{"id":250,"date":"2006-04-07T00:00:00","date_gmt":"2006-04-07T00:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=250"},"modified":"2020-02-14T10:33:49","modified_gmt":"2020-02-14T09:33:49","slug":"cuelgamuros-presos-politicos-para-un-mausoleo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=250","title":{"rendered":"Cuelgamuros: presos pol\u00edticos para un mausoleo"},"content":{"rendered":"<p>Publicado en Memoria, mayo 2003<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/espai-marx.net\/wp-content\/uploads\/2006\/04\/Tralado-de-Primo-de-Rivera-al-Valle-de-los-Ca\u00eddos-1959-km5-U60295048527lHG-624x385@El-Comercio.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-medium wp-image-3815 alignleft\" src=\"https:\/\/espai-marx.net\/wp-content\/uploads\/2006\/04\/Tralado-de-Primo-de-Rivera-al-Valle-de-los-Ca\u00eddos-1959-km5-U60295048527lHG-624x385@El-Comercio-300x185.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"185\" srcset=\"https:\/\/espai-marx.net\/wp-content\/uploads\/2006\/04\/Tralado-de-Primo-de-Rivera-al-Valle-de-los-Ca\u00eddos-1959-km5-U60295048527lHG-624x385@El-Comercio-300x185.jpg 300w, https:\/\/espai-marx.net\/wp-content\/uploads\/2006\/04\/Tralado-de-Primo-de-Rivera-al-Valle-de-los-Ca\u00eddos-1959-km5-U60295048527lHG-624x385@El-Comercio.jpg 623w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p><i>Hace pocas semanas, un realizador de documentales franc\u00e9s se maravillaba en una conversaci\u00f3n conmigo de que, en una visita reciente a Cuelgamuros, los gu\u00edas oficiales y los folletos descriptivos segu\u00edan repitiendo en pleno siglo XXI la cantinela franquista sobre el Valle de los Ca\u00eddos y el hu\u00e9sped principal de la cripta. Nunca mencionan que los presos pol\u00edticos levantaron el monumento. Patrimonio Nacional, bajo cuya autoridad se encuentra el conjunto, no vende en su kiosco la Verdadera historia del Valle de los Ca\u00eddos de Daniel Sueiro ni el libro general de Ismael de Lafuente sobre el trabajo forzado en los campos o destacamentos penales, ni siquiera el v\u00eddeo\u00a0de la pel\u00edcula de Fernando Colombo sobre una sonada fuga del lugar. <\/i><\/p>\n<p><strong>S\u00e1nchez-Albornoz, Nicol\u00e1s<\/strong><\/p>\n<p>Es m\u00e1s, cuando este realizador pregunt\u00f3 sobre los presos pol\u00edticos de Cuelgamuros, el gu\u00eda, molesto, lo calific\u00f3 de patra\u00f1a. La negaci\u00f3n, en su interpretaci\u00f3n m\u00e1s benigna, significa un cambio por lo menos de sensibilidad o tal vez un acomodo a los tiempos que corren. En momentos m\u00e1s lejanos, que hubieran trabajado presos en Cuelgamuros se hubiera tenido a gala. Bien miradas las cosas, ni el gu\u00eda ni el director, el recalcitrante duque de San Carlos, son responsables \u00faltimos del desprop\u00f3sito. El reproche corresponde hacerlo a los gobiernos, el actual y los pasados, que toleran la ocultaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Que yo sepa, quedan cuatro presos pol\u00edticos capaces de atestiguar que trabajaron en Cuelgamuros, a uno de los cuales ten\u00e9is delante. Los otros se apellidan Vera, Iniesta y Rubio. Me alegrar\u00eda que fu\u00e9ramos m\u00e1s, pero me temo que sea hora de que salte la alarma. El pozo de testimonios personales est\u00e1 por agotarse. No falta mucho para que los historiadores no puedan contar con testigos presenciales y que tengan que recurrir a los papeles. Todo gobierno burocr\u00e1tico-autoritario deja sin embargo cientos de miles, si no millones, de documentos para gozo del historiador futuro. En punto a los campos de concentraci\u00f3n, estamos tocando el futuro: los archivos se est\u00e1n abriendo mientras la palabra se desvanece. Como profesional, siempre insisto en que hay que consultar las fuentes. Ante este congreso, me contentar\u00e9 sin embargo con deponer como testigo de cargo.<\/p>\n<p>Mi salud mental me ha librado del s\u00edndrome de Estocolmo. No siento apego a mis guardianes ni he vuelto jam\u00e1s al lugar de los hechos. Abomino de Cuelgamuros. Me niego a poner los pies en ese trozo de tierra hermoso antes de ser profanado y, en p\u00fablico, he puesto condiciones para hacerlo que no tengo inconveniente en repetir. \u00c9stas son que la cripta pase a otro uso y agrego ahora por culpa de la edad que se habilite un urinario sobre la tumba del Caudillo para que pueda aliviar mi pr\u00f3stata. Una cosa es no volver al valle y otra es caquearse. Cuando la prensa, la televisi\u00f3n, los congresos o el cine me preguntan, nunca dejo de responder, pero tampoco he convertido el episodio en el centro de mi vida al modo de ciertos ex combatientes. Me ocupo habitualmente de asuntos menos s\u00f3rdidos y m\u00e1s gratos. De cuanto s\u00e9 de Cuelgamuros o de los destacamentos penales, no se espere un relato sangrante como el escrito por Jorge Sempr\u00fan sobre Buchenwald. Mi palabra no vale lo que su pluma ni la materia es comparable. Mi testimonio tampoco tomar\u00e1 la forma literaria y emotiva con la que mi compa\u00f1ero de fuga y de exilio, Manuel Lamana, recuper\u00f3 en su novela Otros hombres las vicisitudes que pasamos juntos. En el historiador que soy, prima el contexto sobre la vivencia. Al modo de un historiador \u201cfuncionalista\u201d, mi experiencia me llevar\u00e1 a analizar c\u00f3mo operaban los campos.<\/p>\n<p>De entrada, necesito decir que mi conocimiento de Cuelgamuros o de los destacamentos penales, aunque intenso, es limitado en tiempo y espacio, como en todo drama cl\u00e1sico de corte aristot\u00e9lico, seg\u00fan me ense\u00f1aron en el bachillerato. Cumpl\u00ed pena en el destacamento encargado de la construcci\u00f3n del monasterio de Cuelgamuros, desde marzo de 1948 hasta principios de agosto, la temporada menos cruda de la sierra madrile\u00f1a. Un Consejo de Guerra formado por oficiales superiores, presidido por el general Vig\u00f3n en persona y en el que actu\u00f3 como ponente el coronel Eymar, conocido por sus fechor\u00edas como juez de la represi\u00f3n, ese consejo de guerra me hab\u00eda condenado a seis a\u00f1os de c\u00e1rcel por dirigir la reconstrucci\u00f3n de la Federaci\u00f3n Universitaria Escolar, la famosa FUE de preguerra. La suerte me permiti\u00f3 acortarlos. Bien pensadas las cosas, prefiero que mi palabra valga hoy menos por haberme fugado y no que tenga el peso que la de tantos compa\u00f1eros que dejaron su piel en aquel valle.<\/p>\n<p>A un costado de la obra del futuro monasterio, se levantaban dos barracones que alojaban cerca de doscientos presidiarios entre pol\u00edticos y comunes, n\u00famero que pudo ser mayor o menor, antes o despu\u00e9s. En barracones, aparte hab\u00eda adem\u00e1s dos o tres docenas de obreros que la empresa Construcciones Mol\u00e1n contrataba para cubrir las especialidades que no se encontraban entre los penados, como la de los canteros, necesarios para revestir con granito el cuerpo interior de ladrillo del convento en obras. El valle albergaba dos destacamentos m\u00e1s. Uno estaba dedicado a horadar el risco berroque\u00f1o para hacer el hueco de una cripta subterr\u00e1nea, obra a cargo de la empresa San Rom\u00e1n. Situado en el centro del valle, el destacamento s\u00f3lo contaba en ese momento de finalizaci\u00f3n de la perforaci\u00f3n con dos o tres docenas de penados, expertos varios de ellos en el arriesgado manejo de explosivos. El tercer destacamento, el de trato peor y de trabajo m\u00e1s duro y menos calificado, trabajaba para la empresa Ban\u00fas en la construcci\u00f3n de la carretera de acceso al complejo. Los tres centenares de presos alojados en \u00e9l desmontaban los terraplenes y mol\u00edan la grava a pico y pala o con mazos. La alta tecnolog\u00eda brillaba por su ausencia; los presos se hallaban compelidos a contar sobre todo con la fuerza de sus m\u00fasculos. Los tres destacamentos penales eran independientes entre s\u00ed y la circulaci\u00f3n entre ellos estaba prohibida. Visit\u00e9 el campamento central y la oquedad de la cripta por tr\u00e1mites oficiales, pero no recuerdo haber puesto jam\u00e1s los pies en el de la carretera.<\/p>\n<p>Mi experiencia, adem\u00e1s de corta y limitada, fue relativamente benigna. No tengo inconveniente en reconocer que testigos de cargo hay o ha habido con mayor conocimiento de causa. El trabajo que me toc\u00f3 hacer result\u00f3 adem\u00e1s privilegiado. Al llegar al destacamento, Manuel Lamana y yo encontramos que hab\u00eda dos vacantes en la oficina. Como \u00e9ramos estudiantes y sin filiaci\u00f3n pol\u00edtica, el jefe nos puso a manejar la pluma y los n\u00fameros, en vez de cargar ladrillos o a andar por los andamios para lo que hab\u00edamos sido enviados desde la prisi\u00f3n provincial de Carabanchel. El tercero de nosotros, Ignacio Faure, no tuvo escapatoria y se hart\u00f3 de poner un ladrillo sobre otro. No s\u00e9 si la experiencia le sirvi\u00f3 m\u00e1s adelante como arquitecto. Los compa\u00f1eros del destacamento, obreros o campesinos casi todos, no contaban con suficiente instrucci\u00f3n. Recuerdo haber escrito para m\u00e1s de uno de ellos las cartas que enviaban bajo mi pu\u00f1o y letra y haberle le\u00eddo luego las respuestas de sus familias.<\/p>\n<p>M\u00e1s que nuestras letras, el jefe apreci\u00f3 nuestra independencia pol\u00edtica. Comunistas, cenetistas y socialistas hab\u00edan constituido en su incansable militancia agrupaciones clandestinas dentro del destacamento. Por la oficina, circulaba informaci\u00f3n \u00fatil para los presos, como la relativa a sus expedientes. Disponer de un escribiente de confianza proporcionaba un acceso preferente a una informaci\u00f3n delicada y colocaba a la c\u00e9lula que la consegu\u00eda ventaja sobre sus competidoras. Los funcionarios de prisiones a cargo de nuestra custodia maliciaban de que exist\u00edan estos grupos, pero carec\u00edan de pruebas para actuar contra sus responsables o sus miembros. En todo caso conven\u00eda al jefe del destacamento protegerse de infidentes y prefiri\u00f3 tener a sus \u00f3rdenes a estudiantes republicanos, pero sin partido. Nuestro nombramiento no decepcion\u00f3 por otra parte a las diversas c\u00e9lulas clandestinas del destacamento que valoraron nuestra neutralidad frente a todas ellas. En cuanto se ha escrito sobre los campos espa\u00f1oles o extranjeros, nunca faltan menciones a la soterrada pugna de los grupos organizados por acceder a los \u201cdestinos\u201d. En esto, Cuelgamuros no fue distinto de Buchenwald.<\/p>\n<p>En las preguntas que se me hacen a menudo sobre mi experiencia carcelaria, nunca falta una inevitable sobre c\u00f3mo hicimos Manolo y yo para escapar. Cargados los ojos de im\u00e1genes repulsivas de los campos de concentraci\u00f3n de la Segunda Guerra Mundial, la gente asimila a los destacamentos penales espa\u00f1oles con los campos alemanes. En la segunda mitad de los a\u00f1os cuarenta, \u00e9poca a la que me refiero, los espa\u00f1oles no pod\u00edan ser igual que los germanos. El r\u00e9gimen de Franco, bajo la lupa de los vencedores del nazismo, no estaba entonces para imitaciones y menos con c\u00e1mara de gas incluida. Derrotada la Alemania nazi, la dimensi\u00f3n alcanzada por el holocausto era mundialmente conocida. Incluso en Carabanchel, tuve noticias directas de sus horrores por un sobreviviente de Mauthausen, Vicente Moriones. Tras reponerse en Toulouse de la suma extenuaci\u00f3n f\u00edsica, que no moral, con que sali\u00f3 del campo alem\u00e1n, Vicente regres\u00f3 a Espa\u00f1a para reanudar su actividad confederal y no tard\u00f3 en dar con sus huesos en una celda vecina a la m\u00eda en la prisi\u00f3n provincial de Madrid. De Mauthausen a Carabanchel, as\u00ed se resume su tr\u00e1gico y a la vez honroso destino. Nada ganaba tampoco Franco con tener Buchenwalds en miniatura. Su represi\u00f3n descansaba sobre fundamentos igual de fr\u00edos, pero distintos en su inhumanidad.<\/p>\n<p>En la segunda mitad de los a\u00f1os cuarenta -insisto en la fecha-, Cuelgamuros pod\u00eda prescindir de una doble hilera de alambradas recorridas en su interior por perros feroces y salpicada de garitas con vigilancia armada. Un dispositivo de ese estilo, repetido por el centenar de destacamentos penales que funcionaban entonces, habr\u00eda supuesto una inversi\u00f3n prohibitiva para la estrechez econ\u00f3mica y presupuestaria en la que el franquismo se debat\u00eda. El r\u00e9gimen habr\u00eda tenido que cobrar m\u00e1s impuestos a terratenientes, fabricantes, rentistas y estraperlistas, porque al com\u00fan de la gente quedaba poco que estrujar. Pero los ricachones no hab\u00edan ganado la guerra para pagar impuestos. Las alternativas eran en suma dos: pocos presos rigurosamente custodiados o un sistema masivo, pero flexible. El r\u00e9gimen, sa\u00f1udo y cutre, se decidi\u00f3 por mantener en la sombra a la mayor cantidad de espa\u00f1oles y a tenerlos repartidos a pie de obra. El resultado fue una colecci\u00f3n de destacamentos con decenas o centenas de presidiarios en cada uno, en vez de millares de internados en la escala alemana. Cuelgamuros no era un lugar de internamiento preventivo y masivo como hab\u00edan sido antes, en la propia Espa\u00f1a de Franco, Miranda del Ebro, Albatera u otros. Era un campo para cumplir condenas. Para economizar en infraestructuras y en costos de personal, el r\u00e9gimen emple\u00f3 la zanahoria adem\u00e1s del palo.<\/p>\n<p>Las palizas, la tortura, un r\u00e9gimen carcelario en celdas de castigo, la prolongaci\u00f3n de la condena y otras amenazas planeaban sobre cualquier recluso y, de tanto en tanto, se aplicaban a t\u00edtulo de recordatorio. El trabajo, la comunicaci\u00f3n abierta con los familiares y un trato m\u00e1s personalizado operaban en cambio sobre \u00e9l como incentivo para que su rebeld\u00eda plegara velas. \u00c9ste ten\u00eda que pensar dos veces antes de jugarse el alivio relativo conseguido despu\u00e9s de cruzar el oscuro t\u00fanel de a\u00f1os de c\u00e1rcel. El aire libre y la falta de un per\u00edmetro cerrado, al aumentar la vulnerabilidad de la custodia, obligaban adem\u00e1s al funcionario a frenar sus instintos y a esforzarse por ganar la cooperaci\u00f3n del preso. Un jefe y dos guardianes, don Am\u00f3s, don Felipe y don Clemente, no eran suficientes para enfrentarse a un centenar largo de presos pol\u00edticos y no pod\u00edan permitirse ellos solos demasiadas demostraciones de fuerza. Circulaban desarmados para no correr el riesgo de ser desarmados. Con este sistema, preso y funcionario hubieron de refrenar su antagonismo instintivo. A diferencia de las brutalidades comunes en un campo de concentraci\u00f3n alem\u00e1n o en un presidio espa\u00f1ol, las partes opuestas, sin igualarse, se tanteaban hasta encontrar como equilibrarse.<\/p>\n<p>Vigilancia ten\u00eda que haber en Cuelgamuros, aunque s\u00f3lo fuera para custodiar las cargas de explosivos empleados en las voladuras de la cripta. Un cuartelillo de la guardia civil supervisaba el valle, las obras y los campamentos. Parejas atricornadas frecuentaban a los tres campos y circulaban por el per\u00edmetro del valle. La comandancia del puesto fiscalizaba las alzas y bajas de los presos y estaba al tanto del celo de los funcionarios de prisiones y del comportamiento de los reclusos. Tambi\u00e9n vigilaba las idas y vueltas de los trabajadores libres. Nada escapaba a su atenci\u00f3n. En \u00faltima instancia, los calabozos del cuartelillo o el traslado intempestivo a la Direcci\u00f3n General de Seguridad o a la c\u00e1rcel recordaban al preso la condici\u00f3n precaria de su existencia.<\/p>\n<p>En 1948, compon\u00edan la poblaci\u00f3n reclusa de Cuelgamuros sobre todo combatientes republicanos conmutados de pena de muerte o condenados a prisi\u00f3n perpetua o, si no, a penas muy largas. Desde el fin de la guerra, no hab\u00edan pisado la calle a no ser esposados en traslados de una c\u00e1rcel a otra. Llevaban, pues, ocho a\u00f1os encerrados. Durante esos a\u00f1os, la inseguridad de un juicio sumario hab\u00eda pendido sobre sus cabezas. En las c\u00e1rceles, hab\u00edan conocido el hacinamiento extremo, la desnutrici\u00f3n, la enfermedad, la angustia y el tedio. En el campo de trabajo, la vida resultaba por lo menos m\u00e1s llevadera. La condena, por negra que fuera, establec\u00eda una fecha m\u00e1xima frente a la continua inseguridad anterior. El aire libre, por otra parte, se contrapon\u00eda al encierro insalubre y el trabajo desperezaba los m\u00fasculos y el \u00e1nimo. Otra ventaja apreciada era que por el campo no aparec\u00edan los curas con sus misas y pr\u00e9dicas insistentes. Podr\u00eda agradecerse vivir en una sociedad laica. El campo permit\u00eda adem\u00e1s una efusi\u00f3n sin rejas con la familia. Presos, mujeres e hijos pod\u00edan pasar el domingo juntos e incluso hubo familias que resid\u00edan lejos que construyeron precarias chabolas dentro del valle en las que malvivieron alguna temporada. El destacamento brindaba, pues, algunos beneficios que, aunque dudosos, resultaban preferibles a una condena larga cumplida entre las rejas de un l\u00f3brego penal.<\/p>\n<p>Pasado el tr\u00e1mite del consejo de guerra, los condenados eran remitidos a los destacamentos penales despu\u00e9s de un escrutinio riguroso por el Patronato de Redenci\u00f3n de Penas por el Trabajo. La junta calificadora era tanto m\u00e1s escrupulosa en el caso de Cuelgamuros, que el dictador, antojado con la obra, sol\u00eda visitarla cada tanto. Am\u00e9n de las calificaciones laborales, la junta tomaba en cuenta el perfil de riesgo que presentaba cada preso. Una larga condena por hechos de guerra, un expediente penal sin tacha y un entorno familiar s\u00f3lido tranquilizaban a la comisi\u00f3n. Los penados por \u201cdelitos posteriores\u201d;eran en general pocos en el monasterio y los enviados a \u00e9l llevaban presos pocos a\u00f1os menos que los combatientes de la guerra, como, por ejemplo, mi vecino de litera, Eduardo Ben, un sindicalista coru\u00f1\u00e9s detenido en un temprano brote de resistencia al r\u00e9gimen seis a\u00f1os antes. Para la junta, los presos por acciones posteriores a la derrota alemana no merec\u00edan en cambio su confianza por pertinaces y reincidentes. Volv\u00edan a la c\u00e1rcel despu\u00e9s de haber pasado por ella sin dar muestras de escarmiento. Ellos no redim\u00edan las condenas en destacamentos, sino en penales o en talleres penitenciarios. La compulsa de decenas de expedientes de presos dejan en m\u00ed un recuerdo claro de los criterios barajados.<\/p>\n<p>El caso de mis compa\u00f1eros de la FUE y el m\u00edo no se ajust\u00f3 sin embargo a la regla. El delito atribuido era desde luego pol\u00edtico y posterior. Sin duda \u00e9ramos rojos, pero nuestra edad imped\u00eda que fu\u00e9ramos recalcitrantes o repetidores. La guerra nos hab\u00eda sorprendido de ni\u00f1os. Las condenas que el consejo de guerra nos impuso llegaron con todo a sextuplicar en algunos casos las penas solicitadas por el fiscal, una decisi\u00f3n ins\u00f3lita incluso para un r\u00e9gimen caracterizado por su arbitrariedad jur\u00eddica. En otro momento, habr\u00e9 de explicar las razones coyunturales que se reunieron para pasar de la clemencia a la mano dura. Frente a las decenas de a\u00f1os que la justicia militar prodigaba, las condenas que recayeron sobre nosotros parec\u00edan de todos modos peccata minuta.;<\/p>\n<p>Otras dos circunstancias debieron influir en favor de aquella excepci\u00f3n. J\u00f3venes universitarios y no proletarios, nuestra condici\u00f3n desconcertaba a los sabuesos y a los guardianes adiestrados en perseguir sin clemencia a los obreros. En su mente, ellos participaban en un enfrentamiento, m\u00e1s que ideol\u00f3gico o cultural, entre clases claramente definidas. No entend\u00edan por esa raz\u00f3n que unos j\u00f3venes que viv\u00edan en casas alfombradas se metieran en jaleos, como le sopet\u00f3 a Javier Sanz Faure el polic\u00eda que lo detuvo, lo cual no impidi\u00f3 que le diera m\u00e1s tarde una hostia. En la Puerta del Sol, el trato que se nos dio no alcanz\u00f3 tal vez por ese motivo la violencia fren\u00e9tica que me consta se aplic\u00f3 en la sala contigua en los interrogatorios que los polic\u00edas hicieron a los obreros ca\u00eddos en la redada paralela de la CNT de Madrid de marzo de 1946. Seguramente tambi\u00e9n, descolocaron a los empleados del Ministerio de Justicia las influencias que se movieron para que cumpli\u00e9ramos condena en un destacamento penal. Mi asignaci\u00f3n a Cuelgamuros fue casual: pod\u00eda haberme tocado otro lugar. El Patronato no estaba, pues, a salvo de equivocaciones, pero en \u00faltima instancia quedaban los funcionarios de prisiones, los confidentes y, fuera de prisi\u00f3n, la polic\u00eda.<\/p>\n<p>En materia de libertad, la c\u00e1rcel y la calle se diferenciaban s\u00f3lo en grado. Espa\u00f1a entera -debe recordarse- era entonces una gran prisi\u00f3n en la que toda persona ten\u00eda sus movimientos restringidos y de la que se sal\u00eda excepcionalmente. Gibraltar y Portugal devolv\u00edan a los fugitivos que cruzaban las l\u00edneas de demarcaci\u00f3n. La ruptura reciente de relaciones diplom\u00e1ticas sell\u00f3, por otra parte, los Pirineos. La franja espa\u00f1ola lindante con la frontera se encontraba militarizada despu\u00e9s de que guerrilleros procedentes de Francia intentaran invadir el valle de Ar\u00e1n. Circular por esa zona requer\u00eda un permiso especial, firmado nada menos que por el capit\u00e1n general de la regi\u00f3n militar. En el interior de Espa\u00f1a, se necesitaba igualmente un salvoconducto expedido simplemente por la polic\u00eda a la vista del certificado parroquial de haber cumplido el precepto pascual. La realidad supera a la imaginaci\u00f3n. La mente f\u00e9rtil de Luis Bu\u00f1uel nunca lleg\u00f3 a idear semejante esperpento. Yo que me mov\u00eda con frecuencia entre \u00c1vila y Madrid, como sigo haciendo ahora despu\u00e9s de c\u00e1rceles y exilios, comulgu\u00e9 anualmente en la iglesia rom\u00e1nica de San Vicente, Sabina y Cristeta para poder pasar a continuaci\u00f3n por sacrist\u00eda por la dichosa constancia. Polic\u00edas rondaban por los vagones del ferrocarril pidiendo la documentaci\u00f3n y la guardia civil patrullaba carreteras y sendas. El interior de las casas estaba sujeto a registros sorpresivos. La delaci\u00f3n contribu\u00eda a estrechar el cerco sobre los sospechosos. S\u00f3lo quedaba al perseguido algo tan poco apetecible como la propia c\u00e1rcel, es decir, convertirse en un \u201ctopo\u201d.<\/p>\n<p>La disconformidad con las condenas y con el r\u00e9gimen carcelario s\u00f3lo contaba con dos expresiones, una colectiva, la otra individual (plant\u00f3n o fuga), reservadas a situaciones extremas. Hubo plantes memorables, como el ocurrido en noviembre de 1946 en Alcal\u00e1 de Henares. La composici\u00f3n de la c\u00e1rcel, enteramente pol\u00edtica, es decir, sin presos comunes que no se hubieran plegado a \u00e9l, y el respaldo de todos los partidos pol\u00edticos aseguraron su \u00e9xito. Ante la determinaci\u00f3n mostrada por los presos, el director se vio obligado a negociar con el comit\u00e9 de huelga y a recortar los aspectos superfluos de la disciplina. Los beneficios conquistados con hambre todav\u00eda duraban en abril de 1947 cuando la Direcci\u00f3n General de Seguridad intern\u00f3 a nuestro grupo estudiantil en esa prisi\u00f3n. En un destacamento penal, un plante de esta \u00edndole resultaba inimaginable.<\/p>\n<p>La fuga presentaba otro g\u00e9nero de dificultades. En junio de 1948, Manuel Amit, un alto dirigente de la CNT, huy\u00f3 de Cuelgamuros al anticiparle Manuel Lamana y yo que hab\u00eda llegado a la oficina un oficio que lo reclamaba para que respondiera con pena de muerte de su actuaci\u00f3n durante la guerra. D\u00edas m\u00e1s o d\u00edas menos, el pleno del comit\u00e9 nacional de la CNT escap\u00f3 de Oca\u00f1a salvando los muros del penal de una manera espectacular excavando un largo t\u00fanel. Ambas fugas no respond\u00edan a un mismo plan, pero acabaron juntas y mal. Un soplo desbarat\u00f3 el dispositivo montado por la CNT para trasladar a los fugados a Francia, del que se salv\u00f3 s\u00f3lo Antonio Ejarque. Una malla invisible rodeaba por lo tanto a los destacamentos penales. M\u00e1s sutil, alcanzaba una eficacia parecida a la de las alambradas que rodeaban a Buchenwald o Auschwitz.<\/p>\n<p>A\u00f1\u00e1dase que la vieja esperanza de salir de la c\u00e1rcel por la puerta grande se hab\u00eda desmoronado entonces. La victoria aliada no hab\u00eda satisfecho la esperanza que los espa\u00f1oles se hab\u00edan formado en la calle, en las c\u00e1rceles o en el exilio. El r\u00e9gimen de Franco hab\u00eda encajado las tibias sanciones de la comunidad internacional y guardado las manos libres para acabar con sus opositores. Las organizaciones clandestinas y las guerrillas que actuaban en el pa\u00eds fueron desbaratadas. La redenci\u00f3n de penas por el trabajo o los indultos parciales se convirtieron en la \u00fanica perspectiva abierta para acortar la condena. Resta explicar c\u00f3mo decidimos fugarnos contra todos los pron\u00f3sticos. Nuestra juventud -los veinte a\u00f1os facilitan esas decisiones-, nuestros contactos con los compa\u00f1eros en la calle, Francia, Chile y Venezuela, la imaginaci\u00f3n con que se plane\u00f3 y ejecut\u00f3 la huida, m\u00e1s una suerte a manos llenas explican el \u00e9xito, pero no dir\u00e9 m\u00e1s sobre un episodio de sobra conocido. Una novela y una pel\u00edcula me ahorran su relato.<\/p>\n<p>\u00bfFueron los campos franquistas campos de exterminio al mismo t\u00edtulo que los alemanes? La pregunta se repite a menudo. En Espa\u00f1a, hubo desde luego campos, colonias o batallones en los que los presos murieron por maltrato, es decir, sin pasar por el pelot\u00f3n de ejecuci\u00f3n. Esto ocurri\u00f3 menos en Cuelgamuros o en sus hom\u00f3logos. La excavaci\u00f3n de la cripta fue ensangrentada por explosiones mortales. En la edificaci\u00f3n del monasterio, ocurrieron accidentes laborales. En la construcci\u00f3n de la carretera, el trabajo resultaba extenuante. Por otra parte, la alimentaci\u00f3n era insuficiente por todas partes. La higiene era precaria. A\u00fan recuerdo las noches de verano en las que las chinches se met\u00edan por las narices y los o\u00eddos y chupaban por todo el cuerpo cubos de sangre. El r\u00e9gimen del destacamento s\u00f3lo resultaba benigno por comparaci\u00f3n con el de la prisi\u00f3n.<\/p>\n<p>La coyuntura forma parte del ojo del historiador. Campos de concentraci\u00f3n, batallones de trabajadores, batallones disciplinarios de soldados trabajadores, colonias, talleres, destacamentos penales, este rosario de engendros simult\u00e1neos o sucesivos no revisti\u00f3 una modalidad \u00fanica ni permanente que cubra veinticinco a\u00f1os de franquismo. Su evoluci\u00f3n en el tiempo podr\u00eda representarse por un \u00e1nfora acostada con una boca bien ancha al empezar la guerra, con una dilataci\u00f3n en 1939 para dar cabida a una muchedumbre y con un cuerpo que tarda luego en adelgazar hasta terminar en punta al comenzar los a\u00f1os sesenta. Los destacamentos penales de Cuelgamuros ocupan una fracci\u00f3n de ese curso y el punto al que me refiero se sit\u00faa a mitad del recorrido, cuando la furiosa represi\u00f3n inicial se hab\u00eda atenuado y el destacamento penal se hab\u00eda convertido en un negocio paladino para el Estado.<\/p>\n<p>Los primeros campos de trabajo estuvieron bajo mando militar. Detenidos y prisioneros cavaron trincheras, construyeron fortificaciones o despejaron escombros a la vista de soldados y oficiales. Al cabo de menos de un a\u00f1o, los rebeldes a\u00f1adieron a esa explotaci\u00f3n primaria de los presos pol\u00edticos y de los prisioneros de guerra una forma m\u00e1s retorcida. No me resisto a repetir parte del pre\u00e1mbulo del decreto 281, del 28 de mayo de 1937, fecha que coincide por cierto con la apertura de Buchenwald. Este decreto inaugur\u00f3 una explotaci\u00f3n sistem\u00e1tica de la mano de obra republicana.<\/p>\n<p>\u201cEl derecho al trabajo que tienen todos los espa\u00f1oles -dice el decreto aludiendo al Fuero del Trabajo del mismo a\u00f1o- no ha de ser regateado por el Nuevo Estado a los prisioneros y presos rojos&#8230; la concesi\u00f3n de este derecho&#8230; podr\u00eda implicar una concesi\u00f3n m\u00e1s sin eficacia ante la pasividad que adoptasen sus titulares, dejando incumplido los fines que la declaraci\u00f3n al derecho supone, o sea que puedan sustentarse por su propio esfuerzo, que presten el auxilio debido a su familia y que no constituyan un peso muerto al erario p\u00fablico. Tal derecho al trabajo viene presidido por la idea de derecho funci\u00f3n o derecho deber y, en lo preciso, derecho obligaci\u00f3n\u201d.<\/p>\n<p>Pocas veces es dable tropezar con un texto tan circunvoluto y a la vez tan paladino. Su redactor no produce la impresi\u00f3n de un sanguinario incontinente ni de un fr\u00edo razonador a lo nazi convencido de la superioridad de la raza elegida. La voz que el texto transmite es, a ras del suelo, la de un cl\u00e9rigo diestro en manipulaciones verbales. El decreto, inspirado por el jesuita P\u00e9rez del Pulgar, otorga al preso pol\u00edtico el derecho a trabajar, pero no le deja opci\u00f3n. Si no coopera, se le obliga. La torsi\u00f3n a la que el concepto de derecho es sometido trasunta el prop\u00f3sito de la supuesta concesi\u00f3n. El gesto persigue en realidad descargar sobre el preso el costo de su prisi\u00f3n. Unas l\u00edneas m\u00e1s abajo -que no transcribo textualmente- el decreto distingue los presos imputados de hechos graves a los que no concede derecho alguno, del grupo numeroso de los desafectos al nuevo r\u00e9gimen sobre el que no pesan acusaciones precisas, pero que se prefiere mantener encerrado. Esta declaraci\u00f3n acredita que el trabajo penitenciario fue un recurso para ampliar la escala de la represi\u00f3n hasta extremos poco justificables, sin incurrir por ello en gastos o sin detraer esa mano de obra del circuito de producci\u00f3n. El engendro alcanzar\u00eda su \u00e9xito hermanado con la empresa privada.<\/p>\n<p>El invento merece una larga reflexi\u00f3n que nos llevar\u00eda demasiado tiempo hacer y que no es \u00e9ste el momento de emprenderla. No quiero sin embargo dejar de pasar la ocasi\u00f3n para llamar la atenci\u00f3n sobre dos aspectos, venganza y clase, que, a mi modo de ver, se hallan en el origen de la redenci\u00f3n. Alzados en armas confiando que su sublevaci\u00f3n se impondr\u00eda a la primera y que disfrutar\u00edan luego de un pa\u00eds intacto, su derrota ante la resistencia que los obreros presentaron en los centros principales del pa\u00eds tom\u00f3 de sorpresa a los militares. Las reglas del juego, a la usanza del siglo XIX y comienzos del XX, se hab\u00edan roto. Exhibir las armas no garantizaba la pasividad de la sociedad y el triunfo de la apuesta pol\u00edtica secundada por ellas. El \u00e9xito parcial obtenido por la sublevaci\u00f3n deriv\u00f3 en una escalada hasta una larga guerra de desgaste. El triunfo militar fue alcanzado en medio de la desolaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En lugar de aceptar la responsabilidad que les incumb\u00eda por sus acciones y por sus c\u00e1lculos equivocados, los militares rumiaron vengarse de quienes hab\u00edan osado desafiar su supremac\u00eda con las mismas armas y los acusaron de rebeli\u00f3n militar, dando la vuelta a la manga de los hechos con absoluto descaro. Los militares no aplicaron contra s\u00ed mismos el comportamiento tipificado en los c\u00f3digos, por felones, sino que con desfachatez lo usaron para condenar y ejecutar a civiles y compa\u00f1eros de armas que defendieron al gobierno agredido. En esa duplicidad, fundamentaron por a\u00f1os las ejecuciones en masa o la retenci\u00f3n en c\u00e1rceles. Por lo que respecta a los da\u00f1os materiales ocasionados, dos leyes, la de responsabilidades pol\u00edticas y la redenci\u00f3n de penas por el trabajo, fueron ideadas como instrumentos no menos estramb\u00f3ticos de una venganza de orden econ\u00f3mico. La primera ley penaliz\u00f3 el bolsillo de las clases medias afectas a la Rep\u00fablica, como bien conoce Conxita Mir; la redenci\u00f3n hizo en cambio recaer sobre las espaldas de los trabajadores la reconstrucci\u00f3n del pa\u00eds.<\/p>\n<p>La imposici\u00f3n del trabajo forzado se articulaba a la perfecci\u00f3n con el esp\u00edritu de clase que compart\u00edan rebeldes y mentores. El obrero, objeto de la venganza, era en fin de cuentas el objeto de explotaci\u00f3n de siempre. La novedad que el invento aportaba era la forma m\u00e1s cruda de explotaci\u00f3n. Por encima de las ideolog\u00edas, el esp\u00edritu de clase prevaleci\u00f3 y descart\u00f3 los hornos crematorios o sus equivalente. El preso ten\u00eda m\u00e1s cuenta en el tajo que muerto. Es as\u00ed c\u00f3mo el Estado se inici\u00f3 como proveedor de mano de obra al sector privado. La importancia que atribuyo a la mentalidad de clase no se crea que corresponde a una concepci\u00f3n marxista propia, sino que los hechos la sustentan. El franquismo se comport\u00f3 siempre de un modo rigurosamente marxista. Intervino en la lucha de clases no para abolir la explotaci\u00f3n del hombre por el hombre, sino para validar esa noci\u00f3n. En el marxismo, lo suyo no era la cara resplandeciente de la medalla, sino su reverso sombr\u00edo. Su marxismo lo alejaba por cierto del comportamiento represivo habitual de los gobiernos absolutos, plenamente seguros de su legitimidad. Siglos antes, los monarcas de derecho divino pon\u00edan fin a las rebeliones colgando a los cabecillas y extendiendo un amplio perd\u00f3n a los amotinados. El franquismo, sintiendose espurio e ileg\u00edtimo, se ensa\u00f1\u00f3 m\u00e1s con los segundos que con los primeros.<\/p>\n<p>Once a\u00f1os m\u00e1s tarde de la promulgaci\u00f3n del decreto referido, el r\u00e9gimen de trabajo penitenciario prosegu\u00eda su curso, con apenas alg\u00fan retoque. Los datos a mi alcance en la oficina del destacamento me recuerdan que el Estado cobraba entonces a Construcciones Mol\u00e1n, la empresa a cargo de la obra del monasterio, como he dicho, diez pesetas con cincuenta c\u00e9ntimos diarios por cada preso cedido, cantidad un tercio o m\u00e1s por debajo del salario b\u00e1sico que percib\u00eda el trabajador \u201clibre\u201d. El Estado, como agente reclutador, alquilaba mano de obra a un m\u00f3dico precio, pero con una ganancia neta. La empresa reduc\u00eda por su parte los costos laborales y aumentaba otro tanto los beneficios que realizaba. El trabajo forzado de los presos represent\u00f3 para las empresas constructoras del franquismo una tosca fuente de acumulaci\u00f3n de capital, que cabe calificar mejor que nunca de \u201cprimitiva\u201d. Concluida la extorsi\u00f3n de los presos pol\u00edticos, el capital acumulado culminar\u00eda su recorrido ascendente bautizando, en un caso conocido, un puerto recreativo de la Costa del Sol con el nombre del constructor de la carretera de ingreso a Cuelgamuros. Fue, pues, negocio a dos puntas, del Estado y de las empresas, con un pagador \u00fanico: el recluso.<\/p>\n<p>El negocio que el Estado hac\u00eda arrendando presos cabe descomponerlo de la manera siguiente. De las diez pesetas con cincuenta c\u00e9ntimos diarias cobradas, dos reales iban a parar a una cartilla abierta a nombre del penado, cuyo monto recib\u00eda el interesado al ser licenciado. Por cada a\u00f1o trabajado, el preso ingresaba alrededor de treinta duros, que le valdr\u00edan en su d\u00eda de poco. Mil doscientas pesetas por trabajar ocho a\u00f1os suena a sarcasmo. De las diez pesetas que restaban del alquiler, cinco eran tantas como las presupuestadas por la administraci\u00f3n para la manutenci\u00f3n del preso. Al cobrar el alquiler de un preso, el Estado se resarc\u00eda por lo tanto del gasto en que incurr\u00eda en sustentar al preso. En esto, el encierro del adversario le sal\u00eda gratis. Encima, la otra mitad del arriendo compensaba al Estado por los gastos incurridos en la custodia (funcionarios de prisiones, de los patronatos, polic\u00edas y militares), as\u00ed como en el mantenimiento del aparato administrativo conexo. El Estado no se ve\u00eda obligado por consiguiente a soltar a la poblaci\u00f3n reclusa para ahorrar y, en el caso de aumentar ella, el presupuesto no corr\u00eda el riesgo de desequilibrarse.<\/p>\n<p>Consultados los documentos y las partidas presupuestarias del Ministerio de Justicia y del Ej\u00e9rcito (incluso las de la \u201ccontabilidad creativa\u201d que ya se usaba entonces), los historiadores resolver\u00e1n si la redenci\u00f3n de penas por el trabajo constituy\u00f3 una fuente at\u00edpica de ingresos netos o si, como sostengo en el p\u00e1rrafo anterior, financi\u00f3 el alto volumen de represi\u00f3n que caracteriz\u00f3 al franquismo. La negaci\u00f3n franquista de la concordia hunde su ra\u00edz en su ideolog\u00eda y en sus emociones, pero tambi\u00e9n cont\u00f3 con medios econ\u00f3micos para no variarla. La investigaci\u00f3n que propongo deber\u00eda ir acompa\u00f1ada -a\u00f1ado para completar el panorama- del estudio del costo de la construcci\u00f3n del Valle de los Ca\u00eddos, no s\u00f3lo el directo por lo invertido en las obras, sino tambi\u00e9n el indirecto, es decir, el da\u00f1o causado a la reconstrucci\u00f3n y desarrollo de un pa\u00eds en ruinas al haber detra\u00eddo recursos escasos (mano de obra incluida) y haberlos inmovilizado en una inversi\u00f3n improductiva, como es la erecci\u00f3n de un mausoleo a la vanidad del dictador. Los historiadores econ\u00f3micos tienen la palabra.<\/p>\n<p>Estudios como los que sugiero son factibles puesto que la burocracia del r\u00e9gimen, tanto la militar como la del Ministerio de Justicia y otras ramas de la administraci\u00f3n, dejaron montones de documentos. Me consta la variedad de oficios, partes, estadillos y un largo etc\u00e9tera que sal\u00edan de la oficina de un destacamento penal modesto como era el que constru\u00eda el monasterio de Cuelgamuros. A diario, part\u00eda correspondencia para la Direcci\u00f3n General de Prisiones, al Patronato de Redenci\u00f3n de Penas por el Trabajo, a diferentes prisiones o a la guardia civil. Siete veces al d\u00eda se efectuaba, por ejemplo, un recuento cuyos resultados eran transmitidos sin retraso y que daba lugar a continuaci\u00f3n a res\u00famenes semanales o mensuales. En un curioso estadillo, d\u00e1bamos incluso de baja del almac\u00e9n d\u00eda tras d\u00eda la cantidad te\u00f3rica de alimentos consumidos. Estos papeles, que duermen en legajos, recogen m\u00e1s all\u00e1 de las vicisitudes estad\u00edsticas, buena parte de las tensiones vividas en el campo. Los documentos esperan al historiador que los lea.<\/p>\n<p>No es costumbre que el historiador tome a pie juntillas el contenido de las fuentes. Los papeles de los destacamentos penales requieren una lectura cr\u00edtica, m\u00e1s unos que otros. Una cosa son, por ejemplo, los listados primarios de presos que merecen pleno cr\u00e9dito. Ning\u00fan funcionario se hubiera atrevido a disimular la desaparici\u00f3n de un preso. Otra cosa son en cambio los de car\u00e1cter econ\u00f3mico. El negocio que el Estado hac\u00eda en las alturas invitaba a la malversaci\u00f3n entre sus servidores: funcionarios a cargo de la custodia y, por colusi\u00f3n, tal vez m\u00e1s arriba. El r\u00e9gimen sentaba ejemplo para la corrupci\u00f3n general. Me explico.<\/p>\n<p>Una de mis obligaciones consist\u00eda, como he dejado dicho, en confeccionar un men\u00fa diario con un contenido cal\u00f3rico equilibrado de hidratos de carbono, grasas y prote\u00ednas dentro de los valores previstos. La tabla deb\u00eda cuadrar el n\u00famero de presos y las existencias en almac\u00e9n, dando gradualmente de baja las remesas mensuales que hac\u00eda la Direcci\u00f3n General de Prisiones. Esa tabla no se calculaba por anticipado, no era preceptiva, sino que se compon\u00eda cuando urg\u00eda remitirla al Ministerio. Obraba de justificante. Relaci\u00f3n no guardaba alguna con lo que se guisaba en la cocina ni con las existencias. En los meses que la confeccion\u00e9, nunca tuve que consultar al cocinero ni pis\u00e9 el dep\u00f3sito. Se trataba, pues, de un ejercicio te\u00f3rico para cumplir con un requisito administrativo. Las tablas tan s\u00f3lo representaban la concepci\u00f3n diet\u00e9tica del m\u00e9dico que introdujo esa preocupaci\u00f3n en la administraci\u00f3n, con buena voluntad pero sin \u00e9xito. Los intereses iban por otro lado. En este ejercicio, incidentalmente, le tom\u00e9 la mano al c\u00e1lculo del valor cal\u00f3rico de los alimentos, conocimiento que me sirvi\u00f3 luego en mi profesi\u00f3n, cuando estim\u00e9 algo tan novedoso entonces como la dieta de un ej\u00e9rcito de Felipe II. Me temo que los datos de entonces fueran igual de aproximados que los posteriores.<\/p>\n<p>Que los c\u00e1lculos fueran por un lado y la cocina y el almac\u00e9n por otro, nada tiene de particular. En principio, no ten\u00eda por qu\u00e9 haber faltado un gramo de comida. Lo que hac\u00eda que las estimaciones fueran doblemente hipot\u00e9ticas era que los v\u00edveres dados de baja o no hab\u00edan entrado en el almac\u00e9n o lo hab\u00edan hecho por debajo de las cantidades consignadas. Los camiones llegaban al destacamento cada tanto. A la vista de todos, se descargaban algunos sacos o bidones y, en seguida, regresaban sin perder mucho peso. Se comentaba que el estraperlo de Madrid se abastec\u00eda de alimentos detra\u00eddos en gran parte de c\u00e1rceles y cuarteles. Determinar el destino de los camiones o los beneficios de la operaci\u00f3n no estaba en nuestras manos. Lo probable es que los interesados formaran cadena para encubrir el robo a distintos niveles. Los presos, en todo caso, no dudaban de que el jefe del destacamento llevaba una parte. Este jefe, religioso y adusto, no se hallaba para suerte suya desprovisto de toda sensibilidad. Recuerdo, por ejemplo, que me cont\u00f3 a la puerta de su casa el horror que sinti\u00f3 en determinada ocasi\u00f3n. Siendo \u00e9l, en los primeros a\u00f1os de la posguerra, simple funcionario en la mal afamada c\u00e1rcel de Porlier cada anochecer se llamaba a los presos que deb\u00edan ingresar en capilla. De su encierro, saldr\u00edan a la ma\u00f1ana siguiente para ser fusilados. El cura de la prisi\u00f3n presenciaba el acto puesto que ten\u00eda que ofrecerles sus oficios durante la noche. Un d\u00eda, la lista no pas\u00f3 de once. Recuerdo con exactitud la cifra. El m\u00e1s adelante jefe oy\u00f3 estremecido al cura preguntarle al acabar la lectura, fr\u00edamente: \u201c\u00bfNada m\u00e1s?\u201d. El malestar que la pregunta le provoc\u00f3, agravado por su condici\u00f3n de creyente y arrastrado en silencio por a\u00f1os, rescataba, finalmente, como ser humano a este miembro del aparato represor frente a la aspereza del cura insaciable.<\/p>\n<p>El escamoteo de la comida a los presos del destacamento penal de Cuelgamuros no lleg\u00f3 a tener las consecuencias que cabr\u00eda esperar. En el trabajo del monasterio, los presos hac\u00edan horas extraordinarias que la empresa pagaba en mano y a valores corrientes. Ese ingreso, aunque corto, alcanzaba para fumar, beber y comer algo de m\u00e1s. Miradas de cerca las cosas, el penado pagaba doble su propio sustento: del ingreso que produc\u00eda su trabajo, el Estado sacaba el monto de la alimentaci\u00f3n que le serv\u00eda mermada en el comedor; por otro lado, el preso supl\u00eda en la cantina de su propio bolsillo la parte que le era hurtada. En ese mundo de miserias, el preso se libraba a base de sufrimiento de las morales. El represor-delincuente que se enriquec\u00eda a costa suya, en cambio, las acaparaba todas, menos las materiales.<\/p>\n<p>A pesar del color de la camisa que asomaba por encima del cuello de la guerrera de algunos funcionarios de prisiones, el r\u00e9gimen de campos de concentraci\u00f3n franquista no parece responder a un modelo azul, al modo nazi. Los campos no fueron entregados al partido ni se llenaron por las mismas fobias que en Alemania: jud\u00edos, insalubres o comunistas. El origen de los campos espa\u00f1oles tiene un sello militar que se remonta a la guerra de Cuba. El concepto no hubo de ser importado del norte de Europa o de sus doctrinas totalitarias, sino que posee un antecedente colonial. Al estallar la guerra civil, los campos se improvisaron a partir de la experiencia propia. Su pronta sistematizaci\u00f3n corri\u00f3, como hemos visto, no por cuenta del partido, sino de la pluma de eclesi\u00e1sticos que sacaron a los campos de la represi\u00f3n ciega para dotarles de una racionalidad deshumanizada, dif\u00edcil de compartir, pero que demostr\u00f3 su eficacia para los objetivos perseguidos por el r\u00e9gimen. \u00c9stos eran, como he dicho, vengar su frustraci\u00f3n militar y asegurar el dominio a largo plazo de una clase sobre otra, encuadradas ambas en la visi\u00f3n org\u00e1nica de la sociedad por la que a unos grupos corresponde servir y a otros mandar. En el m\u00e9todo ideado, venganza y clase se complementaban a la perfecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Los campos franquistas no fueron un expediente de guerra, sino un invento complejo para mantener sometidas despu\u00e9s de terminada la contienda a grandes capas de la poblaci\u00f3n sin que la enormidad de los costos presupuestarios y econ\u00f3micos obligaran a aflojar las riendas. Los militares no suelen preocuparse por la intendencia que para ellos existe para facilitarles sus planes. La preocupaci\u00f3n por la intendencia tampoco la introdujeron como cabr\u00eda suponer los economistas de poco predicamento todav\u00eda, sino los sacerdotes con vara alta y que adoctrinaban en Deusto y en otras partes a los economistas.<\/p>\n<p>La \u00f3ptica que he elegido para comentar el caso de los campos de concentraci\u00f3n a partir de mi propia experiencia no excluye el reconocimiento de los sufrimientos materiales y morales, de los presos y de sus familias, pero busca m\u00e1s all\u00e1 una explicaci\u00f3n del volumen y duraci\u00f3n de la persecuci\u00f3n a los connacionales hasta extremos superiores a los de la propia Alemania nazi, que vio interrumpido su experimento por la victoria aliada. Los campos de la Alemania nazi se convirtieron en instrumentos despiadados de la guerra; los franquistas eso mismo y algo m\u00e1s. Valieron para la represi\u00f3n en un pa\u00eds ensangrentado. La represi\u00f3n al prolongarse cedi\u00f3 furor vengativo para crecer como negocio y abrir los brazos a la corrupci\u00f3n. Creo recordar que fue sir Samuel Hoare, el embajador ingl\u00e9s en Madrid y buen conocedor de la corte del Pardo, quien defini\u00f3 al r\u00e9gimen de Franco como \u201cuna dictadura templada por la corrupci\u00f3n\u201d. Una noci\u00f3n y una aplicaci\u00f3n corruptas templaron el r\u00e9gimen penitenciario, sin que perdiera entidad.<\/p>\n<p>Para concluir, no deja de sorprender que Franco, tan atento a los s\u00edmbolos que le hicieron pasearse bajo palio o a concebir el Valle de los Ca\u00eddos, no haya percibido qu\u00e9 agregaba a su mausoleo al utilizar presos pol\u00edticos en su construcci\u00f3n. Con un poco m\u00e1s de dinero, del que dispuso libremente, pod\u00eda haber contratado trabajadores libres y haberse ahorrado dejar una huella de venganza sobre los vencidos y de negocio con los obreros. La seguridad con que se mov\u00eda en su soberbia lo traicion\u00f3. Sus restos permanecen sepultados a gusto en un monumento de sa\u00f1a y de corrupci\u00f3n.<\/p>\n<p>El presente texto fue presentado en una ponencia en el congreso Los campos de concentraci\u00f3n y el mundo penitenciario en Espa\u00f1a durante la guerra civil y el franquismo, celebrado en Barcelona los d\u00edas 21, 22 y 23 de octubre de 2002. Este texto aparecer\u00e1 en las Actas de este congreso; as\u00ed como en el libro editado por Molinero: Sala y Sobrequ\u00e9s, Una inmensa prisi\u00f3n, Barcelona,Ed. Cr\u00edtica, pr\u00f3xima aparici\u00f3n.<\/p>\n<p><i>El autor es maestro em\u00e9rito de la New York University.<\/i><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Publicado en Memoria 171 mayo 2003 | Reflexiones | <\/p>\n<p>Hace pocas semanas, un realizador de documentales franc\u00e9s se maravillaba en una conversaci\u00f3n conmigo de que, en una visita reciente a Cuelgamuros, los gu\u00edas oficiales y los folletos descriptivos segu\u00edan repitiendo en pleno siglo XXI la cantinela franquista sobre el Valle de los Ca\u00eddos y el hu\u00e9sped principal de la cripta. Nunca mencionan que los presos pol\u00edticos levantaron el monumento. Patrimonio Nacional, bajo cuya autoridad se encuentra el conjunto, no vende en su kiosco la Verdadera historia del Valle de los Ca\u00eddos de Daniel Sueiro ni el libro general de Ismael de Lafuente sobre el trabajo forzado en los campos o destacamentos penales, ni siquiera el video de la pel\u00edcula de Fernando Colombo sobre una sonada fuga del lugar. <\/p>\n<p>                                                    S\u00e1nchez-Albornoz, Nicol\u00e1s<\/p>\n<p>Es m\u00e1s, cuando este realizador pregunt\u00f3 sobre los presos pol\u00edticos de Cuelgamuros, el gu\u00eda, molesto, lo calific\u00f3 de patra\u00f1a. La negaci\u00f3n, en su interpretaci\u00f3n m\u00e1s benigna, significa un cambio por lo menos de sensibilidad o tal vez un acomodo a los tiempos que corren. En momentos m\u00e1s lejanos, que hubieran trabajado presos en Cuelgamuros se hubiera tenido a gala. Bien miradas las cosas, ni el gu\u00eda ni el director, el recalcitrante duque de San Carlos, son responsables \u00faltimos del desprop\u00f3sito. El reproche corresponde hacerlo a los gobiernos, el actual y los pasados, que toleran la ocultaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Que yo sepa, quedan cuatro presos pol\u00edticos capaces de atestiguar que trabajaron en Cuelgamuros, a uno de los cuales ten\u00e9is delante. Los otros se apellidan Vera, Iniesta y Rubio. Me alegrar\u00eda que fu\u00e9ramos m\u00e1s, pero me temo que sea hora de que salte la alarma. El pozo de testimonios personales est\u00e1 por agotarse. No falta mucho para que los historiadores no puedan contar con testigos presenciales y que tengan que recurrir a los papeles. Todo gobierno burocr\u00e1tico-autoritario deja sin embargo cientos de miles, si no millones, de documentos para gozo del historiador futuro. En punto a los campos de concentraci\u00f3n, estamos tocando el futuro: los archivos se est\u00e1n abriendo mientras la palabra se desvanece. Como profesional, siempre insisto en que hay que consultar las fuentes. Ante este congreso, me contentar\u00e9 sin embargo con deponer como testigo de cargo.<\/p>\n<p>Mi salud mental me ha librado del s\u00edndrome de Estocolmo. No siento apego a mis guardianes ni he vuelto jam\u00e1s al lugar de los hechos. Abomino de Cuelgamuros. Me niego a poner los pies en ese trozo de tierra hermoso antes de ser profanado y, en p\u00fablico, he puesto condiciones para hacerlo que no tengo inconveniente en repetir. \u00c9stas son que la cripta pase a otro uso y agrego ahora por culpa de la edad que se habilite un urinario sobre la tumba del Caudillo para que pueda aliviar mi pr\u00f3stata. Una cosa es no volver al valle y otra es caquearse. Cuando la prensa, la televisi\u00f3n, los congresos o el cine me preguntan, nunca dejo de responder, pero tampoco he convertido el episodio en el centro de mi vida al modo de ciertos ex combatientes. Me ocupo habitualmente de asuntos menos s\u00f3rdidos y m\u00e1s gratos. De cuanto s\u00e9 de Cuelgamuros o de los destacamentos penales, no se espere un relato sangrante como el escrito por Jorge Sempr\u00fan sobre Buchenwald. Mi palabra no vale lo que su pluma ni la materia es comparable. Mi testimonio tampoco tomar\u00e1 la forma literaria y emotiva con la que mi compa\u00f1ero de fuga y de exilio, Manuel Lamana, recuper\u00f3 en su novela Otros hombres las vicisitudes que pasamos juntos. En el historiador que soy, prima el contexto sobre la vivencia. Al modo de un historiador &#8220;funcionalista&#8221;, mi experiencia me llevar\u00e1 a analizar c\u00f3mo operaban los campos.<\/p>\n","protected":false},"author":9,"featured_media":3815,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[22],"tags":[],"class_list":["post-250","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-historia-del-movimiento-y-de-la-clase-obrera"],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/250","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/9"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=250"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/250\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/3815"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=250"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=250"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=250"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}