Los intelectuales y la transición

Francisco Fernández Buey

El 25 de agosto de 2022 hizo diez años del fallecimiento de Francisco Fernández Buey. Se han organizado diversos actos de recuerdo y homenaje y, desde Espai Marx, cada semana a lo largo de 2022-2023 estamos publicando como nuestra pequeña aportación un texto suyo para apoyar estos actos y dar a conocer su obra. La selección y edición de todos estos textos corre a cargo de Salvador López Arnal.

Los intelectuales fueron grandes protagonistas del siglo XX, se señalaba en el documento de convocatoria de las jornadas de la Fundación Pablo Iglesias, «tanto en la consolidación de las grandes democracias como en su crisis, sin ellos no pueden entenderse procesos como la formación de la opinión pública o la nacionalización de las masas». El siglo breve había visto a los intelectuales «erigirse en críticos del poder, en guías de la sociedad y en profetas del porvenir, pero también en servidores de las ideologías totalitarias y en sacerdotes de las nuevas religiones políticas.» Su momento de máximo esplendor, años sesenta, «se acompañó de las primeras señales que anunciaban su final ante el agotamiento de los grandes relatos y la fragmentación del saber, que requeriría a partir de entonces especialistas, intérpretes y comunicadores mediáticos».

Con la convocatoria, la Fundación quería proponer «una reflexión sobre la intelectualidad española entre 1939 y 1986, que recoja las principales aportaciones sobre el tema aparecidas en los últimos años y las someta a debate». La primera fecha «como inicio de una situación nueva, tras la ruptura de la guerra, tanto en el interior con la dictadura franquista como en el exterior con el exilio»; la segunda «como conclusión simbólica de la transición y consolidación de la democracia, tras el ingreso en la Comunidad Europea».

Las jornadas se celebraron el 4 y 5 de mayo de 2011 en Madrid. El jueves, en la cuarta sesión –«Los intelectuales en la transición (1975-1986)»– intervinieron Elías Díaz, Antonio García-Santesmases y Francisco Fernández Buey. Se transcriben aquí las intervenciones de este último (El texto fue publicado en El Viejo Topo, septiembre de 2022).

Anexo 1: Fin del desencanto. ¿Final del encantamiento? (1979)

Anexo 2: ¿Por qué los intelectuales de izquierda se hacen de derechas? El truco de la autocrítica (2007).

Anexo 3: «¿Por qué en España un gran número de trabajadores vota a la derecha? Pregunta de Miguel Riera para El viejo topo.» (2008)

Anexo 4: «El 1968 en Cataluña: méritos e insuficiencias» (2009)

***

Buenos días.

Quiero empezar felicitando a la Fundación Pablo Iglesias por la iniciativa y agradeciendo a Javier Muñoz la invitación que, entre otras cosas, me da la oportunidad de encontrar a los viejos amigos Elías y Antonio, a los que por cierto he encontrado muy bien. ¡No habéis cambiado desde la última vez que coincidimos!

Como Javier Muñoz nos proponía centrar la discusión a partir de un texto que él nos ha mandado, lo que he pensado tiene que ver fundamentalmente con algunas precisiones que se me ocurren en torno a la última parte del escrito, que es la parte que se refiere específicamente a los intelectuales en la transición. Luego diré que precisiones son esas.

Antes de hacerlas, también querría decir el punto de vista desde el cual voy a hablar, me parece importante declararlo. Voy a hacer referencia exclusivamente a los intelectuales de izquierda en la transición y esto -a lo mejor no hace falta añadirlo pero lo añado- no porque yo sea de los que piensan que no había intelectuales de derechas, que los había, sino sencillamente por razones de método, analíticas, de conocimiento y también de tiempo.

Para que quede todo claro todo desde el principio, en esto de la consideración de intelectuales de izquierdas y de derechas soy popperiano. No soy popperiano desde el punto de vista ideológico sino desde el punto metodológico. Yo siempre he compartido con Popper la idea esta de que aprendemos más leyendo a nuestros adversarios que leyendo a nuestros amigos. Esto para que quede claro que no hago abstracción sino por los motivos que he dicho.

Y la segunda declaración, así, personal, sobre desde donde pretendo hablar, tiene que ver con esto de las generaciones que decía Díaz. La verdad yo tengo un problema con eso porque no sé de qué generación soy. Probablemente porque, como decía Elías, nací mal o como decía mi abuela Guadalupe que también decía eso. En su caso porque nací un primer viernes de mes y por lo visto las cosas de los primeros viernes de mes que había que cumplir[1]. En ese sentido uno nace mal y no sabe si es de la generación del 68[2], de lo que había antes o de lo que vino después. En cualquier caso no doy mucha importancia al asunto generacional en lo que voy a plantear.

Los tres asuntos sobre los que quería intervenir con algunas precisiones serían: este que nos plantea Javier, y que ya había planteado también Elías en alguno de sus libros, sobre la ideología del desencanto entre los intelectuales de izquierdas a partir sobre todo de 1968, sobre eso que se suele llamar, que algunos han llamado al tratar de explicar la ideología del desencanto, añoranza, utopismo y rupturismo existente entre los intelectuales de izquierdas en este país entre 1976 y 1982 o 1983, que está obviamente relacionado de manera directa con esto que se ha llamado desencanto. También querría decir algo, si me da tiempo, sobre otro de los asuntos que aparece al final del papel de Javier en relación con alguna investigación de Santos Juliá que es el tema de los intelectuales y la cuestión nacional en esos mismos años por las repercusiones que eso iba a tener, que creo que ya tenía entonces, y que ha tenido luego.

Voy a empezar mi reflexión diciendo algo que puede sonar un poco extemporáneo pero que me parece que es bastante fiel reflejo de lo que pasaba entre los intelectuales de izquierdas entre el momento de la muerte de Franco o poco antes y diríamos que hasta 1979 o 1980. ¿Qué querían, a qué aspiraban, qué deseaban ese conjunto, por heterogéneo que fuera, que podemos calificar de intelectuales de izquierdas en esos años?

Mi esquema sería: querían primero, o queríamos primero, me voy a incluir ahí claro, queríamos una sociedad de transición al socialismo con matices desde luego, pero al socialismo. Democrático, autogestionado, consejista, planificado regulado, esos serían los matices, pero de transición al socialismo. 2º: querían o queríamos una democracia avanzada de trabajadores, también en esto con matices, pero una democracia no sólo formal, no sólo representativa, no sólo indirecta. Los matices pueden ser diferentes pero creo que en eso también había acuerdo. 3º: querían o queríamos los intelectuales de izquierdas un Estado republicano, también aquí con matices sobre la forma y la oportunidad de plantear la cuestión de la forma de Estado, pero republicano, no monárquico. 4º: querían o queríamos un estado federal o confederal, también con matices sobre la forma de la federación o de la confederación, pero, por lo general, admitiendo el derecho a la autodeterminación. Y por último, en 5º lugar, querían o queríamos un Estado independiente y neutral en las relaciones internacionales en un mundo todavía bipolar, también con matices sobre el carácter de la independencia y de la neutralidad, pero claramente contrario a la OTAN, o sea, fuera de la OTAN.

Esos cinco puntos creo que se pueden considerar, con los matices que se haya que introducir y en los que no voy a entrar ahora, compartidos por la izquierda o por los intelectuales de izquierda en esos años, tienen mucho que ver con algo que seguramente hoy resulta raro y extemporáneo, sobre todo para la mayor parte de la gente joven, pero que se puede definir o considerar como el predominio general del marxismo o, si queréis más precisión, de los marxismos en plural, entre los intelectuales de izquierdas. De tal manera que podríamos decir que en esos años, el marxismo o los marxismos fueron algo así como la cultura general o el humus cultural de los intelectuales en España, diría que por lo menos hasta finales de los setenta.

Esto que digo creo que se puede observar, comprobar y estudiar, vamos a decirlo así, en las principales sedes de producción de ideas en aquella época. Es decir, deteniéndose en lo que hacían o hacíamos en las universidades los intelectuales de izquierda, deteniéndose en el estudio de lo que escribían o escribíamos en las principales revistas teórico-políticas, ideológico-políticas, que se publicaron entre 1975 y 1979, 1980, incluso hasta el 82, deteniéndose en lo que se decía y escribía en el ámbito los principales partidos de izquierda en ese momento, en el PSOE, en el PCE, y en los partidos que se consideraban o estaban a la izquierda del PSOE y del PCE entonces[3], e incluso diría que este conjunto de rasgos al que me he referido vinculado a ese papel del marxismo o de los marxismos como cultura general o humus cultural, indirectamente, se podía podría o constatar también a partir de la documentación que ya hay en esos años relativa a los movimientos sociales nuevos que están naciendo. Estoy pensado fundamentalmente en toda la documentación existente y relacionada con el feminismo de la primera hora, con el ecologismo de la primera hora y con el pacifismo de la primera hora. Aquí con una salvedad: quiero decir que ese humus cultural, esa cultura general, es algo constantemente en discusión y en interacción en las vanguardias del feminismo, en las vanguardias del ecologismo y en lo que acabaría siendo el movimiento pacifista en los años siguientes. De hecho creo que se puede decir que los principales movimientos sociales de aquellos momentos han surgido dialogando y discutiendo con los diferentes marxistas existentes no solo aquí sino en Europa.

Y por último se podía hacer una comprobación también de lo que estoy diciendo a través del estudio de los catálogos de las principales editoriales existentes en aquel momento. Esto es interesante y en cierto modo está por hacer todavía, con detenimiento. Creo que si estudiáramos con calma, al mismo tiempo, qué es lo que se publica en las principales revistas del momento, qué es lo que está en los catálogos de las principales editoriales del momento, qué es lo se está escribiendo en los principales partidos de ese momento, 1975-1980, y qué es lo que están discutiendo-dialogando los tres principales movimientos sociales nuevos, llegaríamos a una conclusión bastante próxima a esto que estoy diciendo sin entrar en mayores matices.

Voy ahora a lo de la ideología del desencanto, y esto puede servir ya quizá para la discusión. No comparto, aparte de que me parece que esto del desencanto es una palabra que surge en un determinado momento y que recubre muchas cosas muy diferentes, en realidad tiene que ver directamente con la película de Chávarri[4] con ese mismo título, y luego se usa de formas muy diversas. Yo mismo recuerdo que el primer artículo que escribí en el número 1 de la revista mientras tanto en 1979 llevaba por título curiosamente, entre interrogantes, «¿Fin del desencanto, final del encantamiento?» porque no estaba seguro de que se pudiera hablar de desencanto entre intelectuales de izquierdas que nunca se habían encantado por así decirlo.

Esto tiene que ver con otra cosa de la que disiento respecto a la mayor parte de las cosas que se han escrito sobre esos años. A saber, que lo del desencanto tenga que ver fundamentalmente con utopismo, tenga que ver fundamentalmente con rupturismo y, en general, con irrealismo de los intelectuales de izquierdas. Incluyo en este caso a todos, vamos a decirlo así. En mi interpretación de los hechos, este humus marxista de base que hubo, esta cultura general marxista que inspiraba a la mayoría de los intelectuales de izquierdas del momento, era más bien cientificista[5] que utopista, mucho más cientificista que utopista, y esto es importante tenerlo en cuenta porque la recuperación de la idea y de la noción de utopía[6] es muy posterior en este país al uso de la palabra «desencanto».

Si se hace repaso de la documentación existente para esos años, se verá que la mayor parte de los marxistas relevantes del momento eran más bien de corte científico y hasta cientificista. Ejemplo: dos de los autores más influyentes en aquel momento eran dos señores llamados Louis Althusser, que es el exponente máximo del marxismo cientificista de esos años, y otro señor llamado Lucio Colletti[7], filósofo marxista italiano, que por cierto acabó en las listas de Berlusconi unos años después. Importante tenerlo en cuenta. No eran, no éramos utópicos. Eran, éramos más bien cientificistas y no nos hubiera ido mal una cierta dosis de utopía moral para salvarnos de eso que se llamó desencanto en aquel momento.

Yo más bien creo que eso que se llamó desencanto tiene que ver con algunos factores, y no solo el desencanto sino lo que podríamos considerar la evolución de los intelectuales de izquierda desde 1975 en adelante. Primero, hay un factor de base que ya venía de antes y ese factor de base es en cierto modo el final o el principio del final del intelectual tradicional liberal y su sustitución cada vez más por el intelectual en la producción. Se está acabando, por así decirlo, el modelo o ejemplo del intelectual liberal tradicional entendido como conciencia crítica moral de la sociedad, lo que en gran parte representaron Aranguren, Tierno Galván, el propio Manolo Sacristán[8], en cierto modo García Calvo, etc. en los años anteriores, y el espectro al que da lugar la asalarización de los intelectuales en aquellos años ya está cambiando la base material digamos de la misma intelectualidad. Y es, como digo, un asunto que venía de antes.

Luego hay un factor ideológico que no se ha mencionado aquí pero que me parece que es importante tenerlo en cuenta. Lo que se llamó desde 1977 «la crisis del marxismo», 1977 es un año muy clave para esto. Es el año en el que Il Manifesto organiza en Italia un célebre congreso donde se cristaliza la idea de la crisis del marxismo a partir fundamentalmente de la declaración de los dos exponentes principales de la época. Althusser diciendo «la hemos cagado», con perdón, y Colletti diciendo prácticamente lo mismo: la dialéctica no es ciencia, luego el marxismo es una mierda[9]. Que para nosotros, los que no veníamos de ese asunto, lo interpretamos en el siguiente sentido: efectivamente hay una crisis cientificista, no una crisis del marxismo en general. O dicho en otros términos: hay una crisis de vuestro marxismo, no del marxismo humanista, no del marxismo entendido como filosofía moral, etc. Pero en cualquier caso es verdad, independientemente de lo que pensara uno entonces, es verdad que partir de 1977 ese es un factor ideológico clave que interviene para la primera disolución, vamos a decirlo así, de lo que fueron esas cuatro o cinco ideas compartidas que he dicho al principio.

El otro factor, ya lo ha dicho Elías al final y es verdad, es muy importante. Para analizar el papel de los intelectuales en la transición en España es clave tener en cuenta que la transición en este país coincide con un cambio de base histórica. Cierto. Y sobre todo a partir de 1979-1980 eso es clave., Desde el momento en que Thatcher gana las elecciones en el Reino Unido, desde el momento en que Reagan gana las elecciones, empieza esa cosa que luego se llamó neoliberalismo y empieza la gran influencia del neoliberalismo que, desde mi punto de vista o tal como yo lo veo, es en gran parte la negación del liberalismo clásico, del liberalismo tradicional[10]. Si uno se detiene a estudiar lo que decían los liberales ingleses en 1945, 1946, al acabar la II Guerra Mundial, con lo que lo están diciendo los neoliberales de 1979, 1980, se da cuenta inmediatamente que, incluso una persona como Elías, que era socialdemócrata, se hubiera encontrado muy a gusto con los liberales ingleses de 1945… y hasta yo que no era socialdemócrata por supuesto.

Eso es un cambio que a mí me parece que fundamental, que hay que tener necesariamente en cuenta y que explica o que puede servir para explicar bastantes cosas.

Voy a ir acabando con un par de asuntos. Uno es que me parece que todavía está por estudiar lo que podríamos llamar las ideas olvidadas de la transición[11] a través de la plétora de revistas teórico-políticas, ideológico-políticas, que salieron a la calle o que se publicaron entre el momento de la muerte de Franco, o incluso un poco antes, y 1982, 1983.

Me vais a perdonar aunque esto pueda parecer un poco tedioso la enumeración porque he dedicado cierto tiempo a eso y me parece que es interesante. Algunas de ellas ya han sido estudiadas o han empezado a estudiarse. Aparte de publicaciones que ya existían y que tuvieron una gran influencia entre los intelectuales de izquierdas de esos años como Triunfo, como Cuadernos para el diálogo, como Cuadernos del Ruedo Ibérico, o en Cataluña, Nous Horitzons, o más en general Nuestra Bandera, o El Ciervo, también en Cataluña pero distribuida en toda España, o Noticias obreras, o incluso revistas como Nuestro cine o incluso publicaciones hoy completamente olvidadas como CAU[12], que era una revista hecha, casi con lujo asiático, por el Colegio de Aparejadores de Barcelona pero donde colaboraba toda una serie de intelectuales muy interesante que luego se van a convertir en intelectuales importantes, desde Manuel Vázquez Montalbán a Oriol Bohigas, pasando por otros muchos, y, además, las revistas humorísticas, que convendría no olvidar porque tal como estaban las cosas en el país en esos años influían mucho más a veces que las revistas de orientación política-teórica. Estoy pensando en La Codorniz, en el Hermano Lobo, en El Papus, en Por favor, en Muchas gracias, en El jueves, etc., con todos los matices que se hubiera que introducir ahí, el principal de los cuales es que probablemente la filosofía más profunda que se ha hecho en este país durante esos años la han hecho los humoristas, al menos esa es mi impresión, y la siguen haciendo. Ahí están El Roto, Máximo, Chumy Chúmez, etc, de los cuales aprendimos todos muchísimo.

Luego están las que se publicaron específicamente entre 1975 y 1982. La lista es verdaderamente impresionante. Los más viejos del lugar la recordarán pero los y las más jóvenes las enumeraré. Desde La Calle, que sustituye a Triunfo después de su desaparición, hasta el listado de las que se publicaban con una pretensión de influencia político-ideológica: Zona Abierta, que se empieza a publicar en el año 1975. Sistema, aquí está Elías, no me acuerdo cuando empezó a publicarse..

Elías Díaz: En 1973.

Exacto, pero que se sigue publicando en aquellos años. Andalán que se publica en Zaragoza y donde empiezan a escribir toda una serie de intelectuales que luego jugarán un papel importante no solo en Aragón sino más en general[13]; Taula de canvi, que se publica en Barcelona durante unos años y donde colaboraron Alfonso Carlos Comín, Ramoneda, Isidre Molas, Jordi Borja, Solé Tura, Quim Sempere y muchísima gente más; Ajoblanco que era un revista de orientación anarquista, libertaria, donde colaboraron Pepe Rivas, Savater, Semprún Maura, Racionero, etc. que se siguió publicando durante muchos años; El Viejo Topo, que todavía existe pero que en esa primera época era un lugar de encuentro de gentes, de intelectuales muy diferentes; Negaciones, donde publicaron Eduardo Fioravanti, Fernando Ariel del Val, el mismo Fernando Savater; En Teoría, que fue una revista vinculada primordialmente a la Liga Comunista Revolucionaria si la memoria no me falla; El Cárabo, que se publicó entre 1976 y 1980, y donde jugó un papel importante Joaquin Estefanía y donde colaboraron muchos otros intelectuales, economistas como González-Tablas, etc; Vindicación feminista, que tiene un papel esencial en lo que fue el feminismo de la primera hora donde colaboraron Lidia Falcón, Carmen Alcalde, Ana María Moix, Anna Estany, María Rosa Ragué; Materiales, que hicimos nosotros mismos, el grupo que luego hicimos mientras tanto, donde colaboraron gente diversa en aquel momento, no solo del grupo que luego estaría en mientras tanto, historiadores como Ramon Garrabou, o como Joan Clavera, o gente como Javier Corcuera, como Alonso Montero, como Álvarez Areces, luego presidente de la Comunidad asturiana, etc; Teoría y práctica, que se publicó en Barcelona y Madrid entre 1975 y 1976, revista en la que jugó un papel muy importante el sociólogo Fernández de Castro que todavía sigue publicando y desde mi punto de vista es uno de los grandes olvidados en esta historia; la revista Saida, que se publica en Madrid en 1977, donde escribieron, entre otros muchos, Eugenio del Río[14], Álvarez Dorronsoro, Empar Pineda, Gabriel Albiac; Argumentos que en cierto modo juega un papel de difusión teórica-política vinculada al Partido Comunista de España y donde jugó un papel importante Daniel Lacalle; Askatasuna que es una revista de la que apenas nadie se acuerda tal como han evolucionado las cosa en el País Vasco pero que tuvo la cosa interesante de ser una revista anarquista y medio libertaria en la situación entonces del País Vasco, que se vincula con algo que va a tener luego mucha importancia en los ambientes de izquierda que es el tema de la autonomía obrera, etc; Transición, vinculada al Viejo Topo y que tiene una orientación más bien económica o relacionada con las ciencias sociales; la Revista mensual, Monthly Review, donde escribieron economistas y sociólogos y que no se limitó a la traducción de la revista norteamericana; Leviatán, donde escribíais vosotros, o sea Antonio Santesmases, Virgilio Zapatero, etc, en el 78.; la misma mientras tanto a partir de 1979 o incluso revistas como Tiempo de historia donde hicieron sus primeras armas historiadores hoy más conocidos o Cuadernos de Pedagogía que jugó un papel muy importante en la difusión de las ideas pedagógicas alternativas. Más las primeras revistas ecologistas que empezaron a aparecer entonces: Bicicleta, Ecologista, Userda, etc[15].

Todo esto hace un listado verdaderamente muy amplio. Y hay que decir que una parte importante de la intelectualidad de izquierdas del momento se formó precisamente escribiendo ahí.

Y acabo volviendo al desencantado y enlazando eso con el asunto del tema nacional. Desde mi punto de vista y a partir del estudio de esas cuestiones que he dicho, creo que se podría decir que eso que se ha llamado desencanto tiene que ver con la frustración de la mayoría de los intelectuales de izquierdas al no cumplirse ninguna de las expectativas de esto que queríamos en el momento de la muerte de Franco. Ni una sociedad de transición al socialismo, ni una democracia avanzada de trabajadores, ni un estado republicano, ni un estado federal o confederal, ni un estado independiente y neutral. Ninguna de esas cosas. Y el desencanto no es Chávarri, el desencanto no es la familia Panero. El desencanto es lo que se nos puso en el corazón a tanta gente cuando vimos que eso no se cumplía. Y cuando comprobamos que, además de no cumplirse eso, tampoco se cumplía algo que en aquellos momentos nos parecía elemental a todos: exigir responsabilidades por las barbaridades que se habían hecho durante el franquismo y que se siguieron haciendo prácticamente hasta el momento mismo de la muerte de Franco. Ninguno de los criminales franquistas fue juzgado y eso llevó a un olvido muy considerable que tiene directamente que ver, tal como yo lo veo, con la idea de desencanto.

Y en cierto modo todo esto tiene también que ver con la reproposición del terrorífico asunto de la cuestión o las cuestiones nacionales. Ya en el año 79, o sea, hace ya muchísimo tiempo yo mismo escribí un artículo en la revista mientras tanto comentando los primeros resultados electorales[16], haciendo la crítica, porque nosotros éramos críticos de la Constitución del 78, lo cortés no quita lo valiente pero ahí…

Elías Díaz: Luces y sombras.

Sí, luces y sombras pero había una sombra considerabilísima. Es decir, un par de artículos que estaba clarísimo que no iban a permitir… Y se está viendo todavía ahora. Estos lodos que estamos viviendo hoy por este escándalo por lo menos moral, no sé si político, lo que está ocurriendo con Bildu y compañía, estos lodos tienen que ver con aquellos polvos que están recogidos en la Constitución. Y mi hipótesis, que puede ser arriesgada: una parte de los intelectuales de izquierda que se habían formado con los marxismos en plural y que se desencantaron al ver que nada de aquello a los que aspiraban se cumplía, empezaron a desplazarse hacia los diversos nacionalismos, particularismos, regionalismos o localismos, de tal manera que ya en 1979 se podía apreciar que la tensión moral –ya sé que es una expresión que no dice mucho, pero la voy a seguir empleando–, que la tensión moral se había empezado a desplazar hacia los nacionalismos, hacia los regionalismos, etc.

Hipótesis: si hiciéramos un estudio de lo que ha ocurrido en la mayor parte de las regiones y nacionalidades del Estado con toda una serie de intelectuales de izquierdas que habían compartido esos puntos que he dicho al principio, nos daríamos cuenta del papel decisivo que una parte de esos intelectuales han jugado desde 1979 en la formación, constitución y cristalización de los diferentes nacionalismos de izquierdas existentes en España. Pero eso no sólo en el País Vasco, no sólo en Cataluña, no sólo en Galicia, también en Aragón. ¿Quién nos iba a decir? Y ahí está Labordeta, por ejemplo. Pero también en Castilla. ¿Quién nos iba a decir que el grupo Ámbito, en aquel momento liderado por Valdeón[17], reconocido comunista vallisoletano, etc. pues se iba a retirar hacia el regionalismo castellano por un lado, o que otro grupo se iba a formar en relación con Herri Batasuna en Castilla[18] que se supone que es la espina dorsal del Estado centralista?

Esas cosas creo que tienen más que ver, o esa es mi hipótesis, con lo que parece insinuarse –no estoy seguro de que sea una insinuación– al final del papel de Javier[19] para explicar el tema de la importancia que cobra el asunto nacional a partir de la subvención por los nacionalismos de los intelectuales. Sé que ese es un factor importante, importante fundamentalmente en Cataluña y en otros lugares. Pero no es el único factor puesto eso de la subvención de la cultura fue algo compartido en todas partes.

Otro de los elementos por los cuales hay que considerar que el desencanto cuajó tanto es el habernos dado cuenta de que la aspiración a un cambio cultural con conquista de la hegemonía alternativa desde abajo también hacía aguas a partir de la creación de aquella figura, de la que ahora se habla menos pero porque ya se ha establecido, que era el de gestor cultural, el que les organiza a las gentes, pagados obviamente en cada una de las comunidades autónomas o por el Estado, qué es la cultura que tienen que hacer. Y esto fue bastante decisivo no solo para algunos intelectuales que al final acabamos jugando un papel político muy reducido, como nosotros mismos, el grupo de mientras tanto.

Que no se me entienda en absoluto lo que he dicho como una reivindicación de lo que hicimos nosotros. No es el caso. Yo creo que nosotros metimos la pata como tantos, igual que tantos otros, pero por lo menos lo que creo que es importante en una discusión como la que tenemos ahora es recuperar ideas olvidadas que pueden haber sido derrotadas, cierto, pero que eran importantes, que estaban ahí y que se han olvidado durante mucho tiempo.

Lo único que creo que es importante tener en cuenta en esa historia es que hay que seguir considerándose derrotados de buen humor. Si encima de desencantados nos vamos a poner de mal talante porque perdimos. esto me parecería absurdo. Por eso creo o sigo creyendo que el papel –hay muy pocas revistas de humor– de los humoristas sigue siendo importantísimo todavía ahora para que no nos pongamos negros, sobre todo los que hemos nacido en Géminis como yo y hemos nacido mal… ¿Tú también? [Risas de Antonio Santesmases].

 

Coloquio

1. Sobre la ausencia de los intelectuales:

No lo comparto. Antes comentaba que en una cosa parecida a esta que hicimos en Valencia con motivo de los premios Octubre en la que estaba Gregorio Morán y otras personas, el título era «Los intelectuales en la transición», Gregorio, con ese tono provocador que le caracteriza, dijo: esto se acaba en un minuto, no hubo transición ni hubo intelectuales.

No, en absoluto. Lo que sí seguramente se puede decir es que hasta 1977, 1978, los intelectuales, al mismo tiempo también políticos, juegan un papel destacado, pues después de las elecciones de 1977 tal vez sea cierto que los intelectuales con una dimensión política de cierta importancia hayan pasado a un segundo plano pero esto me parece lógico y natural una vez que se había establecido una situación de cierta normalidad, formalmente democrática, lo cual no quiere decir que no jugaran un papel en la transición.

Esa es la opinión que yo tengo.

2. Sobre aspectos culturales

Voy a decirlo así, un poco caballunamente. En mi impresión, espero que no sea solo personal, desde el punto de vista cultural, los años que van desde 1976 hasta 1980 son los mejores años de la historia de España que yo haya vivido. Desde mi punto de vista es como el momento del florecimiento de las mil flores[20]. Eso tiene que ver con lo que he dicho esta mañana del florecimiento de las revistas pero no sólo. Entre 1976-77 y 1980 dediqué mucho tiempo de mi vida por estar primero en la revista Materiales y luego en mientras tanto[21] a viajar por ahí y lo que tengo en el recuerdo es que fuera al sitio donde fuera de la península ibérica estaban floreciendo cosas, tanto desde el punto de vista de las publicaciones como desde el punto de vista de formación de grupos, asociaciones culturales, etc., y esto es otra cosa que no he dicho esta mañana y que querría decir ahora. De todo esto de las muchísimas revistas y manifestaciones culturales de esos años deberíamos tener en cuenta que es difícil tener una perspectiva conjunta global del conjunto de la península, tal como estaban las cosas ya entonces y tal como se han puesto después.

Lo que he dicho esta mañana puede valer mayormente para Madrid y Barcelona pero, si se piensa bien, entre el 76 y el 80 hay una enorme cantidad de publicaciones, de organizaciones, etc. En Asturias, los hermanos Areces, estaban con su revista, con su gente, interesante no sólo desde un punto de vista político sino también desde un punto de vista cultural. En Andalucía, en Granada, en Córdoba, etc. están surgiendo una serie de cosas que ahora, después de muchos años, reaparecen por ahí pero ese es el momento en que García Montero está haciendo cosas, en que Javier Egea[22] está haciendo cosas, en que José Luis Rodríguez ínclito discípulo de Althusser en Andalucía, está haciendo cosas y revistas. Eso que digo creo que vale también para Valencia en aquellos años.

Es decir, no creo que haya habido ningún otro período equivalente a ese. Claro que es deudor de lo que se había estado haciendo en los años anteriores, pero que luego, tal como yo lo he visto, no se ha repetido. Incluso se podía ver, desde otros puntos de vista, qué se hizo en esos años en la cinematografía. Yo recuerdo lo que discutíamos en aquel momento sobre las películas que estaba haciendo Manuel Gutiérrez Aragón o desde el punto de vista de la innovación teatral. Cierto es que luego ha habido muchas otras cosas y no diría yo que a lo mejor, desde el punto de vista de la consideración cultural o artística individual, puede haber habido cosas mejores, qué duda cabe, pero como conjunto, hablando en los términos en que hablaba Jordi Mir antes, de vínculo entre intelectuales y mundo colectivo, creo es lo mejor que ha habido en la historia que a uno le ha tocado vivir…. Incluso tal vez en la tuya[23].

3. Más sobre el desencanto

Cambiamos de conversación pero no de tema, no de fondo. Yo le que quería decir del tema desencanto ya lo he dicho antes[24].

Sí que creo que hay un asunto de fondo ahí, por debajo de la palabra, que vale la pena que nos paremos a pensar un poco. Una de esas cosas es que aun compartiendo con algunos matices esos cinco o seis puntos que decía esta mañana, no los voy a repetir para no dedicarnos más tiempo a eso, una pregunta que sí que creo que podríamos hacernos como gentes preocupadas por la historia, y al mismo tiempo críticos, es la pregunta acerca de hasta qué punto lo que queríamos, nuestros deseos, aquellos a lo que aspirábamos, correspondía, vamos a decirlo así, al estado de ánimo general de la población española. Este creo que es el gran asunto. Podría haber ocurrido perfectamente que teniendo la razón moral en lo que queríamos, en lo que exigíamos, estuviéramos confundidos, en cambio, respecto a lo que quería la mayoría de la población.

Personalmente tengo que decir que a mí se me abrieron los ojos a partir del informe-libro de Víctor Pérez Díaz sobre las actitudes y expectativas de las clases trabajadoras en España que, si la memoria no me falla, debió de ser de 1979 o por ahí, porque los resultados de aquella gran encuesta –fue una de las grandes encuestas que se realizaron en nuestro país en aquellos años– no correspondía en absoluto –y lo digo con la mano en el corazón, no me gustó nada y me discutí con Víctor Pérez Díaz cuando nos lo presentó en el seminario que hacíamos en mientras tanto–, pero, por lo ocurrido en las elecciones, había que reconocer que la cosa iba por ahí. Había que reconocer que eso que queríamos, y que yo resumía esta mañana en esos seis puntos, no correspondía con la opinión mayoritaria de la gente. Eso sí que tiene que ver no con el desencanto sino con el darse de bruces con una realidad existente que tal vez no conocíamos bien.

Tienes razón Elías cuando dices que entre los obreros no hubo desencanto. ¡Claro que sí porque la mayor parte de ellos no se habían encantado en absoluto! No hubo desencanto, lo que hubo fue cabreo. Pero también es verdad que el desengaño nuestro, de bastantes intelectuales, coincidió temporalmente con el cabreo de muchos obreros ante cosas que prácticamente no hemos hablado pero desde mi punto de vista son importantes. Ya sé que ahí vamos a disentir pero lo digo, los Pactos de la Moncloa. Los Pactos de la Moncloa, para toda esta gente que coincidíamos en lo que he dicho esta mañana, y una parte importante no de la clase obrera sino de la vanguardia de la clase obrera, fue en cierto modo el reconocimiento de que les habían partido el espinazo. Y eso tuvo una repercusión muy grande porque la mayor parte de los intelectuales comprometidos pensaba que la clase obrera era el sujeto principal del cambio, de la transformación, etc.

Concluyo: dejando aparte este tema del desencanto, a mí sí que me parece que sería importante un tipo de reconsideración crítica de esos años de la transición que incluya la autocrítica, la autocrítica de verdad, no la autocrítica en el sentido en el que la mayor parte de las veces se ha empleado esa palabra en la mayor parte de las reuniones que hacíamos en las que algunos decían «te voy a pasar una durísima autocrítica» que siempre acababa siendo no la crítica de quien hablaba, sino la crítica del otro, de los otros.

Esto deberíamos hacerlo realmente en serio, deberíamos reconocer en algún momento, algunos, no digo todos, los que tengan que reconocerlo, que en la apreciación de la correlación de fuerzas, vamos a decirlo así, existente en el país entre 1975 y 1977 nos equivocamos. O, si preferís que no os incluya en el nos y este no sea un plural mayestático, yo por lo menos me equivoqué.

4. Sobre el tema de España y las cuestiones nacionales.

La verdad es que no pensaba hablar más, ya he confesado mis pecados. Con lo que ha rezado mi abuela Guadalupe por mí, espero librarme del purgatorio.

Sobre este tema al que habría que dedicar seguramente una sesión entera, seria, larga, etc., sólo quiero decir una cosa que es absolutamente anecdótica. Trabajando para esta cosas que ahora le piden mucho a uno, que es que vaya a dar una charla sobre la Segunda República, sobre la Tercera República, me encontré con una serie de textos, de Pi i Margall, de Estanislau Figueras y Moragas, etc. Me encontré, decía, con una anécdota que me ha hecho pensar bastante, que tengo metida en la cabeza, y que creo que puede ser interesante para todos, que es la de cómo acaba el proyecto, el borrador de lo que pudo ser la primera República federal española, la primera, con Estanislau Figueras de presidente. Cuentan los historiadores que estudiando lo que queda del borrador de lo que tenía que ser la Constitución de la República federal española, que Estanislau Figueras, que presidía la reunión, que era el presidente en funciones, se cabreó tanto que a pesar de que los allí presentes eran de lengua castellana, le salieron las tripas y en un determinado momento dijo: «Estic fins els collons de tots nosaltres!».

Cuando lo leí pensé: en este mundo nuestro todo el mundo hubiera dicho: «Estoy hasta los cojones de todos vosotros». Pero Figueras dijo «de todos nosotros». Y esto me parece que podría ser el inicio de una gran amistad.

5. Intervención final.

Tengo que decir dos cosas, breves. Una en nombre de la modestia y otra en nombre de la autocrítica. La de la modestia: te agradezco mucho la referencia Elías pero no es mi programa. He dicho esta mañana: con estos seis puntos trato de resumir lo que..,

Elías Díaz: Tú los has enunciado ordenadamente.

Exacto. No me he hecho más que resumir.

Segundo, en nombre de la autocrítica. Celia [Amorós] tiene toda la razón y si esto no está aquí es porque no estaba allí y esto tenemos que reconocerlo los que sí que estábamos allí en aquel momento, que éramos unos cafres en aquella época.

Estaba la demanda de las mujeres, estaba la demanda de la lucha feminista, pero no estaba recogido, integrado en lo que era la lucha política. Yo todavía me acuerdo de las primeras reuniones acerca de feminismo y mujeres de la revista mientras tanto, y se supone que allí todos éramos feministas y la revista tenía su franja violeta25, y a los diez minutos las mujeres nos estaban poniendo a parir con toda la razón. O sea que, en nombre de la autocrítica histórica, pues efectivamente habría que decir que ahí tienes toda la razón y que eso no estaba integrado en un programa

También se podría añadir que en el tiempo transcurrido entre 1975 y 2011 pues a lo mejor algo hemos aprendido de todo esto, los chicos quería decir.

 

Anexo 1: Fin del desencanto. ¿Final del encantamiento?

Publicado como nota editorial en mientras tanto, 1 (noviembre/diciembre 1979), pp. 9-11.

 

Se tiene la impresión de que ese estado de ánimo tan difuso al que ha dado en llamarse desencanto está tocando a su fin. Un primer síntoma de ello es el aumento de la participación popular en las movilizaciones que se han sucedido al iniciarse el otoño con los temas de la enseñanza, la política energética y la situación laboral como fondo. Pues en ellas, además del número de ciudadanos activos, vuelve a destacar la continuidad de las acciones y la tensión político-moral de los sujetos afectados. Hay sobre todo en esta sucesión de encierros y de salida a la calle una dignidad reivindicativa que permite augurar el inicio de una nueva fase en las relaciones entre las clases sociales y también en la forma misma de hacer política.

Bastará con indicar un par de novedades en apoyo de lo dicho; si hasta ahora las manifestaciones contrarias al plan energético nacional y a la difusión de la energía nuclear habían cuajado principalmente en las zonas del país mejor situadas desde el punto de vista económico global, los últimos meses han puesto de relieve que la oposición al nuevo curso energético y a los peligros que este conlleva cuenta ya con la voluntad activa de importantes sectores sociales en algunas de las regiones más expoliadas y sufrientes de la geografía española. Eso quiere decir –o por lo menos puede querer decir– que la disposición antinuclear empieza a rebasar el umbral de la resistencia y de la contrainformación para tomar cuerpo social.

Otro dato es la participación en primer plano de trabajadores, sindicados o no, en las movilizaciones producidas por el déficit escolar y el progresivo deterioro de la escuela pública. Ya que, aunque cuando existe una larga historia de declaraciones por parte de los sindicatos propugnando la extensión de la enseñanza pública y la ruptura de los hábitos antidemocráticos de gestión propios del franquismo en este campo, todo aquel que tenga un poco de experiencia combativa en este asunto sabe de las dificultades que han existido hasta ahora para fundir en un mismo proyecto y en una misma acción las reivindicaciones laborales elementales y la exigencia de escolaridad general para los hijos de los oprimidos.

En definitiva, si –por seguir limitándonos a esos dos ejemplos– el movimiento antinuclear empieza a contar en sus filas con campesinos y obreros del campo, la acción en favor de la dignificación de las instituciones escolares y de un trabajo justo para el sector más maltratado de los enseñantes cuenta ya, también en la calle, con la colaboración, la adhesión e incluso el protagonismo de asalariados de diferentes ramos de la industria.

Por debajo de esos síntomas varios, cuya materialización parece ser un rearme ideal de varios sectores de la clase obrera, destaca un panorama económico y social de singular crudeza. Una vez liquidada la perplejidad producida por los meses de consenso, los trabajadores, esto es, la mayoría del país, se encuentran con un cuadro global bastante tenebroso: los derechos sindicales conquistados durante la dictadura de Franco corren el riesgo de ser recortados; el paro sigue en aumento; la inflación –más allá del debate formal en torno a un 1 o 2% en más o en menos– no ha dejado de ser galopante; la patronal actúa con impunidad cerrando empresas en período de vacaciones mientras exige la congelación de salarios ahora con la promesa de crear puestos de trabajo pasado mañana, o bien pasa sencillamente a la provocación antiobrera; el gasto público sigue cumpliendo la misma función social de antes, acomodándose ahora al giro conservadurista que se observa en toda la Europa occidental, y el nuevo sistema impositivo compite con la aparición de una nueva e insolidaria picaresca. Al mismo tiempo aumentan las subvenciones a la enseñanza privada mientras la enseñanza pública retrocede y a la iglesia clama en favor de la libertad de conciencia individual y de la privatización respondiendo de este modo a las concesiones que en su día hicieran las dos principales partidos de la izquierda tanto en lo material como en el plano de las creencias.

Y sin embargo no puede decirse que todos esos hechos sean nuevos. En realidad algunos de ellos estaban ahí, a la vista. Lo nuevo tal vez sea el redescubrimiento del cuadro de conjunto por parte de no pocos conciudadanos que durante un par de años parecen haber creído, incluso desde abajo, que podía aprovecharse la nueva coyuntura de las libertades conquistadas para arrimarse a su buen árbol mientras se perdían en el bosque de las palabras adormecidas. Este ver sólo la propia parcela ignorando el marco general ha ido dando lugar a muchos desengaños y desconfianzas. Pero también y particularmente al resurgimiento de no pocos vicios hispánicos que parecían definitivamente desterrados por los años de solidaridad ante la miseria, el miedo y la falta de libertades. De ahí las nostalgias, esperadas en la derecha porque no se domina en vano durante cuarenta años; pero que se hicieron también inevitables en la izquierda porque no en vano el dictador, contra nuestras esperanzas, murió amparado en el poder. Y de ahí, además, los corporativismos, el espíritu estamental en el mundo laboral, las carreras desenfrenadas entre profesionales, el particularismo oportunista en las nacionalidades históricas o el inútil rebuscar en el baúl de las banderas en otras tierras, igualmente históricas, en las que habría bastado con mirar hacia abajo, hacia los humillados, para saber y enseñar a los demás que el estado franquista no fue suyo sino que esquilmó a sus campesinos llevando a los hombres a la emigración y dejando desertizadas las tierras.

Eran, pues, demasiadas desengaños, demasiadas nostalgias como para que cupieran en un solo desencanto. Por eso ha habido y hay varios desencantados y de varios tipos. Nada mas lejos de la realidad que interpretar reductivamente ese estado de ánimo euforizando acerca del partido de los abstencionistas, como si estos fueran el principal bloque de izquierdas en el país, o especulando sobre el espacio político que ese mismo hecho dejaría para la formación de un nuevo partido intermedio entre la UCD y el PSOE. ¿Cómo equiparara cosas tan distintas –y tan obvias– como el abstencionismo combativo de una parte de la población del País Vasco con el hastío o la indiferencia del campesino gallego, la nostalgia de los derechistas silenciosos, el apoliticismo tradicional de los anarquistas, las desilusiones de una parte de la izquierda revolucionaria, o, más sencillamente, la perplejidad de trabajadores hartos de mirar sin ver las célebres contrapartidas del Pacto de la Moncloa.

Algunos de esos desencantos empiezan a ceder ahora. En las acciones más recientes apuntan, a parecer, otras actitudes. Es solo un síntoma, Y un síntoma no es razón suficiente para echar al vuelo las campanas del optimismo, sobre todo si a él se opone como se está oponiendo, un bloque dominante que en general sale reforzado por la extensión de la apatía en la izquierda durante estos años. Sin embargo, es posible que el final del desencanto de algunos acelere el fin de encantamiento de otros. Una coincidencia así contribuiría a la reactivación de las fuerzas sociales dominadas hasta ahora. Tiempo al tiempo.

 

Anexo 2: ¿Por qué los intelectuales de izquierda se hacen de derechas? El truco de la autocrítica.

Publicado en El País, 18/III/2007. https://elpais.com/diario/2007/03/18/opinion/1174172415_850215.html.

 

No seré yo quien vaya a negar la evidencia. Que bastantes personas que se decían de izquierdas, e incluso revolucionarias, en la década de los sesenta o los setenta, se han hecho luego de derechas es un hecho. Se suele hablar de los casos más llamativos en el ámbito político, el de aquellas personas que un día fueron la izquierda de la izquierda y hoy son la derecha de la derecha. Pero el proceso es más amplio y más profundo. Afecta también a intelectuales de lo que un día fue la izquierda moderada o «socialdemócrata», como solía decirse. Para hacerse una idea basta con comparar a este respecto lo que decía el entonces «compañero Miguel», en la Escuela de Verano del PSOE de 1976, con lo que suele decir Miguel Boyer en los últimos tiempos: de propugnar la nacionalización de la banca, las eléctricas y la siderurgia, a la FAES de Aznar.

El fenómeno no es nuevo. El transformismo de los intelectuales es algo tan antiguo y tan repetido que volver sobre el asunto resultaría tedioso si no fuera porque en ese paso hay implicadas algunas tragedias que a veces se olvidan. Sólo recordaré una: la conversión de Benito Mussolini, paladín del socialismo maximalista italiano y fundador luego del partido fascista. Tragedias aparte, la cosa es tan aburrida que los intelectuales europeos que se mantuvieron leales a la izquierda siempre escribieron sobre el transformismo de los otros con ironía o sarcasmo. Recuerdo tres casos, pero hay más. El de Gramsci, definiendo a Marinetti y a los futuristas italianos como niños que se han divertido coqueteando con los proletarios para acabar volviendo al redil de la propia clase cuando pintan bastos. El de Brecht, redactando el libro de los tuis para distinguir entre intelectuales e intelectualines en la crisis. Y el de Lukács, ironizando sobre la falta de columna vertebral de los intelectuales tránsfugas como una ventaja fisiológica que permite al susodicho agusanarse ante el Poder.

Así que, por ahí, nada nuevo bajo el sol. Vamos con las novedades. En España hay dos que subrayar. Una es la práctica consistente en agrandar el propio pasado revolucionario para luego, bajo la apariencia de estar haciendo razonable autocrítica, poner a caldo, por antiguos, a los colegas que sí fueron de izquierdas y siguen siéndolo. La operación suele dar buenos dividendos en la sociedad del espectáculo. Pues las personas jóvenes, que no tienen por qué saber lo de izquierdas que el agrandado fue en su juventud, reciben el mensaje y piensan: los intelectuales que resisten son dogmáticos. En suma, el viejo truco de la autocrítica que en el fondo es sólo retórica para criticar a la izquierda real, a la izquierda socialmente coherente.

La otra particularidad recurrente en la sociedad mediática de la España actual consiste en llamar intelectual a cualquier cosa. En esto, los medios de intoxicación de masas de la derecha política vienen jugando un papel preponderante. Primero desprestigian a los pocos intelectuales serios que hay y luego elevan a la categoría de intelectual al tránsfuga que en el pasado fue, a lo sumo, un politicastro o un escribidor de catecismos. Elevado el tal a los altares de la intelectualidad, lo colocan a continuación en la lista de los objetos consumibles. Y así se hincha la nómina de los supuestos intelectuales que fueron rojos y ahora son azules.

Una de las consecuencias perversas de estas dos cosas es que al final, y el final es ahora, el amable lector acaba creyéndose lo que dice el intelectual que dice que fue de izquierdas y lo que dicen los medios de la derecha del politicastro convertido en intelectual por arte de birlibirloque. La otra prensa, los otros medios que no se quieren de derechas, suelen hacer eco. Y así vamos perdiendo cualquier concepto serio de las palabras «intelectual» e «izquierda». Para no gastar papel lo diré drásticamente, en dos frases. Una: no he conocido a ningún intelectual de verdad, que fuera de izquierdas de verdad, y que al mismo tiempo dijera de sí mismo que era un «intelectual» y «de izquierdas». Les bastaba con ser «rojos» y con tener pensamiento propio. Por algo será. Dos: la nómina habitual de los intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha en este país está hinchadísima, pues se tiende a llamar intelectuales a muchos que no lo son y se tiende a considerar de izquierdas a otros tantos que sólo lo fueron en su imaginación de ahora.

Paralelamente se recorta (a veces hasta el doloroso olvido) la lista de quienes, con los distingos de rigor, se han mantenido leales a los valores de la izquierda que defendieron en el pasado. La visión periodística de la historia, el presentismo y la tendencia a convertirlo todo en espectáculo, en titular o en publicidad tienen mucha culpa en esto. Y es ya evidente para cualquier lector habitual de periódicos y semanarios culturales que la culpa de la hinchazón de aquella nómina y del ninguneo de los otros no corresponde sólo a lo que se viene llamando «la caverna». También El País, entre otros, tiene su parte de culpa.

Me pregunto, y pregunto a los que leen, si en vez de seguir hinchando el globo de los tuis y de los politicastros que se pasan a la derecha, no sería mejor hacer algo, ahora que estamos en lo de la memoria que se quiere histórica, para honrar a los intelectuales de izquierdas que se han mantenido leales. Sobre todo a aquellos que han seguido trabajando, escribiendo y actuando a favor de los de abajo sin mayor impacto mediático. Lo que queda de izquierda digna de ese nombre debe mucho a éstos, varones y mujeres. Son los intelectuales que han enlazado los ideales social-comunistas o libertarios de la izquierda de ayer con las luchas de hoy en favor de la democracia participativa, de la diversidad en la igualdad, de la economía social ecológicamente fundamentada, de los anhelos de los anónimos a los que un día llamamos pueblo. Honremos, pues, lo que éstos han hecho como intelectuales de verdad y el valor de su resistencia ético-política. Y dejemos ya de hinchar el globo del transformismo. A lo mejor así se invierte la tendencia.

 

Anexo 3: ¿Por qué en España un gran número de trabajadores vota a la derecha? Pregunta de Miguel Riera para El viejo topo.

Fechado en 2008. Salvo error por mi parte, no llegó a publicarse.

 

Para contestar bien a la pregunta hay que ir por pasos.

1º. Siempre ha habido un número importante de trabajadores (manuales e intelectuales) que son de derechas. La ideología dominante ha sido y es la ideología de la clase dominante. Conviene subrayar eso porque, cuando se habla de trabajadores en general, a veces se olvida, idealizando las actitudes y comportamientos político-ideológicos de una clase obrera que nunca ha tenido ni tendrá Paraíso.

2º. Decía Marx, con cierta melancolía, que «la clase obrera o es revolucionaria o no es nada». Creo que lo de «nada» es mucho decir. Pero se puede traducir eso a lo que está ocurriendo en nuestra época: cuando se pierde la conciencia de clase (o ni siquiera se ha tenido) una parte importante de los trabajadores tiende a identificarse con los que mandan (en los lugares de trabajo, en el Estado o en la comunidad). Y eso empuja hacia el conservadurismo de derechas.

3º. Los ideales y valores de izquierda propiamente dichos (socialistas, comunistas, anarquistas, libertarios) están por los suelos como consecuencia de fracasos y derrotas bien conocidos. Ese reflujo viene de lejos y el reflejo del mismo se nota en el conjunto de la sociedad. Por tanto, también entre los trabajadores. En España, ya en las primeras elecciones democráticas hubo un buen porcentaje de trabajadores que votaron a la derecha. El franquismo influyó mucho en eso, pero no sólo el franquismo.

4º. Los trabajadores notan (intuyen o saben) que en este momento no hay programa propiamente de izquierdas en el sentido dicho en el punto anterior. Ni aquí ni en los países próximos. Razón por la cual una parte de los trabajadores que eran de izquierdas van perdiendo no sólo ideales y valores sino hasta las ilusiones. Y una vez perdidos ideales, valores e ilusiones sólo queda ya el cálculo estrechamente político sobre a qué derecha (más o menos) votar.

5º. Cuando los ideales y los valores se diluyen y el programa falta puede quedar todavía la organización política (el partido o los partidos); pero en este momento también la organización hace aguas por varios costados, aquí y en los países próximos. Las divisiones, las escisiones y el cainismo están matando la organización de la izquierda propiamente dicha. Y en estas condiciones, los trabajadores con conciencia que quedan se sienten indefensos, no tienen a qué agarrarse políticamente (otra cosa es si tienen a qué agarrarse sindicalmente). De ahí que aumente el número de los que se agarran instintivamente al qualunquismo de turno.

6º. No siendo ya la fábrica, el tajo, el taller, etc., lugar para la configuración de la conciencia política, ni lugar para configurar identidad y cultura como clase, el obrero está más indefenso que otros ciudadanos ante los fenómenos sociales nuevos, por ejemplo, ante los nuevos flujos migratorios. Una parte de los trabajadores que se sienten indefensos no perciben ya al inmigrante como hermano explotado en el trabajo sino como una competencia amenazante. Y ese sentimiento empuja a sectores cada vez más numerosos en los cinturones industriales, y en los barrios obreros, hacia la conservación, hacia la derecha, Aquí, en Francia, en Italia y en otros muchos lugares.

7º. Los trabajadores en general perciben que hace ya mucho tiempo que no hay un obrero en los parlamentos que pueda representar sus intereses. Paradójicamente, varios otros sectores sociales tienen ahora «cuotas» de representación. Ellos, como tales, ni eso. De tal percepción nace el sentimiento de que, en el fondo, todos los partidos parlamentarios son iguales. No es verdad, pero lo parece. Y una de las formas más rápidas de irse desplazando hacia la derecha es llegar a la conclusión de que todo es parte de la misma mierda. Pues una vez dicho eso, primero se cae en el sectarismo («sólo mi partido está a salvo de la porquería») e inmediatamente después, cuando vienen mal dadas, en la adoración (por cínica que ésta sea) del Poder (o del podercito más próximo), que es la base de la ideología derechista y conservadora.

 

Anexo 4: El 1968 a Catalunya: mèrits i insuficiències

Conferencia Museu d’Història de Catalunya: 20 de enero 2009.

 

1. El dato básico de partida para analizar la repercusión de lo que genéricamente se llama «el 68 en Catalunya» (y en España) es, en mi opinión, el siguiente: la influencia de los principales movimientos estudiantiles de ese año se hace presente aquí al comenzar, en octubre/noviembre, el curso 1968-1969, es decir, cuando aquellas movilizaciones (no sólo estudiantiles, por cierto) ya habían sido derrotadas y el reflujo del movimiento en Francia era muy patente.

Es moral y políticamente comprensible que el movimiento de mayo del 68 se despidiera en París con estas palabras: «Fue sólo el comienzo; el combate continúa». Pero lo cierto es que al iniciarse el curso 68-69 los estudiantes de la Universidad de Barcelona estaban divididos sobre esto: unos pensaban que, efectivamente, el mayo francés sólo había sido el comienzo (de una fase revolucionaria) mientras que otros pensaban, atendiendo a la victoria incuestionable de la derecha en las elecciones en Francia, que aquello había sino más bien un final de época.

 

2. Aunque no creo que la discusión sobre si el 68 francés era un comienzo o más bien un final haya sido el elemento decisivo para explicar lo que hizo el movimiento estudiantil aquí, sí que me parece que vale la pena dedicar unas palabras al contexto internacional de la época.

París y Praga fueron, inequívocamente, dos derrotas, y no sólo simbólicas, de la nueva forma de pensar social-comunista-libertaria que había surgido de la crítica simultánea del estalinismo y del nuevo análisis del capitalismo en su fase tardía (que se decía entonces). Los estudiantes de entonces tenían por hábito relacionar todo con todo y enmarcar lo que hacían (o creían hacer) en la situación mundial del capitalismo y del imperialismo. Desde el punto de vista metodológico seguramente hacían bien operando así. Pero, si uno se atiene al eufórico optimismo que reinaba en las vanguardias estudiantiles del 68-70, no es nada seguro que se estuviera acertando, en cambio, en el análisis concreto de la situación mundial.

Ya antes del verano del 68, es decir, antes de las derrotas de París y Praga, se podía percibir en el mundo el reflujo del movimiento revolucionario con el que se pretendía enlazar, esto es, de un movimiento revolucionario que había estado mayormente alimentado, en África, Asia y Latinoamérica, por la guerrilla y por los movimientos de liberación nacional.

En efecto, para esas fechas Lumumba había sido asesinado; el movimiento guerrillero estaba retrocediendo en África; Indonesia había vivido una de las mayores represiones anticomunistas de la historia del siglo XX; y el conflicto chino-soviético no sólo dividía al llamado «sistema socialista» sino que amenazaba con hacerse armado. La palabra de Ernesto Che Guevara tantas veces repetida –«crear varios Vietnam»– no había cuajado: el propio Guevara había salido derrotado del Congo en 1965 y su guerrilla fue, finalmente, liquidada en Bolivia. En una palabra: la contraofensiva imperialista en el mundo era ya un hecho en 1968.

Quedaba Vietnam: allí no sólo se resistía en nombre del socialismo y de la liberación nacional, sino que se estaba poniendo en dificultades a la mayor de las potencias militares de la época, los EEUU de Norteamérica. Pero Vietnam, que era en 1968, por así decirlo, la excepción, fue presentada por los estudiantes revolucionarios del momento como la regla general de una nueva ofensiva revolucionaria que aparentemente coincidía con la rebelión estudiantil. Así se interpretó también la historia de los últimos años de Guevara: no como una derrota sino como otro anuncio de la nueva ofensiva. En ese traspiés analítico de la excepción a la regla está, en mi opinión, el origen del espejismo del 68-69 aquí.

Es verdad que en el momento en que transcurren los acontecimientos nunca se tienen todos los datos de los que después puede disponer el historiador. Por ejemplo, casi nadie, entre los estudiantes del 68, conocía entonces la complejidad del pensamiento de Guevara ante la situación en África (cosa que ahora conocemos por la publicación su diario dedicado al Congo). Pero aún así, había datos suficientes como para pensar que, en lo que atañe al movimiento revolucionario mundial, se estaba entrando ya en una fase de reflujo.

Leyendo los documentos que han quedado de aquellos meses creo que puede decirse que, por lo general, la vanguardia del movimiento estudiantil del 68 en Catalunya (y no sólo en Catalunya) interpretó las cosas en el sentido contrario. No pretendo hacer aquí un juicio político sobre esto. Sólo adelanto una hipótesis historiográfica para la discusión de las insuficiencias.

 

3. En cualquier caso, para lo que nos trae aquí, lo importante es relacionar lo que he dicho en el punto 1 (que las movilizaciones en Catalunya se producen cuando ya había sido derrotado el movimiento en Francia y su reflujo era muy patente) con otro hecho que a veces no se valora suficientemente: la acentuación de la represión por parte del régimen franquista durante buena parte de los años 1968 y 1969. Casi todo el año 1969 estuvo marcado en España por la imposición de un estado de excepción que duró desde el 24 de enero hasta el verano con cierres continuos de universidades, presencia constante de la policía en ellas y numerosísimas detenciones de estudiantes.

Para el análisis de lo ocurrido en Catalunya en 1968-1969 esta acentuación de la represión es muy relevante. Pues a la expulsión de la universidad de los delegados, subdelegados y otros muchos estudiantes y profesores que habían contribuido a crear el SDEUB entre 1966 y 1967 se unió la expulsión de los profesores más activos, el expediente abierto a casi centenar y medio de estudiantes que se habían reunido en la Escuela de Arquitectura en enero del 68 y, finalmente, la detención de buena parte de la vanguardia estudiantil a comienzos del año siguiente.

Para hacerse una idea de lo que esto pudo significar para el movimiento estudiantil en 1968-1969 conviene recordar que expulsiones de la universidad, expedientes abiertos, envíos forzosos al servicio militar, detenciones y encarcelamientos afectaron a varios centenares de estudiantes, sin duda los más activos del momento. En una universidad que debía tener por entonces un total de seis mil y pico estudiantes la cifra de represaliados que he dado es muy alta. Puede que, como consecuencia de la represión, haya quedado total o parcialmente fuera de la universidad el 10% de los matriculados.

Ya eso, entre otras cosas, sirve para explicar que el curso 68-69 no haya sido especialmente feliz en Barcelona desde el punto de vista de las movilizaciones estudiantiles. Antes ya del mayo francés la vanguardia de las movilizaciones se había trasladado a otras universidades (Madrid y Santiago, sobre todo). Se ha dicho muchas veces y es verdad: nuestro 68 fue el 66. A lo que habría que añadir para precisar: esto es así si hemos de juzgar por la participación estudiantil en las protestas y movilizaciones.

Antes del mayo francés la acción más importante del movimiento estudiantil catalán fue el encierro, en enero del 68, en la Escuela de la Arquitectura precisamente para protestar contra la represión. Aquel encierro, además de originar nuevos expedientes, creó más división en el movimiento. El 1º de mayo de aquel mismo año, convocado en el Turó de la Peira, coincidió con las noticias que llegaban de Francia sobre las movilizaciones allí, pero la participación estudiantil fue mínima. Y el 11 de septiembre del 68, convocado por el PSUC y otras fuerzas políticas antifranquistas en la Plaza de Urquinaona, también tuvo un seguimiento menor.

 

4. La novedad o innovación del movimiento estudiantil en Cataluña después del mayo francés, sobre todo desde octubre de 1968, no se encontrará, por tanto, en el plano estrictamente político o en un aumento de la participación en las movilizaciones, sino en otros ámbitos. En mi recuerdo, esos otros ámbitos que hay que considerar fueron principalmente dos.

En primer lugar, surgen entonces nuevas formas de protesta y de lucha, claramente influidas por las vanguardias de los movimientos estudiantiles europeos y (en menor medida) norteamericanos.

En segundo lugar, y esto en un sentido más capilar pero también en relación con algunas de las ideas de los movimientos estudiantiles europeos del 68, se produce entonces un importante cambio socio-cultural que afectó no sólo a la vanguardia del movimiento estudiantil sino a los jóvenes universitarios en general.

Las dos cosas tienen que ver con la radicalización de un movimiento estudiantil que, además de antifranquista, se quería ya y se proclamaba anticapitalista y anti-imperialista y, en algunos, casos anti-burgués y/o proletario. En la proclama anticapitalista influyó mucho la difusión de las ideas de «las tres M», como decían los estudiantes franceses: Marx, Mao, Marcuse. En la proclama anti-imperialista, lo decisivo fue la importancia que entonces se dio a la protesta contra la intervención norteamericana en Vietnam. De la proclama anti-burguesa hay numerosas muestras en las octavillas del momento y tal vez la titulada «Los hijos de la burguesía han dicho basta» sea la más significativa de las lanzadas por entonces en la Universidad de Barcelona. Por último, de la relevancia que llegó a darse a la proletarización bastará con recordar aquí el llamamiento a los estudiantes, formulado por uno de los grupos postseseantyochista, para ir a trabajar a las fábricas del cinturón industrial barcelonés. Cosa que algunos estudiantes hicieron realmente.

 

5. De las nuevas formas de actuación que entonces se impusieron en el movimiento estudiantil barcelonés hay que destacar las sentadas, los encierros, los «juicios críticos» a los mandarines, el uso habitual del dazibao en los patios y pasillos de las instalaciones, las ocupaciones de cátedras y la proliferación de comités ad hoc en las facultades universitarias; y fuera de la universidad, en las calles, la actuación de comandos, las manifestaciones relámpago, la guerrilla urbana y los llamamientos al  enfrentamiento directo con la policía. Se puede decir que ahí hubo una combinación de ideas procedentes de Nanterre, de los escritos de los estudiantes anti-autoritarios de Berlín, de las prácticas de los estudiantes californianos, del maoísmo, del guevarismo y de la revolución cultural china (vista entonces casi siempre con ojos idealizadores y no sólo por la vanguardia estudiantil).

Formalmente todo esto representaba un cambio notable respecto de las formas de actuación del movimiento estudiantil barcelonés de los años anteriores. Pues la dinámica de éste se había basado por lo general en la asamblea (en sus varios niveles), la huelga y la manifestación en la calle, siguiendo, también por lo general, la práctica tradicional del movimiento obrero y sindical.

La imposición de los comités para llevar a cabo tal o cual actuación no siempre sustituía a las asambleas, pero en muchos casos se superponía a las asambleas en nombre de la democracia directa o de la eficacia en la acción en una situación represiva y de clandestinidad.

Las sentadas y los encierros, inicialmente vistos con desconfianza por los estudiantes más vinculados al movimiento obrero, acabaron imponiéndose, en parte, como prolongación del «No nos moverán» y, en parte, como consecuencia de la presencia permanente (lo que también era nuevo) de la policía en la universidad, cosa que hacía cada vez más difícil la celebración de asambleas masivas.

Los «juicios críticos» y las ocupaciones de cátedra, heredados del mayo francés, pretendían enlazar la crítica a los contenidos de asignaturas impartidas por catedráticos reaccionarios o conservadores con el convencimiento de que el autoritarismo no estaba sólo en la ideología franquista sino también en la forma tradicional de la relación profesor-alumno, en la forma de transmitir conocimientos. Por debajo de los juicios críticos y de las ocupaciones de cátedra, que se hicieron habituales en las facultades de letras y económicas sobre todo, latían dos ideas no siempre coincidentes: la de la autogestión de la universidad, protagonizada por los propios estudiantes, y la de la destrucción de la universidad (generalmente calificada de burguesa o tecnocrática).

 

6. Para alguien que, como yo, volvía a la universidad de Barcelona después de casi dos años en el desierto del Sahara y aún expedientado, con la experiencia de lo que había sido SDEUB aún fresca, lo que ese encontraba al iniciarse el curso 68-69 fue algo así como una paradoja que iba a resolverse por la vía rápida. Por una parte, el rector-represor García Valdecasas y la mayoría de los decanos reaccionarios que le acompañaron en su mandato habían dimitido, abriendo el paso a lo que empezaba a llamarse «liberalización»; por otra parte, un movimiento estudiantil internamente muy dividido y radicalizado en el que se imponían, como he dicho, formas nuevas de actuación.

Más allá del radicalismo hiperideológico y de que algunas de esas cosas me parecieran traducciones idealizadoras de los pasados vientos de París y de Pekín, recuerdo, sin embargo, varias de estas innovaciones en las formas de actuación como aire fresco que apuntaba hacia la superación de lo que yo mismo había llamado «sindicalización» de los problemas universitarios. Así que con la distancia del tiempo creo que, a pesar de los pesares, hay que considerar aquella traducción de ideas de otros más como un mérito que como una insuficiencia de las vanguardias del movimiento estudiantil. No era, desde luego, «la imaginación al poder», que se decía, pero sí había un elemento imaginativo en todo eso que pronto iba a perderse.

El otro lado de la paradoja en que nos encontrábamos es que la ocupación del rectorado de la Universidad de Barcelona, que seguramente fue la acción más importante de este movimiento, en enero del 69, se hizo directamente contra el aperturismo tecnocrático, entonces incipiente, y trajo como consecuencia la proclamación por parte del régimen de un estado de excepción que duraría meses, haría casi imposible la continuación del movimiento y cortaría de raíz lo que de imaginativo hubo en las nuevas formas de actuación heredadas del mayo francés. Así que, como suele ocurrir en el movimiento estudiantil, hubo que volver a empezar. O casi.

 

7. Y el «casi», que digo, tiene que ver precisamente con los cambios socio-culturales que, mientras tanto, se estaban produciendo. Este es un aspecto del que se suele hablar menos cuando se habla de nuestro 68 porque de él ha quedado poca constancia en los papeles que redactaba la vanguardia del movimiento estudiantil y al que los historiadores suelen prestar menos atención porque para captarlo hay que salir de los panfletos y materiales de la época para adentrarse en la literatura. No sé si existe la novela del sesentayochismo en Catalunya, pero sí que ya en los primeros relatos publicados por Montserrat Roig hay apuntes acerca de ese cambio socio-cultural que se estaba produciendo entonces.

De entrada, la difusión de valores de eso que vagamente se llama el 68, y que engloba ideas de los estudiantes rebeldes norteamericanos, franceses, alemanes o italianos, representó un cierto cambio generacional también aquí. El anhelo de emancipación de los jóvenes universitarios se acentuó al calor de esas ideas. La crítica a la familia tradicional, que en la promoción universitaria anterior era todavía vaga y soterrada, se hizo cada vez más abierta. Empezó a hablarse de la comuna como alternativa a la familia; y en no pocos casos a poner en práctica la idea. Las relaciones entre padres e hijos empezaron a cambiar y también la relación entre chicos y chicas. La batalla que entonces se dio en favor de los anticonceptivos en las relaciones sexuales dio su fruto. La presencia y protagonismo de las mujeres en el movimiento estudiantil en Catalunya creció (y no sólo a consecuencia de la represión anterior de los dirigentes varones). Se empezó a hablar en serio de la relación entre lo público y lo privado, de la relación entre política y sentimientos, de la revolución de la vida cotidiana. Las relaciones sexuales empezaron a ser más libres entre los estudiantes universitarios y cosas tan sórdidas como el nacional-catolicismo y las que se cuentan en películas como I vitelloni o Calle mayor empezaron a parecernos antiguallas de una época antigua.

 

8. Corre por ahí una leyenda urbana que hace cargar con el muerto de las peores cosas políticas a los protagonistas del 68 y atribuye el cambio socio-cultural de fondo a la evolución del régimen o del sistema, lo que es tanto como apuntárselo a posteriori en el haber de los mandamases de siempre. Pero esa leyenda urbana, de la que se han difundido varias versiones (centralistas y nacionalistas) es falsa. Es una consecuencia precisamente de la derrota del movimiento estudiantil de entonces.

Aquel cambio socio-cultural que se estaba produciendo aquí hacia 1968, paralelamente a la radicalización político-ideológica, no es la consecuencia mecánica de ningún desarrollismo ni de ningún aperturismo propiciado por los que mandaban entonces, sino en gran parte fruto de la asimilación de lecturas (y del diálogo sobre ellas) que tienen que ver precisamente con aquella radicalización.

Una buena pista para entender por dónde entraron las ideas que están por debajo del cambio socio-cultural al que me refiero es el repaso de los catálogos de editoriales de aquellos años, como Ciencia Nueva, Grijalbo, Ariel, Aguilera, Halcón, Equipo Editorial, Martinez Roca, Nova Terra, Zero-Zyx, Edicions 62, Península, Edició de Materials, Siglo XXI., etc., por no hablar de lo que entraba clandestinamente (Cuadernos del Ruedo Ibérico desde París, Realidad desde Roma, además de las publicaciones que llegaban desde La Habana, Moscú, Pekín, Buenos Aires o México). Ahí se formó no sólo políticamente sino también culturalmente, para bien y para mal, la vanguardia del movimiento estudiantil barcelonés de la época de la radicalización.

El llamado «aperturismo» franquista de la época prohibió o liquidó pronto casi todo eso, durante el estado de excepción del 69 como prohibió, liquidó o descabezó a la mayoría de las organizaciones estudiantiles que habían nacido al calor del 68. Pero si en plano político la represión de entonces fue efectiva en el ámbito socio-cultural llegó tarde. En aquellos años las nuevas ideas, las nuevas creencias, los nuevos hábitos, las nuevas prácticas pasaron de la universidad a los institutos precisamente a través de las organizaciones socio-políticas que se habían creado entonces. Y esto, más allá de las divisiones políticas y de los errores en el análisis de las correlaciones fuerzas, fue también un mérito del movimiento universitario del 68. Que no hay que subvalorar por el hecho de que luego algunos de los protagonistas del movimiento de entonces cambiaran de opinión y se dedicaron a pontificar con la monserga aquella de que es bueno ser revolucionario a los 20 y malo a los 50.

Notas

[1] NE. El autor de Marx (sin ismos) nació en Palencia, el 4 de junio de 1943. Falleció el 25 de agosto de 2012, en Barcelona.
[2] NE. Véanse «1968: antes y después», «Situacionistas y mayo francés del sesentayocho», «El sesentayocho en España». En Por una universidad de democrática, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2009.
[3] NE. Entre ellos, el PTE, la ORT, el MC o la LCR. Sobre la primera de estas organizaciones: José Luis Martín Ramos (coordinador), Pan, trabajo y libertad. Historia del Partido de Trabajo de España, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2001.
[4] NE. Dirección y guión de Jaime Chávarri, El desencanto, 1976. Producción: Elías Querejeta.
[5] NE. La tesis doctoral del autor, publicada en 1984 por Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, llevaba por título: Contribución a la crítica del marxismo cientificista. Una aproximación a la obra de Galvano della Volpe.
[6] NE. Véase Francisco Fernández Buey, Utopías e ilusiones naturales, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2007.
[7] NE. Véase, por ejemplo, «Nota introductoria» a Lucio Colletti, La cuestión de Stalin y otros escritos sobre política y filosofía, Barcelona: Anagrama, 1977, pp. 5-8, por él traducido. Tradujo también: El marxismo y Hegel, 2 vols., México: Grijalbo, 1977.
[8] NE. Véase F. Fernández Buey, Sobre Manuel Sacristán, Vilassar de Dalt: El Viejo Topo, 2015.
[9] NE. Lucio Colletti, La superación de la ideología, Madrid: Cátedra, 1982.
[10] NE. Véase F. Fernández Buey, Guía para una globalización alternativa. Otro mundo es posible, Barcelona: Ediciones B, 2004.
[11] NE. Jordi Mir García, «Análisis de las principales ideas sobre la noción de ruptura difundidas en España durante la transición. Simientes para utopías realizables en el mundo actual». Tesis doctoral, UPF, 2014, director Francisco Fernández Buey.
[12] NE. Entre otros artículos, F. Fernández Buey publicó en CAU (Construcción, Arquitectura, Urbanismo): «Radovan Richta, Progreso técnico y democracia» nº 13, mayo/junio 1972, nº 14 julio/agosto 1972; «Una crítica de la ideología contemporánea. Galvano Della Volpe», nº 13, mayo/junio 1972, nº 14 julio/agosto 1972; «En torno a la Sociología de las nacionalidades. Notas críticas a un libro de J. Busquets» (julio 1971). nº 13, mayo/junio 1972, nº 14 julio/agosto 1972; «Bertolt Brech. Formalisme i realisme» (marzo 1972). CAU (Construcción, Arquitectura, Urbanismo), nº. 13, mayo/junio 1972, nº 14 julio/agosto 1972.
[13] NE. Entre ellos, José Antonio Labordeta (1935-2010) y Eloy Fernández Clemente (1942-2022).
[14] NE. En aquel entonces, secretario general del Movimiento Comunista.
[15] NE. El autor colaboró, entre otras revistas, en Materiales, mientras tanto, El Viejo Topo, Noticias obreras, Nuestra bandera y Askatasuna.
[16] NE. «Abstención y particularismos: dos aspectos de la crisis social española», en mientras tanto, nº 3, marzo-abril de 1980, pp. 12-16.
[17] NE. Julio Valdeón Baruque (1935-2009).
[18] NE. Izquierda Castellana. Doris Benegas fue una de sus dirigentes.
[19] NE. Javier Muñoz, uno de los organizadores de las Jornadas de la Fundación.
[20] NE. Referencia a una consigna de la cultura política maoísta: que se abran cien flores, que compitan cien escuelas.
[21] NE. Testimonio de todo ello en la documentación del autor depositada en la Biblioteca Central de la Universidad Pompeu Fabra.
[22] NE. Javier Egea (1952-1999) ha sido considerado uno de los poetas españoles más importantes de los años ochenta. Fue uno de los fundadores del movimiento poético La otra sentimentalidad (junto con Luis García Montero y Álvaro Salvador).
[23] NE. Una broma a Antonio Santesmases.
[24] NE. Intervención en broma de Elías Díaz: «Tú eres un hombre de Palencia, un hombre duro, los de Palencia no podéis desencataros.»
[25] NE. Tres franjas: la roja, por el movimiento obrero y el internacionalismo; la verde, por el ecologismo de los pobres, y la violeta, por el feminismo. Giulia Adinolfi, esposa de Manuel Sacristán y muy amiga del autor, jugó un papel destacado en las reflexiones de la revista sobre el feminismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *