Utopías y sugerencias científico-realistas

Salvador López Arnal

Joaquim Sempere y Enric Tello (coords). El final de la era del petróleo barato. Icaria, Barcelona, 2008, 23 páginas.

 

Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 102, 2008.

Por debajo de las diversas aportaciones que contiene El final de la era del petróleo barato vale la pena destacar una motivación compartida: la necesidad de generar utopías realistas, sin oxímoron insalvable, en un ámbito tan central para el futuro no lejano de la Humanidad como es el de las nuevas fuentes energéticas y la transición energética hacia ellas. No se trata de construir cuadros detallados ni modelos de dudosa potencia predictiva, pero sí sugerir, como señala Ernest García, “la apertura de novedosos horizontes culturales”. El final de la era del petróleo barato contienen valiosos testimonios de ello.

Componen este ensayo editado por Joaquim Sempere y Enric Tello, una presentación de los propios coordinadores, nueve capítulos escritos por Ernest García, Sempere, Jordi Roca Jusmet, Josep Puig i Boix, Mariano Marzo Carpio, Óscar Carpintero, Jorge Riechmann, José Manuel Naredo y Eduardo Giordano, y dos anexos, el primero de los cuales presenta datos básicos de la crisis del petróleo y el segundo es un excelente apunte, digno de sosegada reflexión, de Josep Puig i Boix sobre “Las estadísticas de la energía y sus trampas”, con un apunte crítico sobre los factores de conversión usados en el tratamiento del cómputo de la energía de origen nuclear y la proveniente de energías renovables.

Las temáticas discutidas son, pues, de actualidad urgente. La viabilidad de los agrocombustibles, por ejemplo, el asunto discutido por Óscar Carpintero en su contribución –“una polémica que conviene resolver de manera sosegada y racional”-, ha formado parte de la reciente agenda de la Cumbre de la FAO sobre seguridad alimentaria celebrada en Roma. Mientras el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, ha pedido un consenso mundial sobre su utilización, como una de las medidas para paliar el hambre en el mundo, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, uno de los principales países productores, ha defendido su uso sin demasiados matices críticos: ‘Veo con indignación que muchos de los dedos que apuntan contra la energía limpia de los biocombustibles están sucios de aceite y carbón… Los biocombustibles no son el villano”. En cambio, Óscar Carpintero, señala en su aportación que uno, no el único desde luego, de los efectos nocivos de la proliferación en el consumo de bicombustibles es el creciente desarrollo de proyectos en países de Latinoamérica, Asia y África para que destinen una parte importante de su superficie agrícola a la plantación de cultivos energéticos para satisfacer no sus propias necesidades sino el consumo de los países ricos, “poniendo así en mayor riesgo su seguridad alimentaria y aumentando sus servidumbres ambientales con los países desarrollados”.

Este es uno de los temas discutidos en el volumen. No es el único. Doy breve cuenta de algunas de las problemáticas tratadas. Ernest García, en el último apartado de su aportación –“Del pico del petróleo a las visiones de una sociedad post-fosilista”-, presenta y discute algunas de las visiones sobre las nuevas sociedades post-fosilistas. Una de sus preferidas es la defendida por Howard y Elisabeth Odum: los ecosistemas y las civilizaciones tienen en común un ciclo de cuatro fases –crecimiento, clímax, descenso, lenta recuperación de los recursos-. La aplicación de recursos adecuados a una situación de recursos limitados –escala reducida, eficiencia y cooperación- puede hacer que el descenso, inevitable por demás, sea benigno y compatible con el mantenimiento de una nivel suficiente de bienestar.

Joaquim Sempere advierte en su contribución –“Los riesgos y el potencial político de la transición a la era post-petróleo”- que la necesaria transición energética no va a ser ocasión para que se pongan en marcha las utopías ecologistas de los ‘60 y ‘70 de “pequeñas unidades territoriales relativamente autosuficientes en la captación de energía”. El gran capital, nuevamente, está ocupando el terreno energético y gestionándolo como una ocasión para relanzar la economía de los negocios con su dinámica de acumulación y crecimiento indefinidos. Advierte Sempere que si no prevalecen principios democrático-igualitarios, podemos vernos abocados a ecofascismos o ecoautoritarismos asociados a formas de imperialismo que “exporten“ al Sur, que sí existe para estas “externalidades”, los efectos más destructivos de la crisis ecológica.

Jordi Roca i Jusmet apunta en su comunicación sobre el cambio climático que tanto el protocolo de Kyoto como el mercado de derechos de CO2 pueden considerarse importantes pasos internacionales para dar respuesta al exceso de emisiones, pero que el mercado europeo es un instrumento interesante pero parcial cuyo potencial se ha visto limitado “por la generosa distribución de derechos (que ha llevado a unos precios bajísimos) y por la posibilidad de cubrir los compromisos acudiendo a los mecanismos de flexibilización de Kyoto”. La situación española, advierte, es la más problemática.

Josep Puig i Boix señala en su contribución los derechos energéticos básicos necesarios para consolidar un sistema energético descentralizado o distribuido, eficiente, seguro, limpio y renovable. Entre ellos: el derecho a saber el origen de la energía que cada uno utiliza, el derecho a saber los efectos ecológicos y sociales de los sistemas energéticos que hacen posible el suministro de energía a cada usuario final de servicios energéticos o el derecho a introducir a las redes la energía generada in-situ. Estos derechos deben ir acompañados de las correspondientes responsabilidades ciudadanas. Entre ellas, la responsabilidad de autolimitarse en el uso de cualquier forma de energía y la de utilizar la energía generada con sentido común y evitando derroches de todo tipo.

Mariano Marzo Carpio, después de argüir que nos acercamos inexorablemente al fin de la era del petróleo abundante y barato, con su consiguiente repercusión negativa sobre la economía, y la irrupción de una nueva situación que requerirá una reestructuración en profundidad del sistema energético global, finaliza su aportación sobre “El hombre del hidrocarburo y el ocaso de la era del petróleo” con una disyuntiva realista y nada marginal: ha llegado el momento de plantear sin tapujos a la sociedad si desea optar por considerar el crecimiento económico como un fin en sí mismo o bien como un medio para alcanzar una cierta calidad de vida, no sólo material desde luego. No hay que llamarse a engaño: si se escoge la primara opción, no tiene sentido alguno hablar más tarde de sostenibilidad. Es un autoengaño interesado, retórica vacía.

Óscar Carpintero, en una de las aportaciones más políticas del volumen, después de hacer un balance crítico de los agrocombustibles, presenta un ajustado balance de los argumentos esgrimidos para dudar también del uso de la biomasa con fines principalmente energéticos. En sus conclusiones, señala la necesidad de redoblar esfuerzos en promover una nueva cultura energética de la gestión de la demanda (ahorro, eficiencia, movilidad), un decisivo apoyo a la energía solar en sus diferentes modalidades y conectar la política de residuos con la biomasa y con el principio de cerrar los ciclos de materiales en los procesos productivos, la agricultura ecológica y la lucha contra la erosión.

La aportación de Jorge Riechmann –“Chocando contra los límites: veinte tesis sobre biomasa y agrocombutibles”- es un texto magníficamente documentado, lleno de propuesta y matices. No cabe aquí resumirlo pero sí dar cuenta de una de sus tesis centrales: sustituir el petróleo y gasóleo que mueve los motores de nuestro vehículos por carburantes elaborados a partir de biomasa sólo sería una buena idea con muchos menos vehículos de motor en el planeta y mucho menor uso de los mismos. Es necesario, pues, otro modelo de transporte que logre una movilidad suficiente a través del transporte colectivo, el transporte sobre raíles y bicicletas. Suficiente, remarca Riechmann, es noción esencial: “nuestro sobreconsumo de energía en general y de combustibles fósiles en particular ha de abordarse con decididas políticas de suficiencia, de autocontención, de gestión de demanda”.

José Manuel Naredo sostiene en su contribución, en línea con lo defendido con J. M. Valero en Desarrollo económico y deterioro ecológico, que la sostenibilidad o viabilidad ecológica de un sistema económico debe enjuiciarse atendiendo no tanto a la intensidad en el uso “que hace de los stocks de recursos no renovables como a su capacidad para cerrar los ciclos de materiales mediante la recuperación o el reciclaje, con ayuda de fuentes renovables”. La aplicación de la metodología propuesta permitiría comparar el conjunto de la exergía almacenada en la corteza terrestre con la origen solar, “expresando en términos meridianamente cuantitativos el conflicto que plantea en términos físicos la sostenibilidad global de la civilización que nos ha tocado vivir”.

Eduardo Giordano, en “Economía política del petróleo y militarismo”, en línea con anteriores contribuciones, afirma argumentadamente que la economía del petróleo es sector no regulado por las leyes de la oferta y la demanda sino por el poder cuasi-monopólico de las grandes corporaciones y por la especulación, y “que esta última se alimenta de los conflictos bélicos promovidos por los países de origen de los mayores corporaciones petroleras, beneficiarias a su vez de los aumentos de precios así inducidos”. De este modo, Giordano argumenta que los guerras del petróleo pueden tener efectos positivos notables para la economía sin necesidad de que llegue a concretarse una ocupación operativamente rentable de un determinado país. En determinados contextos económicos, sostiene, “los países que controlan los flujos internacionales del mercado del petróleo pueden obtener más provecho “dejando fuera de servicio” a algunos grandes productores que estimulando su producción petrolífera”.

Los coordinadores señalan en su presentación que el horizonte no lejano de una era post-fosilista obliga a reconsiderar el modo de producir, comerciar, residir y consumir de la especie humana. No es obvio que a largo plazo pueda mantenerse, y muchos menos generalizarse, sean cuales sean las fuentes energéticas alternativas, el elevadísimo consumo energético exosomático de los países enriquecidos. La situación obliga a representar medio y finalidades. El fin de la era del petróleo plantea nuevamente la necesidad de un cambio radical del modelo de sociedad y la derivada política anexa: el renacimiento de un izquierda ecologista capaz de recuperar la idea de una planificación democrática de la economía. El final de la era del petróleo barato  puede ayudar a ello de la mejor forma concebible: con datos, con argumentaciones, con críticas, despejando falsedades y senderos irresponsables y señalando finalidades alcanzables que intentan responder documentadamente al reto, ya centenario y tan actual por otra parte, del gran científico, activista y filósofo Otto Neurath: “si el mundo aprendió en 1914 a planificar una economía de guerra, ¿por qué no aprendemos a panificar la economía para la paz y la libertad?”.

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