Consumimos el planeta como si no hubiera un mañana

Emma Rodríguez

Se puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.

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Entrevista al filósofo, poeta y ensayista, Jorge Riechmann

Enric Llopis

Si estamos de verdad en una situación catastrófica –y lo estamos-, tratar de analizarla no es un discurso catastrofista, sino un ejercicio de realismo. (.) Tenemos por delante un camino difícil: se trata de comunicar responsablemente la gravedad de la situación, sin por ello inducir al desánimo o a las reacciones insolidarias.

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Por un humanismo no antropocéntrico del ser humano incompleto

Salvador López Arnal

Jorge Riechmann, La habitación de Pascal. Ensayos para fundamentar éticas de suficiencia y políticas de autocontención. Los libros de la Catarata, Madrid, 2009, 317 páginas.

El Viejo Topo, nº 257, junio de 2009, pp. 88-89.

     El autor resume lo esencial de la situación abordada en esta, su ultima publicación, en el haiku 29 del Epílogo. En 2006, The Lancet publicó un estudio de investigadores norteamericanos y daneses. Algunas de sus conclusiones: millones de niños en todo el mundo podrían haber sufrido, pueden seguir sufriendo, daños cerebrales por efecto de la contaminación industrial. El artículo denunciaba la existencia de una pandemia silenciosa de trastornos en el desarrollo neurológico –autismo, retraso mental, parálisis cerebral, déficits de atención- causados por productos químicos tóxicos vertidos en el ambiente. El efecto es real aunque muy difícil de calibrar, de medir con exactitud. Los autores del estudio identificaron unos 200 productos químicos industriales potencialmente perjudiciales para el cerebro humano. Eran, por otra parte, sólo la punta del iceberg. Se sabe actualmente que hay más de 1.000 productos químicos que son neurotóxicos en animales. Los investigadores en cuestión alertaban que era probable que también lo fueran para los seres humanos. Funciones tan básicas para los seres humanos como la respiración, la reproducción, el normal funcionamiento cerebral se ven crecientemente amenazados. Y a eso, aun que generalmente se oculte, se le suele llamar progreso, desarrollo industrial, y se entonan marchas triunfales para celebrar nuestros éxitos. Es la visión fáustica de la tecnociencia contemporánea y de nuestra civilización imprudente. Aquilatar y denunciar esta cosmovisión es uno de los motivos para recomendar, esta vez sin contención, la lectura y estudio del nuevo libro de Jorge Riechmann.

Las razones se agolpan para ello: el propio título, la temática, las citas elegidas, las referencias poliéticas del autor (Pasolini, Castoriadis, Russell, Jungk), la argumentación desplegada, la enorme erudición, las fuentes de documentación, el saber científico acumulado por el autor, la filosofía y belleza que inspiran su escritura, la esencialidad del tema investigado, la prudente relación entre conocimiento, análisis y posición poliética. Estamos ante un nuevo y exceleente libro del poeta, traductor, ensayista, profesor y destacado activista Jorge Riechmann. Su temática básica es apuntada en la contraportada del volumen: la dimensión de la crisis ecológico-social, la gradación de la cual no deja aumentar día tras otro, nos obliga a pensar nuevamente, a repensar si queremos en circunstancias muy distintas de las tradicionales, la condición humana y el encuentro con los otros, en circunstancias, las nuestras, de un “mundo lleno”.

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