{"id":1033,"date":"2009-01-31T00:00:00","date_gmt":"2009-01-31T00:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=1033"},"modified":"2020-02-25T05:00:17","modified_gmt":"2020-02-25T04:00:17","slug":"consumo-y-barbarie-visual","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=1033","title":{"rendered":"Consumo y barbarie visual"},"content":{"rendered":"<p>La Calle del Medio (Cuba)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La mitolog\u00eda griega nos cuenta la historia de T\u00e1ntalo, semidi\u00f3s bravuc\u00f3n castigado por Zeus a padecer hambre y sed eternas en medio de los m\u00e1s deliciosos manjares y con el cuerpo sumergido en el agua. Nos cuenta tambi\u00e9n la de su contrapunto y complemento, Erisict\u00f3n, al que los dioses condenaron a comer ininterrumpidamente todo lo que encontraba en su camino, una cosa tras otra, animales, bosques, hijos, sin hallar jam\u00e1s satisfacci\u00f3n, hasta el gesto final de autofagia suicida. No son historias antiguas y fantasiosas. El pasado 26 de diciembre, Joan Cunnane, una inglesa de 77 a\u00f1os adicta a las compras, falleci\u00f3 de deshidrataci\u00f3n en su casa atrapada en una monta\u00f1a de mercanc\u00edas baratas que hab\u00eda comprado durante a\u00f1os y que hab\u00eda ido guardando en decenas de maletas. Ninguna era esencial, ninguna hab\u00eda sido usada, ninguna hab\u00eda llegado realmente a existir salvo para matar a su propietaria. T\u00e1ntalo y Erisict\u00f3n del capitalismo, la se\u00f1ora Cunnane hab\u00eda muerto de hambre y sed en medio de un exceso de riquezas, destruida por su m\u00edstica pulsi\u00f3n al consumo, sepultada bajo trescientas bufandas de colores -entre otros miles de objetos- que jam\u00e1s hab\u00edan adornado su cuello ni abrigado su garganta.<\/p>\n<p>En las situaciones de hambruna -desde la India victoriana al Sud\u00e1n de la guerra civil- los pobres desesperados roban cosechas, asaltan graneros y allanan despensas antes de sucumbir a los golpes y la inanici\u00f3n. En las llamadas \u201crevueltas del pan\u201d del Tercer Mundo, los desheredados de la tierra rompen las vidrieras de los comercios y se disputan, a veces hasta la muerte, las migajas de sus saqueos angustiosos. No son s\u00f3lo los dramas de la miseria. El pasado 28 de noviembre, una avalancha de consumidores agolpados a la entrada de un Wall-Mart de Nueva York tir\u00f3 abajo la puerta, aplast\u00f3 a uno de sus empleados e hiri\u00f3 a otros tres trabajadores -incluida una mujer embarazada- tratando de alcanzar las mejores ofertas de la temporada de rebajas; mil coceadores de clase media, animados de una m\u00edstica furia irruptiva, se peleaban a muerte por un bolso de pl\u00e1stico o unos pantalones de marca. \u00bfD\u00f3nde empieza lo banal y d\u00f3nde lo esencial cu\u00e1ndo se est\u00e1 dispuesto a matar por obtenerlo? Bajo el capitalismo, la compra-venta de un bolso de pl\u00e1stico (o de una crema anti-arrugas o de un adorno para el autom\u00f3vil) es literalmente una cuesti\u00f3n de supervivencia.<\/p>\n<p>Manifestaciones del hambre en Occidente, el caso de la se\u00f1ora Cunnane y el de la estampida humana de Nueva York son casos extremos, pero es en ellos donde se descubre en un resplandor la normalidad de la abundancia capitalista. Los placeres del consumo tienen poco que ver con el objeto; est\u00e1n m\u00e1s bien asociados a un atavismo fam\u00e9lico, a la necesidad casi biol\u00f3gica de la apropiaci\u00f3n inmediata, de la adquisici\u00f3n predadora, del saqueo freudiano de un bot\u00edn multitudinario que, una vez aferrado, se puede despreciar. Los primitivos sue\u00f1os de abundancia asociados anta\u00f1o a la leche y la miel, a las frutas antediluvianas pintadas por El Bosco, a las pepitas de oro de los graneros, hoy convergen en los mall o centros comerciales y en los grandes supermercados, donde cogemos a dos manos, sin obst\u00e1culos ni intermediarios, la cosecha siempre renovada de una naturaleza milagrosa. Volvemos a las emociones prensiles de los simios o de los salvajes cazadores-recolectores de la antig\u00fcedad. Basta con poseer el salvoconducto de acceso -tarjeta de cr\u00e9dito o billetes de d\u00f3lar- y podemos adquirir un ilimitado n\u00famero de baratijas y, con ellas, un hambre muy superior, mucho m\u00e1s acuciante, mucho m\u00e1s exigente, que el que aqueja a los que no tienen nada. Un hambre, por as\u00ed decirlo, de primera clase o de lujo.<\/p>\n<p>Pero el mall o centro comercial ha democratizado y globalizado, transversal a las clases sociales, esta experiencia de la abundancia an\u00e9mica. El consumo es un acto de babarie, s\u00ed, pero un acto de barbarie \u201cvisual\u201d. La acucia patol\u00f3gica de la se\u00f1ora Cunnane, estudiada por los psiquiatras, no es m\u00e1s que la obediencia mec\u00e1nica, sin resistencias racionales, a la l\u00f3gica autodestructiva de la mercanc\u00eda: comprar y tirar, renunciar al uso de los objetos, guardarlos sin desembalar, son pr\u00e1cticas que revelan la consistencia puramente imaginaria -ceremonial o neur\u00f3tica- de los intercambios mercantiles. Solubles, superadas ya por sus vol\u00e1tiles sucesores, que introducen la idea de futuro como ansiedad y como humillaci\u00f3n, las mercanc\u00edas son s\u00f3lo \u201cim\u00e1genes\u201d. El mall o centro comercial vende estas \u201cim\u00e1genes\u201d, pero vende adem\u00e1s sus copias, im\u00e1genes de im\u00e1genes abiertas al saqueo visual tambi\u00e9n de los pobres que no pueden comprarlas. El capitalismo no se reproduce s\u00f3lo a partir de la explotaci\u00f3n del trabajo; tambi\u00e9n lo hace a partir de la explotaci\u00f3n de la mirada. En el mall o centro comercial convergen y se vuelven innecesarias todas las grandes instituciones de la cultura milenaria: el Templo, la Academia, el Museo, el Parlamento, franqueados ahora de una sola vez y en un solo espacio a todas las clases del planeta. Calientes en invierno, frescos en verano, bulliciosos y seguros, exhibici\u00f3n apabullante de la superioridad b\u00e1rbara del capitalismo, sus galer\u00edas re\u00fanen peregrinos de todos los estratos sociales y culturales. En El Cairo y en Caracas, en Lima y en Delhi, en Madrid y en Nueva York, los pobres urbanos ya no buscan un poco de brisa o de juego en sus d\u00edas de asueto; como antes iban al campo, las familias de las clases medias bajas acuden ahora los domingos al mall m\u00e1s lujoso y frecuentado para contemplar la renovaci\u00f3n m\u00e1gica de las mercanc\u00edas tras las vitrinas y consumir visualmente en grupo su raci\u00f3n de hambruna de colores.<\/p>\n<p>Prolongaci\u00f3n de la televisi\u00f3n, el mall ha consumado la disoluci\u00f3n de la cultura activa -popular o de clase- sobre la que ya alertaba Passolini en los a\u00f1os 70 del siglo pasado. Exhibe en una imagen de triste relumbre el car\u00e1cter insostenible de la econom\u00eda de la abundancia y su desoladora pobreza antropol\u00f3gica. El emirato de Dubai, con su arquitectura extraterrestre, es el emblema de este modelo que destruye recursos y vidas y convierte las ciudades mismas en una gigantesca operaci\u00f3n de barbarie visual: mercanc\u00eda \u00e9l mismo y conducto de mercanc\u00edas, el m\u00e1ximo atractivo de este pa\u00eds reci\u00e9n fabricado, arrancado al desierto y al mar en siete d\u00edas, son precisamente sus 40 monstruosos mall. \u00bfSer\u00e1 una casualidad que su fiesta nacional se llame Dubai Shopping Festival? El a\u00f1o pasado, m\u00e1s de 3 millones de turistas de todo el mundo acudieron a celebrarlo en sus suntuosos y abigarrados centros comerciales y gastaron 10.000 millones de d\u00f3lares. Entre tanto, los trabajadores bengal\u00edes y pakistan\u00edes que los construyeron pueden pasear por sus avenidas iluminadas satisfechos de adquirir con la mirada lo que, en cualquier caso, s\u00f3lo hab\u00eda sido fabricado para eso: para entrar por los ojos y salir inmediatamente del mundo sin dejar m\u00e1s huella que hambre, contaminaci\u00f3n, degradaci\u00f3n moral y vac\u00edo antropol\u00f3gico. Pero, al contrario que en el caso de T\u00e1ntalo y Erisict\u00f3n, nuestro castigo no ser\u00e1 eterno.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Calle del Medio (Cuba)<\/p>\n<p>La mitolog\u00eda griega nos cuenta la historia de T\u00e1ntalo, semidi\u00f3s bravuc\u00f3n castigado por Zeus a padecer hambre y sed eternas en medio de los m\u00e1s deliciosos manjares y con el cuerpo sumergido en el agua. Nos cuenta tambi\u00e9n la de su contrapunto y complemento, Erisict\u00f3n, al que los dioses condenaron a comer ininterrumpidamente todo lo que encontraba en su camino, una cosa tras otra, animales, bosques, hijos, sin hallar jam\u00e1s satisfacci\u00f3n, hasta el gesto final de autofagia suicida. No son historias antiguas y fantasiosas. El pasado 26 de diciembre, Joan Cunnane, una inglesa de 77 a\u00f1os adicta a las compras, falleci\u00f3 de deshidrataci\u00f3n en su casa atrapada en una monta\u00f1a de mercanc\u00edas baratas que hab\u00eda comprado durante a\u00f1os y que hab\u00eda ido guardando en decenas de maletas. Ninguna era esencial, ninguna hab\u00eda sido usada, ninguna hab\u00eda llegado realmente a existir salvo para matar a su propietaria. T\u00e1ntalo y Erisict\u00f3n del capitalismo, la se\u00f1ora Cunnane hab\u00eda muerto de hambre y sed en medio de un exceso de riquezas, destruida por su m\u00edstica pulsi\u00f3n al consumo, sepultada bajo trescientas bufandas de colores -entre otros miles de objetos- que jam\u00e1s hab\u00edan adornado su cuello ni abrigado su garganta. <\/p>\n<p>En las situaciones de hambruna -desde la  India victoriana al Sud\u00e1n de la guerra civil- los pobres desesperados roban cosechas, asaltan graneros y allanan despensas antes de sucumbir a los golpes y la inanici\u00f3n. En las llamadas \u201crevueltas del pan\u201d del Tercer Mundo, los desheredados de la tierra rompen las vidrieras de los comercios y se disputan, a veces hasta la muerte, las migajas de sus saqueos angustiosos. No son s\u00f3lo los dramas de la miseria. El pasado 28 de noviembre, una avalancha de consumidores agolpados a la entrada de un Wall-Mart de Nueva York tir\u00f3 abajo la puerta, aplast\u00f3 a uno de sus empleados e hiri\u00f3 a otros tres trabajadores -incluida una mujer embarazada- tratando de alcanzar las mejores ofertas de la temporada de rebajas; mil coceadores de clase media, animados de una m\u00edstica furia irruptiva, se peleaban a muerte por un bolso de pl\u00e1stico o unos pantalones de marca. \u00bfD\u00f3nde empieza lo banal y d\u00f3nde lo esencial cu\u00e1ndo se est\u00e1 dispuesto a matar por obtenerlo? Bajo el capitalismo, la compra-venta de un bolso de pl\u00e1stico (o de una crema anti-arrugas o de un adorno para el autom\u00f3vil) es literalmente una cuesti\u00f3n de supervivencia. <\/p>\n<p>Manifestaciones del hambre en Occidente, el caso de la se\u00f1ora Cunnane y el de la estampida humana de Nueva York son casos extremos, pero es en ellos donde se descubre en un resplandor la normalidad de la abundancia capitalista. Los placeres del consumo tienen poco que ver con el objeto; est\u00e1n m\u00e1s bien asociados a un atavismo fam\u00e9lico, a la necesidad casi biol\u00f3gica de la apropiaci\u00f3n inmediata, de la adquisici\u00f3n predadora, del saqueo freudiano de un bot\u00edn multitudinario que, una vez aferrado, se puede despreciar. Los primitivos sue\u00f1os de abundancia asociados anta\u00f1o a la leche y la miel, a las frutas antediluvianas pintadas por El Bosco, a las pepitas de oro de los graneros, hoy convergen en los mall o centros comerciales y en los grandes supermercados, donde cogemos a dos manos, sin obst\u00e1culos ni intermediarios, la cosecha siempre renovada de una naturaleza milagrosa. Volvemos a las emociones prensiles de los simios o de los salvajes cazadores-recolectores de la antig\u00fcedad. Basta con poseer el salvoconducto de acceso -tarjeta de cr\u00e9dito o billetes de d\u00f3lar- y podemos adquirir un ilimitado n\u00famero de baratijas y, con ellas, un hambre muy superior, mucho m\u00e1s acuciante, mucho m\u00e1s exigente, que el que aqueja a los que no tienen nada. 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