{"id":9940,"date":"2021-06-14T05:00:18","date_gmt":"2021-06-14T04:00:18","guid":{"rendered":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=9940"},"modified":"2021-06-14T04:32:19","modified_gmt":"2021-06-14T03:32:19","slug":"la-gran-oreja-del-mundo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/espai-marx.net\/?p=9940","title":{"rendered":"La gran oreja del mundo"},"content":{"rendered":"<p>Durante la Segunda Guerra Mundial formaron parte del ej\u00e9rcito ingl\u00e9s 225.000 mujeres, del ej\u00e9rcito de los Estados Unidos entre 400 y 500.000, hubo tambi\u00e9n 500.000 en el ej\u00e9rcito alem\u00e1n, y en el sovi\u00e9tico un mill\u00f3n. De esta realidad y del silencio en torno a ella surgi\u00f3 <em>La guerra no tiene rostro de mujer<\/em>, de Svetlana Alexi\u00e9vich, quien aclara que ocupaban una amplia gama de cometidos militares: \u00abinstructora sanitaria, francotiradora, tiradora de ametralladora, comandante de ca\u00f1\u00f3n antia\u00e9reo, zapadora, piloto de avi\u00f3n&#8230;\u00bb Ese fue su primer libro y atribuye su origen a una contradicci\u00f3n vivida: esta guerra \u2013que en el territorio sovi\u00e9tico todos llamaron Gran Guerra Patria, por su resistencia contra la invasi\u00f3n alemana\u2013 ha sido relatada siempre por una \u201cvoz masculina\u201d, mientras que para los ni\u00f1os de la posguerra ocurr\u00eda lo contrario: \u00abLa aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente. La guerra la relataban las mujeres\u00bb. Buscando as\u00ed esta voz silenciada, nos la entrega en el que quiz\u00e1 sea su libro m\u00e1s cargado de emoci\u00f3n y vitalidad. Y, a la vez, da con un nuevo g\u00e9nero literario lleno de fuerza y posibilidades: el relato documental coral, mosaico de m\u00faltiples teselas, la voz real y colectiva que se descubre capaz de contar la vida desde la vida.<\/p>\n<p>A ese planteamiento responden sus sucesivos libros, en los que sencillamente va entrevistando a testigos del acontecimiento que cada vez se investiga; y luego dispone, selecciona, reorganiza sus palabras; apenas se dice nada que se pueda atribuir a la autora. Y la m\u00e9dula de este g\u00e9nero se hace de una relaci\u00f3n entre el hablar y el callar, que tan central parece tambi\u00e9n en la realidad evocada, la de la contienda misma. Como se lee en <em>\u00daltimos testigos<\/em> (memoria de quienes eran ni\u00f1os durante la Gran Guerra Patria): \u00abEl primer d\u00eda ya ten\u00edamos la guerra encima. No hubo tiempo para recapacitar. Los mayores apenas hablaban: caminaban en silencio. Eso daba miedo. La gente caminaba, mucha gente, y nadie hablaba\u00bb. El enmudecimiento, ah\u00ed, como atm\u00f3sfera de la evacuaci\u00f3n. O la potente carga de sentido que el silencio va adquiriendo en <em>La guerra no tiene rostro de mujer<\/em>: \u00abLos heridos estaban tirados en el suelo, en las camillas. Lo \u00fanico que preguntamos al llegar era a qu\u00e9 heridos deb\u00edamos atender primero, se nos dijo: \u2018A los que est\u00e9n callados\u2019\u00bb. En los hospitales de campa\u00f1a, las salas de los heridos m\u00e1s graves se reconoc\u00edan, en efecto, por la densidad de su silencio. Y hasta una gata, hasta las gallinas \u2013se anota\u2013 aprendieron a callar. Un silencio lleno de sentidos nutre esta escritura, que es ciertamente una escritura que no habla, que escucha.<\/p>\n<p>Pero, antes de entrar en el propio car\u00e1cter de la escritura, conviene volver a la otra clase de silencio que est\u00e1 en la ra\u00edz de ese primer libro. La inmensa mayor\u00eda de las mujeres que combatieron en la guerra guardaron sus medallas al regresar a casa, dejaron sus grados militares, intentaron recomponer una vida ordinaria, en parte por deseo suyo, pero mucho m\u00e1s por la presi\u00f3n social, que las miraba mal, dudaba de su moralidad, las difamaba y las exclu\u00eda: la dominaci\u00f3n de g\u00e9nero recompuesta oblig\u00f3 al silencio, priv\u00f3 de voz, priv\u00f3 de la condici\u00f3n de sujetos a quienes la hab\u00edan forjado en su pr\u00e1ctica. Alexi\u00e9vich encuentra una y otra vez reticencia o la negativa a hablar, choca con la tutela del marido que impone el enfoque de la conversaci\u00f3n, que documenta y da lecciones antes de la entrevista; encuentra la rigidez del discurso oficial, los largos tent\u00e1culos de su ret\u00f3rica.<\/p>\n<p>Explora James C. Scott, en <em>Los dominados y el arte de la resistencia<\/em>, la distancia que para los grupos dominados hay entre el \u201cdiscurso p\u00fablico\u201d y el \u201cdiscurso oculto\u201d: las estrategias y t\u00e9cnicas para acogerse a modos de expresi\u00f3n que quepan en las normas establecidas, frente al modo de liberar la palabra entre los iguales, aunque a veces el \u201cdiscurso oculto\u201d lo est\u00e9 tan fuertemente que apenas pueda llegar a manifestarse. En buena medida, la labor de Alexi\u00e9vich en todos sus libros es crear condiciones para que este discurso oculto se escuche sin perder autenticidad. Las interlocutoras as\u00ed lo van a reconocer: \u00abPor fin alguien nos quiere o\u00edr a nosotras. Llevamos tantos a\u00f1os calladas, incluso en casa ten\u00edamos que tener las bocas cerradas. D\u00e9cadas\u00bb. Y se corre la voz, una red de llamadas y cartas se extiende por todo el pa\u00eds despertando y recomponiendo la red sumergida.<\/p>\n<p>La utop\u00eda que quiz\u00e1 subyace al riesgo de la escritura tiene aqu\u00ed una expresi\u00f3n material: hacer decir al silencio, mientras quien escribe encuentra voz en su callar. Su trabajo es la lucha por que aflore el recuerdo vivo entre las escorias del relato codificado, abrir la puerta a una palabra personal. Y no se trata solo de una actitud, de la elecci\u00f3n de un punto de vista, sino sobre todo de un problema de lengua, una pregunta por el escribir.<\/p>\n<p>Los libros de Svetlana Alexi\u00e9vich son colecciones de relatos orales en primera persona, m\u00e1s o menos fragmentarios y dotados de un grado extremo de particularidad; por eso, cualquier resumen se sentir\u00eda falso, pues cada an\u00e9cdota y cada personaje resultan irreductibles y valiosos de por s\u00ed. Quiz\u00e1 el relato de los ni\u00f1os en <em>\u00daltimos testigos<\/em> pueda proporcionar una clave. Casi siempre se inclinan por reconstruir la mirada del all\u00ed-entonces, y con ella reviven el recuerdo como un conocimiento anterior a todo conocimiento: \u00abMe acuerdo de c\u00f3mo los mayores dec\u00edan: \u2018Es peque\u00f1o. No se entera\u2019. Yo me extra\u00f1aba: \u2018Qu\u00e9 raros son estos adultos, \u00bfde d\u00f3nde habr\u00e1n sacado que no entiendo nada? Si lo entiendo todo\u2019. Hasta me parec\u00eda que comprend\u00eda m\u00e1s que los mayores porque yo no lloraba y ellos s\u00ed\u00bb. El lector aprecia la emoci\u00f3n, el sentimiento que crece con m\u00e1s fuerza en la sobriedad que en la exteriorizaci\u00f3n. El recuerdo se conserva como forma del mito fundador de cada uno, es decir, como una verdad superior a la verdad. El relato compuesto de este modo resulta doblemente fragmentario: las lagunas de la memoria y las de la percepci\u00f3n infantil se suman para acentuar el absurdo, para entregar la brusquedad fulminante de los hechos. Y el desajuste entre la evidencia de estos, minuciosamente evocada, y la capacidad de interpretarlos implica una potencia m\u00e1xima de realidad, en la que ya resulta ociosa cualquier especificaci\u00f3n de sentido.<\/p>\n<p>Desde aqu\u00ed se entiende la po\u00e9tica de Alexi\u00e9vich, que ella formula como oposici\u00f3n frontal a la mera reproducci\u00f3n de hechos. Lo ocurrido llega con toda su fuerza, con m\u00e1s tensi\u00f3n que en el convencional relato realista, y lo hace por otra v\u00eda. \u00abMe dedico \u2013afirma la Nobel bielorrusa\u2013 a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma\u00bb. Aunque, ciertamente, cuesta llamar cotidianas a las situaciones extraordinarias que observa; lo cotidiano es la gente, su vivir y sentir en cualquier circunstancia, y la situaci\u00f3n extraordinaria lo muestra como en relieve. Y esta, en efecto, no es la historia de la guerra, sino la del alma, el pulso de cada existencia.<\/p>\n<p>Es notable esta actitud suya: testigo que registra momentos de gran intensidad emocional de sus interlocutores, mientras estos le van contando los hechos que marcaron su memoria; y ella v\u00edvidamente los recoge, capaz de preservar la emoci\u00f3n que viene con la voz. Anota sentimientos, s\u00ed, pero en la cascada discontinua de an\u00e9cdotas, en la constitutiva interrupci\u00f3n de los recuerdos, y en aquel all\u00ed-entonces que se recibe \u00edntegro, activo a\u00fan en todas sus dimensiones. Significativamente, atraviesa sus libros la presencia del cuerpo, de los cuerpos \u2013el dolor y la mutilaci\u00f3n, el hambre y los deseos, la fisonom\u00eda, el pelo, el atuendo, la sensibilidad, los lugares y los objetos\u2013, como si esta presencia restituyera por s\u00ed misma lo que ocurri\u00f3 y a quien lo vivi\u00f3; as\u00ed, una francotiradora: \u00ab\u00cdbamos en parejas, es agobiante estar a solas un d\u00eda entero, acabas con la vista cansada, los ojos te lagrimean, al final los brazos ni los notas, el cuerpo se te queda entumecido de la tensi\u00f3n. Sobre todo era pesado en primavera. La nieve se fund\u00eda bajo el cuerpo tendido en el suelo y te pasabas todo el d\u00eda metida en un charco de agua\u00bb. O la forma en que se aguza el o\u00eddo en la noche, recuperando una perdida condici\u00f3n animal, extra\u00f1a. Escribir es, de este modo, traer trozos de vida enteros.<\/p>\n<p>Esto lo hace posible el modo de escuchar de la autora y el modo de hablar de los protagonistas. Es, s\u00ed, un problema de lengua. \u00abTextos. Textos. Los textos est\u00e1n en todas partes. En los apartamentos de la ciudad, en las casas del campo, en la calle, en el tren&#8230; Estoy escuchando&#8230; Cada vez me convierto m\u00e1s en una gran oreja, bien abierta, que escucha a otra persona. \u2018Leo\u2019 la voz\u00bb. \u00bfPuede ser un texto lo o\u00eddo a testigos sin nombre, a personas sencillas, a cualquiera? No lo cre\u00eda as\u00ed, por ejemplo, Herta M\u00fcller, cuando se propuso recoger la experiencia de sus convecinos deportados a los campos de trabajo rusos, y pudo llevarlo a cabo gracias al testimonio de un poeta amigo, Oskar Pastior, a cuya muerte lo reescribi\u00f3 en un impresionante, casi insoportable libro, <em>Todo lo que tengo lo llevo conmigo<\/em>: \u00abSolo un intelectual es capaz de analizar y poner en palabras vivencias tan extremas. A otra persona, que no dispone del instrumento mental y verbal adecuado, simplemente la supera\u00bb. Es cierto seguramente que llegamos a saber mucho m\u00e1s sobre el hambre leyendo a Pastior-M\u00fcller (incluso leyendo a Shal\u00e1mov en sus <em>Relatos de Kolim\u00e1<\/em>) que en los recuerdos de los ni\u00f1os de la guerra, que la conocieron tanto como ellos. Pero, en esta voz, la suma de intensidades, el mosaico de teselas, tiene una vida que no remite a nada fuera de s\u00ed. La propuesta de Alexi\u00e9vich es excepcional y da mucho que pensar.<\/p>\n<p>Creo que, en gran medida, se debe al habla oral. Algo bien lejano de los injertos literarios calificados como coloquiales. Se trata del habla oral real. El cuerpo de la lengua: \u00abLa grabadora registra las palabras, graba las conversaciones. Las pausas. El llanto y el asombro. Me doy cuenta de que cuando una persona habla surge algo m\u00e1s grande, algo que supera lo que a continuaci\u00f3n aparecer\u00e1 sobre el papel. Me da pena no poder grabar los ojos, las manos. Viven su propia vida durante la conversaci\u00f3n\u00bb. Pero s\u00ed, lo trae al papel. Y dice: \u00abY, sin embargo&#8230; \u00bfqu\u00e9 idioma hablamos con nosotros mismos, con los dem\u00e1s? Por eso me gusta el lenguaje oral, no le debe nada a nadie, fluye libremente. Todo est\u00e1 suelto y respira a sus anchas: la sintaxis, la entonaci\u00f3n, los matices\u00bb. Recuerdo la afirmaci\u00f3n de \u00c9mile Benveniste, con sus t\u00e9rminos de ling\u00fcista, cuando est\u00e1 analizando los rasgos de la frase, como \u00e9l llama la unidad de sentido de la lengua en acto, la palabra hablada: \u00abLa referencia de la frase es el estado de cosas que la provoca, la situaci\u00f3n de discurso o de hecho a la que se refiere y que jam\u00e1s podemos ni prever ni adivinar. En la mayor\u00eda de los casos, la situaci\u00f3n es una condici\u00f3n \u00fanica, cuyo conocimiento no puede ser suplido por nada. De suerte que la frase es cada vez un acontecimiento diferente\u00bb.<\/p>\n<p>La singularidad es el n\u00facleo de lo po\u00e9tico, su ser. El poeta, quien escribe, puede construirla de muchos modos. Parecer\u00eda que Svetlana Alexi\u00e9vich ha sabido importarla desde el habla real, que hab\u00eda crecido ya en torno a ella. El mismo Benveniste concibi\u00f3 una l\u00facida teor\u00eda de la enunciaci\u00f3n, seg\u00fan la cual la cualidad de sujeto est\u00e1 vinculada al hecho de hablar: quien habla y al hablar dice yo, ese es el sujeto. Estos libros, quiz\u00e1 de manera m\u00e1s se\u00f1alada La guerra no tiene rostro de mujer, muestran ese acontecimiento en estado puro: constituirse como sujeto en el ejercicio de la voz.<\/p>\n<p>Ocurre, s\u00ed, en todos los libros de Alexi\u00e9vich; pero, en los dem\u00e1s, los ni\u00f1os, los militares enviados a Afganist\u00e1n al servicio de un enga\u00f1o (<em>Los muchachos de zinc<\/em> \u2013el zinc es el material que forra sus ata\u00fades), los afectados por la cat\u00e1strofe de Chern\u00f3bil y por el modo de afrontarla, son v\u00edctimas, v\u00edctimas que encuentran la palabra. Y los dos \u00faltimos, relativos a los a\u00f1os 80, aparecen como episodios de la historia del mundo sovi\u00e9tico, nutren la posici\u00f3n cr\u00edtica que hacia \u00e9l mantiene la escritora. Se podr\u00eda componer esa historia, al comp\u00e1s con que el texto va cambiando sus tonos, sus formas (del fragmentarismo de los primeros libros a la sordidez del Afg\u00e1n o la cadena de mon\u00f3logos de <em>Voces de Chern\u00f3bil<\/em>). Resonar\u00eda entonces la temprana definici\u00f3n que traz\u00f3 Guy Debord de la capacidad de la burocracia sovi\u00e9tica para negarse como clase social a la vez que se erig\u00eda en clase dominante: \u00aborganizaci\u00f3n social de la mentira absoluta\u00bb; y pocos an\u00e1lisis tan duros de ese proceso como <em>Los muchachos de zinc<\/em> y <em>Voces de Chern\u00f3bil<\/em>. Es as\u00ed, aunque los dos primeros libros, los relativos a los a\u00f1os 40, conserven otro esp\u00edritu, y los recorra una admirable conciencia de lo colectivo, cuya debilitada estela todav\u00eda parpadea cuando se acerca el final de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica.<\/p>\n<p>No es posible ya detenerse en ello. Pero quiz\u00e1 s\u00ed cabe, dentro de la historia del alma que Alexi\u00e9vich busca, sugerir dos l\u00edneas de fuga que se han ido abriendo, cargadas de inquietud. La primera remite a lo que podr\u00eda llamarse el momento rom\u00e1ntico de la autora, que parpadea aqu\u00ed y all\u00e1. Por ejemplo, en este arrebato de inspiraci\u00f3n personal que roza algo del orden del hero\u00edsmo, aunque no de una \u00e9pica, pues parece inconmensurable con la victoria o con la derrota, y no se olvida del cuerpo propio: un herido, el teniente Kostia, ha quedado en la zona de nadie; el enemigo mata a los camilleros que intentan recogerlo, mata tambi\u00e9n a los perros de rescate enviados despu\u00e9s: \u00abEntonces me quit\u00e9 el gorro, me levant\u00e9 y cant\u00e9, primero a media voz y luego cada vez m\u00e1s y m\u00e1s fuerte, nuestra canci\u00f3n favorita de antes de la guerra: \u00abTe desped\u00ed cuando fuiste a la batalla\u00bb. A ambos lados de la zona neutra se instal\u00f3 el silencio. Me acerqu\u00e9 a Kostia, me inclin\u00e9, lo acomod\u00e9 en el trineo y empec\u00e9 a arrastrarlo hacia nuestro bando. Mientras caminaba pensaba: \u2018Que no me disparen a la espalda, que me peguen un tiro en la cabeza\u2019. Un paso, otro&#8230; Los \u00faltimos instantes de mi vida&#8230; \u00a1Ahora! \u00bfMe doler\u00e1 o no? \u00a1Qu\u00e9 miedo! Pero no hubo ning\u00fan disparo\u00bb. Forma parte de este momento rom\u00e1ntico la decisi\u00f3n de abrir y cerrar <em>Voces de Chern\u00f3bil<\/em> con sendos relatos de dos viudas de \u201cliquidadores\u201d (aquellos, en general obligados, que trabajaron en la limpieza de la zona de m\u00e1xima radiaci\u00f3n despu\u00e9s del desastre nuclear y fueron muriendo en los a\u00f1os inmediatos), relatos gemelos de un amor extremo y desesperado.<\/p>\n<p><em>Voces de Chern\u00f3bil<\/em> ofrece la posibilidad sobre todo de que hable la poblaci\u00f3n bielorrusa, mucho m\u00e1s afectada que la ucraniana pese a lo que suele pensarse, y eso le da una peculiar cercan\u00eda, pues se trata de los lugares natales de Alexi\u00e9vich, donde sigue viviendo. El relato apunta una quiebra de la realidad, que se proyecta en el tiempo del lector. Nada m\u00e1s real que esa energ\u00eda fugada y letal, y sin embargo: \u00abLos sentidos ya no serv\u00edan para nada; los ojos, los o\u00eddos y los dedos ya no serv\u00edan, por cuanto la radiaci\u00f3n no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorp\u00f3rea\u00bb. No es el mundo virtual que ahora conocemos, sino uno enteramente f\u00edsico y localizable en el espacio, en el que \u00abse est\u00e1 desdibujando la frontera entre lo real y lo irreal\u00bb. Una pregunta para muchas generaciones y, a la vez, brutalmente inmediata.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Lecturas.\u2013<\/strong><\/p>\n<p>Svetlana Alexi\u00e9vich, <em>La guerra no tiene rostro de mujer<\/em>. Traducci\u00f3n de Yulia Dobrovolskaia y Zahara Garc\u00eda Gonz\u00e1lez. Barcelona, Debate, 2015.<\/p>\n<p>\u2013\u2013, <em>\u00daltimos testigos. Los ni\u00f1os de la Segunda Guerra Mundial<\/em>. Traducci\u00f3n de Yulia Dobrovolskaia y Zahara Garc\u00eda Gonz\u00e1lez. Barcelona, Debolsillo, 2017.<\/p>\n<p>\u2013\u2013, <em>Los muchachos de zinc. Voces sovi\u00e9ticas de la guerra de Afganist\u00e1n<\/em>. Traducci\u00f3n de Yulia Dobrovolskaia y Zahara Garc\u00eda Gonz\u00e1lez. Barcelona, Debolsillo, 2017.<\/p>\n<p>\u2013\u2013, <em>Voces de Chern\u00f3bil. Cr\u00f3nica del futuro<\/em>. Traducci\u00f3n de Ricardo San Vicente. Barcelona, Debolsillo, 2015.<\/p>\n<p>\u00c9mile Benveniste, <em>Problemas de ling\u00fc\u00edstica general, vol. II<\/em>. Traducci\u00f3n de Juan Almela. M\u00e9xico, Siglo XXI, 2015 (29\u00aa).<\/p>\n<p>Guy Debord, <em>La sociedad del espect\u00e1culo<\/em>. Traducci\u00f3n de Jos\u00e9 Luis Pardo. Valencia, Pre-Textos, 2002 (2\u00ba).<\/p>\n<p>Cecilia Dreym\u00fcller, \u00abLa vida extrema\u00bb (entrevista con Herta M\u00fcller). Madrid, <em>El Pa\u00eds<\/em>, 12 junio 2010.<\/p>\n<p>Herta M\u00fcller, <em>Todo lo que tengo lo llevo conmigo<\/em>. Traducci\u00f3n de Rosa Pilar Blanco. Madrid, Siruela, 2010.<\/p>\n<p>James Scott, <em>Los dominados y el arte de la resistencia<\/em>. Traducci\u00f3n de Jorge Aguilar Mora. Tafalla (Navarra), Txalaparta, 2018 (3\u00ba).<\/p>\n<p>(Texto de la serie \u201cTienda de fieltro\u201d, publicado en Tamtam Press)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Durante la Segunda Guerra Mundial formaron parte del ej\u00e9rcito ingl\u00e9s 225.000 mujeres, del ej\u00e9rcito de los Estados Unidos entre 400<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":9943,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[5,46],"tags":[1490],"class_list":["post-9940","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-literatura","category-memoria-historica","tag-mujeres"],"aioseo_notices":[],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/9940","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=9940"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/9940\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/9943"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=9940"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=9940"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/espai-marx.net\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=9940"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}