Educar para el socialismo

Santiago Alba Rico

Mugalari

Reseña de Educación para la ciudadanía (democracia, capitalismo y Estado de derecho), de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (con ilustraciones de Miguel Brieva). Editorial Akal, Madrid 2007.

Pocas veces un libro al que se ha prestado tanta atención ha sido tan ignorado. Pocas veces se ha hecho tanto ruido para acallar un mensaje. Desde su aparición el pasado mes de mayo, Educación para la ciudadanía (democracia, capitalismo y Estado de derecho) ha sido objeto de un linchamiento mediático estrictamente proporcional a los peligros que contiene, pero que paradójicamente no ha rozado jamás su contenido. Como nos relata el prólogo a la 2ª edición, la obra surgió de la resignación de sus autores (Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero) ante una asignatura que la izquierda también había contestado en vano, contra el PSOE y contra el PP, sin que ninguno de los dos partidos, ni sus medios de comunicación afines, entrase jamás a considerar sus argumentos. Para denunciar el carácter ilusorio de la polémica y para aprovechar su aspereza electoralista, escribieron un libro muy serio y se lo lanzaron a los leones para que desgarraran la cubierta. La derecha, naturalmente, picó. Desde hace cuatro meses gran parte de su campaña contra la asignatura de “educación para la ciudadanía” y contra el gobierno que la inventó pasa por identificar a Zapatero -ojalá fuese cierto- con una obra escrita en realidad contra él. Combinando con exquisito equilibrio la mentira y el insulto, periodistas y medios ultramontanos se han ocupado de hacerle la más exitosa propaganda que pueda desear un editor, sin reparar en el peligro de que lectores atraídos por un escándalo acaben persuadidos por un argumento. Nunca un libro ha recibido mejores recomendaciones. Martín Prieto en El Mundo ha llamado a sus autores “retroprogres majaderos”, “lamelibranquios”, “locos” y “chequistas”; Fernando Savater en ABC “necios y sectarios”; Delgado Gal “ineptos, fanáticos y paranoicos”; La Razón “procubanos desvirgadores de adolescentes”; Libertad Digital “comunistas totalitarios”; Jiménez Losantos y Pedro J. Ramirez “chiflados”; Alfonso Ussía los manda “a que se la ondulen en Cuba”; Melchor Miralles ha pedido en TVE española que los inhabiliten de sus cargos docentes e incluso el parlamento canario, por mediación del PP y CC, solicita a Akal una rectificación y a la inspección su retirada del mercado. Por su parte el PSOE, puesto en aprietos, atenazado entre la defensa de la asignatura y la provocación del libro, se ha refugiado en un incómodo silencio, que no ha roto siquiera para desmentir la mayor: el hecho de que no se trata, como se ha repetido insistentemente, de un manual de uso en las escuelas (aunque los autores anuncian felizmente una versión adaptada al curriculo académico).

Pero la pataleta gritona de la derecha y el silencio del PSOE demuestran que este libro llega en el momento oportuno y hace daño. Si se ha difundido en el calor de una polémica espuria, su valor es completamente independiente de ella. Es un libro peligroso para todos en el mismo sentido en que lo fue Sócrates, su verdadero protagonista, para las oligarquías atenienses del siglo V a. de C.. Y la situación (como bien saben en el País Vasco) no descarta ya que el ejercicio de la mayéutica socrática no caiga también en el lazo de esas falsas leyes que llaman “antiterroristas”. La primera parte de Educación para la ciudadanía (democracia, capitalismo y Estado de derecho) aborda los conceptos de ley, democracia y Estado de Derecho de un modo tan sencillo que incluso los más refinados pedantes -por evocar una cita de Chesterton- podrían entenderlo; con tanto rigor y entusiasmo, con tan comprometido cariño, que Raymond Aron y Hannah Arendt habrían relinchado de emoción; con tan tersa y tozuda vocación ilustrada que Montesquieu, Kant, Voltaire y Rousseau se están regocijando sin duda en sus tumbas. En estas páginas, la aventura histórica de la ciudadanía nos interpela a todos a partir de un principio que podría resumir muy libremente mediante una paradoja que los propios autores explotan: la de que la máxima obediencia coincide con la máxima libertad y, si se quiere, con el máximo anarquismo. Obedecer (en latín ob-audire) quiere decir originalmente “escuchar con atención” y por lo tanto no se trata de defender la libertad superior de la sordera sino de dirigir el oído, y mantenerlo muy abierto, hacia ese lugar donde no hablan los Dioses ni los Reyes ni los Amos ni los Machos; hacia ese lugar donde no habla nadie o donde habla precisamente Nadie y donde cualquier-otro puede reconocerse y reconocer una filiación racional común: es la Ley como coágulo de la libertad política en su paso por el mundo. En ese sentido, la ciudadanía es el imperio de la Ley allí donde la ley asegura -y sólo por eso es ley- que el espacio del que surge va a seguir vacío, que ni el Dinero ni la Raza ni la Iglesia ni el Género se van a hacer “escuchar atentamente” en su lugar. Y por eso precisamente sólo la forma Estado de Derecho, progreso de la razón sin precedentes, garantiza al mismo tiempo las condiciones institucionales necesarias para el ejercicio de la democracia y para la evitación de la demagogia (para impedir al mismo tiempo -es decir- los campos de concentración y su aprobación mediante plebiscito).

El problema es que Educación para la ciudadanía (democracia, capitalismo y Estado de derecho) no acaba en la página 107, hasta donde podríamos ir de la mano incluso con la guardia civil. El problema es que sus autores se toman tan en serio a Aron y Arendt que llegan de pronto a Marx; es decir, a ese punto donde Aron y Arendt resultan muy poco serios y hasta irresponsablemente juguetones. El problema es que la Ley, ese lugar que la revolución francesa había vaciado de dioses y reyes para la obediencia anarquista a la sola razón, está lleno, está ocupado, ha sido usurpado -golpe de Estado estructural- por una fuerza que se hace escuchar aún más tiránicamente que los sacerdotes y los príncipes: el Mercado. El problema es que se nos prometió -y luchamos- por una sociedad constituida políticamente y se nos dio y se nos da capitalismo. “Mientras se entronizaban los derechos del hombre como referente político fundamental”, resumen los autores en la página 227, “el capitalismo proletarizaba a la población. Mientras se decretaba la libertad absoluta del hombre y la “muerte de todos los dioses”, anunciando una república en la que la política sería todopoderosa, el mundo se había convertido ya en un mercado en el que no se podía utilizar la libertad más que para comprar o vender; y la mayor parte de la población no tenía otra cosa que vender más que “su propio pellejo”. La era de la política murió en el mismo momento de nacer”. ¿Tienen que saber esto nuestros niños? ¿Conviene que lo lean nuestros consumidores? ¿Conviene que aprendan lo que es verdaderamente la ciudadanía y bajo qué condiciones se la invoca y se la destruye? ¿Conviene que sepan que lo que convierte el Estado de Derecho en una frágil excepción, la democracia en un ariete empresarial, la ley en una ganzúa de clase, la igualdad, la libertad, la tolerancia, el antirracismo, la ética y la responsabilidad en vanos banderines y cromos, es una economía de guerra que no puede permitirse ninguna de estas cosas sino como incongruencia local, limitada histórica y geográficamente y siempre amenazada por la violencia restauradora que ensangrentó, por ejemplo, Latinoamérica durante todo el siglo XX? ¿Conviene que sepan que si quisieran querer una república, una escuela verdaderamente pública, un trabajo digno y seguro o sencillamente un cielo limpio, se encontrarían de pronto tan desprotegidos como los sindicalistas colombianos, los inmigrantes senegaleses o los patriotas iraquíes? La nueva asignatura de “educación para la ciudadanía”, tiene razón Rajoy, es tan adoctrinadora como el catolicismo que él defiende para las escuelas: porque obliga a aprender y repetir de memoria los atributos de algo que no existe. Zapatero quiere enseñar ciudadanía sin cuestionar las condiciones que impiden ejercerla; quiere, mejor dicho, que heroicos maestros y profesores enseñen a volar, mientras caen, a niños precipitados desde un abismo. Así no se hacen las cosas. Es como si el gobierno obligase por decreto a los mecánicos a arreglar los motores averiados de los automóviles leyendo en voz alta la Constitución delante del capot abierto. Que es, por cierto, lo que nos cuentan que hizo la revolución cultural china: sustituir la ciencia burguesa por el libro rojo de Mao, de manera que los oftalmólogos de Pekín aprendían a operar cataratas repitiendo de memoria algunos pasajes escogidos de la obra del Gran Timonel.

Pero el libro de los hermanos Fernández Liria y Alegre Zahonero (y del genial dibujante Miguel Brieva) no nos cuenta “la aventura de la ciudadanía”, frustrada por el capitalismo, sólo para desenmascarar a Zapatero. Mucho más importante en un momento en que se trata de definir el “socialismo del siglo XXI”, la brillante, vibrante, emocionante y convincente defensa de la tradición ilustrada que hacen sus autores es un reproche también a la izquierda, ingenuamente estafada por la instrumentalización fraudulenta y criminal del discurso del derecho. “Esta estafa”, dice la página 225, “habría resultado mucho más difícil si la izquierda no se hubiera empeñado tan alegremente en regalar al enemigo el concepto de Estado de Derecho. Lo que tenía que haber hecho, al contrario, era demostrar que semejante proyecto es imposible bajo condiciones capitalistas de producción. Poner en evidencia a todos los que, diciendo defender el Estado de Derecho, no defienden en realidad más que unos privilegios históricos, del mismo modo que podrían defenderlos genéticos”. En lugar de esto, la izquierda se empeñó en combatir el Derecho -e incluso la forma misma de la ley- como un obstáculo para el socialismo, sin comprender que el socialismo es al mismo tiempo la condición y el efecto de este poner la sociedad en Estado de Derecho. Con los autores, yo también creo que la obediencia anarquista a la razón, la libertad de escuchar atentamente a cualquier-otro, debe coagular en leyes e instituciones que nos protejan de los campos de concentración y de su aprobación mediante plebiscito o, lo que es lo mismo, de la privatización de los medios de producción y de su “democratización” mediante falsas constituciones; y que, del mismo modo que debemos reapropiarnos de una propiedad que el capitalismo no sabe usar sin condenar a más de la mitad de la humanidad a la enfermedad y la muerte y al conjunto del planeta -quizás- a una destrucción prematura, debemos reapropiarnos también de esa gran conquista de la ciudadanía -el derecho- que el capitalismo dejó caer con la cabeza de Robespierre y que sólo sabe nombrar para anularla y despreciarla . Por eso este libro está destinado a convertirse, a mi juicio, en un hito importante en la tradición teórica de la izquierda y en un manual indispensable de iniciación al socialismo: apasionante como la Isla del Tesoro, provocativo y didáctico, divertido y esclarecedor, dolorosamente irrefutable, se atreve a poner en cero la tradición, para empezar a pensar sin remordimientos ni presiones, y a despejar mentalmente el camino justo cuando en Latinoamérica otros han comenzado a desbrozarlo materialmente.

 

 

 

 

 

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