Afganistán, dos retiradas

Moscú y la enmienda de su fatal error

Hace más de 30 años, en mayo de 1988, las tropas soviéticas iniciaron su retirada de Afganistán. Aquella operación duró nueve meses y al lado de la caótica espantada de Estados Unidos y sus vasallos de este agosto, fue una operación impecable.

En mayo de 1988 hacía tres meses que me había estrenado como corresponsal en Moscú. Mi condición de novato y falta de experiencia fue uno de los motivos para que me incluyeran entre los contados periodistas extranjeros autorizados a presenciar aquello por el departamento de información del Ministerio de exteriores de la URSS que dirigía Genadi Gerásimov.

En Kabul los aviones aterrizaban lanzando señuelos térmicos para desviar posibles misiles tierra-aire de la guerrilla. Vista desde la altura de la fortaleza de Bala Hissar, la ciudad de color gris bajo un cielo de una cegadora claridad y con un horizonte de cumbres nevadas se divisaba al completo. En primer lugar la gran avenida comercial Djada-e-Maiwand, que concentraba el grueso del tráfico rodado, cortando un universo de casas de ladrillo gris y adobe sin agua corriente, un inextricable laberinto de callejones y bazares repleto de motocicletas y burros, con el rio a la izquierda, que era una cloaca a cielo abierto, la gran mezquita Pul-e Jesti al frente y el “microrayon”, el barrio moderno construido por los soviéticos y residencia de funcionarios, al fondo. En el bazar llamaba la atención la autenticidad de los productos artesanales de una sociedad atávica que a diferencia de Pakistán aún no sabía trabajar sin calidad. Un tipo que llevaba pistola me acompañaba en mis paseos por la ciudad.

Cada tarde, sobre las seis los sistemas de fuego en salvas soviéticos lanzaban su cortina de obuses hacia Parmon y Chakari, desde la base de Bagram. Duraba quince minutos. Luego se hacía el silencio y volvían a oírse los trinos y gorjeos de los pájaros sobre la ciudad al atardecer.

El régimen afgano y sus aliados controlaban todas las ciudades y las vías de comunicación entre ellas, lo que no impedía crónicos atentados y emboscadas. Tuve la suerte de ser uno de los cuatro europeos en participar, montado en un tanque, en el primer movimiento de aquella retirada, entre Jalalabad y Kabul. Fue un operativo impresionante, 1300 hombres y 300 vehículos blindados (BTR) y camiones que formaban un convoy de cinco kilómetros y tardó nueve horas en recorrer los 150 kilómetros entre Jalalabad y la capital. Las gargantas del rio Kabul estaban jalonadas de blindados y vehículos destrozados por las explosiones y despeñados en los barrancos dando fe de la virulencia de los combates allí librados. De vez en cuando, al borde de la pista, una tumba con un nombre en caracteres cirílicos y la hoz y el martillo. En Jalalabad miles de mujeres y niños lanzaban flores al paso del convoy, entre pancartas glosando la amistad soviético-afgana. Todo muy organizado. Y lo más importante de aquella impecable organización eran los pactos subterráneos de los militares soviéticos con los grupos guerrilleros para que no actuaran durante la retirada. Funcionó bien. A lo largo de nueve meses apenas hubo incidentes.

Entre Jalalabad y Kabul, mayo de 1988. (R.Poch-de-Feliu)

Sin plan en un avispero

La decisión de intervenir militarmente en Afganistán se había adoptado de forma secreta en una reunión del Politburó del PCUS a finales de 1979. Para entonces hacía ya cinco meses, desde julio, que Washington financiaba y organizaba a los guerrilleros con 500 millones de dólares. Fue una decisión inusual, sin la menor consulta ni asesoramiento de expertos del Ministerio de Exteriores ni del departamento analítico del KGB. La preparación corrió a cargo del Estado Mayor del Ejército pero no había un plan claro y concreto sobre los objetivos que la intervención debía cubrir. ¿Cómo pudo llegarse a tal disparate?

Desde el derrocamiento de la monarquía en julio de 1973, Afganistán había entrado en un periodo convulso y turbulento. Hasta la entrada de los militares soviéticos en diciembre de 1979, durante seis años, se sucedieron las intrigas, los complots, los golpes de estado o las intentonas, con frecuentes asesinatos de dirigentes. En 1979, los sectores del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) que habían sido purgados del poder, la facción “Parcham” (“bandera”), bombardearon durante meses con informes exagerados sobre la situación en el país a sus amigos de Moscú. Los “Parcham” eran los más cultivados y sofisticados del partido, gente de ciudad, algunos incluso con conexiones familiares con la familia real. Sus informes decían que sus adversarios y ex camaradas de la facción “Jalk” (“masas”) los estaban exterminando, encarcelando, torturando y fusilando. Por supuesto que había purgas y represión de adversarios, pero mucho menos (para parámetros afganos) de lo que clamaban los “Parcham”. Su líder, Babrak Karmal, no había sido eliminado, sino enviado como embajador a Checoslovaquía, igual que muchos otros de sus compañeros. Todos ellos mantenían relaciones e influencias en Moscú y las cultivaban contra sus adversarios en Kabul.

“Parcham” y “Jalk”, las dos fracciones del PDPA, habían llevado a cabo conjuntamente el golpe de estado que derribó el régimen republicano del Príncipe Mohamed Daud en abril de 1978, con el objetivo de modernizar un país anclado en el siglo XVIII, vía reforma agraria, instrucción y emancipación femenina, como se explica en este magnífico testimonio. Cinco años antes, Daud había derrocado a su vez la monarquía de su primo, el rey Zahir Sha, con cuya hermana Daud estaba casado, aprovechando las vacaciones del rey en Italia. El príncipe fue asesinado a su vez por los golpistas “comunistas” de abril del 78, y el nuevo hombre fuerte del momento, primer ministro y líder de los “Jalk”, Jazifullah Amin, emprendió entonces la purga contra los “Parcham”. Año y medio después, en septiembre/octubre de 1979, Amín asesinó al Presidente Nur Muhamed Taraki, fundador del partido.

Como siempre en Afganistán, esta pelea sin fin tenía también una lectura étnica y social. Los “Parcham”, por ejemplo solían ser darí-parlantes, dialecto del farsí, la lengua culta del país, independientemente de que fueran de etnia tadyica o pashtún. Los “Jalk”, solían ser pashtunes de etnia y lengua, más vinculados al universo tribal y frecuentemente de provincias, principal cantera nacional de lo que el inolvidable Ricardo Ortega definió como “descerebrados”.

Amín era un tipo orgulloso y despótico que no se dejaba aconsejar por nadie y que colocó a sus íntimos más fieles en los puestos de confianza. Había estudiado en Estados Unidos y sus adversarios de “Parcham” lo presentaban en Moscú poco menos que como un hombre de la CIA, lo que no era cierto. Decían que Estados Unidos le había regalado un DC-9 que por su tamaño solo podía aterrizar en dos aeropuertos del país… Con toda esa música rondando, tras la eliminación de Taraki en Moscú constataban que ya no tenían a nadie de confianza en Kabul.

La clave del éxito organizativo de la retirada fueron los pactos subterráneos de los militares soviéticos con las bandas guerrilleras. (R.Poch-de-Feliu)

Vértigo en el Kremlin

La URSS nunca había pretendido dominar Afganistán, el primer país del mundo que reconoció al régimen soviético tras la Revolución de Octubre de 1917, pero no se imaginaba la perspectiva de tener en Kabul por primera vez desde entonces un régimen hostil, o por lo menos que no la tuviera en cuenta.

“Por primera vez desde los años veinte, con Amín se presentó la perspectiva de que en Afganistán un régimen dejara de tener buenas relaciones y pudiera hacer el juego a los adversarios de la URSS, el peligro era remoto pero los enemigos de Amín lograron engañar a Moscú a ese respecto”, me explicó muchos años después el Teniente General Nikolai Leonov, jefe del departamento analítico del KGB.

Fue así como Moscú llegó a la improvisada y no asesorada conclusión de que había que eliminar a Amín. En diciembre, en vísperas de la intervención militar soviética, un comando de fuerzas especiales del KGB asesinó a Amín.

En una conversación mantenida en el interior de un taxi en la ciudad de Tashkent, un miembro uzbeco de aquel comando me explicó, en mayo de 1989, los pormenores de aquella operación. Se seleccionaron soldados de las tropas especiales del KGB de las repúblicas centroasiáticas que pudieran pasar por afganos. Antes de tomar por asalto el palacio de Amin (Tajbeg), alguien puso narcóticos en la comida del Presidente. Su cuerpo lo sacaron envuelto en una alfombra, mientras otras unidades soviéticas ocupaban los puntos neurálgicos de Kabul. Aquel mismo día el 40 ejército soviético entró en el país por varios puntos de la frontera con las repúblicas de Turkmenistán, Uzbekistán y Tadyikistán. Lo hizo con todas sus armas, incluidos los misiles tácticos, como si acudiera a la tercera guerra mundial, una torpeza que obviamente alarmó a los americanos.

Un desastre inexorable

La improvisación, la ignorancia y una altanera confianza en su potencia, presidieron aquella entrada. Como detalle, las ametralladoras y cañones de los blindados soviéticos no tenían mas que treinta grados de alzada, lo que los hacía impotentes para el combate en los desfiladeros de un país montañoso. Para poder responder al fuego que les llegaba desde las alturas, los blindados tenían que arrimarse a un promontorio para lograr un ángulo de tiro adecuado…

La emboscada típica tenía por escenario los angostos valles y desfiladeros del país sin apenas margen para la maniobra de tropa mecanizada. El primer bombazo era para el vehículo que abría el cortejo. El segundo contra el último. Con el convoy inmovilizado se aniquilaba a continuación al resto de la fuerza. Con el tiempo los convoyes iban protegidos por aviones o helicópteros de apoyo, pero Washington suministró misiles portátiles tierra-aire “Stinger”, que aún complicaban más las cosas… Muy pronto se pagó el precio de todo aquel desbarajuste político y militar. Una guerra de casi diez años que insertó a Afganistán en el conflicto Este/Oeste.

Los americanos ayudados por saudíes (entre ellos el luego famoso Bin Laden) y pakistaníes formaron, pagaron, armaron y adoctrinaron a decenas de miles de guerrilleros. En Washington la prensa presentaba como bravos “luchadores por la libertad” a los líderes de aquellas bandas lideradas por verdaderos salvajes como Gulbudin Hekmatiar recibido por el Presidente Reagan en la Casa Blanca. La nueva derecha parisina representada por estrellas mediáticas como Bernard-Henri Lévy y una cohorte de periodistas que aún colea y se ha reciclado en expertos en yihadismo, entronaba como héroes positivos a personajes tan oscuros como Ajmad-Shaj Masud. Entre 1981 y 1986 pasaron por los campos de entrenamiento para afganos emplazados en Pakistán 80.000 guerrilleros afganos, explica en sus memorias (The Bear Trap) Mohammad Yusaf, jefe del departamento afgano del servicio secreto paquistaní (ISI).

Para 1983 las cosas estaban claras para cualquier analista serio en Moscú: la guerra era imposible de ganar. Esa era ya entonces la opinión del vicepresidente del KGB Vladimir Kriuchkov y del propio Mariscal Sergei Sokolov, al mando del contingente. No había plan, ni estaba claro quien dirigía y respondía por aquello en el Kremlin, dirigido por un senil y errático Leonid Brezhnev. En los pasillos de la Lubianka y de Yasenevo, las sedes moscovitas del KGB, ser destinado a Afganistán se consideraba un castigo y al país se le conocía como “Gavnistán” (Mierdistán). Pese a todo ello, aun se tardó cinco años en tomar la decisión de la retirada. Cinco fatales años.

La guerra dejó un desastre en primer lugar para el pueblo afgano: 1,3 millones de muertos, tres millones de heridos y más de 5 millones de refugiados y desplazados. Los soviéticos sufrieron 14.500 muertos militares y cerca de 450.000 víctimas diversas, entre heridos, mutilados y aquejados de todo tipo de enfermedades como la hepatitis y el tifus. Perdieron 118 aviones, 333 helicópteros, 147 tanques, 1314 blindados y unos 13.000 vehículos, además de buena parte de su prestigio como potencia militar.

La memoria de aquella derrota y del inútil sacrificio de toda aquella juventud de reclutas soviéticos, fue maltratada en casi todas las repúblicas del enorme país que iniciaba el tumultuoso proceso que conduciría a su sorprendente autodisolución. Solo en Bielorrusia se mantuvieron con decoro los monumentos a los caídos en lo que se llamaba “misión internacionalista” de Afganistán. Pero aquella retirada fue un éxito y un ejercicio del buen sentido que inspiraba a Mijail Gorbachov, un raro hombre de Estado dispuesto a cambiar las cosas en su país y en el mundo en una dirección de libertad y progreso.

La espantada del Imperio del Caos

La retirada de Estados Unidos y sus aliados de Afganistán de este agosto ha sido una debacle sin paliativos, pese a que su contexto y circunstancias eran incomparablemente más favorables que las que rodearon a la exitosa salida de los soviéticos hace treinta años. Por muchas razones.

Los soviéticos tenían entonces en contra a una superpotencia que financiaba a sus adversarios con mucho más dinero y medios de los que ellos mismos dedicaban a su ocupación y su apoyo al gobierno laico y modernizante de Kabul. Estados Unidos no ha tenido a ninguna superpotencia en contra. Más allá de las complicidades tribales al otro lado de la frontera paquistaní, los talibán han luchado, y han ganado, prácticamente solos.

La segunda razón tiene que ver con el entorno geopolítico: en los años ochenta el entorno de Afganistán estaba dominado por potencias hostiles a la presencia militar soviética; desde Pakistán, hasta Arabia Saudí, Irán y China. Hoy, la retirada de Estados Unidos viene rodeada por la voluntad de todo el entorno para que la situación en ese desgraciado país se estabilice. Pese a sus diferentes intereses, la actitud de Irán, Pakistán, China, Rusia, India, por no hablar de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, converge en el deseo de pacificar y estabilizar definitivamente el país.

No sabemos si eso bastará, pero sí que China lo está organizando a través de la Organización de Cooperación de Shanghai, que con diferentes estatus engloba a todos ellos. Hay una fuerte y general voluntad en que todo llegue a buen puerto. Mucho dependerá de la habilidad de China y del interés de los talibán por integrarse en el eje comercial chino de la Nueva Ruta de la Seda, la Belt & Road Initiative (B&RI), pero también de la actitud de Estados Unidos.

¿Cuanta energía pondrá Washington en desestabilizar el régimen que le ha humillado de forma tan manifiesta? Como dice Michael Hudson , después de que sucesivos presidentes, desde Carter hasta Obama, crearan y financiaran Al Qaeda, para luchar por los objetivos geopolíticos de Estados Unidos y por el petróleo en Irak y Siria, “el verdadero miedo de Estados Unidos no es que los talibán resuciten la legión extranjera wahabita de América, sino que lleguen a un acuerdo con Rusia, China y Siria para servir de vínculo comercial desde Irán hacia el Oeste”.

A lo largo de 40 años, la acción del Imperio del Caos en Afganistán ha sido nefasta. Ahora no lo tiene fácil, pero puede seguir siéndolo. Por ejemplo creando una situación “a la siria” que mantenga la inestabilidad del país e impida los planes chinos de corredores comerciales y explotación de sus ricos recursos minerales. Los instrumentos están ahí: el misterioso Estado Islámico de Jorasán (ISIS-K), los rebeldes tadyicos del Panshir, donde se encuentran el vicepresidente Amrullah Saleh, que fue discípulo de la CIA en los noventa, y el hijo del comandante Masud en busca de padrinos. Pero no será fácil.

Economía de recursos

Otra diferencia fundamental es el propósito último de la actual retirada. En su discurso del martes, el Presidente Biden lo explicó de forma meridianamente clara: no se trata de acabar con la “guerra eterna” que alimenta a su complejo militar industrial y promueve el imperialismo de su “estado profundo”. De lo que se trata es de una economía de esfuerzos:

El mundo está cambiando, estamos metidos en una seria competencia con China y nos las vemos con desafíos en múltiples frentes con Rusia. Debemos apuntalar la competitividad de América para afrontar esos nuevos desafíos en la competición por el siglo XXI (…) no hay nada que China o Rusia deseen más en esta competición que ver a los Estados Unidos empantanados otra década en Afganistán”.

Resumiendo: el desgaste de la guerra eterna de Afganistán ya se había convertido en problema para el objetivo principal del siglo que es la guerra con China, Rusia y otros emergentes.

Los chinos son perfectamente conscientes de esta realidad y desconfían profundamente de las intenciones de Estados Unidos. Se sabe que los guerrilleros del Estado Islámico derrotados en Siria y que ahora forman el núcleo del llamado “Estado islámico de Jorasán” (ISIS -K), misteriosamente surgido de repente en Afganistán, fueron aerotransportados desde Siria a remotas zonas de Afganistán cuando la OTAN controlaba el espacio aéreo del país. El propio Hamid Karzai ha mencionado ese oscuro capítulo. Por eso, cuando a finales de agosto el Secretario de Estado Antony Blinken telefoneó a su homólogo Wang Yi, pidiéndole “colaboración” en los apuros de la retirada, Wang le dijo que tal cooperación es inseparable del marco general de las relaciones de Estados Unidos con China.

Wang mencionó el hecho de que Washington no considere “terroristas” a los islamistas del movimiento uigur del Turkestán Oriental, mencionó la campaña sobre el “virus de Wuhan” como origen de la pandemia. La desestabilización de Hong Kong, la campaña sobre el “genocidio” uigur y los movimientos políticos y militares de Estados Unidos en Taiwán y el Mar de China meridional, están ahí. “Estados Unidos no puede perjudicar deliberadamente a China y socavar sus legítimos derechos e intereses por un lado, mientras que por el otro espera apoyo y cooperación de China. Tal lógica nunca ha existido en las relaciones internacionales”, le dijo.

De la retirada soviética a los Taliban

Sin pretender santificar a la Unión Soviética, las cosas eran muy diferentes en la retirada soviética. El cálculo de fondo de Gorbachov sobre la retirada no tenía que ver con la guerra, sino con la paz. No propugnaba economizar fuerzas para nuevos desafíos bélicos, sino para el desarme en el orden externo y la democratización en el interno. Respecto al clima diplomático, los acuerdos de Ginebra de abril de 1988 abrieron, ciertamente, un marco de negociación internacional favorable para la retirada, pero sin compromiso de parte de Estados Unidos y Pakistán de cesar suministros de armas y dinero a sus protegidos (es decir a los padres generacionales de los talibán). De hecho los incrementaron para sangrar al gobierno de Kabul e ignoraron el principio de no interferencia en los asuntos internos del país, en la confianza de que Kabul caería como un castillo de naipes en cuanto se largaran los soviéticos. No fue así.

Miles de guerrilleros asediaron Jalalabad inmediatamente después de la retirada soviética, en 1989, pero se rompieron los dientes, ante la resuelta y eficaz defensa de las fuerzas de Kabul, ahora ya en solitario. Entonces los paquistaníes compraron a un general, el ministro de defensa del gobierno, Shahnawaz Tanai, para un golpe de Estado en Kabul que fracasó. Hubo que esperar tres años para que el gobierno de Najibullah cayera. Eso solo ocurrió cuando la Rusia de Yeltsin, en pleno idilio con Washington, cortó de la forma más rastrera sus últimos suministros de carburante a Kabul en 1992. Cuando finalmente los mujaidines se impusieron, comenzó la guerra entre ellos. Kabul y otras ciudades quedaron devastadas. Tres años después, los talibán pusieron orden en aquel caos de país. Un orden bárbaro resultado directo de la barbarie sembrada y financiada por Estados Unidos y sus aliados en el atávico pudridero afgano durante largos años. Najibullah se refugió en la sede de la ONU y vivió allí hasta 1996, cuando los talibán tomaron por asalto el edificio, lo torturaron, asesinaron y castraron, colgando su cadáver de una farola. Cinco años después los americanos regresaban a Afganistán en nombre de la guerra contra un terrorismo wahabita que ellos mismos contribuyeron a desarrollar y en nombre de la libertad. Demasiado hasta para una mente informativamente intoxicada.

Presos talibán en el valle del Panshir, diciembre 2000. (R. Poch-de-Feliu)

Mitos y leyendas

En 1979 la explicación de la intervención de Moscú en Afganistán era el mito del expansionismo soviético. En la prensa española, analistas de renombre repetían lo que leían en la prensa de Estados Unidos: consideraciones sobre el deseo de los soviets de “mojar sus botas en las cálidas aguas del Océano Índico” y otras memeces (repasen la hemeroteca). En el relato periodístico de entonces, los “buenos” eran, evidentemente, toda aquella banda cruel de bárbaros integristas forrados de dólares y armados por Estados Unidos y sus aliados. La simple realidad es que, con todos sus defectos, Afganistán no ha tenido un mejor gobierno que aquel liderado por Najibullah en la última etapa. Entonces la mitad de los universitarios eran mujeres, el 40% de los médicos, el 70% de los maestros y el 30% de los funcionarios. Todo eso era entonces irrelevante y “propagandístico” para la misma ortodoxia periodística que hoy hace de la opresión de la mujer afgana y la barbarie que la rodea, el motivo principal de preocupación e incluso de justificación de la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán a partir de 2001, olvidando inocentemente que la invasión de Estados Unidos ha dejado centenares de miles de muertos, entre ellos decenas de miles de mujeres y niños.

Las escuadras de la CIA y del ejército han creado centros de detención y tortura, y han llevado a cabo miles de asesinatos extrajudiciales en el país. Desde que la CIA puso pie en Afganistán, el país se convirtió, según la ONU, en el suministrador de más del 90% del opio ilegal con el que se fabrica la heroína que circula en el mundo. En 2007, tras seis años de ocupación militar occidental, Afganistán dedicaba más superficie al cultivo de drogas que Colombia, Perú y Bolivia juntos. Después del petróleo y la venta de armas, el narcotráfico es la principal fuente global de ingresos y un tradicional medio de financiación de la CIA. Esta enormidad se ha mantenido en Afganistán durante veinte años, dos décadas, lo que no ha impedido el cuento de la “causa justa” que justificó la intervención: los atentados con aviones de Nueva York y Washington por parte de 19 integristas islámicos, 15 de los cuales eran saudíes y ninguno afgano o iraquí, sin embargo los países invadidos por Estados Unidos fueron Afganistán e Irak, países importantes por el petróleo y por su posición para la contención estratégica de adversarios (China, Rusia e Irán), respectivamente.

Castigo a los reventadores del relato

Quienes con más eficacia y claridad expusieron el absurdo de estos cuentos y mentiras, aportando reveladores documentos y filtraciones al respecto, están hoy en la cárcel, cumpliendo con el objetivo general, definido por el ex director de la CIA Leon Panetta en declaraciones al canal alemán ARD, de “enviar un mensaje para que otros no sigan su ejemplo”. Julian Assange, calificado por Biden de “terrorista tecnológico” (“high-tech terrorist”) y cuyo destino es una vergüenza para la izquierda europea, es uno de ellos y lleva recluido la mayor parte de la presente década. El ex diplomático británico Craig Murray, ha sido encarcelado este agosto por ocho meses en lo que tiene toda la pinta de una venganza judicial por su actividad como uno de los más activos denunciantes del escándalo Assange. Un mes antes, en julio, el ex analista Daniel Hale fue condenado a casi cuatro años de cárcel por filtrar 150 documentos sobre el programa de asesinatos extrajudiciales con drones estrenado por Obama y ejecutado desde la base aérea afgana de Bagram.

“Con los drones muchas veces nueve de cada diez muertos son inocentes”, declaró Hale ante los jueces. Sus palabras fueron confirmadas este agosto cuando la acción de un dron americano en represalia por el último atentado contra fuerzas de Estados Unidos en el aeropuerto de Kabul acabó con diez civiles, nueve de ellos de una misma familia incluidos siete niños de entre 2 y 12 años de edad…

Derrumbe súbito

Oficialmente el gasto de Estados Unidos en la guerra ha sido cifrado en más de 2,2 billones de dólares, pero mucho de ese gasto se ha financiado con créditos, por lo que el gasto publico real, lo que se deberá devolver, ascenderá a 6,5 billones contando los intereses. “Siempre pensé que eran los fabricantes de armas quienes promocionaban estas guerras, pero quien sabe, a lo mejor son las instituciones financieras”, dice el analista americano Juan Cole.

Los Estados Unidos se han ido dejando un enorme arsenal de tanques, aviones y vehículos blindados a los talibán, incluidos sistemas de identificación biométrica (HIIDE) con sus bancos de datos de los que los talibán harán, sin duda, un uso apropiado. La base y centro de detención y tortura de Bagram fue abandonada en una noche sin avisar siquiera a sus aliados. Su gobierno títere y su ejército y fuerzas de seguridad de 300.000 efectivos se ha fundido en una semana y tomando por sorpresa a los aparatos de inteligencia más sofisticados del mundo. Su presidente huyó a Dubai con 169 millones de dólares en maletas, uno de sus subalternos dejó en el parking dos Toyota cargados de billetes que no hubo tiempo de cargar en el avión. Cualquiera de estos asuntos convierte la segunda retirada en una debacle, y uno no puede evitar pensar en qué habría pasado mediáticamente si los protagonistas de tal espectáculo hubieran sido los rusos o cualquier otro adversario de Occidente y no los propietarios de la mayor fabrica de mentiras duraderas de la historia. Incluso sin esa ventaja, la pérdida de posiciones para el imperio del caos será cuantiosa.

¿Y España?

Oficialmente España se ha gastado 3500 millones de euros (El País mencionaba 3700 millones en 2015) en la intervención en Afganistán, es decir, “en expandir las múltiples violencias (directa, estructural y cultural) que ya se padecían antes en Afganistán”, como dice Juan Carlos Rois en un raro y clarividente artículo. A ese dinero habría que sumar, como dice ese autor, el valor de las 17.000 toneladas de armas que Aznar donó al ejército y los más de 500 millones gastados en cooperación entre 2001 y 2014. España ha enviado 27.000 soldados de los que 102 murieron en la “operación más larga, masiva y cara que ha llevado adelante”. Desde Felipe González, dice Rois, los gobiernos del PP y del PSOE (y ahora del PSOE con Podemos) nos han involucrado en nada menos que 91 intervenciones militares en el exterior (actualmente 15), con un coste cercano a los 18.000 millones de euros de gasto y más de 127.000 militares implicados”. ¿Para qué? El ministro de exteriores español, José Manuel Albares, explicó el domingo su balance afgano en una entrevista con La Vanguardia : “la crisis afgana ha puesto a España en el centro político de Europa”. “Somos solidarios y así lo percibe hoy Estados Unidos”. El pobre hombre no lo podía expresar mejor: “La mayor crisis geopolítica de los últimos años ha dado la justa medida de lo que somos”.

Preguntas

¿Qué habría sido de Afganistán si hace cuarenta años Estados Unidos no hubiera armado y financiado a los guerrilleros integristas, adoctrinados por el fundamentalismo que los amigos saudíes siguen irradiando por todo el Islam desde la Universidad de Medina? ¿Donde estaría el país si hace veinte años Washington hubiera negociado la entrega de Bin Laden con los talibán, o se hubiera limitado a enviar a uno de sus comandos de matarifes, en lugar de invadir el país? No lo sabemos, pero Afganistán se habría ahorrado varios millones de muertos y tendría muchas más posibilidades de haber salido del agujero sin la desastrosa intervención militar extranjera de sus últimos cuarenta años.

Fuente: Publicado en Ctxt en dos partes (reproducido del blog de Rafael Poch: https://rafaelpoch.com/2021/09/05/afganistan-dos-retiradas-i/ y https://rafaelpoch.com/2021/09/05/afganistan-dos-retiradas-y-ii/#more-693)

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