La cultura individualista es hegemónica en nuestra sociedad, especialmente en la occidental, en un proceso de imposición, pero también de aceptación voluntaria que dura ya más de cincuenta años. Las condiciones del capitalismo, a medida que incorporaba tecnología y aumentos de productividad, requería de una mayor individualización y la fragmentación de cualquier consideración social y colectiva. En la cultura y el pensamiento se ha ido imponiendo todo lo que desmantelara las pretensiones de transformación y cambio en el aspecto social.
En este sentido, la Escuela de Frankfurt, primero, y el pensamiento francés de la posmodernidad, después, han legitimado el capitalismo cognitivo como el único escenario social posible. Desmontar pensamientos utópicos o emancipadores resultaba crucial, pero especialmente deshacer las esperanzas inherentes a la izquierda y el progresismo. Había que desmembrar los argumentos de racionalidad y las ideas de progreso sobre las que se fundamentaban. Dinamitar el significado de la Ilustración era clave, y a esta tarea se dedicaron intensamente.
Así, el progresismo se «liberaba» del marxismo como método de análisis materialista y se encaminaba hacia un nihilismo que lo llevaba al relativismo. Sin embargo, era necesario dotar a la izquierda de un nuevo discurso, un relato y un propósito, algo por lo que luchar, pero que fuera inoperante y no cuestionara las condiciones económicas y sociales ni pusiera en peligro las hegemonías. La posmodernidad apostó por esto: ideales y batallas inocuas que, mientras tanto, legitimaban el statu quo.
|