misma forma que los matemáticos consideran los números primos átomos generadores en su ámbito de estudio, las paradojas, unas más que otras, serían los verdaderos átomos de la filosofía y del filosofar. Constituyen los puntos de partida básicos, la sal y pimienta de toda especulación, sistemática o no, en filosofía, incluso de toda enseñanza apetecible de la disciplina.

No sé si puede suscribirse sin más matices la exclusividad de la razón apuntada pero sí, en cambio, la enunciación de la tesis. Es posible mirar, analizar, estudiar la historia de la filosofía, de territorios adyacentes, y de los problemas discutidos en ellos, desde esta perspectiva. De hecho, y así lo hace el autor, la cosa ya empezó con los presocráticos, con nuestros padres milesios. Puestos, y más allá de que nos manejemos con un concepto amplio, estricto o algo borroso de la categoría, no deja de ser paradójico en primera instancia aquello de que todo es agua (o apeiron o “aire”), o aquella otra afirmación de que el Ser era uno, indivisible e inmutable o la enunciación de que el Ser de las cosas es, en esencia, su mismo devenir. No puede ser mera causalidad (o tal vez sí, paradójicamente) que el conjunto de paradojas más importante de la historia de la cultura, aún vigentes en algunas de sus interpretaciones al cabo de veintiséis siglos, se originara en aquella época y tuvieran en Zenon de Elea su protagonista destacado. No importa que sea cierta o no la intencionalidad de defensa parmenídea de un alumno agradecido; no resta ese origen átomo (filosófico) alguno a su brillantez.

Hemos hablado del papel las paradojas en los inicios de la tradición filosófica. Recuérdese, por lo demás, su papel central en el Parménides, uno de los diálogos esenciales de Platón. No es necesario tampoco hacer referencia al básico papel que juegan en el núcleo central de las tradiciones religiosas. Un Dios o dioses capaces de la creatio ex nihilo; una cosmovisión que asegura que en el Principio fue el Verbo; una dogmática que defiende la unicidad y la trinidad de Dios, o desarrollos papales que defienden no sólo la concepción inmaculada de María sino también de la madre de ésta (Y, si me apuran, espectáculos político-religiosos que beatifican a mártires, sin serlo todos ellos bajo su propia definición, excluyendo a otros que, bajo esa misma autodefinición, sí lo son en algunos casos).

Es razonable sostener que las preguntas filosóficas fundamentales, o algunas de ellas cuanto menos, sin orillar otros subsuelos y determinaciones, se originan “en dificultades que aparecen en nuestros esquemas conceptuales corrientes” (p. 13). De hecho, el ensayo de Sorensen, su historia paradójica de la filosofía, presenta una tesis que debería retenerse: las paradojas, y con ellas la misma filosofía, se desarrollaron a partir de los enigmas del folclore griego, como sucedió por ejemplo en el caso de los oráculos de Delfos.

         ¿Qué son las paradojas según Sorensen? Preguntas, pseudoproblemas en algunos casos, que nos dejan suspendidos entre demasiadas buenas respuestas, señala el autor, o acaso, podríamos añadir, suspendidos en algunos casos ante la inexistencia de buenas respuestas. Epicteto, y con él muchos otros filósofos, lo formuló así: una paradoja es un conjunto de proposiciones individualmente razonables  pero inconsistentes en su totalidad. Un ejemplo del propio autor: cuando una ameba se reproduce dividiéndose en dos, ¿deja de existir? La ameba madre ha tenido demasiado éxito: en vez de perder la mitad de su cuerpo en forma de tejido muerto, ha creado una segunda ameba sana. Pero, por otra parte, su reproducción se realiza sin que nada sobreviva de la misma forma. Seria arbitrario identificar la primera ameba con alguna de sus hijas y decir que la continua existiendo en sus herederas es, como máximo, una forma de hablar que entra en conflicto con la idea de los organismos como individuos unificados.

         Los ejemplos estudiados incluyen lugares muy frecuentados –el conjunto de Russell o las antinomias de la razón pura- pero también paisajes menos transitados. Aquí radica el interés de la propuesta. Por ejemplo, en la forma de presentar la filosofía del sentido común de Thomas Reid, tan reivindicada en su momento por la historiografía (¿catalanista?) de la filosofía catalana, en el capítulo 19, o el apunte dedicado a Tomás de Aquino (“¿Puede Dios tener una biografía?”), breve pero sustantivo. Sin olvidar, claro está, el obligado homenaje a Carroll y su silogismo inagotable y a uno de los grandes autores que se han adentrado con éxito en este ámbito: W. O. Quine, el inolvidable autor de The Ways of Paradox and Other Essays. El capítulo 24, a él dedicado, es en mi opinión uno de los más logrados del ensayo.

         Existen convincentes razones para usar este ensayo como material básico de cursos de introducción a la filosofía en su vertiente temática, que si bien olvida o congela momentáneamente aproximaciones históricas, sociológicas, culturales, permite entender los asuntos tratados desde una perspectiva estrictamente analítica, que luego podrán ser completada. Temáticas filosóficas de ayer, de hoy y seguramente de siempre.

         Sorensen es un filósofo analítico y equilibrado a un tiempo. Ecuánime en sus juicios a lo largo de la exposición, acaso en algún momento cae en lugares comunes poco matizados. Un ejemplo: “Una respuesta radical, inaugurada por Heráclito, consiste en aceptar la realidad de las contradicciones. El considera que las paradojas simplemente están ahí. Esa línea de pensamiento ha sido prolongada por Hegel, Marx y, en la actualidad, por los lógicos dia-aléthicos de Australia” (p. 14). El trazo es algo grueso y, en si mismo, paradójicamente, es una forma imprecisa de decir lo que podría hacerse dicho de un modo más preciso y comprensivo. Curiosamente, un no-filósofo filósofo, Nicholas Geogescu-Roegen lo expresó con más cuidado, con mucha más sutileza.

Pelillos a la mar, pajillas en el propio mirar que no obstaculizan ni impiden ver el amplio e interesante horizonte apuntado por el autor.

 

        

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