Afganistán: el fin de la ocupación

Nancy Lindisfarne y Jonathan Neale

Aunque la crítica de este texto a los comunistas afganos de los años 70 y 80 nos parece errónea e injusta, creemos que el análisis de las causas de la derrota de EEUU en Afganistán tiene elementos interesantes, por lo que hemos decidido traducir el artículo y publicarlo en estas páginas.

 

Se están escribiendo un montón de tonterías en Gran Bretaña y los Estados Unidos. La mayor parte de estas tonterías esconden un cierto número de verdades importantes.

Primera, los talibanes han derrotado a los Estados Unidos.

Segunda, los talibanes han ganado porque tienen más apoyo popular.

Tercera, esto no sucede porque la mayor parte de los afganos amen a los talibanes. Es porque la ocupación estadounidense ha sido insoportablemente cruel y corrupta.

Cuarta, la Guerra contra el Terror ha sido también derrotada políticamente en los Estados Unidos. La mayoría de los estadounidenses están ahora en favor de una retirada de Afganistán y contra más guerras en el extranjero.

Quinta, esto es un punto de inflexión en la historia mundial. El mayor poder militar del mundo ha sido derrotado por la gente de un pequeño país desesperadamente pobre. Esto debilitará el poder del imperio estadounidense en todo el mundo.

Sexta, la retórica de salvar a las mujeres afganas ha sido empleada ampliamente para justificar la ocupación, y muchas feministas en Afganistán han escogido el bando de la ocupación. El resultado es una tragedia para el feminismo.

Este artículo explica estos puntos. Como es una pieza breve, afirmamos más de lo que probamos. Pero hemos escrito abundantemente sobre género, política y guerra en Afganistán desde que hicimos allí trabajo de campo como antropólogos hace casi cincuenta años. Proporcionamos vínculos a buena parte de este trabajo al final de este artículo, para que puedan explorar nuestros argumentos con más detalle.[1]

Una victoria militar

Esta es una victoria militar y política para los talibanes. Es una victoria militar porque los talibanes han ganado la guerra. Durante al menos dos años las fuerzas del gobierno afgano –el ejército nacional y la policía– han estado sufriendo más y más heridos y muertos todos los meses que gente reclutada. Así que esas fuerzas están disminuyendo.

En los últimos diez años los talibanes han estado tomando el control de más y más aldeas y algunos pueblos. En los últimos doce días han tomado todas las ciudades.

No ha sido un avance relámpago a través de las ciudades y luego sobre Kabul. La gente que tomó cada una de estas ciudades hacía mucho que estaba en las inmediaciones, en las aldeas, esperando el momento. De manera crucial, en el norte los talibanes habían estado reclutando incesantemente tayikos, uzbekos y otros.

Esta es también una victoria política para los talibanes. Ninguna guerrilla insurgente de este planeta puede conseguir estas victorias sin apoyo popular.

Pero quizá apoyo no sea la palabra apropiada. Se trata más bien de que los afganos han tenido que escoger bando. Y la mayoría del pueblo afgano ha escogido el bando de los talibanes frente al bando de los ocupantes estadounidenses. No todos ellos, pero más.

La mayoría de los afganos también han escogido el bando de los talibanes frente al del gobierno afgano del presidente Ashraf Ghani. De nuevo, no todos ellos, pero más que el apoyo conseguido por Ghani. Y más afganos han escogido el bando de los talibanes que el de los señores de la guerra. La derrota de Dostum en Sheberghan y la de Ismail Khan en Herat es una imponente prueba de ello.

Los talibanes de 2001 eran abrumadoramente pastunes, y su política era chovinista pastún. En 2021 los luchadores talibanes de muchas etnias han tomado el poder en áreas dominadas por uzbekos y tayikos.

La excepción importante son las áreas dominadas por hazaras en las montañas centrales. Volveremos sobre esta excepción.

Por supuesto, no todos los afganos han escogido el bando de los talibanes. Esta es una guerra contra invasores extranjeros, pero también es una guerra civil. Muchos han luchado por los estadounidenses, el gobierno o los señores de la guerra. Muchos más han hecho compromisos con ambos bandos para sobrevivir. Y muchos otros no estaban seguros de qué bando apoyar y están esperando con mezclas diferentes de miedo y esperanza a ver qué ocurre.

Como es una derrota militar para el poder estadounidense, reclamar a Biden que haga tal o cual cosa es simplemente tonto. Si las tropas estadounidenses hubiesen permanecido en Afganistán, hubieran tenido que rendirse o morir. Hubiera sido una humillación aún mayor para el poder estadounidense que la actual debacle. Biden, como Trump antes que él, se había quedado sin opciones.

Por qué tantos afganos escogieron a los talibanes

El que más gente haya escogido a los talibanes no significa necesariamente que la mayor parte de los afganos los apoye. Significa que dadas las limitadas opciones disponibles, esa es la elección que han hecho. ¿Por qué?

La respuesta corta es que los talibanes son la única organización política importante luchando contra la ocupación estadounidense, y la mayor parte de los afganos han terminado odiando esa ocupación.

No siempre fue así. Los EEUU enviaron primero bombarderos y algunas tropas a Afganistán un mes después del 11 de septiembre. Los EEUU tuvieron el apoyo de las fuerzas de la Alianza del Norte, una coalición de señores de la guerra no pastunes del norte del país. Pero los soldados y líderes de la Alianza en realidad no estaban preparados para luchar junto con los americanos. Dada la larga historia de resistencia afgana a las invasiones extranjeras, la más reciente la ocupación rusa entre 1980 y 1987, eso hubiera sido demasiado vergonzoso.

Por otra parte, en cambio, casi nadie estaba preparado para luchar para defender al gobierno talibán entonces en el poder. Las tropas de la Alianza del Norte y los talibanes se enfrentaban en una guerra falsa. Entonces los EEUU, los británicos y sus aliados extranjeros empezaron a bombardear.

Los servicios militares y de inteligencia pakistaníes negociaron un fin al punto muerto. Se permitiría a los Estados Unidos tomar el poder en Kabul e instalar un presidente de su elección. A cambio, a los líderes y bases talibanes se les permitiría volver a casa en sus aldeas o al exilio cruzando la frontera de Pakistán.

Este acuerdo no fue ampliamente publicitado en los EEUU y Europa en ese momento por razones obvias, pero nosotros informamos de él, y era ampliamente conocido en Afganistán.

La mejor prueba de este acuerdo negociado es lo que sucedió a continuación. Durante dos años no hubo resistencia a la ocupación estadounidense. Nada, en ninguna aldea. Muchos miles de antiguos talibanes se quedaron en esas aldeas.

Este es un hecho extraordinario. Pensemos en el contraste con Irak, donde la resistencia estuvo muy extendida desde el primer día de la ocupación en 2003. O pensemos en la invasión rusa de Afganistán en 1979, que se encontró con el mismo muro de ira.

La razón no era simplemente que los talibanes no estuviesen luchando. Era que la gente corriente, incluso en el corazón talibán en el sur, se atrevieron a confiar en que la ocupación estadounidense traería a Afganistán paz y desarrollaría la economía para terminar con la terrible pobreza.

La paz era crucial. Para 2001 los afganos habían estado atrapados en guerras durante veintitrés años, primero una guerra civil entre comunistas e islamistas; después una guerra entre islamistas e invasores soviéticos; a continuación una guerra entre señores de la guerra islamistas; y por último una guerra en el norte del país entre señores de la guerra islamistas y los talibanes.

Veintitrés años de guerra significaban muerte, mutilaciones, exilio y campos de refugiados, pobreza, innumerables tipos de aflicciones y un miedo y ansiedad inacabables. Quizá el mejor libro sobre lo que significó sea el de Klaits y Gulmanadova Klaits Love and War in Afghanistan [Amor y guerra en Afganistán](2005). La gente estaba desesperada por conseguir la paz. En 2001 hasta los partidarios de los talibán sentían que una mala paz era mejor que una buena guerra.

Además, los Estados Unidos eran fabulosamente ricos. Los afganos creían que la ocupación les llevaría a un desarrollo que los rescatase de la pobreza.

Los afganos esperaban. Los EEUU trajeron guerra, no paz

Las tropas de los EEUU y Gran Bretaña ocuparon bases en las aldeas y pequeños pueblos del corazón talibán, las áreas principalmente pastunes del sur y el este. A estas unidades nunca se les informó del acuerdo informal negociado entre los americanos y los talibanes. No se les podía decir, porque eso hubiera avergonzado al gobierno del presidente Bush. Así que las unidades de los EEUU creían que su misión era erradicar a los ‘tipos malos’ que estaban obviamente todavía allí.

Las redadas nocturnas derribaban puertas, humillando y aterrorizando a familias, llevándose a los hombres para ser torturados en busca de información sobre los otros tipos malos. Fue aquí, y en otros agujeros negros por todo el mundo, que los militares y los servicios de inteligencia estadounidenses desarrollaron los nuevos estilos de tortura que el mundo vería brevemente en Abu Ghraib, la prisión estadounidense en Irak.

Algunos de los hombres detenidos eran talibanes que no habían estado luchando. Algunos eran simplemente gente traicionada y entregada a los americanos por enemigos locales que deseaban su tierra o les guardaban rencor.

Las memorias del soldado estadounidense Johnny Rico, Blood Makes the Grass Grow Green [La sangre hace crecer verde la hierba], nos proporciona un relato útil de lo que sucedió a continuación. Familiares y aldeanos indignados disparaban algunos tiros al azar a los americanos en la oscuridad. El ejército americano pateaba más puertas y torturaba más hombres. Los aldeanos disparaban algunos tiros más al azar. Los americanos pedían ataques aéreos y sus bombas mataban a familia tras familia.

La guerra volvió de punta a punta del sur y el este del país.

La desigualdad y la corrupción se dispararon

Los afganos tenían esperanzas en un desarrollo que beneficiase tanto a los ricos como a los pobres. Parecía una cosa tan obvia y tan fácil de hacer. Pero no entendían la política estadounidense en el exterior. Y no entendían la profunda dedicación del 1% de los Estados Unidos a la espiral de desigualdad en su propio país.

Así que los estadounidenses despilfarraron dinero en Afganistán. Pero fue para la gente en el nuevo gobierno encabezado por Hamid Karzai. Fue para la gente que trabajaba con los estadounidenses y para las tropas ocupantes de otros países. Y fue para los señores de la guerra y su entorno profundamente implicados en el comercio internacional de opio y heroína facilitado por la CIA y los militares pakistaníes. Fue para la gente lo suficientemente afortunada como para poseer casas lujosas y bien defendidas en Kabul que pudiesen alquilar al personal expatriado. Fue para los hombres y mujeres que trabajaban en ONG financiadas desde el extranjero.

Por supuesto la gente en estos grupos se superponía.

Los afganos hacía mucho que se habían acostumbrado a la corrupción. La esperaban y la odiaban al mismo tiempo. Pero esta vez la escala no tenía precedentes. Y a los ojos de la gente pobre y de ingresos medianos, toda la obscena nueva riqueza, sin importar como hubiese sido conseguida, parecía ser corrupción.

En la última década los talibanes han ofrecido dos cosas de punta a punta del país. La primera es que no son corruptos, como no lo eran cuando gobernaban antes de 2001. Son la única fuerza política en el país de la que se haya podido decir que esto fuese cierto.

Es crítico que los talibanes hayan dirigido un sistema judicial honesto en las zonas rurales que han controlado. Su reputación es tan alta que muchas personas involucradas en juicios civiles en las ciudades han acordado que ambas partes acudirán a los jueces talibanes en el campo. Esto les permite una justicia rápida, barata y justa sin enormes sobornos. Debido a que la justicia es justa, ambas partes pueden vivir con ello.

Para la gente en las áreas controladas por los talibanes, una justicia justa era también una protección contra la desigualdad. Cuando los ricos pueden sobornar a los jueces, pueden hacerles a los pobres todo lo que quieran. La tierra era lo crucial. Los hombres ricos y poderosos, los señores de la guerra y los funcionarios del gobierno podían apoderarse, robar o engañar de alguna forma para controlar la tierra de los pequeños campesinos, y oprimir a los aún más pobres aparceros. Pero los jueces talibán, según todo el mundo entendía, estaban dispuestos a gobernar para los pobres.

El odio a la corrupción, a la desigualdad y a la ocupación se fusionaron.

20 años después

2001, cuando los talibanes cayeron ante los estadounidenses después del 11 de septiembre, fue hace veinte años. Han sucedido enormes cambios en los movimientos políticos de masas en veinte años de guerra y crisis. Los talibanes han aprendido y han cambiado. ¿Cómo podría ser de otra forma? Muchos afganos, y muchos expertos extranjeros, lo han comentado. Giustozzi ha utilizado el útil concepto de neotalibanes.[2]

Este cambio, tal como se ha presentado públicamente, tiene varios aspectos. Los talibanes han comprendido que el chovinismo pastún era una gran debilidad. Ahora destacan que son musulmanes, hermanos de todos los otros musulmanes, y que quieren y tienen el apoyo de musulmanes de muchos grupos étnicos.

Pero ha habido una enconada división en las fuerzas talibanes en los últimos años. Una minoría de luchadores y partidarios talibanes se han aliado con el Estado Islámico. La diferencia es que el Estado Islámico lanza ataques terroristas sobre chiítas, sijs y cristianos. Los talibanes en Pakistán hacen lo mismo, como la pequeña red Haqqani patrocinada por la inteligencia pakistaní. Pero la mayor parte de los talibanes son creíbles cuando condenan todos estos ataques.

Volveremos a esta división más tarde, porque tiene implicaciones en lo que sucederá después.

Los nuevos talibanes también han destacado su preocupación por los derechos de las mujeres. Dicen que dan la bienvenida a música y vídeos, y han moderado los flancos más fieros y más puritanos de su antiguo gobierno. Y ahora dicen una y otra vez que quieren gobernar en paz, sin venganzas sobre la gente del viejo orden.

Cuánto de esto es propaganda y cuánto verdad es difícil de decir. Además, lo que suceda después es profundamente dependiente de lo que suceda con la economía, y de las acciones de las potencias extranjeras. De eso, hablaremos más tarde. Lo que aquí queremos señalar es que los afganos tienen razones para escoger a los talibanes frente a los americanos, los señores de la guerra y el gobierno de Ashraf Ghani.

¿Y qué pasa con el rescate de las mujeres afganas?

Muchos lectores se preguntarán ahora, insistentemente, ¿pero qué pasa con las mujeres afganas? La respuesta no es simple.

Tenemos que empezar por retrodecer a los años 70. En todo el mundo había sistemas particulares de desigualdad de género mezclados con sistemas particulares de desigualdad de clase. Afganistán no era diferente.

Nancy hizo trabajo de campo antropológico con las mujeres y hombres pastunes en el norte del país a principios de los 70. Vivían de la agricultura y la ganadería. El libro posterior de Nancy Bartered Brides: Politics and Marriage in a Tribal Society [Novias en trueque: política y matrimonio en una sociedad tribal], explica las conexiones entre las divisiones de clase, género y etnia de ese momento. Y si quieres saber lo que esas mujeres pensaban sobre sus vidas, preocupaciones y alegrías, Nancy y su antiguo compañero Richard Tapper han publicado recientemente Afghan Village Voices [Voces de la aldea afgana], una traducción de muchas de las grabaciones que mujeres y hombres hicieron para ellos en el campo.

Esa realidad era compleja, amarga, opresiva y llena de amor. En ese sentido profundo, no era diferente de las complejidades del machismo y la clase en los Estados Unidos. Pero la tragedia del siguiente medio siglo cambiaría buena parte de ello. Ese largo sufrimiento produjo el particular machismo de los talibanes, que no es un producto automático de la tradición afgana.

La historia de este nuevo giro empieza en 1978. Se inició entonces la guerra civil entre el gobierno comunista y la resistencia islamista muyahidin. Los islamistas estaban ganando, así que la Unión Soviética invadió el país en 1979 para apoyar al gobierno comunista. Siguieron siete años de guerra brutal entre los soviéticos y los muyahidin. En 1987 las tropas soviéticas se retiraron, derrotadas.

Cuando vivíamos en Afganistán, a principios de los 70, los comunistas estaban entre las mejores personas. Les movían tres pasiones. Querían desarrollar el país. Querían romper el poder de los grandes terratenientes y compartir la tierra. Y querían la igualdad para las mujeres.

Pero en 1978 los comunistas habían tomado el poder en un golpe militar, dirigido por oficiales progresistas. No habían conseguido el apoyo político de la mayoría de los aldeanos, en un país abrumadoramente rural. El resultado fue que de la única forma con la que pudieron hacer frente a la resistencia islamista fue mediante arrestos, tortura y bombardeos. Cuantas más crueldades de este tipo llevaba a cabo el ejército dirigido por los comunistas, más crecía la revuelta.

Entonces la Unión Soviética invadió para apoyar a los comunistas. El arma principal fue el bombardeo desde el aire, y grandes partes del país se convirtieron en zonas de tiro libre. Entre medio millón y un millón de afganos fueron asesinados. Al menos otro millón fue mutilado de por vida. Entre seis y ocho millones se vieron forzados al exilio en Irán y Pakistán, y más millones se convirtieron en refugiados internos. Todo esto en un país de solo veinticinco millones de personas.

Cuando llegaron al poder, lo primero que intentaron hacer los comunistas fue la reforma de la tierra y la legislación sobre los derechos de las mujeres. Cuando invadieron los rusos, la mayor parte de los comunistas les apoyaron. Muchos de esos comunistas eran mujeres. El resultado fue manchar el nombre del feminismo con el apoyo a la tortura y la masacre.

Imaginemos que los Estados Unidos fuesen invadidos por una potencia extranjera que matase a entre doce y veinticuatro millones de estadounidenses, torturase gente en cada pueblo, y llevase 100 millones de estadounidenses al exilio. Imaginemos que casi todas las feministas en los Estados Unidos apoyasen a los invasores. Tras esa experiencia, ¿cómo crees que la mayor parte de los estadounidenses se sentirían sobre una segunda invasión por parte de otra potencia extranjera, o sobre el feminismo?

¿Cómo crees que la mayoría de las mujeres afganas se sienten acerca de otra invasión, esta vez por parte de los estadounidenses, justificada por la necesidad de rescatar a las mujeres afganas? Recuerda que esas estadísticas sobre muertos, mutilados y refugiados bajo la ocupación soviética no eran números abstractos. Eran mujeres vivas, y sus hijos e hijas, maridos, hermanos y hermanas, madres y padres.

Así que cuando la Unión Soviética se retiró, derrotada, la mayor parte de la gente respiró con alivio. Pero entonces los líderes locales de la resistencia muyahidin a los comunistas y los invasores se convirtieron en señores de la guerra locales y lucharon entre sí por los despojos de la victoria. La mayoría de los afganos habían apoyado a los muyahidin, pero ahora estaban disgustados por la avaricia, la corrupción y la inacabable guerra inútil.

El origen de clase y refugiado de los talibanes

En el otoño de 1994, los talibanes llegaron a Kandahar, una ciudad mayoritariamente pastún y la mayor en el sur de Afganistán. Los talibanes eran como nada antes en la historia afgana. Eran producto de dos innovaciones del siglo XX por antonomasia, el bombardeo aéreo y los campos de refugiados en Pakistán. Pertenecían a una clase social diferente de la de las élites que habían gobernado Afganistán.

Los comunistas habían sido los hijos e hijas de las clases medias urbanas y los campesinos de nivel medio en el campo con tierra suficiente que pudiesen llamar suya. Habían sido dirigidos por gente que había estudiado en la única universidad del país en Kabul. Querían romper el poder de los grandes latifundistas y modernizar el país.

Los islamistas que lucharon con los comunistas habían sido hombres de un origen de clase similar, y en su mayoría antiguos estudiantes de la misma universidad. También querían modernizar el país, pero de una manera diferente. Y recurrían a las ideas de los Hermanos Musulmanes y la Universidad Al-Azhar en El Cairo.

La palabra Talibán significa estudiantes de una escuela islámica, no una escuela estatal o una universidad. Los luchadores talibanes que entraron en Kandahar en 1994 eran hombres jóvenes que habían estudiado en las escuelas islámicas gratuitas en los campos de refugiados de Pakistán. Habían sido niños sin nada.

Los líderes de los talibanes eran mullahs aldeanos de Afganistán. No tenían las conexiones con la élite de muchos de los imanes de las mezquitas urbanas. Los mullahs de aldea podían leer, y tenían algún tipo de respeto por parte de los otros aldeanos. Pero su estatus social estaba muy por debajo del de un terrateniente, o un graduado de un instituto en una oficina del gobierno.

Los talibanes estaban dirigidos por un comité de doce hombres. Los doce habían perdido una mano, un pie o un ojo por las bombas soviéticas durante la guerra. Los talibanes eran, entre otras cosas, el partido de los hombres pobres y medianos de las aldeas pastunes.[3]

Veinte años de guerra habían dejado a Kandahar sin ley y a merced de milicias combatientes. El punto de inflexión llegó cuando los talibanes fueron a por un comandante local que había violado a un niño y a dos (posiblemente tres) mujeres. Los talibanes lo capturaron y lo colgaron. Lo que hizo que su intervención fuese llamativa no fue solo su determinación por poner fin a la lucha asesina y restaurar la dignidad y seguridad de la gente, sino su repulsión por la hipocresía de los otros islamistas.

Desde el principio los talibanes fueron financiados por los saudíes, los estadounidenses y el ejército pakistaní. Washington quería un país en paz que pudiese alojar oleoductos y gaseoductos desde Asia Central. Los talibanes destacaban porque no toleraban excepciones a las órdenes que buscaban imponer, y la severidad con la que aplicaban las reglas.

Muchos afganos estaban agradecidos por el retorno del orden y un mínimo de seguridad, pero los talibanes eran sectarios e incapaces de controlar el país y, en 1996, los estadounidenses les retiraron su apoyo. Cuando lo hicieron, desataron una nueva versión, y mortal, de islamofobia contra los talibanes.

Casi de un día para otro, las mujeres afganas fueron consideradas desamparadas y oprimidas, mientras los hombres afganos –es decir, los talibanes– eran execrados como salvajes fanáticos, pedófilos y patriarcas sádicos, apenas personas.

Durante cuatro años antes del 11 de septiembre los talibanes habían sido un blanco para los estadounidenses, mientras feministas y otros clamaban por la protección de las mujeres afganas. Cuando empezaron los bombardeos estadounidenses, todo el mundo se suponía que entendía que las mujeres afganas necesitaban ayuda. ¿Qué podía salir mal?

El 11 de septiembre y la Guerra Americana

Los bombardeos empezaron el 7 de octubre. En pocos días, los talibanes habían sido obligados a esconderse –o fueron literalmente castrados–  como se jactaba una fotografía en la portada del Daily Mail. Las imágenes publicadas de la guerra eran verdaderamente estremecedoras por la violencia y el sadismo que retrataban. Mucha gente en Europa estaba consternada por la escala del bombardeo y la absoluta indiferencia por las vidas afganas.[4]

Pero en los Estados Unidos ese otoño, la mezcla de venganza y patriotismo implicaba que las voces disidentes fuesen raras y básicamente inaudibles. Pregúntate, como hizo en ese momento Saba Mahmood, «Por qué unas condiciones de guerra (migración, militarización) y hambre (bajo los muyahidines) eran consideradas menos perjudiciales para las mujeres que la falta de educación, trabajo y, muy notablemente, en las campañas mediáticas, los estilos de vestuario occidentales (bajo los talibanes)?»[5]

Luego pregúntate de nuevo con aún más intensidad, ¿cómo era posible ‘salvar a las mujeres afganas’ bombardeando población civil que incluía, junto a esas mismas mujeres, a sus hijos, sus maridos, padres y hermanos? Debería ser una pregunta que pusiese fin a la discusión, pero no lo fue.

La expresión más indignante de la islamofobia feminista llegó tras un poco más de un mes de iniciada la guerra. Una guerra enormemente desigual de venganza no queda muy bien ante los ojos del mundo, así que mejor hacer algo que parezca virtuoso. En anticipación a las fiestas del Día de Acción de Gracias estadounidense, el 17 de noviembre de 2001, Laura Bush, la mujer del presidente, se lamentó en voz alta por los sufrimientos de las mujeres afganas veladas. Cherie Blair, la mujer del Primer Ministro británico, se hizo eco de estos sentimiento unos pocos días más tarde. Estas esposas de poderosos belicistas estaban usando todo el peso del paradigma orientalista para echar la culpa a las víctimas y justificar una guerra contra unos de los pueblos más pobres de la Tierra. Y ‘Salvar a las mujeres afganas’ se convirtió en el lema persistente de muchas feministas liberales para justificar la guerra americana.[6]

Con la elección de Obama en 2008, el coro islamofóbico se hizo hegemónico entre los liberales estadounidenses. Ese año la alianza contra la guerra estadounidense se disolvió de hecho para ayudar a la campaña de Obama. Los demócratas y aquellas feministas que apoyaban a la halcón secretaria de estado de Obama, Hillary Clinton, no podían aceptar la verdad de que tanto Afganistán como Irak eran guerras por petróleo.[7]

Solo tenían una justificación para las interminables guerras por petróleo: el sufrimiento de las mujeres afganas. El giro feminista fue una estratagema inteligente. Impedía las comparaciones entre el gobierno sin duda machista de los talibanes y los machismos en los Estados Unidos. Lo que es mucho más chocante, el giro feminista domesticaba y desplazaba de hecho las feas verdades sobre una guerra tremendamente desigual. Y separaba la idea de ‘aquellas mujeres a salvar’ de las reales decenas de miles de mujeres, hombres y niños afganos asesinados, heridos, convertidos en huérfanos o sin hogar y hambrientos por las bombas estadounidenses.

Muchos de nuestros amigos y miembros de nuestras familias en los Estados Unidos son feministas que creen de buen corazón buena parte de esta propaganda. Pero se les ha pedido que apoyen una telaraña de mentiras, una perversión del feminismo. Era el feminismo del invasor y la élite gobernante corrupta. Era el feminismo de los torturadores y los drones.

Nosotros creemos que otro feminismo es posible.

Pero sigue siendo verdad que los talibanes son profundamente machistas. El machismo ha ganado una victoria en Afganistán. Pero no tenía por qué haber sido así.

Los comunistas que se pusieron del lado de las crueldades de los invasores soviéticos han desacreditado el feminismo en Afganistán al menos por una generación. Pero entonces invadieron los Estados Unidos, y una nueva generación de mujeres afganas profesionales se pusieron del lado de los nuevos invasores para intentar ganar derechos para las mujeres. Su sueño también ha terminado en colaboración, vergüenza y sangre. Algunas eran oportunistas, por supuesto, verbalizando lugares comunes a cambio de financiación. Pero muchas otras estaban motivadas por un sueño honesto y altruista. Su fracaso es trágico.

Estereotipos y confusiones

Fuera de Afganistán, hay mucha confusión en los estereotipos sobre los talibanes elaborados en los últimos veinticinco años. Pero piensa cuidadosamente cuando oigas el estereotipo de que son feudales, brutales y primitivos. Son gente con portátiles, que han estado negociando con los estadounidenses en Qatar durante los últimos catorce años.

Los talibanes no son el producto de tiempos medievales. Son el producto de algunos de los peores tiempos de finales del siglo XX y principios del XXI. Si miran atrás en busca de un imaginado tiempo mejor, no es sorprendente. Pero han sido moldeados por una vida bajo bombardeos aéreos, campos de refugiados, comunismo, la Guerra contra el Terror, interrogatorios ‘mejorados’, el cambio climático, la política en internet y la espiral de desigualdad del neoliberalismo. Viven, como todos los demás, hoy.

Sus raíces en una sociedad tribal también pueden causar confusión. Pero como ha defendido Richard Tapper, las tribus no son instituciones atávicas. Son la forma en que los campesinos en esta parte del mundo organizan su relación con el estado. Y la historia de Afganistán nunca ha sido simplemente un asunto de grupos étnicos en competición, sino más bien de alianzas complejas entre grupos y divisiones dentro de esos grupos.[8]

Hay una serie de prejuicios en la izquierda que llevan a algunas personas a preguntárse cómo puede ser que los talibanes estuviesen del lado de los pobres y el antiimperialismo si no son ‘progresistas’. Dejamos de lado por el momento que la palabra progresista significa poco. Por supuesto que los talibanes son hostiles al socialismo y al comunismo. Ellos, o sus padres o abuelos, fueron asesinados y torturados por socialistas y comunistas. Además, cualquier movimiento que haya luchado una guerra de guerrillas de veinte años y haya derrotado a un gran imperio es antiimperialista, o las palabras no significan nada.

La realidad es la que es. Los talibanes son un movimiento de campesinos pobres contra una ocupación imperial, profundamente machistas, apoyados por muchas mujeres, a veces racistas y sectarios, a veces no. Es un fardo de contradicciones producido por la historia.

Otra fuente de confusión es la política de clase de los talibanes. ¿Cómo pueden estar del lado de los pobres, como claramente lo están, y sin embargo ser tan extremadamente opuestos al socialismo? La respuesta que la experiencia de la ocupación rusa eliminó la posibilidad de formulaciones socialistas sobre la clase. Pero no cambió la realidad de la clase. Nadie ha construido nunca un movimiento de masas entre campesinos pobres que haya tomado el poder sin ser visto del lado de los pobres.

Los talibanes no hablan en un lenguaje de clase, sino en un lenguaje de justicia y corrupción. Esas palabras describen el mismo bando.

Nada de esto significa que los talibanes gobernarán necesariamente en interés de los pobres. Hemos visto suficientes revueltas campesinas llegar al poder en el último siglo y más allá, solo para acabar convirtiéndose en gobiernos de las élites urbanas. Y nada de esto debería apartarnos de la verdad de que los talibanes tienen la intención de ser dictadores, no demócratas.

Un cambio histórico en los Estados Unidos

La caída de Kabul señala una derrota decisiva para el poder estadounidense en todo el mundo. Pero también señala, o deja claro, un alejamiento profundo del imperio estadounidense entre los estadounidenses.

Una prueba la constituyen las encuestas de opinión. En 2001, justo despúes del 11 de septiembre, entre el 85% y el 90% de los estadounidenses aprobaban la invasión de Afganistán. Los números han estado cayendo incesantemente. El último mes, el 62% de los estadounidenses aprobaban el plan de Biden para una retirada total, y el 29% se oponían.

Este rechazo a la guerra es común en derecha e izquierda. La base de clase trabajadora del Partido Republicano y Trump están en contra de las guerras en el extranjero. Muchos soldados y familias de militares vienen de áreas rurales y del sur, donde Trump es fuerte. Están en contra de más guerras, porque son ellos y sus seres queridos quienes sirvieron, murieron y fueron heridos.

El patriotismo de derechas en los Estados Unidos es hoy promilitar, pero eso significa prosoldados, no proguerra. Cuando dicen ‘Hagamos América grande de nuevo’, quieren decir que América ahora no es grande para los americanos, no que los EEUU deban implicarse en el mundo.

Entre los Demócratas, también, la base de clase trabajadora está en contra de las guerras.

Hay gente que apoya continuar la intervención militar. Son los demócratas de Obama, los republicanos de Romney, los generales, muchos profesionales liberales y conservadores, y casi todo el mundo en la élite de Washington. Pero el pueblo estadounidense en su conjunto, y especialmente la clase trabajadora, negra, marrón y blanca, se ha vuelto en contra del Imperio Americano.

Tras la caída de Saigón, el gobierno estadounidense fue incapaz de lanzar grandes intervenciones militares durante los siguientes quince años. Puede que sean más tras la caída de Kabul.

Las consecuencias internacionales

Desde 1918, hace 103 años, los Estados Unidos han sido el país más poderoso del mundo. Ha habido potencias competidoras: primero Alemania y Japón, luego la Unión Soviética y ahora China. Pero los EEUU han sido dominantes. Ese ‘Siglo americano’ está llegando ahora a su fin.

La razón a largo plazo es el ascenso económico de China y el relativo declive económico de los Estados Unidos. Pero la pandemia del covid y la derrota afgana convierten los últimos dos años en un punto de inflexión.

La pandemia del covid ha revelado la incompetencia institucional de la clase dirigente, y del gobierno, de los Estados Unidos. El sistema ha fracasado en la protección del pueblo. Este fracaso caótico y vergonzoso es obvio para gente de todo el mundo.

Y luego está Afganistán. Si juzgas por los gastos y el equipamiento los Estados Unidos son de manera abrumadora la potencia militar dominante globalmente. Ese poder ha sido derrotado por gente pobre en sandalias en un pequeño país que no tiene nada sino aguante y valor.

La victoria de los talibanes dará ánimos también a islamistas de muy diferente tipo en Siria, Yemen, Somalia, Pakistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Malí. Pero será cierto en un sentido más amplio que eso.

Tanto el fracaso del covid como la derrota afgana reducirán el ‘poder bland0’ de los EEUU. Pero Afganistán es también una derrota del ‘poder duro’. La fuerza del imperio informal de los Estados Unidos ha estado basada durante un siglo en tres diferentes pilares: Uno es el ser la mayor economía del mundo y el dominio del sistema financiero global. El segundo es una reputación en muchos sectores en democracia, competencia y liderazgo cultural. El tercero era que si el ‘poder blando’ fallaba, los Estados Unidos invadirían para apoyar a dictaduras y castigar a sus enemigos.

El poder militar ahora ha desaparecido. Ningún gobierno creerá que los EEUU pueda rescatarlo de un invasor extranjero, o de su propio pueblo. Los asesinatos con drones continuarán y causarán un gran sufrimiento. Pero en ningún sitio los drones por sí mismos serán militarmente decisivos.

Es el principio del fin del siglo americano.

¿Qué pasará ahora?

Nadie sabe lo que pasará en Afganistán en los próximos años. Pero podemos identificar algunas de las presiones.

Primera, y la más esperanzadora, es el profundo deseo de paz en los corazones de los afganos. Han vivido ya cuarenta y tres años de guerra. Pensemos cómo solo cinco o diez años de guerra civil e invasión han marcado tantos países. Ahora pensemos en cuarenta y tres años.

Kabul, Kandahar y Mazar, las tres ciudades más importantes, han caído sin ninguna violencia. Se debe a que los talibanes, según siguen diciendo, quieren un país en paz y no quieren venganza. Pero también porque la gente que no los apoya, incluso aquellos que odian a los talibanes, también han escogido no luchar.

Los líderes talibanes son plenamente conscientes de que deben proporcionar paz.

Por eso es tan esencial que los talibanes sigan impartiendo una justicia justa. Su historial es bueno. Pero las tentaciones y presiones de gobierno han corrompido muchos movimientos sociales en muchos países antes que ellos.

El colapso económico es también bastante posible. Afganistán es un país pobre y árido, donde menos del 5% de la tierra puede ser cultivada. En los últimos veinte años las ciudades han crecido enormemente. Ese crecimiento ha dependido del dinero que fluía de la ocupación, y en un grado menor del cultivo del opio. Sin una ayuda exterior muy sustancial de alguna parte, amenazará el colapso económico.

Como los talibanes lo saben, han estado ofreciendo explícitamente a los Estados Unidos un acuerdo. Los estadounidenses proporcionarían ayuda y a cambio los talibanes no proporcionarían cobijo a terroristas que pudiesen lanzar ataques como el del 11 de septiembre. Tanto las administraciones de Trump como Biden han aceptado este acuerdo. Pero no está nada claro que los EEUU vayan a mantener esa promesa.

De hecho, algo peor es totalmente posible. Anteriores administraciones estadounidenses han castigado a Irak, Irán, Cuba y Vietnam por su desafío con largas y destructivas sanciones económicas. Habrá muchas voces en los EEUU a favor de estas sanciones, para matar de hambre a los niños afganos en nombre de los derechos humanos.

Luego está la amenaza de la intromisión internacional de diferentes poderes apoyando a diferentes fuerzas étnicas y políticas dentro de Afganistán. Los Estados Unidos, India, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, China, Rusia y Uzbekistán estarán tentados. Ha sucedido antes, y en una situación de colapso económico podría provocar guerras por tercero interpuesto.

Por el momento, sin embargo, los gobiernos de Irán, Rusia y Pakistán claramente quieren la paz en Afganistán.

Los talibanes también han prometido no gobernar con crueldad. Esto es más fácil decirlo que hacerlo. Confrontados a familias que han amasado grandes fortunas mediante la corrupción y el crimen, ¿qué piensas que querrán hacer los soldados pobres de las aldeas?

Y luego está el clima. En 1971 una sequía y hambruna en todo el norte y centro devastó rebaños, cultivos y vidas. Era el primer signo de los efectos del cambio climático en la región, que ha producido más sequías en los últimos cincuenta años. A medio y largo plazo, la agricultura y la ganadería se volverán más precarias.[9]

Todos estos peligros son reales. Pero el a menudo perspicaz experto en seguridad Antonio Giustozzi está en contacto tanto con el pensamiento de los talibanes como con el de los gobiernos extranjeros y los talibanes. Su artículo en The Guardian del 16 de agosto era esperanzador. Terminaba así:

«Como la mayor parte de los países vecinos quiere estabilidad en Afganistán, al menos en los próximos tiempos es improbable que cualquier fisura en la nueva coalición sea explotada por actores externos para crear grietas. De manera similar, los perdedores en 2021 lucharán por encontrar a alguien que quiera o pueda ayudarlos a empezar algún tipo de resistencia. Mientras la nueva coalición de gobierno incluya a aliados clave de sus vecinos, este es el inicio de una nueva fase en la historia de Afganistán».[10]

¿Qué puedes hacer? Dar la bienvenida a los refugiados

Mucha gente en Occidente se pregunta ahora: «¿Qué podemos hacer para ayudar a las mujeres afganas?» A veces esta pregunta da por supuesto que la mayor parte de las mujeres afganas se oponen a los talibanes y que la mayor parte de los hombres afganos los apoyan. Eso es una tontería. Es casi imposible imaginar el tipo de sociedad en la que esto sería cierto.

Pero hay una pregunta más concreta. Específicamente, ¿cómo podemos ayudar a las feministas afganas?

Es una pregunta válida y decente. La respuesta es organizarse para comprarles billetes de avión y darles refugio en Europa y Norteamérica.

Pero no son solo las feministas las que necesitan asilo. Decenas de miles de personas que trabajaron para la ocupación están desesperadas en busca de asilo, con sus familias. También hay un gran número de personas que trabajaron para el gobierno afgano.

Algunas de estas personas son admirables, algunas son monstruos corruptos, muchas se encuentran en el medio, y muchas son simplemente niños. Pero tenemos aquí un imperativo moral. Los Estados Unidos y los países de la OTAN han creado un inmenso sufrimiento durante veinte años. Al menos, como mínimo, deberían rescatar a la gente cuyas vidas han arruinado.

Aquí también hay otra cuestión moral. Lo que muchos afganos han aprendido en los últimos cuarenta años también ha quedado claro en la última década del tormento de Siria. Es muy fácil comprender los accidentes del origen y la historia personal que llevan a las personas a hacer las cosas que hacen. La humildad nos obliga a mirar a la joven comunista, la feminista educada que trabaja para una ONG, el terrorista suicida, el infante de marina estadounidense, el mullah de la aldea, el combatiente talibán, la afligida madre de un niño asesinado por las bombas estadounidenses, el cambista sij, el policía, el  agricultor pobre que cultiva opio, y como se suele decir, allí, si no fuese por la gracia de Dios, estaría yo.

El fracaso de los gobiernos estadounidense y británico en el rescate de gente que había trabajado para ellos ha sido tan vergonzoso como revelador. No es realmente un fracaso, sino una elección. El racismo contra la inmigración ha pesado más fuertemente con Johnson y Biden que las deudas de humanidad.

Campañas para dar la bienvenida a afganos todavía son posibles. Por supuesto un fuerte argumento moral como este se enfrentará al racismo y la islamofobia a cada momento. Pero en la última semana los gobiernos de Alemania y Países Bajos han suspendido cualquier deportación de afganos.

A cualquier político, en cualquier sitio, que hable en favor de las mujeres afganas hay que pedirle, una y otra vez, abrir las fronteras a todos los afganos.

Y luego está lo que les pueda suceder a los hazaras. Como hemos dicho, los talibanes han dejado de ser un movimiento simplemente pastún y se ha vuelto nacional, reclutando muchos tayikos y uzbecos. Y también, dicen, algunos hazaras. Pero no muchos.

Los hazaras son la gente que tradicionalmente vivía en las montañas centrales. Muchos emigraron también a ciudades como Mazar y Kabul, donde trabajaban de porteadores y en otros trabajos mal pagados. Son aproximadamente el 15% de la población afgana. Las raíces de la enemistad entre pastúnes y hazaras se basa en parte en largas disputas sobre la tierra y los derechos a pastoreo.

Pero más recientemente también tiene mucha importancia que los hazaras son chiíes y casi todos los demás afganos son suníes.

Los acérrimos conflictos entre suníes y chiíes en Irak han llevado a una división en la tradición militante islamista. Esta división es complicada, pero importante, y necesita cierta explicación.

Tanto en Irak como en Siria el Estado Islámico ha cometido masacres contra chiíes, de la misma manera que las milicias chiíes han masacrado suníes en ambos países.

Las redes más tradicionales de Al Qaeda han seguido incondicionalmente opuestas a atacar chiíes y defendían la solidaridad entre musulmanes. La gente señala a menudo que la madre de Osama Bin Laden era chiíta –en realidad una alauita de Siria–. Pero la necesidad de unidad ha sido más importante. Este fue el principal motivo de la división entre Al Qaeda y el Estado Islámico.

En Afganistán los talibanes también han defendido con fuerza la unidad islámica. La explotación sexual de las mujeres por parte del Estado Islámico les resulta profundamente repugnante a los valores talibanes, que son profundamente machistas pero puritanos y modestos. Durante muchos años los talibanes afganos han sido consecuentes en su condena pública de todo ataque terrorista sobre chiíes, cristianos y sijs.

Pero esos ataques se producen. Las ideas del Estado Islámico han tenido una particular influencia sobre los talibanes pakistaníes. Los talibanes afganos son una organización. Los talibanes pakistaníes son una red poco definida, no controlada por los afganos. Han llevado a cabo repetidos ataques con bombas contra chiíes y cristianos en Pakistán.

Han sido el Estado Islámico y la red Haqqani los que han llevado a cabo los recientes atentados racistas terroristas con bombas contra los hazaras y los sijs en Kabul. El liderazgo talibán ha condenado todos esos ataques.

Pero la situación es fluctuante. El Estado Islámico en Afganistán es una organización disidente de los talibanes principalmente radicada en la provincia de Ningrahar en el este. Son extremadamente antichiíes. Como lo es la red Haqqani un grupo muyahidin de larga historia fundamentalmente controlado por la inteligencia militar pakistaní. Pero en el actual mix, la red Haqqani ha sido integrada en la organización talibán, y su líder es uno de los líderes de los talibanes.

Pero nadie puede estar seguro de lo que deparará el futuro. En 1995 un levantamiento de trabajadores hazaras en Mazar impidió que los talibanes consiguiesen el control del norte. Pero las tradiciones hazara de resistencia son mucho más profundas y van mucho más allá que eso.

Los refugiados hazaras en los países vecinos también pueden estar ahora en peligro. El gobierno de Irán se está aliando con los talibanes y les está pidiendo que sean pacíficos. Lo están haciendo porque ya son unos tres millones de refugiados afganos en Irán. La mayor parte de ellos han estado allí durante años, la mayoría son trabajadores urbanos pobres y sus familias, y la mayoría son hazaras. Recientemente, el gobierno iraní, con dificultades económicas desesperadas él mismo, ha empezado a deportar afganos de vuelta a Afganistán.

También hay aproximadamente un millón de refugiados hazaras en Pakistán. En la región alrededor de Quetta más de 5.000 han muerto en asesinatos y masacres sectarias en los últimos años. La policía y el ejército pakistaní no hacen nada. Dado el prolongado apoyo del ejército y la inteligencia pakistaní a los talibanes afganos, esa gente estará ahora ante un riesgo aún mayor.

¿Qué deberías hacer tú, fuera de Afganistán? Como muchos afganos, rezar por la paz. Y unirte a protestas por la apertura de fronteras.

Dejaremos la última palabra a Graham Knight. Su hijo, el sargento Ben Knight de la Fuerza Real Aérea Británica murió en Afganistán en 2006. Esta semana Graham Knight dijo a la Asociación de Prensa que el gobierno británico debería haberse movido rápidamente para rescatar civiles:

«No estamos sorprendidos de que los talibanes se hayan apoderado del poder porque tan pronto como los estadounidenses y los británicos dijeron que se iban a ir, sabíamos que esto iba a pasar. Los talibanes dejaron muy clara su intención de que, tan pronto como nosotros saliésemos, ellos entrarían.

Respecto a si se perdieron vidas de gente en una guerra que no se podía ganar, creo que es así. Creo que el problema fue que estábamos luchando con gente que eran nativos de ese país. No estábamos luchando contra terroristas, estábamos luchando contra gente que en realidad vivía allí y no le gustaba que nosotros estuviésemos allí.»[11]

Bibliografía

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Notas

[1] Véase especialmente Nancy Tapper (Lindisfarne), 1991; Lindisfarne, 2002a, 2002b y 2012; Lindisfarne y Neale, 2015; Neale, 1981, 1988, 2002 y 2008; Richard Tapper con Lindisfarne, 2020.

[2] Giustozzi, 2007 y 2009 son especialmente útiles.

[3] Sobre la base de clase de los talibanes, véase Lindisfarne, 2012, y muchos capítulos de otros autores en Marsden y Hopkins, 2012. Y véase Moussavi, 1998; Nojumi, 2002; Giustozzi, 2008 y 2009; Zareef, 2010.

[4] Zilizer, 2005.

[5] Hay una vasta literatura sobre cómo salvar a las mujeres afganas. Véase Gregory, 2011; Lindisfarne, 2002a; Hirschkind y Mahmood, 2002; Kolhatkar y Ingalls, 2006; Jalalzai y Jefferess,2011; Fluri y Lehr, 2017; Manchanda, 2020.

[6] Ward, 2001.

[7] Lindisfarne y Neale, 2015

[8] Richard Tapper, 1983.

[9] Para la sequía de 1971, véase Tapper y Lindisfarne, 2020. Para el cambio climático más reciente, véase Lindisfarne y Neale, 2019.

[10] Giustozzi, 2021.

[11] The Guardian, 2021.

 

Traducción de Carlos Valmaseda

Fuente: https://annebonnypirate.org/2021/08/17/afghanistan-the-end-of-the-occupation/

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