La construcción social del sexo

Anna Estany

No cabe duda que desde hace ya algún tiempo la palabra «género» se ha implantado como la forma políticamente correcta para referirse a la reivindicación de la igualdad entre mujeres y hombres a través del movimiento feminista. Esta idea se concreta en expresiones como perspectiva de género, violencia de género, identidad de género, etc. En algunas de las propuestas defendidas por determinados colectivos feministas se defiende y confirma que cada persona puede elegir el género, independientemente del sexo, llegando incluso a plasmarse en proyectos de ley, o sea, a institucionalizar la idea de que el sexo es una construcción social genérica, fruto de una negociación sin ninguna base biológica.

El objetivo de este artículo consiste en analizar las bases epistemológicas en las que se fundamenta la tesis de que el sexo es una construcción social, resultado de una negociación política en la que se ha apostado por la palabra «género» como vía para democratizar la inclusión de las mujeres en las instituciones, tanto públicas como privadas. Ello conlleva una tesis negacionista de la ciencia, equivalente a la de que la tierra es plana o que no hay cambio climático. En el caso de la construcción social del sexo lo que se niega es la base biológica de los humanos, que consideran determinismo biológico, para acabar aceptando el determinismo social.

En primer lugar se expone la idea de la construcción social de la ciencia. Se analizan los principales criterios epistémicos en los que se sustenta y los escollos para un análisis racional no solo de la ciencia sino de la explicación del mundo, tanto natural como social, así como del saber teórico y práctico. A continuación se interpreta la llamada «perspectiva de género» en el marco de la construcción social del conocimiento y las consecuencias desde el punto de vista filosófico, para consolidar un marco no racional y relativista en el análisis de una reivindicación histórica y urgente en nuestras sociedades, como es la igualdad de mujeres y hombres. Finalmente, se exponen nuevas formas de abordar la democratización de las instituciones respecto a la integración de las mujeres desde una perspectiva feminista y racionalista a fin de que las diferencias biológicas no se conviertan en inequidades sociales.

Base teórica de la perspectiva de género

Para examinar la base teórica de la perspectiva de género hay que retrotraerse al denominado «Programa Fuerte en Sociología del Conocimiento Científico» que David Bloor expone y defiende en su libro Knowledge and social imagery (1976). Según Bloor, hay que buscar las causas que producen las creencias y las explicaciones tanto de la verdad, la racionalidad y el éxito como de la falsedad, la irracionalidad y el fracaso, es decir, el mismo tipo de causas pueden explicar las creencias verdaderas y las falsas. El programa sociologista de Bloor es seguido, entre otros, por B. Barnes, S. Shapin, H. Collins y B. Latour, todos ellos relacionados en mayor o menor grado con la Escuela de Edimburgo, que desarrolla su pensamiento, primordialmente, durante las décadas de los ochenta y noventa.

La idea central del programa es que las ciencias, incluso las llamadas «ciencias duras» como la física y la matemática dependen tanto de factores sociales, económicos, tradiciones y prestigio como de la observación, la lógica y sus pragmáticas. Desde el punto de vista cognoscitivo se sitúa en el más puro relativismo y la epistemología pierde toda autonomía, al quedar reducida a la sociología del conocimiento. Se trata de desmitificar la ciencia afirmando que ésta no es más que un tipo de «construcción» social, que no tiene ningún rango privilegiado respecto a cualquier otra fuente de conocimiento. Sus autores sostienen que la ciencia no es más que el resultado de la negociación alcanzada por un colectivo o comunidad, de modo que sus resultados no son fruto de una comprensión más profunda de la realidad natural y social, sino de simples construcciones mentales intersubjetivas, sin base objetiva.

A partir de esta propuesta se abrió un debate en la filosofía de la ciencia a través de lo que se ha denominado «controversias científicas», siguiendo la senda del pensamiento posmoderno. No cabe duda de que tuvo un impacto importante en el mundo académico, institucionalizándose en programas como «Women’s and gender Studies», «Science Studies» o «Cultural Studies». Va más allá del objetivo de este artículo dar un panorama exhaustivo de los debates surgidos en el marco de la filosofía de la ciencia en torno al constructivismo social y al pensamiento posmoderno, sin embargo, es importante señalar algunas publicaciones que marcaron un hito alrededor de este debate epistémico.

La izquierda académica frente a la superstición de altos vuelos

En 1994 dos científicos, Paul Gross (biólogo) y Norman Levitt (matemático), publicaron Higher Superstition: The Academic Left and Its Quarrels with Science donde cuestionaban el constructivismo social de los estudios de la ciencia y el relativismo de la teoría posmoderna como pensamiento sin base epistemológica. Gross y Levitt consideraban a la izquierda académica de Estados Unidos intransigente y anticientífica, hostil al conocimiento científico, a la Ilustración y al progreso.

El «Caso Sokal»

Alan Sokal, un físico teórico de la Universidad de Nueva York, se propone desenmascarar las ideas anticientíficas de los intelectuales posmodernos, enviando a la revista Social Texts, tenida como el portavoz más importante de la intelectualidad de la izquierda en Estados Unidos, un artículo con el título «Towards a transformative hermeneutics of quantum gravity» (1996). El texto versa sobre un asunto científico, con afirmaciones delirantes, mezcladas con una profusión de citas de pensadores posmodernos, frases relacionadas con posturas de izquierda, feministas, ecologistas, etc. A las pocas semanas, Sokal desvela el carácter de la «broma» en la revista Lingua Franca, explicando las barbaridades que su artículo contiene.

Una casa en arenas movedizas

Noretta Koertge, filósofa de la ciencia del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia en Indiana University, es la autora del libro A House Built on Sand: Exposing Postmodernist Myths about Science (1999), con la participación de varios autores, en el que se analizan los mitos posmodernos sobre la ciencia, como reza el título del libro. En una entrevista realizada por Friedrich Stadler y I.A. Kieseppä en Minneapolis (1998) Koertge da las claves de sus argumentos y críticas al pensamiento posmoderno.

Uno de los puntos que va desgranando es su postura sobre la Ilustración, vinculada principalmente al modernismo. La cuestión, según Koertge, es si podemos subsumir el programa fuerte de la sociología del conocimiento bajo la etiqueta del posmodernismo, y su respuesta es que el conocimiento científico es el mejor tipo de conocimiento que tenemos, algo que ha sido cuestionado por el posmodernismo y el relativismo.

El feminismo en el marco de la posmodernidad

La introducción del pensamiento posmoderno en el movimiento feminista puede situarse en el surgimiento del Programa Fuerte en Sociología del Conocimiento Científico, adaptando los principios de dicho programa a las reivindicaciones de la igualdad de sexos. En la actualidad se incorpora el movimiento LGBTI, configurándose un marco ideológico en torno a la llamada «teoría queer», defendida por Judit Butler, como una de las referencias indiscutibles en este campo y que desarrolla en libros como Deshacer el género (2006) y Cuerpos aliados y lucha política (2015). Butler sostiene que el sexo es un constructo social y que los géneros, las identidades sexuales y las orientaciones sexuales no están marcados por la biología. Considera que la identidad depende de nuestro deseo, o sea que cada persona puede elegir ser mujer, hombre o las dos cosas a voluntad.

A partir de estos supuestos, el género se ve como un dispositivo de empoderamiento y un mecanismo crucial para la socialización, por el cual el cuerpo va construyendo su identidad en constante tensión y negociación con las normas que una sociedad impone. El resultado comporta que muchas personas «trans» se perciben con un cuerpo equivocado, tal como lo expresa el sociólogo Miquel Missé en su libro A la conquista del cuerpo equivocado (2018). En una entrevista de Mª Antonia Frau en Catalunya Plural (2019), Missé señala: «El principal imaginario alrededor de la transexualidad está muy centrado en que el malestar que las personas trans tenemos se resuelve modificando nuestro cuerpo, sin embargo, la necesidad de modificar el cuerpo se debe fundamentalmente a que nuestra sociedad es muy rígida con lo que es aceptable de ser hombre o mujer. [….] Tengo la sensación de que plantear el tema del cuerpo equivocado es una forma muy fácil para nuestra sociedad de desentenderse de que parte de nuestro malestar también se resolvería si se transformara el imaginario colectivo, lo que pasa es que es más fácil que nosotros modifiquemos nuestro cuerpo». La cuestión es si hay otros imaginarios, como reclama Missé, para que las personas puedan aceptar su sexo biológico sin renunciar a cualquier manifestación social que deseen. No cabe duda que puede haber otros imaginarios pero éstos no se encuentran en el negacionismo, sino en una apuesta racional, aceptando los límites de la naturaleza humana, el conocimiento proporcionado por la ciencia y descartando cualquier tipo de determinismo.

Una apuesta racionalista, democrática e ilustrada

El diagnóstico del Programa Fuerte en Sociología del Conocimiento en el sentido de que los factores contextuales intervienen en la actividad científica es razonable; el problema son las consecuencias que se hacen derivar de este hecho y la falta de clarificación conceptual. El conocimiento del mundo natural y social que la humanidad ha adquirido a lo largo de siglos se ha configurado a través de la ciencia, en conjunción con las tecnologías actuales. Una primera puntualización al respecto es la importancia de distinguir entre ciencia y tecnología desde el punto de vista conceptual, aunque luego converjan en la práctica, lo cual permite no confundir, por ejemplo, el uranio con una central nuclear o los virus con las farmacéuticas.

En el abordaje de la relación entre sexo y factores sociales hay algunas distinciones conceptuales que pueden clarificar un fenómeno tan complejo y con tantos matices como es el sexo y sus manifestaciones socioculturales. En este punto la idea de «expresiones biológicas de las desigualdades sociales», procedente de la epidemiología social, es una vía para analizar dicho fenómeno. La epidemiología social estudia los determinantes sociales de la salud, entre los que figuran desde la pobreza y la clase social hasta la raza, el género, la sexualidad, la discapacidad y la edad. Sin embargo, hay diferencias importantes entre estos ejemplos; así, la pobreza y la clase social son factores sociales, en cambio, la edad, el color de la piel o el sexo son factores biológicos. Por tanto, hay una distinción clara entre «expresiones biológicas de las desigualdades/inequidades sociales», es decir, consecuencias para la salud a causa de la pobreza y «desigualdades/ inequidades sociales de las diferencias biológicas», a saber: discriminación en cualquier ámbito, desde el profesional al sanitario por razón de la edad, del color de la piel o del sexo. La cuestión consiste en cómo abordamos la perspectiva de género desde estas distinciones conceptuales. Desde la epidemiología social, que no difiere en lo esencial de lo que hemos considerado sobre el pensamiento posmoderno, el género se interpreta como un concepto social relativo a las convenciones, roles y comportamientos ligados a la cultura que se asignan a hombres y mujeres, niños y niñas, diferenciándolo del sexo como categoría biológica. La epidemióloga social Nancy Krieger señala que «en ciertos casos, las características biológicas ligadas al sexo pueden contribuir a determinar diferencias de salud por razón de género» (Krieger, 2002: 9). Las diferencias de salud no son por razón del género sino del sexo, ya que una persona del sexo femenino puede tener cáncer de vagina pero no de testículos y viceversa. Por tanto, cuando se trata de la salud hay que hablar de mujeres y hombres, no de géneros.

En este punto me remito al libro de Carme Valls-Llovet (2018) Medio ambiente y salud. Mujeres y hombres en un mundo de nuevos riesgos, en el que se analizan los riesgos de mujeres y hombres a causa del medio ambiente. La tercera parte trata de las consecuencias para la salud de mujeres y hombres, desde las alteraciones del ciclo menstrual hasta las alteraciones en la salud reproductiva masculina. Los riesgos para la salud tienen que ver con el sexo, no con el género de las personas a las que afecta el medio ambiente.

Hablemos de feminismo

La introducción del concepto de género en el debate feminista no ha hecho más que confundir el discurso político sobre la discriminación de las mujeres. El sexo no lo elegimos, lo que sí podemos cambiar son las expresiones sociales de este factor biológico e intentar que el sexo no revierta en inequidades sociales. Es decir, el pertenecer al sexo masculino o femenino no tiene porqué determinar la forma en que las personas se manifiestan socialmente, desde la forma de vestir a la orientación sexual y la identidad personal.

Este cambio de marco teórico comporta, por un lado, abandonar las posiciones negacionistas respecto al conocimiento científico y, por otro, abogar por la equidad de todas las personas, independientemente del sexo. Pero también supone algo mucho más importante para todas las personas que piensan que han nacido con el sexo equivocado y se ven quizás impelidas a castigarlo a fin de poder alcanzar sus deseos. Es pues posible un nuevo imaginario en el que cada persona pueda construir su propia identidad personal sin necesidad de riesgos para su salud.

Nos encontramos en un mundo en el que aún falta mucho por hacer para que las mujeres no estén en inferioridad de condiciones respecto a los hombres. Tenemos un gran reto para que la equidad entre sexos se expanda a todos los ámbitos y a todos los países y el camino no puede ser otro que el feminismo, siguiendo una larga tradición desde el movimiento sufragista hasta la lucha contra la violencia machista.

Bibliografía

Butler, J., 2006, Deshacer el género, Barcelona, Paidós.

–– , 2015, Cuerpos aliados y lucha política, Barcelona, Planeta.

Bloor, 1976, Knowledge and social imagery, Chicago: The University of Chicago Press.

Lewitt, P. y P. Gross, 1994, Higher superstition: the academic left and its quarrels with science, Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Missé, M., 2018, A la conquista del cuerpo equivocado, Barcelona, Madrid, Editorial Egales.

Noretta Koertge, N., 1999, A House Built on Sand: Exposing Postmodernist Myths about Science, Oxford University Press.

Sokal, A., 1996, «Transgressing the boundaries: Toward a transformative hermeneutics ofQuantum Gravity», Social Text, 46/47: 217-252.

Sokal, A. y J. Bricmont, 1999, Imposturas intelectuales, Barcelona, Paidós.

Valls-Llobet, C., 2018, Medio ambiente y salud. Mujeres y hombres en un mundo de nuevos riesgos, Madrid, Ediciones Cátedra.

 

Anna Estany es catedrática emérita de Filosofía de la Ciencia en el departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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