Presentación de La filosofía del engaño de Lidia Falcón

Salvador López Arnal

Martes 1 de marzo de 2022, 19 horas, Casa del Libro, Passeig de Gràcia, 62, Barcelona. Grabación en vídeo del acto.

 

Gracias por la invitación. Gracias a ustedes por su presencia, un honor. Gracias a la autora y a los editores.

El esquema de mi intervención, lo que voy a contarles: un decálogo de palabras y expresiones, dos matices, el resumen del decálogo, Cernuda para cerrar.

El decálogo:

1. Verdad, veracidad. Un motor ético-gnoseológico inspira y da fuerza, energía y dirección a las páginas de La filosofía del engaño. No es otro que la búsqueda de la verdad, la vindicación de una filosofía de la verdad, la inversión del título. ¿Qué verdad? Una verdad aristotélico-machadiana. Como Aristóteles, Lidia Falcón sabe, lo ha sabido siempre, que decir «de lo que es, que no es, o que lo no es que es, es decir falsedad; y decir que lo que es es y que lo que no es no es, es lo verdadero.» Y también sabe, también lo ha sabido siempre, que la verdad que busca, la verdad que nos propone que busquemos, es la que el gran poeta sevillano defendía y diferenciaba en unos versos de «Proverbios y cantares»: «Tu verdad no, la Verdad;/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela».

2. Diversidad. Además de la Introducción, que no es escrito breve, son once los capítulos del libro y son innumerables los temas tratados a lo largo de sus más de 450 páginas. Como al compañero de Jenny von Westphalen, como al padre de Tussy, nada humano le es ajeno a Lidia. Abarcar tanto tiene un riesgo que mi madre solía recordarme: «Quien mucho abarca, poco aprieta». El sabio refrán popular tal vez sea válido en general, pero no lo es en el caso de la autora. Lidia abarca mucho, muchísimo, y aprieta, aprieta firmemente, cuando el asunto lo exige (que es siempre). Por eso es una persona, una mujer de principios, eso que los «ganadores» llaman «harapos de los perdedores».

3. Ortodoxia-heterodoxia. ¿Hay en las páginas de La filosofía del engaño un pensamiento ortodoxo? ¿Más bien un escribir heterodoxo? ¿Heterodoxia dentro de la ortodoxia? ¿Tal vez a la inversa? No, nada de eso. Esas etiquetas no sirven y acaso no hayan sido útiles nunca. Lo que notamos, lo que sentimos leyendo La Filosofía del engaño es un pensar libre, rebelde, indignado, justamente enfadado en muchas ocasiones (¡hay muchísimos motivos para ello!). Un pensar no sujeto a modas ni a las corrientes hegemónicas/dominantes, un pensar que no pretende agradar al poder ni a los poderosos ni tampoco a sus pensadores serviles.

Un pensar que piensa sin ataduras, la única forma auténtica de pensar.

4. Con la propia cabeza. Y por ser libre es un pensar que piensa siempre con la propia cabeza, asunto nada fácil. Un pensar que no tiembla, que no se echa atrás ante las consecuencias del propio pensar. Un pensar sin pelos en la lengua y crítico.

¿Qué tipo de pensamiento crítico? El que nunca considera axiomas o postulados indiscutibles lo que son realmente dogmas, enunciados-principios no fundamentados, o cuentos interesados y falsarios. Un pensamiento que no se limita a repetir viejas afirmaciones mil veces dichas en la tradición, sino que trabaja, reflexiona, estudia, cultiva, aporta, abona, crea y enriquece esa tradición.

5. Marxismo-materialismo. Hay mucha inspiración marxista y materialista en la perspectiva y los análisis del libro de Lidia. Pero el marxismo, como el Ser en Aristóteles, se dice de muchas maneras. ¿De qué tipo de marxismo hablamos? Del siguiente: a finales de los años setenta, otro filósofo crítico y sin pelos en la lengua, les hablo de Manuel Sacristán Luzón (1925-1985), anotaba un texto de Lucio Colletti (un intelectual marxista, muy de moda entre nosotros en aquel entonces, en transición hacia el berlusconismo), y escribía: «No se debe ser marxista (Marx); lo único que tiene interés es decidir si se mueve uno (o una), o no, dentro de una tradición que intenta avanzar, por la cresta, entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan.»

Ese es el marxismo defendido por Lidia: un marxismo de unión teoría-praxis, un marxismo praxeológico, un marxismo que nunca pierde de vista la XI Tesis marxiana sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo [entre paréntesis: los filósofos y filósofas no han hecho eso tan solo], pero de lo que se trata es de transformarlo

(Dicho sea también entre paréntesis: Sacristán, el autor de «El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia» fue expulsado de la Universidad de Barcelona por motivos políticos en 1965. Algunos colegas, no fueron muchos, se solidarizaron abierta y públicamente con él. Entre ellos, Carlos París, un filósofo concernido y no olvidado a quien Lidia Falcón cita en varios pasajes de su libro).

6. Realismo/idealismo. No realismo versus idealismo o a la inversa; no realismo entendido como «adaptación gozosa a la realidad» o idealismo equivalente a sueño liberador. Como buena materialista (que no quiere decir sesgada economicista o consumista compulsiva), Lidia conserva el buen juicio del realismo político…. del realismo político bien entendido. Es decir, un realismo que se esfuerza por conocer lo real (asunto siempre complejo), que no cae en la tentación de las ensoñaciones fáciles, de refugios apetecibles, pero que, al mismo tiempo y sin ninguna contradicción, no olvida las finalidades, los objetivos últimos, los valores emancipatorios asociados al comunismo feminista y libertario. El Ser y sentido de tantas vidas, de muchas vidas. De la vida de Lidia.

7. Contra la (sin)razón patriarcal. Será evidente para quien lea La filosofía del engaño el combate ininterrumpido a lo largo de estas páginas (y de todas las que ha escrito la autora, que son muchas por cierto, a lo largo de décadas) contra todo tipo de irracionalismo. Especial y destacadamente contra el irracionalismo, explotador y asesino en muchas ocasiones, de la sinrazón patriarcal. Nada sorprendente para los viejos del lugar que venimos aprendiendo de Lidia desde antes de Vindicación Feminista.

Para mis ojos, uno lo de los momentos más brillantes del ensayo es la deconstrucción magistral (retengan la palabra) de la cosmovisión, de la pseudofilosofía, de la ideología queer y sus prolongaciones y sistemas afines.

8. Crítica de la economía servicial. Probablemente están pensado ustedes en el subtítulo de El Capital, el clásico marxiano (una especie de Elementos o Principia de las ciencias sociales y la filosofía) que tanto debe también a Jenny, a Friedrich y a Tussy.

Lidia no se ha propuesto escribir (de momento) el cuarto o quinto volumen de El Capital. Pero a lo largo de las páginas de La filosofía del engaño se observa un brillante ejercicio de crítica implacable, documentada, agudísima, de todo lo que se vende-presenta como «teoría o ciencia económica» y que no es otra cosa en muchas ocasiones sino interesada ideología (con mucha matemática sofisticada para impresionar) al servicio de las insaciables clases dominantes que tienen, que siguen teniendo, el incremento de plusvalía como máxima aspiración social y existencial.

9 Republicanismo. Republicanismo desde luego, pero republicanismo en serio, en consistencia con la tradición republicano-democrática, nada que ver con otro tipo de «republicanismos» de casa nostra (ustedes ya me entienden). Citaré algunos de los 10 mandamientos republicanos aprobados en Guadalajara, 31 de mayo de 1931: amar a la justicia sobre todas las cosas, rendir culto a la dignidad, vivir con honestidad, intervenir rectamente en la vida pública, cultivar la inteligencia, propagar la instrucción, trabajar, ahorrar, proteger a los y a las débiles, no procurar beneficio a costa del perjuicio ajeno.

Este es el republicanismo que anida en las páginas de La filosofía del engaño y, en general, en la obra de Lidia. El republicanismo de todos nosotros, de todas nosotras.

10. Magisterio. A la manera de Brecht y de su poema inolvidable: Hay personas que luchan un día y son buenas. Hay otras que luchan un año y son mejores. Hay personas que luchan muchos, muchos años y son muy buenas. Pero están las que luchan toda la vida: esas personas son las imprescindibles. Nuestros referentes, nuestros maestros, nuestras maestras. Lidia es una de ellas, una verdadera maestra de todos nosotros.

Hasta aquí el decálogo, tocan los matices. En consistencia con el pensamiento crítico del libro, leo dos pasajes del libro y añado un comentario:

1. Escribe Lidia en las páginas 82-83: «La II República, dirigida más por intelectuales liberales que por economistas marxistas, intentó transformar el patético sistema educativo que había regido hasta entonces bajo el poder de los partidos liberal y conservador, poco diferentes en esta materia, y la égida de la Monarquía y la Iglesia. Siguiendo los principios de la Institución Libre de Enseñanza introdujo la igualdad en la escuela, suprimiendo la privada y quitándole todos los privilegios a las órdenes religiosas a las que se prohibió enseñar. E intentó potenciar la investigación y la ciencia. Por eso, tanto el Capital como la Iglesia Católica acabaron con la República. Los grandes investigadores, científicos y humanistas formados en aquella escuela tuvieron que exiliarse y aquí nos quedamos con Ortega y Xavier Zubiri y los obispos y religiosos que dictaban la doctrina y las normas de la enseñanza» (pp. 82-83). En mi opinión, la cosa fue mucho peor, muchísimo peor. ¡Ojalá hubiera prevalecido en la filosofía española de la postguerra filósofos (burgueses ciertamente) de la talla de Ortega! ¡Ojalá libros, como La idea de principio en Leibniz o En torno a Galileo por ejemplo, hubieran sido parte sustantiva del alimento filosófico del país durante aquellas oscuras décadas!

2. En la página 126, señala Lidia: «En el V Congreso del PSUC celebrado en enero de 1981, solo un mes antes del golpe, triunfaron las tesis más radicales entre los militantes del partido, pero dada la hostilidad que mostraron los dirigentes, pertenecientes a la burguesía catalana, a cuya cabeza estaban Antonio Gutiérrez Díaz y López Raimundo, ante este giro a la izquierda que rechazaba el proyecto del eurocomunismo, asumido por la dirección desde hacía una decena de años, las conclusiones del Congreso condujeron a la división del partido.» No logro ver, en el caso de Gregorio López Raimundo, posteriormente, como recuerdan, presidente del PSUC-viu, la adecuación de esa pertenencia de clase.

El resumen del que les hablaba:

Como todo decálogo que se precie, también este merece y exige un resumen. Es este: libertad (real), justicia (real), fraternidad, solidaridad, pensamiento libre y crítico, feminismo, comunismo democrático, profundidad, cultivo creativo de las tradiciones emancipatorias, internacionalismo, magisterio… Todo eso alimenta La filosofía del engaño.

A propósito de esto último, magisterio (y también reconocimiento), Cernuda viene en mi ayuda. Les recuerdo los versos finales, con ligeros cambios, de uno de sus grandes poemas, de un poema de la literatura universal: «1936» (La realidad y el deseo, 1924-1962 –XI– Desolación de la quimera. Recogido en su Poesía Completa, Volumen I. Ed. Siruela 1993).

Cernuda habla aquí de fe. Entendamos por fe: convicciones, ideas nada líquidas, ir en serio:

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
Como en aquellos días:
Noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, ella la ha mantenido
A través de los años, la derrota,
Cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Gracias, compañera, gracias
Por el ejemplo. Gracias por que me dices
Que el ser humano es noble. Nada importa que tan pocos lo sean:
Una, una tan sólo basta
Como testigo irrefutable
De toda la nobleza humana.

Gracias por su atención, gracias por su paciencia y, sobre todo, muchas gracias a Lidia.

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