¿Qué sociedad estamos construyendo?
Ignacio Ramonet
Hay momentos en la historia en los que el presente deja de parecer simplemente el presente. Los acontecimientos se aceleran, las certezas desaparecen, las estructuras que parecían sólidas comienzan a tambalearse y lo que se había considerado normal durante décadas revela de repente su carácter inusual y efímero. Este es uno de esos momentos que Peter Mertens intenta narrar y poner de relieve a través de este apasionante ensayo.
Los últimos días del viejo mundo [Les Derniers Jours de l’ancien monde] no es un libro sobre Donald Trump, aunque este sea omnipresente en él. Tampoco es una obra que trate exclusivamente de Europa, aunque esta constituya su marco principal. Y ni siquiera es, en sentido estricto, un libro sobre la guerra, la economía, la inteligencia artificial, los monopolios o la crisis de la democracia. Se trata más bien de una obra que aborda el profundo vínculo que une todas estas cuestiones. Su verdadero objetivo es la transformación de un sistema de poder que durante mucho tiempo se ha presentado como inmutable y que hoy en día comienza a mostrar sus límites. Ahí radica su principal cualidad.
Una visión del Estado Mayor
Vivimos una época marcada por acontecimientos que se suceden a un ritmo vertiginoso. Una amenaza militar sigue a una crisis energética, una guerra trastorna los mercados, una decisión de Washington modifica la política europea, una innovación tecnológica transforma sectores industriales enteros, una crisis climática perturba a todo un continente, unas elecciones aupan a la extrema derecha a las puertas del poder, una reforma de las pensiones desencadena una oleada de huelgas, una empresa anuncia beneficios récord al tiempo que despide a trabajadores… La actualidad se nos presenta como una sucesión interminable de episodios aislados. Peter Mertens, sin embargo, refuta esta fragmentación.
Su método consiste en restablecer los vínculos entre estos acontecimientos. Ofrece una visión de conjunto. Porque detrás de una escuela alemana que no puede renovarse, un hospital sometido a recortes presupuestarios, un trabajador obligado a prolongar su vida laboral, una fábrica que cierra, un agricultor que no consigue vender su cosecha y el enorme presupuesto destinado al rearme, se esconde una única y misma cuestión: ¿qué sociedad estamos construyendo y cuáles deberían ser las prioridades?
El ejemplo con el que se inicia el libro tiene una fuerza casi alegórica. Peter Mertens nos explica que en Alemania hay escuelas cuyos edificios se deterioran, mientras que el Estado destina sumas colosales al rearme. Una escuela primaria cuesta menos que algunos sistemas de armamento. De ahí surge una frase que resume todo el razonamiento: si nuestra escuela fuera un carro de combate, ya estaría a salvo.
La cuestión, por tanto, no es la falta de dinero, sino para qué se destina ese dinero. Esta distinción es esencial.
Durante décadas, se nos ha explicado que las pensiones eran demasiado generosas, que la asistencia sanitaria costaba demasiado, que la educación debía someterse a la austeridad y que los servicios públicos debían aprender a conformarse con menos. Y, de repente, cuando surge la necesidad de financiar una nueva carrera armamentística, las restricciones presupuestarias desaparecen.
Lo que Peter Mertens pone de relieve es una elección política. Y esta elección impregna el libro de principio a fin.
Europa busca su lugar en un mundo en transformación
La primera parte se centra en Europa en la era de Donald Trump. Pero considerarla únicamente como un análisis de las relaciones transatlánticas sería un error. Peter Mertens plantea una cuestión más profunda: ¿qué Europa está surgiendo de la crisis del antiguo orden occidental?
Durante décadas, la Unión Europea ha evolucionado bajo la égida estratégica, económica y política de Estados Unidos. Esta relación ha aportado estabilidad, pero también ha generado una dependencia que resulta cada vez más visible y molesta. La guerra, la energía, la tecnología, las materias primas y las cadenas de suministro han convertido esta dependencia en un problema estratégico. Europa se encuentra, por tanto, ante una paradoja. Desea convertirse en una potencia autónoma, pero depende militarmente de Estados Unidos. Aspira a desarrollar su propia industria, pero depende tecnológicamente de las grandes empresas estadounidenses. Quiere proteger su economía, pero sus mercados financieros están profundamente integrados en Wall Street. Desea garantizar su seguridad energética, pero ha sustituido una dependencia por otra.
Peter Mertens utiliza una expresión deliberadamente provocadora: los dirigentes europeos se han convertido en «vasallos consentidos». Lo interesante aquí no es la provocación, sino la cuestión que se esconde tras ella: ¿puede existir la soberanía política sin soberanía económica, energética, tecnológica y militar? Esta cuestión reviste una importancia aún mayor dado que Washington ya no parece dispuesto a preservar las antiguas formas de la Alianza Atlántica. Donald Trump expresa abiertamente lo que antes se formulaba en un lenguaje diplomático basado en un «fundamento de valores comunes». El poder se manifiesta ahora con una franqueza brutal: territorios, materias primas, rutas comerciales, mercados, industrias, bases militares.
El lenguaje evoluciona en paralelo a la relación de fuerzas.
Peter Mertens observa asimismo que Europa intenta responder a esta transformación mediante una nueva centralización del poder. El episodio de Alden Biesen, descrito con especial atención, resulta de especial importancia. Fue en este castillo teutónico situado en Flandes donde se reunieron, en febrero de 2026, dirigentes políticos europeos, grandes empresarios y representantes de los principales grupos de presión industriales. El objetivo declarado era construir una Europa más fuerte y más competitiva. Pero Peter Mertens lanza una advertencia: una Europa más integrada no es necesariamente una Europa más democrática ni más social.
Por eso, la cuestión decisiva no es si se quiere «más o menos Europa», sino «¿qué Europa?». Una Europa construida para proteger a sus ciudadanos, sus servicios públicos y su autonomía frente a las grandes potencias sería una cosa. Una Europa concebida ante todo para crear grandes gigantes industriales, flexibilizar las normativas, favorecer las fusiones empresariales y rivalizar militarmente con otras potencias sería otra muy distinta. Ahí reside uno de los conflictos fundamentales que se abordan en esta obra.
La doctrina del choque
Peter Mertens retoma un concepto popularizado por Naomi Klein: la «doctrina del choque». Las grandes crisis pueden convertirse en momentos de aceleración política. Cuando una sociedad está asustada, desorientada o conmocionada, medidas radicales que, en circunstancias normales, suscitarían una fuerte resistencia, pueden parecer «inevitables». Este argumento reviste especial importancia, ya que el libro demuestra que este choque no tiene únicamente una dimensión militar. Puede ser de carácter económico, energético, tecnológico, sanitario o incluso geopolítico. Y puede convertirse en una oportunidad para quienes llevan mucho tiempo esperando la ocasión de cambiar las reglas del juego.
Así, la crisis de competitividad europea sirve de pretexto para reclamar una mayor desregulación. La guerra sirve para justificar el rearme. La competencia tecnológica contribuye a reforzar el poder de los grandes monopolios, y la crisis presupuestaria sirve para reducir el Estado del bienestar. El resultado puede resultar paradójico: una crisis provocada o agravada por las contradicciones del sistema acaba utilizándose precisamente para reforzar las estructuras que están en el origen de esas mismas contradicciones. Pero ahí es donde surge uno de los aspectos más interesantes del razonamiento de Peter Mertens: la crisis también puede suscitar una toma de conciencia. La crisis no afecta únicamente a quienes gobiernan. También puede abrir los ojos a quienes, hasta entonces, habían aceptado como algo natural ciertas relaciones de poder.
Estados Unidos no se reduce a Donald Trump
La segunda parte de este apasionante ensayo centra su atención en Estados Unidos. El autor lleva a cabo entonces una importante operación intelectual: separa el fenómeno Trump del contexto histórico que lo hizo posible. Donald Trump no aparece como una anomalía surgida de la nada, sino como la expresión extrema de tendencias anteriores. Concentración de la riqueza, poder creciente de los monopolios, influencia directa de los multimillonarios sobre las instituciones, destrucción de los mecanismos tradicionales de protección social, polarización cultural, militarización, desconfianza hacia las instituciones, crisis de representación, erosión de la democracia, etc.
La imagen de la ceremonia de investidura presidencial, en la que se ve a Donald Trump rodeado de los grandes directivos de las «Big Tech», resulta especialmente elocuente. Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai y otros gigantes de la tecnología aparecen junto al poder político. Peter Mertens no interpreta esta escena como una mera cuestión de protocolo, sino como la representación visible de una realidad estructural: la creciente fusión entre el poder económico y el poder político. El término que utiliza es contundente: plutocracia. Y conviene tomarlo en serio.
Y es que uno de los grandes temas de esta obra es precisamente la transformación de la democracia liberal en un sistema en el que la capacidad de influir en las decisiones colectivas viene determinada, cada vez más, por la concentración de la riqueza.
Pero Peter Mertens no se limita a codearse con las élites. Se desplaza a Minneapolis. Escucha a sindicalistas, activistas, ciudadanos y artistas. Observa cómo una ciudad puede convertirse en un laboratorio de resistencia. Y descubre lo que constituye una de las ideas políticas centrales de esta esclarecedora obra: ante un poder cada vez más concentrado, la respuesta ya no puede ser únicamente moral o electoral. Debe ser organizativa. La resistencia necesita estructuras, sindicatos, asociaciones, movimientos sociales, solidaridad y tiempo. Debe aprender de las experiencias de los demás. En otras palabras, es necesario construir un contrapoder.
Del capital financiero al complejo militar-industrial
La tercera parte del libro amplía aún más el campo de visión. Quizá sea ahí donde resida la tesis económica más ambiciosa de Peter Mertens: la que aborda la relación entre la concentración del capital, los monopolios, el Estado y la militarización. Su incursión en el mundo de la patata belga puede parecer, a primera vista, anecdótica. Sin embargo, no es así. De hecho: el agricultor que produce y el gran transformador que controla el mercado reflejan, a pequeña escala, una dinámica mucho más amplia: la concentración económica transforma las relaciones de poder. La competencia capitalista conduce a la concentración. La concentración genera monopolios. Los monopolios adquieren capacidad de influencia política. Y el Estado acaba interviniendo para proteger, favorecer o salvar determinadas estructuras de poder.
La misma situación se da en los sectores de la energía, la alimentación, la cultura, la industria química, la tecnología y, por último, el armamento. Es ahí donde el título del libro cobra todo su sentido. No nos enfrentamos simplemente a una crisis coyuntural. Estamos presenciando el colapso de un modelo histórico. El capitalismo contemporáneo entra en una fase caracterizada por una concentración extrema de la riqueza, la competencia entre grandes potencias, la militarización de la economía y la lucha por el control de las materias primas, las tecnologías y los mercados.
Peter Mertens sitúa este proceso en una perspectiva histórica más amplia. Conviene tener presente que la desaparición de la Unión Soviética en 1991 no solo supuso el triunfo definitivo de un modelo económico. También implicó la desaparición de una contrapoder que había limitado el margen de maniobra del capitalismo occidental durante décadas. Y una parte del Estado del bienestar europeo también debe considerarse como el resultado de esa relación de fuerzas. Cuando ese contrapoder desapareció, muchos de esos logros sociales comenzaron a desmoronarse. Se trata de una tesis controvertida, pero históricamente fructífera. Porque nos obliga a plantear una cuestión delicada: ¿qué fuerzas pueden limitar hoy en día el poder del gran capital? Peter Mertens responde: un nuevo contrapoder.
China y el desplazamiento del centro de gravedad
Tampoco se puede comprender esta obra sin tener en cuenta su análisis de los cambios económicos mundiales.
China ocupa aquí un lugar esencial. Peter Mertens constata que la antigua superioridad industrial occidental se ha visto erosionada por décadas de deslocalización, mientras que China ha desarrollado sus propias capacidades industriales y tecnológicas. El ejemplo de los vehículos eléctricos, las baterías, las tierras raras o las tecnologías digitales permite ilustrar un fenómeno más amplio: el desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial.
La paradoja es evidente. Estados Unidos se prepara para una confrontación estratégica con China, cuando su propia industria militar depende, en numerosas cadenas de suministro, de componentes y materias primas vinculadas a su principal rival. La interdependencia económica no ha desaparecido. Se ha convertido en un campo de batalla. Por eso Peter Mertens no describe el mundo actual como una simple transición de una hegemonía a otra. Lo que se perfila es un escenario de competencia imperialista múltiple, mucho más inestable y peligroso que el antiguo orden unipolar. Y Europa se ve atrapada en medio de este conflicto.
Sin embargo, esta obra no presenta un panorama pesimista. De principio a fin, Peter Mertens insiste en una palabra: esperanza. No una esperanza ingenua. No hay que esperar que las contradicciones se resuelvan por sí solas. Ni que el antiguo sistema se reforme por sí mismo gracias a buenos argumentos. Se trata de una esperanza basada en la acción colectiva. Una frase sirve de brújula a este brillante libro: quien comprende las fuerzas que vinculan los acontecimientos adquiere lucidez; quienes se movilizan y se organizan adquieren una fuerza colectiva.
Esta concepción explica el recorrido visiblemente heterogéneo de la obra. Los obreros belgas, los agricultores, los estudiantes, los trabajadores estadounidenses, los movimientos ecologistas, los sindicatos, los movimientos contra la guerra y las luchas por los servicios públicos no son capítulos distintos de una misma historia. Se trata, en efecto, de diferentes manifestaciones de una única búsqueda: ¿cómo reconstruir un poder colectivo capaz de disputar el futuro a quienes pretenden apropiarse de él?
Peter Mertens formula esta alternativa con una claridad poco común: la cuestión no se reduce a saber si el mundo antiguo está desapareciendo. Se trata más bien de determinar quién ocupará el lugar que quede vacante tras su desaparición. ¿Los monopolios? ¿El complejo militar-industrial? ¿Las nuevas oligarquías tecnológicas? ¿La extrema derecha? ¿O bien las mayorías sociales organizadas? Esa es, en definitiva, la verdadera cuestión que plantea este libro.
Los últimos días…
Este título podría evocar un libro crepuscular. Sin embargo, no es así. Se trata de un crepúsculo, es cierto. Pero también de un amanecer. Peter Mertens concluye hablando de los escombros. Y lo hace deliberadamente. Porque los sistemas históricos no desaparecen sin dejar ruinas. Las crisis económicas provocan desempleo y desigualdades, las guerras causan muertos y desplazados, las derrotas políticas son fuente de frustración, la concentración económica deja territorios abandonados, la destrucción de los servicios públicos hace que las sociedades sean más vulnerables.
Pero los escombros no solo marcan el final de algo. También pueden constituir un punto de partida a partir del cual se construirá algo nuevo. De ahí la imagen de la primavera que recorre las últimas páginas del libro: bajo el otoño interminable del sistema, otra estación está madurando. La esperanza se encuentra «bajo los escombros». Y esa esperanza tiene nombres muy concretos: inteligencia, entusiasmo y organización. En este sentido, Los últimos días del viejo mundo se inscribe en una tradición intelectual que se niega a disociar el análisis de la transformación.
Comprender el mundo no significa resignarse a él. Al contrario: comprender sus mecanismos equivale a descubrir que lo que parecía inevitable era, en realidad, el resultado de decisiones humanas y que, por lo tanto, puede transformarse mediante otras decisiones humanas. Peter Mertens escribe partiendo de esta convicción. Lo hace desde Bélgica, un pequeño país que, en estas páginas, adquiere una dimensión universal inesperada. Desde sus fábricas, sus sindicatos, sus puertos, sus campos y sus calles, el autor observa las grandes transformaciones del planeta. Y es precisamente porque parte de lo concreto por lo que logra abarcar lo global.
Ahí reside también todo el mérito de este libro lleno de esperanza. No pretende afirmar que el viejo mundo vaya a desaparecer mañana. Nos enseña algo más importante: que la normalidad que lo ha mantenido en pie ya está desapareciendo. Y cuando una normalidad histórica comienza a resquebrajarse, la cuestión decisiva ya no es saber cuánto tiempo le queda al antiguo orden, sino quién tendrá la capacidad, la imaginación y la voluntad de construir el nuevo.
Ese futuro aún no está escrito. Por eso este libro, a pesar de todo lo que denuncia, no es un libro sobre el fin, sino sobre lo posible. Sobre la necesidad de recuperar la capacidad de actuar. Sobre la urgencia de reorganizarse. Y sobre la certeza, por fin, de que ningún orden histórico es eterno. Quizá el viejo mundo esté viviendo sus últimos días. Pero eso no significa que el futuro pertenezca necesariamente a sus herederos. Sin duda alguna, pertenece a aquellas y aquellos que, desde la base, ya están empezando a construir otro mundo.
Fuente:Lava, 8 de octubre de 2026 (https://lavamedia.be/fr/quelle-societe-sommes-nous-en-train-de-construire/)