Entrevista a Miguel Muñiz Gutiérrez sobre la industria atómica y la lucha antinuclear

Salvador López Arnal

Miembro del MIA (Movimiento ibérico antinuclear), participante en el Colectivo 2020 LIBRE DE NUCLEARES, el recientemente fallecido Miguel Muñiz fue un activista antinuclear de largo recorrido y autor de artículos sobre el tema, publicados mensualmente en la revista electrónica Mientras Tanto.

Salvador López Arnal: Empiezo por unas preguntas personales si no te importa. ¿De dónde viene tu interés por el activismo antinuclear? ¿Desde cuándo?

Miguel Muñiz: Para nada lo de las preguntas personales. Mi interés por el tema nuclear despierta a raíz del inicio de la catástrofe de Chernóbil, algo que se decía que era imposible teóricamente. Pero mi implicación como activista comienza con el accidente de Vandellós 1, en 1989.

Para personas que no estamos tan informadas como tú, ¿por qué hay que rechazar la apuesta nuclear?

Gracias por la consideración de informado, tampoco es para tanto. En mi opinión, y fíjate, Salvador, que digo en mi opinión porque lo que diré no es parte de lo que se considera oficialmente el «debate nuclear», hay cuatro motivos principales para rechazar la energía nuclear.

Adelante con esos motivos “no oficiales”.

Veamos. Los impactos en la salud de la contaminación radiactiva que emite el funcionamiento cotidiano de cualquier reactor atómico. Muy pocas personas saben que su funcionamiento, digamos normal, emite más de 40 tipos de elementos radiactivos; algunos abundantes, como el tritio, y otros más escasos. Esa radiactividad va al medio ambiente, tiene la posibilidad de entrar en el organismo a través de los alimentos o el agua y, si penetra, pueden provocar enfermedades.

También está la seguridad. Basta recordar Chernóbil en 1986, hace ya 32 años, y Fukushima, de la que pronto hará siete. Son catástrofes irreversibles a escala humana, porque han dejado su huella en todo el planeta; porque aún hoy continúan marcando la existencia de cientos de miles, acaso millones, de personas y seres vivos, y la continuarán marcando durante muchos años.

Y además, los residuos radiactivos. La herencia envenenada de esta era que ya denominamos el Antropoceno. Residuos con los que no se sabe qué hacer, muchos de ellos con una actividad de cientos de miles de años, en los que serán peligrosos. Cerrar las nucleares es la única manera de reducir ese impacto presente y futuro. Y luego pensar qué hacer con ellos.

Además, la vinculación de la industria nuclear civil y militar, no solo por las bombas de uranio, plutonio o hidrógeno, sino sobre todo por los proyectiles de munición de uranio empobrecido; unos proyectiles que se están usando en todas las guerras que han estallado desde 1991, que se usan para perforar blindajes. Unos proyectiles que cuando explotan contaminan con radiactividad, y para muchos años, los lugares en que han explotado, provocando enfermedades en la población.

Esta enumeración no supone prioridad. Respecto al último motivo que te he mencionado, es importante destacar el vínculo entre los siete pacíficos reactores que producen electricidad en España y la fabricación de esa terrorífica munición. El uranio empobrecido con el que se hacen esos proyectiles es un residuo de la fabricación del combustible nuclear que hace funcionar los reactores que generan parte de la electricidad que consumimos, algo de lo que tampoco se informa.

Así, el último motivo podría considerarse el primero desde el punto de vista ético.

Sí, sí, tal vez, bien visto. Algunas voces ecologistas sostienen que si queremos luchar realmente contra el cambio climático, o apostamos por este tipo de energía o hablamos por hablar. No hay otro camino, «no hay alternativa».

Es verdad que algunas figuras históricas del movimiento ecologista han avalado la energía nuclear como una tecnología que puede mitigar el cambio climático; el caso más famoso, y publicitado por la industria nuclear, es el de James Lovelock, el creador de la hipótesis Gaia. Su libro La venganza de Gaia produce más lástima que enfado al tocar el tema nuclear… Hay otras personas, generalmente a sueldo de la industria o de fundaciones relacionadas con ella, que fueron miembros conocidos del movimiento ecologista internacional hace años.

Señalemos dos cuestiones; primera, que la energía atómica también produce los gases del cambio climático en todo el ciclo de fabricación del combustible, no se trata de la «energía libre de CO2» que proclama la propaganda de la industria, una industria que ha encontrado en el cambio climático el argumento más potente para justificar su continuidad. Lo que sucede es que la relación entre la cantidad de electricidad que un reactor nuclear produce y la emisión de gases de efecto invernadero, es menor que en las centrales que usan carbón, gas, u otros combustibles fósiles.

Lo que nos lleva a una segunda cuestión, que tiene implicaciones: ante una amenaza ecológica global, ¿podemos valorar una tecnología concreta solo por uno de sus impactos, o hay que considerar los impactos globales, todos los de su ciclo de funcionamiento? Además de su papel en el cambio de sistema energético. Aquí se puede debatir mucho en abstracto, pero la realidad es que todo el debate está determinado por intereses políticos que no podemos dejar al margen.

Intereses políticos que no podemos dejar al margen, dices. ¿Por ejemplo?

La energía es el núcleo central de toda la producción material, lo que es tanto como decir de toda la organización de la sociedad. El control político determina la producción, distribución y consumo de energía, no las tecnologías disponibles. Eso explica por qué las tecnologías centralizadas tienen prioridad sobre las descentralizadas. Una tecnología como la eólica, muy anterior a la revolución industrial, queda arrinconada ante los combustibles fósiles, y solo se desarrolla a partir de la primera crisis del petróleo. Pero dejemos esta línea. Podríamos entrar en un análisis histórico que nos alejaría del tema de esta conversación.

Sí. Te apartas del tema, en efecto.

Disculpa, lo que quiero decir es que debemos pensar en clave política ante un escenario de transición energética marcado por una catástrofe ambiental, combinada con un crecimiento de las desigualdades.

¿Por qué se mantiene la energía nuclear en el «mix» de generación de la transición energética? Porque es una tecnología centralizada, que permite un fuerte control político; y se mantendrá tanto tiempo como se pueda disponer de uranio. Por eso siempre han sonado tan ridículos los discursos de impugnación del llamado «renacimiento nuclear» (entre comillas) tipo: la energía nuclear no superará «la prueba del mercado», y otras simplezas semejantes.

Se ha afirmado en más de una ocasión que después del desastre-hecatombe de Fukushima, la industria nuclear tiene los días contados, que es una industria sin futuro, que los seres humanos no queremos vivir al borde del abismo. ¿Coincides con esa opinión-valoración?

No. En 2011 Fukushima supuso el abandono de la estrategia del «renacimiento nuclear», vigente desde 2001; pero desde el minuto uno, tras el inicio de la catástrofe, la industria nuclear puso en marcha una estrategia de adaptación, que está teniendo éxito en los lugares en que se desarrolla, a saber, Europa central, Extremo Oriente y Oriente Medio, con especial predominio de China.

Por supuesto, la industria nuclear no tiene futuro, como no tienen futuro el petróleo, el gas, el carbón, el uranio, etc., todas son fuentes de energía que dependen de un recurso no-renovable, pero no se puede razonar de manera lineal. La cuestión, siguiendo a Hermann Scheer, es, primero, ¿cuántos son, más o menos, esos «días contados», ese no-futuro? Sabemos que se van clausurando centrales, pero también que se siguen construyendo. Entre 2014 y mediados de 2017 se han conectado 27 nuevos reactores nucleares a la red, según los informes del estado de la energía nuclear en el mundo dirigidos por Mycle Schneider. Eso significa que, a nivel mundial, los «días contados» se alargan ya, como mínimo, hasta el último tercio de este siglo XXI. No se puede ignorar este dato.

Y, segunda cuestión, ¿se pueden asumir centrales atómicas funcionando hasta casi el final del siglo sin contar con los riesgos e impactos que suponen? Más importante aún, ¿quiénes sufrirán más esos riesgos e impactos? Aquí no interviene «la humanidad», intervienen las crecientes desigualdades sociales y territoriales que condenan a una parte de la humanidad en beneficio de la otra. La industria nuclear cuenta con eso.

Los seres humanos no queremos vivir al borde del abismo, por eso una parte de los seres humanos empuja a la otra hacia el borde del abismo, o directamente al mismo abismo, para quedarse más segura y más lejos de ese borde. Ese ha sido el mecanismo histórico y ecológico que documenta la obra Colapso, de Jared Diamond. Las consecuencias son terribles, no basta con no querer verlas.

Por motivos culturales, en España, y en la cuestión nuclear, una parte de la sociedad consciente de los peligros de las nucleares tiende a una cierta táctica del avestruz.

¿Qué táctica es esa?

Mete la cabeza en un agujero conceptual, que son los Estados Unidos y Europa occidental. Así se miran solo informaciones sobre la decadencia nuclear en ambos territorios, Estados Unidos y Europa occidental, lo que es verdad, pero se extrapolan esos datos a la situación global de la industria, lo que es un error.

No basta apuntar qué reactores cierran; también hay que contar los que abren. Hay que seguir la vieja consigna ecologista: pensar y actuar localmente y globalmente. Y reflexionar sobre la estrategia global de adaptación de la industria y cómo afrontarla.

Has citado antes a Hermann Scheer y Mycle Schneider. ¿Quiénes son? ¿Nos puedes informar brevemente?

Muy brevemente. Hermann Scheer, muerto en 2010, fue un impulsor de las energías renovables en su país, Alemania, y en toda Europa. Además de, lógicamente, un crítico implacable de la energía nuclear. Su último libro, El imperativo energético, acabado poco antes de morir, es un documento de una lucidez y de una honestidad deslumbrantes. Scheer vislumbra algunos de los mecanismos empresariales que buscan subordinar la transición energética a los intereses económicos, desmonta las trampas de su discurso, y los denuncia sin concesiones.

Mycle Schneider es un experto, un consultor energético de prestigio que, con diferentes patrocinadores, publica desde 2004 un análisis crítico periódico, ahora anual, del estado de la industria nuclear en el mundo. Cuando en 2001 comenzó el «renacimiento nuclear», Schneider abordó la tarea de demostrar las falacias en que se basaba dicho «renacimiento»; se trataba, por decirlo así, de impugnar la industria
nuclear partiendo de sus propios datos. Su trabajo es de gran calidad y es una guía muy valiosa para seguir la evolución de la industria. Por supuesto sus informes no entran en las zonas tenebrosas de la energía nuclear, no tocan los aspectos de salud relacionados con todo el ciclo nuclear, la contaminación radiactiva cotidiana y sus implicaciones, las vinculaciones militares, los aspectos éticos, etc. Se mantiene dentro de las pautas del «debate nuclear» fija- das por la industria: economía, tecnología y algunas facetas de la seguridad.

¿Cuál es la situación actual en los reactores de la central de Fukushima y de sus alrededores? ¿Cuáles son las previsiones a corto y medio plazo?

Mi información sobre Fukushima y Japón, viene del contacto con personas de la comunidad japonesa de Barcelona, y del excelente trabajo de seguimiento que ha venido haciendo hasta hace unos meses el blog Resúmenes de Fukushima. Aunque la información es confusa, se sabe que la reacción del combustible en los reactores accidentados continúa, no se puede detener y nadie sabe cuándo se podrá; de hecho, no se sabe ni como está, ni dónde está, el combustible fundido que mantiene la reacción.

Las personas que hacen el seguimiento explican que cuando comenzó la catástrofe, las empresas y autoridades declararon que en 40 años el accidente estaría completamente solucionado, es decir, el combustible extraído y la zona limpia; pues ya han pasado siete años, y las mismas empresas y autoridades continúan diciendo que en 40 años estará solucionado todo. Existe la intuición de que pasarán 10, 15 ó 20 años, y continuarán diciendo que en 40 años… todo se arreglará.

Mientras, se van acumulando millones de bolsas con tierras y sólidos radiactivos, se siguen vertiendo toneladas de agua radiactiva cada día al océano Pacífico, y se llenan tanques con millones de litros de agua radiactiva que provienen del riego continuo para enfriar el combustible en fisión.

Esa ingente acumulación de residuos solo puede tener un destino a medio plazo: la dispersión, el vertido al medio ambiente. La técnica es mezclarlos con otros sólidos y líquidos no contaminados, para bajar formalmente los niveles de radiación antes de dispersarlos o verterlos. Hay que recordar que el nivel de radiación que el Gobierno de Japón ha legalizado como normal es 20 veces más alto que el que se considera normal en cualquier otro país, y cuatro veces más alto que el que se considera como máximo en la catástrofe de Chernóbil.

¿Es activo, es influyente el movimiento antinuclear nipón? ¿Cuáles son sus acciones en estos momentos?

Antes de entrar en ese tema un apunte, Salvador.

Adelante con el apunte.

Creo que Japón es hoy, ante todo, un campo de experimentación y estudio para la industria nuclear, como lo fueron en su día Ucrania, Bielorrusia o, más lejos en el tiempo, Hiroshima. Lo que aprendieron en Chernóbil se está aplicando en Japón. Todo Japón es objeto de un gigantesco proceso de «normalización» de una situación de catástrofe nuclear, la industria nuclear está aprendiendo mucho para gestionar catástrofes futuras.

Dicho esto, pienso que el movimiento social de resistencia allí es activo y muy eficaz, pero que es irrelevante políticamente hablando. Me explico. La actividad del movimiento ha conseguido bloquear maniobras de las empresas eléctricas para poner en funcionamiento reactores que están parados desde 2011; incluso ha conseguido detener reactores que ya se habían puesto en funcionamiento. El movimiento tiene un gran poder en muchos municipios y regiones, pero es incapaz de impugnar el proyecto político, apoyado por las eléctricas, de mantener y reactivar las nucleares. De hecho, la catástrofe nuclear ha sido un tema vetado en los debates anteriores a todas las elecciones que se han hecho desde 2011. El programa para volver a hacer funcionar los reactores parados continúa avanzando y, aún más importante, la industria nuclear japonesa busca expandirse y vender su tecnología en el resto del mundo.

El discurso que se usa es el mismo que aquí, es parte del discurso del poder ante cualquier crisis: se trata de un caso excepcional, hemos aprendido mucho y no pasará nunca más, hay que pensar de manera positiva y mirar hacia adelante, etc…

En estos siete años he aprendido que, aunque los mecanismos del poder para fabricar consenso funcionan en Japón con las mismas pautas que en el resto del mundo, las diferencias culturales son abismales. La legendaria disciplina social japonesa es aprovechada hábilmente por el poder.

Por cierto, te he leído artículos firmados con una ciudadana japonesa que creo que vive en Barcelona. ¿Cuál es su preocupación por lo sucedido, por lo que sigue sucediendo?

La compañera Seiko lleva gran parte de su vida viviendo en Barcelona, y Fukushima la despertó a una realidad que no se había planteado nunca. Ella razonó lógicamente, y llegó a la conclusión de que la energía nuclear era tan irracional que debía desaparecer, y que su final sería rápido e inevitable. Compartió con nosotros ese descubrimiento, y luego comprendimos que eso no iba a pasar. Ella ha seguido el camino que hemos seguido antes otras personas que ya éramos activistas.

Cuando se descubre que irracionalidad no es sinónimo de inviabilidad, se debe tomar una decisión: retirarse o continuar. Ella continúa dentro de sus pautas, porque también está la forma en que las comunidades japonesas que viven en el extranjero, en este caso en Barcelona viven la catástrofe, desde su tradición de cohesión cultural y social por encima de todo.

Por su conocimiento del idioma, y del funcionamiento de la sociedad japonesa, Seiko nos muestra respuestas sociales que se nos escapan, es una fuente continua de conocimiento y aprendizaje para todos nosotros.

2017 acabó con una buena noticia, con la concesión del Premio Nobel de la Paz a una asociación que lucha por la desaparición de las armas nucleares en el mundo. De hecho, las Naciones Unidas han aprobado por una amplísima mayoría, eso sí, sin la intervención de las potencias atómicas y países subordinados, la prohibición de estas armas. ¿Buenas noticias en tu opinión?

Por supuesto. No tengo tiempo de seguir el movimiento contra la guerra, pero basta leer, por ejemplo, los excelentes análisis que se publican en El Viejo Topo para comprobar que el peligro de una guerra nuclear está llegando a unos niveles que no se conocían desde la etapa final de la guerra fría. Pero, a diferencia de entonces, aquí y ahora existe menos información, menos organización para hacerle frente, y menos conciencia social sobre la amenaza.

Me sitúo ahora en Europa. ¿Alemania abandonará finalmente la apuesta nuclear en breve?

Efectivamente, si todo sigue su curso en 2022 cerrará el último reactor nuclear en Alemania. Será la única consecuencia política directa de la catástrofe de Fukushima, y una demostración del poder social y la vitalidad del movimiento ecologista alemán.

La otra cara es el precio. La industria nuclear alemana ha conseguido recientemente que el Tribunal Supremo sentencie que el Estado debe indemnizar a las empresas por el cierre de los reactores, la cuantía de las indemnizaciones se debe negociar en los próximos meses.

Es importante valorar la tenacidad de la industria. Si se repasa la extensa página web que la WNA, la Asociación Nuclear Mundial, dedica a Alemania, se puede ver hasta qué nivel de detalle llegan para oponer resistencia y cuestionar un cierre ya aprobado y acordado.

¿Otros países europeos seguirán el camino alemán? Parece que incluso la muy atómica Francia está por cerrar algunas centrales en un plazo relativamente breve.

Desgraciadamente el caso de Alemania es único. Los otros dos países europeos cuyos gobiernos hicieron tajantes declaraciones en 2011, cuando empezó Fukushima, Bélgica y Suiza, han acabado acompasando sus programas de cierre de centrales a los ritmos que marca la industria nuclear. Aunque la situación se ha presentado, informativamente hablando, como «abandono» de la energía nuclear.

La clave está en la capacidad de presión social del movimiento de oposición a la energía nuclear, eso explica la diferencia entre Alemania y los otros dos casos. Lo que demuestra, una vez más, que estamos ante un conflicto social y político, no técnico, ni empresarial.

El caso de Francia es especial: el peso de la nuclear en la generación eléctrica es tan abrumador que se impone un mínimo de racionalidad, es decir, el cierre de algunos reactores. Pero no hay que olvidar dos cosas: que Francia dispone de mecanismos de control público de la industria nuclear que no tienen otros países de Europa; y que Francia es uno de los países de la Unión Europea que tiene un reactor nuclear en construcción, sin olvidar que es la sede del desarrollo de la fantasía nuclear de recambio de la industria para todo el siglo XXI: la fusión nuclear.

Por cierto, ¿qué ocurre cuando se desmantela una central nuclear? ¿El proceso es rápido y sin riesgos?

Aquí hay para mucha explicación.

Soy consciente de ello, resume si puedes por favor.

Veamos, todos los plazos de desmantelamiento de una central nuclear son indicativos, es decir, que nadie puede decir con seguridad si la primera etapa durará 30, 40 ó 50 años. Los riesgos existen, como se ha comprobado en el desmantelamiento de Vandellós 1, en que se produjeron episodios de contaminación radiactiva a trabajadores que participaban en las obras; o el hallazgo de elementos combustibles de alta actividad en depósitos que debían ser de media y baja. Más adelante, y analizando las emisiones consignadas en los informes del Consejo de Seguridad Nuclear al Congreso y el Senado, los compañeros de Ecologistes en Acció de Tarragona descubrieron que Vandellós 1, en desmantelamiento, estaba emitiendo más elementos radiactivos al medio ambiente que otras centrales en funcionamiento. Cosas así. Los riesgos nucleares son una sombra alargada que se proyecta hacia el futuro mucho más allá del funcionamiento de las centrales.

¿Qué ocurre con los residuos?

MM: En principio los residuos de media y baja actividad de un reactor en desmantelamiento deben ir a un depósito adecuado, en este caso, al cementerio nuclear de El Cabril, en Córdoba. Aunque siempre cabe la posibilidad de irregularidades diversas, como la mezcla de residuos para bajar el nivel de radiación y reducir el volumen de los considerados almacenables en beneficio de los reutilizables. La economía manda sobre la seguridad, como siempre. Aunque todo ello se plantea en un futuro a medio o largo plazo, por desgracia.

Los residuos de alta actividad son los más peligrosos, y la amenaza más grave. Aquí todo son incógnitas. Es recomendable buscar en internet el documental Into Eternity sobre Onkalo, en Finlandia, el único proyecto en construcción de un almacén geológico en profundidad, y solo para los residuos de los reactores de Finlandia. Podemos hacernos una idea de lo que todo esto implica.

¿Quién paga esos trabajos y el cuidado de los residuos?

En principio todo lo paga ENRESA, aunque quienes en realidad pagamos somos los consumidores de electricidad a través de nuestros recibos, y de nuestros impuestos.

¿China está apostando por la industria nuclear o por las energías renovables? Se habla de ambas cosas a la vez.

China está apostando por todas las tecnologías energéticas, incluida la energía nuclear donde juega un papel clave. También, por supuesto, por las renovables, pero creo que esa no es la cuestión.

Desde el activismo para cerrar los reactores nucleares entrar en comparaciones entre nucleares y renovables no tiene sentido, ni a nivel global, ni a nivel de países, ni a nivel de España. Ni ENEL-Endesa, ni Iberdrola, ni Gas Natural-Fenosa, las tres compañías propietarias de la centrales que tenemos en España, van a tomar decisiones empresariales mirando lo que hace China ni ningún otro país. Excepto que China compre esas compañías, cosa que, de momento, no parece factible.

Te pregunto por el Imperio de los imperios: ¿qué planes energéticos tienen? ¿Lo nuclear sigue estando en el puesto de mando?

MM: Si atendemos a la retórica de la persona que ostenta el poder político supremo, el señor Trump, la energía nuclear sigue en un puesto de mando, pero no se sabe exactamente en cuál.

Desconozco la política energética global de los EEUU, pero afrontan un futuro nuclear de decadencia acelerada: es el país con más reactores en funcionamiento, pero con las centrales más antiguas y precarias. Basta ver la información selectiva que ofrece la WNA sobre los EEUU, lo que expone y lo que calla. En esto, como en otros aspectos, los EEUU combinan la desinformación con el caos.

Dadas las desigualdades extremas que se dan en su sociedad, no sería de extrañar la aparición de apartheids en los que el suministro energético solo estuviese garantizado para una parte de la sociedad, la que puede pagar. Opulencia y miseria energéticas conviviendo. Creo que la fascinación que una parte de su sociedad tiene por las distopías es algo más que un filón de su industria del entretenimiento.

Muy bien visto esto que acabas de señalar. Te pido un resumen para ubicarnos en lo esencial: ¿cuáles son los nudos más importantes de la situación nuclear mundial en estos momentos, primer trimestre de 2018 [cuando se realizó la entrevista]?

Solo puedo hablar de los nudos que creo importantes para un activista de base. A nivel mundial y en el primer trimestre de 2018, la referencia es el séptimo aniversario del inicio de la catástrofe de Fukushima. Aquí el nudo principal sería obtener informaciones de cómo evoluciona la situación de Japón y de la dispersión de contaminación radiactiva por el mundo, y hacerlas públicas. Cosa más difícil de lo que parece.

Luego, más allá del primer trimestre, hay que obtener informes de la situación sanitaria en Ucrania, algo casi imposible dado el caos impuesto por la guerra, acaso será algo más factible en Bielorrusia, pero también será muy difícil. Veremos.

Y, también mirando más allá del primer trimestre, es necesario comprobar si los planes a medio plazo de construcción de centrales atómicas en Rusia, China, India, Pakistán y Corea del Sur se van llevando a cabo a lo largo del año, y a qué ritmo. Además, verificar si se dan cierres de reactores en Europa Occidental, EEUU y Canadá. Y, por supuesto, seguir la evolución del proyecto ITER. Y sacar conclusiones sobre todo ello.

Me centro ahora en España. ¿Va a conseguir la industria una ampliación de la vida de las centrales a los 60 años?

Las bases legales y administrativas para ampliar hasta 60 años ya están puestas. Falta la concreción en permisos. La urgencia ahora es vertebrar un movimiento social y político que pueda incidir en el pulso que mantienen el gobierno del PP (primer trimestre de 2018) y las compañías eléctricas para pactar el nivel de beneficios que van a obtener por el funcionamiento de las nucleares. En cuanto tengan los permisos, las eléctricas habrán ganado. Ningún gobierno podrá cerrar los reactores sin exponerse a pagar fuertes indemnizaciones en una querella por lucro cesante. El único mecanismo para incidir realmente en todo eso es desplegar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) antes de que cierren el acuerdo.

¿Hay posibilidades reales de parar sus planes?

No hay muchas posibilidades. Enfrentarse a las eléctricas no es sencillo, y afrontar una campaña de recogida de firmas para una ILP exige un nivel organizativo que desborda las posibilidades de los movimien- tos ecologistas más estructurados.

La opción en la que estamos trabajando desde el Colectivo 2020 Libre de Nucleares, en el que participo, es implicar a los sectores sociales que apoyan a las llamadas fuerzas de la nueva política. Para lanzar la ILP ya contamos con apoyo de Izquierda Unida y de Izquierda Anticapitalista, pero aun reconociendo su capacidad organizativa, su visión y su valor, sabemos que no es una estructura suficiente para afrontar la recogida del medio millón de firmas que exige una ILP con garantías de éxito; se necesitan más organizaciones.

Nos movemos contrarreloj, pues si la ILP no se despliega en los próximos meses ya no tendrá sentido plantearla, dado el calendario de renovación de permisos de la mayoría de los reactores. Pero seguimos trabajando, pues las únicas luchas que están totalmente perdidas son las que no se empiezan.

Una duda: ¿por qué Cataluña es uno de los territorios más nuclearizados de España?

Bueno, en el período en que se planificaron y construyeron las centrales nucleares –años finales del franquismo y primeros años de la transición–, aún se planificaba un suministro energético para una potente base industrial; las élites empresariales de Cataluña, junto con sus colegas del conjunto de España, lo vieron como una opción evidente.

¿La población catalana es consciente de esta situación?

La mayoría de la sociedad en Cataluña es consciente de la nuclearización y la rechaza; otra cosa es hasta qué punto está dispuesta a implicarse en una oposición activa. Aquí habría mucho que analizar, y muchos matices territoriales y culturales. El nivel de protesta no se corresponde con el nivel de denuncia, ni este con el nivel de dedicación y compromiso, como pasa en cualquier lugar de España.

Aquí hay, además, un elemento de distorsión importante: el falso discurso de que la culpa que haya nucleares viene de fuera de Cataluña. En esto, como en tantas otras cosas, los grupos de presión favorables a la energía nuclear en Cataluña obtienen ventajas y son muy hábiles difundiéndolo.

Pero, insisto, no es así en tu opinión, es un falso relato como se dice ahora.

Claro. La industria nuclear, como las clases dominantes, no se pelea por las fronteras; pero estas resultan muy útiles para dividir a los que sufren sus políticas. En el tema nuclear, como en tantos otros, las fronteras se fabrican y se magnifican, a veces llegando a extremos de parodia.

¿Puedo contarte una triste anécdota?

Adelante.

No daré referencias concretas. Sucedió en febrero de 2017, cuando se formalizó el cierre de Garoña. Hubo el tratamiento del tema en los medios, y algún periodista despistado contactó conmigo y me invitó a participar en una tertulia radiofónica sobre energía nuclear; yo no podía llegar a la emisora por un compromiso familiar, así que acordamos que participaría por teléfono en los últimos diez minutos del debate.

Naturalmente informé al director del programa de cuáles iban a ser las líneas de mi intervención: que se trataba de un momento políticamente importante, con el debate de los presupuestos de la Generalitat donde estaba el impuesto a las emisiones de radiación fijado por el gobierno del PDeCAT y ERC, impuesto contra el que teníamos una campaña, y que existía el peligro de renovación de los permisos a las nucleares a 60 años, etc.

Bueno, pues llegué a casa unos 25 minutos antes del final del programa, conecté la radio, me senté junto al teléfono y, naturalmente, no me llamaron. Envié un correo electrónico al director del programa con el que había estado en contacto preguntando el motivo. En el correo de respuesta me explicó que habían perdido mi teléfono, y que lo sentían mucho.

Vaya, vaya, qué causalidad…

Sí, soy un ingenuo, pero la anécdota no acaba aquí. Lógicamente escuché el desarrollo final de la tertulia en la que participaba, entre otros, un experto cercano al gobierno PDeCAT y ERC. No se salía de las generalidades políticamente correctas: lo superada que estaba la energía nuclear, que no había pasado la prueba del mercado, Fukushima como un desastre económico, algo terrible pero lejano, y cosas así…

Pero hacia el final uno de los participantes interrogó al experto sobre cuáles eran las compañías propietarias de las centrales; el experto dudó, y contestó con voz vacilante que eran Endesa, Iberdrola… y Fenosa. Y se quedó tan tranquilo.

Es decir, el experto no podía ignorar que Fenosa forma parte de Gas Natural, que compró la compañía hace ya muchos años, pero eludió mezclar una empresa emblemática y radicada en Cataluña, como Gas Natural, con la energía nuclear que se estaba cuestionando a lo largo de todo el programa.

Ya se sabe, las nucleares son algo impuesto y ajeno a Cataluña…

Muy significativo, muy importante lo que señalas. Tú eres miembro del MIA,
¿Qué es el MIA? ¿Cuándo se formó? ¿Por qué?

El Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA) es uno de los muchos intentos de coordinar un movimiento de resistencia a la energía nuclear que se han dado en las últimas décadas, como lo fue la Coordinadora Estatal Antinuclear (CEAN) entre 1996 y el 2000, aproximadamente; u otros intentos anteriores.

El MIA surge en 2015 por la confluencia de varios factores: un movimiento asambleario contra Almaraz, en Extremadura el Foro Extremeño Antinuclear, que prolonga una campaña anterior de resistencia, coordinada con grupos ecologistas portugueses, contra el proyecto de una refinería de petróleo, la
refinería Balboa, finalmente abandonado; a ello se suma la denuncia de un grupo de inspectores del Consejo de Seguridad Nuclear (el CSN) sobre el estado de los sistemas de refrigeración de Almaraz, enfrentándose al propio CSN, lo que provoca una intervención directa del Gobierno de Portugal ante el Gobierno del PP, que lleva a una implicación de la Unión Europea.

Este ambiente facilita una campaña contra el proyecto de construcción del Almacén Temporal Individual de residuos radiactivos de Almaraz, una instalación semejante a la que ya tienen la mayoría de centrales nucleares; a ello se suma el descubrimiento de que Almaraz es la primera central que debe renovar el permiso de funcionamiento en 2020. Aunque diplomáticamente la crisis portuguesa se resuelve dentro de la UE, todo esto incentiva la voluntad de organizarse.

En estas circunstancias surge el MIA, al que se unen campañas ya consolidadas como la oposición a la reapertura de Garoña, la oposición a la construcción del ATC en Villar de Cañas, y luego la oposición a la mina de uranio de Retortillo.

Compañeros de organizaciones ecologistas, conservacionistas y políticas portuguesas participan en el MIA. Aunque en Portugal no hay centrales nucleares existe la percepción de que la cercanía de Almaraz es una amenaza, un fenómeno parecido al que se desarrolló en el País Vasco con Garoña. Una percepción que funciona socialmente, pero que es errónea: para Portugal tanta amenaza supone Almaraz, la central que tienen más cerca, como Vandellós 2, la que tienen más lejos.

Lógicamente resulta más fácil realizar un trabajo de oposición a la energía nuclear en un país en que no hay centrales nucleares, por ello el componente activista de los compañeros y las compañeras de Portugal en el MIA es muy importante y valioso, además de la solidaridad que suponen, son un potente altavoz.

Me ubico en el pasado. ¿El CANC tuvo tanta importancia como a veces se dice?

Cuando me incorporé al trabajo contra las nucleares en 1989, el Comité Anti Nuclear de Catalunya (CANC) no estaba ya en primera línea. En las reuniones de la coordinadora que se organizó para exigir el cierre de Vandellós 1, a la que llamamos Catalunya No Nuclear, participaban personas que eran del CANC. Yo conocí y trabajé con algunas de ellas, como Louis Lemkow, pero no se dieron aportaciones globales del CANC a esa campaña.

Cuando se cerró Vandellós 1, el trabajo siguió por otros derroteros, vino la ILP antinuclear de 1990-1991, la formación de Acció Ecologista, el debate de la eólica, etc. El CANC ya no volvió a mencionarse ni desarrolló actividades.

La ciudadanía española, hablando en términos generales, ¿está suficientemente informada de los temas atómicos?

En España, todo lo relacionado con la energía nuclear está protegido por el silencio y la desinformación. Existe una elevada conciencia social del peligro que suponen las nucleares, sobre todo desde Fukushima, pero no hay una información que permita discernir cuáles son los temas
urgentes y los que no. Muy pocos sectores sociales saben, por ejemplo, que hay un calendario de renovación de permisos en curso. Ni cuál es la estrategia de la industria nuclear ante ese calendario.

Pero la desinformación de la industria nuclear, vinculando su existencia a la seguridad del suministro o al freno del cambio climático, no penetra fácilmente en la sociedad, de ahí la ausencia de encuestas favorables y la discreción con que se lleva. Pese a todo, la energía nuclear se impone como una presencia fáctica.

l año pasado el parlamento catalán aprobó una ley que imponía una fiscalidad especial a las actividades nucleares. ¿Fue positivo? ¿Fue un paso adelante?

Es el tema que he apuntado en mi anécdota. Bueno, vamos por partes. Todo lo relacionado con la fiscalidad ambiental, y más en concreto con la fiscalidad nuclear, es un asunto complejo por varios motivos.

¿Qué motivos?

Partamos de una pregunta: cuando se grava fiscalmente una actividad industrial que provoca un impacto irreversible en el medio ambiente, ¿se está bloqueando o se está legitimando esa actividad? Ello dependerá del peso del impuesto. Es decir, si el impuesto es muy elevado tiene carácter disuasorio. Si el impuesto no es elevado, lo que se está haciendo es legitimar el impacto y la industria que lo provoca. Hasta ahora los impuestos que se han aprobado sobre las nucleares solo tenían la función de recaudar dinero, es decir, las legitimaban.

Además, una industria siempre tiene la opción de recuperar un gravamen por la vía del incremento de tarifas. Las compañías eléctricas lo tienen muy fácil dado su poder para negociar esas tarifas, los incentivos, los peajes, etc., con el gobierno de turno.

Todo esto ha llevado a una consigna del movimiento antinuclear que el MIA ha hecho suya: solo se aceptarán impuestos sobre las nucleares si ya existe un calendario de cierre acordado, lo cuál no es una postura muy realista dado lo que sabemos sobre ENEL-Endesa, Iberdrola y Gas Natural-Fenosa, pero es un freno a la alegría de los políticos para presentar cualquier impuesto a las nucleares como un paso adelante.

Un apunte. Todas las Comunidades que han aprobado impuestos a las nucleares se han enfrentado a querellas legales, bien de las eléctricas, bien del gobierno del PP, que han acabado ilegalizándolos. En el caso de Castilla La Mancha se llegó al extremo de que el gobierno autonómico tuvo que devolver las cantidades que ya había recaudado. Hay una excepción: Valencia recauda un impuesto desde hace años sobre Cofrents sin oposición, lo que constituye un enigma para el que no hemos obtenido respuesta.

Pero además de todo esto está el tipo de impuesto. En el caso de Cataluña, que mencionas, algún experto de los que asesoraban al gobierno del PDeCat y ERC que lo planteó tuvo la genial idea de gravar las emisiones radiactivas cotidianas de Ascó y Vandellós por su peligrosidad para la salud, usando los datos de los informes anuales de emisiones del CSN para calcular el monto del gravamen.
Como la salud de la población es algo que importa más bien poco a la mayoría de la clase política, ni el experto asesor, ni los políticos del PDeCat y ERC que lo promovieron, ni los otros grupos políticos que lo apoyaron en el Parlament, pensaron ni por un momento que con ese supuesto impuesto estaban solventando uno de los aspectos que la industria nuclear ha negado desde sus inicios: que las emisiones rutinarias de radiación, las llamadas «bajas dosis», fuesen nocivas para la salud; y que con en el mismo paso, y aquí está el punto más impresentable del tal impuesto, las estaban legitimando. Porque el impuesto venía a decir: vale, asumimos que el funcionamiento de los reactores nucleares supone un peligro para la salud de la población, pero paguen ustedes este impuesto y asunto arreglado, la población que se aguante. Desde el MIA en Cataluña pusimos en marcha una campaña de denuncia que tuvo un apoyo social considerable, teniendo en cuenta que la censura actuó con firmeza, y los medios de información ni se hicieron eco.

Al final del chusco episodio parece ser que los representantes del PSC y de Catalunya Sí Que Es Pot votaron contra el tal impuesto por motivos diversos; tampoco es que facilitaran mucha información dado lo incomprendidos y molestos que se sentían sus representantes ante la incomprensión de la campaña hacia sus altruistas intenciones.

Los partidos políticos, los sindicatos, los movimientos sociales y sus asociaciones, ¿dan la importancia que tiene al tema nuclear?

Vaya, cuatro bloques muy diferentes.

Tienes razón. La pregunta está mal formulada.

Vamos por partes, si atendemos a sus programas electorales, único documento oficial para fijar la postura de un partido político, solamente dos partidos con representación parlamentaria, Unidos Podemos y el PSOE, tienen una postura definida de oposición al tema nuclear; el resto guarda un escrupuloso silencio, excepto el PP, que se declara pro-nuclear sin complejos. Hay partidos fuera de las instituciones, como Recortes Cero o el PACMA, que son contrarios a la energía nuclear en términos generales.

Luego, hay variables; algunos partidos que callan en el tema nuclear apoyaron, en cambio, el cierre definitivo de Garoña en las pasadas elecciones, del resto de los reactores no dicen nada. En este campo destaca el cinismo de los partidos vascos. Otros se apuntan al supuesto impuesto sin analizar las implicaciones. Si atendemos a las declaraciones de la mayoría de líderes políticos, o de portavoces diversos, la hipocresía, la frivolidad y el oportunismo son la tónica dominante; por ejemplo, pueden declarar que «hay que asfixiar a las nucleares con impuestos para que se vean obligadas a cerrar», sin concretar cifras, y sin calcular resistencias, como si las eléctricas fuesen entes sumisos, sin ningún poder de presión sobre los políticos.

Los sindicatos: UGT es declaradamente favorable a la energía nuclear; CC.OO. tiene aprobada alguna resolución contraria, pero no ha apoyado ninguna campaña concreta de denuncia de las que hemos realizado; parece que la tal resolución solo sirve para enseñarla cuando algún miembro de
un colectivo contrario a las nucleares les hace preguntas; CGT es contraria a la energía nuclear sin ambigüedades, USTEC- STEC también es contraria, la CO-BAS también; de los otros sindicatos no sé.

Los movimientos sociales y asociaciones varían. En general, la mayoría es contraria a la energía nuclear, pero hay muchos matices. Se puede estar contra la energía nuclear y no pasar de declararlo sin hacer nada concreto. Situaciones como la que vivimos ahora en España, con la renovación de los permisos, son muy esclarecedoras del nivel de compromiso a que se puede llegar partiendo de una postura general de rechazo a las nucleares.

Tenemos un amigo común, Eduard Rodriguez Farré. ¿Qué opinión te merecen sus textos, su actividad, su compromiso antinuclear?

Perdón, en temas de activismo y compromiso el nombre de Eduard va ligado al tuyo propio, por tanto, mi opinión sobre él y sobre tí no puede ser más positiva. Vuestros libros, textos y publicaciones en internet, e intervenciones en los medios, ayudan mucho al movimiento y al activismo de base. Sin contar con el papel desempeñado por Eduard en conflictos claves, como el de Palomares, o Chernóbil, y en otros campos en que su opinión como científico ha ayudado a tomar posiciones. Y siempre se puede contar con su apoyo para aportar conocimientos y experiencia.

Volviendo a vuestros textos, recuerdo que en plena campaña del llamado «renacimiento nuclear» el único texto que impugnó de raíz todo su discurso yendo al origen, a Chernóbil, fue vuestro libro Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente (Barcelona, El Viejo Topo, 2008), un verdadero soplo de aire fresco, que además contenía aportaciones valiosas de otros autores y tenía una amplitud de miras que superaba el nivel técnico.

Muchas gracias, eres muy generoso con nosotros, sobre todo conmigo. Yo aprendo de Eduard y de personas como tú. Otros nombres de activistas que quieras recordar.

Hay muchas personas que han pasado por el movimiento de resistencia a la energía nuclear y han dejado su huella, luego se han retirado del activismo por motivos personales, profesionales, o de edad, simplemente. Yo tampoco he tenido contacto con todas porque no todas se han implicado en las campañas en que he participado.

Entre las que ya no están entre nosotros, porque murieron prematuramente, hay tres que recuerdo especialmente: Anna Bosch, Fina Soler y Ladislao Martínez. «Ladis» fue un caso de perseverancia, rigor y seriedad, combinado con una profundad humanidad: podías discutir con él, acabar en desacuerdo e, inmediatamente, pedirle información o asesoramiento sobre algo, y te ayudaba generosamente sin que el desacuerdo importase.

Entre las personas activas destaca Paca Blanco, un caso de resistencia heroica en un ambiente social muy hostil, como es el entorno cercano a una nuclear, en este caso, Almaraz, en Extremadura.

Hay muchas otras personas que han desempañado papeles claves en determinadas etapas del voluntariado, como Joan Pallisé, Enric Tello, Jaume Morrón, Pep Puig, Joaquim Coromines, Jordi Miralles, Jesús Navarro, Engracia Querol, Joaquim Sopena, Angels Zurita, Eloi Nolla, Paco Castejón, Manuel Adelantado, Jose Ángel Hernández, Jordi Foix, Marta Gumà, Jordi Bigues, Feli Argüello, Jennifer Coronado, Carles, Xan…, y me dejo muchas otras con las que he participado en actividades y cuyos nombres se me escapan ahora. Son varias decenas de personas a lo largo de estos años que han trabajado de manera voluntaria pintando pancartas, dibujando carteles, redactando documentos, repartiendo materiales, organizando actos recogiendo firmas, plantándose en la puerta de las centrales, concentrándose en plazas, manifestándose…

Y hay personas activistas, de las etapas más recientes, de las que no puedo decir su nombre, lo que es todo un síntoma de los tiempos que estamos viviendo. Se trata de compañeras y compañeros que trabajan en la industria, o en el sector de las renovables, y cuya vinculación pública con el movimiento contra las nucleares les pueden suponer molestias o problemas en su vida profesional; porque el poder de eléctricas y bancos es muy fuerte y llega a aspectos insospechados. Y lo que llaman el mercado laboral tiene mucha precariedad y ángulos oscuros.

Una pregunta personal, tal vez demasiado personal. Llevas mucho años en esto: ¿vale la pena tanto esfuerzo, tanto tiempo de dedicación?

Bueno, no exageremos. No he estado de activista voluntario solo en el tema de las nucleares, y no todo el tiempo desde 1989 ha sido de campaña continua; ha habido bastantes periodos de baja actividad, incluso de relajación, simplemente porque no se podía hacer nada, en el caso de las nucleares por su carácter fáctico que ya he mencionado.

Hay una reflexión de fondo: la resistencia debe ir acompañada de la perseverancia, porque la irracionalidad nuclear se impone por la perseverancia no por la veracidad de su discurso. Tenemos Fukushima como prueba reciente. Se puede mantener una trayectoria de voluntariado intermitente pero debe existir perseverancia en el campo en que se actúa, si se quiere hacer algo más que protestar.

Desde 1989 la sociedad ha cambiado mucho. En el ecologismo se han superado las formulaciones genéricas, utópicas, y bien pensantes sobre energía, residuos, agua, alimentación… También en el ecologismo, como en otros campos, se ha evolucionado del voluntariado a la profesionalización.

Hay potentes organizaciones no gubernamentales, con abundantes recursos, que cumplen una función paliativa: ofrecer a sectores sociales que tienen conocimiento de las catástrofes e injusticias, que tienen dinero, y que se sienten moralmente afectados, una salida a la impotencia que puede provocar el conocimiento. Pagar una cuota y recibir, a cambio, información de que esa cuota sirve «para hacer algo» (entre comillas), consuela y tranquiliza; es parte de los mecanismos que el capitalismo utiliza para generar hegemonía y consenso. La profesionalización en la protesta significa depender de recursos, impone limitaciones a la denuncia y a la acción para que esos recursos no sean retirados. Se incentiva así la denuncia controlable, el discurso crítico dentro de determinados márgenes. Mirar hacia adelante, nunca hacia los lados, ni hacia abajo ni hacia arriba, y «ser positivos» (entre comillas).

En ese contexto, ser voluntario hoy exige especialización de conocimientos en el campo de activismo en que se participa si se quiere incidir de verdad. Y en una sociedad basada en la precariedad laboral eso plantea problemas prácticamente irresolubles.

¿Quieres añadir algo más?

Nada. Solo darte las gracias por tu interés y tu apoyo.

Gracias a ti.

Fuente: Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 142, 2018, pp. 145-161

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.