Las crisis estructurales en la dinámica histórica del cambio social

Gérard Duménil

Treinta años han hecho falta para demostrar la insostenibilidad del capitalismo neoliberal. Después de varios años de crisis, aún podemos preguntarnos sobre su capacidad de encontrar nuevas vías que aseguren su supervivencia. ¿Adónde va pues, el capitalismo?

Las nociones ya nos son familiares. Si existe una ideología neoliberal, el «neoliberalismo» hay que entenderlo como un conjunto de prácticas, una nueva fase del capitalismo, de una violencia social renovada. Los costes para los sectores más desfavorecidos de la población han sido considerables, sobre todo en algunas regiones del mundo como África y América latina. Han surgido resistencias. Pero, hasta la segunda mitad del decenio 2000, este capitalismo de nuevo cuño ha manifestado una eficacia sorprendente en la consecución de sus objetivos: el enriquecimiento del sector más privilegiado de la población y el reforzamiento de la hegemonía internacional de Estados Unidos. Sin embargo, a lo largo de estos decenios, las contradicciones se han ido acumulando y agudizando.

El calendario de la crisis está ya bien determinado. Agosto 2007, la prensa se hace eco de tensiones en el mercado interbancario mundial, sin que estos primeros acontecimientos fueran leídos como los signos precursores de una mayor conflagración. Marzo 2008, la tensión sube y la Reserva federal de Estados Unidos interviene de forma espectacular. Septiembre 2008, sectores enteros del sistema financiero estadounidense e internacional se hunden. La crisis se exporta al mundo entero. En este tercer trimestre de 2010, a pesar de la cansina insistencia en lo contrario, se va tomando conciencia de que nada va a ser ni sencillo ni rápido, al menos en los países del Centro. Porque China e India están, de nuevo, encarrilados en vías de alta velocidad. Una nueva configuración mundial se está formando.

Ante estos acontecimientos, la Izquierda radical se anima; es comprensible. Los más obstinados ven en la crisis los prolegómenos del fin del capitalismo. Otros se preguntan por la eventualidad de una mutación, la posible vuelta hacia un compromiso social que evoca el que prevaleció en la posguerra. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Acaso las luchas sociales van a faltar a la cita de tamaña crisis? ¿No van a surgir de las antiguas cenizas nuevas utopías, reavivadas por el soplo de un movimiento social de gran envergadura? El tiempo pasa y las transformaciones siguen muy tímidas en Estados Unidos mientras Europa se encalla en su derechismo.

Es difícil de desenredar la madeja de estas dinámicas. La economía y la política están inextricablemente implicadas. Las líneas que siguen dibujan a muy grueso trazo los grandes ejes de una interpretación. La historia juega aquí un papel importante. La historia no se repite, pero ¿cómo comprender los últimos acontecimientos fuera de esa perspectiva? Tres grandes “constataciones” a tener en cuenta, antes de sacar conclusiones que conciernen a la actual crisis.

Primera constatación: Esta crisis no es la primera, y no derivan todas de una misma lógica. Podemos distinguir cuatro: la crisis de finales del siglo XIX, la crisis de 1929, la crisis de los años 70 y la crisis actual. La primera y la tercera son crisis de rentabilidad, mientras que la segunda y la cuarta son efecto de los acelerones descontrolados de lógicas de búsqueda de altos ingresos por parte de minorías privilegiadas.

Podemos caracterizar estas cuatro crisis de «estructurales». Por su amplitud, su duración, su periodicidad (unos treinta años) y por sus causas, que remiten a las dinámicas de largo plazo del capitalismo, estas crisis son distintas de las recesiones que marcan el ciclo coyuntural cada cuatro o cinco años y cuya duración es del orden de un año. Afectan a la mayoría de los países capitalistas desarrollados, cuando no a la totalidad. Sin embargo, la breve exposición que sigue se fija sobre todo en el ejemplo de Estados Unidos.

A lo largo del último decenio del siglo XIX, la rentabilidad del capital cae. La competencia se desencadena y las empresas se organizan en trusts y cárteles. El paro estalla. Alrededor del año 1900, el capitalismo estadounidense se reestructura radicalmente sobre la base de las transformaciones técnicas y de organización anteriores. Se puede hablar de tres revoluciones: revolución de las “sociedades por acciones” (corporaciones), revolución financiera (la constitución de un nuevo sistema bancario estrechamente ligado a las nuevas sociedades) y revolución del gestionariado (encargo de la gestión a estados mayores de cuadros cuya acción es desarrollada por empleados).

Entonces se desarrolla una economía dual en la que coexisten el sector avanzado de las grandes compañías, vector de una nueva eficiencia, y un sector tradicional, más o menos protegido por las legislaciones antitrust. Los mecanismos e instituciones financieras literalmente estallan después de la Primera Guerra mundial; la bolsa se sitúa en el centro del juego económico. La Reserva federal había sido creada en 1913, pero su acción siguió siendo tímida ante las presiones derechistas. A pesar del ascenso, si bien muy moderado, de la rentabilidad del capital, la economía estadounidense entra en una nueva gran crisis, frente la incuria de un poder reaccionario. El sector tradicional está en retirada; el sistema bancario se derrumba. Harán falta el New Deal y la Segunda guerra mundial para salir. Pero el capitalismo sale metamorfoseado.

Treinta años más y tenemos el ritmo aparente del gran balancín de las dinámicas capitalistas. Las transformaciones técnico-organizativas iniciadas a principios del siglo XX alcanzan de pleno la esfera económica: desde la industria a los servicios y el gran comercio. La ganancia en eficacia no se pierde, pero los avances tocan a su fin. A pesar de las políticas, los traspasos de ingresos por la inflación hacia las empresas nofinancieras y la disminución de la fiscalidad sobre las mismas, la rentabilidad del capital desciende desde finales de los años 60, una tendencia que se acentúa a lo largos de los años 70. La acumulación de capital disminuye y la inflación se hace acumulativa. El desempleo masivo azota de nuevo.

Esta crisis facilitará las condiciones de instauración del nuevo orden social. El neoliberalismo, a través de una mayor crisis financiera en los años 80, inicia un nuevo rumbo de los acontecimientos. Toda la economía es reorientada a favor de los altos ingresos. Los instrumentos son, de nuevo, criterios de gestión, nuevas políticas, la desregulación y, sobre todo, en el plano internacional, la apertura de las fronteras comerciales y financieras. Se recrean condiciones propicias para la rentabilidad del capital. Sin embargo, los beneficios no se quedan en las empresas, sino que se desvían hacia los altos salarios o se reparten en intereses y dividendos entre los titulares de capitales. La locura financiera alcanza al conjunto del mundo. La crisis que surge en el año 2000 procede del encuentro de este acelerón, más agudizado en Estados Unidos debido a la desregulación, y la trayectoria de desequilibrio económico insostenible propia de este país que permite la mundialización bajo hegemonía estadounidense. Más que una crisis financiera, es una crisis del neoliberalismo, de la mundialización, y la expresión del carácter insostenible de la trayectoria de la economía estadounidense en sus aspectos reales y financieros.

En resumen, dos tipos de crisis estructurales cuyas causas y manifestaciones son claramente distintas. La primera y la tercera evocan el análisis que Marx hizo de la tendencia descendiente de la tasa de ganancia; las otras, remiten a las conflagraciones que Marx evoca en El Manifiesto, en las que el aprendiz de brujo capitalista lleva hasta el extremo mecanismos cuyo manejo pierde. En el primer caso, el capitalismo “se hunde”; en el segundo “estalla”. Dos maneras de morir, hubiera escrito Marx si la historia le hubiera dado la ocasión de recurrir a la metáfora.

Segunda constatación: Cada uno de los períodos que separan estas crisis manifiesta la prevalencia de configuraciones sociales distintas, a la vez políticas y económicas: “órdenes sociales”. Son la expresión de los dominios de ciertas clases o sectores de clases, y de los compromisos sobre los que reposan estos dominios. La lista es: la primera hegemonía financiera, el compromiso social de la posguerra y la segunda hegemonía financiera en el neoliberalismo. “Finanzas” aquí se refiere a las clases capitalistas y a sus instituciones financieras.

Entre las cuatro crisis se crean tres espacios para órdenes sociales distintos.

La primera fase se extiende desde finales de los años 1890 a la crisis de 1929. Al salir de la crisis de finales del siglo XIX, Estados Unidos emprendió un avance significativo en las tres revoluciones que marcan la entrada en el “capitalismo moderno”, testimonio de una nueva eficiencia. Al lado de las clases medias tradicionales de pequeños agricultores, comerciantes y artesanos, se van ensanchando las filas de las nuevas clases asalariadas de cuadros y de empleados, abriendo un amplio abanico de funciones y de ingresos. La gestión directa de las empresas pasa a manos de los cuadros. El dominio de las clases capitalistas – los propietarios de las grandes sociedades, financieras o no, de hecho los dos de manera inseparable – debe acomodarse al compromiso con estas capas tradicionales o nuevas. Sin embargo, estos requisitos son muy restrictivos. Las clases capitalistas mantienen las riendas. Se establecen así dos hegemonías. La primera es social, la del sector superior de las clases capitalistas. La podemos calificar de primera “hegemonía financiera”, entendiendo como “Finanzas” esos sectores de clases capitalistas e instituciones financieras donde se concentra su poder. La otra es internacional, wilsoniana, la de Estados Unidos, cuyo avance asegura el dominio internacional fuera de la constitución de un imperio colonial formal (de hecho, dado el abandono de este proyecto).

La segunda fase va del comienzo del New Deal, en 1933, hasta finales de los años 70. La crisis del 1929 desestabiliza la primera hegemonía financiera pero no la hegemonía internacional de Estados Unidos. Para las clases capitalistas, el terreno social está minado. Numerosas plantillas de cuadros de alto nivel se fueron metiendo en el corazón de los engranajes de los sectores financieros y no financieros de la economía y la administración. En materia de organización e innovación son ellos los que están al timón. Esto produjo una cierta conmoción. Ya se había hablado anteriormente de un “poder fuera de la propiedad” cuando la burguesía rentista parecía dedicarse más bien a sus diversiones –dicho sea, por supuesto, con todas las reservas–.

En el New Deal, estos riesgos se materializan. Por no hablar de otras experiencias en el mundo, sobre todo del Frente Popular en Francia. En respuesta al caos capitalista, a iniciativa de los cuadros de la administración y con el apoyo de los gestores, una ideología de organización tomó cuerpo. El término empleado es, efectivamente, “planificación”, y hablamos aquí de los Estados Unidos del New Deal y de la economía de guerra (o de la Francia de los primeros decenios de la posguerra)1. Franklin Roosvevelt tiende la mano al mundo del trabajo y guarda sus distancias respecto a las grandes empresas. Sin embargo a la mañana siguiente de la Segunda Guerra mundial, estas tendencias van perdiendo su radicalismo. La revolución keynesiana hace del control de la situación macroeconómica un deber del Estado. Se combina, con toda naturalidad, con los avances en la protección social, la educación y la investigación sostenida por el Estado. Así, la planificación cede el sitio a las políticas (en distinto grado y ritmo según cada país)

Estamos, en efecto, ante un nuevo orden social cuyo núcleo duro es un compromiso entre las nuevas clases de cuadros, públicos y privados, y las clases populares de obreros y empleados. Las prerrogativas de las clases capitalistas, sus poderes e ingresos, sufren una fuerte reducción. En algunos países, sectores enteros del sistema productivo, no financiero y financiero, son nacionalizados; de manera general, los cuadros gestionan las empresas según criterios que refuerzan su autonomía; las políticas apuestan por el empleo, la producción y la alta productividad de acuerdo con las visiones productivistas que dominaron en esta época; el sector financiero es puesto al servicio del crecimiento. El compromiso con las clases populares se materializa en el progreso del poder adquisitivo, la protección social y la elevación del nivel de los estudios. Se tiene fe en el “progreso” social y técnico (al tiempo que se destruyen los equilibrios ecológicos). Todo esto se pone en marcha, principalmente en los países del Centro, en el contexto de un imperialismo no disminuido, a pesar de las ambiciosas políticas de desarrollo en algunos países como en América latina y en Asia.

La tercera fase es el capitalismo neoliberal, desde principios de los años 80 hasta nuestros días. Sacando partido de las tensiones creadas por la crisis de los años 70, las clases capitalistas imponen una “segunda hegemonía financiera”, que acomete el restablecimiento y la ampliación de sus prorrogativas. El compromiso entre las clases de cuadros y las clases populares progresivamente se desarticula empezando por la cúpula de las jerarquías cuadristas (los dirigentes). El alineamiento de los cuadros con las estrategias neoliberales se extiende gradualmente, en una deriva inexorable. Estados Unidos, y el resto del mundo le siguen, muestra el camino de configuraciones diversas cuyo ejemplo en caricatura es Rusia. Pero este cambio de alianzas llegará, con un poco de retraso, a gangrenar igualmente a la sociedad francesa, una sociedad que creíamos vacunada por decenios de intervención estatal y un poderoso movimiento social.

Tercera constatación: las crisis estructurales revelan los sobresaltos de movimientos más profundos, expresión de las dinámicas a largo plazo del modo de producción, al igual que los temblores de tierra manifiestan el movimiento de las placas tectónicas. Las trayectorias del cambio histórico se determinan en el encuentro de estas dinámicas subyacentes y de las luchas sociales. Ningún desenlace puede separarse del impulso de las luchas, las resistencias surgidas desde abajo y las luchas entre los de arriba.

En la sucesión de estos órdenes sociales, las tendencias económicas subyacentes y las crisis juegan papeles fundamentales. Crean, sin lugar a dudas, unas condiciones; ponen “al orden del día” nuevas transformaciones (como las tres revoluciones: la de finales del siglo XIX, la revolución keynesiana y la mundialización); pero no existe determinismo alguno en cuanto al desenlace. A estos factores económicos hay que añadir la dinámica de las “luchas de clase”. Este concepto se entiende aquí en su sentido más amplio, pues comprende también las tensiones entre los componentes de las clases superiores.

El final del siglo XIX y el principio del XX estuvieron fuertemente marcados por el ascenso del movimiento obrero. Estados Unidos no fue una excepción en este aspecto. El Socialist Party of America se formó en 1901, resultado de la fusión de organizaciones preexistentes. El inicio del siglo estuvo marcado por numerosas y violentas huelgas2. Estas iniciativas obreras radicales estuvieron ya en los orígenes de un cierto número de medidas tendentes a “mitigaciones” moderadas de la condición obrera, pero fueron duramente reprimidos, sobre todo durante la Primera Guerra mundial en nombre del “patriotismo”. Fue sobre todo entre los dos sectores de las clases capitalistas, los propietarios de las grandes compañías y los de empresas más modestas que no habían asimilado el ejemplo de las nuevas instituciones del capitalismo moderno, que vio la luz un compromiso después de la crisis de finales del XIX. Pero no sobrevivió a la crisis de 1929, de la que él mismo fue uno de los factores determinantes.

En este contexto, los sectores superiores de las clases capitalistas se emplearon en las transformaciones antes descritas, las tres revoluciones, lo que les permitió superar las tensiones del momento, pero que, en cierto modo, representaban una amenaza para su hegemonía a más largo plazo, como lo demostraría la posguerra.

Esta convergencia de las condiciones económicas y socio-políticas se hizo más evidente en el caso de la crisis de 1929. Este periodo coincidió con un momento álgido del movimiento obrero. Cualesquiera que sean las trampas de la historia, este movimiento estaba por entonces animado por la gran utopía de una sociedad sin clases, por cuya historia, se pretende en nuestros tiempos, habrían sonado las campanas. Revueltas y utopías se unieron y mutuamente se reforzaron en esta gran coyuntura histórica.

En esta encrucijada, se autonomizaron y progresaron paralelas dos variantes de fenómenos históricos relacionados. Por un lado, en el seno del movimiento obrero leninista, cuadros que se declaraban los portavoces más consistentes de las masas trabajadoras, condujeron la lucha a la victoria bajo la bandera del “socialismo”. Su precio fue una organización rigurosa y un combate heroico. Sobre esta base, una nueva clase dirigente de cuadros (no solamente los “burócratas” de un Estado obrero degenerado) alcanzó el poder. La lucha de clases se vio “confiscada” por ese poder, prohibida (o dictada desde lo alto), hasta la caída del sistema. Por otro lado, en plena tempestad de la depresión, unos cuadros, arrastrados por la dinámica del movimiento obrero, le arrancaron de las manos el timón a los capitalistas, sin tirarlos por la borda. De este modo vieron la luz diversas variantes de eso que podemos llamar “socialdemocracia”. La diferencia con la variante primera, la “revolucionaria”, es que ésta permitió la búsqueda de eso que en adelante se convino en llamar “democracia”. Pero la distancia con su sentido etimológico era grande, ya que “el pueblo” estaba lejos de detentar el poder en las repúblicas de clase. Las instituciones estatales eran a la imagen del compromiso social de las que ellas eran los agentes. Esta modalidad dio, sin embargo, a esta experiencia, su rostro humano.

Desde el punto de vista de las fuerzas sociales subyacentes y de las jerarquías de clases que de ello resultarían, estos dos itinerarios procedían de idénticas dinámicas. En ambos casos, dos grandes corrientes históricas se encontraban: por una parte, la revuelta de las clases explotadas, y por otra, el gran proyecto organizador de los cuadros inherente a su naturaleza de clase. El marxismo fue producto de este encuentro. Conocemos el destino de la variante primera, auténtico enterrador de utopías. En cuanto al nuevo camino de la historia abierto por el “compromiso a la izquierda de posguerra”, sabemos que, al final, también fue borrado por las clases capitalistas en beneficio de la revolución neoliberal. Incluso si los meandros de la intriga difieren sensiblemente, los actores de estas dos grandes tragedias eran fundamentalmente los mismos. El desenlace fue igualmente idéntico.

Las modalidades del vuelco en el neoliberalismo a finales de los 70, ilustran de nuevo de manera ejemplar el encuentro de las condiciones económicas subyacentes y de las luchas. En cuanto a las tendencias económicas, las nuevas orientaciones que prevalecieron a lo largo de los primeros decenios que siguieron a la Segunda Guerra mundial, habían creado condiciones muy favorables, heredadas de las tres revoluciones de finales del siglo XIX. Estas favorecieron grandemente la puesta en marcha y la continuación del compromiso hacia la izquierda característico de estos decenios. Hacían, en efecto, compatibles: (1) el progreso del poder adquisitivo de la gran masa de asalariados (y la protección social); (2) un aumento formidable del gasto público; y (3) una rentabilidad suficiente de las empresas cuyos beneficios financiaban los gastos públicos y que, además, eran generalmente retenidos en vistas a la inversión. La relación con las luchas se estableció cómodamente. Cuando estos avances vinieron a su término, las fuerzas sociales que mantenían el compromiso no supieron organizarse para desarrollar la experiencia y llevarla más adelante, dentro del contexto de la muerte de las utopías ligado al fracaso de las otras vías.

La obsesión del estímulo por el aumento de los salarios, vano en una crisis de rentabilidad, y la voluntad de integrarse en la gran dinámica de la mundialización que iba ganando a los sectores superiores de los cuadros, desintegró el compromiso, vaciando de contenido político el movimiento. Las clases capitalistas, en lucha desde los orígenes mismos de su declive, lograron desmantelar las resistencias, reprimir la huelgas e imponer un nuevo orden social, arrastrando tras de sí sin mayor dificultad a los cuadros. La ideología y la política se tambalearon, al amparo de la pretendida “tercera vía”, ocultando en una farsa siniestra el restablecimiento de un compromiso social por arriba, a la Derecha. El Partido Socialista en Francia es un ejemplo ilustrativo.

Vuelta a la crisis actual: En ausencia de un movimiento popular potente, el nuevo orden social que seguirá a la crisis, reflejará principalmente las tensiones internas en las clases dominantes. Su ámbito principal será aún el de la relación entre propiedad y gestión, tomado este último término en un su sentido amplio, expresión de la continuación de una amplia dinámica histórica. Pero las rivalidades internacionales entre países cuyas economías están en adelante situadas en competencia directa, influenciarán profundamente estos movimientos.

Las crisis no paran la historia; la aceleran. Encontramos aquí la vieja metáfora de la violencia como partera de la historia. Al descartar lo viejo en beneficio de lo nuevo, las crisis determinan las orientaciones duraderas.

A pesar de la diferencia de su naturaleza, el paralelo entre la crisis actual y la crisis de finales del siglo XIX es rica en enseñanzas. Esta última crisis no desestabilizó la hegemonía de las clases capitalistas. Combinada con las luchas, sometió a estas clases a la necesidad de importantes cambios. Algunos aspectos de las revoluciones de finales del XIX (como la constitución de grandes empresas y la influencia del nuevo sector financiero sobre estas sociedades) contribuían a la consolidación de los poderes de los sectores superiores de las clases capitalistas; siempre en el mismo sentido, otras (como la delegación de la gestión en asalariados en la revolución del gestionariado) eran igualmente portadoras de algunas amenazas a más largo plazo; finalmente, otras transformaciones urgentes no se ejecutaron, como la gestión centralizada de los equilibrios macroeconómicos. Tales transformaciones ya están marcadas en las pisadas de la crisis actual, y otras que vendrán.

La crisis de los años 70 dio a las clases capitalistas y a sus aliados la ocasión de promover la formidable mundialización que puso a todos los trabajadores del mundo en una situación de competencia. Frenó el progreso social que las luchas habían conseguido en los países del Centro, progreso al que solamente unas condiciones de competencia podían desestabilizar. Las clases superiores intentan una vez más jugar esta misma carta en la crisis actual. El lenguaje de los protagonistas de esta acción es el de la “austeridad”, pero su verdadera naturaleza es la acentuación de todas las formas de explotación.

Pero desde el punto de vista de sus causas, evidentemente es a la crisis de 1929 a la que la crisis actual más se parece, ya que es continuación de un periodo de hegemonía financiera. La crisis de 1929 aceleró la puesta en marcha de las transformaciones iniciadas por la crisis de finales del siglo XIX. De modo que las tres revoluciones no alcanzaron su forma plena más que después de la Segunda Guerra mundial, mientras que la cuarta, la revolución keynesiana, veía la luz más tardíamente. Desde el punto de vista de los cambios profundos, todo continuaba, pero también todo cambiaba, pues el vigor de las luchas en el plano mundial y la amenaza que hacía planear una utopía de carácter radical, impusieron un nuevo orden social. Lo político recobraba así su primacía. Lo mismo podría ocurrir en la actual crisis.

Hay en el neoliberalismo un aspecto «retrógrado » – que va en dirección opuesta a la historia – en la re-finalización de las dinámicas socio-económicas hacia el interés exclusivo de las clases capitalistas (el “todo para el acreedor y para el accionista”). Frente a los excesos que de esto resultan, se nos habla a menudo de la necesidad de una “recuperación del control”, de la fijación de nuevas reglas, más técnicamente, de una “re-reglamentación”3. Se trata pues, una vez más, de rectificar un itinerario. Las clases capitalistas no van a salir indemnes, al menos en los países del Centro. Habrá retrocesos, para mejor o para peor. Esta recuperación del control debe ser comprendida como una invitación a la reconfiguración de la relación entre las clases de los cuadros y las clases capitalistas. Es, efectivamente, dentro de las clases superiores donde las cosas parece que van a jugarse. Es “por arriba” por donde las tensiones sociales y las transformaciones históricas del modo de producción convergen en esta crisis del neoliberalismo. En el compromiso en la cumbre, lo que implica un reajuste a favor de los cuadros: gestión y políticas poderosas. En ausencia de una lucha popular vigorosa, hay pocas probabilidades de que el desequilibrio se incline a la Izquierda.

Una vez más Estados Unidos marca el camino; no porque este movimiento esté claramente en marcha (lo está siendo muy tímidamente), sino porque es en este país donde la urgencia es mayor. Desde su instauración, las contradicciones del orden neoliberal no cesan de agudizarse; por todos los sitios, pero en Estados Unidos la búsqueda desenfrenada de altos ingresos por parte de las clases superiores – vectores de la mundialización, de la desregulación y de la finaciarización de sus beneficios – vino a coincidir con los desequilibrios de este país, sobre todo con sus déficits y sus endeudamientos acumulativos. La sola hegemonía internacional de Estados Unidos, cuyo dólar es el símbolo y el instrumento, le ha permitido la prolongación de esta trayectoria durante tres decenios. Pero en adelante, su continuidad es imposible. Más allá del boom de las altas tecnologías de la segunda mitad de los años 90, los equilibrios macro-económicos de la economía estadounidense son ya inmanejables. El divorcio entre las clases dominantes y el país en cuanto territorio económico se ha consumado. El dilema está claramente planteado: o bien hay una reconciliación – lo que implica un cuestionamiento radical de las opciones de clase del neoliberalismo – o el declive relativo del país, ya rápido de por sí, no hará sino acelerarse. Es pues el “factor nacional” (el “nacionalista” es arriesgado) el que podría ganar.

Las revueltas tardan en manifestarse. Un mensaje fundamental nos llega de Marx. En la ausencia de un movimiento popular potente, portador de una alternativa, las probabilidades son pocas de deshacerse de las clases capitalistas y de las clases en general. La revuelta sin utopía es como una flecha sin diana, perdida para la lucha de clases. El tiempo de las clases capitalistas ya pasó, pero cada vez más resueltamente se van a agarrar a sus aliados, la elite de las jerarquías gestoras, susurrándoles a la oreja las delicias del reparto de su condición de clase poseedora de los medios de producción.

Traducción: José Mª Fdez. Criado. Equipo de traducción de Corriente Roja

1 Se puede leer a este propósito el famoso The Road to Serfdom que von Hayek publicó en 1944.

2 Sobre todo la célebre Ludlow Massacre en 1916

3 No se habla ya de gestión sino de «management» o de «gobierno de empresa» cuando se trata de alta gestión. En ese mismo mundo se habla de «regulación» para hablar de reglamentación.

[“La palabra management es de difícil traducción a otros idiomas. Incluso en el mundo de habla inglesa, del que proviene, su significado es ambiguo. Se utiliza también este término, en un sentido más amplio, como sinónimo de administración. El management consiste en definir los objetivos de la empresa y las líneas de actuación a seguir, en organizar y motivar a los recursos humanos, con el fin de que haciendo uso de los recursos materiales disponibles puedan ser alcanzados los objetivos deseados”. La Gran Enciclopedia de la Economía http://www.economia48.com/spa/d/management/management.htm N. del T.]

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