Estudio sobre la revolución antropológica en Italia

Pier Paolo Pasolini

2 de junio: en la primera página de l’Unità hay un titular para las grandes ocasiones: «Viva la república antifascista».

Claro que sí, viva la república antifascista. Pero ¿qué sentido real tiene esta frase? Tratemos de analizarlo.

En concreto se origina en dos hechos que la justifican plenamente: 1) La victoria aplastante del «no» el 12 de mayo, y 2) la matanza fascista de Brescia el 28 del mismo mes.

La victoria del «no» en realidad es una derrota no solo de Fanfani y del Vaticano, sino también, en cierto sentido, de Berlinguer y del partido comunista. ¿Por qué? Fanfani y el Vaticano han demostrado que no han entendido nada de lo que ha pasado en nuestro país durante los últimos diez años: el pueblo italiano ha resultado —de un modo objetivo y palmario— muchísimo más «avanzado» de lo que pensaban, por estar anclados en el viejo conservadurismo campesino y paleoindustrial.

Pero es preciso tener el valor intelectual de decir que Berlinguer y el Partido Comunista Italiano también han demostrado que tampoco han entendido bien lo sucedido en nuestro país en los últimos diez años. Porque ellos no querían el referendo, no querían una «guerra de religión» y tenían mucho miedo del resultado positivo de las votaciones. Es más, sobre este particular eran claramente pesimistas. Sin embargo la «guerra de religión» resultó una previsión abstrusa, arcaica, supersticiosa y sin fundamento. Muy lejos estaba de imaginar el más optimista de los comunistas que los italianos se mostrarían tan modernos. Tanto el Vaticano como el partido comunista han errado en sus análisis sobre la situación «real» de Italia.

Tanto el Vaticano como el partido comunista han demostrado que han observado mal a los italianos y no han creído en su capacidad de evolucionar rápidamente, superando todos los cálculos.

Ahora el Vaticano lamenta su error. El pci, en cambio, simula no haberlo cometido y se regocija por el triunfo inesperado.

Pero ¿ha sido un verdadero triunfo? Tengo buenas razones para dudarlo. Ya ha pasado casi un mes desde aquel feliz 12 de mayo, de modo que puedo ejercer mi crítica sin que se tome por un derrotismo inoportuno.

Mi opinión es que el 59% de noes no demuestra, por arte de birlibirloque, una victoria del laicismo, el progreso y la democracia, en absoluto. En cambio demuestra dos cosas:

1) Que las «clases medias» han cambiado radicalmente —yo diría antropológicamente—: sus valores positivos ya no son los valores reaccionarios y clericales, sino los valores (experimentados sin llegar a «nombrarlos» todavía) de la ideología hedonista del consumo y la consiguiente tolerancia modernista de tipo estadounidense. Ha sido el propio país —merced al «desarrollo» de la producción de bienes superfluos, la imposición del afán de consumo, la moda, la información (sobre todo, de un modo imponente, la televisión)— el que ha creado estos valores, tirando cínicamente a la basura los valores tradicionales y a la propia Iglesia, que era su símbolo.

2) Que la Italia campesina y paleoindustrial se ha desmoronado, se ha deshecho, ya no existe, y en su lugar hay un vacío que probablemente espera ser colmado por un completo aburguesamiento, del tipo antes mencionado (modernizante, falsamente tolerante, «americanizante», etc.).

El «no» ha sido una victoria, sin duda alguna. Pero lo que señala realmente es una «mutación» de la cultura italiana, que se aleja tanto del fascismo tradicional como del progresismo socialista.

Si las cosas están así, ¿qué sentido tiene entonces la «matanza de Brescia» (como antes la de Milán)? ¿Es una matanza fascista, que implica una indignación antifascista? Si lo que cuenta son las palabras, hay que contestar afirmativamente. Si son los hechos, entonces la respuesta solo puede ser negativa; o por lo menos capaz de replantear los viejos términos del problema.

Italia nunca ha sido capaz de expresar una gran Derecha. Esto, probablemente, es el hecho determinante de toda su historia reciente. Pero no se trata de una causa sino de un efecto. Italia no ha tenido una gran Derecha porque ha carecido de una cultura capaz de expresarla. Solo ha podido expresar esa tosca, ridícula y feroz derecha que es el fascismo. En este sentido el neofascismo parlamentario es la fiel continuación del fascismo tradicional. Solo que, mientras tanto, toda forma de continuidad histórica se ha roto. El «desarrollo», promovido pragmáticamente por el Poder, se ha instaurado históricamente en una especie de epojé, que ha transformado radicalmente, en pocos años, el mundo italiano.

Este salto «cualitativo» concierne tanto a los fascistas como a los antifascistas, pues se trata del paso de una cultura formada con analfabetismo (el pueblo) y humanismo andrajoso (las clases medias) por una organización cultural arcaica, a la organización moderna de la «cultura de masas». El asunto, en realidad, es de enorme importancia: es un fenómeno, repito, de «mutación» antropológica. Sobre todo, quizá, porque ha cambiado los caracteres necesarios del Poder. La «cultura de masas», por ejemplo, no puede ser una cultura eclesiástica, moralista y patriótica, ya que está vinculada directamente al consumo, que tiene leyes internas y una autosuficiencia ideológica capaces de crear automáticamente un Poder que ya no sabe qué hacer con la Iglesia, la Patria, la Familia y otras quimeras parecidas.

La homologación «cultural» consiguiente concierne a todos, pueblo y burguesía, obreros y subproletarios. La situación social ha cambiado en el sentido de que se ha unificado extraordinariamente. La matriz que engendra a todos los italianos ya es la misma. En Italia ya no hay una diferencia apreciable —más allá de la opción política como esquema muerto que se rellena gesticulando— entre un ciudadano cualquiera fascista y un ciudadano cualquiera antifascista. Ambos son cultural, psicológica y, lo que es más impresionante, físicamente intercambiables. En el comportamiento diario, mímico, somático, no hay nada que distinga —repito, más allá de unas elecciones o un acto político— a un fascista de un antifascista (de mediana edad o joven; los viejos, en este sentido, todavía pueden ser distintos). Esto en lo que se refiere a los fascistas y antifascistas moderados; en el caso de los extremistas la homologación todavía es más radical.

Los que han cometido la horrible matanza de Brescia han sido fascistas. Pero profundicemos en este fascismo suyo. ¿Es un fascismo que se basa en Dios? ¿En la Patria? ¿En la Familia? ¿En la mojigatería tradicional, en la moralidad intolerante, en el orden castrense aplicado a la vida civil? Aunque este fascismo todavía se define a sí mismo, perversamente, con arreglo a todas estas cosas, ¿es una definición sincera? El criminal Esposti —por poner un ejemplo—, en el caso de que en Italia se restaurase, al son de las bombas, el fascismo, ¿estaría dispuesto a aceptar la Italia de su retórica hueca y nostálgica? ¿La Italia no consumista, ahorradora y heroica (como él la creía)? ¿La Italia incómoda y rústica? ¿La Italia sin televisión ni bienestar? ¿La Italia sin motocicletas ni cazadoras de cuero? ¿La Italia con las mujeres tapadas y encerradas en casa? No: es evidente que hasta el más fanático de los fascistas consideraría anacrónico renunciar a todas estas conquistas del «desarrollo». Unas conquistas que anulan con su sola presencia todo el misticismo y el moralismo del fascismo tradicional.

Así que el fascismo ya no es el fascismo tradicional. Entonces, ¿qué es? Los jóvenes de los campamentos fascistas, los jóvenes de las sam1, los jóvenes que secuestran a personas y ponen bombas en los trenes se llaman o son llamados «fascistas», pero se trata de una definición puramente nominal. En realidad son absolutamente idénticos a la gran mayoría de sus contemporáneos. No hay nada que los distinga, repito, ni en lo cultural, ni en lo psicológico ni en lo somático. Solamente una «decisión» abstracta y apriorística que para darse a conocer se tiene que declarar. Podemos hablar casualmente durante horas con un joven fascista dinamitero sin percatarnos de que es fascista. Mientras que hace tan solo diez años bastaba, no digo con una palabra: con una simple mirada para distinguirlo y reconocerlo.

El ambiente cultural de donde han salido estos fascistas es completamente distinto del tradicional. Estos diez años de historia italiana que han llevado a los italianos a votar «no» en el referendo, han producido —merced al mismo mecanismo profundo— a estos nuevos fascistas, cuya cultura es idéntica a la de quienes han votado «no» en el referendo.

Por lo demás, son unos pocos cientos o miles, y si el gobierno y la policía lo hubieran querido, ya desde 1969 habrían salido completamente de escena.

El fascismo de las matanzas, por consiguiente, es un fascismo nominal, sin una ideología propia (invalidada por la calidad de vida real de estos fascistas) y, además, artificial: es promovido por el Poder que, después de haber liquidado pragmáticamente al fascismo tradicional y a la Iglesia (el clericalfascismo, que era una realidad cultural italiana), decidió mantener activas unas fuerzas que le sirvieran para contrarrestar la subversión comunista, de acuerdo con una estrategia mafiosa y del Commissariato di Pubblica Sicurezza. Los verdaderos responsables de las matanzas de Milán y Brescia no son los jóvenes monstruos que pusieron las bombas ni sus siniestros instigadores y costeadores. De modo que es inútil y retórico simular que se atribuye una responsabilidad real a estos jóvenes y a su fascismo nominal y artificial. La cultura a la que pertenecen y que contiene los elementos de su locura pragmática es, insisto una vez más, la misma que la de la inmensa mayoría de los chicos de su edad. No solo en ellos crea unas condiciones intolerables de conformismo y neurosis, con el consiguiente extremismo (que es la conflagración producida por la mezcla de conformismo y neurosis).

Si su fascismo llegase a prevalecer, sería el fascismo de Spinola, no el de Caetano. Es decir, un fascismo aún peor que el tradicional, pero ya no propiamente fascismo. Sería algo que en realidad estamos experimentando ya, y los fascistas de un modo exasperado y monstruoso, no sin motivo.

Publicado junio 1974 en Corriere della Sera con el título «Gli italiani non sono più quelli» (Los italianos ya no son esos).

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