Hiroshima y Chernobil están en todas partes

Salvador López Arnal

Günther Anders, Filosofía de la situación. Libros de la Catarata, Madrid 2007. 165 páginas, edición de César de Vicente Hernando.

 

Esta antología de escritos de Günther Anders es otro acierto más de esta magnífica colección dirigida por Francisco Fernández Buey y Jorge Riechmann que lleva por nombre “Clásicos del pensamiento crítico”. Incorpora antologías de autores que, a lo largo de la historia, han destacado en la elaboración de un pensamiento crítico, de un pensamiento no entregado.

Filosofía de la situación, el nombre que el propio Anders escogió para definir su obra, además de una excelente bibliografía y una documentada introducción de César de Vicente Hernando, el editor del volumen, contiene siete trabajos del filósofo alemán, aun insuficientemente desconocido en nuestro país y cuya huella es palpable en filósofos y escritores de la categoría de Santiago Alba Rico: “La obsolescencia del ser humano”, fragmentos de un libro del mismo título compuesto por cuatro ensayos sobre tecnología y filosofía de la técnica, amén de una aproximación a Esperando a Godot; “Mandamientos de la era atómica”, editado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung en 1957, el primero de los manifiestos políticos de Anders; “Nosotros, los hijos de Eichmann”, de 1964, un fragmento que contiene dos cartas dirigidas a Klaus Eichmann, hijo de uno de los responsables del exterminio nazi durante la segunda guerra; “Los muertos. Discursos sobre las tres guerras mundiales”, fragmento de Los muertos, un libro en el que un Anders post-leninista sostiene que las guerras imperialistas son la continuación de la economía por otros medios; “La obsolescencia del ser humano II”, antología del ensayo del mismo título escrito entre 1955 y 1979; “Ser humano sin mundo”, fragmento de su introducción a un conjunto de artículos sobre arte y literatura editado en 1984, y, finalmente, sus “Diez tesis sobre Chernóbil”, parte sustantiva de su intervención ante un Congreso Internacional de Médicos por el Impedimento de una guerra nuclear, realizada poco después del accidente atómico de 1986. Aquí, en este último texto, en la novena tesis, Anders sostiene: “Las instalaciones pacíficas, al contrario, no son otra cosa que la contribución de la amenaza militar haciendo intervenir otros medios, o para formularlo simplemente: la paz actual es la continuación de la guerra por otros miedos” (p. 159).

Günther Anders, nacido en 1902, fue el seudónimo elegido por el joven Günther Stern cuando era el único autor de los artículos y recensiones de la revista cultural de la Bolsa berlinesa en los años inmediatamente anteriores al triunfo del nazismo. El editor le aconsejó que firmara, aparte de con su nombre, también como “otro”. Así lo hizo, eso significa Anders en alemán. Más tarde, Anders-Stern adoptó el seudónimo definitivamente.

Perseguido por el nazismo al ser colaborador de Brecht, Anders se convirtió en un exiliado que tuvo que trabajar en fábricas de Los Ángeles. Fue impulsor del movimiento antinuclear mundial y crítico documentado de Heidegger. Fue también el primer marido de Hannah Arendt. Cuando años después del final de la II guerra visitó Auschwitz, Anders comentó: “Si se me pregunta en qué día me avergoncé absolutamente, responderé: en esta tarde de verano cuando en Auschwitz estuve ante los montones de anteojos, de zapatos, de dentaduras postizas, de manojos de cabellos humanos, de maletas sin dueño. Porque allí tendrían que haber estado también mis anteojos, mis dientes, mis zapatos, mi maleta. Y me sentí -ya que no había sido un preso en Auschwitz porque me había salvado por casualidad- sí, me sentí un desertor”. [la cursiva es mía]

Para  Anders el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima fue una cesura, la más importante de su vida, aunque no la única. En los años sesenta y setenta, junto con Böll, el obispo Scharf, el teólogo Gollwitzer, Ernst Bloch y otros intelectuales, encabezó el gran movimiento pacifista alemán contra el estacionamiento en su país de los cohetes atómicos norteamericanos. También estuvo en las grandes acciones de la época contra las centrales atómicas. Pero, en 1987, a los 85 años, escribió un libro titulado “Gewalt: Ja oder Nein” [Violencia: sí o no]. En este texto y en los que fue publicando al hilo de la discusión que levantó, el filósofo pacifista desautorizaba los métodos no violentos de lucha a los que ahora considera happenings estériles. La única elección era entonces, en su opinión, entre el “estado de excepción” y la “legítima defensa”. Anders deseó ser sólo “un filósofo de la barbarie”, la barbarie del mundo actual: Auschwitz, Hiroshima, Chernobyl. Su afirmación de los años cincuenta, “Hiroshima está en todas partes”, se convirtió en los años ochenta en un “Chernobyl está en todos lados”.

Anders, que en 1983 recibió el premio Theodor Adorno, el más alto galardón de la filosofía alemana, y que antes había sido acusado de comunista y declarado persona non grata en Estados Unidos, no es, desde luego, un filósofo muerto, un filósofo para una historia académica de la filosofía sin tensión moral. Si se quiere, el filósofo otro es un filósofo del futuro, no sólo del pasado. Sus grandes temas básicos son también nuestros temas esenciales: la ética y la política en la era atómica; el compromiso de científicos, de los intelectuales; el papel del ciudadano, en esta sociedad violenta, armada y devastadora.

El lector de esta antología quizá pueda pensar que el autor escribe por momentos de manera algo oscura, como filósofo demasiado tradicional, a la alemana, sin limpieza ni cuidado analíticos. Debería ser sólo una impresión, no será permanente ni durará tiempo. Este magnífico paso, por ejemplo, es refutación de ese prejuicio poco fundado y muestra de la bondad conceptual de su escritura: “’Seres humanos sin mundo” han sido y son aquellos que están obligados a vivir dentro de un mundo que no es el suyo; un mundo que, aunque es creado y mantenido por ello con su trabajo diario, “no está hecho para ellos” (Morgenstern), no está ahí para ellos; dentro de un mundo para el que ellos ciertamente están pensados, están “ahí” y son utilizados, pero cuyas normas, objetivos, lenguaje y gusto no son los suyos, no les son concedidos para su disfrute” (pp. 147-148).

Esta tesis no es para Anders una refutación del marxismo sino una ampliación de su aportación fundamental -por lo demás no cuestionada-, la de que el proletariado no posee los medios de producción con cuya ayuda mantiene en funcionamiento el mundo de las clases dominantes. De ahí deriva su atendible y sagaz crítica a una proposición central de Heidegger: puesto que el proletariado vive para el mundo de otros, para un mundo en que son otros los que se sienten en casa, a ellos, a los trabajadores, “no se le puede aplicar la característica esencial que Heidegger atribuye a la existencia humana, la de que el ser humano eo ipso es un ‘ser-en-el-mundo” (p. 148). ¿Por qué? Porque, estrictamente hablando, el proletariado, la gran mayoría de los trabajadores asalariados, no viven en el mundo sino únicamente dentro de él.

De hecho, el capitalismo belicista y sin entrañas, ni apenas contrapesos, de estos inicios del siglo XXI obliga a revisar (y a ampliar) esta interesante tesis de Anders. Los trabajadores (y trabajadoras) no sólo viven en un mundo que no está ahí para ellos, sino que de hecho viven en un mundo para el que no están pensados. Son, podemos ser todos, empezamos a ser todos, material desechable.

El proletariado, la ciudadanía trabajadora en general, no sólo no vive en el mundo sino que tampoco vive ya dentro de él. Ha sido expulsado a los suburbios del mundo, a los márgenes de la vida. Sin resistencia, no hay existencia. De hecho, es como si nunca hubiera tenido un existir propio.

Desde luego, el Pentágono ha tomado buena nota de ello y ya emite compases bélicos. Es la nueva guerra contra los suburbios.

Nota: Una versión de esta reseña apareció en la revista El Viejo Topo, diciembre 2007.

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