Argentina y las Guerras Mundiales

Federico Mare

Entre los temas más complejos y fascinantes de la historia argentina contemporánea –aunque curiosamente no entre los más conocidos– figura, sin lugar a dudas, el de las guerras mundiales de 1914-18 y 1939-45. ¿Qué posición diplomática tuvo nuestro país ante las dos mayores conflagraciones del siglo XX y de todo el devenir humano? ¿Fuimos neutrales o beligerantes? ¿Por qué? ¿Tuvimos una intervención militar directa en aquellos conflictos, aunque sea muy modesta, como la de Brasil? ¿Cuál fue el impacto económico, político y sociocultural de las guerras mundiales en Argentina?

Dos episodios navales de dichos procesos bélicos se desarrollaron en aguas territoriales argentinas o muy próximas a ellas: la batalla de las Malvinas (1914) y la batalla del Río de la Plata (1939). Desde una perspectiva histórico-militar, presentan varias coincidencias interesantes. En ambas midieron sus fuerzas los mismos contendientes: la Armada Real británica (Royal Navy) y la Marina de Guerra alemana (llamada Kaiserliche Marine durante la Primera Guerra Mundial, y Kriegsmarine durante la Segunda). Las dos batallas ocurrieron en la primera quincena de diciembre, es decir, a finales de la primavera austral. Las dos fueron tempranas, precoces: se libraron el mismo año en que estallaron las guerras, a pocos meses de iniciadas las hostilidades en Europa. En ambos choques resultó vencedor el Reino Unido, con pocas bajas y ningún buque hundido en el 14, y con considerables pérdidas humanas y materiales en el 39. La base naval británica de las Malvinas cumplió un rol logístico relevante en los dos triunfos de la Royal Navy. Por lo demás, ninguna de las batallas tuvo una envergadura e importancia estratégica superlativas, pues en ambas guerras mundiales el Atlántico Sur fue un teatro naval marginal o, cuanto mucho, secundario: no hay comparación posible entre la batalla de las Malvinas y la de Jutlandia (Atlántico Norte, 1916), o entre la batalla del Río de la Plata y la del Golfo de Leyte (Pacífico Occidental, 1944).

De todo esto, y mucho más (como la relevancia militar, naval y comercial de la guerra submarina alemana en el curso de ambas guerras mundiales, que Argentina comprobó en carne propia con su marina mercante), hablaremos en el presente texto. No se trata de una extensa monografía académica para historiadores colegas especializados en la temática, sino de un artículo divulgativo como otros que he escrito. Así y todo, tiene, a mi entender, cierto valor historiográfico, no solo por las reflexiones crítico-valorativas del balance final, sino también –y sobre todo– por sus análisis comparativos en múltiples planos: una guerra mundial frente a otra, la Argentina en relación a los demás países latinoamericanos, las sucesivas etapas bélicas o diplomáticas de cada proceso, la política exterior de cada gobierno argentino. Este tipo de análisis macro son muy escasos en la historiografía actual, debido a las lógicas de ultraespecialización, fragmentación y disociación que imperan en el campo académico. Un serio problema epistemológico de la posmodernidad que François Gosse, cavilando en los 80 sobre el devenir tardío de la ciencia de Clío, se animó a llamar, con ánimo provocador, «historia en migajas».

La Primera Guerra Mundial (1914-1918)

En julio de 1914, tras muchos años de carrera armamentista (la llamada Paz Armada), estalló la Primera Guerra Mundial, que se desarrolló principalmente en Europa, con algunos escenarios laterales como los de Medio Oriente, África y Asia-Pacífico. Todas las potencias de la época participaron en ella: Gran Bretaña, Alemania, Francia, Estados Unidos, Austria-Hungría, Rusia, el imperio otomano, Japón, Italia… Una crisis política regional en los Balcanes, magnificada hasta el delirio por el sistema de alianzas y las rivalidades imperialistas, arrastró a buena parte de la humanidad a un conflicto bélico sin precedentes hasta entonces.

Fue una guerra larga y cruenta, de posiciones y desgaste más que de movimientos, que se libró mayormente entre trincheras y donde se usaron por primera vez aviones, armas químicas y máscaras antigases. Duró cuatro años y medio, hasta noviembre de 1918, y causó la muerte de más de 15 millones de personas, contando soldados y civiles. Entre las batallas más importantes podemos mencionar Marne, Tannenberg, Galípoli, Verdún, Jutlandia y Somme.

¿Quiénes ganaron la Gran Guerra? Los Aliados: Gran Bretaña, EE.UU., Francia… ¿Quiénes la perdieron? Los llamados Imperios Centrales: Alemania, Austria-Hungría, Turquía. El país que más se benefició –luego veremos por qué– fueron los Estados Unidos. El Tío Sam entró tarde a la guerra, en 1917. Pero su participación fue absolutamente decisiva. Inclinó la balanza.

Otra de las potencias que participaron en la guerra fue Rusia. No le fue nada bien. Sufrió muchas derrotas y bajas, y se hundió en una grave crisis económica que trajo escasez, pobreza y hambre. El malestar social creció rápidamente, y en 1917 se produjo un gran estallido popular: la Revolución Rusa. Surgieron por todas partes soviets, el zar Nicolás II Románov abdicó, se declaró la paz y se creó una república democrática de carácter socialista: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Los campesinos se apropiaron de las tierras y los obreros tomaron el control de las fábricas. El gobierno fue asumido por los bolcheviques, un partido revolucionario de izquierda cuyos dos líderes principales eran Lenin y Trotsky.

La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa cambiaron totalmente el mapa de Europa. Cuatro grandes imperios cayeron: el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso. En sus territorios surgieron muchos estados nuevos de tamaño más pequeño o mediano: varias repúblicas (Alemania, Austria, Turquía, Polonia, Checoslovaquia, Finlandia, etc.) y algunas monarquías constitucionales (Hungría y Yugoslavia). Otro coletazo fue el surgimiento, en Rusia y sus satélites (Ucrania, Bielorrusia, Transcaucasia), de la Unión Soviética.

Los EE.UU., por su parte, se convirtieron en la principal potencia económica y militar del planeta, desalojando a Gran Bretaña a un segundo lugar; la cual, de todos modos, logró retener la mayoría de sus colonias de ultramar, igual que Francia. Para el Reino Unido, los años dorados de la Pax Britannica victoriana y eduardiana quedaron atrás, irremediablemente.

La Primera Guerra dejó a Europa diezmada, en ruinas, con muchos problemas económicos y sociales. La peor parte se la llevaron los países derrotados, especialmente Alemania. Una revolución destronó al Kaiser y estableció un régimen democrático: la República de Weimar. Alemania perdió muchos territorios en Europa, y todas sus colonias ultramarinas. Se le exigió que desmantelara sus fuerzas armadas y que pagara una indemnización de guerra exageradamente alta. Esta obligación financiera la llevó a endeudarse cada vez más, lo cual habría de provocar una terrible crisis económica: hiperinflación, caída de los salarios, desempleo, pobreza, etc.

LA URSS fue el primer país socialista de la historia. En todo el mundo, las clases trabajadoras se ilusionaron con la Revolución Rusa. Parecía que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Las luchas obreras crecieron en todas partes: huelgas, protestas, tomas de fábricas, rebeliones… Fueron tres años de mucha efervescencia revolucionaria. A esos tres años se les dice Trienio Rojo, porque el rojo era el emblema del socialismo, el color de la bandera socialista. Como era de imaginarse, la Revolución Rusa causó muchísimo asombro, miedo y rechazo en los gobiernos y las burguesías de los países capitalistas. Se temía que hubiera un «efecto dominó» y que estallaran otras revoluciones socialistas fuera de Rusia. A este temor se lo llama pánico rojo. Hubo feroces represiones policiales, intervención de las fuerzas armadas… Las empresas contrataban rompehuelgas y armaban grupos parapoliciales. El Trienio Rojo fue una época muy turbulenta y violenta. La lucha de clases, el conflicto entre trabajadores y capitalistas, alcanzó un pico de intensidad nunca igualado. Alemania, por ej., tuvo varios estallidos: la Revolución de Noviembre, la Insurrección Espartaquista, el Soviet de Baviera…

Argentina y la Primera Guerra Mundial

¿Qué pasó en América Latina con la Primera Guerra Mundial? Las reacciones fueron bastante uniformes al principio. De hecho, lo fueron durante la mayor parte del conflicto. Pero en el tramo final, hubo una diversificación. El historiador francés Olivier Compagnon, profesor de la Sorbona y director de la revista Cahiers des Amériques Latines, lo resumió muy bien en una entrevista que le hiciera Deutsche Welle el 10 de mayo de 2012. Cito sus palabras:

Al inicio de la guerra en agosto de 1914, todos los estados latinoamericanos proclamaron su neutralidad, como lo hizo también Washington. La «guerra europea» era percibida como la consecuencia de la vieja rivalidad entre Francia y Alemania, de la afirmación de las nacionalidades en la península balcánica o del choque de imperialismos. Dicho de otro modo, como un acontecimiento que no tenía nada que ver con la historia americana. Pero todo cambió en 1917 con la guerra submarina a ultranza alemana y la entrada de los Estados Unidos en la guerra en abril. Los países de América Central y del Caribe, que ya pertenecían a la zona de influencia estadounidense, entraron en la guerra inmediatamente con Washington, así como Brasil, que tenía una alianza estratégica con Estados Unidos desde 1902. Todos los otros países permanecieron neutrales hasta el armisticio de noviembre de 1918, aunque algunos rompieron sus relaciones diplomáticas con Berlín.

A lo largo de la Primera Guerra Mundial, Argentina mantuvo una posición neutral, tanto durante el gobierno conservador de Victorino de la Plaza –que terminó en octubre de 1916, promediando la contienda– como durante el gobierno radical que le sobrevino, encabezado por Hipólito Yrigoyen. Se evitó todo acto de beligerancia y toda ruptura de relaciones diplomáticas, hasta el último día de la contienda.

Un detalle de precisión, antes de avanzar con el relato: durante los primeros trece días de la Gran Guerra, del 28 de julio al 9 de agosto de 1914, el presidente de Argentina fue, técnicamente hablando, Roque Sáenz Peña, conservador, quien había ocupado el sillón de Rivadavia en 1910. Pero, por serios problemas de salud, estaba de licencia desde octubre de 1913, y nunca reasumiría el cargo. De la Plaza era el vicepresidente, de modo que, en términos reales, cuando el atentado de Sarajevo escaló en la Primera Guerra Mundial, él ya gobernaba Argentina desde hacía varios meses. Asumió formalmente la titularidad presidencial el 9 de agosto del 14 porque esa misma jornada falleció Sáenz Peña.

La neutralidad le permitía a nuestro país seguir comerciando con las distintas potencias europeas, sin sufrir represalias, por lo menos a gran escala o con demasiada recurrencia. Además, debe decirse que Gran Bretaña –nuestro principal socio comercial, acreedor e inversor externo– no veía con tan malos ojos esa política, porque si Argentina cruzaba el Rubicón declarando la guerra a Alemania, sus suministros de alimentos a los puertos británicos –de importancia vital para los Aliados– quedarían automáticamente expuestos a los torpedos de los U-Boote, los temibles submarinos de la Kaiserliche Marine, esas proezas de la ingeniería alemana que tantos naufragios causaban en el Atlántico.

Aunque no tan decisivos, otros factores también incidieron en el neutralismo yrigoyenista. A nivel geopolítico, se intentaba equilibrar las influencias de las grandes potencias, para ganar un mayor margen de autonomía nacional en lo diplomático y económico. A nivel interno, se procuraba no desairar con favoritismos a las diversas y nutridas colectividades gringas. Con más de 2,3 millones de extranjeros, un 30% de la población, nuestro país fue uno de los más impactados del continente y del mundo por la gran ola de inmigración europea y mediterránea de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Las comunidades francesa, rusa, turca, alemana, austrohúngara, británica, etc., eran multitudinarias. Ni hablar la italiana, la mayor de todas. No parecía prudente entrometerse en una guerra tan lejana, teniendo tantos inmigrantes europeos y mediterráneos de procedencias tan dispares, cuya susceptibilidad –además– resultaba altamente volátil debido a la fiebre patriotera desatada por la conflagración.

Las inversiones británicas en Argentina eran fabulosas, pero las alemanas no resultaban insignificantes. La Armada era anglófila, como en muchos otros países del mundo, por natural inclinación profesional: el poderío naval del Reino Unido y su formidable talasocracia causaban admiración entre los marinos. No así el Ejército, que tenía muchos oficiales germanófilos: el Reichsheer de tradición prusiana, considerado la mejor fuerza militar terrestre del mundo, también generaba fascinación. Esta dualidad castrense, que en la Segunda Guerra Mundial sería bastante mayor debido a contrastes político-ideológicos más marcados, también influyó en la neutralidad de la Argentina yrigoyenista.

Por último, debe mencionarse un factor ideológico: el pacifismo de Yrigoyen. Sobre esta convicción política y moral del presidente argentino –y de otros políticos radicales yrigoyenistas– influyó mucho el krausismo, la filosofía idealista del alemán Karl Krause (1781-1832). Recuérdese que, cuando el presidente estadounidense Woodrow Wilson dio a conocer en 1918 sus Catorce Puntos, y cuando en 1919 se firmó la Paz de Versalles y se creó la Sociedad de Naciones, Yrigoyen apoyó fervientemente estas iniciativas pacifistas multilaterales, en contraste con otros estadistas del mundo, más escépticos frente al llamado idealismo wilsoniano (no obstante, la Argentina yrigoyenista duraría poco en la Sociedad de Naciones: a fines de 2020 se retiró, en repudio a las lógicas revanchistas y hegemonistas que operaban en el seno de dicho organismo internacional).

Habíamos dicho que la neutralidad en la Gran Guerra, más allá de toda motivación ética pacifista o principista, le reportaba a nuestro país la ventaja de poder seguir comerciando con las distintas potencias europeas, sin sufrir represalias a gran escala o continuamente. Las cursivas no son caprichosas: algunos buques mercantes y cargueros argentinos sufrieron agresiones en el Atlántico (aunque no se trató de un caso excepcional, porque muchas otras naciones latinoamericanas afrontaron contratiempos similares en sus actividades navieras de exportación e importación).

Por ejemplo, el velero Pax y el vapor Mitre fueron capturados por los ingleses en aguas territoriales argentinas en 1915 y 1916, respectivamente. La Royal Navy, a través de la Foreign Office, adujo que el Pax era un buque germano –desconociendo que había sido rematriculado como argentino– y que el Mitre pertenecía a un alemán –pasando por alto la circunstancia de que el dueño era un inmigrante naturalizado argentino–. El vapor Argos desapareció misteriosamente en mayo de 1916 con sus veinte tripulantes, cuando viajaba a las Georgias del Sur. Por otro lado, ese mismo año, el carguero Curumalán estuvo retenido en el puerto británico de Cardiff; y cuando se le permitió zarpar en diciembre, se extravió en altar mar, sin que se supiera nada más de él ni de sus marineros (siempre se sospechó que haya sido hundido por algún submarino alemán). Podemos recordar también que, hacia 1917, el Toro, el Oriana y el Monte Protegido fueron mandados a pique por sumergibles de la Kaiserliche Marine en aguas europeas. Lo mismo sucedió con el Ministro Yriondo, en enero de 1918.

Pero, visto todo en perspectiva retrospectiva y panorámica, comparando el caso de Argentina con el de otros países neutrales, se trató de hechos más bien aislados, no de un problema generalizado y crónico. La cancillería argentina protestó ante las potencias agresoras, pero no cambió su postura de estricta neutralidad. No está de más recordar, al pasar, que se confiscó el buque germano Bahía Blanca, el 19 de abril de 1918. El Bahía Blanca se hallaba refugiado en Puerto Madryn desde agosto de 1914. Se trató de un hecho excepcional, a pocos meses de la finalización de la guerra.

Hay que decir que los reclamos del gobierno de De la Plaza ante los atropellos navales de las potencias europeas fueron bastante tibios o timoratos, debido, en buena medida, a la anglofilia de los conservadores (los atropellos de los primeros años, de la etapa 1914-16, fueron fundamentalmente británicos, no alemanes). En cambio, las protestas del gobierno radical de Yrigoyen fueron más enérgicas, por su mayor nacionalismo; lo que dio lugar, en algunos casos, a pedidos de disculpas, gestos de desagravio y acciones reparadoras por parte de los agresores.

Esta comparación requiere matices: a De la Plaza le tocó la parte más «benigna» de la Gran Guerra, cuando Alemania todavía tenía cierta cautela o vacilaciones con su guerra submarina, y cuando los Estados Unidos todavía eran neutrales. Durante la etapa conservadora (1914-16), la marina mercante argentina sufrió apresamientos de buques a manos de la Royal Navy, pero no padeció acciones de fuego ni hundimientos con pérdidas humanas, al menos comprobados. En cambio, durante la etapa radical (1916-18), sí los padeció, por obra de la Marina germana (aunque no está claro qué pasó con el Curumalán). Era lógico, entonces, que las quejas y reclamaciones de Yrigoyen fueran más duras que las de su predecesor. Necesariamente debían serlo. Además, los conservadores no tuvieron que afrontar la presión diplomática antigermana de EE.UU., como sí los radicales, desde 1917, cuando el Tío Sam decidió declararle la guerra al Kaiser.

Otro aspecto a tener en cuenta es el siguiente: cuando estalló la Gran Guerra, la fórmula conservadora Roque Sáenz Peña-Victorino de la Plaza llevaba cuatro años gobernando, aproximadamente dos tercios de su mandato. Las elecciones de medio término ya se habían realizado, y faltaba menos de dos años para los comicios generales. Era un gobierno que ya se sentía en retirada, propenso al piloto automático, renuente a meterse en líos, muy preocupado por el frente interno (a los conservadores se les avecinaba una gran debacle electoral por la aplicación de la Ley Sáenz Peña, y ese era su mayor desvelo). Yrigoyen, en cambio, inició su presidencia con una guerra que se encaminaba a su fase más crítica para los países neutrales latinoamericanos, incluida la Argentina.

Las diferencias entre el neutralismo conservador y el neutralismo radical no pueden ser reducidas a razones ideológicas (grosso modo, anglofilia liberal vs. nacionalismo antiimperialista). Se desarrollaron en contextos bélicos y diplomáticos diferentes.

Los momentos más difíciles de la neutralidad fueron en 1915 y –mucho más aún– en 1917, cuando Alemania, cada vez más desesperada por el bloqueo naval británico y sus desastrosas consecuencias (escasez de alimentos e insumos esenciales), optó por una guerra submarina sin restricciones, indiscriminada, a ultranza, con el objeto de sabotear las líneas de abastecimiento de los Aliados. La guerra submarina sin restricciones significaba atacar no solo embarcaciones militares enemigas, sino también buques civiles mercantes y cargueros, incluso cuando exhibieran pabellón neutral. Era una medida sumamente controvertida, heterodoxa y odiosa, pues violaba una regla consuetudinaria básica de la beligerancia naval: el iure praedae o derecho de presa marítima, consagrado por las Conferencias de La Haya de 1899 y 1907. En la guerra submarina, dadas sus características técnicas, se solía atacar sin preaviso. No había abordaje ni captura de los buques de superficie, ni tampoco saqueo de su cargamento. Lo que se buscaba, de antemano, era el hundimiento directo por sorpresa, con un solo disparo de torpedo. Luego había que huir precipitadamente de la zona, ya que los submarinos resultaban lentos y frágiles, por lo que evitaban ser detectados y sostener combates. Los naufragios eran fulminantes, en pocos minutos. Las probabilidades de sobrevivir a la explosión eran limitadas. Los pocos náufragos rara vez eran socorridos por los alemanes y transportados a puerto seguro… Todo esto provocó una ola internacional de indignación y germanofobia.

Alemania pagó muy caro su reanudación de la guerra submarina a ultranza en 1917, pues los EE.UU., que no olvidaban ni perdonaban el trágico hundimiento del transatlántico de pasajeros británico Lusitania dos años atrás (donde habían perecido casi 1.200 civiles, 128 de los cuales eran estadounidenses), decidieron finalmente ingresar a la guerra, generando un desequilibrio estratégico tal, que la victoria aliada quedó asegurada. Fue en ese contexto cuando la neutralidad de Argentina y toda América Latina soportó mayor tensión. Varios buques mercantes y cargueros de nuestro país y nuestra región fueron hundidos por los U-Boote germanos, como señalamos oportunamente. Brasil declaró la guerra a Alemania y colaboró militarmente con las acciones navales de los Aliados, aunque a una escala muy modesta, casi simbólica (tardíamente, envío también un contingente de tropas a Europa, pero cuando este llegó, ya se había firmado el armisticio). Otras siete repúblicas latinoamericanas –pequeñas naciones caribeñas muy dependientes de Washington– se decantaron por la declaración de guerra, pero no por una respuesta beligerante real: Cuba, Panamá, Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Haití y Honduras. Un tercer grupo de cuatro países sudamericanos no fue tan lejos, pero sí rompió relaciones con Berlín: Ecuador, Perú, Bolivia y Uruguay. La Argentina, en cambio, mantuvo una rigurosa neutralidad hasta el final, igual que otros seis países: México (al que su revolución lo había vuelto menos heterónomo de su vecino septentrional), Colombia, Venezuela, Chile, Paraguay y El Salvador (una honrosa excepción en el panorama bananero centroamericano, dominado por gobiernos muy obsecuentes con Estados Unidos).

Durante el gobierno yrigoyenista, muchos conservadores reclamaban, indignados, que Argentina se aliara con Gran Bretaña, porque era nuestro principal comprador y vendedor. Pero Yrigoyen, que era pacifista, se mantuvo firme en su neutralismo, y fue muy criticado por eso. Le decían que era tibio, cobarde. Incluso llegaron a acusarlo de germanófilo. Había mucho de oportunismo político y sobreactuación demagógica en la actitud de los conservadores, porque cuando gobernaba De la Plaza –que era de su color político– habían sido más prudentes, prácticos y cautelosos en su manera de entender la política exterior, en un típico ejemplo de lo que se conoce como teorema de Baglini… La doble vara de los conservadores era evidente. Además, ellos no podían ignorar que la neutralidad argentina estaba oficiosamente «bendecida» por la Foreign Office, cuyo realismo y pragmatismo eran mayores que nunca en aquella delicada coyuntura. Sin embargo, debe hacerse una concesión a los conservadores: cuando gobernaron, no hubo hundimientos de buques argentinos, solo apresamientos. No son hechos de igual gravedad.

No todos los aliadófilos argentinos que pedían romper la neutralidad –de aquí se los llamara también rupturistas– eran conservadores ligados a la oligarquía y los capitales anglosajones. También los hubo radicales y socialistas, aunque en este caso el motivo de su aliadofilia o rupturismo no tuvo tanto que ver con los intereses creados de la economía, sino, más bien, con posiciones ideológicas: Gran Bretaña, Francia, y EE.UU. encarnaban –en teoría al menos– los valores modernos de la democracia liberal, mientras que los Imperios Centrales eran percibidos como autoritarios, conservadores, rancios y militaristas. Había una cuota de simplificación considerable en esto, porque –por ejemplo– la Rusia zarista, siendo una monarquía de lo más autocrática y reaccionaria, estaba en el bando aliado, igual que Japón, que tampoco era, precisamente, un faro del progresismo demoliberal. Los Estados Unidos, con su régimen de segregación racial, estaban lejos del sufragio universal. Gran Bretaña y Francia, por su parte, eran las dos mayores potencias colonialistas del mundo, con ventaja sideral sobre Alemania. La demonización del imperio germano tuvo mucho de arbitrariedad, de doble rasero; aunque es cierto que la guerra submarina a ultranza dio más sustento a los germanófobos, sobre todo a partir de 1917.

Los rupturistas aliadófilos se congregaron en el Comité Nacional de la Juventud, entidad que gozaba de amplios apoyos entre la intelectualidad y la juventud universitaria, y también en el mundo de los negocios y los grandes diarios. Allí se destacaron escritores e intelectuales como Ricardo Güiraldes, Alberto Gerchunoff, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios. La contraparte del Comité fue la Liga Patriótica Argentina pro Neutralidad, cuya composición era aún más variopinta en términos ideológicos, pues en ella convergieron no solo sectores radicales, conservadores, socialistas y sindicalistas moderados (FORA del IX Congreso) que asociaban su neutralismo a la equidistancia diplomática, la defensa de la paz y la democracia, sino también la derecha nacionalista y la colectividad alemana, cuyo neutralismo era abiertamente germanófilo, y, por ende, rara vez pacifista y democrático. Dentro de la Liga militaron, entre otros, el hombre de leyes e historiador Ernesto Quesada, el médico José Penna, el poeta y periodista Belisario Roldán, el abogado y exministro de Obras Públicas Carlos Meyer Pellegrini (de ascendencia germana), y el político mendocino José Néstor Lencinas. Ambas organizaciones, el Comité y la Liga, desplegaron una intensa actividad de propaganda y proselitismo: solicitadas, petitorios, conferencias, mítines, manifestaciones, etc. Su rivalidad y confrontación fueron creciendo con el paso de los años, alcanzando su cénit en 1917, con la guerra submarina a ultranza del Kaiser y el ingreso del Tío Sam a la conflagración.

En el campo de la izquierda, la Gran Guerra generó fuertes discusiones y divisiones políticas. No solo en Argentina, sino en todas partes. El anarquismo, con una larga y vigorosa tradición de militancia antimilitarista en su haber, condenó la guerra unánimemente, por burguesa y criminal, imperialista y patriotera. Pero el marxismo se fracturó. En el Partido Socialista se produjo una escisión, que dio origen al Partido Comunista. Los comunistas eran contrarios al reformismo y la guerra. Abogaban por la revolución y la paz, en consonancia con los bolcheviques, quienes, luego de su éxito insurreccional, retiraron a Rusia de la contienda bélica, con la firma del armisticio de Brest-Litovsk (marzo de 1918). La ruptura entre socialistas y comunistas derivó en la fundación de la tercera Internacional, bajo influencia de Moscú, hacia 1919. Los socialistas reformistas y belicistas permanecieron en la segunda Internacional.

La Gran Guerra generó una crisis económica global, y América Latina –Argentina incluida– no permaneció al margen de sus efectos. Al respecto, Compagnon ha señalado:

Con la reconversión de las economías europeas hacia las actividades directamente relacionadas con la guerra decreció el abastecimiento de productos manufacturados y, además, aumentaron los precios, lo que afectó a la vida cotidiana de todos los países [latinoamericanos] durante cuatro años y medio. Así surgieron huelgas y movimientos sociales protestando contra la subida de precios y asociando explícitamente la situación económica y social con el contexto belicoso europeo (por ejemplo, durante las manifestaciones del 1º de Mayo de 1915 en las grandes ciudades brasileñas). Por otra parte, sí se observa un crecimiento económico en algunos países como Argentina, que vendía sus cereales y su carne a los Aliados; sin embargo, las economías latinoamericanas fueron afectadas por las dificultades del comercio transatlántico y por la disminución del precio de productos de segunda necesidad como café. Lógicamente desaparecieron muchos empleos, lo que significa que los años 14-18 fueron socialmente muy difíciles.

Un país agroexportador como Argentina, tan dependiente y vulnerable, no podía zafar de los coletazos de la recesión mundial. Su suerte, por ende, no sería demasiado diferente a la de los otros estados latinoamericanos, también primarios y periféricos. Nuestro país sufrió diversos problemas en su comercio exterior entre 1914 y 1918. Principalmente, la importación de manufacturas europeas se complicó por la carestía. Hubo turbulencias financieras, inflación y desocupación. Pero, como reza el refrán, no hay mal que por bien no venga: igual que otros países latinoamericanos, Argentina se vio en la necesidad de iniciar un proceso de industrialización por sustitución de importaciones. Las manufacturas crecieron y se diversificaron, aunque sin trascender los límites estrechos de la industria liviana y el mercado interno (producción de bienes de consumo sencillos, sin grandes inversiones de capital y con poca tecnología, para una demanda meramente doméstica).

La Gran Bretaña de Jorge V perdió rápidamente protagonismo mundial por la guerra, aunque su gigantismo colonial –reforzado artificialmente con la Paz de Versalles y los mandatos de la Sociedad de Naciones– disimulara el declive. Y poco a poco, los Estados Unidos se fueron volviendo más importantes para la economía argentina: las importaciones desde Norteamérica crecieron (automóviles, tractores, maquinaria textil, etc.), y también las inversiones yanquis, especialmente en la industria frigorífica, donde cuatro de las Big Five de Chicago, que venían extendiendo sus tentáculos oligopólicos desde 1907, redoblaron su expansión (Swift, Wilson, Armour y Morris, no así Cudahy). No obstante, el Reino Unido siguió teniendo, en general, mayor influencia sobre Argentina que EE.UU. hasta finales de la década del 30 (recuérdese el Pacto Roca-Runciman de 1933), lo cual constituye una rareza histórica. En el resto de América Latina, salvo en las pequeñas colonias británicas del Caribe, el Tío Sam desplazó a Mr. Bull mucho antes, con la Primera Guerra Mundial.

La batalla de las Malvinas (diciembre de 1914)

Aunque la Primera Guerra Mundial se desarrolló mayormente en Europa y sus mares circundantes, hubo dos batallas que se libraron en Sudamérica, durante la primavera austral del primer año de hostilidades. Ambas fueron acciones navales, entre la Royal Navy (Gran Bretaña) y la Kaiserliche Marine (Alemania), y tuvieron como escenario la Patagonia, tanto al este (Atlántico) como al oeste (Pacífico). La flota germana fue la misma en ambos choques, no así la británica, que solo pudo repetir un buque.

La primera batalla fue la de Coronel, en la costa del sur de Chile, a la latitud de la región del Biobío, el 1° de noviembre de 1914. ¿Resultado? Victoria alemana. Un mes y una semana después, el 8 de diciembre, se produjo un nuevo enfrentamiento, pero al otro lado de la Patagonia, en el mar Argentino, muy cerca de las Malvinas, controladas por el Reino Unido desde que las invadiera en 1833, donde tenía una base naval en Port Stanley (Puerto Argentino). La batalla de las Malvinas fue triunfo británico.

Pero es preciso conocer los antecedentes de estas batallas. La fuerza naval germana del vicealmirante Maximilian von Spee, la Ostasiengeschwader o Escuadra del Asia Oriental, conformada por cinco cruceros (dos acorazados y tres ligeros), había estado cumpliendo servicios con eficiencia en el Pacífico Occidental –y esporádicamente en el Índico– desde 1890, donde el imperio alemán poseía varias colonias insulares y concesiones chinas, como Nueva Guinea y Samoa, o Hankau y Tientsin. Cuando estalló la Gran Guerra siguió operando en el área, a pesar de su ostensible inferioridad numérica y armamentística frente a los Aliados (británicos, franceses y japoneses), y no obstante haber perdido los puertos de bandera (la Armada Imperial del Sol Naciente se apoderó de todas las posesiones germanas del Lejano Oriente y Oceanía, en un abrir y cerrar de ojos). A tal fin, Spee optó por dispersar algunas unidades. El 22 de septiembre de 1914, el grueso de la Ostasiengeschwader bombardeó el puerto de Papeete, en Tahití, Polinesia Francesa, asestando un duro golpe a los galos: dos buques hundidos y varios edificios destruidos. Habiendo perdido el factor sorpresa y urgida de carbón, la Escuadra del Asia Oriental se dirigió hacia Chile, país neutral donde había muchos inmigrantes alemanes y nativos germanófilos. En la isla de Pascua, a mediados de octubre, el Scharnhorst (insignia), el Gneisenau y el Nürnberg se reunieron con el Leipzig y el Dresden. Desde allí navegaron hasta Valparaíso, donde lograron abastecerse de combustible.

Von Spee resolvió volver a Alemania doblando el cabo de Hornos, pero en el sur de Chile la flotilla alemana fue interceptada por la 4.ª Escuadra de la Royal Navy, al mando del almirante Christopher Cradock, que venía de las Malvinas y que constaba de cuatro cruceros: el Good Hope, el Monmouth, el Glasgow y el Otranto. Cradock, preocupado por su desventaja, había pedido refuerzos a su superior, Frederick Doveton Sturdee, sin conseguirlos. La respuesta que recibió fue: «con lo que tiene es suficiente». No lo era. Las escuadras trabaron batalla el 1° de noviembre, frente a la bahía de Coronel, provincia de Concepción, 50 millas mar adentro. El sol y el mar jugaron en contra de los británicos, agravando su desventaja de número y armamento. Aquella jornada, la Royal Navy perdió dos naves –las de mayor porte– y más de 1.600 hombres. Uno de los buques hundidos era el insignia, el Good Hope. El otro era el acorazado Monmouth. Los náufragos no pudieron ser socorridos, debido a las grandes olas. Entre los muertos figuraba nada menos que Cradock. Coronel fue una derrota desastrosa para Gran Bretaña. La Royal Navy no sufría una derrota desde hacía un siglo, desde la batalla de Plattsburgh, en la guerra de 1812 contra Estados Unidos. Empero, para encontrar una humillación equivalente, habría que retrotraerse al sitio de Cartagena de Indias (1741), donde la victoria sonrió a los españoles.

Von Spee cometió entonces un grave error, que haría de Coronel un triunfo pírrico: se demoró demasiados días en los puertos chilenos, dando tiempo a los ingleses para preparar una revancha holgada. Cuando la escuadra alemana finalmente dobló el cabo de Hornos para destruir Port Stanley y apoderarse de las Malvinas, la mayor base naval del imperio británico en el Atlántico Sur, se topó con una flota enemiga mucho mayor de lo esperado. Desde Inglaterra habían llegado como rayos de Zeus dos poderosísimos cruceros de batalla, el Invincible y el Inflexible, a los que se les habían sumado en Brasil tres cruceros acorazados, el Carnarvon, el Cornwall y el Kent; y, por si fuera poco, dos cruceros livianos, el Bristol y el Glasgow (este último era el mismo que había combatido en Coronel). Además, en Port Stanley, cumpliendo tareas de defensa y patrullaje, los esperaban un viejo acorazado, el Canopus, y un mercante armado, el Macedonia. Nueve buques en total. Demasiado por la escuadra germana, por muy alta que fuera su moral tras la gran victoria cosechada en el litoral patagónico chileno.

La batalla de las Malvinas se produjo el 8 de diciembre, 37 días después de Coronel. La Ostasiengeschwader sufrió un desastre: cuatro de sus cinco barcos, vapuleados por los cañonazos del enemigo, envueltos en llamas y con muchos boquetes, se hundieron bajo las olas, dejando un saldo de 1.871 muertos y 215 prisioneros. Entre las naves naufragadas estaba el crucero acorazado Scharnhorst, el buque insignia de la escuadra alemana, donde viajaba el almirante Spee, quien murió ahogado, igual que todos sus marineros y oficiales. Ningún barco inglés se fue a pique. Tanta simetría entre los desenlaces de Coronel y Malvinas, tanto juego de espejos, debe habérseles antojado a muchos una intervención de Némesis vindicando póstumamente a Cradock.

Retengamos en la memoria el apellido Spee. Volveremos a mencionarlo cuando hablemos de Argentina y la Segunda Guerra Mundial. La historia tiene coincidencias alucinantes, increíbles…

¿Quién comandaba la escuadra británica que triunfó en las Malvinas? El almirante Doveton Sturdee, el mismo que le negara refuerzos a Cradock antes de la batalla de Coronel. Doveton Sturdee tuvo así la oportunidad de vengar a su difunto subalterno, y de expiarse con él por haber desoído sus pedidos de refuerzo.

Los pocos marineros británicos caídos en la batalla de las Malvinas, diez en total, están enterrados en Port Stanley. Allí también se alza un monumento que les rinde homenaje, y que conmemora aquel triunfo de la Royal Navy en los confines meridionales del Atlántico.

El único buque de la Ostasiengeschwader que logró huir de la catástrofe naval de Malvinas fue el crucero ligero Dresden, cuyas potentes turbinas lo hacían muy veloz, capaz de alcanzar una marcha de 27 nudos. El Dresden se mantuvo oculto durante muchas semanas en los laberínticos canales de Tierra del Fuego, cambiando con frecuencia de escondite. Cuando salió a mar abierto, bordeó la costa chilena hacia el norte. A la altura del puerto de Corral, cerca de Valdivia, hundió al mercante británico Cornwall Castle, rescatando a sus tripulantes y dejándolos en Valparaíso. De allí se dirigió al archipiélago chileno Juan Fernández, situado a 670 km del continente. Su marcha se hizo cada vez más lenta, a medida que se quedaba sin carbón. El 14 de marzo de 1915, fue sorprendido por una flotilla inglesa de tres cruceros en la bahía de Cumberland, lo que daría origen al combate de Más a Tierra. Tras un intercambio de disparos, acabó vencido y hundido, pero casi todos sus tripulantes –más de 300– sobrevivieron, quedando en situación de cautiverio. Entre los barcos británicos que enviaron al Dresden al fondo del mar estaban el Kent –que había participado en la batalla de las Malvinas– y el Glasgow –que había combatido tanto en Malvinas como en Coronel–.

El Trienio Rojo en Argentina (1919-1921)

Dijimos que una de las grandes consecuencias de la Gran Guerra fue la Revolución Rusa, y que esta, a su vez, abrió la etapa del Trienio Rojo a nivel mundial. Argentina también tuvo su Trienio Rojo. El Trienio Rojo argentino se desarrolló entre 1919 y 1921, en la última etapa de la primera presidencia de Yrigoyen. Los anarquistas de la FORA del V Congreso se destacaron mucho en esa oleada de luchas obreras, de grandes huelgas y rebeliones o protestas populares.

Aunque Yrigoyen había hecho reformas a favor de los trabajadores, no habían sido suficientes. Muchas promesas electorales no se habían cumplido y la situación del pueblo siguió siendo mala. La Primera Guerra Mundial había provocado una crisis económica en todo el planeta, y Argentina comenzó a sufrirla. La recesión causó desempleo y una baja en los salarios, aumentando la pobreza y el hambre. El malestar obrero creció en espiral, y el ejemplo de la Revolución Rusa fue la chispa que encendió la mecha.

El Trienio Rojo argentino tuvo tres grandes hechos: la Semana Trágica de Buenos Aires, la Patagonia Rebelde (Santa Cruz) y las huelgas de La Forestal (Chaco santafesino). Pero hubo otros conflictos sociales menos graves o menos conocidos, como las masacres de Gualeguaychú (Entre Ríos) y Jacinto Arauz (La Pampa), ambas en 1921.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945)

En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, la mayor y más sangrienta de todas las guerras de la historia. Superó con creces, incluso, a la Primera Guerra Mundial, en escala y destrucción. Duró seis largos años, causando la muerte a no menos de 60 millones de personas, en su mayoría civiles. Las pérdidas materiales también fueron enormes: edificios, fábricas, casas, granjas, minas, puertos, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas, medios de transporte, etc. Innumerables ciudades sufrieron bombardeos devastadores: Londres, Berlín, San Petersburgo, Róterdam, Tokio, Shanghái, Budapest, Hamburgo…

La mayoría de los países del mundo quedaron envueltos en la guerra, por propia decisión o en contra de su voluntad. Se combatió en casi toda Europa, el norte de África y gran parte de Asia y el Pacífico. América fue el único continente donde no se luchó, a excepción de unos pocos combates menores como la batalla naval del Río de la Plata y la campaña de las islas Aleutianas (Alaska).

Dos bandos se enfrentaron en la Segunda Guerra Mundial. De un lado, las potencias del Eje: la Alemania nazi de Hitler, la Italia fascista de Mussolini, el Japón imperial de Hirohito y otros países menos poderosos regidos por gobiernos títeres o dictaduras nacionalistas de derecha, como Hungría, Rumania, Tailandia, y la Francia de Vichy. Del otro lado estaban los Aliados, que era un bando más diverso, con bastantes diferencias ideológicas entre sí (liberales y comunistas). Solo los unía el enemigo común: el nazifascismo. Los Aliados más importantes eran los Estados Unidos de Franklin Roosevelt, la Unión Soviética de Stalin y la Gran Bretaña de Churchill. Un escalón más abajo estaban la China del Kuomintang y la Francia Libre del general De Gaulle.

Alemania invadió casi toda Europa, incluyendo buena parte de Rusia. Italia ocupó varias regiones de los Balcanes y África con ayuda o aquiescencia de los nazis, cuyo poderío militar era muy superior. Japón, por su parte, invadió China, el Sudeste Asiático y muchas islas del Pacífico. Fue el expansionismo insaciable del Eje, que venía in crescendo desde mediados de los años 30, el que terminó desatando la guerra, cuando japoneses y alemanes cruzaron la última línea roja al invadir China (junio de 1937) y Polonia (septiembre de 1939), respectivamente.

Inicialmente, la guerra fue favorable para las potencias del Eje. Pero en 1941, al sumarse EE.UU. luego del ataque japonés a Pearl Harbor, la situación empezó a cambiar. El gran punto de quiebre sería la batalla de Stalingrado, en el sudeste de Rusia, entre nazis y soviéticos, hacia 1942-43. Fue la batalla más larga y cruenta de toda la Segunda Guerra Mundial: 200 días, con un saldo aterrador de 2 millones y medio de muertos, heridos y desaparecidos. Fue victoria del Ejército Rojo, y el principio del fin para la Alemania nazi. Paralelamente, en el Pacífico, el decisivo triunfo de EE.UU. en la batalla de Midway inició la decadencia y repliegue del Imperio Japonés.

No obstante, aunque el resultado ya era irreversible (victoria aliada), la guerra se prolongaría absurdamente bastante tiempo, debido a la obstinación de Hitler y del gobierno japonés. Poco a poco, los países invadidos fueron liberados: Francia, China, Noruega, Bélgica, Etiopía, Grecia, etc. La rendición del Eje recién se produciría en 1945. Alemania capituló en marzo, Japón en septiembre.

La Segunda Guerra Mundial fue trágica no solo por la mortandad de millones de soldados en los campos de batalla, sino también por la mortandad de millones de civiles inocentes en bombardeos y matanzas deliberadas. Los nazis masacraron a 6 millones de personas judías en Auschwitz, Treblinka y otros campos de concentración y exterminio, tragedia que se conoce como Shoá u «Holocausto». Hubo otros genocidios, como el del pueblo gitano: el Porraimos. Los pueblos eslavos (rusos, polacos, etc.) también fueron víctimas de la violencia racista de Hitler. Japón, por su parte, perpetró la matanza de Nankín en China, entre otros crímenes en masa de lesa humanidad.

Los Estados Unidos no estuvieron al margen de estas atrocidades, aunque las películas de Hollywood nada muestren al respecto. En agosto de 1945, arrojaron bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, causando la muerte a más de 100 mil personas, en su gran mayoría civiles inocentes. Muchas murieron en el acto, como consecuencia de la explosión. Pero otras muchas murieron en los años siguientes, debido a distintas enfermedades provocadas por la radiación: cáncer, leucemia, etc. (a estas personas se las llama en Japón hibakusha). El bombardeo de Hiroshima y Nagasaki es el primer y único ataque nuclear de la historia. Hasta el día de hoy, los Estados Unidos no se han disculpado por este crimen de lesa humanidad.

Argentina y la Segunda Guerra Mundial

Cuando en septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, Argentina atravesaba la Década Infame, una época oscura de nuestro pasado nacional signada por la conculcación de libertades democráticas, la corrupción política y la dependencia periferia-centro con el Reino Unido, todo ello en un contexto de recesión económica asociada a la crisis capitalista mundial de la Gran Depresión. Yrigoyen, derrocado en 1930 por un golpe militar, había sido sucedido por un dictador, el general José Félix Uriburu, quien simpatizaba con el fascismo italiano, aunque no tuvo posibilidades ni tiempo de llevar muy lejos su admiración por el régimen de Mussolini, fuera de suprimir la democracia y perseguir o reprimir con ferocidad a los sindicatos obreros y las organizaciones de izquierda (especialmente anarquistas y comunistas). Sin apoyo suficiente del establishment, que no veía con buenos ojos su antiliberalismo y corporativismo, Uriburu tuvo que llamar a elecciones hacia fines de 1931.

Proscripción del radicalismo yrigoyenista mediante, otro general del Ejército, Agustín P. Justo, llegó a la presidencia en 1932. El suyo fue el primero de los tres gobiernos de la Concordancia, una coalición de conservadores, radicales antipersonalistas (antiyrigoyenistas) y otras fuerzas menores, que off the record se jactaban con sorna de practicar el «fraude patriótico».

Justo ha pasado a la posteridad como el máximo responsable político del Pacto Roca-Runciman de 1933, un acuerdo angloargentino sobre cuotas mínimas de exportación cárnica y otros ítems comerciales, impositivos y cambiarios que reforzó, o al menos renovó y perpetuó, la subordinación económica de nuestro país a los grandes capitales de la City londinense, so pretexto de la necesidad de contrarrestar los efectos ruinosos de la Conferencia de Ottawa (1931), en virtud de la cual, la metrópoli británica había dado prioridad –imperial preference– a sus dominios y colonias (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, India, etc.) en materia de abastecimiento de alimentos y materias primas, con respecto a los aranceles de importación. El Pacto Roca-Runciman resultó muy asimétrico y poco transparente (tenía cláusulas secretas muy leoninas que finalmente se conocieron), por lo que generó muchas críticas, controversias y denuncias en Argentina. Sobre todo, cuando en 1935 el senador santafesino Lisandro de la Torre, gran tribuno del pueblo, sacó a la luz las corruptelas de evasión fiscal y coimas que involucraban a grandes frigoríficos angloestadounidenses y altos funcionarios del Ejecutivo Nacional (debate de las carnes), destape escandaloso por el cual fue víctima de un intento de asesinato en medio de una sesión del Senado, que de todos modos acabó con la vida de otro legislador de la misma bancada (Partido Demócrata Progresista): Enzo Bordabehere, amigo y discípulo de De la Torre.

En febrero de 1938, tras unos comicios groseramente amañados, Justo cedió el sillón de Rivadavia a Roberto M. Ortiz, su correligionario (ambos eran de la UCR Antipersonalista). Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Ortiz llevaba en la Casa Rosada un año y medio de gestión. La Argentina adoptó una posición neutral, igual que todos los países latinoamericanos y Estados Unidos. Aunque sincero y estricto, el neutralismo de Ortiz era más bien aliadófilo, probritánico, es decir, no precisamente germanófilo. Esto resultaba lógico, habida cuenta sus convicciones liberales, que no encajaban en el molde de la ideología totalitaria nazifascista. Un botón de muestra de la anglofilia de Ortiz: en satisfacción al pedido de ayuda de la misión diplomática Freeman-Thomas, se envió al Reino Unido miles de cabeza de ganado sin cargo, con la frase «buena suerte». Actos de generosidad de este tipo no los hubo para con la Alemania nazi.

Pero, ¿por qué hablamos, aun así, de neutralismo estricto? Porque tanto Gran Bretaña como Alemania se quejaron de que Argentina comerciara con ambos bandos, lo cual era cierto. Ortiz no impuso restricciones de destino a las exportaciones argentinas, que ciertamente no consistían en materiales bélicos (armas, municiones, vehículos blindados, explosivos, etc.), toda vez que nuestro país, al margen de haberse comprometido a honrar las reglas de la neutralidad, carecía de industria militar. Como otras naciones latinoamericanas, Argentina siguió suministrando salomónicamente alimentos y materias primas tanto a británicos como alemanes, duplicidad que optimizaba los negocios. Eso no fue del agrado de Berlín, ni tampoco de Londres, pues ambos gobiernos eran muy conscientes de la importancia que revise la logística en toda guerra prolongada.

Bajo el paraguas de la neutralidad argentina podían convivir de momento –y de hecho así fue– sectores de casi todo el espectro político: no solo liberales-conservadores del oficialismo, de la Concordancia, sino también comunistas y nacionalistas de derecha (integristas católicos, fascistas o filofascistas, nazis o filonazis). Desde luego que este neutralismo «bolsa de gatos» respondía a razones diferentes en cada caso. Solo los socialistas fueron rupturistas desde el inicio de la guerra. Por razones tácticas (pacto Ribbentrop-Mólotov de tregua germano-soviética y reparto de Polonia), los comunistas guardaron su antifascismo en el freezer y bancaron la neutralidad hasta junio de 1941, cuando la Wehrmacht invadió la URSS. Los sectores liberales, por su parte, comenzaron a girar hacia el rupturismo medio año después, luego de Pearl Harbor y del ingreso de los Estados Unidos y otros países americanos al bando beligerante aliado. La variopinta derecha nacionalista mantuvo su neutralismo hasta el final, con distintas proporciones de antiimperialismo (oposición patriótica a las potencias anglosajonas), militarismo germanófilo y nazifascismo, según cada sector.

No vaya a creerse que el neutralismo anglófilo de Ortiz obedecía exclusivamente a motivos principistas o ideológicos. El segundo presidente de la Concordancia había sido abogado de las empresas ferroviarias inglesas y, de hecho, su candidatura se había urdido en la Cámara Argentino-Británica. O sea, Ortiz era un presidente estrechamente vinculado a los intereses económicos del Reino Unido en Argentina, y a los sectores de la oligarquía que tenían nexos comerciales y financieros con dichos intereses. Igual que sucediera en la Primera Guerra Mundial, el gobierno estaba preocupado por los perjuicios que la guerra submarina alemana pudiera ocasionar a la marina mercante y al sector agroexportador. El mercado británico seguía siendo fundamental para las carnes y los granos de la Pampa Húmeda, por razones ya apuntadas (Pacto Roca-Runciman). Dada esa realidad mercantil, la neutralidad parecía lo más prudente. Era el modo de evitar, o al menos minimizar, el riesgo de que los mercantes y cargueros argentinos fueran hundidos por los U-Boote germanos en los viajes y tornaviajes transoceánicos.

Ampliemos el contexto internacional del parteaguas histórico de 1939, en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. La nueva Kriegsmarine nazi, igual que la vieja Kaiserliche Marine de la Gran Guerra, era no cualitativa pero sí cuantitativamente muy inferior a la Royal Navy, que mantenía su supremacía naval planetaria gracias al vasto y ubicuo imperio colonial del Reino Unido. El ambicioso Plan Z del Tercer Reich, que preveía la construcción de un enorme número de naves de superficie de gran tonelaje (seis acorazados, tres cruceros de batalla, cuatro portaaviones, decenas de cruceros y destructores, etc.), nunca se pudo concretar, por falta de tiempo y de recursos. Para la Alemania nazi, el único remedio o paliativo viable a esa desventaja estratégica fue modernizar el diseño de los U-Boote e incrementar su producción a destajo, en una carrera contra reloj.

El almirante Erich Raeder diría: «No podemos soñar con presentar batalla a la flota británica para aniquilarla. Nuestra única oportunidad reside en el ataque de las comunicaciones comerciales del enemigo, para lo cual los submarinos constituyen nuestra arma más eficaz. En consecuencia, tenemos necesidad de submarinos y más submarinos». La llamada Batalla del Atlántico –la guerra naval entre el Eje y los Aliados en el océano más navegado del mundo– tuvo su origen en la decisión de Hitler de imponerle a Gran Bretaña un bloqueo submarino que quebrara su capacidad material y moral de resistencia. Como en la Primera Guerra Mundial, los U-Boote tenían la misión de hundir los mercantes y cargueros –aliados o neutrales, poco importaba– que trasladaban alimentos, combustibles y otras materias primas a los puertos británicos. El almirante Karl Dönitz fue el gran cerebro y director de la guerra submarina nazi en el Atlántico, que hasta 1942 tuvo una eficacia letal, por medio de la Rudeltaktik o táctica de la «manada de lobos», que permitía hundir los buques de la marina mercante aliada cuando estos navegaban en convoy, escoltados por navíos de guerra provistos de sonares y radares, práctica preventiva que se fue generalizando rápidamente a medida que escalaba la Batalla del Atlántico. La Rudeltaktik consistía en atacar sorpresivamente en escuadra, con muchos o varios sumergibles. Se trataba de toda una innovación, porque en la Primera Guerra Mundial los submarinos germanos habían sido orgullosos lobos solitarios, no jaurías.

Pero, fuera de ese detalle táctico, la historia volvía a repetirse… Y lo hacía sin demora, con coincidencias dignas de una película de Spielberg: el 3 de septiembre de 1939, a solo dos días de la invasión de Polonia, el Athenia, un transatlántico de pasajeros británico con destino a Canadá, fue accidentalmente torpedeado y hundido por un submarino alemán, con un saldo trágico de más de un centenar de civiles muertos, entre los cuales había 28 estadounidenses (el resto eran canadienses). No hubo acciones de rescate por parte de los marinos germanos, que se marcharon de prisa y con la conciencia culposa (al aproximarse discretamente al barco luego de la explosión, alcanzaron a oír gritos desesperados de mujeres y niños, indicio indubitable de que no se trataba de un navío de guerra, ni de un mercante o carguero, sino de un buque de pasajeros). El hecho generó una gran indignación y repudio en los países anglosajones, y, desde luego, serios altercados diplomáticos de Londres, Ottawa y Washington con Berlín. La analogía con el desastre del Lusitania no podía ser mayor, y a los memoriosos no se les escapó ese detalle. Es cierto que la mortandad esta vez era mucho menor, pero el Athenia, a diferencia de su predecesor, no tenía máculas o bemoles. El Lusitania llevaba casi 2 mil pasajeros, pero también una gran cantidad de armamento y municiones. En cambio, el Athenia solo transportaba civiles norteamericanos repatriados, que huían precipitadamente de la conflagración europea antes de su inexorable escalada.

Para fines de 1939, tras cuatro meses de hostilidades, los eficientes submarinos de la Kriegsmarine habían hundido más de cien cargueros y mercantes aliados o neutrales, y algunos buques de guerra británicos, como el portaviones Courageous y el acorazado Royal Oaken. Así las cosas, lo que el Reino Unido más necesitaba y quería de la Argentina no era que esta rompiera relaciones diplomáticas con el Eje, o que se la jugara con una declaración de guerra a Alemania, simbólica pero no por eso menos ofensiva y provocadora para Berlín. Lo que necesitaba y quería era que los suministros argentinos, tan vitales, llegaran a los puertos británicos. Esa era la prioridad de Churchill, y también de Ortiz, aunque algunos ingleses y argentinos anglófilos del mundo de los negocios –ya sea por anteponer sus exaltadas pasiones patrióticas o antigermanas, o ya sea por no calibrar bien el peligro de la guerra submarina alemana en medio de tanto fervor belicista– clamaran por una ruptura diplomática urgente de Buenos Aires con Berlín. La ayuda práctica económica de bajo perfil valía mucho más que una diplomacia moralista, arriesgada y estridente. Imbuidos de realismo, ambos estadistas comprendían bien que la neutralidad argentina era la mejor protección para sus exportaciones/importaciones agropecuarias y sus marinas mercantes. Vale decir que, tanto desde el punto de vista de los intereses británicos como desde el punto de vista de los intereses argentinos, la neutralidad constituía la mejor opción, o la menos mala. Otro cantar eran las ideas o sentimientos (patriotismo, pacifismo, germanofobia, antifascismo, etc.), pero la geopolítica siempre ha tenido como causalidad fundamental –no única pero sí principal– la economía, no la ideología. Lo que Londres le recriminaba airadamente a Buenos Aires no era la neutralidad de Argentina –poco simpática pero útil– sino, sobre todo, sus exportaciones a Alemania, aunque, en volumen, estas no tuvieran parangón con aquellas que iban al Reino Unido, nuestro mayor comprador.

Como se ve, el móvil central de la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial fue el mismo que en la Gran Guerra: la conveniencia económica, esto es, el interés de no perder ningún mercado de exportación en Europa, por un lado; y, por otro, el interés de minimizar las pérdidas comerciales, navales y humanas por la guerra submarina alemana. He aquí el quid de la cuestión.

Hubo, sin embargo, otras causalidades repetidas en ambas guerras: hacia 1939, la República Argentina seguía siendo –como en 1914– un país aluvial o de inmigración, con un porcentaje inusualmente alto de su población conformado por inmigrantes europeos y descendientes. Como en tiempos de De la Plaza e Yrigoyen, las colectividades gringas seguían siendo muy influyentes (por sus negocios, estudios, profesiones, instituciones, contactos con la madre patria, etc.), y también muy diversas en su procedencia nacional. Así, por ejemplo, el poder económico de la elitista minoría británica se veía contrapesado por el volumen demográfico de la colonia italiana, la mayor de todas, en cuyo seno había muchos fascistas o simpatizantes de Mussolini. La presencia alemana era mucho menos numerosa, pero incluía empresas y lobbies nada despreciables, donde el nazismo o filonazismo eran moneda corriente. Algo parecido puede decirse del elemento inmigratorio francés, aunque en este caso, el signo ideológico se invierte (el apoyo a la Francia Libre prevaleció sobre el apoyo al régimen colaboracionista de Vichy). La segunda mayor colectividad europea era la española, desgarrada por la guerra civil entre republicanos y franquistas (por obvias razones político-ideológicas, los primeros apoyarán a los Aliados y los segundos al Eje). Ante este panorama interno tan complejo, lo más prudente para el gobierno argentino era mantener una posición neutral, equidistante.

Otro factor a considerar es que, hasta fines de 1941, los Estados Unidos mantuvieron su neutralidad. Para todos los países latinoamericanos, incluidos aquellos más alejados y menos dependientes del Tío Sam como Argentina, la política exterior de la potencia hegemónica del continente era un dato a tener en cuenta siempre, independientemente de cuán buena o mala fuera la opinión sobre una y otra. Argentina seguía estando más en la órbita informal británica que en el backyard o «patio trasero» estadounidense, pero, aun así, desde la Gran Guerra los EE.UU. habían ganado bastante terreno a nivel económico y diplomático. No se podía ignorar alegremente lo que ellos pensaban y hacían. Tal vez eso fuera posible al estallar la Primera Guerra Mundial, al menos en Sudamérica. Pero no ya en 1939. El poderío económico y militar de Estados Unidos había crecido muchísimo desde entonces, y su influjo hegemónico había llegado ya hasta el Cono Sur. Por lo tanto, su neutralidad no podía dejar de incidir bastante en la neutralidad latinoamericana en general, aunque no tanto si hablamos de la neutralidad argentina en particular.

Yrigoyen era muy nacionalista, y tenía cierta veta antiimperialista. Eso lo había conducido a practicar una política de equilibrio entre las potencias beligerantes de la Gran Guerra, que diera cierto grado de independencia o margen de autonomía a la Argentina. ¿Puede decirse lo mismo de Ortiz? Difícilmente, debido a sus sentimientos probritánicos. Aun así, sucedió que el neutralismo argentino en la Segunda Guerra Mundial tuvo, de hecho, un componente de equilibrismo geopolítico. ¿Por qué? Porque la anglofilia del presidente se vio compensada por la germanofilia de otros funcionarios del gobierno, de una parte del Congreso y del cuerpo diplomático, como así también –y sobre todo– de un nutrido sector de la oficialidad del Ejército.

Lo último merece un párrafo aclaratorio: la admiración del Ejército Argentino hacia el militarismo germano de raigambre prusiana se remontaba a fines del siglo XIX. En la Gran Guerra, esto tuvo alguna incidencia menor sobre la neutralidad argentina. Pero el auge mundial de los fascismos y nacionalismos de derecha en el período de Entreguerras caló hondo en el Ejército, que experimentó un proceso profundo de politización y radicalización ideológica al calor del ejemplo nazi (fenómeno que se dio en muchos países de América Latina y todo el mundo). Ese proceso derivó en el golpe militar de 1930 contra Yrigoyen, pero no se detuvo allí. Prosiguió durante la Década Infame, y cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el nivel de germanofilia y poder fáctico del Ejército Argentino como corporación era mucho mayor al que tuvo durante la Gran Guerra. Para las autoridades civiles, romper la neutralidad y apoyar abiertamente a los Aliados suponía un serio riesgo de golpe de estado (riesgo magnificado por el deterioro de la salud del presidente, y sus licencias cada vez más frecuentes y prolongadas). Lo mismo si rompían la neutralidad en sentido inverso, pues la Armada Argentina –igual que tantas otras marinas de guerra del continente y del globo– seguía siendo muy anglófila, como en tiempos de Victorino de la Plaza e Hipólito Yrigoyen. Los oficiales de la Armada, de extracción social mucho más elitista que sus pares del Ejército, y, por ende, estrechamente vinculados al establishment económico angloargentino, también constituían un grupo de presión importante en la política argentina de aquella época. De modo que, por el lado castrense, en resumidas cuentas, la neutralidad también era un equilibrio obligado.

Así y todo, pese a la estricta neutralidad de Ortiz, hubo buques argentinos hundidos por los submarinos alemanes. Un caso que generó conmoción fue el del carguero Uruguay, destruido por un sumergible U-37 a 300 kilómetros de las costas españolas de Galicia, en mayo de 1940. Si bien los marinos alemanes, antes de disparar el torpedo, cumplieron en dar aviso a los tripulantes argentinos y permitirles evacuar el barco, no los trasladaron a puerto seguro, y uno de los botes salvavidas desapareció, sin que fueran hallados jamás los náufragos, que eran quince. En la página web Todo Argentina, en una minuciosa crónica de la presidencia de Ortiz durante el año 40, se ofrece un buen resumen del episodio:

En la noche del 27 de mayo de 1940 a las 21:12, el submarino alemán U-37 disparó un torpedo G7 al buque de carga de la marina mercante Argentina Uruguay, alrededor de 160 millas al oeste de Cabo Villano; el torpedo se perdió. Luego del disparo el comandante alemán Victor Oehrn visualizó las marcas que indicaban que el navío pertenecía a una marina neutral, ordenando emerger al submarino y luego detuvo la nave con un tiro de advertencia.

Los alemanes examinaron los papeles pero no encontraron ningún comprobante que indicaran el destino del navío. El oficial germano desconocía que el barco tenía como destino Amberes, pero debido a la invasión alemana de Bélgica recibieron la orden por radio de desviarse a Irlanda. A Oehrn le pareció sospechosa la falta de documentación que indicara su destino final y decidió hundir el barco de acuerdo con las reglas del premio, ordenando a la tripulación abandonar el barco en 20 minutos. Un grupo de asalto alemán fue a bordo del Uruguay para colocar cuatro cargas que explotaron a las 21:48. El hundimiento se aceleró con el disparo de seis rondas del cañón de cubierta.

La tripulación abandonó el barco argentino en dos botes salvavidas. El capitán y los doce miembros de la tripulación fueron recogidos por el pesquero español Ramoncín y desembarcados en La Coruña, España. La otra embarcación con 15 ocupantes nunca fue encontrada.

Una apostilla: en septiembre de 1941, un oficial de la Marina, el capitán Ernesto Villanueva, presentó a sus superiores un plan para recuperar las Malvinas por medio de una expedición militar relámpago, aprovechando la situación de debilidad del Reino Unido, absorbido y rebasado por la ímproba guerra contra el Eje en el hemisferio norte. El plan fue evaluado, pero no prosperó, fundamentalmente por la tradicional anglofilia de la Armada Argentina y de las autoridades civiles (Ortiz no era proclive a un conflicto con el imperio británico, con el que siempre se esforzó en mantener amistosas relaciones diplomáticas y fructíferas relaciones comerciales).

Durante dos años y tres meses, Argentina y los demás países latinoamericanos no tuvieron mayores dificultades para sostener la neutralidad, más allá de algunas quejas minoritarias que adquirían cierta fuerza cuando los submarinos alemanes hundían algún mercante o carguero. Pero la situación dio un giro de 180 grados cuando el 7 de diciembre de 1941 la Armada Imperial Japonesa llevó a cabo un ataque masivo y preventivo por sorpresa –sin que mediara ninguna declaración formal de guerra– contra Pearl Harbor (Hawái), una de las mayores bases navales de los Estados Unidos en el Pacífico, que causó muchos estragos materiales y humanos. Cuatro días después, Berlín y Roma declararon la guerra a Washington, en respaldo a Tokio. Inmediatamente, la mayor potencia del mundo ingresó a la contienda con toda su capacidad industrial, demográfica y militar, alterando por completo la correlación de fuerzas a favor de los Aliados, como en la Gran Guerra (aunque esta vez, tuvo que compartir el protagonismo con la Unión Soviética, especialmente en el teatro europeo).

Al entrar en guerra, los Estados Unidos exhortaron a todos los países latinoamericanos –en nombre de la seguridad hemisférica y la solidaridad panamericana– a seguir sus pasos o, cuanto menos, a romper relaciones diplomáticas con las potencias del Eje. Los gobiernos que se mostraron renuentes, sufrieron fuertes presiones diplomáticas y extorsiones económicas diversas, las cuales fueron in crescendo. Los años de la buena vecindad quedaron atrás. El imperialismo yanqui recrudeció.

Como era de esperar por su pequeñez, cercanía y extrema dependencia, los países de Centroamérica y el Caribe fueron los más complacientes y diligentes en su política exterior. Panamá llegó a la ridiculez de declarar la guerra a Japón un día antes que los propios Estados Unidos (sic). Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras y Nicaragua lo hicieron la misma jornada; Cuba, al día siguiente. Antes de Navidad, todas estas naciones del backyard habían ampliado su hostilidad a Alemania e Italia, siguiendo de cerca el ejemplo yanqui. México, con Lázaro Cárdenas de presidente, declararía la guerra a las potencias del Eje en mayo del 42; el Brasil de Getúlio Vargas, primer estado sudamericano en hacerlo, hacia agosto. Le siguieron Bolivia y Colombia, en abril y noviembre de 1943, respectivamente. En febrero de 1945, a poco de terminar la guerra en Europa, se sumó a la causa aliada un pelotón de otros cinco países sudamericanos: Ecuador, Paraguay, Perú, Venezuela y Uruguay. ¿Argentina? Más tardíamente aún: el 27 de marzo del 45, apenas seis semanas antes de la capitulación germana (7 de mayo). ¿El último de los mohicanos? Chile, que le declararía la guerra a Japón entrado el mes de abril, aunque nunca al Tercer Reich, debido a su cantidad inusualmente elevada de inmigrantes alemanes y nativos germanófilos influyentes (en términos relativos, Chile contaba con la mayor colectividad alemana del continente, principalmente asentada en la Patagonia). Por supuesto que varios países latinoamericanos, antes de declarar la guerra a las potencias del Eje, rompieron relaciones diplomáticas con ellas. Tal fue el caso de Argentina, que lo hizo en enero de 1944. Pero no nos adelantemos, porque nuestro país vivió muchos cambios políticos internos antes de ese momento.

Hacia 1942, al gobierno de Ortiz se le tornó más difícil sostener la neutralidad, por dos razones. En primer lugar, Pearl Harbor había sido un punto de inflexión: las presiones diplomáticas y sanciones económicas de EE.UU. crecían, al tiempo que los dos mayores países latinoamericanos, Brasil y México, con decenas de mercantes y cargueros hundidos por los submarinos nazis, se sumaban a la causa aliada. En segundo lugar, se produjeron nuevos ataques submarinos de la Kriegsmarine a la marina mercante argentina: el 21 de abril, el buque cisterna Victoria, que cargaba lino, fue torpedeado por error (eso al menos dijeron las autoridades alemanas y argentinas) cerca de la costa atlántica estadounidense, a la latitud del cabo Hatteras, afortunadamente sin naufragio ni muertos; pero un mes después, el 22 de junio, el carguero Río Tercero, que había zarpado de Nueva York con destino a nuestro país, fue hundido por un U-202 a unas 120 millas de la costa norteamericana, esta vez con un saldo trágico de cinco jóvenes fallecidos. Como era de esperar, los sectores aliadófilos volvieron a reclamarle al gobierno de Ortiz que declarara la guerra a Alemania, o al menos que rompiera relaciones diplomáticas con el Eje. Sin embargo, Argentina perseveró en su estricto neutralismo de la mano del canciller Enrique Ruiz Guiñazú, distanciándose de México y Brasil.

Ortiz no pudo completar su mandato, debido a problemas de salud. Sufría diabetes, y quedó ciego. Tras varias licencias por enfermedad, finalmente presentó la renuncia en junio de 1942, cinco días después del hundimiento del Río Tercero. El vicepresidente Ramón Castillo, del partido conservador, se hizo cargo formalmente de la titularidad del Ejecutivo. Pocas semanas después, el presidente saliente falleció.

Ortiz había impulsado algunas reformas contra el fraude y la corrupción. Su deseo era sanear el sistema político de manera gradual, sin enemistarse con su coalición, la Concordancia. Pero al enfermarse y renunciar, sus reformas quedaron en la nada. Con Castillo en la presidencia, el fraude y la corrupción retornaron. No solo retornaron, sino que alcanzaron niveles extremos, inauditos. El gobierno volvió a manipular los comicios de manera descarada, y no dudó en utilizar la violencia para intimidar o eliminar a sus opositores. Por otro lado, hubo varios escándalos de corrupción: el negociado con las tierras del Palomar, el negociado de la CHADE (Compañía Hispanoamericana de Electricidad), el negociado de las carnes… No en vano esta época recibe el nombre de Década Infame.

La popularidad y legitimidad del nuevo gobierno de la Concordancia eran bajísimas. El giro Pearl Harbor de la Segunda Guerra Mundial y la intensificación de los ataques submarinos germanos habían complicado aún más las cosas. Las represalias comerciales de EE.UU. se hacían sentir (por ejemplo, la suspensión de las ventas de maquinaria, electrodomésticos, aceite y químicos a nuestro país). No obstante, Castillo mantuvo la política exterior neutralista de Ortiz, por las mismas razones que había tenido su jefe: pragmatismo económico, gobernabilidad política y simpatía probritánica. Eso no era del agrado de Roosevelt, pero sí de Churchill, quien le hizo saber al presidente norteamericano que Gran Bretaña necesitaba una Argentina agroexportadora y, por ende, neutral.

A fines de agosto del 42, Río de Janeiro denunció que aviones suyos habían avistado en aguas territoriales brasileñas a mercantes argentinos en contacto o cercanía con submarinos alemanes. Eso hizo sospechar al gobierno de Getúlio Vargas que nuestro país estaba abasteciendo a la Kriegsmarine y, por ende, violando las reglas de neutralidad. El Ministerio de Marina argentino inició una minuciosa investigación, y concluyó que la denuncia brasileña era infundada. No obstante, es probable que unos pocos mercantes hayan cumplido tareas de suministro a U-Boote de forma furtiva, a espaldas de las autoridades argentinas. Eso piensa el historiador Julio B. Mutti, especialista en la temática y autor del artículo «El mito de los barcos mercantes y los submarinos alemanes» (La Prensa, 25 de agosto de 2020).

En junio de 1943, el gobierno fraudulento y corrupto de Castillo fue derrocado por las Fuerzas Armadas. La Década Infame terminaba así de la misma forma en que había empezado trece años atrás: con un golpe militar, con la destitución violenta de un presidente constitucional. El golpe fue organizado y encabezado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos), el ala más nacionalista y autoritaria del Ejército, un sector de la derecha muy vinculado a la Iglesia católica y los grupos nazifascistas.

¿Por qué se produjo el golpe? Porque el GOU consideraba que había que terminar urgentemente con el fraude electoral y la corrupción política. Pronto habría elecciones presidenciales, y el candidato oficialista –o sea, el candidato apoyado por Castillo– era el oligarca salteño Robustiano Patrón Costas, un empresario azucarero muy poderoso y corrupto. El golpe se hizo para evitar que hubiera elecciones fraudulentas, y que Patrón Costas ganara.

Pero los golpistas tenían otro motivo preventivo, relacionado con la política exterior: evitar que la Argentina cediera a las presiones de EE.UU. y abandonara su neutralidad. Cuando se supo que Patrón Costas, si ganaba las elecciones, rompería relaciones con el Eje (era aliadófilo), el GOU se alarmó muchísimo. Dentro del GOU había muchos oficiales neutralistas, e incluso varios germanófilos. El golpe del 43 también tuvo bastante que ver con esta compleja cuestión.

La dictadura del GOU duraría tres años (1943-1946). Tres fueron sus presidentes de facto: Rawson, Ramírez y Farrell. Rawson gobernó solamente tres días, porque, al saberse que le había prometido a los Aliados que rompería relaciones diplomáticas con el Eje en 72 horas, fue destituido por sus compañeros. Ramírez, celoso neutralista, pudo permanecer en la Casa Rosada por nueve meses. El que duró más fue Farrell: dos años y algunos meses.

Fue una época que se caracterizó por el autoritarismo: clausura del Congreso, proscripción de los partidos políticos, persecución de las fuerzas de izquierda y del sindicalismo combativo, censura sobre la prensa, etc. Las provincias fueron intervenidas por el gobierno nacional, quedando a cargo de militares.

Pero no todas eran malas noticias. También hubo algunos avances en materia de legislación laboral, a favor de la clase obrera. Eso permitió un acercamiento entre el gobierno militar y el sindicalismo más moderado. En tal sentido, resultó clave la figura del coronel Juan Domingo Perón al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Perón y su área se fueron volviendo cada vez más importantes en la vida política argentina. Otro aspecto importante de esta época fue la continuidad de las políticas económicas intervencionistas o keynesianas, como la regulación de precios y el fomento de la industria. El GOU era nacionalista y antiliberal, aunque respetuoso del sistema capitalista.

La carestía de las manufacturas europeas provocada por la Segunda Guerra Mundial fue un nuevo y poderoso acicate a la industrialización por sustitución de importaciones, proceso que ya venía en curso desde la Gran Guerra y a lo largo de toda la Gran Depresión. Esto fue así no solo en Argentina, sino en varios otros estados latinoamericanos (Brasil, por ejemplo). Durante la dictadura militar del GOU, la industrialización por sustitución de importaciones continuaría, alcanzando su apogeo en los años del primer peronismo.

En mayo de 1944, por decreto de Farrell, se creó la Zona Militar de Comodoro Rivadavia, con capital en la ciudad homónima de la Patagonia. Esta nueva área administrativa de la República Argentina abarcaba el sur de Chubut y el norte de Santa Cruz (que en ese entonces eran territorios nacionales, no provincias), desde el golfo de San Jorge hasta la cordillera. Chubut y Santa Cruz dejaron de tener, así, una frontera compartida. La creación de la Zona Militar de Comodoro Rivadavia respondió a consideraciones geoestratégicas de coyuntura: el temor de las Fuerzas Armadas a que alguna de las potencias beligerantes de la Segunda Guerra Mundial quisiera apoderarse de la mayor reserva de hidrocarburos comprobada y explotada de todo el Cono Sur (el petróleo y el gas eran objeto de disputas imperialistas desde hacía muchos años, pero la conflagración planetaria iniciada en 1939 había exacerbado la puja de combustibles, por obvias razones de sobreutilización y escasez). La Zona Militar de Comodoro Rivadavia perduró hasta 1955, cuando su territorio fue devuelto a Chubut y Santa Cruz, jurisdicciones que en ese mismo momento recibieron el estatus de provincias).

La batalla del Río de la Plata (diciembre de 1939)

En América se libraron muy pocos combates de la Segunda Guerra Mundial. Fueron, además, relativamente pequeños y de escasa importancia. Por ejemplo, yanquis y japoneses lucharon en mar y tierra por el control de las islas Aleutianas, cerca de Alaska, no lejos del círculo polar ártico. Hubo también una batalla naval entre nazis y canadienses dentro del golfo de San Lorenzo, en la costa atlántica de Canadá. Pero no mucho más que eso…

El único combate de la Segunda Guerra Mundial que se libró en Sudamérica fue la batalla del Río de la Plata. Ocurrió el 13 de diciembre de 1939 en aguas del Atlántico Sur, a cierta distancia de la costa uruguaya. El acorazado de bolsillo alemán Graf Spee (que se llamaba así en homenaje al Almirante Spee de la Primera Guerra Mundial, muerto en la batalla de las Malvinas, ¿lo recuerdan?) se enfrentó a una escuadra británica de dos cruceros ligeros y uno pesado: el Ajax, el Achilles y el Exeter.

El Graf Spee estaba en inferioridad numérica, pero tenía un poder de fuego envidiable, que compensaba esa desventaja. De hecho, la batalla resultó –como mínimo– muy pareja. Tanto lo fue, que el Graf Spee tuvo chance de ganarla. Si bien el buque nazi sufrió daños importantes, mucho mayores fueron los que provocó a los ingleses, cuya situación llegó a ser bastante delicada (el Exeter y el Ajax estaban al borde del hundimiento). Sin embargo, a tres horas y media de iniciadas las hostilidades, el capitán Hans Langsdorff, creyendo que la flota británica estaba en mejores condiciones, le pareció que lo más prudente era replegarse.

Perseguido y bombardeado por los cruceros ingleses, el Graf Spee llegó a Montevideo en busca de refugio: un puerto donde poder hacer reparaciones y conseguir atención hospitalaria para los marineros heridos. Pero el gobierno uruguayo era amigo de Gran Bretaña. Prohibió que los astilleros de Montevideo auxiliaran al Graf Spee, y le dio un ultimátum de 48 horas –que luego se amplió a 72– para que abandonara el puerto. Langsdorff sabía que, si salía de la bahía de Montevideo, la flota inglesa se le vendría encima, y que esta había recibido un poderoso refuerzo desde la base naval de las Malvinas: el crucero pesado Cumberland.

¿Qué resolvió Langsdorff en ese trance? Hundir su barco haciéndolo dinamitar, para que los británicos no pudieran apoderarse de él. El 17 de diciembre, el Graf Spee se alejó un poco del puerto y explotó, naufragando rápidamente. Antes de la explosión, Langsdorff y toda la tripulación –más de mil marineros y oficiales– habían transbordado al buque mercante alemán Tacoma.

¿A dónde fueron entonces? Una parte volvió a Uruguay, pero la mayoría pidió asilo en Buenos Aires, donde el gobierno argentino (en ese tiempo Ortiz era el presidente) ordenó que los oficiales fueran internados en el Hotel de Inmigrantes, y los marineros en distintos cuarteles. Uruguay hizo lo mismo: dispuso la internación (léase: un confinamiento más benigno que la cárcel).

Tras unos pocos meses, los alemanes fueron puestos en libertad. Villa General Belgrano, en las sierras de Córdoba, donde había una colectividad de inmigrantes alemanes, fue el principal destino de los tripulantes del Graf Spee. Al recuperar su libertad, los oficiales se fugaron a Alemania, tanto desde Argentina como desde Uruguay. Los marineros, en cambio, prefirieron mayormente quedarse a vivir en el Río de la Plata, sobre todo en Córdoba. Algunos se radicaron en Buenos Aires y Santa Fe.

Mendoza, la provincia donde escribo estas líneas, recibió al menos cien marineros del Graf Spee. Arribaron en tren, el 18 de marzo de 1940. Muchos se quedaron a vivir aquí para siempre. Por ejemplo, Gustav Neumann, quien se casaría con una mendocina y conseguiría empleo como profesor de atletismo en el Liceo Militar, el colegio Maristas y el club YPF. Neumann es recordado como uno de los pioneros de la gimnasia deportiva y artística en Mendoza.

¿Qué fue de Langsdorff? Se quitó la vida en un cuarto de hotel de Buenos Aires, de un disparo en la cabeza, vestido de uniforme y envuelto en una bandera de la Kriegsmarine. No está clara la razón de su suicidio. Lo que se sabe es que Hitler estaba furioso con él, porque quería que el Graf Spee se hundiera combatiendo numantinamente contra los ingleses, y que todos sus tripulantes –incluyendo los oficiales y el capitán– tuvieran una muerte heroica en acción, ya sea bajo fuego enemigo o por ahogamiento. Es probable, por ende, que el suicidio haya sido por pedido o instigación de los nazis, ofendidos por su «cobardía». O quizás, simplemente Langsdorff no haya soportado la culpa o vergüenza de no haber hecho lo que se esperaba de él. Era consciente de que había defraudado al Führer, y que no había honrado la tradición de la Marina de Guerra germana, según la cual los capitanes no debían sobrevivir al hundimiento de sus barcos. También existe la posibilidad de que se haya suicidado por temor a que su gobierno, tarde o temprano, lo atrapara y le hiciera vivir un calvario (cárcel, torturas, ejecución).

La batalla del Río de la Plata dejó una huella muy profunda en la memoria colectiva y el imaginario cultural de nuestro país. Se volvió una leyenda urbana, un terreno fértil para la imaginación y fabulación populares. Hablar de Argentina y la Segunda Guerra Mundial es, la mayor de las veces, hablar del espectacular hundimiento del Graf Spee y las vicisitudes rioplatenses de sus marineros. Es el símbolo sintético de una época, un ícono histórico.

Argentina, Perón y el final de la Segunda Guerra Mundial

Como ya vimos, nuestro país fue neutral durante toda la Primera Guerra Mundial, hasta el último día. En la Segunda también trató de serlo, pero le resultó mucho más difícil sostener esa posición hasta el final, debido a la enorme presión de Estados Unidos. La presión en 1941-45 fue mucho mayor que en 1917-18, por una sencilla razón: el poderío económico y militar del coloso norteamericano se había incrementado sensiblemente durante el período de Entreguerras, y, por lo tanto, su hegemonía continental.

Recordemos que el presidente conservador Ramón Castillo había sido derrocado por los militares nacionalistas en 1943 porque apoyaba como candidato sucesor a Patrón Costas, aliadófilo. Los oficiales del GOU simpatizaban con el Eje y no querían que Argentina le declarara la guerra, por eso dieron un golpe. Fue una acción preventiva, una forma de asegurarse que la neutralidad continuara.

Sin embargo, en enero del 44, la dictadura militar tuvo que ceder, y rompió relaciones diplomáticas con la Alemania nazi y el Imperio del Japón (Italia, para entonces, no contaba como estado enemigo, pues gran parte de su territorio ya había sido liberado por los Aliados, y el restante estaba bajo ocupación germana, con un gobierno títere). No era una declaración de guerra, pero sirvió para calmar a EE.UU. por un tiempo. Además, para ese momento, ya era evidente que el Eje sería derrotado, y el gobierno argentino lo sabía. Cuando Farrell reemplazó a Ramírez, el sector neutralista germanófilo del Ejército empezó a perder terreno rápidamente. En marzo de 1945, la República Argentina finalmente le declaró la guerra a Alemania y al Imperio del Japón.

Fue algo puramente simbólico, porque la guerra estaba terminando (los nazis se rendirían en mayo y los japoneses en septiembre). A diferencia de Brasil y México, que declararon la guerra bastante antes (1942), Argentina nunca llegó a enviar una fuerza militar hacia Europa o el Pacífico. El Ejército brasileño colaboró con una división de infantería completa –la FEB, con casi 25 mil soldados– en la campaña de Italia, la cual combatió contra alemanes y fascistas italianos en la Línea Gótica y más al norte. México, por su parte, envió un contingente de aviones –el Escuadrón 201, con 25 cazabombarderos y 10 monoplanos– a Filipinas y Taiwán, que debió luchar contra los japoneses. Nada parecido hizo la Argentina, y los Estados Unidos no olvidarían el «desaire».

¿Hubo una fuerte actividad del espionaje nazi en Argentina, antes y durante la Segunda Guerra Mundial? Sí, nuestro país fue un foco importantísimo de la Operación Bolívar (el accionar de inteligencia del Tercer Reich en América Latina), sobre todo luego de que México y Brasil declararan la guerra al Eje. El Sicherheitsdienst mantenía fluidos contactos con la colonia germano-argentina, sus empresas e instituciones. El partido nazi llegó a tener, inclusive, una filial en Argentina, con miles de afiliados, la cual organizaba mítines y otros eventos en defensa de la neutralidad. Hubo también diarios abiertamente pronazis, como Clarinada, Bandera Argentina, Pampero y Crisol. Las escuelas y colegios privados de las colectividades alemana e italiana se nazificaron y fascistizaron: doctrina, estética, rituales. Pero estas cosas pasaron en todo el continente, incluso en los Estados Unidos.

Entre los militares nacionalistas y golpistas del GOU figuraba el coronel Juan Domingo Perón. Perón empezó a relacionarse con los sectores más moderados del sindicalismo. Sus propuestas de «dignificar el trabajo» tuvieron buena recepción en la CGT. Se fue consolidando así una alianza entre el sector obrerista del Ejército y el sector más dialoguista del movimiento obrero. Perón fue nombrado jefe del Departamento de Trabajo, y comenzó a hacer las reformas que había prometido: derechos laborales, convenios colectivos de trabajo, políticas de previsión social, etc.

Perón se fue volviendo cada vez más influyente y poderoso dentro del gobierno. Su Departamento de Trabajo fue elevado a la categoría de Secretaría, y se lo designó también vicepresidente y ministro de Guerra. Esto generó un gran malestar en la oligarquía y los empresarios, igual que en los sectores más conservadores de las Fuerzas Armadas (en la Marina, sobre todo).

Hacia mediados de 1945, ya se puede hablar de una grieta entre peronistas y antiperonistas. El conflicto se fue volviendo cada vez más intenso, más virulento. Al frente del antiperonismo se puso Spruille Braden, el embajador de EE.UU., quien no dudó en entrometerse al máximo en los asuntos internos de la Argentina. Sin pelos en la lengua, Braden acusó una y otra vez al gobierno de ser fascista, incluso nazi. Alemania ya se había rendido, pero la desnazificación en Europa estaba en pleno auge, y trascendían las primeras noticias y fotos sobre el horror genocida de la Shoá.

Debido a las presiones, el presidente Farrell le pidió la renuncia a Perón, quien quedó detenido. Estos hechos derivarían en la célebre jornada del 17 de octubre. El gobierno y los antiperonistas llegaron a un acuerdo: Perón quedaba en libertad, pero debía renunciar a todos sus cargos. Se convocaría a elecciones pronto, y en ellas se permitiría que Perón participase como el candidato a presidente del oficialismo.

Los comicios se celebraron en febrero de 1946. La campaña electoral fue muy agitada, debido a la polarización peronismo vs. antiperonismo. El tono fue muy vehemente y agresivo, con muchas acusaciones graves. La UD decía que Perón era fascista, un secuaz de los nazis. La coalición antiperonista se limitaba a reproducir las denuncias del famoso Libro Azul de Braden, premeditadamente escrito, impreso y distribuido en ese momento para desprestigiar al oficialismo y su candidato. Los peronistas, por su parte, decían que sus adversarios eran «oligarcas» y «cipayos». El eslogan antiimperialista «Braden o Perón», usado profusamente por los peronistas, tuvo mucho éxito de propaganda.

¿Quién ganó las elecciones? Perón, que asumió la presidencia en junio de 1946.

El peronismo y la Posguerra

Mucho se podría decir en este apartado, en múltiples direcciones históricas (relaciones exteriores, economía, cultura, etc.), pero excedería el propósito de este artículo, que no busca ir demasiado más allá de 1945. Solo abordaremos algunos puntos esenciales.

La victoria de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial reforzó sensiblemente su estatus de mayor potencia mundial, y también, por ende, su vocación hegemonista sobre América Latina, incluyendo el Cono Sur, donde antaño su influencia no había sido tan fuerte como en México, Centroamérica y el Caribe. Los antecedentes de neutralismo pertinaz de la Argentina fueron una razón clave de la hostilidad yanqui hacia el gobierno peronista, que en buena medida podía considerarse heredero de la llamada Revolución de Junio.

Hubo mucho de simplificación, exageración y tergiversación maliciosas en la mala fama (acusaciones y sospechas de nazismo o filonazismo) del nuevo régimen. Las chicanas y fake news estuvieron a la orden del día, en el marco de la polarización interna peronismo-antiperonismo y toda la politiquería facciosa que trajo aparejada. Por ejemplo, los grandes diarios liberales hicieron dulce con la noticia de los dos submarinos germanos que se rindieron en el puerto de Mar del Plata meses después de la capitulación de Alemania, lanzando al ruedo todo tipo de conjeturas y bulos, entre otros, que habrían traído de incógnito a Hitler y Eva Braun, o que sus tripulantes habrían desembarco y escondido un fabuloso tesoro para financiar en el futuro un Cuarto Reich.

Los militares golpistas del Ejército –entre ellos Perón– que gobernaron Argentina entre 1943 y 1946 tenían diferencias ideológicas entre sí, más allá de algunos denominadores comunes de derecha como el nacionalismo, el antiliberalismo, el anticomunismo y el integrismo católico. Entre las motivaciones de su neutralismo, no siempre estaba la germanofilia; germanofilia que, por lo demás, no necesariamente era pronazi en todos los casos (podía ser una admiración por Alemania de tipo más profesional, castrense); y cuando la germanofilia sí estaba presente, por lo general no era la motivación principal. La motivación principal de su neutralismo –esto vale también para Perón– era el antiimperialismo, concretamente, la hostilidad política y cultural hacia las dos potencias protestantes anglosajonas.

Sin embargo, desde Estados Unidos y Gran Bretaña, dicha hostilidad era demonizada mecánicamente como «germanofilia» o «fascismo», del mismo modo en que hoy cualquier crítica al gobierno de Israel por la cuestión palestina es rotulada sin sutilezas de «antisemitismo». Son falacias de espantapájaros. Todo eso no quita que hubo sectores fascistas y filofascistas en el Ejército, y también en el gobierno militar del GOU, fuertemente ligados a partidos y grupos nacionalistas de extrema derecha (filonazis o abiertamente nazis, rabiosamente antisemitas casi siempre), y a las embajadas y colectividades de Alemania e Italia en Argentina. Eso no cambió demasiado durante la etapa peronista, terminada la Segunda Guerra Mundial, fuera del hecho obvio que el nazismo y el fascismo dejaron de ser gobierno en sus respectivas patrias, y de tener, por lo tanto, presencia diplomática en el extranjero.

Muchos alemanes nazis, italianos fascistas y europeos colaboracionistas del Eje –de hecho, una cantidad inusualmente elevada, en comparación con otros países– encontraron refugio secreto en la Argentina de Perón, con el aliento, auxilio o permiso de las autoridades, o cuanto menos con su tolerancia. Tanto militares como civiles. Algunos de ellos eran jerarcas o figuras importantes, otros no tanto: los alemanes Eichmann, Mengele, Schwammberger, Priebke, etc.; el italiano Bruno Caneva; croatas ustachas como Pavelic; franceses derechistas del régimen de Vichy, como Jacques de Mahieu; y un largo etcétera. No pocos eran intensamente buscados para ser juzgados por numerosos crímenes de guerra y lesa humanidad, especialmente en relación a la Shoá. Por supuesto que hubo –y hay– fabulaciones o exageraciones tendenciosas y sensacionalistas al respecto. Por supuesto que se podrían trazar matices aquí o allá al cuadro general, como recordar que otros estados hicieron lo mismo, o algo parecido (entre ellos, EE.UU.); o que el motivo por el cual se les abrió las puertas a esos siniestros personajes era el pragmatismo de querer aprovechar sus cualificados saberes científicos, técnicos o profesionales, y no la simpatía ideológica; o que Argentina también dio generoso asilo humanitario a miles de judíos, algo que otros no hicieron; o que, dentro de la comunidad israelita, había un importante sector peronista, el cual mantenía excelentes relaciones con el gobierno de Perón. Reducir la Argentina peronista de los años 40 a un reducto nazi sería inexacto e injusto. Pero la indulgencia y solidaridad de Perón con los refugiados europeos del Eje no admite discusión seria.

Reconocer esto no significa sugerir que Perón y el peronismo temprano eran nazis. El justicialismo de los años 40 era un movimiento populista muy amplio y heterogéneo, con múltiples tendencias ideológicas internas, que debió acusar recibo –autocríticamente o con resignado realismo– de la derrota del Eje. Pero se puede afirmar, sin dudar, que el primer peronismo, el peronismo clásico, tuvo bolsones de derecha y extrema derecha, tanto a nivel oficial como partidario y sindical. En tales bolsones pululaban católicos integristas, antisemitas, simpatizantes del franquismo, fascistas y nostálgicos del nazismo, algo que Perón nunca ignoró, y que siempre aceptó de buen o mal grado. Por lo demás, el peronismo tenía muchas ambigüedades y sinuosidades en su ideología «tercerista», igual que el propio Perón, quien no se privó de ciertos coqueteos con el nazifascismo –más que nada en su variante italiana– durante el período de Entreguerras y los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. En el país del Duce, entre 1940 y 1941, cumplió servicios como observador y asistente del agregado militar de la embajada argentina; y es un hecho que volvió a la Argentina entusiasmado con mucho de lo que había visto, como revelan sus cartas y testimonios de terceros.

No podemos cerrar este apartado sin decir algunas líneas sobre economía. La política económica del primer gobierno de Perón, con su impronta nacionalista-estatista e industrialista, es imposible de entender sin el contexto de la Posguerra. La crisis bélica y los problemas para comprar manufacturas en Europa –que no se solucionaron rápido cuando la contienda terminó– potenciaron el proceso de industrialización por sustitución de importaciones. El conflicto entre Buenos Aires y Londres por los 150 millones de libras esterlinas bloqueadas en el Banco de Inglaterra (deuda británica con la Argentina por los suministros de carnes y granos que Reino Unido no estuvo en condiciones de pagar durante la guerra) llegó a su paroxismo en 1947, cuando el gobierno inglés declaró la inconvertibilidad de su moneda. El litigio derivó en la nacionalización de los ferrocarriles británicos en la Argentina, a cambio de las libras bloqueadas. Los años de la dependencia económica de nuestro país con Gran Bretaña iban quedando atrás, en el marco del declive imperial británico en todo el mundo y la consagración hegemónica de dos superpotencias: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Reflexiones finales

Desde las izquierdas, con una larga y vigorosa tradición antiimperialista, se ha criticado y denunciado insistentemente –generalmente con toda, mucha o bastante razón– los atropellos en América Latina de las dos potencias hegemónicas anglosajonas. Hablamos, claro está, del Reino Unido y los Estados Unidos, cuya importancia ha variado según la época y la zona. La tendencia general, en el largo plazo, ha sido a un descenso de la influencia británica y un ascenso de la influencia estadounidense; aunque en México, Centroamérica y gran parte del Caribe esa tendencia se manifestó mucho antes de la Primera Guerra Mundial, desde mediados o último tercio del siglo XIX.

El antiimperialismo latinoamericano, a menudo, ha ido de la mano con diagnósticos geopolíticos y posicionamientos estratégicos campistas. El campismo plantea la necesidad o conveniencia tácticas de que las izquierdas, ante los conflictos interestatales mundiales o regionales, frente a los campos antagónicos existentes en las relaciones exteriores de los países, tomen partido por el mejor bando, o el bando menos malo, de acuerdo a los valores e intereses del socialismo, vale decir, según qué tan progresivas o regresivas sean, en términos de desarrollo histórico, las distintas potencias o naciones. Así, por ejemplo, en la guerra fría, se debía estar a favor de la URSS y en contra de EE.UU., porque, por muy imperfecto que fuera el socialismo real, y por muy hegemonista que fuera el Kremlin en la Europa del Este, esos defectos resultaban secundarios y excusables –se argüía– ante la opresión capitalista e imperialista de Occidente. Otro botón de muestra: si un país del llamado Tercer Mundo era víctima de un ultraje colonial o neocolonial, había que solidarizarse con su gobierno si este plantaba cara, aunque tal gobierno fuera una tiranía burguesa y corrupta que practicaba el terrorismo de estado, como en el caso de Argentina y la última dictadura militar durante la guerra de Malvinas, o como en el caso del Irak de Saddam Hussein durante la guerra del Golfo o la invasión de 2003.

El peso del campismo ha hecho que la historiografía latinoamericana de izquierdas, en muchos casos, incurra en simplificaciones a la hora de explicar o interpretar la política exterior de los países de nuestra región durante las guerras mundiales. El abandono de la neutralidad en 1917 y 1941 se ha solido atribuir meramente a un «cipayismo» obsecuente, del todo repudiable, o bien, en el mejor de los casos, a una fatalidad histórica de pathos trágico: la «obediencia debida» hacia la gran potencia del norte, en el marco de un férreo sistema capitalista signado por el desarrollo desigual y combinado, y la dependencia centro-periferia.

Esta interpretación, aunque encierra mucha verdad, peca de esquemática cuando se la asume desde una perspectiva monocausal. Las guerras mundiales y sus impactos latinoamericanos fueron procesos históricos complejos. Sin negar ni subestimar el gran peso de la influencia estadounidense en los parteaguas de 1917 y 1941, debe reconocerse que la guerra submarina a ultranza de Alemania fue un problema real. Este problema ha sido muchas veces ignorado o minimizado, debido a un excesivo sesgo antiimperialista y campista. No es algo baladí que un país neutral vea sus costosos barcos mercantes con valiosos cargamentos (cargamentos de alimentos o materias primas, no de material bélico) reiteradamente hundidos, a causa de las agresiones militares de una potencia extranjera. Menos baladí aún es que mueran o resulten heridos –repetidamente– civiles compatriotas inocentes en explosiones o naufragios provocados por detonaciones de torpedo, sin preaviso; o que los tripulantes sobrevivientes no sean transportados a puerto seguro como marca la costumbre humanitaria naval, y queden abandonados en botes salvavidas en alta mar. La acumulación de estos atropellos, en muchos casos, condujo a la sensación y convicción de que Alemania había cruzado una línea roja, y que ya no era sensato y honroso mantener la neutralidad. Tal fue el caso de México y Brasil, países que sufrieron numerosas pérdidas materiales y humanas durante las dos guerras mundiales a manos de los U-Boote. ¿Su rupturismo puede ser reducido sin más a cipayismo u obediencia debida con el Tío Sam? Claramente no, al menos que estemos dispuestos a sacrificar el rigor histórico por un apriori político antiimperialista-campista.

En cierto que Argentina no sufrió tantas pérdidas materiales y humanas como Brasil y México cuando Alemania radicalizó su guerra submarina. Pero tampoco fue de los países latinoamericanos menos afectados. Sufrió mermas considerables en ambas guerras, tanto en buques y cargamentos como en vidas humanas. No quiero sugerir con esto que Argentina hizo mal en perseverar en su neutralismo hasta el final o casi el final. Lo que intento decir es que, en retrospectiva, debiéramos tener una posición más matizada –nobleza obliga– sobre las razones de los rupturistas aliadófilos. Sería simplista e injusto no ver otra cosa más que injerencias de –y complacencias con– los Estados Unidos.

Se podría contraargumentar lo siguiente: si no hubo tanta heteronomía en la política exterior, y si la guerra submarina irrestricta de Alemania era tan grave e inadmisible, ¿por qué los países latinoamericanos no abandonaron su neutralidad antes, y no después que Estados Unidos? La cronología de las rupturas de relaciones diplomáticas y declaraciones de guerra en nuestra región resulta, cuanto menos, muy sospechosa… Sin embargo, esta atendible objeción no tiene en cuenta un aspecto medular del proceso: los ataques de los U-Boote germanos se intensificaron muchísimo poco antes y después de que EE.UU. ingresara a la guerra. Objetivamente, no había tantas razones para romper la neutralidad con antelación a 1917 y 1941, solo algunos hechos aislados. La radicalización de la guerra submarina alemana y el ingreso del Tío Sam a la refriega fueron históricamente de la mano (de hecho, estuvieron causalmente interconectadas, sobre todo en la Primera Guerra Mundial). Por supuesto que lo segundo incidió muchísimo en el cambio de la política exterior de los países latinoamericanos, pero lo primero no debe ser ignorado o minimizado con ligereza.

Con varios matices, esto es aplicable al caso de Argentina. Considerando las pérdidas materiales y humanas sufridas a manos de los sumergibles germanos, no hubiera sido un proceder tan descabellado, injustificado o lamebotas que la Argentina abandonara su neutralismo en la Gran Guerra hacia 1917, o que en la Segunda Guerra Mundial no demorara tanto su cambio de rumbo. No me refiero a la declaración de guerra, ni real ni simbólica. Eso hubiera sido seguramente un exceso de revanchismo, patriotismo, militarismo o cipayismo. Me refiero a la simple ruptura de relaciones diplomáticas con Berlín. Con la mayor serenidad y mesura crítica que da la perspectiva histórica de largo aliento, evaluando las pérdidas materiales y humanas acumuladas, resulta difícil no considerar cuestionable que las autoridades argentinas no hayan dado aquel paso antes, como hicieron otros países latinoamericanos. Maticemos: a Yrigoyen debe concedérsele que, en la etapa final de la Gran Guerra, cuando Alemania extremó su guerra submarina, hubo varios buques hundidos, pero en general no se registraron muertos. Además, el caso excepcionalmente trágico del Curumalán, más allá de las fundadas sospechas que apuntaban a la Kaiserliche Marine, nunca pudo ser esclarecido. En cambio, en la Segunda Guerra Mundial, durante los gobiernos de la Concordancia y la dictadura del GOU, la mortandad de marinos civiles inocentes en los hundimientos causados por ataques de U-Boote fue claramente mayor, y quedó debidamente verificada. Sea por pragmatismo económico, germanofilia o excesivos escrúpulos antiimperialistas ante Estados Unidos, lo cierto es que Argentina nunca rompió relaciones diplomáticas con Berlín en la Primera Guerra Mundial, ni siquiera durante el tramo tardío de 1917-18; y en la Segunda, lo hizo con una demora difícil de avalar o disculpar, lo cual dio pábulo a las interpretaciones más tremendistas o exageradas: la neutralidad de Ortiz-Castillo (1939-43) como indicio claro de «germanofilia», y la neutralidad del régimen militar posterior (1943-45) como prueba contundente de su «nazismo». Las cosas fueron más complejas, como hemos tenido oportunidad de constatar en este escrito, que aquí termina, dejando mucho en el tintero. La historia de Argentina en las guerras mundiales –permítaseme la captatio benevolentiae– constituye un tópico de una amplitud y complejidad inagotables, al menos en un artículo de síntesis divulgativa como quiere ser este.

Federico Mare

Mendoza, agosto de 2022

 

Bibliografía consultada y recomendada

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