El coronavirus no puede salvar el planeta, pero nosotros podemos, si aprendemos de gente corriente

Ashish Kothari

Es fascinante que las únicas personas que no saben nada de la pandemia del Covid-19 sean también aquellas a las que no les afecta en absoluto: pueblos sin ningún contacto o aislados en los bosques del Amazonas y Papúa Nueva Guinea, un par de comunidades adivasi en las islas Nicobar, quizá algunos grupos en el círculo polar ártico. ¡Ojalá estuviese entre ellos, tanto por escapar del virus como para estar misericordiosamente lejos de la cháchara incesante sobre el tema! Pero hay también algunos aspectos positivos de este sorprendente K.O. que ha recibido la humanidad que voy a añadir a la cháchara. Obsérvese que digo “aspectos positivos” porque estamos en medio de una crisis humanitaria enorme, no solo por el sufrimiento de los enfermos y los familiares de quienes están muriendo, sino también para los trabajadores que no pueden trabajar “en línea”, cuyo trabajo de salario diario está en peligro, cuyas frutas y verduras se quedan sin vender, cuyas industrias han cerrado y quienes, a diferencia de sus jefes capitalistas o del gobierno no tienen recursos guardados a los que recurrir.  No se puede hablar positivamente de una crisis en la que ya han muerto 100.000 personas y en la que según los datos de la Organizacion Internacional del Trabajo 195 millones de personas han perdido su empleo (https://news.un.org/en/story/2020/04/1061322).

La pandemia del coronavirus ha captado la atención mundial como ninguna otra enfermedad antes, generando acciones históricamente sin precedentes por parte de los gobiernos, en parte porque ha golpeado a los ricos y puesto a la economía mundial de rodillas. Pero no debemos olvidar que, como siempre, los ‘pobres’ están pagando un precio más alto. Esto también es verdad para otras crisis globales en curso, como la climática, la de la pérdida de biodiversidad y otros conflictos. Todo lo que digo en este artículo tiene que ser atemperado por esta tremenda realidad. Se nos ha otorgado la increíble oportunidad de arreglar muchos males históricos. Uno de ellos tiene que ver con cómo hemos tratado nuestro hogar, nuestro planeta. Y el otro tiene que ver con cómo nuestras políticas y economías han marginado grandes sectores de la humanidad, los que sufren desproporcionadamente las consecuencias de múltiples crisis globales. Y los dos están conectados.

¿Qué nos dice la crisis?

Hemos visto en todo el mundo imágenes de lo limpio está el aire en ciudades como Pekín o Nueva Delhi desde que el virus se encargó de detener el tráfico de vehículos, las industrias y otras fuentes de contaminación (https://www.theguardian.com/environment/2020/apr/11/positively-alpine-disbelief-air-pollution-falls-lockdown-coronavirus; https://www.bbc.com/news/science-environment-51944780). El cese de buena parte del tráfico aéreo (https://www.economist.com/business/2020/03/15/coronavirus-is-grounding-the-worlds-airlines) debe haber reducido significativamente las emisiones de carbono. Igualmente muchas poblaciones de peces y demás vida acuática y de animales salvajes terrestres, deben estar respirando un poco más aliviados ya que la pesca y la caza a escala industrial, y la contaminación, deben estar disminuyendo significativamente.

En El quinto día de Frank Schätzing, microorganismos de las profundidades del mar forman una inteligencia colectiva y desatan una venganza a escala masiva sobre una humanidad fuera de control por su absoluta indiferencia ante los límites ecológicos del planeta. No soy supersticioso, pero ¿quién sabe si los virus no están haciendo exactamente lo mismo? ¿Por qué deberíamos pensar que solo los humanos tenemos agencia, y el resto de la naturaleza son meros observadores?

Pero aunque el mensaje de los virus no haya sido generado conscientemente, deberíamos prestarle atención. Las formas industriales de uso de los recursos naturales (incluidas la caza para el mercado mundial en lugar de para su uso para la subsistencia y los mercados locales, y la agricultura comercial de monocultivo) han alterado los sistemas naturales irreversiblemente, con consecuencias fatales para millones de especies y para nosotros mismos (https://theecologist.org/2020/feb/04/eating-animals-will-be-death-ushttps://www.theguardian.com/environment/2020/mar/18/tip-of-the-iceberg-is-our-destruction-of-nature-responsible-for-covid-19-aoe?CMP=Share_AndroidApp_Gmail; https://climateandcapitalism.com/2020/03/11/capitalist-agriculture-and-covid-19-a-deadly-combination/). Entre muchas otras consecuencias, estamos liberando cada vez con más frecuencia microorganismos que anteriormente no afectaban a los seres humanos pero que ahora nos captan como nuevos huéspedes. Y este es solo un tipo de impacto; otros pueden ser el rápido y extendido colapso de los ecosistemas que mantienen nuestros modos de vida o dan seguridad a miles de millones de personas… y finalmente de la capacidad del planeta de mantener la vida tal como la conocemos.

Devastación provocada por la minería de carbón, Vidarbha, Maharashtra (India) ©Ashish Kothari

Todo esto es consecuencia de la carrera desbocada de tres fuerzas: el capitalismo, el estatismo (el dominio del estado sobre nuestras vidas) y el patriarcado. No es solo la Tierra, sino grandes sectores de la humanidad los que están sufriendo. El abismo creciente entre los que tienen y los que no ha crecido tanto que hasta aquellos que se benefician de él están preocupados, aunque solo sea porque teman el contragolpe. La falta de un sistema de salud accesible para millones de personas de países llamados ‘desarrollados’ como los EEUU, donde la industria médica y farmacéutica ha estado consiguiendo beneficios sin la menor vergüenza también se ha mostrado con toda su crudeza. El papel central de los combustibles fósiles y el complejo militar-industrial en la destrucción de Tierra y la exacerbación de las desigualdades es más claro que nunca.

¿Cuál es la oportunidad?

Ahora que escucha todo el mundo, tenemos posiblemente la mayor oportunidad de la historia de cambiar el curso. Podemos remodelar la economía y la política, locales y globales, para que sean respetuosas y sensibles a los límites ecológicos, y trabajen para toda la humanidad. Pero esto obliga no a simples arreglos cosméticos de gestión del tipo que los gobiernos aplicaron apresuradamente tras la crisis económica de 2008. Tales arreglos (como los rescates bancarios) de hecho empeoraron las cosas al privilegiar a la élite. Incluso ahora, se están considerando los rescates a la industria aeronaútica en lugar de usar esos recursos para reconstruir los medios de vida de los pobres (https://www.theguardian.com/business/2020/apr/14/us-government-coronavirus-bailout-airlines-industry; https://stay-grounded.org/savepeoplenotplanes/.) Y la solución no está tampoco en el tipo de arreglos tecnológicos que se promueven, como pantallas gigantes (‘geoingeniería’) que supuestamente reducirían el calentamiento global.

Necesitamos transformaciones que sean sistémicas, reemplazando las estructuras actualmente dominantes de injusticia e insostenibilidad con relaciones políticas, económicas y sociales más igualitarias. Necesitamos una enorme transformación hacia una democracia genuina, una swaraj (autogobierno en sánscrito) que abarque no solo a todos los humanos, sino al planeta en su conjunto, basada en una ética de la vida.

¿Qué cambios de rumbo hacen falta?

¿Qué implica esto? Implica revertir la globalización económica, un proceso que se suponía iba a traer prosperidad para todos los pueblos pero que en realidad ha traído una enorme aflicción, el crecimiento de las desigualdades y la devastación ecológica. Este proceso ha supuesto la integración de la producción, el consumo y el comercio en estructuras y relaciones globales complejas de tal manera que ninguna comunidad o país puede tratar de conseguir la autodependencia, o proteger los medios de vida y el medio ambiente de los daños de las corporaciones multinacionales y el comercio injusto. Un sistema cuyas frágiles interdependencias económicas han sido bruscamente reveladas por la crisis del virus. Por ejemplo, cuando los componentes de un solo producto de consumo se hacen en una docena de países, principalmente mediante trabajo informal con poca seguridad económica o legal, el colapso de uno solo de estos eslabones de la cadena puede provocar un efecto dominó en toda la cadena de producción. Esta es una de las principales razones por las que esta crisis puede dar como resultado la pérdida de millones de puestos de trabajo.

Es también un sistema que presuponía el dominio de una forma de ser y conocer (‘occidental’) sobre todas las demás. Bibliotecas enteras de conocimientos, expresadas en miles de idiomas y visiones del mundo y formas de conocer a lo largo de todo el planeta, han sido borradas o están en proceso de serlo debido a la colonización epistemológica.

Para que quede claro, cuando señalo la globalización como uno de los principales factores de la actual crisis, no estoy hablando de las relaciones sociales globales que ayudan al intercambio de ideas, principios, culturas y conocimientos en un plano de igualdad, que han sido un componente valioso de la existencia humana durante milenios.

¿Pero qué reemplazará a la globalización económica? La localización abierta, un proceso para intentar conseguir la autodependencia para cubrir las necesidades básicas (alimentos, agua, vivienda, aprendizaje, salud, gobernanza, dignidad, medios de vida) dentro de determinadas regiones locales a escala humana. En este sistema, cada uno de nosotros en nuestra comunidad local tenemos un nivel de control en la toma de decisiones, y los bucles de realimentación localizados implican que no podemos pasar fácilmente por alto los daños ecológicos y sociales, a diferencia de una economía globalizada en la que el daño por mi sobreconsumo lo paga alguien a miles de kilómetros. Y lo que es más importante: este sistema reduciría significativamente (no eliminaría) la necesidad del movimiento global de productos y personas, con lo que habría muchas menos posibilidades de que los patógenos se expandiesen con rapidez por todo el mundo. También reduciría, en muchos casos incluso revertería, la migración en masa de gente de las áreas rurales a las ciudades, que ha dado como resultado poblaciones densamente compactas donde la enfermedad se puede extender con facilidad. La necesidad de reducir el comercio global y los viajes, y la densidad de ocupación humana, deben estar seguramente entre las mayores lecciones del desastre del coronavirus.

Tejiendo a mano (retomando el control de las necesidades básicas), Common Ground Fair Unity (Maine), Sept 2008 ©Ashish Kothari

Comunidades que muestran el camino

Miles de iniciativas en alimentación, energía, agua y otras formas de soberanía comunitaria de todo el mundo muestran que las soluciones locales pero interconectadas pueden funcionar (muchas de India se muestran en http://www.vikalpsangam.org, y de otras partes del mundo en www.radicalecologicaldemocracy.org, https://www.localfutures.org, https://solutions.thischangeseverything.org). Y muchas de ellas nos muestran lo resiliente que se puede ser durante una pandemia mundial. En India, varios miles de campesinas dalit (cruelmente marginadas en la sociedad patriarcal casteista de India, y haciendo frente al hambre y la malnutrición tres décadas atrás), se organizaron como sanghas (asociaciones) de la Deccan Development Society en unas cuantas decenas de aldeas del estado de Telangana (http://www.ddsindia.com/). Usando sus propias semillas tradicionales, métodos orgánicos, conocimiento local y cooperación, han conseguido la soberanía alimentaria, erradicando completamente el hambre y la malnutrición. Actualmente están donando unos 20.000 kg. de grano para las tareas de asistencia relacionadas con el Covid-19, y alimentando con 1.000 vasos de gachas de mijo cada día a los trabajadores sociales y personal de la policía que están de servicio a pesar del confinamiento en vigor en India.

Mujeres de la Deccan Development Society en una fiesta en Pastapur, Telangana (India), Feb 2020 ©Ashish Kothari

En el Amazonas ecuatoriano, la nación Sapara ha luchado muy duro para conseguir los derechos territoriales colectivos sobre su selva natal. Ahora la defienden contra los intereses petroleros y mineros, e intentan mostrar un modelo de bienestar económico localizado que se combina con su cosmovisión tradicional y nuevas actividades como el ecoturismo dirigido por la comunidad (https://theecologist.org/2019/sep/17/resistance-and-rebuilding-amazon). En la época del Covid, sus ingresos por esto último han caído, pero sus bosques y espíritu comunitario les  dan todo el alimento, agua, energía, vivienda, medicinas, diversión, salud y aprendizaje que necesitan. En grandes áreas de Abya Yala y la isla Tortuga (nombres nativos para las Américas), Australia y el Sudeste asiático, los pueblos indígenas han luchado, y en muchos casos conseguido, por los títulos colectivos para la autodeterminación.

Indígenas sapara luchando para salvar la selva amazónica (Ecuador), Ago 2019 ©Ashish Kothari

En la India central, los pueblos adivasi (indígenas) de más de 90 aldeas han formado un Mahagramsabha (federación de asambleas de aldea) para ir hacia el autogobierno, la resistencia a la minería, la conservación y el uso sostenible de los bosques mediante el reconocimiento de los derechos comunitarios, y el empoderamiento de las mujeres y los jóvenes en la toma de decisiones (http://www.vikalpsangam.org/article/transformative-alternatives-at-korchi/#.XpdWty2B2V4). Algunos de sus miembros que habían migrado en busca de trabajo han vuelto durante el confinamiento del Covid, y no tienen ingresos. Las asambleas de aldea están usando fondos recogidos gracias a una cosecha sostenible y la venta de productos del bosque para ayudarlos a superar el periodo de crisis.

Reunión de Korchi Mahagramsabha, dist. Gadchiroli, Maharashtra (India) ©Shrishtee Bajpai

Por todo el mundo, ‘territorios de vida’ conservados por pueblos indígenas y otras comunidades locales han demostrado albergar algunas de las más importantes áreas de biodiversidad y funciones de ecosistema, proporcionando a millones de personas con que cubrir sus necesidades básicas y reservas de apoyo críticas de alimentos, agua, energía, en las  épocas de crisis y desastres (https://www.iccaconsortium.org). En un webinario reciente organizado por el Consorcio TICCA, una red global de más de 100 organizaciones indígenas, comunitarias y de la sociedad civil, Giovanni Reyes de la tribu kankanaey del norte de Filipinas describió cómo los pueblos indígenas tenían sistemas tradicionales de almacenamiento de grano específicamente para brotes de enfermedades y otros desastres similares.

También globalmente, el movimiento por los comunes está reclamando espacios privatizados o de propiedad estatal para el bien público, como aparcamientos y tierras gubernamentales en desuso para parcelas agrícolas urbanas de gestión colectiva, edificios privados sin uso para viviendas para los pobres y los refugiados, y demás (https://commonstransition.org). Como dice David Bollier, quien con Silke Helfrich ha recopilado varios libros de ejemplos de uso en común y los principios subyacentes: “A lo largo de la historia, el uso de lo común ha sido siempre una estrategia esencial de supervivencia y también lo es en esta crisis. Cuando el estado, el mercado o la monarquía no consiguen cubrir las necesidades básicas, los que trabajan el común normalmente dan un paso adelante para planear su ayuda mutua.”

La mayor parte de estos ejemplos han tenido que luchar en contextos macroeconómicos y políticos adversos, así que imaginemos cuánto más se podrían haber extendido si hubiese un ambiente político positivo. Por ejemplo en India, si los miles de millones de rupias en subsidios a los fertilizantes químicos se diesen a pequeños campesinos para generar insumos orgánicos, habría una transición rápida a una agricultura ecológicamente sostenible. Pero también han tenido que enfrentarse a desigualdades socioculturales y discriminaciones arraigadas, especialmente las relacionadas con el género, la etnicidad, la casta, las capacidades y la edad.

Hacia eco-swaraj: una democracia radical ecológica

Es importante destacar que una transformación de este tipo implicaría un regreso a la economía real, centrada en auténticos productos y servicios, y no la loca montaña rusa de la economía virtual de acciones, bonos y derivados en los que una insignifcante minoría de gente se ha vuelto inmensamente rica. Traería de vuelta la importancia de las regiones bioculturales, definidas por relaciones sociales y ecológicas cercanas, tangibles. Pondría énfasis una vez más en que en lugar de la privatización de la naturaleza y los recursos naturales (tierra, agua, bosques, e incluso conocimientos e ideas), necesitamos que estas estén bajo dominio público, con una custodia democrática. También presionaría por una reducción importante del uso total de materia y energía, y especialmente la de la élite mundial, tal como defiende convincentemente el movimiento decrecentista de Europa (https://www.degrowth.info/en/2020/03/a-degrowth-perspective-on-the-coronavirus-crisis/).

Es importante que todo esto esté acompañado de democracia radical, esto es, aquella en la que la gente toma el control político en los colectivos en que se encuentran (en lugar de poner toda su fe en partidos elegidos); y por las luchas por la justicia social y la igualdad (de género, casta, etnia y otros frentes). Esto significa también que el llamamiento xenófobo a ‘cerrar las fronteras’ de los elementos  fanáticos religiosos de extrema derecha no es lo que yo defiendo. Iniciativas de la sociedad civil en Grecia y muchos otros países europeos han demostrado la posibilidad de una localización abierta, en la que los intentos de autodeterminación y autodependencia se combinan con la bienvenida a refugiados de áreas desgarradas por la guerra (https://www.radicalecologicaldemocracy.org/wp-content/uploads/2020/04/Alternatives-in-a-world-of-crisis-2019-2nd-ed1.pdf). Y esto funciona en las dos direcciones, donde los migrantes también pueden mostrar lo que pueden devolver. Como parte de la cooperativa Barikama, migrantes africanos que habían sido explotados en plantaciones de Italia están trabajando con especial dureza para producir y distribuir alimentos a la población confinada del país (https://www.theguardian.com/world/2020/apr/01/a-beautiful-thing-the-african-migrants-getting-healthy-food-to-italians).

A largo plazo, por supuesto, las zonas de conflicto de donde esta gente ha huído, deben convertirse en áreas de localización pacífica, como se ha intentado por ejemplo en el movimiento increíblemente valiente del pueblo kurdo (especialmente sus mujeres) en la zona fronteriza de Siria-Irán-Irak-Turquía. Tanto este como el movimiento de autonomía zapatista en México demuestran como las comunidades pueden resolver multitud de cuestiones mediante la democracia radical local, fundada en principios de ecofeminismo.  La campaña sudafricana dirigida por trabajadores de ‘un millón de puestos de trabajo climáticos’ (http://aidc.org.za/programmes/million-climate-jobs-campaign/about/) y el Green New Deal de Bernie Sanders en los EEUU (https://berniesanders.com/issues/green-new-deal/) y el Partido Laborista en el Reino Unido (https://www.labourgnd.uk/gnd-explained), a pesar de algunos graves errores (https://wsimag.com/economy-and-politics/61905-the-green-new-deal), muestran con detalles sencillos cómo se puede mover una sociedad hacia la justicia y la sostenibilidad ecológica.

La transformación es necesario que también vaya acompañada de una reconexión espiritual o ética con la Tierra y entre nosotros. Los pueblos indígenas hace mucho que advierten de las consecuencias de nuestra alienación del resto de la naturaleza, la inclinación de la modernidad a pensar en los seres humanos como algo fuera de la naturaleza, de alguna manera no atados por los límites y normas del planeta a nuestro alrededor. En sus movimientos han reintroducido una diversidad de formas de ser y conocer… buen vivir, ubuntu, sumac kawsay, kyosei, country, minobimaatasiiwin, swaraj y muchos otros… que hablan de vivir con la tierra y entre nosotros en armonía (https://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/). La gente ‘corriente’ ha demostrado una capacidad de innovación extraordinaria en la creación de soluciones eminentemente prácticas, social y ecológicamente sensatas para las necesidades del día a día, en todo el mundo. Depende del resto de todos nosotros hacer caso a las advertencias, resistir la injusticia, socavar los sistemas de opresión, y aprender del pluriverso de alternativas ya disponibles.

¿Tengo esperanzas en que aprovecharemos esta oportunidad? No lo hicimos cuando el colapso financiero de 2008 puso un foco deslumbrante sobre los males de la globalización económica y las fuerzas capitalistas-estatistas-patriarcales subyacentes. Pero esta crisis es mucho mayor, es diferente, nos muestra con mucha más viveza los peligros de la hiperconectividad económica incluso cuando señala las conexiones ecológicas cruciales de las que depende nuestra vida. Está sacando a relucir un espíritu humanitario y comunitario de formas maravillosamente diversas, como cantar con los vecinos, distribuir panfletos ofreciendo ayuda a los mayores, hacerse voluntarios para la atención sanitaria, aprender a vivir con más lentitud, con estilos de via menos consumistas. Está impulsando o animando a los jóvenes a volver a sus comunidades, aprender de sus mayores cómo vivir de la tierra, como entre los pueblos indígenas de la isla Tortuga (Canadá) (https://www.aljazeera.com/indepth/features/indigenous-canada-turn-land-survive-coronavirus-200401073446077.html). Nos muestra cómo comunidades que han recuperado gobernanza sobre los ecosistemas naturales que les rodean (como algunos en India quienes usando la Ley de Derechos Forestales han creado reservas económicas que pueden ser utilizadas para apoyar a miembros que ya no tienen un empleo debido al colapso económico relacionado con el Covid. Movimientos de jóvenes y mujeres y de pueblos indígenas y otras poblaciones marginadas, ya ejemplares durante muchos años en muchos temas, deben usar estas oportunidades para presionar por una transformación radical, personal y global. Aquí está la esperanza.

Sobre el autor

Ashish es miembro de Kalpavriksh, Vikalp Sangam y Global Tapestry of Alternatives. Una versión anterior y más corta de este artículo fue publicada en The Wire: https://thewire.in/environment/we-will-survive-the-coronavirus-we-need-to-make-sure-we-survive-ourselves
Traducción: Carlos Valmaseda
Fuente: https://www.interfacejournal.net/wp-content/uploads/2020/04/Kothari.pdf

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