El honor de los demócratas está en la honestidad (1999)

Karel Kosík

Entrevista con Jan Kašpar [*]

Karel Kosík es un destacado filósofo checo. Nació en 1926 en Praga, en 1945 se graduó en el Liceo real de la calle Slovenská en el barrio praguense de Vinohrady, en 1944 fue arrestado por la Gestapo por actividades de resistencia en la organización ilegal Předvoj y pasó más de medio año en Terezín, después de la guerra estudió en universidades de Praga, Moscú y Leningrado. En 1968 fue uno de los principales protagonistas de la Primavera de Praga, en 1969 fue silenciado política y periodísticamente, en 1975 fue uno de los primeros marginados en rebelarse y escribió una carta abierta a Jean-Paul Sartre, que fue publicada en el diario parisense Le Monde. Después del golpe de 1989, dio clases durante menos de un año en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Carlos, y desde 1991 se sienta en un escritorio en la calle Nerudova o bajo una sombrilla roja en una casa de campo en Všenory y escribe ensayos políticos y filosófícos, que se publican principalmente en el suplemento literario «Salon». Entre otros libros, publicó el gran estudio Democracia radical checa (1958), su texto filosófico fundamental Dialéctica de lo concreto (1963) y las antologías de esbozos filosóficos El siglo de Markéta Samsa (1992) y El joven y la muerte (1995). Me reuní con él para la siguiente entrevista cuatro veces entre el 25 de octubre y el 17 de noviembre. Rechazó dos veces la grabadora y dos veces la permitió como un mal tolerado: temía las imprecisiones de formulación en la palabra hablada, confesó que todas sus entrevistas anteriores (nacionales y extranjeras) fueron escritas. En la primera reunión, fue agradable, contó sobre su juventud en Sokol y futbolera, sobre su madre, sobre el Vinohrady de antes de la guerra, sobre su amistad tardía con el filósofo Jan Patocka, sobre el hecho de que su madre en su vejez le reprochó que nunca le agradeciera el štrůdl tan amablemente como Patocka; no pude grabar. En la última reunión estaba gruñón, me dijo al despedirse: «La Gestapo me arrestó el 17 de noviembre de 1944. Hoy hace 55 años. También fue un otoño desagradable entonces, pero solo hoy me asalta la tristeza. ¿Tenía todo sentido en absoluto, pregunto?» Tengo esperanza de que lo tuviera. Pido disculpas a los lectores de que en esta entrevista Kašpar aparece más de lo que es comun en «Salon». No es exhibición. Es porque con Karel Kosík no se puede realizar una entrevista, sólo dialogar

…viví con mi madre después de que ella se divorciara de mi padre, en el 5º piso del número 11 de la calle Slezská. De esa casa me sacó la Gestapo en 1944. El apartamento tenía un balcón a la calle, en el edificio había ascensor, pero no calefacción central. Mi padre se formó como zapatero y vivía en Vršovice. Mi madre y yo no éramos una familia proletaria viviendo en la pobreza. Éramos una familia que dependía del trabajo de una madre costurera, que dependía de clientes. Recuerdo que en tiempo de crisis hubo momentos en que mamá no tenía trabajo… Puedo describir el ambiente de la escuela de Rais en la calle Slezská, digamos, por un recuerdo del día de primavera en que la maestra Miličová abrió la ventana a Čechové sady [hoy parque Sady Svatopluka Čecha] y cantamos «Přijde jaro, přijde» [Ven, primavera, ven]. La maestra tenía una autoridad absoluta y yo la adoraba. Años después, me doy cuenta de lo que era la nobleza, probablemente no sólo de ella: una personita, un alumno, no se fijó, y no sabía que ella también tenía problemas humanos, vio en ella a una persona fiable, en la que podía tener absoluta confianza. El hombrecito sabía que tenía tiempo para él, no tenía que preocuparse de que se lo estuviera quitando. Esa sensación de seguridad también se extendió a mi madre. Sabía que también ella tenía siempre tiempo para mí. No es que lo haga. Hacer tiempo y tener tiempo son cosas diferentes. Hacer tiempo es algo que te hace saber que se te concede una gracia. Maestra y mamá no hicieron tiempo para mí, siempre lo tuvieron. Este ambiente, esta seguridad de que los adultos siempre tenemos tiempo, es determinante para educar a un niño… O Sokol. Lo más importante era que permitía ir a hacer ejercicio de varias clases sociales, que en su funcionamiento borraba la diferencia entre ricos y pobres, que allí eran todos iguales. Los niños no acomodados tenían grandes descuentos para que ellos también pudieran participar en los campamentos de verano. Yo fui a Planá nad Lužnicí y mi supervisor, mi «hermano» mayor, era un joven ingeniero que trabajaba en la misma calle donde vivíamos mi madre y yo, en Slezská, solo un poco más abajo, en la casa roja cerca de Náměstí Míru, donde estaba, y creo que todavía está, el Instituto de Agricultura… Su nombre era Jiří Hanzelka. Todo esto tuvo lugar en una atmósfera de vida civil apolítica. Ciertamente, la política intervenía en la enseñanza de la escuela, pero de una manera extremadamente delicada. Sabíamos que éramos republicanos y estábamos orgullosos de nuestro pasado, de Hus, de Havlíček, de Masaryk. Viví mi primer encuentro con la política el 28 de octubre de 1939, cuando quedé fascinado por la manifestación de personas que coreaban las consignas «¡Viva la libertad!», «¡Abajo los alemanes!», entonaban el himno nacional, caminaban por Praga con banderas y tricolores en sus gorros. Ese fue mi despertar político. Un despertar político en la revuelta. Yo tenía trece años, iba en el desfile con mi padre, le tomaba de la mano y no quería que terminara el desfile. No deseaba que terminara, porque en esa manifestación, la primera después de la ocupación de Checoslovaquia, sentí lo que es el anhelo de libertad, lo que es el coraje humano, y me sentí bien en ello.

Pero en ese momento eras un excelente gimnasta y un futbolista ambicioso: el extremo derecho de las categorías inferiores del AC Sparta. Jugabas en Letná, donde el Slavia y el club alemán DFC también tenían un estadio en ese momento. Soñabas con llegar a la selección de fútbol… Cuando nos reunimos por primera vez para esta entrevista, me contaste –ahora intentaré resumirlo en una sola palabra– sobre la amabilidad del mundo materno, la amabilidad del mundo de la maestra Miličová, sobre la amabilidad del mundo de Sokol, sobre la natural y amable amistad con Jiří Hanzelka, sobre la natural –y amable– solidaridad de los participantes de los campamentos de Sokol en Lužnica, me contaste –amablemente– sobre tus ambiciones  infantiles de ser un buen extremo derecho…

Lo mejor. Mis ejemplos eran Puč y Bican. Lástima que mi sueño no se cumplió. La Patria perdió a un excelente futbolista.

Está bien, pero ¿por qué un chico sin frustraciones emocionales y con ambiciones deportivas absolutamente claras a la edad de trece años se deja turbar por la necesidad de rebelarse, abandona los deportes y se convierte en el embrión de un futuro filósofo?

Me gusta tu palabra amabilidad. De hecho, hasta 1939, me crié en un ambiente amable. En un ambiente amable, cuya columna vertebral era la decencia. No era un ambiente amable de agasajos y mimos, ni un ambiente en que un jovencito desarrolle altanería. Preguntas cómo se produjo la transformación. De modo que se fusionaron de repente un destino privado y el destino de la sociedad. Yo, en 1939, porque probablemente era una persona perceptiva, vi lo que sucedió. Vinieron los alemanes. Se acabó la amabilidad. Vi por primera vez en mi vida que existía su opuesto. La transición que tuvo lugar entonces no fue la habitual tirada hacia lo desconocido y la extrañeza, cuando termina la amable protección y cada uno tiene que hacerse cargo de sí mismo y demostrar lo que sabe hacer. Una brutalidad aún desconocida invadió el país –y reinó el miedo–. Tenía dos opciones: ignorar la ocupación en mi conciencia y seguir viviendo a mi manera, o abrir los ojos y percibir la realidad. Esa realidad me repugnaba. Me enfrenté a ella en mi conciencia y me insultó. Me insultó porque la maestra siempre nos explicaba que el fundamento de nuestra historia es la lucha por la libertad. Mi actitud no fue consciente, ciertamente eso no es posible a los trece años, fue más una intuición, una certeza involuntaria de que ahora es importante leer a los poetas y no jugar al fútbol. La falta de amabilidad probablemente lleva consigo un deseo de comprender lo que sucede realmente a tu alrededor. Cuando en tiempos de amabilidad, rodeado de madre, maestra, Sokol, irrumpen –no lenta y sutilmente, sino brusca y repentinamente, como un rayo caído de un cielo sereno– la brutalidad con la vulgaridad y la falta de amabilidad, tu transformación parece tener también características indescriptibles, difíciles de explicar, algo irracionales. La infancia siempre se asocia con la amabilidad. Alguien te protege, alguien vela por ti, nadie te hace daño y si alguien quisiera hacerte daño, sabes que un padre te defenderá. Sí, llega un momento en toda infancia en que el niño se despierta de la amabilidad y ve que el mundo no es amable. Esto es ley. La cuestión es en qué marco histórico tendrá lugar este despertar. Lo importante es si el cambio llega de forma repentina o gradual, si el niño es capaz de notar el cambio y si tiene la fuerza para orientarse en él. Si reaccioné a la llegada de falta de amabilidad con rebeldía y no con humillación y colaboración, entonces mi madre, mi maestra, Sokol jugaron un papel central en mi actitud rebelde e insumisa. Esto significa que en realidad ya estaba preparado para, si llegaba una falta de amabilidad brutal, no tolerarla. Ni mi mamá ni la maestra fueron heroínas sobre las que se escribe. Eran desconocidas, anónimas, cotidianas y sencillas. Pero si no fuera por estos desconocidos, que no están en los libros de texto, el mundo entraría en decadencia. Ellos mantienen la decencia elemental sin la cual todo se desmorona. Y lo hacen sin derecho a recompensa, porque para ellos la decencia es una cosa natural. En el verano de 1938 caminábamos de Planá a Tábor por la carretera y cantábamos canciones patrióticas. ¡En camisas rojas! Si escudriña con detalle el sistema de Sokol, está completamente fuera de moda. Pero el sokoliano «¡Salta, sube, pero no te caigas!» [1] es vigente siempre y endereza mi columna vertebral. Cuando quiero ironizar sobre el presente, vuelvo a parafrasear el sokoliano «Ni el lucro, ni la fama», y digo que nuestros gobernantes quieren tanto el lucro como la fama. Sokol jugó un papel muy importante, y hoy está muerto. ¿Por qué? El bolchevismo checo trató de revivir Sokol y ofreció a los antiguos sokol pasar de la euforia de los Slets a la euforia de las Spartakiádas. Hoy, tanto Spartakiadas como Slets están muertos. ¿Hay algo en su lugar? No. ¿Es bueno o es vacío?

Pienso que es bueno, y pienso que es vacío. ¿Qué es la decencia?

La decencia en la vida normal significa mantener tu palabra, no engañar, no hacer trampas, no ser torcido. Sin tal decencia, la sociedad colapsaría. La honestidad está relacionada con la decencia. Parafraseando a Havlíček: para la aristocracia, la virtud fundamental era el honor, y esa gente estaba dispuesta a morir por él. A veces era quijotesco, a veces jactancioso, pero mantuvo a ese estrato. Cuando la aristocracia desaparece, económica y políticamente, es necesario salvar lo que tenía de valioso, es decir, la disciplina, la trascendencia –el honor de los demócratas está en la honestidad–. El checo incluso siente lo mismo etimológicamente. Para la edad moderna, que entendemos como liberación, la honestidad debería ser la virtud fundamental sobre la que repose la vida política moderna. Sin embargo, hay una gran pregunta. La honestidad y la decencia en la vida cotidiana son reconocibles, diría yo, a simple vista. Pero, ¿qué significan honestidad y decencia en política? ¿Basta ser decente y honesto para aprobar en la política, para ser un buen político? No. Y aquí es donde comienza el drama. O el político moderno es decente y honesto y aparte de eso tiene algo más, o considera que la honestidad y la decencia son magnitudes insignificantes, que cuando le conviene puede dejar de lado y actuar de manera deshonesta e indecente para lograr el éxito. En política, surgen situaciones en las que la gente no le pide tanto al político que sea honesto y decente como que sea capaz de sacarlos de una crisis, de poder aprovechar la oportunidad que se ha presentado. El fracaso está relacionado con esto. Los políticos a menudo se enfrentan a pruebas en las que aprueban o suspenden. Tengo en mente, por supuesto, los momentos clave de la política checa –checoslovaca–, es decir, los años 1938, 1948, 1968 y también 1992 y 1999, cuando los políticos de repente suspenden y fracasan. Y no un individuo, sino toda la representación política. La representación política fracasó en 1938 porque prometió algo –juró lealtad a Masaryk, eso significa mantener la república en su conjunto y como un estado democrático– pero no fue capaz y capituló, pidió disculpas por su capitulación, explicó, pero no supo, no pudo explicárselo a cientos de miles de hombres que querían luchar. El segundo fracaso político es el año 1948. Surgió la oportunidad para que el Partido Comunista probara con hechos que el comunismo trae mayor libertad, mayor democracia, mejor –mayor– moralidad. Pero una vez que los comunistas llegaron al poder, no pudieron soportar el peso de la victoria –y la presión de la metrópolis– y se convirtieron en políticos que llevaron a consecuencias radicales los métodos políticos corrientes de aquellos estratos que condenaban. Luego viene el año 1968, cuando la representación política, que se suponía que en agosto demostraría que defendía los ideales de la Primavera de Praga con todo, es decir, incluso con la vida y la muerte, fracasa, excepto František Kriegl. Considero que la ruptura de la federación es un fracaso de la representación multivía. No le preguntaron a la nación, lo hicieron desde arriba. Tengo por un fracaso aún mayor que la representación política gobernante haya arrastrado a la nación a una guerra sucia contra Yugoslavia. ¿Qué es la moralidad en política? ¿Qué es la decencia y la honestidad? Los serbios -hay diez millones de ellos como nosotros- estuvieron a nuestro lado en nuestros momentos más críticos. Nos apoyaron en 1938 y en 1968. ¿Significa eso que no hay gratitud en política? ¿No hay memoria en política? Esta es la cuestión más crítica para mí con respecto a su pregunta sobre la decencia y la honestidad. ¿Es esto decente?

No lo es.

Sí, pero argumentarán que hay momentos en que lo que comúnmente se llama decencia y honestidad debe sacrificarse en nombre de algo más importante, en nombre de objetivos estratégicos, es decir: al participar en esa guerra, aseguramos un lugar firme dentro de la OTAN, demostramos que somos aliados de confianza y fieles y, así, nos preparamos un futuro en un mundo que la OTAN administrará. ¿Tengo razón al decir que toda la representación gobernante actuó indecentemente? ¿Que se comportó peor que el conjunto de 1968? Dubček y cía. fueron arrastrados como a presos a Moscú, pero hubo una persona entre ellos que se negó a capitular. En el año 1999 no veo a uno solo de los poderosos que diga: dejo mis funciones, protesto contra esta guerra, esta guerra no es buena, no es justa, no es decente.

Cuando volvemos a Masaryk y a su política práctica, averiguamos que no siempre fue agua clara. Cuando nos referimos a su grandeza, queremos decir que logró algo. Construyó Checoslovaquia, que se extendía desde Cheb hasta la Rus Subcarpática. Si evaluamos a Churchill como político, averiguamos que en sus actos hay un montón de mentiras, deshonestidad y sangre y, sin embargo, decimos que fue grande. Los checos culpan a los políticos por la falta de honestidad, porque no pueden culparlos de otra cosa. La política checa es pequeña en esencia. Sería una gran política si el conjunto multivía hubiera luchado por la unidad de Checoslovaquia. Sería una gran política si Beneš –incluso con ayuda de mentiras, deshonestidad y sangre–, no hubiera capitulado en el año 1938. Hubiera sido una política honesta. Al actuar «honestamente», se hizo pequeña. Volvamos sin embargo a esa decencia, la decencia en los niveles más bajos de la comunidad, que a mi juicio tenías en mente cuando mencionaste hace algún tiempo lo que significaba la decencia –aidos– en la antigua Grecia: «La decencia es el principio básico de la democracia.» [2] Ya decía Cicerón –y encontré la cita en el titular del periódico de la ciudad, en una comunidad de menos de dos mil habitantes– que la familia y la nación son los pilares más naturales del hombre, que los griegos llamaban politikon. La gente aún sabe cómo defender a la familia, la mayoría de las veces a expensas de otras familias, pero ya no sabe cómo defender a la nación, porque el concepto de nación se ha vaciado o vulgarizado en consignas nacionalistas o fascistas. A mi juicio, lo realista, Havlíčekiano, digamos, no es llorar por el horror en los niveles más altos de la comunidad, sino insistir en que cada uno trate de ser decente dentro de la zona en la que puede influir.

Aun así, pregunto: ¿Por qué se evaporan la decencia y la honestidad? Porque la decencia y la honestidad –ese honor de los aristócratas– significan que hay ciertos límites que no debo traspasar. Si no los respeto, yo mismo me separo de la decencia. Vivimos en una era que no reconoce límites ni fronteras: está controlada por la representación del progreso como perfectibilidad ilimitada, crecimiento ilimitado, aumento ilimitado del nivel de vida. La agitación de los partidos políticos se basa en promesas a la población de que su nivel de vida aumentará en diez años, digamos, un cinco por ciento, que podrán comprar no uno, sino tres autos de las mejores marcas. La vida moderna, es decir, lo que se llama globalización, es el derribo de cualquier frontera. Esto crea una sustitución terrible: lo que crea decencia, lo que crea moralidad –que no hay que traspasar ciertos límites si no se quiere caer en el mal– se considera restricción, provincialismo, estupidez, no-modernidad. Sólo la autoimposición ilimitada –dentro de un sistema ilimitado– cuenta para la modernidad. Esto origina una aparente paradoja: la inmoralidad de la era moderna está amparada por el hecho de que tenemos que derribar todos los límites, todos los muros, anular, eliminar todas las fronteras, para abrir paso a un progreso ilimitado.

Pienso que existe todavía otra paradoja. Pretendía que eso que llamó desmesura  –la ausencia de fronteras, de límites, de todo– nos lo estaban diciendo, al menos así es como le entendí. Pero no se nos dice eso. Si se nos dijera eso, entonces al menos habría algo con lo que polemizar. Sin embargo, no noté –si bajamos al patio trasero checo– en un solo discurso del Presidente, en un solo discurso del Primer Ministro, en un solo discurso del Presidente de la Cámara de Representantes, la instrucción verbal e inequívoca: «¡Enriquécete!» Por aquí no hay ninguna parte que quiera llevar a cabo –o prometa llevar a cabo– lo que usted llama desmesura ilimitada. La «mi paradoja» radica en que el presidente incluso habla de lo mismo que usted: de los peligros de la globalización. La llamada vida real, en la que tampoco existen reglas de decencia, tiene sin embargo su orden particular. Y la gente está más ofendida por la contradicción que he esbozado que por la conciencia de una amenaza real. Zeman dirá que está horrorizado por los ojos inyectados en sangre de los partidarios del bombardeo de Yugoslavia, pero no dirá que la guerra en sí es sangrienta y sin sentido. Havel era más lúcido en este sentido, digamos más decente. Dijo que estaba de acuerdo con el bombardeo de Yugoslavia, y la gente se negó abrumadoramente… Volvamos aún. ¿Qué significaba esa antigua decencia griega –aidos–?

No sé si su definición nos ayudará. La antigua decencia griega estaba totalmente ligada a otro fin, la justicia. En todos los filósofos griegos, pertenecieran a una orientación u otra, encontrará una cosa: la ruina de la comunidad es la soberbia, la arrogancia, el orgullo: la hybris. Es decir, traspasar fronteras. El hombre es un ser finito y debe conocer esta finitud. Heráclito dice en uno de sus fragmentos que la soberbia, la hybris, debe extinguirse como el fuego, porque destruye la comunidad. Pero seamos rigurosos. Si queremos explicar sociológicamente la comunidad griega, debemos tener en cuenta que la base económica de la antigua Grecia se basaba en el trabajo esclavo –los esclavos no formaban parte de la comunidad-polis– y era tradicional, estacionaria. Esto lo distingue de la era moderna. La era moderna se caracteriza por un dinamismo total: lo que se logra hoy ya es superado por lo que los institutos de investigación saben hoy que está listo para mañana. Los coches que conducimos hoy en día ya son modelos superados por los que se producirán dentro de diez años. Esto significa que cada momento se vuelve propiamente provisional. Nada es estable ni perfecto. La perfección, que era otra meta antigua –aparte de la decencia y la justicia– en el arte, en la vida personal, no existe hoy. La perfección ha sido reemplazada por la perfectibilidad. Todo es perfectible. Por lo tanto, la memoria de la antigua Grecia no nos ayudará. No podemos compararla con la era moderna, porque la era moderna es diferente. Tiene sus problemas particulares, y en el espejo antiguo solo puede darse cuenta de lo que podría ser la decencia en la era moderna. Esto significa que en una era que no conoce y no reconoce la esclavitud, que no conoce y no reconoce la servidumbre y se basa en el dinamismo total y puro.

Sin embargo, insisto en que, siendo finitos, usted y yo, es nuestro deber vivir nuestras propias vidas con la mayor exactitud posible. Después de todo, no solo el orgullo de la comunidad, sino también el orgullo de un hombre, yo, puede llevarme al devastador –incendiario– pensamiento de que soy capaz de cambiar algo que no puedo cambiar. He estado caminando hacia mí mismo durante los últimos diez años. Me parece más esencial que la monotonía de los veinte años anteriores, cuando –orgullosamente– creía que podía darle la vuelta al Globo. Un filósofo crea su universo, crea su propio espacio a partir de sus conceptos. Por eso quiero hablar con uno de ellos, Karel Kosík, sobre las posibilidades que él, Karel Kosík, y su universo, dan a las personas en este mundo global dado tal como es. ¿Qué opciones tiene el hombre para permanecer decente en él?

Le entiendo. Al principio apelé a Havliček, porque honestidad significa permanecer uno mismo y saber que hay ciertos límites que YO nunca debo cruzar. Esto lo sabían las generaciones anteriores, si estaban ligadas a la artesanía o a la agricultura, es decir, a un tipo de sustento en el que la honestidad era condición de supervivencia. Si un zapatero, un carpintero o un herrero no eran honestos en sus oficios, llegaba la quiebra. Si un campesino se sentaba en una taberna en lugar de labrar los campos, naufragaba. La era moderna (al contrario) crea profesiones donde el engaño es posible o necesario, por ejemplo en la publicidad, o donde se apuesta todo: en la especulación bursátil. La mentira de la publicidad nos impregna tan perfectamente que damos por sentadas sus afirmaciones sin siquiera darnos cuenta…

Volvamos aún. Hace aproximadamente una semana me enfadé cívicamente, no podía dormir por la noche y daba vueltas pensando en cómo engañar a los niveles más altos del poder. Se me ocurrió fundar un partido que tuviera en su programa ignorar totalmente las elecciones a la Cámara y al Senado y hacer una fuerte campaña para las elecciones municipales, es decir, en una zona en que la gente lo conociera todo, cada piedra, y que, después del abrumador éxito de este proyecto, surgiría la necesidad de una propuesta de nueva constitución aprobada en referéndum, que los vencedores de este torbellino comunal elegirían entre ellos representantes para la representación nacional revocables en cualquier momento, y que estos representantes nacionales serían meros funcionarios, en general anónimos, porque el pilar básico de la nueva estructura organizativa será el eslabón más bajo de la cadena: la comunidad… Me quedé dormido –nuevamente– en los laureles del orgullo-hybris. Cuando me desperté por la mañana, descubrí que tenía que cerrar la casa de campo durante el invierno, recolectar el último manzano, ganar dinero para un nuevo embrague para el coche, ganar dinero para el viaje de mi hijo a las montañas, –y me di cuenta de que tengo buenas preocupaciones, y envié al cuerno mi orgullo, mi lado por nacer–. ¿Cómo domestica Karel Kosík su orgullo? ¿No es más importante preocuparse por las rosas de su casa de campo en Všenory que su indignación por la indecencia de los poderosos?

En primer lugar, no sé si estoy de acuerdo con lo que dijo antes, que sus así llamados veinte años vanos son significativamente inferiores a los diez sucesivos, que es una expresión de decencia renunciar a su orgullo –el deseo de corregir el mundo–. No sé. Me llena de horror que aquí, en la República Checa, se hable de democracia, la democracia se da por supuesta, aunque la experiencia cotidiana enseña a la gente que está a medias y que el ciudadano es totalmente impotente. Ninguno de los políticos, politólogos e ideólogos locales me dijo qué debo hacer como ciudadano para influir en los asuntos públicos para que no me sienta como la quinta rueda del automóvil. Solo me dicen que si tengo alguna objeción la exhiba en las elecciones, dentro de cuatro años. Es absurdo. No se avergüenzan de decirme a la cara que tengo que esperar y permanecer en la impotencia durante varios años. Esta realidad se ha mostrado aquí dos veces este año. Aunque la mayoría de la sociedad rechazó la guerra en Yugoslavia, el grupo gobernante la aceptó. Aunque la mayoría de la sociedad mira con desdén los bailes de poder de la élite gobernante sobre el tema de la supercoalición, la élite sigue bailando. La opinión de que en los últimos veinte años de ocupación soviética aquí había una mayoría silenciosa y una minoría opositora consciente está cambiando hoy, y resulta que la mayoría de la nación –que rechaza la guerra contra Yugoslavia y que rechaza esta forma de democracia como una estafa– es políticamente más madura y sabia que la élite política. Y yo estoy obligado, porque he recibido cierta educación y tengo tiempo libre para leer libros, a nombrar lo que todo ciudadano de este país sabe. Tengo que decir: sí, lo que existe aquí es democracia, pero una democracia a medias, una democracia que excluye al ciudadano de la toma de decisiones. Tengo que pensar si la democracia es quizás integral, plena, donde el ciudadano tenga la oportunidad de hablarle a la política de una forma u otra. Lo segundo es aún más relevante: la globalización. Procede como una fatalidad y lo consume todo, es un proceso que ya no depende de la voluntad de las personas, las personas están enredadas en él. Hay que plantar cara a esta fatalidad y decir NO a todos los niveles. Tanto políticos como cotidianos. Y aquí estamos con la decencia. Me convierto en cómplice de la fatalidad que conduce al desastre si quiero ser rico, arribista, famoso, si de alguna manera trato de entrar en la vanguardia que acompaña a ese proceso. Si no quiero ser culpable, tengo que decir NO. Usted pregunta cómo es la decencia en la vida cotidiana. Así; yo –aunque ELLOS roben, sean ricos, se comporten con arrogancia–, YO no debo traspasar ciertos límites, si no quiero despreciarme a mí mismo. Esto significa: actúo de tal manera y trato de comportarme con mi entorno de tal manera que quede claro que considero la decencia como un elemento inherente a mi existencia. Si perdiera mi decencia, tendría que estar manchado de vergüenza. Usted y yo vemos a cientos de personas decentes a nuestro alrededor. Y la pregunta es: ¿Qué pueden hacer? ¿Fundar su propio partido, el partido de la gente decente, y ponerse en ridículo? ¿O tienen que pasar por una experiencia larga, espinosa, dolorosa, que es el principio para comprender cuál es el peligro principal y cómo salir de él?

Para resumir, usted dijo en esencia: «no puedo no decir NO porque me parecería indecente» y al mismo tiempo: «no puedo comportarme indecentemente porque me avergonzaría de mí mismo». Me parece que lo segundo es semánticamente más importante que lo primero, porque no puedo deshacerme de la impresión de que el primer NO es en realidad una excusa. Ahora no le estoy criticando, solo me acuerdo de mí mismo en los años 70 y 80. En mi NO al provincialismo checo y mi partida hacia América Latina, donde quise hacer de fusil alfabético de Ernesto Che Guevara, en mi viaje por el paisaje del eurocomunismo. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que estaba haciendo estas «grandes obras» por el gozo de mi propia conciencia, para satisfacer una especie de esnobismo político en mí que no afectaba a mi familia, ni a mi nación, ni incluso a la comunidad más pequeña que hay en nosotros… Hay un dicho de Brecht muy popular en América Latina: «Hay gente que lucha un día y es buena, hay otra que lucha un año y es mejor, hay otra que lucha muchos años y es muy buena, pero los que luchan toda su vida, esos son insustituibles». Honré esta máxima, todavía la entiendo hasta el día de hoy, pero desde cierto momento me han molestado más las manzanas sin recoger en nuestro manzano y el desorden en nuestra calle que la suciedad de la globalización. No defiendo la «burguesía egoísta». Abogo por llevar la guerra contra la indecencia a un nivel en que realmente pueda librarla. ¿Me entiende?

Entiendo. Pienso que sería de gran arte y felicidad combinar mi NO global con su No al manzano sin recoger.

Hace un año, en estas páginas, recordaba la necesidad de Tatarka de encontrar dioses en sus amigos, sus ganas de reunirse con ellos junto a una hoguera, de calentarse en su presencia y no querer nada de ellos, solo tenerlos. Volvimos a charlar de ello hace poco. Que es necesario tratar de rehabilitar la Festividad, advertir a la gente que –por ejemplo– el 1º de mayo es una fiesta de su trabajo, no una participación en la fiesta de los poderosos. Que la Pascua es la fiesta de la llegada de su primavera, que el 28 de octubre es la fiesta del nacimiento de sus fronteras, sin las cuales no podrían existir como nación, que la Navidad no es una fiesta consumidora, vacía y estatal de la iglesia, sino su fuego de Tatarka, porque mis dioses no pueden ser los amigos de Tatarka, pero pueden ser ellos, son mis más cercanos: mujer, hijos…

Sí, la festividad es la capacidad de disfrutar sentarme junto al fuego o en la misma mesa con personas cercanas a mí, con aquellas con las que estaré bien. Para que me sienta bien con ellos, tiene que haber algún vínculo interno entre nosotros, algo que me anude a ellos, que tengamos algo que decir. Una festividad es un relato sobre lo que sus participantes tienen en común. La gente de hoy, cuando se junta, no tiene nada que decir, y para salir de esta situación incómoda ve la televisión. La festividad es una reciprocidad que consiste en disponer del tiempo suficiente para escuchar la historia del otro. Sentarse alrededor del fuego o alrededor de la mesa es contar un relato, más precisamente, un relato de la vida humana vivida por diferentes personas. La festividad es un tiempo en que la gente se libera del empleo.

¿Recuerda cómo habló sobre la diferencia entre los conceptos de tener tiempo y hacer tiempo? la festividad no hace tiempo, celebrar la festividad es tener tiempo. El mayor regalo es estar juntos, no hacer tiempo para dar regalos y comer carpas. Este mensaje lo trae ni el socialismo real ni el capitalismo real –es un mensaje de no crecimiento–. Y aún: en compañía de los dioses ni siquiera tienes que hablar, es el único lugar donde puedes estar en silencio y ser feliz –en una reunión no puedes estar en silencio y ser feliz– ni hablar y ser feliz. El «lugar para la hoguera» del capitalismo real es la junta directiva, el «lugar para la hoguera» del socialismo real es la cola de la carne. ¿Será la festividad del siglo XXI un círculo silencioso alrededor del fuego de Tatarka?

La diferencia entre lo mundano y lo festivo está desapareciendo. Ese es el contenido de la miseria de hoy. El tiempo humano se divide, debe dividirse, tiene que ser dividido para no perder su orden, entre lo mundano, lo cotidiano –si no fuera por esto, nos moriríamos de hambre– y la fiesta. El horror llega cuando estos tiempos se mezclan. Vivir la Navidad como si fuera solo un descanso de lo mundano es triste. Considerar el trabajo como un descanso de la festividad es una tontería. La festividad es excepcional. Solo una ruptura con lo mundano da sentido a lo cotidiano y abre espacio para la celebración.

 

[*] Texto publicado originalmente en checo  como «Čest demokratů je v poctivosti. Rozmlouval Jan Kašpar» en «Salon», el suplemento literario del periódico Právo. “Salon”, n. 147, págs. 1-3. Más tarde, encabezaría el volumen Rozjímání vpřed i vzad. Karlu Kosíkovi k pětasedmdesátinám (Praga, Filosofia), libro publicado en 2001 en ocasión de los 75 años de Kosík. La traducción al castellano, provisional, es de Gerard Marín Plana.

Notas

[1] N. de ed.: «Přeskoč, přelez, ale nepodlez!» Cita célebre de Miroslav Tyrš (1832-1884), fundador de Sokol junto con Jindřich Fügner. Los «Slet» eran impresionantes festivales gimnásticos de masas, que duraban varios días y fueron organizados durante décadas por Sokol. En ellos participaban miles de gimnastas, y acudían decenas de miles de espectadores. Tras acabar con ellos, El Partido Comunista trató de sustituirlos desde 1955 por las «Spartakiádas», organizadas por antiguos miembros de Sokol.

[2] N. de ed.: Se refiere a la entrevista que Kosík mantuvo con Antonio Cassuti para Micromega en 1993. Disponible on-line.

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