{"id":622,"date":"2007-02-02T00:00:00","date_gmt":"2007-02-02T00:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=622"},"modified":"2020-02-27T18:13:21","modified_gmt":"2020-02-27T17:13:21","slug":"bocas-del-tiempo-nuevo-libro-de-eduardo-galeano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=622","title":{"rendered":"Bocas del tiempo. Nuevo libro de Eduardo Galeano"},"content":{"rendered":"<p>(Adelanto del nuevo libro de Eduardo Galeano)<\/p>\n<p><strong>El puerto<\/strong><\/p>\n<p>La abuela Raquel estaba ciega cuando muri\u00f3. Pero tiempo despu\u00e9s, en el sue\u00f1o<br \/>\nde Helena, la abuela ve\u00eda.<br \/>\nEn el sue\u00f1o, la abuela no ten\u00eda un mont\u00f3n de a\u00f1os, ni era un pu\u00f1ado de<br \/>\ncansados huesitos: ella era nueva, era una ni\u00f1a de cuatro a\u00f1os que estaba<br \/>\nculminando la traves\u00eda de la mar desde la remota Besarabia, una emigrante<br \/>\nentre muchos emigrantes. En la cubierta del barco, la abuela ped\u00eda a Helena<br \/>\nque la alzara, porque el barco estaba llegando y ella quer\u00eda ver el puerto<br \/>\nde Buenos Aires.<br \/>\nY as\u00ed, en el sue\u00f1o, alzada en brazos de su nieta, la abuela ciega ve\u00eda el<br \/>\npuerto del pa\u00eds desconocido donde iba a vivir toda su vida.<\/p>\n<p>El vuelo de los a\u00f1os<\/p>\n<p>Cuando llega el oto\u00f1o, millones y millones de mariposas inician su largo<br \/>\nviaje hacia el sur, desde las tierras fr\u00edas de la Am\u00e9rica del Norte.<br \/>\nUn r\u00edo fluye, entonces, a lo largo del cielo: el suave oleaje, olas de alas,<br \/>\nva dejando, a su paso, un esplendor de color naranja en las alturas. Las<br \/>\nmariposas vuelan sobre monta\u00f1as y praderas y playas y ciudades y desiertos.<br \/>\nPesan poco m\u00e1s que el aire. Durante los cuatro mil quil\u00f3metros de traves\u00eda,<br \/>\nunas cuantas caen volteadas por el cansancio, los vientos o las lluvias;<br \/>\npero las muchas que resisten aterrizan, por fin, en los bosques del centro<br \/>\nde M\u00e9xico.<\/p>\n<p>All\u00ed descubren ese reino jam\u00e1s visto, que desde lejos las llamaba.<br \/>\nPara volar han nacido: para volar este vuelo. Despu\u00e9s, regresan a casa. Y<br \/>\nall\u00e1 en el norte, mueren.<br \/>\nAl a\u00f1o siguiente, cuando llega el oto\u00f1o, millones y millones de mariposas<br \/>\ninician su largo viaje.<\/p>\n<p>Los emigrantes, ahora<\/p>\n<p>Desde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelan<br \/>\nhuyendo del fr\u00edo, a\u00f1o tras a\u00f1o, y nadan las ballenas en busca de otra mar y<br \/>\nlos salmones y las truchas en busca de sus r\u00edos. Ellos viajan miles de<br \/>\nleguas, por los libres caminos del aire y del agua.<\/p>\n<p>No son libres, en cambio, los caminos del \u00e9xodo humano.<br \/>\nEn inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.<br \/>\nViajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el<br \/>\nponiente.<br \/>\nLes han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y<br \/>\nsus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos m\u00e1s huyen de los<br \/>\nsalarios exterminados y de los suelos arrasados.<\/p>\n<p>Los n\u00e1ufragos de la globalizaci\u00f3n peregrinan inventando caminos, queriendo<br \/>\ncasa, golpeando puertas: las puertas que se abren, m\u00e1gicamente, al paso del<br \/>\ndinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son<br \/>\ncad\u00e1veres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre<br \/>\nque yacen bajo tierra en el otro mundo adonde quer\u00edan llegar.<\/p>\n<p>Sebasti\u00e3o Salgado los ha fotografiado, en cuarenta pa\u00edses, durante varios<br \/>\na\u00f1os. De su largo trabajo, quedan trescientas im\u00e1genes. Y las trescientas<br \/>\nim\u00e1genes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Suma<br \/>\nsolamente un segundo toda la luz que ha entrado en la c\u00e1mara, a lo largo de<br \/>\ntantas fotograf\u00edas: apenas una gui\u00f1ada en los ojos del sol, no m\u00e1s que un<br \/>\ninstantito en la memoria del tiempo.<\/p>\n<p>La historia que pudo ser<\/p>\n<p>Crist\u00f3bal Col\u00f3n no consigui\u00f3 descubrir Am\u00e9rica, porque no ten\u00eda visa y ni<br \/>\nsiquiera ten\u00eda pasaporte.<br \/>\nA Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque pod\u00eda<br \/>\ncontagiar la viruela, el sarampi\u00f3n, la gripe y otras pestes desconocidas en<br \/>\nel pa\u00eds.<\/p>\n<p>Hern\u00e1n Cort\u00e9s y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistar<br \/>\nM\u00e9xico y Per\u00fa, porque carec\u00edan de permiso de trabajo.<br \/>\nPedro de Alvarado rebot\u00f3 en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar en<br \/>\nChile, porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.<br \/>\nLos peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas<br \/>\nde Massachusetts no hab\u00eda cuotas abiertas de inmigraci\u00f3n.<\/p>\n<p>La trama del tiempo<\/p>\n<p>Ten\u00eda cinco a\u00f1os cuando se fue.<br \/>\nCreci\u00f3 en otro pa\u00eds, habl\u00f3 otra lengua.<br \/>\nCuando regres\u00f3, ya hab\u00eda vivido mucha vida.<br \/>\nFelisa Ortega lleg\u00f3 a la ciudad de Bilbao, subi\u00f3 a lo alto del monte<br \/>\nArtxanda y anduvo el camino, que no hab\u00eda olvidado, hacia la casa que hab\u00eda<br \/>\nsido su casa.<\/p>\n<p>Todo le parec\u00eda peque\u00f1o, encogido por los a\u00f1os; y le daba verg\u00fcenza que los<br \/>\nvecinos escucharan los golpes de tambor que le sacud\u00edan el pecho.<br \/>\nNo encontr\u00f3 su triciclo, ni los sillones de mimbre de colores, ni la mesa de<br \/>\nla cocina donde su madre, que le le\u00eda cuentos, hab\u00eda cortado de un<br \/>\ntijeretazo al lobo que la hac\u00eda llorar. Tampoco encontr\u00f3 el balc\u00f3n, desde<br \/>\ndonde hab\u00eda visto los aviones alemanes que iban a bombardear Guernica.<br \/>\nAl rato, los vecinos se animaron a dec\u00edrselo: no, esta casa no era su casa.<br \/>\nSu casa hab\u00eda sido aniquilada. \u00c9sta que ella estaba viendo se hab\u00eda<br \/>\nconstruido sobre las ruinas.<br \/>\nEntonces, alguien apareci\u00f3, desde el fondo del tiempo. Alguien que dijo:<br \/>\n-Soy Elena.<br \/>\nSe gastaron abraz\u00e1ndose.<br \/>\nMucho hab\u00edan corrido, juntas, en aquellas arboledas de la infancia.<br \/>\nY dijo Elena:<br \/>\n-Tengo algo para ti.<br \/>\nY le trajo una fuente de porcelana blanca, con dibujos azules.<br \/>\nFelisa la reconoci\u00f3. Su madre ofrec\u00eda, en esa fuente, las galletitas de<br \/>\navellanas que hac\u00eda para todos.<br \/>\nElena la hab\u00eda encontrado, intacta, entre los escombros, y se la hab\u00eda<br \/>\nguardado durante cincuenta y ocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>El pie<\/p>\n<p>Muchos no volvieron. Muchos de los ciudadanos del mundo que marcharon a<br \/>\nluchar por la rep\u00fablica espa\u00f1ola, bajo tierra espa\u00f1ola quedaron.<br \/>\nAbe Osheroff, de la Brigada Lincoln, sobrevivi\u00f3.<\/p>\n<p>Un balazo le hab\u00eda arruinado una pierna. Con un pie quieto y el otro pie<br \/>\ncaminando, regres\u00f3 a su pa\u00eds.<\/p>\n<p>Espa\u00f1a fue su primera guerra perdida. Y desde entonces, llevado por su pie<br \/>\nandariego, Abe no par\u00f3.<\/p>\n<p>A pesar de las traiciones y las derrotas, los palos y las c\u00e1rceles, no par\u00f3.<br \/>\nUn pie no pod\u00eda, pero el otro pie quer\u00eda y segu\u00eda. Un pie le dec\u00eda: aqu\u00ed me<br \/>\nquedo, pero el otro decid\u00eda: ah\u00ed te llevo. Y una y otra vez ese pie, el<br \/>\nandante, volv\u00eda al camino, porque el camino es el destino.<\/p>\n<p>Y ese pie cargaba con Abe a trav\u00e9s de los Estados Unidos, de punta a punta,<br \/>\nde mar a mar, y lo met\u00eda en l\u00edos, un l\u00edo tras otro, contra la cacer\u00eda de<br \/>\nbrujas de McCarthy y la guerra de Corea y la segregaci\u00f3n racial y la pena de<br \/>\nmuerte y el golpe de estado en Ir\u00e1n y el crimen de Guatemala y la carnicer\u00eda<br \/>\nde Vietnam y el ba\u00f1o de sangre en Indonesia y lasexplosiones nucleares y el<br \/>\nbloqueo de Cuba y el cuartelazo en Chile y la asfixia de Nicaragua y la<br \/>\ninvasi\u00f3n de Panam\u00e1 y los bombardeos de Irak y de Yugoslavia y de Afganist\u00e1n<br \/>\ny otra vez Irak.<\/p>\n<p>Abe ya ten\u00eda noventa a\u00f1os y segu\u00eda siendo un caminante, cuando su amigo Tony<br \/>\nGeist le pregunt\u00f3, por preguntar nom\u00e1s, c\u00f3mo andaba. El alz\u00f3 su cabeza de<br \/>\nle\u00f3n de melena blanca y sonri\u00f3, de oreja a oreja:<\/p>\n<p>-Aqu\u00ed ando, con un pie en la tumba y el otro pie bailando.<\/p>\n<p>El camino de Jes\u00fas<\/p>\n<p>Clavado de una sola mano, Jes\u00fas de Nazaret colgaba de los restos de una<br \/>\npared quemada. El otro Jes\u00fas, el de Cambre, colgaba de un andamio.<br \/>\nJes\u00fas Bab\u00edo, nacido en el pueblo de Cambre, era maestro alba\u00f1il, maestro<br \/>\ncarpintero, maestro fontanero y maestro blasfemador. Hac\u00eda bien todo lo que<br \/>\nhac\u00eda, pero \u00e9l hab\u00eda andado mundo y bien sab\u00eda que no hab\u00eda en el mundo<br \/>\nquien pudiera superarlo en el arte de la blasfemia, que es, como la m\u00edstica,<br \/>\nun arte espa\u00f1ol. Y a blasfemazo limpio estaba Jes\u00fas, el de Cambre,<br \/>\nreconstruyendo la iglesia de Santa Mar\u00eda de Vigo, que hab\u00eda sido incendiada<br \/>\npor los rojos en los a\u00f1os de la guerra, mientras Jes\u00fas, el de Nazaret, negro<br \/>\nde tizne, escuchaba, sin una mueca, aquellos homenajes:<\/p>\n<p>-Me cago en las bisagras del sagrario y en los clavos de Cristo y en sus<br \/>\nllagas y en sus espinas y me cago en la inmaculada madre que lo pari\u00f3.<br \/>\nDe vez en cuando, Angel V\u00e1zquez de la Cruz se met\u00eda, de a caballo, en la<br \/>\niglesia en ruinas. Desde lo alto del andamio, mientras martillaba alguna<br \/>\ncu\u00f1a de madera, Jes\u00fas le contaba, entre blasfemia y blasfemia, alguna<br \/>\nhistoria de sus viajes al extranjero. Aquel obrero errante hab\u00eda trabajado<br \/>\nen Inglaterra, Holanda, Noruega, Alemania, y hasta en Catalu\u00f1a.<\/p>\n<p>Sus relatos siempre terminaban igual. Con el martillo se\u00f1alaba el ventanal,<br \/>\ninvadido por los p\u00e1jaros, y m\u00e1s all\u00e1 se\u00f1alaba el sendero del bosque de<br \/>\nCambre. Nadie aparec\u00eda por all\u00ed, como no fuera alg\u00fan lugare\u00f1o que llevaba,<br \/>\nmontado en burro, una carga de le\u00f1a. El sendero era no m\u00e1s que un tajo de<br \/>\npolvo entre los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>-\u00bfLo ve? -preguntaba. Y sentenciaba:<br \/>\n-Yo anduve muchos caminos. Y me cago en el camino del Calvario, en el camino<br \/>\nde Santiago y en todas las autopistas. Porque sepa usted, vaya sabiendo, que<br \/>\ntodo lo que hay para ver en el mundo, y en el alto cielo, pasa por ese<br \/>\ncaminito ah\u00ed.<\/p>\n<p>Itinerario de las hormigas<\/p>\n<p>Las hormigas del desierto asoman desde las profundidades y se lanzan a los<br \/>\narenales.<\/p>\n<p>Buscan comida por aqu\u00ed, por all\u00e1; y en sus andanzas se van apartando de su<br \/>\ncasa m\u00e1s y m\u00e1s.<\/p>\n<p>Mucho despu\u00e9s regresan, desde lejos, cargando a duras penas los alimentos<br \/>\nque han encontrado donde nada hab\u00eda.<\/p>\n<p>El desierto se burla de los mapas. La arena, revuelta por el viento, nunca<br \/>\nest\u00e1 donde estaba. En esa ardiente inmensidad, cualquiera se pierde.<\/p>\n<p>Pero las hormigas recorren el camino m\u00e1s corto hacia su casa. Marchando en<br \/>\nl\u00ednea recta, sin vacilar, vuelven al exacto punto de salida, y excavan hasta<br \/>\nencontrar el min\u00fasculo orificio que conduce a su hormiguero. Jam\u00e1s confunden<br \/>\nel rumbo, ni se meten en agujero ajeno.<\/p>\n<p>Nadie entiende c\u00f3mo pueden saber tanto estos cerebritos que pesan un<br \/>\nmiligramo.<\/p>\n<p>La ruta de los salmones<\/p>\n<p>A poco de nacer, los salmones abandonan sus r\u00edos y se marchan a la mar.<br \/>\nEn aguas lejanas pasan la vida, hasta que emprenden el largo viaje de<br \/>\nregreso.<br \/>\nDesde la mar, remontan los r\u00edos. Guiados por alguna br\u00fajula secreta, nadan a<br \/>\ncontracorriente, sin detenerse nunca, saltando a trav\u00e9s de las cascadas y de<br \/>\nlos pedregales. Al cabo de muchas leguas, llegan al lugar donde nacieron.<br \/>\nVuelven para parir y morir.<\/p>\n<p>En las aguas saladas, han crecido mucho y han cambiado de color. Llegan<br \/>\nconvertidos en peces enormes, que del rosa p\u00e1lido han pasado al naranja<br \/>\nrojizo, o al azul de plata, o al verdinegro.<\/p>\n<p>El tiempo ha transcurrido, y los salmones ya no son los que eran. Tampoco su<br \/>\nlugar es el que era. Las aguas transparentes de su reino de origen y destino<br \/>\nest\u00e1n cada vez menos transparentes, y cada vez se ve menos el fondo de grava<br \/>\ny rocas. Los salmones han cambiado y su lugar tambi\u00e9n ha cambiado. Pero<br \/>\nellos llevan millones de a\u00f1os creyendo que el regreso existe, y que no<br \/>\nmienten los pasajes de ida y vuelta.<\/p>\n<p>El castigo<\/p>\n<p>Reina y se\u00f1ora fue la ciudad de Cartago, en las costas del Africa. Sus<br \/>\nguerreros llegaron a las puertas de Roma, la rival, la enemiga, y a punto<br \/>\nestuvieron de aplastarla bajo las patas de sus caballos y sus elefantes.<br \/>\nUnos a\u00f1os despu\u00e9s, Roma se veng\u00f3. Cartago fue obligada a entregar todas sus<br \/>\narmas y sus naves de guerra, y acept\u00f3 la humillaci\u00f3n del vasallaje y el pago<br \/>\nde tributos. Todo acept\u00f3 Cartago, inclinando la cabeza. Pero cuando Roma<br \/>\nmand\u00f3 que los cartagineses abandonaran la mar y se marcharan a vivir tierra<br \/>\nadentro, lejos de la costa, porque la mar era la causa de su arrogancia y de<br \/>\nsu peligrosa locura, ellos se negaron a irse: eso s\u00ed que no, eso s\u00ed que<br \/>\nnunca. Y Roma maldijo a Cartago, y la conden\u00f3 al exterminio. Y all\u00e1<br \/>\nmarcharon las legiones.<\/p>\n<p>Cercada por tierra y por agua, la ciudad resisti\u00f3 tres a\u00f1os. Ya no quedaba<br \/>\nagujero por raspar en los graneros, y hab\u00edan sido devorados hasta los monos<br \/>\nsagrados de los templos: olvidada por sus dioses, habitada por espectros,<br \/>\nCartago cay\u00f3. Seis d\u00edas y seis noches dur\u00f3 el incendio.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, los legionarios romanos barrieron las cenizas humeantes y regaron<br \/>\nla tierra con sal, para que nunca m\u00e1s creciera all\u00ed nada ni nadie.<\/p>\n<p>La ciudad de Cartagena, en las costas de Espa\u00f1a, es hija de aquella Cartago.<br \/>\nY es nieta de Cartago la ciudad de Cartagena de Indias, que mucho despu\u00e9s<br \/>\nnaci\u00f3 en las costas de Am\u00e9rica. Una noche, charlando bajito, Cartagena de<br \/>\nIndias me confi\u00f3 su secreto: me dijo que si alguna vez la obligaran a irse<br \/>\nlejos de la mar, tambi\u00e9n ella elegir\u00eda morir, como muri\u00f3 la abuela.<\/p>\n<p>El paso del tiempo<\/p>\n<p>Seis siglos despu\u00e9s de su fundaci\u00f3n, Roma decidi\u00f3 que el a\u00f1o empezar\u00eda el<br \/>\nprimer d\u00eda de enero.<\/p>\n<p>Hasta entonces, cada a\u00f1o nac\u00eda el 15 de marzo.<br \/>\nNo hubo m\u00e1s remedio que cambiar la fecha, por raz\u00f3n de guerra.<br \/>\nEspa\u00f1a ard\u00eda. La rebeli\u00f3n, que desafiaba el poder\u00edo imperial y devoraba<br \/>\nmiles y m\u00e1s miles de legionarios, oblig\u00f3 a Roma a cambiar la cuenta de sus<br \/>\nd\u00edas y los ciclos de sus asuntos de Estado.<\/p>\n<p>Largos a\u00f1os dur\u00f3 el alzamiento, hasta que por fin la ciudad de Numancia, la<br \/>\ncapital de los rebeldes hispanos, fue sitiada, incendiada y arrasada.<br \/>\nEn una colina rodeada de campos de trigo, a orillas del r\u00edo Duero, yacen sus<br \/>\nrestos. Casi nada ha quedado de esta ciudad que cambi\u00f3, para siempre, el<br \/>\ncalendario universal.<\/p>\n<p>Pero a la medianoche de cada 31 de diciembre, cuando alzamos las copas,<br \/>\nbrindamos por ella, aunque no lo sepamos, para que sigan naciendo los libres<br \/>\ny los a\u00f1os.<\/p>\n<p>El trueno cae y queda entre las hojas;<br \/>\nLos animales comen las hojas y se ponen violentos;<br \/>\nLos hombres se comen los animales y se ponen violentos;<br \/>\nLa tierra se come a los hombres y empieza a rugir como el trueno.<br \/>\nLeyenda Guarani<\/p>\n<p>Eduardo Galeano<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p><P>Bocas del tiempo(Adelanto del nuevo libro de Eduardo Galeano)El puertoLa abuela Raquel estaba ciega cuando muri&oacute;. Pero tiempo despu&eacute;s, en el sue&ntilde;ode Helena, la abuela ve&iacute;a.En el sue&ntilde;o, la abuela no ten&iacute;a un mont&oacute;n de a&ntilde;os, ni era un pu&ntilde;ado decansados huesitos: ella era nueva, era una ni&ntilde;a de cuatro a&ntilde;os que estabaculminando la traves&iacute;a de la mar desde la remota Besarabia, una emigranteentre muchos emigrantes. En la cubierta del barco, la abuela ped&iacute;a a Helenaque la alzara, porque el barco estaba llegando y ella quer&iacute;a ver el puertode Buenos Aires.Y as&iacute;, en el sue&ntilde;o, alzada en brazos de su nieta, la abuela ciega ve&iacute;a elpuerto del pa&iacute;s desconocido donde iba a vivir toda su vida.El vuelo de los a&ntilde;osCuando llega el oto&ntilde;o, millones y millones de mariposas inician su largoviaje hacia el sur, desde las tierras fr&iacute;as de la Am&eacute;rica del Norte.Un r&iacute;o fluye, entonces, a lo largo del cielo: el suave oleaje, olas de alas,va dejando, a su paso, un esplendor de color naranja en las alturas. Lasmariposas vuelan sobre monta&ntilde;as y praderas y playas y ciudades y desiertos.Pesan poco m&aacute;s que el aire. Durante los cuatro mil quil&oacute;metros de traves&iacute;a,unas cuantas caen volteadas por el cansancio, los vientos o las lluvias;pero las muchas que resisten aterrizan, por fin, en los bosques del centrode M&eacute;xico.All&iacute; descubren ese reino jam&aacute;s visto, que desde lejos las llamaba.Para volar han nacido: para volar este vuelo. Despu&eacute;s, regresan a casa. Yall&aacute; en el norte, mueren.Al a&ntilde;o siguiente, cuando llega el oto&ntilde;o, millones y millones de mariposasinician su largo viaje.Los emigrantes, ahoraDesde siempre, las mariposas y las golondrinas y los flamencos vuelanhuyendo del fr&iacute;o, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, y nadan las ballenas en busca de otra mar ylos salmones y las truchas en busca de sus r&iacute;os. Ellos viajan miles deleguas, por los libres caminos del aire y del agua.No son libres, en cambio, los caminos del &eacute;xodo humano.En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible.Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia elponiente.Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos ysus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos m&aacute;s huyen de lossalarios exterminados y de los suelos arrasados.Los n&aacute;ufragos de la globalizaci&oacute;n peregrinan inventando caminos, queriendocasa, golpeando puertas: las puertas que se abren, m&aacute;gicamente, al paso deldinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros soncad&aacute;veres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombreque yacen bajo tierra en el otro mundo adonde quer&iacute;an llegar.Sebasti&atilde;o Salgado los ha fotografiado, en cuarenta pa&iacute;ses, durante variosa&ntilde;os. De su largo trabajo, quedan trescientas im&aacute;genes. Y las trescientasim&aacute;genes de esta inmensa desventura humana caben, todas, en un segundo. Sumasolamente un segundo toda la luz que ha entrado en la c&aacute;mara, a lo largo detantas fotograf&iacute;as: apenas una gui&ntilde;ada en los ojos del sol, no m&aacute;s que uninstantito en la memoria del tiempo.La historia que pudo serCrist&oacute;bal Col&oacute;n no consigui&oacute; descubrir Am&eacute;rica, porque no ten&iacute;a visa y nisiquiera ten&iacute;a pasaporte.A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque pod&iacute;acontagiar la viruela, el sarampi&oacute;n, la gripe y otras pestes desconocidas enel pa&iacute;s.Hern&aacute;n Cort&eacute;s y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de conquistarM&eacute;xico y Per&uacute;, porque carec&iacute;an de permiso de trabajo.Pedro de Alvarado rebot&oacute; en Guatemala y Pedro de Valdivia no pudo entrar enChile, porque no llevaban certificados policiales de buena conducta.Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costasde Massachusetts no hab&iacute;a cuotas abiertas de inmigraci&oacute;n.La trama del tiempoTen&iacute;a cinco a&ntilde;os cuando se fue.Creci&oacute; en otro pa&iacute;s, habl&oacute; otra lengua.Cuando regres&oacute;, ya hab&iacute;a vivido mucha vida.Felisa Ortega lleg&oacute; a la ciudad de Bilbao, subi&oacute; a lo alto del monteArtxanda y anduvo el camino, que no hab&iacute;a olvidado, hacia la casa que hab&iacute;asido su casa.Todo le parec&iacute;a peque&ntilde;o, encogido por los a&ntilde;os; y le daba verg&uuml;enza que losvecinos escucharan los golpes de tambor que le sacud&iacute;an el pecho.No encontr&oacute; su triciclo, ni los sillones de mimbre de colores, ni la mesa dela cocina donde su madre, que le le&iacute;a cuentos, hab&iacute;a cortado de untijeretazo al lobo que la hac&iacute;a llorar. Tampoco encontr&oacute; el balc&oacute;n, desdedonde hab&iacute;a visto los aviones alemanes que iban a bombardear Guernica.Al rato, los vecinos se animaron a dec&iacute;rselo: no, esta casa no era su casa.Su casa hab&iacute;a sido aniquilada. &Eacute;sta que ella estaba viendo se hab&iacute;aconstruido sobre las ruinas.Entonces, alguien apareci&oacute;, desde el fondo del tiempo. Alguien que dijo:-Soy Elena.Se gastaron abraz&aacute;ndose.Mucho hab&iacute;an corrido, juntas, en aquellas arboledas de la infancia.Y dijo Elena:-Tengo algo para ti.Y le trajo una fuente de porcelana blanca, con dibujos azules.Felisa la reconoci&oacute;. Su madre ofrec&iacute;a, en esa fuente, las galletitas deavellanas que hac&iacute;a para todos.Elena la hab&iacute;a encontrado, intacta, entre los escombros, y se la hab&iacute;aguardado durante cincuenta y ocho a&ntilde;os.El pieMuchos no volvieron. Muchos de los ciudadanos del mundo que marcharon aluchar por la rep&uacute;blica espa&ntilde;ola, bajo tierra espa&ntilde;ola quedaron.Abe Osheroff, de la Brigada Lincoln, sobrevivi&oacute;.Un balazo le hab&iacute;a arruinado una pierna. Con un pie quieto y el otro piecaminando, regres&oacute; a su pa&iacute;s.Espa&ntilde;a fue su primera guerra perdida. Y desde entonces, llevado por su pieandariego, Abe no par&oacute;.A pesar de las traiciones y las derrotas, los palos y las c&aacute;rceles, no par&oacute;.Un pie no pod&iacute;a, pero el otro pie quer&iacute;a y segu&iacute;a. Un pie le dec&iacute;a: aqu&iacute; mequedo, pero el otro decid&iacute;a: ah&iacute; te llevo. Y una y otra vez ese pie, elandante, volv&iacute;a al camino, porque el camino es el destino.Y ese pie cargaba con Abe a trav&eacute;s de los Estados Unidos, de punta a punta,de mar a mar, y lo met&iacute;a en l&iacute;os, un l&iacute;o tras otro, contra la cacer&iacute;a debrujas de McCarthy y la guerra de Corea y la segregaci&oacute;n racial y la pena demuerte y el golpe de estado en Ir&aacute;n y el crimen de Guatemala y la carnicer&iacute;ade Vietnam y el ba&ntilde;o de sangre en Indonesia y lasexplosiones nucleares y elbloqueo de Cuba y el cuartelazo en Chile y la asfixia de Nicaragua y lainvasi&oacute;n de Panam&aacute; y los bombardeos de Irak y de Yugoslavia y de Afganist&aacute;ny otra vez Irak.Abe ya ten&iacute;a noventa a&ntilde;os y segu&iacute;a siendo un caminante, cuando su amigo TonyGeist le pregunt&oacute;, por preguntar nom&aacute;s, c&oacute;mo andaba. El alz&oacute; su cabeza dele&oacute;n de melena blanca y sonri&oacute;, de oreja a oreja:-Aqu&iacute; ando, con un pie en la tumba y el otro pie bailando.El camino de Jes&uacute;sClavado de una sola mano, Jes&uacute;s de Nazaret colgaba de los restos de unapared quemada. El otro Jes&uacute;s, el de Cambre, colgaba de un andamio.Jes&uacute;s Bab&iacute;o, nacido en el pueblo de Cambre, era maestro alba&ntilde;il, maestrocarpintero, maestro fontanero y maestro blasfemador. Hac&iacute;a bien todo lo quehac&iacute;a, pero &eacute;l hab&iacute;a andado mundo y bien sab&iacute;a que no hab&iacute;a en el mundoquien pudiera superarlo en el arte de la blasfemia, que es, como la m&iacute;stica,un arte espa&ntilde;ol. Y a blasfemazo limpio estaba Jes&uacute;s, el de Cambre,reconstruyendo la iglesia de Santa Mar&iacute;a de Vigo, que hab&iacute;a sido incendiadapor los rojos en los a&ntilde;os de la guerra, mientras Jes&uacute;s, el de Nazaret, negrode tizne, escuchaba, sin una mueca, aquellos homenajes:-Me cago en las bisagras del sagrario y en los clavos de Cristo y en susllagas y en sus espinas y me cago en la inmaculada madre que lo pari&oacute;.De vez en cuando, Angel V&aacute;zquez de la Cruz se met&iacute;a, de a caballo, en laiglesia en ruinas. Desde lo alto del andamio, mientras martillaba algunacu&ntilde;a de madera, Jes&uacute;s le contaba, entre blasfemia y blasfemia, algunahistoria de sus viajes al extranjero. Aquel obrero errante hab&iacute;a trabajadoen Inglaterra, Holanda, Noruega, Alemania, y hasta en Catalu&ntilde;a.Sus relatos siempre terminaban igual. Con el martillo se&ntilde;alaba el ventanal,invadido por los p&aacute;jaros, y m&aacute;s all&aacute; se&ntilde;alaba el sendero del bosque deCambre. Nadie aparec&iacute;a por all&iacute;, como no fuera alg&uacute;n lugare&ntilde;o que llevaba,montado en burro, una carga de le&ntilde;a. El sendero era no m&aacute;s que un tajo depolvo entre los &aacute;rboles.-&iquest;Lo ve? -preguntaba. Y sentenciaba:-Yo anduve muchos caminos. Y me cago en el camino del Calvario, en el caminode Santiago y en todas las autopistas. Porque sepa usted, vaya sabiendo, quetodo lo que hay para ver en el mundo, y en el alto cielo, pasa por esecaminito ah&iacute;.Itinerario de las hormigasLas hormigas del desierto asoman desde las profundidades y se lanzan a losarenales.Buscan comida por aqu&iacute;, por all&aacute;; y en sus andanzas se van apartando de sucasa m&aacute;s y m&aacute;s.Mucho despu&eacute;s regresan, desde lejos, cargando a duras penas los alimentosque han encontrado donde nada hab&iacute;a.El desierto se burla de los mapas. La arena, revuelta por el viento, nuncaest&aacute; donde estaba. En esa ardiente inmensidad, cualquiera se pierde.Pero las hormigas recorren el camino m&aacute;s corto hacia su casa. Marchando enl&iacute;nea recta, sin vacilar, vuelven al exacto punto de salida, y excavan hastaencontrar el min&uacute;sculo orificio que conduce a su hormiguero. Jam&aacute;s confundenel rumbo, ni se meten en agujero ajeno.Nadie entiende c&oacute;mo pueden saber tanto estos cerebritos que pesan unmiligramo.La ruta de los salmonesA poco de nacer, los salmones abandonan sus r&iacute;os y se marchan a la mar.En aguas lejanas pasan la vida, hasta que emprenden el largo viaje deregreso.Desde la mar, remontan los r&iacute;os. Guiados por alguna br&uacute;jula secreta, nadan acontracorriente, sin detenerse nunca, saltando a trav&eacute;s de las cascadas y delos pedregales. Al cabo de muchas leguas, llegan al lugar donde nacieron.Vuelven para parir y morir.En las aguas saladas, han crecido mucho y han cambiado de color. Lleganconvertidos en peces enormes, que del rosa p&aacute;lido han pasado al naranjarojizo, o al azul de plata, o al verdinegro.El tiempo ha transcurrido, y los salmones ya no son los que eran. Tampoco sulugar es el que era. Las aguas transparentes de su reino de origen y destinoest&aacute;n cada vez menos transparentes, y cada vez se ve menos el fondo de gravay rocas. Los salmones han cambiado y su lugar tambi&eacute;n ha cambiado. Peroellos llevan millones de a&ntilde;os creyendo que el regreso existe, y que nomienten los pasajes de ida y vuelta.El castigoReina y se&ntilde;ora fue la ciudad de Cartago, en las costas del Africa. Susguerreros llegaron a las puertas de Roma, la rival, la enemiga, y a puntoestuvieron de aplastarla bajo las patas de sus caballos y sus elefantes.Unos a&ntilde;os despu&eacute;s, Roma se veng&oacute;. Cartago fue obligada a entregar todas susarmas y sus naves de guerra, y acept&oacute; la humillaci&oacute;n del vasallaje y el pagode tributos. Todo acept&oacute; Cartago, inclinando la cabeza. Pero cuando Romamand&oacute; que los cartagineses abandonaran la mar y se marcharan a vivir tierraadentro, lejos de la costa, porque la mar era la causa de su arrogancia y desu peligrosa locura, ellos se negaron a irse: eso s&iacute; que no, eso s&iacute; quenunca. Y Roma maldijo a Cartago, y la conden&oacute; al exterminio. Y all&aacute;marcharon las legiones.Cercada por tierra y por agua, la ciudad resisti&oacute; tres a&ntilde;os. Ya no quedabaagujero por raspar en los graneros, y hab&iacute;an sido devorados hasta los monossagrados de los templos: olvidada por sus dioses, habitada por espectros,Cartago cay&oacute;. Seis d&iacute;as y seis noches dur&oacute; el incendio.Despu&eacute;s, los legionarios romanos barrieron las cenizas humeantes y regaronla tierra con sal, para que nunca m&aacute;s creciera all&iacute; nada ni nadie.La ciudad de Cartagena, en las costas de Espa&ntilde;a, es hija de aquella Cartago.Y es nieta de Cartago la ciudad de Cartagena de Indias, que mucho despu&eacute;snaci&oacute; en las costas de Am&eacute;rica. Una noche, charlando bajito, Cartagena deIndias me confi&oacute; su secreto: me dijo que si alguna vez la obligaran a irselejos de la mar, tambi&eacute;n ella elegir&iacute;a morir, como muri&oacute; la abuela.El paso del tiempoSeis siglos despu&eacute;s de su fundaci&oacute;n, Roma decidi&oacute; que el a&ntilde;o empezar&iacute;a elprimer d&iacute;a de enero.Hasta entonces, cada a&ntilde;o nac&iacute;a el 15 de marzo.No hubo m&aacute;s remedio que cambiar la fecha, por raz&oacute;n de guerra.Espa&ntilde;a ard&iacute;a. La rebeli&oacute;n, que desafiaba el poder&iacute;o imperial y devorabamiles y m&aacute;s miles de legionarios, oblig&oacute; a Roma a cambiar la cuenta de susd&iacute;as y los ciclos de sus asuntos de Estado.Largos a&ntilde;os dur&oacute; el alzamiento, hasta que por fin la ciudad de Numancia, lacapital de los rebeldes hispanos, fue sitiada, incendiada y arrasada.En una colina rodeada de campos de trigo, a orillas del r&iacute;o Duero, yacen susrestos. Casi nada ha quedado de esta ciudad que cambi&oacute;, para siempre, elcalendario universal.Pero a la medianoche de cada 31 de diciembre, cuando alzamos las copas,brindamos por ella, aunque no lo sepamos, para que sigan naciendo los libresy los a&ntilde;os.El trueno cae y queda entre las hojas;Los animales comen las hojas y se ponen violentos;Los hombres se comen los animales y se ponen violentos;La tierra se come a los hombres y empieza a rugir como el trueno.Leyenda GuaraniEduardo Galeano  <\/P><\/p>\n","protected":false},"author":9,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[32],"tags":[1422,1421,923],"class_list":["post-622","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-america-latina","tag-bocas-del-tiempo","tag-eduardo-galeano","tag-fragmentos"],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/622","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/9"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=622"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/622\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=622"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=622"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=622"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}