{"id":3026,"date":"2015-08-02T00:00:00","date_gmt":"2015-08-01T23:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=3026"},"modified":"2020-02-19T09:02:22","modified_gmt":"2020-02-19T08:02:22","slug":"posmarxismo-crisis-recomposicion-o-liquidacion-del-marxismo-en-la-obra-de-ernesto-laclau","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=3026","title":{"rendered":"\u00bfPosmarxismo? Crisis, recomposici\u00f3n o liquidaci\u00f3n del marxismo en la obra de Ernesto Laclau*"},"content":{"rendered":"<p>* Este cap\u00edtulo fue publicado en 1996 con el t\u00edtulo &#8216;\u00bfPosmarxismo? Crisis, recomposici\u00f3n o liquidaci\u00f3n del marxismo en la obra de Ernesto Laclau&#8217;, en: Revista M\u00e9xicana de Sociolog\u00eda M\u00e9xico. vol. 58, n\u00fam. 1, enero-marzo.<\/p>\n<p><strong>Introducci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>La crisis te\u00f3rica en la sociolog\u00eda y la ciencia pol\u00edtica, expresi\u00f3n del colapso de los paradigmas que organizaron las actividades de esas disciplinas desde los a\u00f1os de la posguerra, ha abierto un vac\u00edo que se ha convertido en el campo de batalla de un conjunto de nuevas teorizaciones y enfoques epistemol\u00f3gicos. Pero el trono que dejaran vacante la fugaz supremac\u00eda del &#8216;estructural funcionalismo&#8217; en la sociolog\u00eda y el r\u00e1pido agotamiento de la as\u00ed llamada &#8216;revoluci\u00f3n conductista&#8217; en la ciencia pol\u00edtica se encuentra a\u00fan a la espera de su sucesor. Los pretendientes que pugnan por la sucesi\u00f3n han sido hasta ahora incapaces de conquistar el reino, aun cuando algunos de ellos, como la escuela de la &#8216;elecci\u00f3n racional&#8217; han expandido notablemente su esfera de influencia y penetrado con fuerza en las ciudadelas te\u00f3ricas de sus adversarios. No obstante, las insanables debilidades te\u00f3ricas y epistemol\u00f3gicas de este enfoque permiten pronosticar que su futuro en una disciplina tan antigua como la filosof\u00eda pol\u00edtica no habr\u00e1 de ser brillante y con toda seguridad ser\u00e1 breve.<\/p>\n<p>Uno de los candidatos que aspira a ocupar el trono vacante, no el m\u00e1s fuerte pero aun as\u00ed de cierto peso, es el &#8216;posmarxismo&#8217;. Las significativas transformaciones experimentadas por las sociedades capitalistas desde los a\u00f1os setenta unidas a la desintegraci\u00f3n de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica y las &#8216;democracias populares&#8217; de Europa Oriental proyectaron al primer plano, por en\u00e9sima vez, el tema de la crisis del marxismo y la urgencia de su radical e irreversible superaci\u00f3n. Una de las expresiones m\u00e1s ambiciosas en este sentido es precisamente el &#8216;posmarxismo&#8217;, concebido como un gran esfuerzo de s\u00edntesis entre ciertos aspectos del legado de la obra de Karl Marx, interpretados con total liberalidad, y algunas contribuciones te\u00f3ricas producidas al amparo de tradiciones intelectuales irreconciliables con el socialismo marxista. Tal como pretendemos demostrar en este cap\u00edtulo, el resultado final de tal empresa es una f\u00f3rmula te\u00f3ricamente ecl\u00e9ctica y pol\u00edticamente conservadora.<\/p>\n<p>La obra de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe constituye una de las m\u00e1s importantes contribuciones al desarrollo del pensamiento &#8216;posmarxista&#8217;. Seg\u00fan la opini\u00f3n vertida por ambos autores en el &#8216;Prefacio&#8217; a la edici\u00f3n espa\u00f1ola de Hegemon\u00eda y estrategia socialista. Hacia una radicalizacion de la democracia, las tesis desarrolladas en ese libro \u2013originalmente publicado en Londres en 1985\u2013 han &#8216;estado desde entonces en el centro de un conjunto de debates, a la vez te\u00f3ricos y pol\u00edticos, que tienen lugar actualmente en el mundo anglosaj\u00f3n&#8217; (1987 [b]: p. vii [en adelante, HES]). Sin desmerecer la importancia de las reflexiones all\u00ed contenidas nos parece que esta afirmaci\u00f3n es un tanto exagerada, producto tal vez de eso que Gramsci acertadamente llamara &#8216;la visi\u00f3n del campanario&#8217; y que s\u00f3lo permite percibir los l\u00edmites peque\u00f1os de la aldea ignorando lo que ocurre fuera de sus murallas. M\u00e1s cercano a la verdad ser\u00eda afirmar que dichas tesis causaron una cierta agitaci\u00f3n que todav\u00eda palpita, si bien d\u00e9bilmente, en algunos c\u00edrculos acad\u00e9micos latinoamericanos \u2013especialmente en Argentina, Chile y M\u00e9xico\u2013 y en menor medida en el Reino Unido. Sin embargo, en el coraz\u00f3n del mundo anglosaj\u00f3n al cual se refieren Laclau y Mouffe, Estados Unidos \u2013para no hablar de Europa continental y buena parte del resto de Am\u00e9rica Latina, \u00c1frica y Asia\u2013 tales tesis han pasado pr\u00e1cticamente desapercibidas. En el terreno de los partidos y movimientos sociales es imposible dejar de advertir que en relaci\u00f3n a los debates pol\u00edticos y pr\u00e1cticos del Foro de S\u00e3o Paulo o el Congreso Nacional Africano, el partido liderado por Nelson Mandela en Sud\u00e1frica \u2013para usar algunos de los ejemplos mencionados en la obra de Laclau y Mouffe\u2013 la incidencia pr\u00e1ctica de las propuestas del &#8216;posmarxismo&#8217; no ha sido m\u00e1s gravitante que las que les pudo haber cabido a las teorizaciones de Wittgenstein, Derrida o Lacan. En este sentido, tampoco ser\u00eda razonable suponer que la reciente \u2013y deplorable\u2013 &#8216;actualizaci\u00f3n&#8217; doctrinaria producida por el Partido Laborista de Gran Breta\u00f1a, o la creaci\u00f3n en Italia del Partido Democr\u00e1tico de Izquierda por parte de los &#8216;emigrados&#8217; del antiguo pci, guarden demasiado parentesco, pese a su evidente afinidad ideol\u00f3gica, con la minuciosa &#8216;deconstrucci\u00f3n&#8217; del marxismo llevada a cabo en HES y en los textos posteriores de Laclau y Mouffe (Laclau, 1993).<\/p>\n<p>Pese a ello es indiscutible que la obra de Laclau y Mouffe ha adquirido una indudable gravitaci\u00f3n en las ciencias sociales latinoamericanas y entre los intelectuales tributarios de las diversas corrientes en las que hoy se expresa el talante posmoderno. En su tiempo Gino Germani observ\u00f3 que uno de los rasgos aberrantes del medio acad\u00e9mico latinoamericano era que la extraordinaria divulgaci\u00f3n adquirida por las cr\u00edticas formuladas a un cierto autor o corriente intelectual \u2013en su caso, Talcott Parsons y la &#8216;sociolog\u00eda cient\u00edfica&#8217; estadounidense\u2013 no estaban acompa\u00f1adas (y mucho menos precedidas) por id\u00e9ntico empe\u00f1o puesto en conocer seriamente la naturaleza, alcances e implicaciones del pensamiento criticado. Su comentario reflejaba el asombro que le hab\u00eda producido la fulminante popularizaci\u00f3n de los cuestionamientos \u2013sin duda acertados, conviene aclarar\u2013 de C. Wright Mills al modelo parsoniano, en circunstancias en que \u00e9ste apenas era conocido por los lectores de habla hispana1. Si traemos este recuerdo a colaci\u00f3n es porque treinta a\u00f1os m\u00e1s tarde el absurdo todav\u00eda persiste, s\u00f3lo que en forma invertida: si en el fragor rebelde de los a\u00f1os sesenta era el pensamiento del establishment el que deb\u00eda pugnar por instalarse leg\u00edtimamente en el debate ideol\u00f3gico, en los conservadores a\u00f1os noventa es la cr\u00edtica marxista la que es desterrada a los m\u00e1rgenes de la controversia te\u00f3rica. Como ocurre con harta frecuencia en nuestros pa\u00edses, el &#8216;debate&#8217; fue sustituido por un aburrido mon\u00f3logo de escaso inter\u00e9s intelectual y de menor trascendencia pr\u00e1ctica. Cabe se\u00f1alar, no obstante, que nuestros profundos e insalvables desacuerdos con la perspectiva &#8216;posmarxista&#8217; que desarrollan Laclau y Mouffe no implican subestimar los m\u00e9ritos formales de su reflexi\u00f3n ni, menos todav\u00eda, insinuar temerarias hip\u00f3tesis sobre los prop\u00f3sitos que la habr\u00edan animado. Por el contrario, se trata de divergencias te\u00f3rico-pol\u00edticas, y la amplitud y minuciosidad de su trabajo exigen un cuestionamiento serio y fundado. Esto es lo que trataremos de hacer en las p\u00e1ginas que siguen.<\/p>\n<p>En estas notas nos limitaremos a examinar las tesis sociol\u00f3gicas y pol\u00edticas que nos parecen centrales en el discurso de nuestros autores. Dejamos a los especialistas en ling\u00fc\u00edstica, semi\u00f3tica, psicoan\u00e1lisis y filosof\u00eda la tarea de v\u00e9rselas con las aplicaciones que Laclau hizo de las contribuciones de Wittgenstein, Lacan y Derrida a la teor\u00eda pol\u00edtica, tema sobre el cual aqu\u00e9llos no han demostrado, al menos hasta ahora, demasiado inter\u00e9s en discutir. Hechas estas salvedades, corresponde ahora adentrarse en los complejos laberintos discursivos de la obra de nuestros autores y evaluar el resultado de su labor .<\/p>\n<p><strong>El programa &#8216;posmarxista&#8217;<\/strong><\/p>\n<p>En reiteradas ocasiones, Laclau y Mouffe se preocuparon por se\u00f1alar la naturaleza y el contenido te\u00f3rico y pr\u00e1ctico de su programa de fundaci\u00f3n del &#8216;posmarxismo&#8217;. Previsiblemente, el punto de partida no pod\u00eda ser otro que la crisis del marxismo. Pero, contrariamente a lo que sostienen muchos de los m\u00e1s enconados cr\u00edticos de esta tradici\u00f3n que establecen la fecha de su presunta muerte en algun indefinido momento de la d\u00e9cada del setenta, para nuestros autores &#8216;esta crisis, lejos de ser un fen\u00f3meno reciente, se enraiza en una serie de problemas con los que el marxismo se ve\u00eda enfrentado desde la \u00e9poca de la Segunda Internacional&#8217; (1987 [b]: p. viii). El problema, en consecuencia, viene de muy lejos, y al explorar los textos de Laclau y Mouffe se llega a una asombrosa conclusi\u00f3n: en realidad, el marxismo estuvo siempre en crisis. Como veremos m\u00e1s abajo, la crisis se constituye en el momento mismo en que el joven prusiano y su acaudalado y culto amigo, Friedrich Engels, ajustaban cuentas con la filosofia cl\u00e1sica alemana en la apacible Bruselas de 1845 y estalla en mil pedazos cuando se forma la Segunda Internacional.<\/p>\n<p>Si bien una tesis tan extrema como \u00e9sta se hallaba inscripta en &#8216;estado pr\u00e1ctico&#8217; en algunos de los art\u00edculos que Laclau y Mouffe escribieran ya en la d\u00e9cada del setenta, es en las Nuevas Reflexiones de Laclau cuando este diagn\u00f3stico se plantea en su total radicalidad. Por eso es que a estas alturas las resonancias del pensamiento de la derecha conservadora \u2013Popper, Hayek, y otros por el estilo\u2013 son atronadoras, especialmente cuando Laclau sostiene, en consonancia con la premisa fundamental que inspira el diagn\u00f3stico de aqu\u00e9llos, que la fatal ambig\u00fcedad del marxismo &#8216;no es una desviaci\u00f3n a partir de una fuente impoluta, sino que domina la totalidad de la obra del propio Marx&#8217; (1993, p. 246)2. \u00bfDe qu\u00e9 ambig\u00fcedad se trata? De la que yuxtapone una historia concebida como &#8216;racional y objetiva&#8217; \u2013resultante de las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producci\u00f3n\u2013 a una historia dominada, seg\u00fan Laclau, por la negatividad y la contingencia, es decir, la lucha de clases. En su respuesta a la entrevista que le hiciera la revista Strategies, Laclau sostiene que &#8216;esta dualidad domina el conjunto de la obra de Marx, y porque lo que hoy tratamos de hacer es eliminar aqu\u00e9lla afirmando el car\u00e1cter primario y constitutivo del antagonismo, \u00e9sto implica adoptar una posici\u00f3n posmarxista y no pasar a ser \u00b4m\u00e1s marxistas\u2019, como t\u00fa dices&#8217; (1993, p. 192).<\/p>\n<p>Erradicar esta supuesta ambig\u00fcedad es pues un objetivo esencial y para ello Laclau est\u00e1 dispuesto a arrojar al ni\u00f1o junto con el agua sucia. Lo anterior supone postular algo que en la peculiar\u00edsima lectura que nuestro autor hace de los textos de Marx se encuentra ausente o, en el mejor de los casos, pobremente formulado: el &#8216;car\u00e1cter primario y constitutivo del antagonismo&#8217; (Laclau, 1993, p. 192). Por eso su propuesta es tan sencilla como intransigente: ante una falencia tan inadmisible como \u00e9sta, que escamotea nada menos que el antagonismo constitutivo de lo social, se hace necesario&#8230; \u00a1subvertir las categor\u00edas del marxismo cl\u00e1sico! El hilo de Ariadna para coronar exitosamente esta subversi\u00f3n \u2013dicen Laclau y Mouffe\u2013 se encuentra en la generalizaci\u00f3n de los fen\u00f3menos de &#8216;desarrollo desigual y combinado&#8217; en el tardocapitalismo y en el surgimiento de la &#8216;hegemon\u00eda&#8217; como una nueva l\u00f3gica que hace posible pensar la constituci\u00f3n de los fragmentos sociales dislocados y dispersos a consecuencia del car\u00e1cter desigual del desarrollo. Esta operaci\u00f3n, no obstante, estar\u00eda condenada al fracaso si previamente no se arrojaran por la borda los vicios del esencialismo filos\u00f3fico \u2013y el inefable &#8216;reduccionismo clasista&#8217; que le acompa\u00f1a; se desconociera el decisivo papel desempe\u00f1ado por el lenguaje en la estructuraci\u00f3n de las relaciones sociales; o si se decidiera avanzar en esta empresa sin antes &#8216;deconstruir&#8217; la categor\u00eda del sujeto (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: pp. vii-viii).<\/p>\n<p>Se comprenden as\u00ed las razones por las cuales el concepto de hegemon\u00eda queda instalado en un sitial privilegiado del discurso de Laclau y Mouffe. En efecto, el mismo provee el instrumental te\u00f3rico mediante el cual suturar, ficticiamente en el caso de nuestros autores, la ca\u00f3tica e infinita intertextualidad de discursos que constituyen lo social. La noci\u00f3n de hegemon\u00eda, ad usum Laclau y Mouffe, permite reconstituir, voluntar\u00edsticamente y desde el discurso, la unidad de la sociedad capitalista que se presenta, en sus m\u00faltiples reificaciones y fetichizaciones, como un kaleidoscopio en donde sus fragmentos, partes, estructuras, instituciones, organizaciones, agentes e individuos se entremezclan s\u00f3lo obedeciendo el azar de la contingencia. Es por eso que la palabra &#8216;hegemon\u00eda&#8217; remite, en la teorizaci\u00f3n de Laclau y Mouffe, a un concepto no s\u00f3lo distinto sino radicalmente antag\u00f3nico del que fuera desarrollado por Antonio Gramsci a finales de la d\u00e9cada del veinte. En su medular ensayo sobre el fundador del PCI, Perry Anderson reconstruy\u00f3 la historia del concepto de hegemon\u00eda, desde sus oscuros or\u00edgenes en los debates de la socialdemocracia rusa hasta su florecimiento en los Cuadernos de la C\u00e1rcel del te\u00f3rico italiano (1976-1977). La inserci\u00f3n de dicho concepto en la teor\u00eda social y pol\u00edtica de Marx vino de alguna manera a complementar, en la esfera de las superestructuras complejas \u2013la pol\u00edtica y el estado, la cultura y las ideolog\u00edas\u2013, los an\u00e1lisis que hab\u00edan quedado inconclusos en el cap\u00edtulo 52 del tercer tomo de El Capital. Pero para nuestros autores, en cambio, la centralidad del concepto de &#8216;hegemon\u00eda&#8217; certificar\u00eda el car\u00e1cter insalvable del hiato existente entre el marxismo cl\u00e1sico y el &#8216;posmarxismo&#8217;, puesto que seg\u00fan Laclau y Mouffe dicho concepto supuestamente remitir\u00eda a &#8216;una l\u00f3gica de lo social que es incompatible&#8217; con las categor\u00edas del primero (1987[b]: p. 3 [subrayado en el original]). As\u00ed, (mal) entendida, la &#8216;hegemon\u00eda&#8217; es la construcci\u00f3n conceptual que habilita el tr\u00e1nsito del marxismo al &#8216;posmarxismo&#8217;. En sus propias palabras:<\/p>\n<p>En este punto es necesario decirlo sin ambages: hoy nos encontramos ubicados en un terreno claramente posmarxista. Ni la concepci\u00f3n de la subjetividad y de las clases que el marxismo elaborara, ni su visi\u00f3n del curso hist\u00f3rico del desarrollo capitalista, ni, desde luego, la concepci\u00f3n del comunismo como sociedad transparente de la que habr\u00edan desaparecido los antagonismos, pueden seguirse manteniendo hoy (1987 [b]: p. 4).<\/p>\n<p>No es un dato menor constatar que esta formulaci\u00f3n surgida de la pluma de quienes se pretenden continuadores y reelaboradores del marxismo es m\u00e1s lapidaria que la que postula uno de los m\u00e1s conocidos exponentes del neoconservadurismo estadounidense, Irving Kristol. Para \u00e9ste, la muerte del socialismo &#8216;tiene contornos tr\u00e1gicos&#8217; por cuanto conlleva la desaparici\u00f3n de un &#8216;consenso civilizado&#8217;, fundado en argumentos serios aunque inaceptables desde el punto de vista de la burgues\u00eda, en relaci\u00f3n al funcionamiento del capitalismo liberal (1986, p. 137). Curiosamente, la condena de Laclau y Mouffe a los &#8216;errores&#8217; supuestamente incurables del marxismo es a\u00fan m\u00e1s terminante que la que encontramos nada menos que en la enc\u00edclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, en donde \u00e9ste reconoce \u2013\u00a1cosa que muy bien se cuidan de hacer nuestros autores!\u2013 las &#8216;semillas de verdad&#8217; contenidas en dicha teor\u00eda. En cambio, \u00e9stos se hallan m\u00e1s pr\u00f3ximos a un coterr\u00e1neo del papa Wojtila: nos referimos a Leszek Kolakowski, quien desde las posturas de una derecha reaccionaria que no pierde el tiempo con sutilezas argumentales ha fulminado al marxismo como &#8216;la mayor fantas\u00eda de nuestro siglo&#8217;, o una teor\u00eda que &#8216;en un sentido estricto fue un nonsense, y en un sentido lato un lugar com\u00fan&#8217; (1981, vol. iii, pp. 523-524).<\/p>\n<p>La simple comparaci\u00f3n de estos diagn\u00f3sticos tiene un prop\u00f3sito eminentemente pedag\u00f3gico: ubicar con precisi\u00f3n el terreno ideol\u00f3gico sobre el cual se construye el gris edificio del &#8216;posmarxismo&#8217;, situado sin duda alguna a la derecha de Su Santidad y en compa\u00f1\u00eda de la tard\u00eda reacci\u00f3n de la peque\u00f1a aristocracia polaca. Nace un interrogante: \u00bfes veros\u00edmil pensar que a partir de estas arcaicas bases ideol\u00f3gicas pueda gestarse una genuina &#8216;superaci\u00f3n&#8217; del marxismo, suponiendo que la misma pudiese dirimirse en el terreno de las ideas y la ret\u00f3rica? Otro: \u00bfhay algunos &#8216;residuos&#8217; salvables, recuperables, del marxismo cl\u00e1sico? En caso afirmativo, \u00bfqu\u00e9 hacer con ellos y cu\u00e1l es su destino? La respuesta de nuestros autores parece mucho menos inspirada en la tradici\u00f3n de la filosof\u00eda pol\u00edtica occidental que en las met\u00e1foras del misticismo oriental. Tras las huellas de Buda, quien habr\u00eda sentenciado que as\u00ed como los cuatro r\u00edos que desembocan en el Ganges pierden sus nombres en cuanto mezclan sus aguas con las del r\u00edo sagrado, el futuro del arroyuelo marxista no puede ser otro que diluirse en el gran r\u00edo sagrado de la &#8216;democracia radicalizada&#8217; [&#8230;] &#8216;legando parte de sus conceptos, transformando o abandonando otros, y diluy\u00e9ndose en la intertextualidad infinita de los discursos emancipatorios en la que la pluralidad de lo social se realiza&#8217; (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 5).<\/p>\n<p><strong>Los argumentos del posmarxismo<\/strong><\/p>\n<p>Llegados a este punto, parece conveniente examinar, con un poco m\u00e1s de detenimiento, los argumentos espec\u00edficos que abonan este programa de liquidaci\u00f3n del marxismo cl\u00e1sico \u2013piadosamente denominado &#8216;deconstrucci\u00f3n&#8217; por Laclau y Mouffe\u2013 y su sustituci\u00f3n por una teor\u00eda de la &#8216;democracia radicalizada&#8217;. En esta secci\u00f3n analizaremos, en consecuencia, algunas de las principales justificaciones que seg\u00fan ellos fundamentan la necesidad de &#8216;subvertir&#8217; las categor\u00edas centrales del marxismo cl\u00e1sico.<\/p>\n<p><strong>Contradicci\u00f3n social y lucha de clases en Marx<\/strong><\/p>\n<p>El punto de partida de la cr\u00edtica posmarxista se encuentra en la insalvable contradicci\u00f3n y ambig\u00fcedad que supuestamente desgarra la obra te\u00f3rica de Karl Marx: por una parte, la visi\u00f3n brillantemente sintetizada en el &#8216;Pr\u00f3logo&#8217; a la Contribuci\u00f3n a la cr\u00edtica de la econom\u00eda pol\u00edtica, y en la cual se establece que el movimiento hist\u00f3rico se produce como resultado de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producci\u00f3n; por la otra, la afirmaci\u00f3n que hizo c\u00e9lebre al Manifiesto del Partido Comunista y que establece que la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros d\u00edas es la historia de la lucha de clases. La tesis de Laclau y Mouffe, tan audaz como nebulosa, es que &#8216;la contradicci\u00f3n fuerzas productivas\/relaciones de producci\u00f3n es una contradicci\u00f3n sin antagonismo&#8217;, mientras que &#8216;la lucha de clases es, por su parte, un antagonismo sin contradicci\u00f3n&#8217; (Laclau, 1993, p. 23).<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo comprender este verdadero acertijo, que se encuentra en la base de \u2013dig\u00e1moslo de una buena vez\u2013 la radical incomprensi\u00f3n que nuestros autores manifiestan en relaci\u00f3n al marxismo cl\u00e1sico? A pesar de la pasi\u00f3n &#8216;deconstructivista&#8217; que los devora, a la hora de definir los conceptos centrales de su armaz\u00f3n te\u00f3rica Laclau y Mouffe no aportan muchas ideas &#8216;claras y distintas&#8217;, como quer\u00eda el bueno de Descartes. En todo caso, una mirada al conjunto de la obra de Laclau nos permite concluir que en su modelo te\u00f3rico la contradicci\u00f3n no reposa en la naturaleza de las relaciones sociales \u2013que, para evitar pol\u00e9micas superfluas, digamos desde el inicio que siempre se manifiestan por medio de un lenguaje\u2013 sino que aqu\u00e9lla es una construcci\u00f3n meramente mental, una pura creaci\u00f3n del discurso. Es por eso que al intentar reproducir como un concreto pensado el car\u00e1cter contradictorio y la negatividad de lo real, la dial\u00e9ctica se convierte ante los ojos de los posmarxistas en una rotunda supercher\u00eda.<br \/>\nEn efecto, aceptar que en la vida social lo real se presenta, como lo se\u00f1alara Marx, como una &#8216;s\u00edntesis de m\u00faltiples determinaciones&#8217; o como la &#8216;unidad de los contrarios&#8217; es algo que sobrepasa irremediablemente los l\u00edmites sumamente acotados y est\u00e9riles de una tradici\u00f3n intelectual como la positivista, habituada a moverse en los confines estrechos y est\u00e9riles de la l\u00f3gica formal: existen el blanco y el negro, el d\u00eda y la noche; no hay tonos grises y el crep\u00fasculo y el alba son supersticiones propias de ignorantes (Kossik, 1967). Precisamente: esta obstinaci\u00f3n por desconocer el car\u00e1cter dial\u00e9ctico de la realidad social que caracteriza al &#8216;posmarxismo&#8217; explica al menos en parte las razones por las que, al examinar el fen\u00f3meno del populismo, Laclau puede arribar a conclusiones tan espectaculares como la siguiente: &#8216;Se ve, as\u00ed, por qu\u00e9 es posible calificar de populistas a la vez a Hitler, Mao o a Per\u00f3n&#8217; (1978, p. 203). No hace falta ser un erudito en historia pol\u00edtica comparada para apreciar el gigantesco desatino de cualquier conceptualizaci\u00f3n que coloque a Hitler, Mao y Per\u00f3n en un mismo casillero te\u00f3rico. Pero el pensamiento lineal y mec\u00e1nico es muy mal consejero y es incapaz de dar cuenta de la historia real que, como es bien sabido, no se desenvuelve de acuerdo a sus c\u00e1nones metodol\u00f3gicos.<\/p>\n<p>Encerrado en sus propias premisas epistemol\u00f3gicas, la \u00fanica escapatoria que le queda a Laclau para dar cuenta del car\u00e1cter contradictorio de lo real \u2013que estalla ante sus propios ojos\u2013 es postular que las contradicciones de la sociedad son meramente discursivas y que no est\u00e1n ancladas en la naturaleza objetiva (algo que no debe confundirse con el &#8216;objetivismo&#8217;) de las cosas. Conclusi\u00f3n interesante, si bien un tanto conservadora: las contradicciones del capitalismo se convierten, mediante la prestidigitaci\u00f3n &#8216;posmarxista&#8217;, en simples problemas sem\u00e1nticos. Los fundamentos estructurales del conflicto social se volatilizan en la envolvente melod\u00eda del discurso, y de paso, en estos desdichados tiempos neoliberales, el capitalismo se legitima ante sus v\u00edctimas pues sus contradicciones s\u00f3lo ser\u00edan tales en la medida en que existan discursos que lacanianamente las hablen. La lucha de clases se convierte en un deplorable malentendu. No hay razones valederas que la justifiquen: \u00a1todo se reduce a un simple problema de comunicaci\u00f3n!<\/p>\n<p>A\u00fan as\u00ed, aceptemos provisoriamente el razonamiento de nuestro autor y pregunt\u00e9mosnos: \u00bfpor qu\u00e9 no hay antagonismo en la contradicci\u00f3n entre fuerzas productivas y relaciones de producci\u00f3n? Respuesta: porque seg\u00fan Laclau el antagonismo supone un \u00e1mbito externo, factual y contingente, que nada tiene que ver con aquello que en la tradici\u00f3n marxista constituyen las &#8216;leyes de movimiento&#8217; de la sociedad. Veamos la forma en que Laclau plantea el caso:<br \/>\nMostrar que las relaciones capitalistas de producci\u00f3n son intr\u00ednsecamente antag\u00f3nicas implicar\u00eda, por lo tanto, demostrar que el antagonismo surge l\u00f3gicamente de la relaci\u00f3n entre el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo. Pero esto es exactamente lo que no puede demostrarse [&#8230;] s\u00f3lo si el obrero resiste esa extracci\u00f3n (de plusval\u00eda) la relaci\u00f3n pasa a ser antag\u00f3nica; y no hay nada en la categor\u00eda de &#8216;vendedor de la fuerza de trabajo&#8217; que sugiera que esa resistencia es una conclusi\u00f3n l\u00f3gica (1993, p. 25).<br \/>\nDe donde Laclau concluye que:<br \/>\nEn la medida en que se da un antagonismo entre el obrero y el capitalista, dicho antagonismo no es inherente a la relaci\u00f3n de producci\u00f3n en cuanto tal sino que se da entre la relaci\u00f3n de producci\u00f3n y algo que el agente es fuera de ella \u2013por ejemplo, una baja de salarios niega la identidad del obrero en tanto que consumidor. Hay por lo tanto una &#8216;objetividad social&#8217; \u2013la l\u00f3gica de la ganancia\u2013 que niega otra objetividad \u2013la identidad del consumidor. Pero si una identidad es negada, esto significa que su plena constituci\u00f3n como objetividad es imposible (1993, p. 33).<br \/>\nTan preocupado est\u00e1 nuestro autor por combatir al &#8216;reduccionismo clasista&#8217; y los m\u00faltiples esencialismos del vulgo-marxismo que termina cayendo en la trampa del reduccionismo discursivo. En esta renovada versi\u00f3n, ahora sociol\u00f3gica, del idealismo trascendental \u2013ciertamente pre-marxista, y no posmarxista, al menos cronol\u00f3gicamente hablando\u2013 el discurso se erige en la esencia \u00faltima de lo real. El mundo exterior y objetivo se constituye a partir de su transformaci\u00f3n en objeto de un discurso l\u00f3gico que le infunde su soplo vital y que, de paso, devora y disuelve la conflictividad de lo real. La explotaci\u00f3n capitalista ya no es resultado de la ley del valor y de la extracci\u00f3n de la plusval\u00eda, sino que s\u00f3lo se configura si el obrero la puede representar discursivamente o si, como dec\u00eda Kautsky, alguien viene &#8216;desde afuera&#8217; y le inyecta en sus venas la conciencia de clase. La apropiaci\u00f3n capitalista de la plusval\u00eda, como proceso objetivo, no ser\u00eda as\u00ed suficiente para hablar de antagonismo o lucha de clases mientras los obreros no sean conscientes de ello, se rebelen y resistan esa exacci\u00f3n. Conviene agregar que nuestro autor pasa completamente por alto el examen de la diversidad de formas que puede asumir la rebeli\u00f3n y la resistencia de los explotados, algo dif\u00edcil de entender dada la centralidad que estas categor\u00edas tienen en su argumento y la rica variedad de experiencias hist\u00f3ricas disponibles para su an\u00e1lisis. Por otra parte, y tal como lo vemos en la segunda cita, lo que est\u00e1 en juego no es la producci\u00f3n de la riqueza social y la distribuci\u00f3n de sus frutos, sino una nebulosa identidad obrera como consumidor \u2013a la Ralph Nader\u2013 que se ver\u00eda frustrada por el accionar de un empresario rapaz y prepotente.<\/p>\n<p>No es ocioso recordar que estos temas hab\u00edan sido ya abordados en los escritos del joven Marx sobre Proudhon y, por lo tanto, dif\u00edcilmente puedan ser considerados como novedosas problem\u00e1ticas originadas al calor de una significativa renovaci\u00f3n en el terreno de la teor\u00eda. En efecto, para Marx el antagonismo era el rasgo decisivo de la contradicci\u00f3n entre el trabajo asalariado y el capital. Pero \u00e9sto de ning\u00fan modo significaba, en su interpretaci\u00f3n, la conformaci\u00f3n autom\u00e1tica de la clase obrera como un &#8216;sujeto&#8217; preconstituido, o como una esencia eterna \u2013y prescindente de todo discurso\u2013 predestinada por un capricho de la historia a redimir a la humanidad. No consideramos necesario, a esta altura de la historia, abrumar al lector con una secuencia interminables de citas en donde Marx problematiza precisamente el dificultoso tr\u00e1nsito de la &#8216;clase en s\u00ed&#8217; a la &#8216;clase para s\u00ed&#8217;. Por eso nos parece necesario evitar toda confusi\u00f3n entre Jean Calvin, y su teor\u00eda de la predestinaci\u00f3n, y la construcci\u00f3n te\u00f3rica de Marx. Precisamente, por no ser una suerte de &#8216;calvinista laico&#8217; Marx dec\u00eda que:<br \/>\nLa dominaci\u00f3n del capital ha creado a esta masa una situaci\u00f3n, intereses comunes. As\u00ed, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero a\u00fan no es una clase para s\u00ed. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha pol\u00edtica (1970, p. 158; v\u00e9ase tambi\u00e9n Przeworski, 1985).<\/p>\n<p>Pocos a\u00f1os m\u00e1s tarde, en El dieciocho brumario, Marx completar\u00eda esta idea diciendo que las condiciones objetivas de la &#8216;clase en s\u00ed&#8217; son s\u00f3lo el punto de partida de un largo y complejo proceso de formaci\u00f3n de la clase (que nada asegura vaya a culminar exitosamente) y para lo cual se requieren adem\u00e1s, y como m\u00ednimo, una clara conciencia de sus intereses, una organizaci\u00f3n a nivel nacional que supere la fragmentaci\u00f3n y dispersi\u00f3n de las luchas locales y un instrumento pol\u00edtico capaz de guiar esa lucha (Marx y Engels, 1966, t. i, p. 318).<\/p>\n<p>Estas ideas, que se reiteran a lo largo de medio siglo en innumerables textos de Marx y Engels, socavan los fundamentos de toda cr\u00edtica al supuesto &#8216;determinismo&#8217; de la teor\u00eda marxista seg\u00fan el cual la constituci\u00f3n del proletariado asume un car\u00e1cter autom\u00e1tico e inevitable. Cabe entonces preguntarse: \u00bfqui\u00e9n es el verdadero adversario contra el cual est\u00e1n debatiendo Laclau y Mouffe? \u00bfEs acaso la mejor tradici\u00f3n marxista o tal vez la han emprendido contra alguna versi\u00f3n canonizada de la obra de Marx perpetrada por alguna sedicente Academia de Ciencias de alg\u00fan pa\u00eds de Europa oriental? Lucha que, en todo caso, nada tiene de malo a condici\u00f3n de que no se confunda el esperpento del as\u00ed llamado &#8216;marxismo-leninismo&#8217; con el pensamiento de Marx. Nadie puede seriamente discutir la teor\u00eda neoliberal de Friedrich von Hayek polemizando con los art\u00edculos del Selecciones del Reader\u2019s Digest, o refutando a los publicistas televisivos de Menem o Salinas de Gortari. Volveremos sobre \u00e9sto m\u00e1s adelante, pero nos parece que uno de los graves problemas que da\u00f1a irreparablemente toda la argumentaci\u00f3n de Laclau y Mouffe es precisamente el de construir una caricatura del marxismo inspirada en las im\u00e1genes aberrantes del &#8216;marxismo-leninismo&#8217; perge\u00f1adas por los funcionarios del estalinismo y luego, asumiendo que Pokrovski, Vishinkski o Konstantinov son lo mismo que Marx, para lo cual es menester, sin duda, dejar de lado toda sutileza anal\u00edtica y entregarse desarmado a las llamas de la pasi\u00f3n, proceder alegremente a su &#8216;demolici\u00f3n-deconstrucci\u00f3n&#8217;.<\/p>\n<p><strong>Subordinaci\u00f3n, opresi\u00f3n, dominaci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>En todo caso, y retomando el hilo de nuestra argumentaci\u00f3n, nos parece que la clave para descifrar el atolladero conceptual en que caen Laclau y Mouffe se halla en el \u00faltimo cap\u00edtulo de Hegemon\u00eda y estrategia socialista, pues es precisamente all\u00ed donde se produce un deslizamiento de decisiva importancia te\u00f3rica al aparecer como expresi\u00f3n de la conflictualidad de lo social el concepto de &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217;. Es m\u00e1s, cuando nuestros autores examinan las condiciones bajo las cuales la subordinaci\u00f3n se convierte en &#8216;una relaci\u00f3n de opresi\u00f3n y se torna, por tanto, la sede de un antagonismo&#8217; comienzan a advertirse con claridad algunos de los problemas te\u00f3ricos que socavan el ambicioso pero gris edificio construido por Laclau y Mouffe (1987 [b]: p. 172). Llegados a este punto, los autores afirman la necesidad de distinguir entre relaciones de &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217;, de &#8216;opresi\u00f3n&#8217; y de &#8216;dominaci\u00f3n&#8217;. Veamos esto en m\u00e1s detalle.<\/p>\n<p>Existir\u00eda &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217; cuando &#8216;un agente est\u00e1 sometido a las decisiones de otro \u2013un empleado respecto a un empleador, por ejemplo, en ciertas formas de organizacion familiar, la mujer respecto al hombre, etc.&#8217;. Las relaciones de &#8216;opresi\u00f3n&#8217;, a su vez, son un subtipo dentro de las primeras y su especificidad radica en el hecho que &#8216;se han transformado en sedes de antagonismos&#8217;. Finalmente, las relaciones de &#8216;dominaci\u00f3n&#8217; son el conjunto de relaciones de subordinaci\u00f3n consideradas ileg\u00edtimas desde la perspectiva de un agente social exterior a las mismas y que pueden &#8216;por tanto, coincidir o no con las relaciones de opresi\u00f3n actualmente existentes en una formaci\u00f3n social determinada&#8217; (1987 [b]: p. 172).<\/p>\n<p>El problema central, a juicio de Laclau y Mouffe, es determinar de qu\u00e9 modo las relaciones de subordinaci\u00f3n pueden dar lugar a relaciones de opresi\u00f3n. Dado el car\u00e1cter crucial de este pasaje conviene reproducirlo en toda su extensi\u00f3n:<br \/>\nEst\u00e1 claro por qu\u00e9 las relaciones de subordinaci\u00f3n, consideradas en s\u00ed mismas, no pueden ser relaciones antag\u00f3nicas: porque una relaci\u00f3n de subordinaci\u00f3n establece, simplemente, un conjunto de posiciones diferenciadas entre agentes sociales, y ya sabemos que un sistema de diferencias que construye a toda identidad social como positividad no s\u00f3lo no puede ser antag\u00f3nico, sino que habr\u00eda reunido las condiciones ideales para la eliminaci\u00f3n de todo antagonismo \u2013estar\u00edamos enfrentados con un espacio social suturado del que toda equivalencia quedar\u00eda excluida. Es s\u00f3lo en la medida en que es subvertido el car\u00e1cter diferencial positivo de una posici\u00f3n subordinada de sujeto, que el antagonismo podr\u00e1 emerger. &#8216;Siervo&#8217;, &#8216;esclavo&#8217;, etc. no designan en s\u00ed mismos posiciones antag\u00f3nicas; es s\u00f3lo en t\u00e9rminos de una formaci\u00f3n discursiva distinta, tal como, por ejemplo, &#8216;derechos inherentes a todo ser humano&#8217; que la positividad diferencial de esas categor\u00edas puede ser subvertida y la subordinaci\u00f3n construida como opresi\u00f3n (1987 [b]: pp. 172-173).<\/p>\n<p>Este planteamiento suscita m\u00faltiples interrogantes. En primer lugar, llama poderosamente la atenci\u00f3n el vigoroso idealismo que impregna un discurso en el cual el antagonismo y la opresi\u00f3n de siervos y esclavos depende de la existencia una ideolog\u00eda que los racionalice y que lacanianamente los &#8216;ponga en palabras&#8217;. Si esto es as\u00ed, los esclavos del mundo antiguo y los siervos de la gleba medieval aparentemente deben de haber ignorado que su &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217; a amos y se\u00f1ores encubr\u00eda una relaci\u00f3n de antagonismo, hasta el afortunado momento en que un aparato discursivo (\u00bfel cristianismo, la Ilustraci\u00f3n?) les revel\u00f3 que sus condiciones de existencia eran miserables y opresivas y que se hallaban inmersos en una situaci\u00f3n de enfrentamiento objetivo con sus explotadores. Sin embargo, la historia no registra demasiados casos de esclavos y siervos beat\u00edficamente satisfechos con el orden social imperante: de un modo u otro, ellos ten\u00edan alg\u00fan grado de conciencia acerca de su situaci\u00f3n y siempre hubo alguna forma de discurso que se hizo cargo de justificar su conformismo y sumisi\u00f3n, o bien, por el contrario, de atizar las llamas de la rebeli\u00f3n. La consecuencia del planteamiento de Laclau y Mouffe es que s\u00f3lo hay explotaci\u00f3n cuando existe un discurso expl\u00edcito que la desnuda ante los ojos de las v\u00edctimas. Engels notaba con agudeza que las luchas campesinas en la Alemania de la \u00e9poca de Lutero &#8216;aparec\u00edan&#8217; como un conflicto religioso en torno a la Reforma y la sujeci\u00f3n a Roma, desligadas por completo de la opresi\u00f3n terrenal que los pr\u00edncipes y la aristocracia terrateniente ejerc\u00edan sobre sus s\u00fabditos. Sin embargo, contin\u00faa Engels, aqu\u00e9llas eran el s\u00edntoma en donde se manifestaban precisamente esos antagonismos clasistas que la descomposici\u00f3n del orden feudal no hac\u00eda sino exacerbar, y si los campesinos abrazaban la causa de la rebeli\u00f3n lo hac\u00edan menos en virtud de las 95 tesis clavadas por el monje agustino en la puerta de la Catedral de Wittenberg que por la explotaci\u00f3n a que eran sometidos por la nobleza alemana (1926, cap. 2).<\/p>\n<p>En todo caso, si admitimos como v\u00e1lida la formulaci\u00f3n de Laclau y Mouffe debemos tambi\u00e9n aceptar que antes de ese momento primigenio y enigm\u00e1tico signado por la aparici\u00f3n del discurso lo que parecer\u00eda imperar en las sociedades clasistas era la serena gram\u00e1tica de la subordinaci\u00f3n. \u00bfC\u00f3mo comprender, entonces, la milenaria historia de rebeliones, revueltas e insurrecciones protagonizadas por siervos y esclavos much\u00edsimo antes de la aparici\u00f3n de sofisticados argumentos en favor de la igualdad \u2013fundamentalmente en el Siglo de las Luces\u2013 o convocando a la subversi\u00f3n del orden social? Parece necesario volver a distinguir, tal como lo hiciera el joven Marx, entre las condiciones de existencia de una clase &#8216;en s\u00ed&#8217; y los discursos ideol\u00f3gicos que, con distintos grados de adecuaci\u00f3n, exponen ante sus ojos el car\u00e1cter objetivo de su explotaci\u00f3n y le permiten convertirse en una clase &#8216;para s\u00ed&#8217;. A\u00fan el lector menos informado sabe que la historia de las rebeliones populares es much\u00edsimo m\u00e1s larga que la de los discursos y doctrinas socialistas y\/o igualitaristas. El generalizado sentimiento \u2013difuso y, muchas veces, apenas oscuramente presentido\u2013 de la injusticia ha acompa\u00f1ado la historia de la sociedad humana desde tiempos inmemoriales. Tal vez Laclau y Mouffe hubieran podido plantear mejor el problema que los ocupa si hubieran tenido en cuenta aquellas sabias palabras de Barrington Moore \u2013un autor cuya afinidad con el pensamiento marxista es innegable\u2013 cuando dice que:<br \/>\nDurante las turbulencias sociales de los sesentas y comienzos de los setentas se public\u00f3 en Estados Unidos un cierto n\u00famero de libros con variaciones en torno al t\u00edtulo de \u00bfPor qu\u00e9 los hombres se rebelan? El \u00e9nfasis de este cap\u00edtulo ser\u00e1 exactamente el opuesto: hablaremos de por qu\u00e9 los hombres y mujeres no se lanzan por el camino de la revuelta social. Dicho en t\u00e9rminos groseros, la pregunta central ser\u00e1 la siguiente: \u00bfqu\u00e9 debe ocurrirle a los seres humanos para que se sometan a la opresi\u00f3n y la degradaci\u00f3n? (1978, p. 49).<\/p>\n<p>Dicho de otra forma, la distinci\u00f3n entre subordinaci\u00f3n y opresi\u00f3n\/antagonismo tiene un sesgo formal que, en gran medida, obnubila y extrav\u00eda el an\u00e1lisis concreto del funcionamiento de las relaciones de subordinaci\u00f3n en las sociedades &#8216;realmente existentes&#8217; y no en aquellas que s\u00f3lo existen en la rebuscada imaginaci\u00f3n de los &#8216;posmarxistas&#8217;. Porque, como bien lo recuerda Moore, no existe la subordinaci\u00f3n sin su contracara, la rebeli\u00f3n, aunque \u00e9sta se exprese de modo primitivo y mediatizado, desplazada hacia esferas celestiales aparentemente disociadas de la s\u00f3rdida materialidad de la sociedad civil. Es precisamente el pertinaz desconocimiento de esta elemental realidad lo que lleva a nuestros autores a sostener que &#8216;Nuestra tesis es que s\u00f3lo a partir del momento en que el discurso democr\u00e1tico est\u00e1 disponible para articular las diversas formas de resistencia a la subordinaci\u00f3n, existir\u00e1n las condiciones que har\u00e1n posible la lucha contra los diferentes tipos de desigualdad&#8217; (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 173).<br \/>\nDado que dicho discurso fue elaborado apenas a partir del siglo xviii, \u00bfc\u00f3mo comprender el desarrollo hist\u00f3rico de las luchas sociales desde la Antig\u00fcedad Cl\u00e1sica hasta el Siglo de las Luces? \u00bfO ser\u00e1 tal vez que no hubo lucha alguna contra &#8216;los diferentes tipos de desigualdad&#8217; hasta el momento en que Jean-Jacques Rousseau publicara su c\u00e9lebre Discours sur l\u2019origine et les fondements de l\u2019inegalit\u00e9 parmi les hommes en 1755? Las cr\u00f3nicas historiogr\u00e1ficas parecer\u00edan indicar que no fue \u00e9se precisamente el caso, y que desde la m\u00e1s remota antig\u00fcedad hay evidencias incontrovertibles de luchas y rebeliones populares en contra de la as\u00ed llamada &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217;.<\/p>\n<p>Por otra parte, nos parece que conviene subrayar el indudable &#8216;aire de familia&#8217; que el argumento de Laclau y Mouffe guarda en relaci\u00f3n a algunas de las expresiones m\u00e1s claras del funcionalismo norteamericano, en especial con la obra de Kingsley Davis y Wilbert E. Moore sobre la estratificaci\u00f3n social y las concepciones de Talcott Parsons sobre el &#8216;sistema social&#8217;. Para los primeros, la estratificaci\u00f3n social es un mero imperativo t\u00e9cnico, mediante el cual &#8216;la sociedad, como mecanismo funcionante, debe distribuir de alg\u00fan modo a sus miembros en posiciones sociales e inducirlos a realizar las tareas inherentes a esas posiciones&#8217; (1974, p. 97). No hay lugar \u2013como tampoco lo hay en el esquema te\u00f3rico de Laclau y Mouffe\u2013 para pensar en la posibilidad de que esa aparentemente inocente &#8216;distribuci\u00f3n de tareas&#8217; pueda depender de la existencia de un sistema de relaciones sociales que establece (y no ciertamente por criterios y procedimientos democr\u00e1ticos, o por la eficacia persuasiva del discurso dominante sino mediante recursos opresivos y explotativos) qui\u00e9n produce qu\u00e9, c\u00f3mo y cu\u00e1ndo, y qu\u00e9 parte le corresponde del producto social3.<\/p>\n<p>Las semejanzas entre la concepci\u00f3n de Laclau y Mouffe y la de Talcott Parsons, cuyos sesgos conservadores y apolog\u00e9ticos de la sociedad capitalista son suficientemente conocidos, son m\u00e1s pronunciadas todav\u00eda. La porfiada insistencia de nuestros autores en el sentido de que las relaciones de subordinaci\u00f3n, en su positividad, no pueden ser antag\u00f3nicas, es coincidente con la concepci\u00f3n parsoniana que concibe el orden social a partir de la preeminencia de un s\u00f3lido consenso de valores. En la peculiar visi\u00f3n del soci\u00f3logo de Harvard el disenso y las contradicciones s\u00f3lo pueden ser descifradas como &#8216;patolog\u00edas sociales&#8217; producto de fallas en el proceso de socializaci\u00f3n o de rupturas en las cadenas sem\u00e1nticas que impiden que la gente se comprenda y se lance a la arena del conflicto social. En efecto, a la cl\u00e1sica pregunta hobbesiana acerca de c\u00f3mo es posible el orden social, Parsons responde apuntando al sistema simb\u00f3lico: el orden es posible porque existe un acuerdo sobre valores fundamentales. El conflicto, a\u00fan siendo &#8216;end\u00e9mico&#8217; \u2013como dec\u00eda Parsons en una reveladora met\u00e1fora m\u00e9dica\u2013 es siempre marginal y para nada compromete la estructura b\u00e1sica del sistema. Como es bien sabido, este enfoque ha sido criticado no s\u00f3lo por autores marxistas que se\u00f1alaron las insanables limitaciones de una teor\u00eda que no s\u00f3lo &#8216;evapora&#8217; las clases sociales, el conflicto social y los fundamentos estructurales de la vida social sino que, asimismo, postula una inadmisible fragmentaci\u00f3n de la totalidad social en una multiplicidad de compartimientos estancos \u2013los famosos &#8216;sub-sistemas&#8217; parsonianos: la econom\u00eda, la pol\u00edtica, la cultura, la familia, etc.\u2013 funcionando con total independencia unos de otros. La &#8216;gran teor\u00eda&#8217; de Parsons, como la denominara C. W. Mills, tambi\u00e9n fue severamente cuestionada por autores de inspiraci\u00f3n liberal como Ralf Dahrendorf, quien desde finales de los a\u00f1os cincuenta identific\u00f3 con notable precisi\u00f3n las insuperables limitaciones y el incurable irrealismo de un esquema que \u2013en sus rasgos fundamentales, si bien expresado con un lenguaje distinto\u2013 reaparece ahora en la obra de Laclau y Mouffe4.<\/p>\n<p>En s\u00edntesis, seg\u00fan Parsons, la sociedad (capitalista y desarrollada, se sobreentiende, pues \u00e9se y no otro es el paradigma que orienta todas sus reflexiones) se halla perfectamente integrada y s\u00f3lo la presencia de un agente externo \u2013el &#8216;villano&#8217; al cual se refiere Dahrendorf, introductor del virus de la discordia en la ut\u00f3pica sociedad parsoniana, o quiz\u00e1s el nebuloso &#8216;exterior discursivo&#8217; de Laclau y Mouffe\u2013 puede hacer que la natural y consensuada subordinaci\u00f3n de las mayor\u00edas al dominio de la clase dirigente sea sustituida por un antagonismo. La misma cr\u00edtica que a finales de los a\u00f1os cincuenta Dahrendorf formulara a Parsons \u2013una sociedad fantasiosamente &#8216;sobre-integrada&#8217;, en la cual el conflicto est\u00e1 ausente y cuando ocasionalmente aparece es por obra de un factor externo\u2013 es pertinente para el modelo te\u00f3rico desarrollado por Laclau y Mouffe. S\u00f3lo que ahora el papel del &#8216;villano&#8217;, reservado en la teorizaci\u00f3n parsoniana a ciertos grupos imperfectamente socializados como los &#8216;extremistas&#8217; de diverso signo y los enemigos de la propiedad privada y el American Way of Life, lo pasa a desempe\u00f1ar en la propuesta de nuestros autores el &#8216;exterior discursivo&#8217;. Se ratifica de este modo el car\u00e1cter externo y &#8216;contingente&#8217; del antagonismo y el conflicto en una formaci\u00f3n social dominada, como afirman Laclau y Mouffe, por la l\u00f3gica de la positividad (1987 [b]: pp. 172-173).<br \/>\nA lo anterior habr\u00eda que agregar tambi\u00e9n la insistencia, de filiaci\u00f3n claramente weberiana, en concebir la &#8216;acci\u00f3n social&#8217; o las relaciones sociales en un aislamiento tan espl\u00e9ndido como ilusorio, independizadas de sus marcos estructurales y determinaciones fundamentales. El corolario de esta verdadera &#8216;toma de partido&#8217; es que la sociedad se convierte en un mero constructo metodol\u00f3gico, un artefacto resultante de reintegrar arbitrariamente, por el capricho del pensamiento, un complejo entramado de categor\u00edas anal\u00edticas potencialmente combinables en una variedad infinita de formas. El &#8216;hilo de Ariadna&#8217;, al cual aluden Laclau y Mouffe, culmina previsiblemente arrojando un piadoso manto de olvido sobre el fen\u00f3meno de la explotaci\u00f3n en las sociedades de clase \u2013capitalistas o precapitalistas por igual\u2013, que as\u00ed desaparece como por arte de magia del paisaje social, cediendo su lugar a una as\u00e9ptica &#8216;subordinaci\u00f3n&#8217; que a todos iguala en su encubridora abstracci\u00f3n. La s\u00f3lida naturaleza explotativa de las relaciones sociales en las sociedades clasistas se disuelve r\u00e1pidamente en el aire di\u00e1fano del nuevo reduccionismo discursivo, con lo cual \u2013\u00a1y como si fuera un detalle intrascendente!\u2013 la cr\u00edtica al capitalismo se convierte en un asunto adjetivo y ocasional y la lucha por el socialismo, cuya estrategia supuestamente deb\u00eda esbozarse en la obra de nuestros autores, se volatiliza hasta atomizarse por completo en los est\u00e9riles meandros de un discurso ins\u00edpido sobre una insabora democracia radical. Se regresa, de este modo, a los planteamientos cl\u00e1sicos de Weber que, a pesar de no haber sido citado en Hegemon\u00eda y estrategia socialista (al igual que Parsons) proyecta todo el formidable peso de su teorizaci\u00f3n sobre las supuestamente novedosas reconstrucciones te\u00f3ricas del &#8216;posmarxismo&#8217;.<br \/>\nEn realidad, el ocultamiento de la opresi\u00f3n clasista detr\u00e1s de una concepci\u00f3n extraordinariamente abstracta de la &#8216;acci\u00f3n social&#8217; es una operaci\u00f3n que el autor de Econom\u00eda y sociedad hab\u00eda ya concluido mucho antes que Laclau y Mouffe hubieran nacido. Es el mismo vino viejo pero volcado en los nuevos odres del &#8216;posmarxismo&#8217;: si hay explotaci\u00f3n, \u00e9sta seguramente obedecer\u00e1 a contingencias puntuales, muy probablemente transitorias que, tal como dijera Weber, nada tienen que ver con la estructuraci\u00f3n compleja e indeterminada del capitalismo moderno. La especificidad de \u00e9ste tambi\u00e9n se diluye mientras, por la v\u00eda contraria, se avala la idea de que en realidad este tardocapitalismo de finales del siglo xx es, como dice Fukuyama, la sociedad del &#8216;fin de la historia&#8217;. O, como postulaba Parsons tras las huellas de Durkheim, el punto final en el doloroso y milenario tr\u00e1nsito desde la horda primitiva hacia la sociedad moderna.<\/p>\n<p>Del marxismo, concebido como el an\u00e1lisis concreto de las totalidades concretas, se pasa a una pseudototalidad indiferenciada, meramente expresiva e invertebrada, en donde la estructuraci\u00f3n de lo social es resultado de una enigm\u00e1tica operacion discursiva&#8230; hecha por la potencia creadora del Lenguaje o descubierta, como en Weber, por la perspicacia de los elaboradores de heur\u00edsticos &#8216;tipos ideales&#8217;. En realidad, el &#8216;posmarxismo&#8217; de Laclau y Mouffe se parece demasiado a una tard\u00eda reelaboraci\u00f3n de la sociolog\u00eda parsoniana de los a\u00f1os cincuenta, s\u00f3lo que con una envoltura diferente. \u00bfSer\u00e1 \u00e9sta la tan mentada &#8216;superaci\u00f3n&#8217; del marxismo de la cual hablan nuestros autores?<\/p>\n<p><strong>La cuesti\u00f3n de la hegemon\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>A partir de los planteamientos anteriores se comprende la centralidad que asume la cuesti\u00f3n de la hegemon\u00eda en el modelo te\u00f3rico de Laclau y Mouffe: se trata nada menos que del instrumento que les permite reconstruir a su antojo la fragmentaci\u00f3n ilusoria de lo social, de suerte tal que un discurso sobre la sociedad sea inteligible. Tal como era de esperar habida cuenta del itinerario de sus razonamientos, la concepci\u00f3n de la hegemon\u00eda a la que arriban Laclau y Mouffe se instala muy lejos de las fronteras que definen y caracterizan al marxismo como una teor\u00eda claramente diferenciable y delimitable en el campo de las ciencias sociales. Esto, en s\u00ed mismo, nada tiene de malo o de censurable: otros autores han utilizado la palabra &#8216;hegemon\u00eda&#8217; en un sentido que poco o nada tiene que ver con el marxismo, dando pie a una interesante discusi\u00f3n te\u00f3rica y a un esclarecedor cotejo de potencialidades explicativas (Keohane, 1987; Nye, 1990)5. Lo que introduce un elemento inaceptable de confusi\u00f3n \u2013y recordemos con Bacon que toda ciencia progresa a partir del error y no de la confusi\u00f3n\u2013 es el hecho de que Laclau y Mouffe pretendan referir los frutos de su idiosincr\u00e1tica teorizaci\u00f3n sobre la hegemon\u00eda a un a\u00f1oso tronco, el marxismo, que a estas alturas les es completamente ajeno. Vayamos al grano.<\/p>\n<p>En efecto, para nuestros autores la hegemon\u00eda es una vaporosa &#8216;superficie discursiva&#8217; cuya relaci\u00f3n con la teor\u00eda marxista se plantea en estos t\u00e9rminos:<br \/>\nNuestra conclusi\u00f3n b\u00e1sica al respecto es la siguiente: detr\u00e1s del concepto de &#8216;hegemon\u00eda&#8217; se esconde algo m\u00e1s que un tipo de relaci\u00f3n pol\u00edtica complementario de las categor\u00edas b\u00e1sicas de la teor\u00eda marxista; con \u00e9l se introduce, en efecto, una l\u00f3gica de lo social que es incompatible con \u00e9stas \u00faltimas (1987 [b]: p. 3 [subrayado en el original]).<\/p>\n<p>La conclusi\u00f3n impl\u00edcita de este razonamiento \u2013en realidad una mera ocurrencia\u2013 es que Gramsci no entendi\u00f3 nada, que no tuvo la menor idea de la verdadera naturaleza de la relaci\u00f3n entre las categor\u00edas que estaba forjando \u2013que \u00e9l equivocadamente cre\u00eda que pertenec\u00edan a la tradici\u00f3n marxista\u2013 y las que hab\u00edan creado Marx y Engels, y que el conjunto de su teorizaci\u00f3n, que giraba en torno al concepto crucial de hegemon\u00eda, en realidad alud\u00eda a una l\u00f3gica de lo social que era incompatible con la que postulaban Marx y Engels. No hace falta ser un &#8216;marx\u00f3logo&#8217; o &#8216;gramsci\u00f3logo&#8217; diplomado para caer en la cuenta de lo descabellado de esta interpretaci\u00f3n. Es precisamente por eso que no se comprenden las razones por las cuales Laclau y Mouffe refieren permanentemente sus elaboraciones a un aparato te\u00f3rico y conceptual como el marxismo, que postula una l\u00f3gica de lo social irreconciliable con la que brota de sus peculiares reelaboraciones argumentativas. Si esto es as\u00ed, el status epistemol\u00f3gico del famoso &#8216;posmarxismo&#8217; se reduce a un dato banal: los l\u00edmites entre el marxismo y el &#8216;posmarxismo&#8217; estar\u00edan trazados por consideraciones burdamente cronol\u00f3gicas. Tal vez en el campo minado de las ciencias sociales \u00e9sto no suene demasiado absurdo, pero sin duda que en la f\u00edsica a nadie se le ocurrir\u00eda aplicar a un modelo te\u00f3rico el calificativo de &#8216;posteinsteiniano&#8217; por el s\u00f3lo hecho de haber sido desarrollado con posterioridad a Einstein, y muy especialmente si estas contribuciones abjuran con entusiasmo de las premisas centrales de la teor\u00eda de la relatividad y postulan un modelo interpretativo antag\u00f3nico al de aqu\u00e9l. En este caso el prefijo &#8216;pos&#8217; remitir\u00eda a un dato pueril: la mera sucesi\u00f3n temporal. De este modo el &#8216;pos&#8217; oculta que se trata en realidad de una ruptura y un abandono, en vez de ser la continuidad \u2013renovada, cr\u00edtica, creativa\u2013 de un proyecto te\u00f3rico. Esto qued\u00f3 claramente expresado en la entrevista que la revista Strategies le hiciera a Ernesto Laclau en marzo de 1988, ocasi\u00f3n en la cual \u00e9ste reafirm\u00f3 que la categor\u00eda de &#8216;hegemon\u00eda&#8217; equivale a un &#8216;punto de partida de un discurso \u2018posmarxista\u2019 en el seno del marxismo&#8217;, y que permite pensar a lo social como resultado de &#8216;la articulaci\u00f3n contingente de elementos en torno de ciertas configuraciones sociales \u2013bloques hist\u00f3ricos\u2013 que no pueden ser predeterminadas por ninguna filosof\u00eda de la historia y que est\u00e1 esencialmente ligada a las luchas concretas de los agentes sociales&#8217; (1993, p. 194).<\/p>\n<p>Estamos pues en presencia de un discurso neoestructuralista que recupera la cr\u00edtica de Althusser a prop\u00f3sito de la &#8216;eficacia espec\u00edfica&#8217; de la superestructura, pero lo hace asumiendo el n\u00facleo fundamental (y no s\u00f3lo su revalorizaci\u00f3n de los elementos superestructurales) de la propuesta althusseriana sobre la ideolog\u00eda. \u00c9sta es, en la interpretaci\u00f3n del autor de La revolucion te\u00f3rica de Marx, una &#8216;pr\u00e1ctica productora de sujetos&#8217;, con lo cual se sientan las bases para una relectura en clave idealista del marxismo que se presenta, sin embargo, con los ropajes de una supuesta renovaci\u00f3n &#8216;antirreduccionista&#8217; o, en los \u00faltimos trabajos de Laclau, como el manifiesto liminar del &#8216;posmarxismo&#8217;. En su formulaci\u00f3n positiva, esta posici\u00f3n se expresa en la &#8216;reivindicaci\u00f3n&#8217; de la tem\u00e1tica gramsciana de la hegemon\u00eda entendida, claro est\u00e1, desde la concepci\u00f3n althusseriana de la ideolog\u00eda que obliga a imaginar un Gramsci que, en realidad, s\u00f3lo existe en las cabezas de Laclau y Mouffe.<\/p>\n<p>En efecto, \u00bfde qu\u00e9 Gramsci se trata? De un Gramsci que, como correctamente anota Laclau, considera a la ideolog\u00eda no como un sistema de ideas o la falsa conciencia de los actores sino como un &#8216;todo org\u00e1nico y relacional, encarnado en aparatos e instituciones que suelda en torno a ciertos principios articulatorios b\u00e1sicos la unidad de un bloque hist\u00f3rico&#8217;, con lo cual se cierra la posibilidad de una visi\u00f3n &#8216;superestructuralista&#8217; de la cultura y la ideolog\u00eda. Donde Laclau y Mouffe se equivocan, sin embargo, es en su apreciaci\u00f3n de que en Gramsci los sujetos pol\u00edticos se difuminan en enigm\u00e1ticas voluntades colectivas y en su negaci\u00f3n del hecho de que los &#8216;elementos ideol\u00f3gicos articulados por la clase hegem\u00f3nica&#8217; tengan una pertenencia de clase necesaria (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 78).<\/p>\n<p>Es precisamente por \u00e9sto que, un par de p\u00e1ginas despu\u00e9s, ambos autores muestran su desaz\u00f3n ante la persistencia del marxismo de Gramsci, para quien todo discurso hegem\u00f3nico siempre remite \u2013aunque sea a trav\u00e9s de una larga cadena de mediaciones\u2013 a una clase fundamental. Este &#8216;n\u00facleo duro&#8217; del pensamiento del fundador del PCI constituye un obst\u00e1culo insalvable para las pretensiones del posmarxismo, por cuanto el axioma idealista de la indeterminaci\u00f3n de lo social \u2013o mejor, de su azarosa y contingente determinaci\u00f3n por el discurso\u2013 se estrella contra lo que con llamativa soberbia denominan una concepci\u00f3n &#8216;incoherente&#8217; de Antonio Gramsci, puesto que:<br \/>\nvemos que hay dos principios del orden social \u2013la unicidad del principio unificante y su car\u00e1cter necesario de clase\u2013 que no son el resultado contingente de la lucha hegem\u00f3nica, sino el marco estructural necesario dentro del cual toda lucha hegem\u00f3nica tiene lugar. Es decir, que la hegemon\u00eda de la clase no es enteramente pr\u00e1ctica y resultante de la lucha, sino que tiene en su \u00faltima instancia un fundamento ontol\u00f3gico. [&#8230;] La lucha pol\u00edtica sigue siendo, finalmente, un juego suma-cero entre las clases (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 80).<\/p>\n<p>Ser\u00eda largo tratar de dibujar el abismo insalvable que separa la concepci\u00f3n marxista de la hegemon\u00eda con la que caracteriza a la obra de Laclau y Mouffe6. Recordemos que para el italiano la hegemon\u00eda ten\u00eda un fundamento clasista y se arraigaba fuertemente en el suelo de la vida material. No es la religi\u00f3n quien hace a los hombres, ni son los discursos hegem\u00f3nicos quienes crean los sujetos de la historia. Por cierto que, para Gramsci, la aparici\u00f3n de la hegemon\u00eda no es autom\u00e1tica ni se deriva mec\u00e1nicamente del desarrollo de las fuerzas productivas. Es bien conocido el hecho de que la constituci\u00f3n del proletariado en fuerza social aut\u00f3noma y consciente es un proceso, largo, complicado y dial\u00e9ctico. Es la pr\u00e1ctica hist\u00f3rica de la lucha de clases la que permite transitar ese ancho espacio que divide la clase &#8216;en s\u00ed&#8217; de la clase &#8216;para s\u00ed&#8217;, y en esta transici\u00f3n no hay nada mec\u00e1nico ni predestinado; y antes de la constituci\u00f3n aut\u00f3noma del proletariado como fuerza social es impensable cualquier intento de fundar un proyecto contra-hegem\u00f3nico al de la burgues\u00eda.<\/p>\n<p>Contrariamente a lo que se plantea en las formulaciones &#8216;posmarxistas&#8217;, Gramsci nunca dej\u00f3 de se\u00f1alar el firme anclaje de la hegemon\u00eda en el reino de la producci\u00f3n. Con una sensibilidad que lo aleja del riesgo de cualquier reduccionismo sosten\u00eda que &#8216;si la hegemon\u00eda es \u00e9tico-pol\u00edtica no puede no ser tambi\u00e9n econ\u00f3mica, no puede no tener su fundamento en la funci\u00f3n decisiva que ejerce el grupo dirigente en el n\u00facleo decisivo de la actividad econ\u00f3mica&#8217; (1966, p. 31 [la traducci\u00f3n es nuestra]).<\/p>\n<p>La hegemon\u00eda, dir\u00eda tambi\u00e9n Gramsci en otro de sus escritos, es liderazgo pol\u00edtico y &#8216;direcci\u00f3n intelectual y moral&#8217;, pero esta supremac\u00eda no es aleatoria sino que, en sus propias palabras &#8216;nace de la f\u00e1brica&#8217;. Surge en el terreno originario de la producci\u00f3n y es all\u00ed donde se encuentra su ra\u00edz, aun cuando para su pleno desarrollo debe necesariamente trascender las fronteras de su espacio primigenio. Y en el mundo de la producci\u00f3n hasta Weber coincide con Marx en afirmar que nos encontramos con las clases sociales. Es por eso que la hegemon\u00eda de una clase, y el bloque hist\u00f3rico que sobre \u00e9sta se pretenda fundar, se enfrenta en su materializaci\u00f3n con l\u00edmites impuestos por las condiciones econ\u00f3micas, sin que esto signifique, por cierto, concebir esta restricci\u00f3n en un sentido determinista, absoluto y exclusivo, es decir, &#8216;reduccionista&#8217;. Como vemos, la concepci\u00f3n gramsciana nada tiene que ver con el economicismo ni, menos a\u00fan, con el idealismo de aquellas concepciones seg\u00fan las cuales el discurso inventa sus propios &#8216;soportes terrenales&#8217;. No negamos que el problema de la hegemon\u00eda pueda \u2013aun equivocadamente\u2013 plantearse en esos t\u00e9rminos. Creemos, sin embargo, (a) que \u00e9ste no es un modo adecuado de encarar el asunto, toda vez que peca de una inadmisible unilateralidad; (b) que un abordaje de este tipo se sit\u00faa m\u00e1s all\u00e1 de los l\u00edmites del materialismo hist\u00f3rico y que, por consiguiente, resulta una operaci\u00f3n imposible de fundamentar acudiendo al rico y fecundo legado gramsciano.<\/p>\n<p>Esta &#8216;deconstrucci\u00f3n posmarxista&#8217; de la hegemon\u00eda cierra su c\u00edrculo con una mistificaci\u00f3n absoluta del concepto, y en cuanto tal sufre de los mismos defectos que el joven Marx advirtiera en el idealismo hegeliano. Por eso es que nos parece pertinente recordar sus palabras:<br \/>\nHegel adjudica una existencia independiente a los predicados, a los objetos. [&#8230;] El sujeto real aparece despu\u00e9s, como resultado, en tanto que hay que partir del sujeto real y considerar su objetivaci\u00f3n. La sustancia m\u00edstica llega a ser, pues, sujeto real, y el sujeto real aparece como distinto, como un momento de la sustancia m\u00edstica. Precisamente porque Hegel parte de los predicados de la determinaci\u00f3n general en lugar de partir del ser real [sujeto], y como necesita, sin embargo, un soporte para esas determinaciones, la idea m\u00edstica viene a ser el soporte (Marx, 1968: p. 33).<\/p>\n<p>Para resumir, la &#8216;renovaci\u00f3n posmarxista&#8217; de la teor\u00eda de la hegemon\u00eda tiene mucho m\u00e1s en com\u00fan con el idealismo hegeliano que con la teor\u00eda marxista. En cuanto tal, se limita a recortar caprichosamente ciertos aspectos parciales y descontextualizados de la tem\u00e1tica gramsciana, los cuales son reinterpretados en clave idealista para as\u00ed fundamentar una concepci\u00f3n de lo social que se halla en las ant\u00edpodas del marxismo y que, lejos de ser su superaci\u00f3n, implica un gigantesco salto hacia atr\u00e1s, a las concepciones hegelianas sobre el Estado y la pol\u00edtica. Laclau y Mouffe est\u00e1n en lo cierto al propiciar, al igual que numerosos te\u00f3ricos marxistas, una radical revalorizacion del crucial papel que le caben a la ideolog\u00eda y a la cultura, asuntos por los cuales el marxismo vulgar ha demostrado un injustificable desprecio. Sin embargo, su tentativa naufraga en los arrecifes de un &#8216;nuevo reduccionismo&#8217; cuando su cr\u00edtica al esencialismo clasista y al economicismo del marxismo de la Segunda y la Tercera Internacionales remata en la exaltaci\u00f3n de lo discursivo como un nuevo y hegeliano deus ex machina de la historia. Para su desgracia, no hay un reduccionismo &#8216;bueno&#8217; y otro &#8216;malo&#8217;; no existe el reduccionismo virtuoso \u2013no esencialista, no economicista\u2013 capaz de conjurar los males ocasionados por su gemelo vicioso.<\/p>\n<p><strong>\u00bfRenovaci\u00f3n o liquidaci\u00f3n del marxismo?<\/strong><\/p>\n<p>A lo largo de toda su obra, Laclau se ha reconocido &#8216;dentro&#8217; del marxismo. A esta altura de su trayectoria intelectual, y teniendo a la vista las extravagantes conclusiones a las que llega su pensamiento, es leg\u00edtimo preguntarse acerca del &#8216;lugar te\u00f3rico&#8217; donde efectivamente se encuentra parado. En este sentido, la cr\u00edtica que formulara Agust\u00edn Cueva a los &#8216;posmarxistas&#8217; latinoamericanos conserva en el caso de Laclau toda su pertinencia. Dec\u00eda aqu\u00e9l que con la expresi\u00f3n &#8216;posmarxista&#8217; se quer\u00eda transmitir la equ\u00edvoca impresi\u00f3n de un corpus te\u00f3rico que era a la vez continuador y superador del legado de Marx, cuando en realidad este calificativo resume la producci\u00f3n de un conjunto de autores que alguna vez hab\u00edan sido marxistas pero que ya no lo eran m\u00e1s. En este sentido, conclu\u00eda Cueva, el &#8216;posmarxismo&#8217; deber\u00eda en rigor denominarse &#8216;ex marxismo&#8217; (1988, p.85).<\/p>\n<p><strong>Cr\u00f3nica de una muerte anunciada<\/strong><\/p>\n<p>Sin embargo, es obvio que Laclau no cede posiciones muy f\u00e1cilmente. Pese a que sus contradicciones con el pensamiento de Marx son flagrantes y sus diferencias insalvables, persiste empecinadamente en referenciar sus construcciones conceptuales en la obra del autor de El capital. En un acto de aberrante necrofilia intelectual extiende un nuevo &#8216;certificado de defunci\u00f3n&#8217; del marxismo para luego afirmar, sin falsos escr\u00fapulos ni remordimientos, que se ha quedado con los mejores despojos del difunto. Seg\u00fan sus propias palabras &#8216;yo no he rechazado al marxismo. Lo que ha ocurrido es muy diferente, y es que el marxismo se ha desintegrado y creo que me estoy quedando con sus mejores fragmentos&#8217; (Laclau, 1993, p. 211).<\/p>\n<p>Ante lo temerario de esta afirmaci\u00f3n cabe formular dos observaciones. Primero, sobre la &#8216;desintegraci\u00f3n&#8217; del marxismo, asimilada por Laclau a la implosi\u00f3n de la URSS y al colapso del bloque de las as\u00ed llamadas &#8216;democracias populares&#8217; del Este europeo. Cualquier historiador de las ideas podr\u00eda rebatir su aseveraci\u00f3n apuntando, por un lado, a la &#8216;autonom\u00eda relativa&#8217; de los sistemas de pensamiento en relaci\u00f3n con sus fundamentos estructurales. No deja de ser paradojal que un autor como Laclau, obsesionado por la miseria del reduccionismo, caiga en un razonamiento tan groseramente reduccionista como los que ha combatido con fiereza en sus adversarios. La grandeza de la filosof\u00eda griega no se derrumb\u00f3 con la decadencia de Atenas; el cristianismo sobrevivi\u00f3 primero a la ca\u00edda del Imperio Romano, que lo hab\u00eda proclamado su &#8216;religi\u00f3n oficial&#8217;, y m\u00e1s tarde a la descomposici\u00f3n del orden feudal que hab\u00eda colaborado en sacralizar; y el liberalismo no sucumbi\u00f3 pese a las dram\u00e1ticas transformaciones experimentadas por la sociedad burguesa desde la segunda mitad del siglo xvii. \u00bfPor qu\u00e9 el marxismo habr\u00eda de ser la excepci\u00f3n? \u00bfPor el colapso de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica? No parece un argumento serio, digno de ser esgrimido por quien se autoproclama como el heredero de los mejores fragmentos de la obra de Marx. Podr\u00edamos reconocer, sin duda alguna, que el derrumbe del sistema de relaciones sociales sobre los cuales reposan los distintos productos culturales, desde el arte hasta la filosof\u00eda, modifican en parte su car\u00e1cter y su funci\u00f3n social. Pero de ah\u00ed a pregonar su &#8216;desintegraci\u00f3n&#8217; o su desaparici\u00f3n hay un largo trecho. Previamente habr\u00eda que demostrar, claro, que el marxismo como ciencia y como filosof\u00eda era una criatura engendrada por la revoluci\u00f3n de Octubre y que s\u00f3lo sobrevivir\u00eda como un par\u00e1sito cultural del r\u00e9gimen sovi\u00e9tico. Por supuesto que estas elemental\u00edsimas consideraciones no fueron ni siquiera contempladas por nuestro autor.<\/p>\n<p>En segunda instancia, Laclau parecer\u00eda ignorar que el marxismo como corpus te\u00f3rico ya ha dado muestras de su capacidad para sobreponerse a las atrocidades y bancarrota de los reg\u00edmenes pol\u00edticos y partidos que se fundaron en su nombre. Es m\u00e1s, en el plano de la teor\u00eda social se ha producido un saludable despertar del inter\u00e9s por las ideas de la tradici\u00f3n marxista, cosa que ya se ha hecho evidente especialmente en el mundo anglosaj\u00f3n, en partes de Europa occidental y, en menor medida, en Am\u00e9rica Latina. Esto se refleja, entre otras cosas, en el n\u00famero creciente de c\u00e1tedras, estudios, revistas y publicaciones dedicadas al tema, algo embarazoso para quienes, como Laclau, se empe\u00f1aron en anunciar la muerte del marxismo. En la conferencia inaugural que Eric Hobsbawm pronunciara en el encuentro internacional reunido en mayo de 1998 en Par\u00eds, para conmemorar el sesquicentenario de la publicaci\u00f3n del El Manifiesto Comunista, el historiador brit\u00e1nico sostuvo que la inusitada repercusi\u00f3n mundial de dicha celebraci\u00f3n \u2013reflejada en publicaciones masivas tan poco propensas a exaltar los m\u00e9ritos o la validez del marxismo como la revista New Yorker o los peri\u00f3dicos The New York Times o Los Angeles Times\u2013 hubiera sido simplemente impensable hace menos de diez a\u00f1os atr\u00e1s, cuando los fragores del derrumbe del Muro de Berl\u00edn hicieron que muchos creyeran que bajo sus escombros yac\u00eda no s\u00f3lo el &#8216;socialismo realmente existente&#8217; sino tambi\u00e9n el marxismo como teor\u00eda social. Laclau y Mouffe se cuentan ciertamente entre aquellos que confundieron al marxismo con el estalinismo. En todo caso, las ambig\u00fcedades y las incertidumbres generadas por tan temeraria identificaci\u00f3n retornan por la puerta trasera del &#8216;posmarxismo&#8217; cuando Laclau no cesa de referirse obsesivamente a un objeto que, seg\u00fan sus propias palabras, se ha desintegrado y ya no existe. Pues, si as\u00ed fuera: \u00bfc\u00f3mo entender tama\u00f1a obstinaci\u00f3n para pelearse con un muerto? En el Leviat\u00e1n Thomas Hobbes recordaba con su habitual sarcasmo que &#8216;los hombres contienden con los vivos, no con los muertos&#8217; y que quienes incurren en tales pr\u00e1cticas s\u00f3lo certifican con su empecinamiento la vitalidad del presunto difunto (1980, p. 80).<br \/>\nPor otra parte, la desafortunada frase &#8216;quedarse con los mejores fragmentos&#8217; revela elocuentemente la extraordinaria penetraci\u00f3n del pensamiento positivista en las huestes del &#8216;posmarxismo&#8217;, y ser\u00eda dif\u00edcil convencer a un observador imparcial que la adhesi\u00f3n a una tradici\u00f3n epistemol\u00f3gica tan desacreditada en nuestros d\u00edas como el positivismo pudiera ser interpretada como un signo de audaz innovaci\u00f3n intelectual. En relaci\u00f3n a \u00e9sto remitimos al lector a las observaciones realizadas en el cap\u00edtulo anterior y en particular a los an\u00e1lisis de Gyorg Luk\u00e1cs sobre el tema (1971, p. 27). El pensamiento fragmentador, rasgo distintivo del positivismo, es incapaz de aprehender la realidad en su totalidad, descompone sus partes y las reifica como si fueran entidades aut\u00f3nomas e independientes: ergo, la econom\u00eda, la sociolog\u00eda, la antropolog\u00eda, la ciencia pol\u00edtica, la geograf\u00eda y la historia se constituyen como &#8216;ciencias sociales&#8217; aut\u00f3nomas y separadas, cada una de las cuales ofrecen sus in\u00fatiles &#8216;explicaciones&#8217; especializadas referidas a fragmentos ilusorios de lo social \u2013la econom\u00eda, la sociedad, la cultura, la pol\u00edtica, etc.\u2013 carentes en su aislamiento de toda sustancialidad.<\/p>\n<p><strong>U<\/strong><strong>n juego nada inocente: construir, deconstruir y reconstruir teor\u00edas<\/strong><\/p>\n<p>Seguramente, Laclau est\u00e1 convencido de haberse apropiado de los &#8216;mejores fragmentos&#8217; del marxismo. Pero no deja de llamar la atenci\u00f3n el hecho de que ya sean unos cuantos los estudiosos que se declaran incapaces de descubrir cu\u00e1les son dichos fragmentos y todav\u00eda muchos m\u00e1s quienes confiesan su imposibilidad de establecer una correspondencia entre la construcci\u00f3n te\u00f3rica emprendida con ellos y la tradici\u00f3n intelectual fundada por el fil\u00f3sofo de Tr\u00e9veris7. Por otra parte, esta pretensi\u00f3n de conservar los insondables &#8216;mejores fragmentos&#8217; del marxismo es contradictoria con la aserci\u00f3n de Laclau de que &#8216;lo importante fue la deconstrucci\u00f3n del marxismo, no su mero abandono&#8217;. En ese mismo tramo de su entrevista con Strategies, Laclau sostiene (esta vez con raz\u00f3n) que &#8216;la relaci\u00f3n con la tradici\u00f3n no debe ser de sumisi\u00f3n y repetici\u00f3n sino de transformaci\u00f3n y cr\u00edtica&#8217; (1993, p. 189).<\/p>\n<p>En todo caso, dos cuestiones podr\u00edan ser planteadas en relaci\u00f3n con estas afirmaciones. En primer lugar, \u00bfhasta qu\u00e9 punto es posible &#8216;deconstruir&#8217; teor\u00edas sociales y proceder a &#8216;reaconstruirlas&#8217; creando de este modo nuevas figuras, formas e im\u00e1genes conceptuales? Los &#8216;posmarxistas&#8217; parecer\u00edan no estar conscientes de que una operaci\u00f3n intelectual como \u00e9sta reposa sobre una insostenible premisa positivista y mecanicista: la idea de que las teor\u00edas son simples colecciones de &#8216;partes y fragmentos&#8217; que, como las vigas, columnas, tuercas y tornillos de pl\u00e1stico de los juegos infantiles de construcci\u00f3n, pueden ser recombinados ad infinitum. \u00bfEs razonable pensar que de la &#8216;deconstrucci\u00f3n&#8217; de Hobbes resultar\u00e1 un Locke? \u00bfPodremos &#8216;deconstruir&#8217; a Rousseau para as\u00ed inventar a Tocqueville? \u00bfIr\u00eda un Marx &#8216;deconstruido&#8217; a resucitar como un h\u00edbrido de Lacan, Derrida, Hegel, Weber y Parsons? En t\u00e9rminos de un an\u00e1lisis filos\u00f3fico riguroso una tal &#8216;deconstrucci\u00f3n&#8217; no es m\u00e1s que un juego de palabras, un aut\u00e9ntico non sense expresado, eso s\u00ed, con la jerga y la aparente profundidad del c\u00e1non est\u00e9tico y te\u00f3rico del posmodernismo que tantos estragos ha causado en el pensamiento cr\u00edtico. Quedar\u00eda por indagar la funci\u00f3n que cumple semejante disparate. Una primera hip\u00f3tesis subrayar\u00eda la importancia que tienen las &#8216;deconstrucciones&#8217; del posmodernismo para desarmar ideol\u00f3gicamente \u2013por medio de enga\u00f1os, confusiones premeditadas y trucos de diverso tipo\u2013 a los adversarios del capitalismo, generando de ese modo actitudes resignadas, escapistas o conformistas que refuerzan la estabilidad del sistema. Pero preferimos, por ahora, no adentrarnos en este tipo de conjeturas.<\/p>\n<p>En segundo t\u00e9rmino, lo que no est\u00e1 claro en ninguna parte de la obra de Laclau y Mouffe es la demostraci\u00f3n de que la tradici\u00f3n marxista se haya convertido en un obst\u00e1culo a la creatividad y a la inscripci\u00f3n de nuevos problemas, lo que deja a todo su esfuerzo por fundar el &#8216;posmarxismo&#8217; en una posici\u00f3n un tanto desairada. Porque, tal como anot\u00e1bamos m\u00e1s arriba: \u00bfcon qui\u00e9nes est\u00e1n polemizando estos autores? La impresi\u00f3n que se lleva quien se proponga examinar objetiva y desapasionadamente su obra, y que a su vez reconozca la inteligencia y sistematicidad de su reflexi\u00f3n, no puede sino llegar a la conclusi\u00f3n de que nuestros autores est\u00e1n enzarzados en una est\u00e9ril y anacr\u00f3nica pol\u00e9mica contra las peores deformaciones del marxismo de la Segunda y la Tercera Internacionales, y muy especialmente contra las diversas manifestaciones de la vulgata estalinista. Por eso, cuando Laclau piensa en el marxismo lo imagina en los mismos t\u00e9rminos que utilizara la tristemente c\u00e9lebre Academia de Ciencias de la URSS, al definirlo como:<br \/>\nuna teor\u00eda que se basa en la gradual simplificaci\u00f3n de la estructura de clases bajo el capitalismo y en la creciente centralidad de la clase obrera (o que propone) considerar al mundo como fundamentalmente dividido entre capitalismo y socialismo, y que el marxismo es la ideolog\u00eda de este \u00faltimo (Laclau, 1993, pp. 213-214).<\/p>\n<p>La pregunta m\u00e1s elemental que deber\u00edamos formular es la siguiente: \u00bfqu\u00e9 marxista se reconoce en una caricatura como \u00e9sta en contra de la cual Laclau y Mouffe levantan todo su alambicado edificio te\u00f3rico? \u00bfQui\u00e9n, salvo un bur\u00f3crata de la difunta Academia de Ciencias de la URSS, podr\u00eda salir a defender tama\u00f1as simplezas? Laclau y Mouffe ofenden la inteligencia de sus lectores, cuando en su af\u00e1n por criticar el marxismo se convierten en el negativo de quienes con sus tristemente c\u00e9lebres &#8216;manuales&#8217; asolaron los pa\u00edses del Este en nombre del socialismo. \u00c9stos caricaturizaron toda la historia del pensamiento pol\u00edtico diciendo, por ejemplo, que Jean-Jacques Rousseau fue apenas un &#8216;ide\u00f3logo de la peque\u00f1a burgues\u00eda&#8217;, y que como desconoc\u00eda &#8216;la existencia de la lucha de clases&#8217; debi\u00f3 recurrir al concepto &#8216;abstracto de pueblo&#8217; para hablar de la soberan\u00eda pol\u00edtica. Estos distinguidos &#8216;acad\u00e9micos&#8217; \u2013muchos de los cuales se convirtieron, al igual que el antiguo Secretario de Acci\u00f3n Ideol\u00f3gica del Partido Comunista de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica (pcus), Boris Yeltsin, en vociferantes propagandistas del neoliberalismo\u2013 caracterizaron burdamente a Maquiavelo como &#8216;uno de los primeros ide\u00f3logos de la burgues\u00eda&#8217;, y terminaron acus\u00e1ndolo de sostener que la &#8216;base de la naturaleza humana (es) la ambici\u00f3n y la codicia, y que los hombres son malos por naturaleza&#8217; (Pokrovski et al., 1966, pp. 215-222 y 144-145, respectivamente). Laclau y Mouffe proceden de la misma manera con el marxismo: construyen una caricatura \u2013una teor\u00eda reduccionista, esencialista, economicista, objetivista, etc.\u2013 y luego proceden alegremente a destruirla. Tenemos derecho a preguntar: \u00bfpor qu\u00e9 y para qu\u00e9?<\/p>\n<p>Ignoro las razones por las cuales Laclau se concentra con tanta fruici\u00f3n en las ramas marchitas del \u00e1rbol, dejando de lado aquellas que han reverdecido o las que se encuentran florecidas. La asimilaci\u00f3n entre marxismo y marxismo vulgar \u2013que refleja la otra ecuaci\u00f3n, m\u00e1s ominosa, entre marxismo y &#8216;socialismo real&#8217;\u2013 se torna sospechosa cuando a lo largo de toda su obra se presta escas\u00edsima o ninguna atenci\u00f3n a los desarrollos te\u00f3ricos experimentados por el marxismo en los \u00faltimos veinte o treinta a\u00f1os. \u00bfC\u00f3mo es posible que la obra de intelectuales de la talla de Elmar Altvater, Samir Amin, Perry Anderson, Giovanni Arrighi, Etienne Balibar, Rudolf Bahro, Robin Blackburn, Samuel Bowles, Robert Brenner, Alex Calinicos, Gerald Cohen, Agust\u00edn Cueva, Maurice Dobb, Florest\u00e1n Fernandes, Jon Elster, Norman Geras, Herbert Gintis, Pablo Gonz\u00e1lez Casanova, Eric Hobsbawm, John Holloway, Frederic Jameson, Oskar Lange, Michel L\u00f6wy, Ernest Mandel, C. B. MacPherson, Ellen Meiksins Wood, Michel Kalecky, Ralph Miliband, Nicos Mouzelis, Antonio Negri, Alex Nove, Claus Offe, Adam Przeworski, John E. Roemer, Manuel Sacrist\u00e1n, Pierre Salama, Adolfo S\u00e1nchez V\u00e1zquez, G\u00f6ran Therborn, E. P. Thompson, Jean-Marie Vincent, Immanuel Wallerstein, Raymond Williams y tantos m\u00e1s haya pasado completamente inadvertida para Laclau y Mouffe, ignorando una labor te\u00f3rica muchas veces pol\u00e9mica pero siempre innovadora y creativa dentro del campo del marxismo? Para ninguno de estos autores la tradici\u00f3n marxista parece haber sido un obst\u00e1culo para la &#8216;inscripci\u00f3n&#8217; de las novedades de su tiempo en el corpus de la teor\u00eda y para hallar en ella los est\u00edmulos a la creatividad que caracterizan a una tradici\u00f3n intelectual palpitante y fecunda. Sin embargo, ambos autores parecen no haberse enterado de estas posibilidades.<\/p>\n<p><strong>Liquidar la caricatura<\/strong><\/p>\n<p>Por el contrario, tanto Laclau como Mouffe consideran necesario fundar el &#8216;posmarxismo&#8217;, para abandonar una vieja tradici\u00f3n cuyos propios manantiales habr\u00edan estado envenenados desde sus or\u00edgenes. Sin embargo, a lo largo de su extensa obra no se encuentran argumentos valederos y convincentes que respalden esta pretensi\u00f3n. M\u00e1s all\u00e1 de su rebuscada ret\u00f3rica lo que queda, en el fondo, es un lugar com\u00fan: una cr\u00edtica en bloque al marxismo tal como se reitera desde el mainstream de las ciencias sociales norteamericanas, salpicada aisladamente con alguna que otra interesante observaci\u00f3n la que, sin embargo, no alcanza a corregir las distorsiones interpretativas que vician el conjunto de sus planteamientos.<\/p>\n<p>Una muestra peque\u00f1a pero harto significativa de la ligereza con que se encara la cr\u00edtica de la tradici\u00f3n marxista la provee, por ejemplo, la extensa cita del famoso &#8216;Pr\u00f3logo&#8217; de Marx a la Contribuci\u00f3n a la cr\u00edtica de la econom\u00eda pol\u00edtica que Laclau reproduce en Nuevas Reflexiones (1993, p. 22). Este pasaje fue tomado de una traducci\u00f3n al espa\u00f1ol de un texto originalmente escrito en alem\u00e1n y a partir del cual se &#8216;certificar\u00eda&#8217; cientif\u00edcamente el car\u00e1cter determinista del marxismo con las pruebas que ofrece una palabra \u2013bedingen\u2013 torpemente traducida, por razones varias y acerca de las cuales es preferible no abundar, como equivalente a &#8216;determinar&#8217;, bestimmen en alem\u00e1n. Sin embargo, de acuerdo al Diccionario Langenscheidts Alem\u00e1n-Espa\u00f1ol los verbos bedingen y bestimmen tienen significados muy diferentes. Mientras que traduce al primero como &#8216;condicionar&#8217; (admitiendo tambi\u00e9n otras acepciones como &#8216;requerir&#8217;, &#8216;presuponer&#8217;, &#8216;implicar&#8217;, etc.), el verbo bestimmen es traducido como &#8216;determinar&#8217;, &#8216;decidir&#8217;, o &#8216;disponer&#8217;. En el famoso pasaje del &#8216;Pr\u00f3logo&#8217; Marx utiliz\u00f3 el primer vocablo, bedingen, y no el segundo, pese a lo cual la cr\u00edtica tradicional del pensamiento liberal burgu\u00e9s \u2013del cual el &#8216;posmarxismo&#8217; es claramente tributario\u2013 ha insistido en subrayar la afinidad del pensamiento te\u00f3rico de Marx con una palabra que \u00e9ste prefiri\u00f3 omitir utilizando otra en su lugar. Habida cuenta de la maestr\u00eda con que Marx se expresaba y escrib\u00eda en su lengua materna y del cuidado que pon\u00eda en el manejo de sus t\u00e9rminos, la sustituci\u00f3n de un vocablo por el otro dif\u00edcilmente podr\u00eda ser considerada como una inocente travesura del traductor o como un desinteresado desliz de los cr\u00edticos de su teor\u00eda. Que Laclau no haya reparado en un &#8216;detalle&#8217; como \u00e9ste, en el contexto de acusaciones te\u00f3ricas tan categ\u00f3ricas como las que formula, habla de una ligereza de juicio excesivamente riesgosa.<\/p>\n<p>Esta sesgada interpretaci\u00f3n de la voz en cuesti\u00f3n reaparece nuevamente, tambi\u00e9n en Nuevas reflexiones, en el contexto de una pol\u00e9mica con Norman Geras y que lleva a Laclau a cometer un nuevo error al afirmar que &#8216;el modelo base\/superestructura afirma que la base no s\u00f3lo limita sino que determina la superestructura, del mismo modo que los movimientos de una mano determinan los de su sombra en una pared&#8217; (1993, p. 128 [subrayado en el original]). Este pasaje da pie a dos breves observaciones: primero, tal como lo vimos m\u00e1s arriba, Marx emple\u00f3 la palabra &#8216;condicionar&#8217; y no &#8216;determinar&#8217;. Por lo tanto, no estamos aqu\u00ed en presencia de una discusi\u00f3n hermen\u00e9utica acerca de la &#8216;interpretaci\u00f3n&#8217; correcta de lo que Marx realmente dijo sino de algo mucho m\u00e1s elemental: del pertinaz empecinamiento de sus cr\u00edticos a aceptar que \u00e9l dijo lo que quer\u00eda decir y que al elegir el t\u00e9rmino bedingen en lugar de bestimmen Marx expl\u00edcitamente rechaz\u00f3 el uso de una palabra que le habr\u00eda impreso un giro fuertemente determinista a todo su argumento te\u00f3rico. Sea por ignorancia o por un arraigado prejuicio lo cierto es que la flagrante tergiversaci\u00f3n de lo que Marx dej\u00f3 prolijamente escrito en buen alem\u00e1n ha potenciado los gruesos errores interpretativos de Laclau en relaci\u00f3n con la teor\u00eda marxista. Segundo, y esto puede ser apenas una curiosidad: \u00bfqu\u00e9 marxista digno de ese nombre utiliza en estos d\u00edas un modelo determinista como el de &#8216;la mano y su sombra&#8217; que tanto inquieta el sue\u00f1o de Laclau y Mouffe?<\/p>\n<p><strong>Una estrategia socialista&#8230; \u00a1para consolidar el capitalismo!<br \/>\n<\/strong><\/p>\n<p>A todo lo anterior podr\u00eda agregarse una afirmaci\u00f3n del propio Laclau, cuando dice que hay una buena raz\u00f3n pol\u00edtica para hablar de &#8216;posmarxismo&#8217;, y es la conveniencia de hacer con el marxismo lo mismo que se ha hecho con otras ideolog\u00edas (como el liberalismo o el conservadurismo, por ejemplo): convertirlo en un &#8216;vago t\u00e9rmino de referencia pol\u00edtica, cuyo contenido, l\u00edmites y alcance debe ser definido en cada coyuntura&#8217;. El marxismo, pulcramente diluido, se convertir\u00eda en un &#8216;significante flotante&#8217; tan misterioso como inocuo que abrir\u00eda la posibilidad de construir ingeniosos &#8216;juegos de lenguaje&#8217;, a condici\u00f3n, advierte Laclau con severidad, de que mediante los mismos &#8216;no se pretenda descubrir el real significado de la obra de Marx&#8217; pues \u00e9so carece de relevancia (1993, p. 213). El pr\u00f3posito de esta operaci\u00f3n es de una claridad meridiana: se trata de liquidar el marxismo \u2013y, por extensi\u00f3n, el socialismo\u2013 como utop\u00eda liberadora y como proyecto de transformaci\u00f3n social, diluy\u00e9ndolo en el magma neoconservador del &#8216;fin de las ideolog\u00edas&#8217;. En este sentido, las implicaciones &#8216;reaccionarias&#8217; de la obra de Laclau y Mouffe son evidentes y quedan claramente expuestas desde las p\u00e1ginas iniciales de su Hegemon\u00eda y estrategia socialista, cuando en el mismo &#8216;Prefacio a la edici\u00f3n espa\u00f1ola&#8217; se sostiene que en dicho libro se plantea una:<br \/>\nredefinici\u00f3n del proyecto socialista en t\u00e9rminos de una radicalizaci\u00f3n de la democracia; es decir, como articulador de las luchas contra las diferentes formas de subordinaci\u00f3n \u2013de clase, de sexo, de raza, as\u00ed como de aquellas otras a las que se oponen los movimientos ecol\u00f3gicos, antinucleares y antiinstitucionales. Esta democracia radicalizada y plural, que proponemos como objetivo de una nueva izquierda, se inscribe en la tradici\u00f3n del proyecto pol\u00edtico &#8216;moderno&#8217; formulado a partir del Iluminismo (1987, p. ix).<\/p>\n<p>Ning\u00fan socialista podr\u00eda disentir de tan bellos prop\u00f3sitos, siempre y cuando el logro de estas metas no implique sacrificar el objetivo de superar hist\u00f3ricamente el capitalismo, algo que ni siquiera Edouard Bernstein \u2013&#8217;revisionista&#8217; pero socialista al fin\u2013 estuvo dispuesto a admitir. Sin embargo, \u00e9sto es precisamente lo que encontramos al final del laber\u00edntico discurso de Laclau y Mouffe: el socialismo se ha volatilizado por completo toda vez que el objetivo supremo de la nueva izquierda es una democracia &#8216;radicalizada y plural&#8217;. De este modo se pone fin al trayecto te\u00f3rico-pol\u00edtico recorrido por nuestros autores: tras comenzar con una cr\u00edtica epistemol\u00f3gica y abstracta a los marxismos de la Segunda y la Tercera Internacionales se concluye con una sigilosa capitulaci\u00f3n en donde el objetivo esencial del socialismo, la sustituci\u00f3n de la sociedad capitalista por otra m\u00e1s justa, humana y liberadora, queda definitivamente silenciado en aras de una tan et\u00e9rea como inveros\u00edmil profundizaci\u00f3n de la democracia. Sin decirlo, los autores comparten las tesis de Francis Fukuyama y toda la derecha moderna que consagra el capitalismo como el estadio final de la historia humana. As\u00ed, la supuesta renovaci\u00f3n del marxismo se efectu\u00f3 tan meticulosamente y con tanto ah\u00ednco que en su fervor innovador los &#8216;renovadores&#8217; terminaron pas\u00e1ndose al bando contrario: en su r\u00e1pido desplazamiento arrojaron por la borda la cr\u00edtica al capitalismo y la necesidad de superarlo, convirti\u00e9ndose objetivamente en sus sibilinos apologistas.<\/p>\n<p>Lo anterior salta a la vista cuando se examina m\u00e1s detenidamente el significado de la &#8216;democracia radicalizada&#8217; de Laclau y Mouffe y la obra posterior de ambos autores, en donde su lisa y llana adhesi\u00f3n al liberalismo se manifiesta sin ninguna clase de cortapisas. El debate ya no es con &#8216;los restos del marxismo&#8217; sino en c\u00f3mo situarse entre Rawls y Rorty8. En todo caso, y retomando el hilo de nuestra argumentaci\u00f3n, nos parece cuestionable tanto desde el punto de vista de la rigurosidad intelectual como desde la coherencia pol\u00edtica, tratar un tema como el de la radicalizaci\u00f3n de la democracia sin por lo menos proceder a reexaminar lo que Rosa Luxemburg, desde el coraz\u00f3n mismo de la tradici\u00f3n marxista, escribiera al respecto9. Una reflexi\u00f3n como la que hacen Laclau y Mouffe, cual si fueran Ad\u00e1n y Eva el primer d\u00eda de la creaci\u00f3n del mundo, poco ayuda a su autodeclarado prop\u00f3sito de renovar cr\u00edticamente el pensamiento marxista. En segundo t\u00e9rmino, el planteamiento de nuestros autores es por lo menos vago, y por momentos peligrosamente confuso. En efecto, no se puede afirmar alegremente que &#8216;la tarea de la izquierda no puede por tanto consistir en renegar de la ideolog\u00eda liberal-democr\u00e1tica sino al contrario, en profundizarla y expandirla en la direcci\u00f3n de una democracia radicalizada y plural&#8217; (1987 [b]: p. 199).<\/p>\n<p>Laclau y Mouffe son profesores de teor\u00eda pol\u00edtica y no pueden ignorar que la posibilidad de &#8216;profundizar y expandir&#8217; la ideolog\u00eda liberal-democr\u00e1tica no es algo que pueda hacerse mediante un ejercicio ret\u00f3rico o una invocaci\u00f3n a la buena voluntad de hombres y mujeres, al margen de los condicionantes que dicha ideolog\u00eda tiene en funcion de su articulaci\u00f3n \u2013nada contingente, por cierto\u2013 con una estructura de dominio y explotaci\u00f3n clasista, en cuyo seno dicha ideolog\u00eda se desarroll\u00f3 y a cuyos intereses fundamentales sirvi\u00f3 diligentemente durante tres siglos. Aqu\u00ed el &#8216;instrumentalismo&#8217; de Laclau y Mouffe es tan burdo que recuerda a esa verdadera caricatura del leninismo que los autores construyeron en su obra con el \u00e1nimo de despacharlo sin ning\u00fan tipo de reparos. S\u00f3lo que el nuevo &#8216;instrumentalismo&#8217; de Laclau y Mouffe pertenece, aparentemente, a una variedad benigna que no despierta la menor preocupaci\u00f3n en nuestros autores. \u00bfCreen \u00e9stos que es tan sencillo &#8216;hacer romper al liberalismo su articulaci\u00f3n con el individualismo posesivo&#8217; (1987 [b]: p. 199)? Si as\u00ed fuera, la historia de la democracia habr\u00eda sido much\u00edsimo m\u00e1s pac\u00edfica y apacible: hubiera bastado con ir de a poco debilitando los v\u00ednculos entre liberalismo y explotaci\u00f3n clasista para que, una radiante ma\u00f1ana, los burgueses liberales hubiesen amanecido como dem\u00f3cratas radicales ad usum Laclau y Mouffe. \u00bfPor qu\u00e9 si el liberalismo tiene una historia tres veces centenaria la democracia es una fr\u00e1gil y reciente adquisici\u00f3n de algunas pocas sociedades capitalistas? \u00bfSer\u00e1 porque a nadie se le ocurri\u00f3 pensar en producir esa ruptura entre liberalismo y dominaci\u00f3n burguesa? \u00bfO ser\u00e1 tal vez porque esa tarea de profundizar y expandir la democracia liberal en una direcci\u00f3n &#8216;radicalizada y plural&#8217; tropieza con l\u00edmites estructurales y de clase que hacen que dicha empresa requiera para su materializaci\u00f3n lo que con mucha elegancia Barrington Moore denominaba &#8216;una ruptura violenta con el pasado&#8217;, es decir, una revoluci\u00f3n (1966)? \u00bfPor qu\u00e9 ser\u00e1 que Laclau y Mouffe no pueden citar ni un s\u00f3lo ejemplo de una democracia &#8216;radicalizada y plural&#8217; en el capitalismo contempor\u00e1neo? Respuesta: porque no existe.<\/p>\n<p>Nuestros autores pueden formular estas temerarias propuestas acerca de la ilimitada elasticidad ideol\u00f3gica del liberalismo porque su visi\u00f3n &#8216;posmarxista&#8217; del mundo les impide percibir lo social como una totalidad y el &#8216;efecto embudo&#8217; de su perspectiva te\u00f3rica les inhibe apreciar las conexiones existentes entre discursos, ideolog\u00edas, modos de producci\u00f3n y estructuras de dominaci\u00f3n. La radical e insuperable fragmentaci\u00f3n de la realidad social tal cual \u00e9sta aparece en los meandros de su argumentaci\u00f3n hace que todo sea posible, hasta una conversi\u00f3n del liberalismo y su transformaci\u00f3n en una ideolog\u00eda democr\u00e1tica en donde por imperio de los &#8216;juegos de lenguaje&#8217; y los &#8216;significados flotantes&#8217; se disuelven todos los condicionamientos clasistas, sexistas, racistas, ling\u00fc\u00edsticos, religiosos y culturales que caracterizaron al liberalismo desde sus or\u00edgenes. Ni siquiera un conservador ilustrado como Tocqueville cre\u00eda que \u00e9sto fuera posible, para no hablar de Max Weber, pero \u00e9sto no arredra la audacia de nuestros autores 10.<\/p>\n<p><strong>Capitalismo, socialismo, democracia<\/strong><\/p>\n<p>\u00bfDebemos, por lo tanto, rechazar la propuesta de &#8216;profundizar y extender la democracia&#8217;, tan cara a los &#8216;posmarxistas&#8217; latinoamericanos? De ninguna manera. Pero un programa de este tipo exige un planteamiento radicalmente distinto del que sugieren Laclau y Mouffe, lo que supone antes que nada una apreciaci\u00f3n realista del significado de la democracia burguesa y una labor de implacable desmitificaci\u00f3n, pues de lo contrario toda su bella propuesta reposar\u00eda sobre una ilusi\u00f3n.<\/p>\n<p>En este sentido las reflexiones de Rosa Luxemburg \u2013ya en la c\u00e1rcel y siguiendo con atenci\u00f3n los primeros pasos de la revoluci\u00f3n rusa\u2013 son de extraordinaria importancia porque, contrariamente a lo que proponen nuestros autores, recuperan el valor de la democracia sin legitimar el capitalismo y sin arrojar por la borda la utop\u00eda y el proyecto socialistas. Dec\u00eda la revolucionaria polaca:<br \/>\nLo que esto significa es lo siguiente: siempre hemos distinguido el n\u00facleo social de la forma pol\u00edtica de la democracia burguesa. Siempre hemos revelado el n\u00facleo duro de desigualdad social y falta de libertades que se oculta bajo la dulce envoltura de la igualdad y las libertades formales. Pero no para rechazar estas \u00faltimas sino para impulsar a la clase trabajadora a no conformarse con la envoltura sino a conquistar el poder pol\u00edtico; a crear una democracia socialista para reemplazar a la democracia burguesa, no a eliminar a la democracia (1970, p. 393).<\/p>\n<p>El planteamiento de Rosa Luxemburg, por lo tanto, supera creativamente tanto las trampas del vulgomarxismo \u2013que al rechazar la democracia capitalista terminaba repudiando in toto la sola idea de la democracia y justificando el despotismo pol\u00edtico\u2013 como las del &#8216;posmarxismo&#8217;, que reniega del proyecto de Marx para disolverse y refundirse ideol\u00f3gicamente en el liberalismo. En consecuencia: ni desprecio ni entrega. Lo que se requiere es una aut\u00e9ntica aufhebung, es decir, una simult\u00e1nea negaci\u00f3n, recuperaci\u00f3n y superaci\u00f3n de la democracia capitalista, en donde el socialismo sea concebido como capaz de dar a luz a una forma cuantitativa y cualitativamente superior de democracia y no, como en la propuesta de Laclau y Mouffe, como la simple &#8216;dimensi\u00f3n social&#8217; de una democracia radicalizada incapaz de descartar las sospechas de que se trata simplemente de m\u00e1s de lo mismo (1987 [b]: p. 201). En este caso, el socialismo se ver\u00eda reducido al rango de una mera &#8216;forma superior&#8217; de democracia que, pese a todas las evidencias, nuestros autores sue\u00f1an que se puede construir dejando intactos los fundamentos de la explotaci\u00f3n capitalista. Que la nuestra no es una lectura viciada por un prejuicio izquierdista lo prueba el hecho de que nada menos que el &#8216;ironista liberal&#8217; Richard Rorty, cuyo tr\u00e1nsito del trotskismo de su juventud al filo-reaganismo de su madurez sigue concitando el asombro de muchos, tambi\u00e9n se declara incapaz de distinguir, &#8216;como [Ernesto Laclau y Chantal Mouffe] querr\u00edan [\u2026] la \u2018democracia radical\u2019 respecto de la mera \u2018democracia liberal\u2019 [\u2026] No est\u00e1 claro que la democracia radical pueda significar otra cosa que el tipo de sociedad que Ryan describe&#8217; (Rorty, 1998: pp. 51-52). El tipo de sociedad aludida por Alan Ryan, conviene aclararlo, es el &#8216;capitalismo de bienestar con rostro humano&#8217;.<\/p>\n<p>As\u00ed las cosas, no podemos hacer menos que rechazar toda tentativa de liquidar los ideales socialistas. Como ya lo hemos expuesto en otro lugar, no se trata de negar la gravedad de la crisis del marxismo (Boron, 1996, cap. 9). Pero ser\u00eda insensato dejar de preguntarse si no ser\u00e1 \u00e9sto un reflujo transitorio en lugar del ocaso definitivo del socialismo, como surge del argumento desarrollado por Laclau y Mouffe. Tal vez sea demasiado pronto para saber, aunque nos resistimos a creer que el fracaso en las primeras tentativas de construcci\u00f3n de la sociedad socialista pueda significar la definitiva erradicaci\u00f3n de una de las m\u00e1s bellas y nobles utop\u00edas jam\u00e1s gestada por la especie humana.<\/p>\n<p>Tal como lo examin\u00e1ramos m\u00e1s arriba a prop\u00f3sito de los an\u00e1lisis de John E. Roemer, el fracaso del experimento sovi\u00e9tico no significa que el proyecto socialista de construir una nueva sociedad \u2013igualitaria, libre, emancipada, autogobernada\u2013 haya sido archivado en el limbo de la historia que pudo ser y que no fue (1994, pp. 25-26). Hay sobradas razones para creer que la euforia de la burgues\u00eda, que hoy parece inundarlo todo, habr\u00e1 de ser breve, teniendo en cuenta los m\u00faltiples signos que por doquier hablan de la precariedad del &#8216;triunfo&#8217; capitalista. \u00bfC\u00f3mo olvidar que en los \u00faltimos noventa a\u00f1os los ide\u00f3logos de la burgues\u00eda anunciaron en tres oportunidades \u2013la belle \u00e9poque de comienzos de siglo, los roaring twenties y los a\u00f1os cincuenta\u2013 la victoria final del capitalismo? Y ya sabemos lo que ocurri\u00f3 despu\u00e9s. \u00bfPor qu\u00e9 habr\u00edamos ahora de creer que hemos llegado al &#8216;fin de la historia&#8217;?<\/p>\n<p>En todo caso, una pregunta crucial queda planteada con total legitimidad: \u00bfpodr\u00e1 el marxismo hacer frente al formidable desaf\u00edo de nuestro tiempo, o deberemos en cambio buscar refugio en la vaguedad y esterilidad del &#8216;posmarxismo&#8217; para hallar los valores, categor\u00edas te\u00f3ricas y herramientas conceptuales que nos permitir\u00edan navegar en las aguas tormentosas del fin de siglo? Creemos que la teor\u00eda marxista contiene los elementos necesarios para resurgir con nuevos br\u00edos de la presente crisis, a condici\u00f3n de que los marxistas rehusen atrincherarse en las viejas y tradicionales certidumbres y que llevados por el dogmatismo o la indolencia intelectual cierren los ojos ante las m\u00faltiples lecciones dejadas por el primer ciclo de las revoluciones socialistas y se empecinen en ignorar los nuevos e in\u00e9ditos desaf\u00edos que plantea la agresiva restructuraci\u00f3n neoliberal del capitalismo a finales del siglo xx. Por ello, para enfrentar la crisis te\u00f3rica con ciertas posibilidades de \u00e9xito ser\u00e1 necesario someter todo a discusi\u00f3n, reexaminar la totalidad del corpus te\u00f3rico gestado a lo largo de m\u00e1s de un siglo y medio haciendo honor a aquella divisa marxista que identificaba la dial\u00e9ctica como una cr\u00edtica despiadada de todo lo existente, incluyendo la propia teor\u00eda. Algunas de las cabezas m\u00e1s l\u00facidas del pensamiento marxista ya han puesto manos a la obra. Lo que asoma en el horizonte es un marxismo renovado, \u00e1gil, din\u00e1mico, abierto al mundo y plural, ya avizorado por las miradas penetrantes de Raymond Williams y Ralph Miliband en algunos de sus \u00faltimos escritos; un marxismo, en s\u00edntesis, con su rostro vuelto hacia el siglo xxi y abierto a todos los grandes temas de nuestra \u00e9poca (Williams, 1991-1992, pp. 19-34; Miliband, 1997).<br \/>\nCoincidimos, en este sentido, con la po\u00e9tica anticipaci\u00f3n que a\u00f1os atr\u00e1s hiciera Marcelo Cohen, con palabras que hacemos nuestras y que aluden a la persistente presencia creadora, difusa y profunda del marxismo en el mundo contempor\u00e1neo. Nos habl\u00f3 de sus legados, sus promesas y sus inmensas posibilidades, y lo dijo de esta manera:<br \/>\nSoy la voz insepulta del marxismo [&#8230;] s\u00f3lo algunos de mis avatares yacen bajo los escombros del Muro de Berl\u00edn. Otros retroceden ante las im\u00e1genes polacas de la Virgen. Pero espiritualmente, por as\u00ed decir, ando a\u00fan por todas partes. Mi respiraci\u00f3n empapa la vida del mundo, no s\u00f3lo occidental. [&#8230;] Me han usado, como a casi todo, para perpetrar pesadillas sociales y bodrios de la imaginaci\u00f3n. Me han invocado para torturar. [&#8230;] He dado palabras para nombrar lo que hoy sigue hiriendo, he nutrido el nervio, la rabia orgullosa, la agudeza cr\u00edtica. [&#8230;] Y he proporcionado aperturas, fant\u00e1sticos relatos interpretativos, anchas alucinaciones te\u00f3ricas que alimentaron la fantas\u00eda rebelde y el placer inteligente. Para los amantes del f\u00fatbol: soy un fino centrocampista que crea juego inagotable. Y nada m\u00e1s. Conmigo se seguir\u00e1 discutiendo. No ser\u00e9 cemento de construcciones perversas, sino movilidad y sugerencias; presiento nuevas metamorfosis. El que quiera puede recibirme. Y el que no, que se embrome (1990, p. 24).<\/p>\n<p><strong>Excursus final: las trampas de la coyuntura y el descenso<br \/>\na los infiernos del &#8216;posmarxismo&#8217;<\/strong><\/p>\n<p>Las urgencias de la coyuntura y la necesidad de dar respuestas concretas a los desaf\u00edos que propone han tenido la virtud de contribuir a despejar el enigma que rodeaba algunos argumentos cruciales de los te\u00f3ricos del &#8216;posmarxismo&#8217;. En efecto, los alcance efectivos de la f\u00f3rmula de la &#8216;democracia radicalizada y plural&#8217; o la exhortaci\u00f3n a &#8216;redefinir&#8217; el proyecto socialista en t\u00e9rminos de la radicalizaci\u00f3n de la democracia, por ejemplo, permanec\u00edan en las brumas de un discurso herm\u00e9tico y solipsista que si bien suscitaba muchas dudas \u2013algunas de las cuales fueron expuestas m\u00e1s arriba\u2013 tampoco ofrec\u00eda flancos demasiado descubiertos para la cr\u00edtica.<\/p>\n<p>Afortunadamente, un reportaje realizado a finales de 1997 en Buenos Aires permite poner punto final a esta situaci\u00f3n (Gonz\u00e1lez, 1997, p. 20). La propuesta &#8216;posmarxista&#8217; de articular las luchas en contra de todas las formas de subordinaci\u00f3n sonaba, en principio, como muy atractiva y no pod\u00eda sino suscitar las simpat\u00edas de los socialistas y del campo progresista en general. Sin embargo, hab\u00eda algo enigm\u00e1tico e inquietante en el planteamiento de nuestros autores: \u00bfc\u00f3mo era posible teorizar sobre tantas formas de opresi\u00f3n \u2013de clase, de g\u00e9nero, de raza, religiosas, ling\u00fc\u00edsticas, am\u00e9n de las luchas en defensa del medio ambiente, por la paz y el estado de derecho\u2013 haciendo total abstracci\u00f3n de la estructura y la din\u00e1mica del capitalismo contempor\u00e1neo y sus tendencias hacia la concentraci\u00f3n monop\u00f3lica de la riqueza y el poder, la superexplotaci\u00f3n de las masas populares, la postergaci\u00f3n de las regiones perif\u00e9ricas y la destrucci\u00f3n del medio ambiente? Contribu\u00eda a\u00fan m\u00e1s a la perplejidad de estudiosos y cr\u00edticos, disc\u00edpulos y colegas por igual, la llamativa ausencia de ejemplos concretos que perfilasen los rasgos distintivos de la &#8216;democracia radicalizada y plural&#8217; de Laclau y Mouffe que tantas esperanzas abr\u00eda supuestamente para las v\u00edctimas de todo tipo de opresi\u00f3n.<\/p>\n<p>Ahora, gracias a la incursi\u00f3n de Laclau sobre la actual coyuntura argentina, el enigma se ha develado: por una de esas crueles iron\u00edas de la historia aquel para\u00edso democr\u00e1tico y radicalizado tan plet\u00f3rico de promesas que nos pintaban nuestros autores no result\u00f3 ser otro que&#8230; el capitalismo neoliberal. S\u00ed, el mismo que en la Argentina surgiera de un plan que, seg\u00fan Laclau, fue &#8216;aplicado por el menemismo con un criterio estrictamente burocr\u00e1tico y con la pasividad del resto de la poblaci\u00f3n&#8217;. De este modo, las insanables injusticias constitutivas del modelo m\u00e1s reaccionario en la historia del capitalismo aparecen como productos de accidentales desviaciones burocr\u00e1ticas o &#8216;errores de ejecuci\u00f3n&#8217; del menemismo y, \u00bfpor qu\u00e9 no?, de la resignada aquiescencia del conjunto de la poblaci\u00f3n que seg\u00fan el fil\u00f3sofo &#8216;posmarxista&#8217; \u2013impert\u00e9rrito ante el espejismo de los paros nacionales, cortes de rutas, puebladas, carpas docentes e innumerables marchas de protesta\u2013 habr\u00eda aceptado con ovejuna mansedumbre la medicina estabilizadora de los tecn\u00f3cratas. Por eso Laclau se congratula de que &#8216;Chacho \u00c1lvarez haya dicho que los lineamientos generales del plan de estabilizaci\u00f3n no van a ser modificados por la Alianza&#8217;. Y poniendo en sinton\u00eda su discurso supuestamente &#8216;superador&#8217; del marxismo con el pensamiento \u00fanico dominante concluye: &#8216;Creo que est\u00e1 muy bien que diga eso porque no hay una pol\u00edtica alternativa&#8217;. Los memoriosos no dejar\u00e1n de recordar que fue precisamente \u00e9se \u2013TINA, &#8216;There Is No Alternative&#8217;\u2013 el slogan publicitario de Margaret Thatcher en sus d\u00edas de gloria, consigna repetida entre nosotros ad nauseam por Bernardo Neustadt, Daniel Hadad y Mauro Viale, para no citar sino algunos de los m\u00e1s distinguidos &#8216;fil\u00f3sofos&#8217; vern\u00e1culos del neoliberalismo, inconscientes precursores del &#8216;posmarxismo&#8217; en estas dolientes regiones de la periferia.<\/p>\n<p>Debido a esta capitulaci\u00f3n ideol\u00f3gica Laclau no tiene dudas acerca de lo que deber\u00eda hacer la Alianza para diferenciarse del gobierno menemista: &#8216;ampliar el consenso democr\u00e1tico alrededor del plan&#8217;. \u00a1S\u00ed!, ley\u00f3 bien: reforzar la legitimidad de un modelo econ\u00f3mico que genera niveles in\u00e9ditos de desempleo y pobreza mientras enriquece a un pu\u00f1ado de privilegiados y provoca un fenomenal endeudamiento externo, am\u00e9n de muchas otras desgracias. Claro, Laclau tambi\u00e9n a\u00f1ade que un futuro gobierno de la Alianza deber\u00eda promover la defensa de &#8216;los derechos de los ciudadanos en una pluralidad de esferas&#8217;, pese a que en aquel momento tanto el gobierno menemista como la Alianza se colocaron al lado de Su Santidad y a la derecha de Hillary Clinton en una materia tan esencial a la condici\u00f3n ciudadana de la mujer como el derecho a disponer libremente de su propio cuerpo. \u00bfC\u00f3mo reconciliar la antinomia entre derechos ciudadanos, abstractamente defendidos por Laclau y los &#8216;posmarxistas&#8217;, y la l\u00f3gica de mercado en los &#8216;capitalismos realmente existentes&#8217; ante la cual se inclinan con tr\u00e9mula veneraci\u00f3n los &#8216;superadores&#8217; del marxismo? Laclau nada nos dice al respecto.<br \/>\nM\u00e1s de una vez Marx y Engels se\u00f1alaron en diversos escritos que la hueca grandiosidad de la filosof\u00eda pol\u00edtica hegeliana apenas si encubr\u00eda la miserabilidad del estado prusiano. No muy distinta es la misi\u00f3n hist\u00f3rica de la &#8216;democracia radicalizada y plural&#8217; de Laclau y Mouffe: edulcorar al neoliberalismo, proclamar sibilinamente &#8216;el fin de la historia&#8217; eternizando el capitalismo y escamoteando su naturaleza explotadora y opresiva y, finalmente, endiosar a la democracia liberal. Lo que en la pr\u00e1ctica termina haciendo el &#8216;posmarxismo&#8217;, tal como lo prueba la entrevista a Laclau, es legitimar la rendici\u00f3n incondicional de una cierta izquierda y la liquidaci\u00f3n de la herencia te\u00f3rica socialista. Arrojado al infierno de la coyuntura argentina, el &#8216;posmarxismo&#8217; queda despojado de toda su hueca palabrer\u00eda y desnuda el car\u00e1cter reaccionario de su propuesta: promover la resignaci\u00f3n ante el capitalismo, &#8216;naturalizado&#8217; como un hecho incuestionable, y alentar el gatopardismo de una oposici\u00f3n como la Alianza que prefiere ser segura alternancia del menemismo a incierta alternativa popular, y que afirma querer &#8216;domesticar&#8217; al neoliberalismo para tornarlo &#8216;transparente y socialmente sensible&#8217;. La verdad siempre es concreta: el proyecto refundacional del &#8216;posmarxismo&#8217; revela, en su concreci\u00f3n, su verdadera naturaleza: una nueva y sofisticada estratagema al servicio del capital, concebido para desarmar ideol\u00f3gicamente el campo popular.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Notas<\/strong><\/p>\n<p>1 Estas reflexiones fueron volcadas en el &#8216;Pr\u00f3logo&#8217; a la edici\u00f3n en lengua espa\u00f1ola del libro de C. Wright Mills (1961, p. 19). No es este el lugar para entrar en un debate profundo sobre las pol\u00e9micas ideas de Germani sobre esta materia y su posterior evoluci\u00f3n en sus a\u00f1os de &#8216;exilio acad\u00e9mico&#8217; en Harvard. Quiero, no obstante, se\u00f1alar dos cosas: muchos de sus comentarios deben ser comprendidos en el fragor de una batalla ideol\u00f3gica sin cuartel librada contra los sectores m\u00e1s reaccionarios de la derecha argentina, que se opon\u00edan a la llamada &#8216;sociolog\u00eda cient\u00edfica&#8217; por &#8216;subversiva, atea, materialista y comunizante&#8217;. Segundo: conviene tomar nota de la direcci\u00f3n en que se movieron sus ideas. En un mundo en donde tantos &#8216;marxistas&#8217; se convirtieron en fervorosos \u2013y a veces vergonzantes\u2013 neoliberales su trayectoria intelectual es un brillante ejemplo de un autor que, a medida que pasaba el tiempo, se acerc\u00f3 m\u00e1s y m\u00e1s a las fuentes originarias de la tradici\u00f3n socialista.<\/p>\n<p>2 V\u00e9ase, por ejemplo Popper (1962, vol ii, pp.193-198). Del mismo tenor son las cr\u00edticas de otro prominente intelectual del neoliberalismo, Friedrich Hayek (1944, pp. 28-29).<\/p>\n<p>3 V\u00e9ase el brillante an\u00e1lisis de Ellen Meiksins Wood (1995, pp. 19-48; 76-107; 204-263).<\/p>\n<p>4 El locus cl\u00e1sico de esta cr\u00edtica es Ralf Dahrendorf (1958). La cr\u00edtica &#8216;de izquierda&#8217; a Parsons se encuentra fundamentalmente en la obra, ya citada, de C. Wright Mills (1961).<\/p>\n<p>5 Una cr\u00edtica a estas interpretaciones se encuentra en Immanuel Wallerstein (1985), y en Atilio A. Boron (1994, pp. 211-221).<\/p>\n<p>6 Hemos abordado esa tem\u00e1tica en Atilio A. Boron y Oscar Cu\u00e9llar (1983).<\/p>\n<p>7 V\u00e9ase, por ejemplo, la opini\u00f3n de los siguientes autores sobre la relaci\u00f3n entre la obra de Laclau y el marxismo: Nicos Mouzelis (1978, 1988), Norman Geras (1987, 1988) y Ellen Meiksins Wood (1986). La defensa de las posiciones de Laclau y Mouffe fue fundamentalmente hecha en Laclau y Mouffe (1987 [a]).<\/p>\n<p>8 Cf. Mouffe (1992, 1993, 1998, 2000), Laclau (1996) y Butler, Laclau y Zizek (2000).<\/p>\n<p>9 Algo de lo cual hemos recogido en nuestro Estado, capitalismo y democracia en Am\u00e9rica Latina (Boron, 1997, cap. 7).<\/p>\n<p>10 Un penetrante y esclarecedor estudio sobre los l\u00edmites sociales del liberalismo se encuentra en Uday S. Metha (1993-1994, pp. 119-145). Sobre los alcances bastante estrechos de la concepci\u00f3n de la democracia en Weber v\u00e9ase Gyorg Luk\u00e1cs (1967, pp. 491-494).<\/p>\n<p>Fuente: Boron, Atilio A.. <strong>\u00bfPosmarxismo? Crisis, recomposici\u00f3n o liquidaci\u00f3n del marxismo en la obra de Ernesto Laclau. <\/strong>En libro: Tras el B\u00faho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo. Atilio A. Boron. Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, Buenos Aires, Argentina. 2000. p. 245.<\/p>\n<p>Disponible en la World Wide Web: <a href=\"http:\/\/bibliotecavirtual.clacso.org.ar\/ar\/libros\/buho\/cap3.rtf\">http:\/\/bibliotecavirtual.clacso.org.ar\/ar\/libros\/buho\/cap3.rtf<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p style='margin-bottom: 0.1cm; line-height: 150%;' lang='es-ES' align='justify'>\u201cNuestros profundos e insalvables desacuerdos con la perspectiva &#8216;posmarxista&#8217; que desarrollan Laclau y Mouffe no implican subestimar los m\u00e9ritos formales de su reflexi\u00f3n ni, menos todav\u00eda, insinuar temerarias hip\u00f3tesis sobre los prop\u00f3sitos que la habr\u00edan animado. Por el contrario, se trata de divergencias te\u00f3rico-pol\u00edticas\u201d.<\/p>\n<p style='margin-bottom: 0.1cm; line-height: 150%; orphans: 1;' align='justify'>\u201cLo que en la pr\u00e1ctica termina haciendo el \u201cposmarxismo\u201d, es legitimar la rendici\u00f3n incondicional de una cierta izquierda y la liquidaci\u00f3n de la herencia te\u00f3rica socialista\u2026.. La verdad siempre es concreta: el proyecto refundacional del \u201cposmarxismo\u201d revela, en su concreci\u00f3n, su verdadera naturaleza: una nueva y sofisticada estratagema al servicio del capital, concebido para desarmar ideol\u00f3gicamente el campo popular.\u201d<\/p>\n","protected":false},"author":9,"featured_media":3027,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[13],"tags":[1044],"class_list":["post-3026","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-la-izquierda-a-debate","tag-ernesto-laclau"],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/3026","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/9"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=3026"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/3026\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/3027"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=3026"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=3026"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=3026"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}