Notas sobre la «revolución pasiva». Paine, Cuoco, Croce, Gramsci (y muchos otros)

Antonio Di Meo

Tras la huella de un concepto, de la Revolución Americana a los «patriotas» de la Italia meridional y a los Cuadernos de la cárcel. Gramsci y la historiografía crociana. Una discusión sobre las fuentes de los escritos carcelarios, sobre el papel de De Ruggiero y sobre la relación entre Gramsci y Cuoco.

En junio de 1799, una vez finalizada la breve existencia de la República jacobina napolitana que había comenzado en enero del mismo año, una multitud enfurecida de filo-borbónicos atacó dos veces el palacio episcopal de Vico Equense provocando numerosos daños en este. Allí residía el «ciudadano» Michele Natale, obispo y presidente del municipio de esa diócesis, que había sido uno de los muchos miembros del clero que tomaron parte por la República y los ideales que esta defendía. Nacida tras la entrada en Nápoles de las tropas francesas al mando del general Jean-Antoine-Étienne Championnet, la República fue fundada gracias a la contribución de los miembros de la Sociedad Patriótica Napolitana de inspiración masónica y jacobina que había sido constituida en 1793 por el químico Carlo Lauberg, que sería presidente del primer gobierno provisional de la República, y que en 1794 sufrió una dura represión a la que siguieron numerosos arrestos y condenas a muerte. Al día siguiente del primer asalto a la diócesis, Natale hacía pública una proclama dirigida a sus conciudadanos y fieles en la que afirmaba que

En los primeros días que la invencible Armada francesa repetía: Viva la libertad, reflexionaba que vosotros, como hijos de una revolución pasiva, no siendo susceptibles de teorías, de máximas y de actos de raciocinio que despierten la libertad de vuestros derechos, por ahora debíais sentir solamente la ventaja física de la Regeneración; y es por eso que desde los Municipios mis fieles Compañeros […] administramos justicia, con caridad, con desinterés y con imparcialidad. Comparad las obras de los Municipios con el trato que os dieron; y os veréis como los judíos, que crucificaron a su Regenerador[1].

Como puede verse, Natale utilizaba el término revolución pasiva y a su modo explicaba su significado: es decir, que los subalternos estaban involucrados en un acontecimiento revolucionario de tipo pasivo al no ser capaces, por su escaso nivel de cultura y educación, de hacer suyos los principios más abstractos y generales del hecho liberador en el que participaban, y que por tanto se esperaba su consenso a partir del desarrollo por parte de la municipalidad de una política más atenta a sus concretos intereses materiales. Pero la proclama no hacía ninguna referencia a la necesidad de satisfacer el hambre de tierra de los campesinos. Tras la derrota de la República, Natale sería condenado a muerte y, después de ser (ilegalmente) desconsagrado, ahorcado el 20 de agosto de 1799 en la Piazza del Mercato de Nápoles junto con otros ilustres «patriotas». La diócesis de Vico Equense sería posteriormente suprimida para siempre como sede residencial.

Del «Nuevo Mundo» al «Antiguo»

El concepto de revolución pasiva no fue una invención de Natale, como tampoco lo será de Vincenzo Cuoco, autor del Saggio storico sulla Rivoluzione di Napoli (1801, 1806), en el que este lo desarrolla de forma extensa y analíticamente profunda[2]. Como he sostenido detalladamente en otra ocasión[3], originalmente el concepto estaba contenido en el Rights of Man, Part the Second, Combining Principle and Practice (1792) del revolucionario estadounidense Thomas Paine[4]. En el caso del obispo Natale, se pueden hacer algunas conjeturas plausibles sobre su apropiación. Este, nacido en 1751 en Casapulla (Caserta), entró en el Seminario de Capua en 1771; en 1775 fue ordenado sacerdote y tras una experiencia pastoral en la misma Capua, en 1797 era consagrado como obispo y destinado a Vico Equense. Hacia los años ochenta se había adherido a la masonería relacionándose con los ambientes jansenistas, muy extendidos entre el clero y los laicos napolitanos fieles a la República (que serían posteriormente erradicados por los sanfedistas del cardenal Fabrizio Ruffo).

De hecho, en la Biblioteca del Seminario de Capua aún está presente la edición francesa de 1791-1792 de los dos volúmenes de Paine[5]. Buscando con el sistema SBN en las bibliotecas de la Provincia de Nápoles, se comprueba que esta edición está presente solo en Capua. En el territorio del antiguo Reino de Nápoles del siglo XVIII, la misma obra se encuentra en la Biblioteca Nacional Sagarriga Visconti-Volpi de Bari, en la Biblioteca Provincial Nicola Bernardini de Lecce y en la Biblioteca Municipal Giustino Fortunato en Rionero in Vulture, en la provincia de Potenza. Estas bibliotecas, fundadas a mediados del siglo XIX, recogen algunos patrimonios bibliográficos de monasterios, órdenes religiosas y diócesis afectados por las leyes eversivas de los bienes eclesiásticos y feudales, o por bibliotecas nobiliarias o donaciones de personalidades particulares. En el caso de Rionero –que sería una de las primeras localidades filo-francesas[6]– los volúmenes de Paine pertenecían a la familia Fortunato, uno de cuyos miembros, el jurista Giustino Fortunato padre, se había unido en su juventud a la República partenopea (posteriormente al Reino de Murat y luego otra vez al reino borbónico «restaurado»…). Por tanto, parece segura una amplia presencia de la obra de Paine en el Reino de Nápoles. Obviamente, el concepto de revolución pasiva estaba asociado al de revolución activa, explícita y ampliamente presente en Paine y posteriormente en Cuoco. Esta segunda forma de revolución había sido la pretendida por Francesco Lomonaco, protagonista también de la Revolución en Nápoles y exiliado primero en Francia y luego en Milán –donde entabló amistad con Alessandro Manzoni, Ugo Foscolo y Vincenzo Monti así como con Cuoco (que se convirtió en un amigo muy cercano de Manzoni)– como puede verse en su importante Rapporto fatto da Francesco Lomonaco patriota napoletano al cittadino Carnot ministro della guerra publicado primero en París y luego en Milán en 1800:

El reino de la libertad no podía estar solo en el reverso del trono. Establecer la moral, el espíritu nacional, erradicar los abusos, las malas costumbres y los errores por medio de la educación, combatir el lujo y la corrupción esparciendo las semillas del amor, la virtud y la patria, animar la agricultura, hacer desaparecer la desproporción de bienes, encender un fuego marcial en la masa del pueblo, fortaleciéndolo, custodiar el palacio de la independencia bajo la égida de las fuerzas nacionales, sin dormirse en el seno de la protección del extranjero, era precisamente hacer una revolución, y una revolución activa[7].

Estos detalles de las características de las revoluciones políticas y sociales estaban presentes simultáneamente –y quizás con orígenes diferentes– en el pensamiento de los revolucionarios napolitanos. En mi trabajo citado anteriormente, he señalado cómo los estudios de Benedetto Croce de finales del siglo XIX habían interpretado la revolución pasiva de Cuoco en un sentido liberal-moderado de tipo decimonónico, como «revolución sin revolución», interpretación que difiere de la de Cuoco en cuanto, como sostiene también el historiador Antonino De Francesco,

el moderantismo de Cuoco –expresión a la que él mismo se habría referido en más de una ocasión– no fue en modo alguno un anticipo del liberalismo decimonónico, sino una mera estrategia inserta enteramente en la cultura política de la revolución francesa[8].

La de Cuoco era por tanto una posición que podía definirse –dentro del campo revolucionario– del «justo medio», de equilibrio entre tendencias históricas extremas[9]. Por otra parte, esta era también la intención de Paine, que había escrito su famoso ensayo «en reponse a l’attaque de M. Burke, sur la Révolution françoise» con una dedicatoria a George Washington[10]. Es decir, como una respuesta a la invectiva contrarrevolucionaria del británico Edmond Burke, Reflexion on the Revolution in France (1790), que había sido traducida a varios idiomas y fue ampliamente difundida en el Reino Unido y en el resto de Europa[11]. La dedicatoria de Paine a Washington es reveladora de sus intenciones, especialmente cuando afirma: «¡Que podáis gozar de la dicha de ver como el Nuevo Mundo regenera al Viejo!», o cuando señala el carácter ejemplar de los acontecimiento americanos para la vieja Europa. El Saggio storico de Cuoco, por tanto, no fue sólo un tratado de historia en sentido estricto, sino también de teoría política, elaborado en el contexto abierto por la Revolución de 1789 y por la presencia francesa en Italia incluyendo, sobre todo, el período napoleónico posterior[12] y a partir de una sensata identificación de las condiciones del Reino de Nápoles.

Incluso Guido De Ruggiero había escrito en Il pensiero politico meridionale nei secoli XVIII e XIX de 1922, que

La mentalidad política de Cuoco está plenamente circunscrita dentro de los límites de este período histórico [el bonapartismo]. Su valoración de la vida del pueblo, de sus necesidades, del modo de regularla, podría haber sido la de un bonapartista[13].

Justa consideración, ya que el Saggio storico (la edición de 1801, pero sobre todo la de 1806) fue concebido y reescrito en el período en que Bonaparte asumía un papel decisivo en la política europea, especialmente a partir del 18 de Brumario, año VIII de la República (9 de noviembre de 1799). Solo que De Ruggiero, al igual que otros historiadores, consideraba al propio bonapartismo como el inicio de la Restauración y por tanto, no el fracaso de ésta y el posterior Congreso de Viena (1815). En este particular sentido, el Cuoco crítico del jacobinismo podría ser considerado entonces como un autor de la Restauración[14].

Así pues, el carácter nacional y unitario del pensamiento de Cuoco no estaba inicialmente vinculado al Risorgimento italiano stricto sensu, sino a la formación de una República o de un Reino de Italia, unitario pero «hermanado» y aliado de los franceses y anti-austríaco. Después de la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo, Cuoco aconsejaría a Murat tomar la dirección de la unificación italiana, pero la tentativa muratiana no tendría éxito. De cualquier manera, si se hubiera logrado tal unificación, habría sido necesario reinstaurar un amor a la patria basado en la virtud y el «espíritu público», resultado de una educación generalizada y universal. De Ruggiero, sin embargo, no consideraba que las ideas de Cuoco derivaran de Paine y del modelo «americano» que este planteaba. Sin la comparación entre las dos Revoluciones[15], no es posible entender el significado original de la revolución pasiva, ni siquiera los malentendidos posteriores al respecto. En Nápoles habían sido frecuentes las relaciones con los revolucionarios estadounidenses, como demuestra la correspondencia entre Gaetano Filangieri y Benjamin Franklin entre 1781 y 1788.

Gramsci, Croce y Cuoco

Distintos fueron el contexto y el propósito de Croce y, aunque de otro modo, del propio Gramsci. Como en otras ocasiones, la historiografía crociana se inserta en el contexto de la cultura liberal moderada pos-neogüelfa que apoyaba la idea de que –incluso en Italia– las revoluciones jacobinas habían interrumpido el positivo proceso reformador dieciochesco de las monarquías ilustradas, y estaban por tanto destinadas al fracaso, ya que solamente gracias a esto tuvieron cierta influencia en la historia posterior.

Como es sabido, Antonio Gramsci realizará duras críticas a la historiografía crociana en sus Cuadernos de la cárcel:

Croce continúa la historiografía de la corriente neogüelfa de antes de 1848 tal como fue fortalecida a través del hegelianismo de los moderados que después de 1848 continuaron la corriente neogüelfa. Esta historiografía es un hegelianismo degenerado y mutilado: porque su preocupación fundamental es un temor pánico a los movimientos jacobinos, a toda intervención activa de las grandes masas populares como factor de progreso histórico. Es digno de verse cómo la fórmula crítica de Vincenzo Cuoco sobre las «revoluciones pasivas», que cuando fue emitida (después del trágico experimento de la República Partenopea de 1799) tenía un valor de advertencia y habría debido crear una moral nacional de mayor energía y de iniciativa revolucionaria popular, se convirtió, a través del cerebro y el pánico social de los neogüelfos-moderados, en una concepción positiva, en un programa político y en una moral que […] ocultaba la inquietud del «aprendiz de nigromante» y la intención de abdicar y capitular a la primera amenaza seria de una revolución italiana profundamente popular, es decir, radicalmente nacional[16].

En este caso, como en el siguiente, Gramsci diferencia a Cuoco de Croce:

La Storia dell’Europa nel secolo XIX parece ser el ensayo de historia ético-política que debe convertirse en el paradigma de la historiografía crociana ofrecido a la cultura europea. Pero hay que tener en cuenta los otros ensayos: Storia del regno di Napoli, Storia d’Italia dal 1871 al 1915, y también La rivoluzione napoletana del 1799 y Storia dell’età barocca in Italia. Los más tendenciosos y demostrativos son, sin embargo, la Storia d’Europa y la Storia d’ltalia. Sobre estos dos ensayos se plantean inmediatamente las preguntas: ¿es posible escribir (concebir) una historia de Europa en el siglo XIX sin tratar orgánicamente la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas?, ¿y puede hacerse una historia de Italia en la edad moderna sin tratar las luchas del Risorgimento? […] Puede decirse, por lo tanto, que el libro sobre la Storia d’Europa no es más que un fragmento de historia, el aspecto «pasivo» de la gran revolución que se inició en Francia en 1789, se desbordó por el resto de Europa con los ejércitos republicanos y napoleónicos, dando un poderoso empujón a los viejos regímenes, y determinando, no su hundimiento inmediato como en Francia, sino su corrosión «reformista» que duró hasta 1870. Se plantea el problema de si esta elaboración crociana, en su tendenciosidad no tiene una referencia actual e inmediata, no tiene el fin de crear un movimiento ideológico correspondiente al de la época tratada por Croce, de restauración-revolución, en el que las exigencias que hallaron en Francia una expresión jacobino-napoleónica fueron satisfechas en pequeñas dosis, legalmente, reformistamente […] En ellos, sin embargo, la categoría de revolución pasiva –en el sentido de Croce– se convierte en un canon de interpretación de la historia italiana posterior a la Restauración y de toda la época histórica europea y mundial de los siglos XIX y XX[17].

Así pues, Gramsci escribe sobre revolución pasiva «en el sentido de Croce», dando por contado que podrían existir otros significados, tal vez el del propio Cuoco. Pero también Antonio Labriola en su ensayo Da un secolo all’altro. Considerazioni retrospettive e presagii publicado por el propio Croce en 1906[18] había escrito, a propósito del Risorgimento italiano y de la historia mundial de finales del siglo XIX, de historia activa y de historia pasiva[19]. Y Croce, tal vez solicitado por este escrito, sostendrá el carácter pasivo de la Revolución Napolitana al estar determinada por factores extrínsecos de la política internacional y por consiguiente sin fuerzas propias, es decir pasiva[20].

Croce parecía aceptar la posición de Cuoco, pues en su opinión en el Saggio storico había proporcionado la base teórica para una teoría política del «liberalismo nacional, revolucionario y moderado al mismo tiempo»[21]. Y, aunque había captado claramente el punto crítico de la Revolución de Nápoles, –es decir la falta de unidad entre la élite y el pueblo; entre las consignas generales del primero y las necesidades del segundo; la debilidad en la lucha anti-feudal, etc.–, no consideraba sin embargo que pudiera haberse producido un desenlace distinto del ocurrido, debido a la propia naturaleza del jacobinismo napolitano, en realidad había sido la propia ausencia de radicalidad respecto a la confiscación de la propiedad territorial de los barones en favor de los campesinos. Para Croce, por tanto, el problema no era la recomposición entre élite y pueblo sino la unificación de las élites de los diversos Estados pre-unitarios italianos.

Pero este modelo crociano no era el de Cuoco (como en parte intuirá el propio Gramsci) y desde este mismo momento los significados del concepto comenzarían a cambiar. Es decir, el modelo crociano de revolución desde arriba pretendía excluir al pueblo de los procesos históricos, tal vez incorporando algunas reivindicaciones parciales y realizándolas sin su participación, mientras que la revolución pasiva, de Paine y Cuoco (e incluso la de De Ruggiero), era la forma particular de un proceso de transformación que, por el contrario, suponía la conquista del consenso del pueblo y su progresiva educación y movilización a partir de sus necesidades concretas, mediante un trabajo de continua coordinación pública de los objetivos[22]. Croce en cambio, como he tratado de demostrar[23], realiza una extraña estrategia editorial para tratar de fusionar la posición intelectual de Cuoco con la suya: concretamente sustituyendo el título de Cuoco, su Saggio storico sulla Rivoluzione di Napoli[24], por parte de uno de sus títulos –Studî storici sulla rivoluzione napoletana nel 1799 o La rivoluzione napoletana del 1799– estrategia que ha tenido gran éxito hasta nuestros días.

Cuando Gramsci utiliza en sus Cuadernos el concepto de revolución pasiva, se refiere explícitamente a Cuoco y por tanto a su libro, a pesar de que no tenerlo a su disposición, pero como si conociera bien su existencia ya que no hace referencia a ninguna fuente secundaria que lo incluyera. Los editores de las dos ediciones críticas de los Quaderni (V. Gerratana, 1975; G. Cospito, G. Francioni, F. Frosini, 201725) –y también otros estudiosos–, han argumentado que las fuentes indirectas de este explícito interés de Gramsci por ese concepto podría haber sido la Prefazione alla seconda edizione (1897) del volumen de Benedetto Croce, La rivoluzione napoletana del 1799. Biografie, racconti, ricerche. Ahora bien, más allá de esta cuestión (que no me parece dirimente), lo más relevante es el hecho de que Gramsci hacía suya la interpretación del concepto de Croce de revolución desde arriba o revolución sin revolución, pero, refiriéndose siempre a Cuoco, lo asocia –como hipótesis a verificar– al concepto atribuido a Edgar Quinet de revolución-restauración estimulado por un trabajo de Daniele Mattalia de 1931, Gioberti in Carducci[26]. De hecho, principal la obra de Quinet, Les révolutions d’Italie (1848), no estaba a su disposición. Asociación y definición, sin embargo ambas infundadas, como he demostrado detalladamente en Decifrare Gramsci[27]. En cualquier caso, la interpretación de la revolución pasiva, más crociana que del propio Cuoco, fue muy utilizada en los Cuadernos y con un notable valor heurístico respecto al problema de la hegemonía y de las transformaciones estructurales y de clase en la historia de Italia, e incluso de la historia mundial del siglo XX en la que se estaba produciendo un verdadero cambio civilizatorio e inicialmente (hasta 1870), como afirma Gramsci, sobre todo bajo la forma de corrosión «reformista».

Mientras tanto –siempre en opinión de Gramsci– Croce estaba trabajando también en esta dirección, como vimos en la cita anterior de los Cuadernos. De hecho, la de Gramsci se podría concebir como una respuesta a un nuevo y más amplio programa hegemónico cosmopolita y moderado propuesto por Croce después de la Primera Guerra Mundial, precisamente sobre la base de su concepto de revolución pasiva. Por tanto, creo que el trabajo de Gramsci sobre la revolución pasiva puede considerarse como «instrumental» al introducir una alternativa a dicho programa, como el propio Gramsci parece sugerir para otras categorías del filósofo. Además, hay otro momento en el que el propio Gramsci se refiere a Croce cuestionando la consistencia de su interpretación respecto a la de Cuoco, es decir, confirmando que Croce pudo haber modificado estratégicamente el significado original del concepto (pero De Ruggiero no era consciente de esta):

Croce y la tradición italiana [o una corriente determinada de la tradición italiana]: teorías históricas de la Restauración; escuela de moderados; la revolución pasiva de Cuoco se convierte en fórmula de «acción», de «advertencia» de energética ético-nacional; dialéctica «especulativa» de la historia, mecanicismo arbitrario de esta (cf. la posición de Proudhon criticada en la Miseria de la filosofía); dialéctica de los «intelectuales» que se conciben personificando la tesis y la antítesis y de esta manera elaboradores de la síntesis; este no «empeñarse» enteramente en el acto histórico ¿no es una forma de escepticismo? [¿o de poltronería? Por lo menos, ¿no es éste mismo un «acto» político?][28].

Las fuentes de Gramsci

El trabajo de Gramsci, por lo tanto, parece colocarse en el mismo terreno teórico y político que el de Croce y, paradójicamente, debido a este concepto «crociano» ha tenido un alcance y una productividad analítica enorme, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Si escribimos (en los principales idiomas) en un buscador de internet el término revolución pasiva, comprobaremos que aparecen unos cuantos millones de resultados. Más limitadamente, recientemente se han publicado en Italia dos importantes volúmenes sobre este tema. La mencionada colección antológica de ensayos de académicos pasados y presentes, Rivoluzione passiva. Antologia di studi gramsciani editada por Massimo Modonesi[29], y un volumen colectivo sobre Crisi e rivoluzione passiva. Gramsci interprete del Novecento, editado por Giuseppe Cospito, Gianni Francioni y Fabio Frosini que recoge los textos de la Ghilarza Summer School de 2018 dedicados a este tema[30].

Este segundo volumen contiene un ensayo de Frosini[31] que reconsidera la cuestión de la posible fuente de la recepción gramsciana del concepto de revolución pasiva (que entre otras cosas, contiene una crítica de mi ensayo sobre el tema). La conclusión –en la que modifica su anterior análisis de los Quaderni del 2017[32]– es que tal fuente es el mencionado texto de De Ruggiero, que tampoco formaba parte del fondo gramsciano de Turi, pero en el que Frosini reconoce algunas afinidades con las notas de los Quaderni (no obstante, Frosini admite que De Ruggiero era deudor de la posición de Croce respecto a esto). Sin embargo, una vez más, sigue sin considerar que el modelo de Croce o el del mismo Gramsci fueran distintos del «modelo de Cuoco» que, precisamente como modelo, podía haber sido aplicado en varios y diferentes contextos, teniendo en cuenta las circunstancias concretas presentes en estos. Desde este punto de vista –contrariamente a lo que sostiene Frosini– Gramsci está más cerca de la idea de Cuoco respecto a una posible generalización «filológica» de ese modelo. De Ruggiero, y sobre todo Gentile, aunque de diferente forma, se mantuvieron dentro de la interpretación moderada y nacional del concepto, mientras que Croce tenderá a ampliar su posible aplicación, si bien partiendo de los acontecimientos italianos (como afirmaba el propio Gramsci). Pero De Ruggiero resaltó repetidamente un aspecto de gran importancia del pensamiento de Cuoco, el del pueblo[33] como principal sujeto y objeto de la historia, con claros reconocimientos positivos en relación a los jacobinos italianos, precisamente hacia aquellos por los que Croce mantenía sus propios límites[34]. No sólo eso, sino porque consideraba al patriota napolitano –considerado justamente como seguidor de Giambattista Vico y de Nicolás Macchiavello– el fundador del historicismo italiano[35] y eminente educador del pueblo italiano: en esencia, un gran pedagogo y un gran político.

En estas definiciones resuenan tanto algunos datos objetivos, como las ideas de Gentile sobre la relación entre política y pedagogía que se relacionaban directamente a la obra de Cuoco[36]. A estos autores se debe añadir Domenico Bulferetti, erudito –estudioso de Manzoni, Foscolo y Giovanni Pascoli (de quien había sido alumno)–, amigo de Umberto Cosmo, y perteneciente a la corriente de Maurras de catolicismo democrático y antifascista (como el propio De Ruggiero), colaborador de La Voce, que en 1924 había publicado un volumen sobre Vincenzo Cuoco (1770-1823). Storia, politica e pedagogia[37] y que aparece en una anotación bibliográfica contenida en el Cuaderno 8 de Gramsci[38]. En este –donde hay una antología de buena parte de los textos de Cuoco comentados por el propio Bulferetti– se recogen la mayoría de los problemas tratados por Cuoco, pero rehusados en sus aspectos más anti franceses y nacionalistas, con frecuentes referencias a Croce y a Gentile. Exalta también el viquismo y el maquiavelismo del patriota napolitano, con una función anti ilustrada que en esto se acerca a las posiciones del contrarrevolucionario saboyano Joseph-Marie de Maistre. Si Gramsci hubiera leído este libro, podría haber tenido una idea muy amplia de esos problemas y esto habría confirmado en él que las posiciones de los autores antes mencionados tenían un propósito (político) fundamental: dar inicio al Risorgimento italiano como consecuencia de una catastrófica derrota –que se esperaba definitiva– del jacobinismo. En efecto, durante mucho tiempo el «espectro del jacobinismo» atravesará la historia europea antes de ser sustituido –alrededor de 1848– por el “espectro del comunismo”.

Más allá del problema sobre cuál es la auténtica fuente utilizada por Gramsci para elaborar sus ideas sobre la revolución pasiva, la de De Ruggiero me parece en cualquier caso incierta, no reconociendo en esta las interacciones con los Quaderni que en cambio Frosini considera presentes, incluso si Gramsci la cita en su volumen sobre el pensamiento político meridional. Además, me parece poco probable que un lector omnívoro como Gramsci, un estudioso atento y teórico político del Risorgimento italiano y de la cuestión meridional, no tuviera pleno conocimiento de los acontecimientos de la historia de la Italia «jacobina» y napoleónica y no hubiera conocido antes de entrar en prisión tanto el Saggio storico de Cuoco –publicado varias veces en el siglo XIX y posteriormente en la edición de Nicolini de 1913[39]– así como los diversos escritos de Croce sobre la Revolución napolitana de 1799 que eran una piedra de toque para la interpretación del programa nacional moderado italiano (como parece suponer la cita anterior), e incluso el propio texto de De Ruggiero. Es muy probable que Gramsci conociera desde hacía tiempo la posición contraria a la Revolución francesa y duramente crítica con los jacobinos, incluidos los italianos, expuesta en 1910 por Croce en La Voce de Giovanni Papini y Giuseppe Prezzolini; y esto, unido a la exaltación de un Cuoco como modelo de la tradición nacional italiana, moderado al ser considerado, sobre todo política y culturalmente, anti-francés[40]. Durante sus años de estudiante de secundaria en Cerdeña, Gramsci tuvo una colección de La Voce, junto con otras revistas de la época[41]. No es que en Cuoco no hubieran elementos ideológicos explícitos que remitieran a ideas en ciertos aspectos míticas, como el de una antigua «Italia pitagórica» (Platone in Italia, 1804) de influencia viquiana[42], cuya identidad habría sido superior a la de otros pueblos. Estos elementos, utilizables en un sentido moderado o incluso conservador –y de hecho lo habían sido: sin embargo me parece que los contenidos de esta obra chocan en parte con los del Cuoco pedagogo de la era bonapartista: en Milán en la República Cisalpina (donde el patriota napolitano dirigía el moderado y oficial Giornale Italiano) y posteriormente en el Reino de Murat en Nápoles[43].

Pero Gramsci pudo haber leído algunos textos sobre la Revolución de 1799 incluso durante su paso por la prisión de San Vittore (febrero de 1927 – mayo de 1928). En su carta a Tatiana del 19 de febrero de 1927, escribía: «Estoy abonado a la biblioteca [de la cárcel], con doble abono y tengo derecho a 8 libros a la semana»[44]. Y luego escribirá que lee mucho y con asiduidad (¡alardeando ante su esposa Giulia de haber leído en su celda 87 libros en tres meses!). Si hubiera agotado toda la posibilidad de préstamo durante su estancia en la prisión de Milán (en abstracto), ¡Gramsci podría haber leído unos 480 libros! Pero aún más concluyente –con respecto a este tema– es la seguridad de haber leído el libro de Pietro Colletta, Storia del Reame di Napoli dal 1734 sino al 1823[45] (una de las fuentes de De Ruggiero) donde sin embargo no está presente el concepto de revolución pasiva. La Storia contenía muchas páginas sobre la Revolución de 1799, sobre sus premisas y consecuencias, deviniendo así junto a las obras de Cuoco en objeto de controversias políticas e historiográficas decimonónicas. De hecho, en la carta a Tatiana del 4 de abril de 1927, en la que describe su situación como prisionero, Gramsci escribe: «Tengo algunos de mis libros; cada semana recibo 8 libros de la biblioteca de la prisión para leer […] Para que te hagas una idea, te hago la lista de esta semana, que sin embargo es excepcional por la relativa bondad de los libros que han pasado: – 1° Pietro Colletta, Storia del Reame di Napoli (excelente)»[46]. Como se puede ver, y como dirá en una carta posterior, los libros le eran entregados en gran parte a criterio de la biblioteca.

En conclusión, me parece indudable que las relaciones entre Gramsci, Cuoco y Croce deben verse desde una perspectiva más amplia que la propuesta por Frosini. Hay diferencias entre el estudio de las probables fuentes inmediatas de un autor (y de sus usos) y el estudio de la historia de los conceptos y de la versatilidad de los significados de un contexto a otro, incluso en un mismo autor. A veces los resultados de estos procedimientos pueden converger, o a veces –como en este caso– puede no darse la convergencia.

Notas

[1] M. D’Ayala, Michele Natale, en Id., Vite degl’italiani benemeriti della libertà e della patria, Florencia, M. Cellini, 1868. Edición postuma a cargo de sus hijos: Id., Vite degl’italiani benemeriti della libertà e della patria, uccisi dal carnefice, Turín-Florencia-Roma, Fratelli Bocca, 1883, pp. 447-478. Ver también P. Matarazzo, «Natale, Michele», in Dizionario Biografico degli Italiani, Roma, Istituto dell’Enciclopedia italiana, 2012, vol. 77.
[2] V. Cuoco, Saggio storico sulla rivoluzione di Napoli, Tipografia Milanese in Strada nuova, Anno IX repubblicano, Milan 1800- 1801; segunda ed.: Milan, Sonzogno, 1806.
[3] A. Di Meo, «La «rivoluzione passiva» da Paine a Cuoco a Gramsci», en Id., Decifrare Gramsci. Un approccio filologico, Roma, Bordeaux, 2020, pp. 88-133, también en www.filosofia-italiana.net, junio 2014, pp. 1-32.
[4] Th. Paine, Rights of man. Part the second. Combining principle and practice, London, Jordan, 1792, pp. 168-170. Ed. cast. Derechos del hombre. Parte segunda. Que combina el principio y la práctica, Alianza Editorial, Madrid 2008, pp. 355-356.
[5] Th. Paine, 1: Droits de l’homme; en reponse a l’attaque de M. Burke, sur la Révolution françoise, Paris, Buisson, 1791; Th. Paine, 2: Droits de l’homme, seconde partie, réunissant les principes et la pratique, Paris, Buisson, 1792.
[6] Sobre Rionero cfr. G. Fortunato jr., Il 1799 in Basilicata, Nápoles, Giannini, 1899.
[7] V. Cuoco, Saggio storico sulla Rivoluzione napoletana del 1799, seguido del Rapporto al cittadino Carnot de F. Lomonaco, a cargo de F. Nicolini. Bari, Laterza, 1913, p. 343. Sobre Lomonaco ver A. Marchianò, «Lomonaco: la Repubblica Napoletana del 1799 come laboratorio politico della libertà d’Italia» en Misure critiche, 2011, n. 1-2, pp. 80-92. Lomonaco, sin embargo, que también era médico, utilizará los conceptos de actividad, pasividad y revolución (que eran muy recurrentes en sus obras) incluso en relación a las facultades y a la fisiología humana. Consideraba sobre todo que la acción era el principio fundamental de la naturaleza y de la sociedad. Cfr. F. Lomonaco, Analisi della sensibilità, delle sue leggi e delle sue diverse modificazioni considerate relativamente alla morale ed alla politica [1801], Lugano, Ruggia, 1835, pp. 8-9; Id., Discorsi letterari e filosofici, Milano, Silvestri Stampatore-Librajo, 1809. El jacobino napolitano y cosmopolita Matteo Galdi, también escribirá que «entre nosotros no hay mayor partido, mayor principio activo, mayor interés, que el que tiende a la instauración de la democracia y de la libertad» (M. Galdi, Necessità di stabilire una repubblica in Italia [1797], Roma, Fulgoni, año VI de la Era Republicana (1798), p. 49 (cursivas mías).
[8] A. De Francesco, «Introduzione. Una difficile modernità italiana», en V. Cuoco, Saggio storico sulla Rivoluzione di Napoli (1801), Bari-Roma, Laterza, 2014, p. XXXVI.
[9] «Si la revolución [francesa] ha producido algún bien, todo se debe a Bonaparte, porque una revolución, que por su naturaleza es un mal, no se convierte en un bien hasta que esta finaliza; y Bonaparte es quien, aferrándola poderosamente, ha sabido detener su curso sin hacer retroceder a la humanidad con una contrarrevolución»(V. Cuoco, «La politica inglese e l’Italia», in Id., Scritti vari, a cargo de N. Cortese y F. Nicolini, Bari, Laterza, 1924, pp. 208- 209). Como escribe F. Tessitore, para Cuoco, se trataba de crear un Estado que supiera utilizar la revolución y detenerla para que no degenerara, en detrimento de las «útiles reformas». Este era el programa de Cuoco cuando deseaba que en el Reino de Nápoles y en Italia emergiera lo que en Francia habían llamado «tercer estado» (V. Cuoco, Pagine giornalistiche, a cargo de F. Tessitore, Roma-Bari, Laterza, 2011, p. 261).
[10] Th. Paine, 1: Droits de l’homme; en reponse a l’attaque de M. Burke, sur la Révolution françoise, cit., pp. V-VI.
[11] Ediciones italianas: E. Burke, Riflessioni sulla Rivoluzione di Francia, Colonia, s.e., 1791; Roma, Zempel, 1791; Turín, Prato, 1795.
[12] Ver también C. Perrone, Storia della Repubblica partenopea del 1799, Nápoles, 1860.
[13] G. De Ruggiero, Il pensiero politico meridionale nei secoli XVIII e XIX, Bari, Laterza, 1922, p. 172.
[14] Ver De Ruggiero, ivi, pp. 170-171. Giovanni Gentile lo considerará, de manera enfática, «uno de los padres del siglo XIX en Italia, uno de los profetas de nuestro Risorgimento nacional: uno de los vínculos más fuertes, a partir del cual se pueden reconstruir los principales momentos de la moderna historia de Italia». (G. Gentile, Vincenzo Cuoco. Studi e appunti, Venezia, La Nuova Italia, 1927, p. 119). Sobre estos argumentos, ver A. De Francesco, Mito e storiografia della «Grande rivoluzione»: la Rivoluzione francese nella cultura politica italiana del ’900, Napoli, Guida, 2006.
[15] Paine, miembro de la Convención, había sido un crítico del jacobinismo y no había votado a favor de la condena a muerte de Luis XVI, provocando la ira de Robespierre. Además, la Francia de Luis XVI había apoyado militarmente (con el marqués de La Fayette) la victoriosa guerra de las colonias americanas contra la Gran Bretaña.
[16] A. Gramsci, Quaderni del carcere, edición crítica del Istituto Gramsci, a cargo de V. Gerratana, Turín, Einaudi, 1975, p. 1220. Para esta traducción se ha utilizado la edición en castellano de Era, México, 1981, Tomo 4, p. 123. A partir de ahora, se indicarán las citas referenciadas a la edición italiana con Q y el número de página y en castellano con C y el número de Tomo seguido del número de página.
[17] Q, pp. 1226-1227 – C, Tomo 4, p. 128-129.
[18] A. Labriola, Da un secolo all’altro. Considerazioni retrospettive e presagii, in Id., Scritti vari di filosofia e politica, edición de B. Croce, Bari, Laterza, 1906.
[19] Ver la parte final de la versión publicada de mi texto La «rivoluzione passiva» da Cuoco a Gramsci, en M. Modonesi (a cargo de), Rivoluzione passiva. Antologia di studi gramsciani, Milano, Unicopli, 2020, pp. 235-241.
[20] «Fue necesario que se dieran una serie de complicaciones: los intereses contrapuestos de Francia e Inglaterra para asegurar las relaciones comerciales con las dos Sicilias, y Francia para excluir a Inglaterra de los puertos napolitanos, en los que esta encontraba apoyo y ayuda para las operaciones militares en el Mediterráneo; una guerra insensatamente provocada, o perfectamente provocada, por el inconsciente rey de Nápoles; una serie de derrotas en las que brilló de modo clásico la ignorancia de un docto oficial austríaco, que luego tuvo que ser funesto hasta para su patria; la consiguiente ocupación francesa; se necesitaron todas estas y otras complicaciones similares además de acontecimientos inesperados para crear una república democrática en la Italia meridional. Y esta república, después de un primer momento de asombro y entusiasmo, en encontró sin fuerzas y sin raíces» (B. Croce, La rivoluzione napoletana del 1799. Biografie, racconti, ricerche, Bari, Laterza, 1912, pp. VIII-IX).
[21] B. Croce, Storia della storiografia italiana nel secolo decimonono, Bari, Laterza, 1921, p. 12.
[22] Sobre esto, ver también F. Tessitore, «Vincenzo Cuoco fra illuminismo e storicismo», en Id., Contributi alla storia e alla teoria dello storicismo, Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 1995, pp. 247-290 y Id., «Il “Saggio storico” di V. Cuoco dalla prima alla seconda edizione», en ivi, pp. 291-308.
[23] Cfr. A. Di Meo, «La “rivoluzione passiva” da Paine a Cuoco a Gramsci», cit.
[24] Como puede verse, el título sigue siendo diferente del encabezamiento del libro: F. Nicolini, «Nota» en V. Cuoco, Saggio storico sulla Rivoluzione napoletana del 1799, seguido del Rapporto al cittadino Carnot de Francesco Lomonaco, cit., p. 360.
[25] A. Gramsci, Quaderni del carcere, edición crítica del Istituto Gramsci, a cargo de V. Gerratana, cit.; A. Gramsci, Quaderni del carcere, edición crítica directa de G. Francioni, vol. 2: Quaderni miscellanei (1929-1935), tomo 1, a cargo de G. Cospito, G. Francioni y F. Frosini, Roma, Istituto della Enciclopedia Italiana, 2017 (Edizione nazionale degli scritti di Antonio Gramsci). De ahora en adelante QM.
[26] D. Mattalia, «Gioberti in Carducci», in La nuova Italia, 20 de noviembre de 1931.
[27] A. Di Meo, «La “rivoluzione passiva” da Paine a Cuoco a Gramsci», cit., pp. 113-125.
[28] Q, p. 1208 – C, Tomo 4, p. 114.
[29] M. Modonesi (editada por), Rivoluzione passiva. Antologia di studi gramsciani, cit.
30 G. Cospito, G. Francioni e F. Frosini (a cargo de), Crisi e rivoluzione passiva. Gramsci interprete del Novecento, Como-Pavia, I- bis, 2021.
[31] F. Frosini, «”Rivoluzione passiva”: la fonte di Gramsci e alcune conseguenze», ivi, pp. 181-218.
[32] En realidad, en 2017 (QM, pp. 834-835, nota 82) Frosini, como el mismo admite, había malinterpretado a Croce: «Esa hipótesis se basaba en el término ‘contragolpe’, ausente en Cuoco, y en el vínculo de éste con la caracterización de la napolitana como una ‘revolución pasiva’. Sin embargo, no era del todo satisfactoria, porque Croce habla de un ‘contragolpe’ directo tras la Revolución francesa y el giro reaccionario del gobierno borbónico, y por tanto sólo indirectamente entre ‘los acontecimientos de Francia’ y la revolución de 1799». (F. Frosini, «”Rivoluzione passiva”: la fonte di Gramsci e alcune conseguenze», cit., p. 184). En efecto, Croce escribirá de ‘contragolpe’ de la Revolución francesa, no refiriéndose a la Revolución de 1799 sino a la tentativa de revuelta de 1794, que no obstante crearon las premisas internas de la Revolución de 1799, que no estuvo por tanto determinada simplemente por factores externos y que Frosini no menciona: «El cambio de dirección política del gobierno debido a las repercusiones de los acontecimientos en Francia, no podía dejar de contradecir a la larga lo que se llama el espíritu de los tiempos, es decir, los sentimientos de una gran y mejor parte de la población. Excepto que, de inmediato, solo un pequeño puñado se vio empujado a una actitud hostil y encontró aliados en los jóvenes y los descontentos de todo tipo. Y una sociedad secreta, nacida por instigaciones francesas, reunió a las fuerzas revolucionarias, a las que disciplinó. Pero intervino pronta, severísima, la represión; muchos de los conspiradores fueron castigados con la muerte, la prisión o el olvido; otros escaparon huyendo hasta Francia, y luego a las ciudades italianas conquistadas gradualmente por el ejército francés. En Nápoles no se pudo intentar nada más concreto; y cuando el gobierno siguió sospechando, encarcelando, juzgando, toda esa actividad de policías y de tribunales estatales fue en vano, por falta de material con el que trabajar». (B. Croce, ob. cit., pp. VII-VIII). Pero solo podemos distinguir los acontecimientos de 1794 de los de 1799 de manera abstracta, los cuales efectivamente dependían de las guerras del Directorio francés que se extendía desde Roma hasta el Reino de Nápoles. Croce trabaja en este segundo sentido (pero también De Ruggiero) al separar los «sentimientos de una gran parte de la población» de los «jóvenes y descontentos de todo tipo» de 1794 y después del 1799.
[33] Sobre los distintos significados del concepto de pueblo en Cuoco, ver P. Villani, «Introduzione» a Cuoco, Saggio storico, Bari, Laterza, 1976, pp. XXVI-XXVIII; F. Tessitore, Contributi alla storia e alla teoria dello storicismo, cit., especialmente las pp. 260 ss.
[34] G. De Ruggiero, op. cit., pp. 171 ss.
[35] Sin excluir el papel positivo, a diferencia de Croce, del considerado «abstractismo» de los jacobinos: «Así el humanismo jacobino suscitaba por todas partes un ferviente despertar nacional; su propio antihistoricismo se convirtió en un momento esencial de la historia. Cuoco intuyó con claridad este movimiento cuanto todavía estaba en sus inicios, y consagró su vida mental al gran deber de elevar a los italianos al conocimiento de sí mismos» (G. De Ruggiero, ob. cit., p. 175).
[36] V. Cuoco, Scritti pedagogici inediti e rari, introducción a cargo de G. Gentile, Roma, Segati, 1909. Después en G. Gentile, Vincenzo Cuoco. Studi e appunti, cit.
37 D. Bulferetti, Vincenzo Cuoco (1770-1823). Storia, politica e pedagogia, Milán, Paravia, 1924.
[38] Q, p. 2395 – C, Tomo 3, p. 360. Bulferetti será citado por Gramsci sobre todo en su texto sobre la figura de David Lazzaretti, el «profeta dell’Amiata». (ver D. Bulferetti, «David Lazzaretti e due milanesi», en La Fiera Letteraria, n. 35, agosto de 1928, p. 3).
[39] Presentes en la Biblioteca Nazionale Universitaria de Turín.
[40] «Se puede decir que todo el movimiento del Risorgimento italiano se produjo como reacción a esa corriente francesa, jacobina y masónica. La idea misma de la unidad italiana nace como consigna contra el abrazo predicado por los franceses […] En literatura, en filosofía, en política, el siglo XIX, incluso en Italia, estuvo caracterizado por el anti-intelectualismo, por el anti-abstraccionismo, por el anti-francesismo»: G. Castellani (a cargo de), «Massoneria e socialismo (diálogo con B. Croce)», en La Voce, a. II, n. 10, 24 noviembre de 1910, pp. 441-442. Esta posición es contradictoria, dado que gran parte de los protagonistas del Risorgimento –moderados, conservadores y/o democráticos-radicales– habían sido masones.
[41] Ver L. Paulesu, «Le riviste ritrovate: la formazione del giovane Gramsci in Sardegna (1907-1914)», en La Nuova Antologia, a. CLVI, n. 2299, v. 3, julio-septiembre de 2021, pp. 11-31.
[42] No se puede excluir que estas posiciones de Croce hayan influido sobre el inicial anti-jacobinismo del joven Gramsci, modificadas posteriormente sobre todo en los Quaderni.
[43] Sobre este complejo argumento, ver M. Biscuso, «Recensione a Vincenzo Cuoco», Platone in Italia, a cargo de A. De Francesco y A. Andreoni, Bari, Laterza, 2006. En www.giornaledifilosofia.net/www.fi-losofiaitaliana.it.
[44] A. Gramsci, Lettere dal carcere, edición a cargo de F. Giasi, Torino, Einaudi, 2020, p. 63.
[45] P. Colletta, Storia del Reame di Napoli dal 1734 sino al 1823, 4 volúmenes, Capolago, Tip. Elvetica, 1834. En los Quaderni, son citados P. Pieri, Il Regno di Napoli dal luglio 1799 al marzo 1806, Napoli, Ricciardi, 1928; A. Zazo, L’istruzione pubblica e privata nel Napoletano (1767-1860), Città di Castello, Il Solco, 1927.
[46] A. Gramsci, Lettere dal carcere, cit., p. 86.

Traducción: Nando Zamorano
Fuente: Critica Marxista, nº 5-6 (sept.-dic. 2021).

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