Una Conferencia sobre el sentido común y la crisis históricas (I). Recordando a Manuel Sacristán (1925-1985), veinticinco años después

Salvador López Arnal

Sobre el Sacristán que podemos seguir leyendo en el siglo XXI.

Salvador López Arnal

Con escasas opiniones divergentes [1], es ampliamente reconocida la importancia política y cultural de la prolongada, diversa y densamente poblada arista de Manuel Sacristán como conferenciante. Algunos de sus grandes trabajos y artículos fueron inicialmente conferencias. “El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia”, “La universidad y la division del trabajo” y “Studium generale para todos los días de la semana” son tres ejemplos destacados.

Durante su estancia en Alemania, en el Instituto de lógica de Münster, probablemente en alguno de sus períodos de descanso, Sacristán impartió en Barcelona una conferencia con el título ”Hay una buena oportunidad para el sentido común”. Fue en un curso organizado, en 1954, por el Instituto de Estudios Hispánicos. Seguramente fue una de sus primeras intervenciones públicas.

En el folleto de presentación del curso, después de las citas iniciales de Nietzsche (1878), Ortega (1930) y Alfred Weber (1935), podía leerse:

Nuestro mundo cultural visto por hombres intelectualmente jóvenes. Una serie de reflexiones sobre aspectos de presente y las posibilidades del inmediato futuro a través de españoles nacidos no antes de 1914. Once conferencias bajo el tema ‘Panorama del porvenir’

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El marxismo praxeológico: Giulia Adinolfi y Manuel Sacristán -a propósito de una nota de Gregorio Morán-

Joaquín Miras Albarrán

El marxismo praxeológico: Giulia Adinolfi y Manuel Sacristán -a propósito de una nota de Gregorio Morán-

 

Joaquín Miras Albarrán

 

Acabo de leer en La Vanguardia el texto semanal, sabatino, de Gregorio Morán sobre Craxi. En un momento dado se refiere, de pasada, a la influencia de la cultura italiana en Cataluña, y se detiene en Giulia Adinolfi y Manolo Sacristán. Hace sobre ellos varias breves -y elogiosas- referencias a ambos. La primera, y sin ir más lejos, considerarlos el marxismo catalán, y, junto a otros, -cita Barral- causa del refinamiento cultural de la izquierda catalana. Eso es verdad. Las dos cosas: eran de Cataluña y ayudaron a que la cultura en Cataluña -en Barcelona, y hasta donde irradiara su influencia a través del partido-, el pensar, fuera mejor. Ellos fueron militantes del PSUC, partido de ámbito catalán. Se agradece que se indique eso, su compromiso con su sociedad, ahora que para ser catalán hay que proclamar el amor sin límites al pan con tomate. Añade luego otros dos matices, que son los que me gustaría comentar, y matizar. No sé, con todo, si mi opinión tendrá interés para alguien –“alguienes”- más que para los viejos del lugar. De hecho uno de los matices es lo que me ha llevado durante años a nunca sentirme capacitado para opinar, por falta de determinadas lecturas, y por lo escaso de los recuerdos sobre los que me baso, ecos de opiniones que solo son ecos de frases aisladas, y hora, que tengo ciertas lecturas hechas me da todavía más pereza entrar en el tema, por respeto en primer lugar a estos dos grandes maestros nuestros, en segundo lugar, porque no sé qué utilidad puede tener, pues su obra y su legado no son “frecuentados” –la ruptura es tan honda que para personas un poco más jóvenes que los viejos del lugar estos personajes son ya nombres sin cuerpo intelectual, iconos de personas de vida ejemplar, como mucho- y por último, porque, como muy bien sabe y ha experimentado Salvador López Arnal en carne propia, e pericoloso sporgersi a la finestra. Dice el periodista que sin la influencia de Giulia no se podría entender la interpretación de Gramsci que hacía Sacristán. Yo tengo una opinión –un barrunto- viejo, y es que había matices y hasta conceptos diferenciales. Seguramente una interpretación, la de Manolo –me permito lo que nunca me consiento, decir “Manolo” en lugar de Manuel sacristán- estaba fundamentada más desde la recepción analítica, menos referida a las culturas existentes, a la antropología del individuo, etc, (y se podría ver el distanciamiento sobre el historicismo de Gramsci), la insistencia más sobre el momento científico –que es la insistencia sobre la dirección externa, pues es el partido el que puede poner la ciencia- y la de Giulia más “croceana” y hegeliana, tal como lo era el marxismo italiano; el del hegeliano Labriola, que formó en el marxismo –que conocía- a Croce, y el de Gramsci y Togliatti, que eran universitarios de un país cuyo gran filósofo era Benedetto Croce, un gran hegeliano. Labriola, es el gran difusor del marxismo en Italia y su texto sobre el manifiesto no tiene desperdicio. Togliatti…tradujo 150 páginas de la Fenomenología del Espíritu. Esta otra lectura está más basada en la actividad que la cultura popular podía generar desde sus propios recursos. Más abocada a discutir contra los elementos culturales existentes retrógrados –“crítica”- y a propulsar los progresistas y a tratar de que los propios protagonistas, desde su cultura y su racionalidad práctica crearan nuevas prácticas y nuevas ideas: “marxismo cultural”, por decir algo…y sé que soy burdo con Sacristán. Sacristán aceptó y defendió la iniciativa del contrato laboral para funcionarios –esto va dentro de una vieja lucha de masas- no porque la ciencia científica se lo soplara al oído, no porque el comité universitario decidiera que dada la coyuntura internacional, y habida cuenta de la coyuntura económica y teniendo en cuenta la situación del régimen, y considerando que …esa era “la fetén” científica, sino porque en una asamblea de nivel estatal del movimiento de pnns celebrada en Granada esa había sido la propuesta surgida…

 

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Sobre el Sacristán que podemos seguir leyendo en el siglo XXI (I).

Salvador López Arnal

[…] De todas las formas de nombrar “al otro” necesario y posible del capitalismo inmundo, la palabra “comunismo” es la que conserva más sentido histórico y carga programática explosiva. Es la que evoca mejor lo común del reparto y de la igualdad, la puesta en común del poder, la solidaridad enfrentada al cálculo egoísta y a la competencia generalizada, la defensa de los bienes comunes de la humanidad, naturales y culturales, la extensión a los bienes de primera necesidad de un espacio de gratuidad (desmercantilización) de los servicios, contra la rapiña generalizada y la privatización del mundo.

Daniel Bensaïd (2009), “Potencias del comunismo”, Viento Sur

 

Cualquier aproximación a la bibliografía de Sacristán es inevitablemente deudora del documentado e imprescindible artículo de Juan-Ramón Capella “Aproximación a la bibliografía de Manuel Sacristán Luzón” (mientras tanto, 30-31, mayo 1987, pp. 193-223), trabajo que el propio autor ha revisado y ampliado en ocasiones posteriores [1]. A la pionera aportación del autor de La práctica de Manuel Sacristán. Una biografía política hay que sumar la tenaz y fructífera investigación de Miguel Manzanera en los archivos del PCE, del PSUC y de Francesc Vicens [2] además de la detalladísima bibliografía incorporada a su tesis doctoral [3] sobre la obra político-filosófica del traductor de El Capital.

Igualmente, todo análisis de “la obra” de Manuel Sacristán debería tener muy en cuenta su oceánica, su aléfica labor socrático-traductora. Sus más de cien traducciones, sus casi 30.000 páginas [4] vertidas a un deslumbrante castellano de autores tan diversos como Platón, Quine, Marx, Engels, Hasenjaeger, Church, Schumpeter, Lukács, Heller, Korsch, Geymonat, Labriola, Taton o Gramsci [5] producen vértigo y máximo reconocimiento ante una labor casi incomensurable hecha, además, en condiciones de extrema dificultad. Más de una generación de universitarios españoles, y de países latinoamericanos, se ha formado con esas traducciones cuyas presentaciones (e incluso sus pies de página de traductor) nunca pasaron desapercibidas [6]. Por lo demás, al aproximarnos a las dimesiones y registros de la obra y hacer de Sacristán corremos el riesgo de caer en la más flagrante injusticia: de una arista esencial de esa “obra”, de sus numerosas intervenciones en ámbitos académicos y ciudadanos con la finalidad, siempre presente en él, de cuidar, informar y cultivar la razón pública, quedan sólo algunos testimonios escritos, sonoros y/o filmados, muestra no siempre representativa de esta labor descomunal que tanto ha enseñado a numerosos ciudadanos y que ha generado tantas vocaciones de rebeldía y pasión veraz por el conocimiento.

De su vértice de profesor, trasterrado por presiones nacional-católicas a la Facultad de Económicas, sin cátedra de Lógica en una oposición hegemonizada por el Opus Dei y perdida de antemano en 1962, expulsado de la Universidad tres años más tarde por motivos políticos para ser tardíamente reconocido como catedrático universitario al final de su vida, los testiminios se agolpan desde atalayas diversas: no sólo fue un excelente profesor, cuando le dejaron serlo, dos décadas aproximadamente, sino que fue un maestro con un legado que permanece.

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Un clásico del marxismo hispánico en la colección Pensamiento Crítico

Salvador López Arnal

Un clásico del marxismo hispánico en la colección Pensamiento Crítico.

 

Salvador López Arnal

 

Manuel Sacristán Luzón falleció en agosto de 1985. Unos dos años más tarde, su amigo y discípulo Juan-Ramón Capella editaba Pacifismo, ecologismo y política alternativa (PEYPA) en Icaria, la misma editorial que había publicado entre 1983 y 1985 los cuatro primeros volúmenes de “Panfletos y Materiales”, nombre elegido por el propio Sacristán: Sobre Marx y marxismo, Papeles de filosofía, Intervenciones políticas y Lecturas.

El editor abría el volumen con una nota fechada en diciembre de 1986 en la que apuntaba:

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El legado de un maestro. Homenaje a Manuel Sacristán

José Luis Moreno Pestaña

Reseña de Salvador López Arnal e Iñaki Vázquez (eds.), El legado de un maestro. Homenaje a Manuel Sacristán, Barcelona, FIM-Ediciones de intervención cultural, 2007. (Publicada en El Viejo Topo, marzo 2009, pp. 91-94). Manuel Sacristán fue un personaje de nuestra vida cultural, un nombre con relieve en la historia política del siglo XX español y un pensador que dejó una impronta fundamental en nuestra filosofía: por la calidad y cantidad de sus discípulos, por la variedad de terrenos (de la literatura a la lógica) en los que tuvo algo que decir, por los debates que despertó y despierta. Personaje literario, versado en decirle a alguien ?culibaja? sonando a Adorno o Lukács ?en el retrato acidísimo que dejó de él Manuel Vázquez Montalbán en Asesinato en el comité central?, se le ha dedicado un importante documental, ha sido criticado por dogmático, filosóficamente anodino y maestro desquiciador de discípulos, pese a que esos calificativos se compadecen mal con otros testimonios y, los que se refieren a su pobreza intelectual, no cuadran, sobre todo, con la lectura de sus textos. Como pedía Marc Bloch a propósito de Robespierre, al lector le dan ganas de reclamar: sacristanistas, antisacristanistas, decidnos, por favor, solamente, quien fue Manuel Sacristán. Este libro, que recoge las jornadas de homenaje que se celebraron en el 2005 en Barcelona, escrito desde el afecto y la admiración, ayuda bastante a saber de él y deja otras preguntas abiertas. Biográficamente, como otros miembros de la inteligencia crítica española (Carlos París, Jesús Ibáñez, José María Valverde, Alfonso Ortí, José Luis López Aranguren, Ángel de Lucas) surgió del falangismo, al que se encontraba ligado por lazos familiares, tal y como explica Juan-Ramón Capella en su contribución. Su trayectoria, en ese sentido, no tiene nada de particular: el paso del falangismo juvenil a la izquierda en los años 50 fue una propiedad colectiva. Parece, de acuerdo con una anécdota que narra Capella, que ya de joven Sacristán era un hombre con mucho coraje, virtud ésta que supongo que ni el peor de sus críticos le negará, y que no siempre sobra entre los intelectuales y que quizá ayude a comprender alguno de los rasgos trágicos de su biografía. Queda preguntarse qué conecta, en dicha coyuntura, esas tres propiedades: Falange, izquierda e intelectuales y las similitudes y diferencias entre cada una de las concreciones empíricas de ese conjunto de propiedades. Su proceso de formación transcurre entre una pandilla de niños bien (Sacristán era hijo de un hombre de negocios franquista que tenía una imprenta, explicó Juan Carlos García Borrón en sus memorias), descritos por María Dolores Albiac, impresionados por Ortega y dados a las emulaciones intelectuales. Quizá podría ahondarse más en las variaciones sociales dentro de ese grupo y en los efectos posibles en las filias y fobias de cada uno por el resto. Jordi Gracia apunta agudamente en su contribución cuánto debe a Ortega el pensamiento maduro de Sacristán en temas tan importantes como la concepción de la universidad y la relación de la filosofía con otros saberes. Sacristán adquiere una gran formación lógica y combina, a finales de los años 50, tres rasgos muy raros en el panorama cultural y político español: militante comunista, especialista en Heidegger y en la fenomenología (tempranamente adquirida, señala las siempre estimulantes contribuciones de Laureano Bonet, en contacto con los textos literarios de Ortega) e impulsor de la lógica formal en España. Su manual de lógica fue central en el estudio de la materia en España y su filosofía de la lógica una aportación notable, según explica Luis Vega Reñón. Queda por explicar mejor su relación universitaria con Joaquín Carreras Artau, cuyo padre también tenía una imprenta, procedente del menendezpelayismo, medievalista reconocido, parece que liberal y gran profesor, pero un manifiesto incompetente a la hora de facilitar la vida universitaria a algunos de sus discípulos. Y eso que tuvo algunos muy buenos a los que no procuró una vida universitaria tranquila: García Borrón y Sacristán. La explicación política no basta para explicar qué hacía Sacristán en el relativo destierro de la Facultad de económicas y por qué nunca tuvo un lugar en la Facultad de filosofía de Barcelona. Con posiciones muy extremistas, otros navegaron muy bien en la Universidad y cualquiera sabe que, en este medio, incluso bajo una dictadura, los factores políticos se pliegan fácilmente ante el poder de otro tipo de relaciones. Como explicó José María Valverde en Acerca de Manuel Sacristán, a nuestro pensador no lo querían en la Facultad de filosofía. Como marxólogo, Sacristán cuando lee al clásico en los años 70, hizo contribuciones fundamentales para comprender la relación entre metafísica hegeliana y trabajo científico en Marx. Dicho análisis sobre los homenajes que rinden los vicios metafísicos a la virtud científica, contienen enseñanzas importantes para la sociología de las ciencias sociales y de la creatividad intelectual. Francisco José Martínez lo destaca en su contribución. Como teórico marxista, Sacristán tuvo una original concepción del trabajo dialéctico. Ésta describe muy bien el proceso científico de reconstrucción de cualquier realidad no aislada artificialmente, es decir, cualquier totalidad compleja, ?síntesis de múltiples determinaciones?. Por tanto, la visión del trabajo dialéctico que tenía Sacristán está en condiciones de sobrevivir al marco intelectual marxista. Como filosofo de las ciencias sociales, los textos de Sacristán se leen con mucho provecho, se estime o no al marxismo como programa de investigación o como el mejor programa de investigación. Las contribuciones de Francisco Fernández Buey y Miguel Candel permiten comprender la entidad filosófica del trabajo que Sacristán realizó dentro del marxismo, que no es lo mismo que trabajar encerrado en el marxismo. Porque el propio Sacristán, con una reflexión de aroma hegeliano, decía que el proyecto del marxismo era como el de la filosofía de Leibniz: prometía más de lo que era capaz de desarrollar, tenía más de promesa que de concreciones específicas. Pero todo el mundo trabaja desde algún sitio; sus resultados pueden elevarse por encima de dicho lugar y desarrollar lo que, quedándose en éste, se vería agobiado por la estrechez. Es el caso, creo, de los potentes desarrollos epistemológicos sobre las ciencias sociales de Manuel Sacristán. En su faceta de teórico de la filosofía (de ?filósofo de la filosofía?), el libro contiene una importante carencia: la no consideración del debate que Sacristán motivó con Gustavo Bueno, uno de los filósofos españoles con obra más rica y extensa, y durante tiempo, una variante muy consistente del pensamiento marxista en España. Ese debate tuvo un impacto importante e ignorarlo no ayuda a comprenderlo y a pensarlo. Como tal, este debate aún está esperando una reconstrucción precisa (algunas de importante valor ya existen) y, no vendría mal, una nueva evaluación del mismo. En una ocasión se refiere Sacristán a Ortega cuando éste ?en Misión de la Universidad? decía que si los obreros dominasen, estos debían estar a la altura de su tiempo. Sacristán consagró una importante vida militante al PSUC y lo hizo procurando que la ideología comunista estuviera engarzada con lo mejor del pensamiento racional. Carlos Piera explica cuán moderadas parecían en la época las propuestas de Sacristán en medio de la fantasía revolucionaria reinante. Salvador López Arnal y Joan Benach analizan el cuidado con el que Sacristán, dentro de su racionalismo, intentó comprender las críticas románticas a la ciencia y a la civilización occidental y capturar su núcleo de verdad. Tampoco en este punto, Sacristán es un pensador evidente: su pensamiento contiene muchas fuentes. Algo que matizaba su paladar filosófico y le impedía entregarse a la descalificación grosera de las tradiciones filosóficas y políticas que le eran más o menos ajenas. En tales gestos, que evitan la condena ignorante y la polémica avinagrada, su ejemplo necesita ser promovido con decisión. Sacristán permaneció fiel al marxismo aunque después de la Primavera de Praga dejó de creer en el potencial liberador del socialismo real. Permaneció como marxista por continuar en una tradición ?lo explica Carlos Piera reproduciendo un interesante debate con su mujer Giulia Adinolfi?, en la que, él lo sabía bien, estaban lo mejor y lo peor. Sacristán, utilizando un concepto complejo de religión al que se refiere en su intervención José María Ripalda, terminó por considerar al marxismo una religión obrera, la culminación de una cultura proletaria que incorpora saber científico de su época con un mensaje colectivo de salvación. Y a esa tradición que combinaba verdades de hecho, una sensibilidad colectiva y fines político-morales, no quiso renunciar Sacristán. En esa tradición surgieron pensadores cercanos a él: entre otros, el importantísimo Otto Neurath ?¿para cuando una versión castellana, como es debido, de sus textos?? y el último Nikolai Bujarin, preocupado en su celda de la Lubianka, por fundamentar ecológicamente el materialismo. Enric Tello lo advierte en su interesante aportación. Este libro muestra algo: el Sacristán intelectual tiene muchos prismas posibles de entrada en su pensamiento y líneas de continuación para pensar, como con todos los autores significativos más allá de su tiempo y de sus próximos, con él y contra él; la figura histórica exige despejar ciertos interrogantes, y sigue siendo interesante por inusual; el militante político resiste bastante bien la evaluación histórica ?y eso, en el siglo pasado, no puede decirse de todo el mundo?. Hay, pues, como reza el título, un legado de Manuel Sacristán, que ?lo comparto con los editores de este libro bien elaborado? es la herencia de un auténtico maestro. La accesibilidad del conjunto de su obra, que reclama Albert Domingo, debería permitir que las nuevas generaciones se acerquen a él. Porque toda herencia, como indicaba Jacques Derrida cuando se refería a la de Marx, es siempre una tarea. Necesita ser recogida y cultivada. Tanto mejor si es en direcciones insospechadas. José Luis Moreno Pestaña Reseña realizada dentro del proyecto de I+D: «Intelectuales y calidad democrática en la España contemporánea. Un estudio sobre el campo filosófico» (HUM 2006-04051/FISO).

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Barcelona: Diagonal, 527

Salvador López Arnal

10 de diciembre de 2008, 11 horas, homenaje a Manuel Sacristán

     Barcelona, enero de 1984. Estaba matriculado en un curso de doctorado que impartía Daniel Quesada sobre “Semántica lógica”. Manuel García-Carpintero, uno de los más grandes filósofos analíticos que ha dado este país, también participaba en él. Junto con Ramon Cirera y Fina Pizarro entre otros. Acabamos la sesión algo tarde aquel día, hacia las 14:30. Fui al buscar el autobús, el 7, a la Diagonal. Me dejaba cerca de casa después de un recorrido de unos 50 minutos. Al subir vi a Manuel Sacristán, acompañado de su segunda esposa, Mª Ángeles Lizón. No me atreví a saludarlo, no quería importunarle. Él me reconoció. Trabajé durante 12 años en un banco y, lo confieso con rubor, usé algunas veces horas sindicales en mis últimos años para ir a sus clases, a las que asistí sin matricularme durante tres o cuatro cursos. Fue, pues, Sacristán quien se levantó, me saludó amablemente y me preguntó cómo me iban las cosas. Balbuceé alguna respuesta incomprensible, le hablé del curso de Quesada, le comenté que había seguido otro curso con él hacía dos años sobre La estructura de las revoluciones científicas, el mismo año en que él había impartido un seminario, al que también asistí, sobre Kuhn y su clásico de historia y epistemología de la ciencia. Le comenté que también seguía otro curso con Mosterín sobre metrización de conceptos sociales. Se interesó por él. Poco pude decirle, su parada se acercaba. Me dio la mano y ambos se bajaron poco después. Su casa, en Diagonal 527, no les quedaba lejos.

     Nos había hablado en una ocasión de ella en sus clases de Metodología de las ciencias del curso 1981-1982, a propósito de Roszak, de la deshumanización de las ciudades y de la racionalidad (o no) de ciertas aproximaciones críticas a la tecnociencia contemporánea y a la misma civilización capitalista  contemporánea. Tomando pie en apuntes (que Sacristán aconsejaba no tomar) y en trascripciones de las clases de ese curso, la cosa fue del siguiente modo.

    

Esa casa, en la que yo nunca estuve, lo sé por amigos,  discípulos, familiares y compañeros de Sacristán, esa casa en la que vivían Giulia Adinolfi, Vera Sacristán y Manuel Sacristán, fue un activo y muy visitado polo político-cultural en la Barcelona en los años setenta y ochenta.

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Hasta la derrota final

José María Ripalda

En una entrevista publicada en 1978, Sacristán cuenta cómo a mediados de los sesenta entró en una crisis muy profunda cuando se dio cuenta de que los partidos comunistas eran un desastre, que Gramsci había sido arrastrado en su lucha por la revolución hacia su propia destrucción psicológica y que, en definitiva, había algo que no funcionaba en el marxismo. Es entonces cuando inicia su gran apertura hacia el movimiento ecológico y antibélico, su acercamiento al anarquismo y al feminismo. La crisis le sume en una depresión profunda, tras la cual lo primero que escribe es un texto a propósito de Gerónimo, la biografía escrita por Stephen Barret con ocasión del quinto centenario del nacimiento de Fray Bartolomé de las Casas, en 1974. A Sacristán le interesaba la vida salvaje como modelo de cohesión. Los apaches eran un grupo pequeño, característicamente aficionado al alcohol y poco señalado por sus logros culturales, marginal incluso en comparación con los navajos. Sin embargo era el único grupo que conservaba su lengua en un entorno de tribus más grandes, razonables y cultas. Sacristán intenta averiguar dónde reside el secreto de la supervivencia de un pueblo tan pequeño y tan derrotado y escribe: «Su ejemplo indica que tal vez no sea siempre verdad eso que de viejo afirmaba el mismísimo Gerónimo, a saber, que no hay que dar batallas que se saben perdidas. Es dudoso que hoy hubiera una conciencia apache si las bandas de Victorio y de Gerónimo no hubieran arrastrado, hace ya casi un siglo, el calvario de diez años de derrotas admirables».

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Nuevos escritos filosóficos de Manuel Sacristán

Salvador López Arnal

         Albert Domingo Curto ha editado recientemente en Trotta Lecturas de filosofía moderna y contemporánea, un conjunto de textos, en su mayoría inéditos, de Manuel Sacristán Luzón.

         Componen Lecturas dieciséis escritos y dos textos más recogidos en  apéndice. Siete de ellos, totalmente inéditos; los restantes, de difícil localización y no incorporados ni a Panfletos y Materiales ni al volumen que con el título Pacifismo, ecologismo y política alternativa fue editado por Juan-Ramón Capella en 1987.

         “Libertad”, “Simone Weil”, “Personalismo”, “Pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera” y “Kant”, los cinco primeros textos del volumen, son entradas, inéditas las dos últimas,  que Sacristán escribió a inicios de los años cincuenta, antes de su marcha al Instituto de Lógica Matemática y Fundamentos de la Ciencia de la Universidad de Münster en Westfalia, para la Enciclopedia Política Argos, una enciclopedia dirigida por Esteban Pinilla de las Heras que no llegó a editarse.

         “El concepto kantiano de historia”, el sexto escrito recogido, se publicó en 1953, en el número 22 de Laye. Se reeditó en un volumen colectivo sobre temas historiográficos en los años ochenta

         “Sobre la doctrina trascendental del juicio en la crítica de la Razón pura de Kant” fue probablemente un trabajo que Sacristán redactó para algún curso de doctorado a inicios de los cincuenta. Junto con los dos anteriores, es muestra del magnífico conocimiento que Sacristán tenía de la obra del filósofo crítico.

         “Karl Marx” es una voz de 1967 escrita para la Enciclopedia Planeta-Larousse. Algunas de las tesis que Sacristán formulará con más desarrollo en uno de los mejores trabajos de marxología escrito en nuestro país –“El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia”- quedan aquí ya apuntadas.

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