Una nueva izquierda en Cuba
Ernesto Teuma
Entrevista de New Left Review a Ernesto Teuma, uno de los promotores de la revista cubana en línea La Tizza.
Cuba se ha visto azotada en los últimos meses por cortes de electricidad en todo el país y grandes huracanes. ¿Qué ha revelado esto sobre la situación económica, social y medioambiental del país?
Cuba es especialmente vulnerable a este tipo de catástrofes. Como país caribeño, está expuesto a altas temperaturas y a fenómenos climáticos extremos. Octubre es un mes de invierno aquí, pero gracias al cambio climático las temperaturas no han bajado tan rápido como deberían, y la demanda de energía se sale de lo normal para esta época del año. La infraestructura cubana también está tecnológicamente atrasada, ya que data de finales de los años 70 y 80, y el país no tiene dinero para importar suficiente combustible ni para mantener adecuadamente su infraestructura eléctrica. Gran parte de esto se debe al control cada vez más estricto de la economía por parte de EE.UU., especialmente desde las órdenes ejecutivas de Trump de 2019, que impusieron más restricciones al combustible, las piezas de repuesto y las nuevas tecnologías. Recientemente se han producido cortes de electricidad similares en otros lugares de la región, en Panamá, Ecuador y São Paulo. Pero cuando se combinan estas condiciones climáticas hostiles con los intentos de obstruir la inserción de Cuba en las redes comerciales regionales y mundiales, se obtiene una tormenta perfecta.
¿Cuál es el impacto en la vida cotidiana?
Todo se paraliza, a la espera de que vuelva la electricidad. Mientras tanto, los alimentos se pudren; es difícil cocinar, sobre todo cuando se trata de utilizar electrodomésticos –la mayoría de la gente utiliza ollas arroceras u ollas a presión eléctricas–; es difícil dormir sin ventiladores eléctricos o aire acondicionado. Las escuelas suelen estar cerradas, desde los jardines de infancia hasta las universidades. Los centros sanitarios funcionan con una capacidad muy limitada y la mayoría de los pequeños negocios se ven obligados a cerrar. La gente desarrolló ciertas estrategias para hacer frente a la falta de electricidad después de que las medidas de Trump limitaran gravemente el suministro de petróleo. Pero sigue siendo un shock, especialmente en La Habana, que no está tan acostumbrada a los cortes de electricidad como otras regiones. El sector privado y algunos hogares más ricos han estado importando sus propios generadores, algo muy diferente a lo que vimos durante el Periodo Especial en la década de 1990, cuando el colapso de la URSS provocó una prolongada depresión económica. Entonces, sólo algunas instalaciones del sector estatal –como hospitales o fábricas o infraestructuras críticas– disponían de fuentes de energía autónomas.
¿Diría que las nuevas diferencias de clase o de ingresos en Cuba se han hecho más visibles durante los apagones?
Se han hecho más visibles en general, tanto en el extremo superior como en el inferior del espectro. Tras el proceso de reforma liberalizadora iniciado por el VI Congreso del Partido de 2011, el mercado de la vivienda se flexibilizó y quienes podían permitírselo empezaron a comprar mejores casas, así como a construir o alquilar propiedades para negocios privados. Han proliferado los dispositivos de seguridad, desde cámaras privadas de CCTV hasta sofisticadas vallas. Han empezado a aparecer vehículos de gama alta por La Habana, importados por el sector privado, y algunas zonas de la ciudad se han encarecido, dominadas por una minoría minúscula y solvente. En el extremo inferior, mientras tanto, se pueden ver cosas que antes no estaban o no eran tan perceptibles, como la mendicidad callejera. Hay más basura abarrotando los barrios golpeados por la escasez de petróleo. Y se ha producido un marcado deterioro de algunos servicios públicos y garantías sociales. Éstas fueron antaño universales, el fundamento social de un cierto modo de vida. Pero con el aumento de la inflación y las privaciones materiales, han dado paso a soluciones más individuales, que existen para algunos pero no para otros. Por ejemplo, la falta de medicamentos garantizados ha provocado el auge del mercado negro, pero a precios inauditos incluso hace cinco o seis años: hasta treinta veces más caros que en las farmacias públicas.
Esto refleja una dinámica, típica de las sociedades capitalistas, en la que el acceso a los bienes y servicios está cada vez más mediado por el nivel de ingresos, en lugar de, por ejemplo, por el acceso político de las personas o su posición en la economía estatal, como suele ocurrir en las economías altamente centralizadas como la antigua URSS y el bloque del Este, donde existe una distribución política del excedente social. Junto con este cambio, hemos asistido a un cambio en las expectativas de la población en general, cuyo bienestar depende a menudo de la pura suerte: de las remesas de los familiares en el extranjero o de las oportunidades en el nuevo sector privado.
¿Cuál es su análisis de las reformas introducidas bajo el mandato de Raúl Castro, tras el VI Congreso de 2011? ¿Cómo han afectado a Cuba?
En cierto modo, las reformas fueron impulsadas por acontecimientos externos repentinos. La crisis financiera de 2008 golpeó la economía cubana al mismo tiempo que los huracanes Paloma e Ike devastaron grandes zonas del país. Pero también se había estado desarrollando un proceso interno más lento desde el Periodo Especial a principios de los años noventa. Había un debate en curso sobre el sector estatal, que no era tan dinámico ni eficiente como debería y adolecía de muchas de las deficiencias típicas de las economías centralizadas y gestionadas por el Estado. En 2008, el modelo económico cubano era poco más que un mosaico de soluciones del Periodo Especial: la relación comercial con Venezuela, el programa de recentralización, la Batalla de Ideas, es decir, el periodo de debate nacional lanzado por Fidel a finales de 1999, a partir de la movilización popular para liberar a Elián González, el niño cubano de seis años detenido en Estados Unidos. Existía un doble sistema monetario: el llamado peso convertible era utilizado por un sector conectado con el mercado mundial a través de las exportaciones, las remesas y el turismo, mientras que el peso estándar era utilizado por un sector que comprendía gran parte de la actividad económica interna de Cuba, los servicios sociales y el presupuesto estatal. Estos ámbitos coexistían y se solapaban en cierta medida, pero seguían siendo fundamentalmente distintos, con precios y tipos de cambio separados. Esto provocó dificultades a la hora de evaluar la eficiencia relativa de la economía, así como en la contabilidad y la inversión.
Este mosaico se deshizo con la crisis financiera de 2008 y no pudo recomponerse. La reforma de 2011 intentó pasar de un modelo centrado en el Estado –que implicaba la distribución universal de todos los elementos importantes de la vida cotidiana– a otro mixto, en el que el sector estatal seguía controlando las alturas de mando, al tiempo que permitía a los actores no estatales, desde las cooperativas hasta el capital transnacional, formar un nuevo sector privado. Las semillas de esta transición ya estaban en marcha en los años 90, por ejemplo en el sector turístico en expansión, donde la política anterior, de un salario social que el sector estatal utilizaría para cubrir ciertas necesidades, fue suplantada por un sistema en el que los precios, los salarios y los ingresos desempeñaban un papel mucho más pronunciado. Esto puso en tela de juicio la idea misma de una economía dirigida e introdujo soluciones más automáticas basadas en los precios y en el mercado. También cambió quién participaba en la economía, cómo se organizaba el trabajo y cómo se reproducían las personas a nivel individual.
El sector privado, dominado por el turismo y los pequeños comerciantes, ha mejorado la vida de un estrecho estrato de empresarios y trabajadores, pero se compone sobre todo de actividades de escaso valor que concentran las escasas oportunidades de crecimiento del país. Sigue siendo pequeño, ya que sólo representa entre el 10% y el 12% del PIB, a pesar de que emplea a un tercio del total de la población económicamente activa y de que sus importaciones han aumentado drásticamente en los últimos tres años. Los riesgos asociados a este modelo se hicieron más evidentes durante la pandemia. Mientras duró la crisis, los empleados del sector estatal recibieron un porcentaje de sus salarios, lo que les proporcionó unos ingresos bajos pero regulares, mientras que muchos en el sector privado perdieron todas sus fuentes de ingresos y no tenían nada a lo que recurrir. Aún contaban con algunas garantías sociales universales, pero eso no era ni mucho menos suficiente. Así pues, si la reforma de 2011 fue inducida por un choque exógeno, también creó sus propios choques endógenos, ya que el paso de un modelo a otro hizo que los medios de subsistencia de la población se vieran amenazados por este tipo de apuesta profundamente incierta por el sector privado.
Hubo varios zigzags en la aplicación de la reforma. Su primera fase preveía la eliminación de diversas subvenciones y raciones estatales. La famosa Libreta de Abastecimiento, la cartilla de racionamiento introducida en 1963, había sido diseñada para una economía que no estaba lo suficientemente desarrollada como para proporcionar abundantes alimentos, ropa o bienes de consumo a sus ciudadanos, pero que, sin embargo, intentaba garantizar el mínimo básico subvencionando la comida, la electricidad, etcétera. Con la reforma de 2011, se suponía que debía suprimirse y que el sector estatal debía reducirse, dejando un millón de trabajadores a disposición del sector privado. Al final, sin embargo, el Estado se retractó de estas ambiciones. Se despidió a un número mucho menor de trabajadores y sobrevivió una Libreta mucho más pequeña.
Esto ocurrió porque diferentes sectores económicos, incluidos trabajadores y militantes, se opusieron a los cambios propuestos, creando una situación «intermedia» en la que ya no se tenían las garantías del viejo modelo ni la prosperidad del nuevo. El auge de un sector privado limitado fue en parte una salida a estos callejones sin salida del plan de reforma. En 2021, se abolió el peso convertible, pero algunos sectores de la economía siguieron utilizando un sistema monetario diferente, lo que significó que, al igual que en el Periodo Especial, asistimos a la aparición de un mercado gris y negro de divisas en el que ahora opera parte del sector privado.
Lo que tenemos, pues, es una especie de collage: una sociedad compleja y heterogénea que ha sufrido sacudidas tanto por diseño como por accidente: los huracanes, la pandemia del Covid-19, las reverberaciones de la Reforma. Por un lado, estos cambios sociales fueron el resultado de decisiones políticas deliberadas; por otro, han implicado una serie de accidentes y contingencias. La transición ha sido muy dolorosa, entre otras cosas porque los principios de solidaridad e igualitarismo siguen estando muy presentes en cómo viven los cubanos de a pie y cómo imaginan que debería ser la sociedad.
¿Fue siempre improbable que las reformas dinamizaran la economía, o podrían haber funcionado de no ser por el bloqueo estadounidense? ¿Qué papel desempeñó el endurecimiento de las sanciones por parte de Trump?
La decisión de Cuba de invertir en turismo, desarrollar el sector privado y utilizar acuerdos monetarios poco ortodoxos tuvo mucho que ver con cómo se desarrolló la «normalización» entre 2014 y 2018. El endurecimiento de 2019 limitó entonces el margen de maniobra durante el proceso de reforma. Mucha gente, incluidos los cubanos, sigue viendo el bloqueo estadounidense como algo bastante abstracto, pero tiene una serie de efectos concretos. Algunos son a corto plazo. No se pueden utilizar dólares estadounidenses para las transacciones: los bancos serán multados por las transacciones con Cuba, especialmente desde que el país está ahora -absurdamente- en la lista de estados patrocinadores del terrorismo, impuesta por la Administración Trump saliente en enero de 2021 y continuada bajo Biden y Blinken. Lo mismo ocurre con el acceso a las tecnologías. Durante la pandemia, a Cuba se le negaron ventiladores que se necesitaban para casos agudos de Covid porque contenían componentes y tecnologías nuestros. O, por poner otro ejemplo, si una empresa que suministra tecnología para diálisis es comprada por una compañía estadounidense, esa tecnología deja de estar disponible de repente, lo que obliga a Cuba a buscar una nueva cadena logística que podría estar a una distancia diez veces mayor, aumentando significativamente los costes. Este tipo de cosas se ven en todos los sectores.
Luego están los efectos a medio plazo. Al reducir los recursos disponibles, el bloqueo nos constriñe el espacio para la experimentación política, porque las decisiones que se toman en condiciones de crisis tienden a ser muy ejecutivas y de alcance limitado. Por ejemplo, se importan alimentos, energía y ciertos medicamentos y suministros básicos, pero no mucho más. Así que el bloqueo también impone límites a la imaginación y la capacidad políticas. Por último, están las consecuencias a largo plazo. Es parecido a la desertización, en el sentido de un agotamiento gradual de la capacidad de la economía cubana para sostenerse, o de ciertos sectores para sobrevivir. Si el gobierno se ve obligado a dar prioridad a la inversión en algunas áreas, se descuidan otras como la vivienda y las infraestructuras, y se llega al tipo de crisis que hemos vivido recientemente en el sector energético.
Esto también crea una situación en la que los diferentes sectores económicos entran en competencia política por la inversión. El turismo ha intentado presentarse como un motor de la economía cubana, un sector que promueve el crecimiento a medio plazo y que, por tanto, merece ser protegido. Ha habido aumentos salariales selectivos en la sanidad y la educación públicas que no están disponibles para los trabajadores de otros sectores estatales. En la economía de escasez, las decisiones sobre cómo se distribuyen los recursos son a menudo de suma cero.
¿Cómo se han visto afectadas las relaciones de género por las crisis?
La liberación de la mujer –lo que se llamó «la revolución dentro de la revolución»– ha sido una parte clave de la historia de Cuba en los últimos sesenta años: las mujeres liberándose del hogar, convirtiéndose en trabajadoras, logrando formas de estatus social y reconocimiento que antes no eran alcanzables, consiguiendo un mayor grado de libertad sexual y reproductiva. Estos avances son quizás aún más sorprendentes hoy en día, teniendo en cuenta los ataques a los derechos reproductivos en EE.UU., Chile, Nicaragua y algunos estados de México. En Cuba, el aborto sigue siendo incontrovertible a pesar de las bajas tasas de natalidad y el envejecimiento de la población, lo que dice mucho de la profundidad de los cambios provocados por la Revolución. La mayoría de los sustentadores de los hogares son mujeres, no hombres. Una generación de mujeres que actualmente tiene entre cincuenta y sesenta años ocupa puestos directivos en las organizaciones sociales y muchas ocupan cargos electos. Pero los servicios siguen estando mayoritariamente feminizados, por lo que la reproducción –social e incluso política– sigue siendo trabajo de mujeres. La crisis también tiende a hacer recaer sobre las mujeres una mayor carga de la reproducción doméstica. Cada vez más mujeres cuidan de sus mayores, trabajan desde casa y abandonan sus empleos para centrarse en su vida privada, aunque, aun así, muchas de ellas siguen siendo pilares de sus comunidades.
¿Cuál ha sido el impacto regional, dentro de Cuba?
La crisis económica está provocando un aumento de la brecha regional entre La Habana y las demás provincias. Esta brecha ha sido visible a lo largo de toda la historia moderna de Cuba, desde la colonización en adelante. La Habana actúa como un importante centro comercial y económico, mientras que el resto del país se queda rezagado en términos de inversión, infraestructuras y desarrollo. La Revolución consiguió invertir esa tendencia durante sus primeros treinta años. La sociedad cubana se reconstruyó en muchos aspectos importantes, mediante el acceso universal a la sanidad, la educación, la vivienda social y el empleo. Se redujo drásticamente la emigración interna hacia la capital. Pero las revoluciones nunca son una cuestión de discontinuidad absoluta. Incorporan elementos de la vieja sociedad, aunque sea a regañadientes. Y a partir del Periodo Especial, las viejas desigualdades empezaron a resurgir. La raza se convirtió en un factor de acceso al mercado laboral o a las oportunidades económicas; asistimos a la racialización de la población de los barrios marginales ; La Habana restableció su centralidad; la pobreza se refeminizó, y así sucesivamente.
¿Puede el gobierno seguir confiando en la movilización popular en tiempos de crisis, como ha hecho en el pasado? ¿Se organizó la gente para apoyarse mutuamente durante las recientes catástrofes?
Las organizaciones sociales y políticas hicieron un llamamiento a sus miembros para que ayudaran a restablecer la normalidad, limpiaran sus barrios y prepararan el terreno para la ayuda técnica que llegaba de todo el país. Cuando Guantánamo se vio gravemente afectado por el huracán Oscar, la gente reunió donativos y otras formas de ayuda para complementar el socorro estatal. Pero los recursos disponibles, tanto a nivel popular como gubernamental, son escasos. La economía cubana ha experimentado un crecimiento económico negativo durante los últimos cuatro años junto con una inflación creciente. Esto ha provocado una emigración masiva: alrededor del 10% de la población abandonó Cuba durante este periodo, agotando aún más los recursos estatales.
Desde 2019 también se ha producido un cambio en la forma en que la sociedad civil se relaciona con instituciones públicas como los Comités de Defensa de la Revolución, el Partido o la Juventud Comunista. El ascenso del sector privado como actor importante de la economía ha cambiado las reglas del juego, incluido el precio de los bienes básicos, la política laboral y la proporción de la población que emplea. A medida que ha disminuido la actividad económica del Estado, se han debilitado las disposiciones y garantías sociales que eran esenciales para el modelo cubano desde, al menos, finales de los años setenta. Esto ha disminuido tanto la visibilidad del Estado como su capacidad para hacer frente a la crisis: no sólo en lo que se refiere a la movilización de recursos materiales, sino también de personas.
¿Cómo se compara la crisis actual con la del Periodo Especial?
La situación actual sólo puede explicarse si se considera en términos de los efectos a largo plazo del Periodo Especial. A finales de los años ochenta, la relación con el bloque soviético y la URSS había estabilizado el papel de Cuba dentro del sector económico estatal-socialista internacional. Cuba era una sociedad que se construía y funcionaba a través del Estado: económica, cultural y políticamente. No era idéntica al Estado, ese es un error común. De hecho, la sociedad cubana se resistió a la gestión estatal de varias maneras. Se diferenció generacional y culturalmente, a medida que la Revolución alcanzaba su madurez y crecía la generación que había nacido con ella. Así pues, teníamos una sociedad estructurada en torno al Estado, pero que en muchos aspectos era dinámica y conflictiva, y capaz de trabajar hacia objetivos orientados al futuro.
Hoy en día, esos conflictos se han olvidado en su mayor parte y los años 80 han pasado a considerarse una especie de época dorada, anterior al colapso de 1990. El Periodo Especial se caracterizó por una triple crisis. En primer lugar, la posición de Cuba en la economía internacional: perdimos el 80% de nuestras exportaciones, el PIB cayó drásticamente, un 35% en un año, y perdimos algunos de nuestros principales socios comerciales, así como nuestras fuentes de combustible, inversiones y piezas de repuesto. Fue un shock en todos los sentidos posibles. En segundo lugar, el Estado ya no podía desempeñar un papel tan expansivo, así que empezó a retirarse. Esto no se hizo a propósito: fue una respuesta de subsistencia a la crisis, para asegurar los fundamentos económicos a costa de gran parte del tejido social del país. En tercer lugar, se produjo una crisis ideológica, o quizá sería más preciso hablar de ella como una crisis de fe. En cierto sentido, el futuro se había evaporado. Cuba se dio cuenta de que había modelado sus expectativas sobre un mundo que ya no existía.
Los treinta años siguientes fueron testigos de una serie de intentos de resolver estas crisis. Una economía dirigida enteramente por el Estado ya no era eficaz. Con la desaparición del bloque soviético y el retroceso de la fase más aguda de la crisis, empezaron a surgir alternativas. Estaba la expansión del turismo en el sector estatal en los años 90; la ligera pero autosostenida recuperación económica durante la última parte de esa década; la relación bilateral con Venezuela tras la llegada al poder de Hugo Chávez. Tras el Sexto Congreso del Partido en 2011, las ideas de los economistas cubanos más neoclásicos adquirieron mayor vigencia en los debates públicos. Desde el punto de vista ideológico, el nacionalismo se convirtió en una pieza central del pensamiento revolucionario, mientras que el marxismo ortodoxo se desvaneció un poco en un segundo plano, aunque sigue siendo fuerte en ciertas áreas del mundo académico y entre los intelectuales públicos. Tanto la visión de futuro de Cuba como su visión de la región se articularon cada vez más en términos nacional-populares, aunque el país siguió siendo internacionalista en otros aspectos importantes.
Cuba ha combinado durante mucho tiempo el nacionalismo y el internacionalismo de formas interesantes. ¿Cómo ha evolucionado eso con el tiempo?
El derrocamiento de Batista en 1959 representó el triunfo de una cepa particular del nacionalismo revolucionario que se había desarrollado desde José Martí en adelante. Pero también había otras vertientes. El propio Batista promovió una forma de nacionalismo culturalista, folclórico, idiosincrásico y exotizante, y el gobierno que derrocó en 1952 –el de los Auténticos–también tenía su propia ideología nacionalista. Así pues, las disputas en torno a la nación han formado parte de la historia cubana desde el siglo XIX, con una diversa gama de proyectos nacionales: algunos vinculados al Imperio español, otros inclinados a la anexión por parte de los EE.UU., y algunas variantes revolucionarias enraizadas en la lucha por la independencia.
A finales de los 70 y en los 80, Fidel hablaba de los cubanos como «latinoafricanos» por su profunda implicación en las campañas internacionalistas en todo el continente, así como por su compromiso en Angola. Durante ese periodo, las influencias africanas eran fuertes en el mundo académico, la música, la cultura popular, la lengua… conozco a varias personas llamadas Kenia que nacieron en esa época. Luego, durante la década de 1990, se podía ver cómo se desarrollaba una vertiente latinoamericanista y caribeña del internacionalismo, que se vio reforzada por la Marea Rosa. Pero también se podía ver cómo empezaban a surgir diferentes tipos de nacionalismo entre los intelectuales contrarrevolucionarios, disidentes, católicos o conservadores. Varios pensadores y figuras públicas anteriores a 1959 fueron recuperados en la esfera pública en esta época, y algunas de las narrativas de la historia nacional asociadas a la Revolución perdieron tracción, o se volvieron insuficientes, para ciertos intelectuales.
El IV Congreso del Partido de 1991 convocó entonces un debate público sobre el socialismo. Las tendencias progresistas –por ejemplo, la discusión sobre el género en términos de infraestructuras públicas y economía de los cuidados; la automatización de ciertas tareas; la socialización de la cocina, la limpieza y la lavandería– se detuvieron. El Partido Comunista empezó a definirse no como el partido de la clase obrera, los campesinos, los estudiantes y las mujeres, sino como el partido de la nación cubana, cuyos objetivos principales eran la soberanía, la independencia y la justicia social. Aún así, se produjeron avances en varios frentes ideológicos, organizativos e institucionales. El IV Congreso derogó la prohibición de que los religiosos se afiliaran al Partido y preparó una importante reforma constitucional que reconfiguró las instituciones cubanas en un molde más democrático, acercándolas a los órganos del poder popular local, al tiempo que disolvía ciertos elementos ejecutivos y centralizadores.
¿Qué importancia ha tenido la relación con Venezuela para la actual situación económica de Cuba?
Cuba sigue dependiendo en gran medida de Venezuela, no sólo en términos de suministro energético, sino también para llevar a cabo la mayor parte de su comercio exterior e incluso para exportar algunos servicios básicos. Sin embargo, en los últimos años, la condición previa más importante de la recuperación económica venezolana fue la reanudación de las exportaciones a EEUU. Debido al bloqueo estadounidense, Venezuela no puede utilizar los mismos barcos para comerciar con EEUU y con Cuba, lo que dificulta el mantenimiento de un flujo constante de exportaciones energéticas a EEUU. Como resultado, los envíos de combustible de Venezuela a Cuba han disminuido desde 2019, mientras que otros actores como México y Rusia han ido entrando y saliendo del panorama. Así que, aunque Venezuela sigue siendo el principal socio comercial de la región, esta relación ha ido menguando de forma constante, con unos ingresos petroleros y, sobre todo, unas exportaciones de petróleo muy por debajo del nivel de hace una década. En ese sentido, al menos, la relajación de las restricciones a Venezuela por parte de Biden fue una mala noticia para Cuba.
¿Han facilitado algo las cosas a Cuba los gobiernos de Morena en México, bajo AMLO y ahora Sheinbaum?
México ha sido durante mucho tiempo un puente entre Cuba y el resto de la región porque es la única potencia regional que nunca cortó los lazos diplomáticos allá por los años sesenta. Desde entonces, ha habido periodos de distanciamiento –durante los gobiernos panistas de los 90, por ejemplo–, pero las dos naciones siempre han mantenido cierto grado de inversión y comercio en bienes de consumo básicos. Morena ha reforzado esa relación, pero existen limitaciones debido a la integración económica de México con Norteamérica a través del tratado de libre comercio TLCAN. las inversiones estadounidenses han sido en gran parte responsables de impulsar el auge económico mexicano a través de la deslocalización cercana a la frontera. Así que México tiene que gestionar esta estrecha relación con eeuu, con implicaciones para el alcance de su proximidad a Cuba. Esta dinámica se produjo con Amlo durante el primer mandato de Trump, y la volveremos a ver con Sheinbaum durante el segundo. No se trata de subestimar la importancia de la ayuda técnica, económica y humanitaria de México, que ha contribuido a paliar algunos de los desastres que ha sufrido Cuba en los últimos años. Pero México es más importante para Cuba como aliado diplomático y político que como socio comercial.
¿Y Brasil bajo Lula?
Desde principios de 2023, Lula ha montado una coalición con las fuerzas del establishment que permitieron su victoria electoral: un acuerdo político frágil, basado en su carisma personal. Su margen para políticas ambiciosas –como el proyecto de creación de la Zona Especial de Desarrollo del Mariel en Cuba, iniciado durante su primer mandato– es limitado; está preocupado sobre todo por impedir el retorno del bolsonarismo en 2026. Además, la perspectiva de Brasil sobre la región ha cambiado. En la década de 2000, Lula colaboró con Chávez en la oposición a los acuerdos de libre comercio respaldados por Estados Unidos; desde que regresó al poder, ha prohibido a Venezuela entrar en los brics. Es un agudo contraste, que tiene más que ver con un realineamiento en las relaciones internacionales de Brasil que con las particularidades de las elecciones venezolanas de julio. Tras las derrotas políticas y culturales de la izquierda brasileña en la última década, Lula se ha alejado del proyecto de neodesarrollismo e integración regional que caracterizó a los anteriores gobiernos del pt. Quiere que Brasil, como quizás la economía más importante de América Latina, desempeñe un papel tanto de liderazgo como de mediación.
La influencia de Cuba en América Latina y el Caribe siempre ha funcionado en dos niveles simultáneos: trabajando con otros gobiernos progresistas, por un lado, y con movimientos sociales, partidos no gubernamentales e intelectualidad de izquierdas, por otro. Con el tiempo, sin embargo, se ha hecho cada vez más hincapié en las relaciones gubernamentales y diplomáticas y se ha producido un declive constante de las relaciones de Cuba con los movimientos de izquierda. Roberto Regalado llama a esto la «gubernamentalización» de las relaciones exteriores de Cuba. Esto es en parte resultado del debilitamiento de la izquierda latinoamericana y caribeña, pero también es un giro deliberado en la política exterior cubana, parte del programa más amplio de Reforma.
En La Tizza, hemos intentado explorar la cuestión de la posición internacional de Cuba examinando sus relaciones con los movimientos y gobiernos de izquierda durante los últimos sesenta años. Creemos que las relaciones de Cuba con EE.UU. deben analizarse junto con sus relaciones con el conjunto de la región. Durante la Marea Rosa, el país estableció una articulación política con las fuerzas progresistas de América Latina y el Caribe, que condujo al periodo de «normalización» bajo Obama. Sin embargo, posteriormente, una reacción en contra de estos gobiernos explotó eficazmente sus contradicciones internas y contribuyó a debilitar a la izquierda en toda América. Esto abrió la puerta al enfoque más agresivo de Trump, que Biden mantuvo.
¿Y África? ¿Tiene Cuba alguna relación continuada significativa con, digamos, Angola o la anc, en términos de solidaridad material para ayudar a romper el bloqueo?
África ha votado en bloque contra el bloqueo, por lo que sigue siendo una importante fuente de apoyo diplomático y político. Cuba es socio observador de la Unión Africana y ha participado en debates políticos sobre la integración y la cultura de la diáspora. Es uno de los pocos países donde se enseña swahili en las universidades; se puede ir a la Universidad de La Habana y estudiar swahili como curso regular. Así que la relación con África sigue siendo estrecha. Pero en términos de comercio e inversión, no es muy significativa. Cuba suministra asistencia médica financiada por el Estado a los países africanos y concede becas completas para que la gente estudie medicina, además de proporcionar instalaciones de formación y conocimientos especializados a precios asequibles. Pero con el paso de las décadas, esta relación se ha vuelto mucho más transaccional. Existe una relación económica de este tipo con Angola que se remonta a finales de los años 90: como Angola nunca ha tenido suficientes médicos por persona, siempre ha dependido en gran medida del personal médico cubano.
En los últimos años se han producido importantes cambios sociales y políticos en Cuba. La Constitución de 2019, redactada bajo el liderazgo de Raúl y sometida después a referéndum nacional, reconoció la propiedad privada y la inversión extranjera directa, puso límites de mandato y edad a la presidencia, prohibió la discriminación por motivos de raza, sexualidad o género y eliminó el requisito de que el matrimonio fuera entre un hombre y una mujer. En 2022, un referéndum sobre los cambios en el Código de Familia de la Constitución ratificó el matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Qué hay detrás de estos avances?
El proceso para desarrollar una nueva legislación en el sistema político cubano implica una consulta masiva en la que todo el mundo puede dar su opinión, seguida de un periodo en el que los expertos realizan enmiendas basadas en los datos que se han recopilado. Tanto la Constitución como el nuevo Código de Familia se redactaron de este modo. Hubo enérgicas campañas nacionales a favor y en contra del Código de Familia. Un amplio segmento de la sociedad socialmente conservador, incluidos algunos del campo revolucionario, se opuso a él, al igual que las iglesias evangélicas. Pero casi el 70% de los votantes respaldaron la medida, que afirma que «el amor y la solidaridad son los ejes sobre los que giran las relaciones familiares». La confrontación fue importante no sólo por su envergadura, sino también porque reveló un mapa político del país diferente del que vimos en las elecciones municipales de 2022 o en las nacionales de unos meses después.
El Código de Familia era un proyecto de Estado: la culminación de quince años de promoción de la diversidad sexual, los derechos reproductivos y un programa general de reformas del derecho civil y de familia. Detrás de este cambio legislativo había un cambio más amplio en la sociedad cubana, de una visión regresiva de la familia basada en el parentesco cercano y la monogamia heterosexual a un conjunto de disposiciones más flexibles para una sociedad cada vez más compleja: una población que envejece, la necesidad de codificar los derechos de los abuelos, una mayoría de hogares dirigidos por mujeres, la cuestión de quién cuida de quién. El Código permite muchos tipos diferentes de relaciones familiares basadas no en la sangre sino en el parentesco afectivo. De este modo, también planteó la interesante cuestión de qué forma adopta la vida privada tras el retroceso de lo social; los únicos sujetos del Código son el Estado, el individuo y la familia; la sociedad civil socialista apenas se menciona.
La nueva Constitución también supuso un cambio importante en la organización del Estado. Hasta 2019, el Presidente era el jefe del Consejo de Estado, que sustituía a la Asamblea Nacional cuando ésta no estaba reunida, y del Consejo de Ministros, que supervisaba la sesión ejecutiva del Estado, los ministerios y varias otras instituciones. Ahora, el Primer Ministro es el presidente del Consejo de Ministros y el papel del Presidente no es ni ejecutivo ni legislativo. El Presidente dicta leyes por separado en forma de decretos, además de representar a Cuba internacionalmente y ocuparse de los asuntos exteriores y del ejército. Aquí no hay mucho margen de maniobra, porque se trata de órganos altamente profesionales y bien organizados en el corazón del Estado, sobre los que un individuo puede ejercer poca influencia.
También se ha producido un cambio de paradigma en los niveles inferiores y locales, con el fortalecimiento de una Asamblea Municipal del Poder Popular y las reformas del gobierno de nivel medio. En lugar de las antiguas Asambleas Provinciales del Poder Popular, ahora hay gobernadores provinciales que dependen del Primer Ministro. Desgraciadamente, este cambio coincidió con Covid, que exigía una rápida toma de decisiones y, por tanto, hizo muy poderoso al nuevo poder, debilitando los principios de autonomía y participación popular en los que se suponía que debía basarse. Así pues, aunque en teoría esta configuración establece un mayor equilibrio político, en la práctica se ha inclinado hasta ahora hacia el elemento ejecutivo del Estado. Cuando esto se une a la tendencia de la reforma hacia la gubernamentalización, los resultados tienden a ser insatisfactorios.
¿Cómo contrastaría el enfoque político de la generación revolucionaria, bajo Fidel y Raúl, con el de la nueva dirección desde 2019 bajo Miguel Díaz-Canel?
En lo que respecta a la relación político-institucional entre el Estado cubano y sus ciudadanos, ha habido tres vectores principales de cambio. En primer lugar, la gubernamentalización. Bajo Fidel, la política cubana se basaba en la movilización de diferentes sectores de la población con el objetivo de deshacer el Estado y «hacerse social», como él decía. Con la desaparición de Fidel, ese modelo se hizo imposible de sostener, y Raúl tuvo que elaborar un nuevo modelo político: una forma de gobierno más estable y una relación diferente con la población. Esto condujo al retorno del experto, o funcionario, en la política cubana: se ideó todo un sistema para producir tales figuras. La idea era que un cuerpo más profesional de administradores públicos compensaría la ausencia de movilización popular.
En segundo lugar, la racionalización del Estado: cierre o fusión de ministerios y creación de otros nuevos, reasignación de responsabilidades administrativas y de posiciones en la jerarquía. Por ejemplo, el estatus de la política anticorrupción –de la que antes se ocupaba un ministerio ordinario del gobierno– se vio reforzado por la creación de la Contraloría General en 2009. Este proceso de remodelación institucional continuó hasta la aprobación de la Constitución de 2019, que se había estado incubando durante el periodo de la Reforma, aunque entró en funcionamiento bajo el gobierno de Díaz-Canel.
En tercer lugar, el Estado de Derecho. La movilización no depende de la legitimidad de la ley, sino del apoyo de las masas a un proyecto político concreto. Sin embargo, para que este nuevo tipo de Estado revolucionario funcionara, necesitaba cimentar la labor de gobierno en un conjunto de protocolos y decretos eficaces. Los cambios en la economía, en las instituciones públicas, en toda la misión y el alcance del Estado, todo ello necesitaba codificación. Eso, a su vez, cambió la forma en que funcionaba la legitimidad política. Mientras que la cohorte de Fidel y Raúl extrajo la legitimidad de su compromiso con la revolución a lo largo de cincuenta o sesenta años, la generación más reciente de cuadros tuvo que confiar en la ley como fuente de legitimidad: en el buen funcionamiento de las instituciones, en la provisión de bienes sociales, en las garantías universales y en el éxito de las negociaciones con los diferentes sectores. Si la economía ya no podía funcionar como antes, la política tampoco.
La perspectiva de Díaz-Canel se vio moldeada por estos cambios. Es un ingeniero, un experto; su legitimidad se basa en el Estado de derecho y en la estabilidad del gobierno. También es el jefe de un órgano creado por el proceso de reforma: la presidencia había sido abolida bajo la Constitución socialista de 1976. En su nueva forma, es mucho más débil de lo que parece. El Presidente no ejerce el poder ejecutivo como en Estados Unidos. El poder sigue concentrado en el Consejo de Ministros y en los órganos legislativos: el Consejo de Estado y la Asamblea Nacional del Poder Popular. El Partido sigue siendo la vértebra del sistema. Pero también ha surgido una nueva fuente de poder a partir de las campañas por el Código de la Familia y la Constitución: los movimientos sociales autónomos de todo tipo, desde pequeñas protestas callejeras hasta marchas de activistas LGBT o movilizaciones de iglesias evangélicas.
Este tipo de movilización social visible –con capacidad para llevar a sus miembros a conclusiones políticas que podrían influir en la toma de decisiones a nivel nacional– es sorprendentemente novedosa. En Cuba, la cultura política ha permanecido un tanto estática, mientras que la sociedad, la economía e incluso el Estado han evolucionado de diversas formas significativas. Algunos funcionarios del Partido y del Estado lo entienden, pero otros aún se esfuerzan por comprender esta nueva complejidad, que naturalmente afecta a la forma en que gestionan las contradicciones sociales y responden a las crisis: las protestas de 2021, la pandemia, los huracanes. Por supuesto, hay una gran diferencia entre las reivindicaciones sociales que surgen de esas crisis y, por ejemplo, las de las iglesias evangélicas que se movilizan contra el Código de la Familia. Pero navegar por ellas es difícil para una generación criada en un paisaje político con otras fuentes de legitimidad muy diferentes. Se están viendo obligados a adaptarse a estos nuevos acuerdos institucionales al tiempo que se ven lastrados por la situación económica. Uno no querría estar en su pellejo. Pero no se trata de fallos personales; es una coyuntura histórica única, una crisis a tantos niveles que es difícil de comprender incluso desde dentro.
¿Podría hablarnos del desarrollo de los medios digitales en Cuba?
Los medios digitales surgieron en los años 90 como un medio para crear sitios web de noticias para los medios impresos oficiales o del Partido, como Granma o Rebelde. Siguieron nuevas publicaciones en línea como Cubadebate, que se lanzó en agosto de 2003 y era leída por profesionales, médicos, estudiantes universitarios y trabajadores de nivel medio de ministerios y empresas, aquellos que tenían acceso a Internet y a las plataformas de correo electrónico que se habían ido desarrollando lenta pero constantemente en la década de 2000. El correo electrónico se utilizó más ampliamente y mucho antes que la web en Cuba, y las cadenas de correo electrónico se convirtieron en una especie de plataforma descentralizada para el debate y el intercambio de información. Permitieron a destacados intelectuales expresar su preocupación por el regreso de ciertos rasgos represivos de la cultura cubana de los años setenta.
En esta época también se produjo un auge de la educación digital, parte de lo que Fidel denominó «cultura general integral» y la Batalla de Ideas. En 2002 se fundó la Universidad de Ciencias de la Información; se instalaron laboratorios informáticos en todas las escuelas y se actualizaron regularmente los programas de estos cursos. Esto hizo que Cuba desarrollara una cultura digital sin un acceso digital generalizado: la gente sabía utilizar un ordenador pero no solía tener uno en casa. El blogging se hizo popular, primero entre escritores y periodistas individuales, y después como una serie de proyectos colectivos, algunos de ellos financiados por el Departamento de Estado estadounidense. Washington encontró rápidamente un hueco en la blogosfera para apoyar a una cosecha de nuevos periodistas que abogaban por un cambio de régimen.
Pero también se produjeron acontecimientos políticos positivos, como la «guerra del correo electrónico» de 2008, dirigida por el brillante teórico literario Desiderio Navarro, que supuso un debate público sobre la cultura revolucionaria y la historia cultural de Cuba a partir de la década de 1960, con especial atención a los acontecimientos del Quinquenio gris. Entre los numerosos blogs revolucionarios de esta época, prevalecía lo que Fernando Martínez Heredia llamaría posiciones «defencionistas»: un enfoque estrecho sobre nosotros, el imperialismo y el bloqueo, con exclusión de todos los demás factores, a veces con la implicación política de que ciertos temas de debate están fuera de los límites. Luego, alrededor de 2012-14, llegaron los medios sociales junto con la expansión de las redes Wi-Fi públicas. Y poco después, el salto cuántico de los datos móviles permitió un acceso mucho más amplio a las plataformas de expresión.
¿Cómo empezó su diario en línea La Tizza?
Había una serie de condiciones previas. La primera fue tecnológica: la expansión de los servicios de Internet en Cuba desde 2002 y la repentina aparición de una esfera pública que ya no estaba mediada por el acceso a recursos como el papel y la imprenta. Algunos miembros de La Tizza se formaron en ese momento de auge de la blogosfera. La segunda era intelectual: muchos de nosotros éramos cercanos a Fernando Martínez Heredia, que entonces dirigía el Instituto de Investigaciones Culturales Juan Marinello y había sido una figura importante de la tradición marxista heterodoxa cubana desde los años sesenta. Era el editor de Pensamiento Crítico, una revista hermana de New Left Review en aquella época. En 2015, Fernando impartió un curso sobre el «marxismo de Marx», que condensaba la obra de su vida. A partir de su lectura histórica del desarrollo intelectual de Marx, pasó a considerar la evolución del marxismo: lo que él llamó sus «universalizaciones» en la Segunda Internacional y tras la Revolución Rusa, su asimilación en las luchas de liberación nacional hasta la revolución cubana, y su propia experiencia personal de este proceso. Fue una lectura extraordinaria –a través de la lente de este marxismo crítico y abierto– de la historia política y teórica de la revolución, desde el Movimiento 26 de Julio hasta la Reforma.
Durante un breve periodo en 2016, un grupo de jóvenes del Marinello, y de algunos otros colectivos políticos que habían surgido durante ese tiempo, se unieron en torno a un grupo llamado Red de Jóvenes Anticapitalistas. Lanzó un blog llamado El Punto y organizó acciones y talleres, tanto en las calles como en entornos más académicos. Cuando se disolvió en febrero de 2017, al inicio de la primera presidencia de Trump, algunos de sus miembros fundaron lo que más tarde se conocería como La Tizza. Como revista, su objetivo era repensar los problemas organizativos de una transición al socialismo en el siglo XXI fundamentándolos en el marxismo crítico; analizar el proceso de Reforma recurriendo a los debates académicos pertinentes; promover la obra de un espectro más amplio de pensadores revolucionarios, más allá de los «defencistas»; y llevar la tradición marxista librepensadora del Pensamiento Crítico a la era de los medios digitales.
Pensamiento Crítico fue clausurado en 1971, con la brezhnevización de la revolución. ¿Hasta qué punto supuso eso una ruptura en la tradición de la historia intelectual cubana? Además de las conexiones personales con Fernando, ¿qué permitió a La Tizza retomar ese hilo?
Ciertamente hubo una interrupción cuando cambió el entorno político después de 1971. Eso afectó a las ciencias sociales, dificultando las discusiones sobre el marxismo, y probablemente nos hizo retroceder toda una década. Pero fue una ralentización más que un parón total. Varias vertientes de ese proyecto crítico sobrevivieron: en la Casa de las Américas, entre los directores de cine y los intelectuales del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, en la Universidad de las Artes y en varios otros espacios. Resurgiría a finales de los 80, durante lo que Fidel llamó el proceso de rectificación tras el III Congreso de 1986, coincidiendo con la era Gorbachov. Luego, tras el inicio de la Reforma de 2011, hubo un espacio más amplio para la disidencia y diferentes tipos de pensamiento crítico. Asistimos a una serie de debates y consultas abiertos, discusiones sobre la gestión económica, el sistema político, el significado mismo del socialismo. Esto fue estimulado desde arriba, por el propio Raúl, pero también se canalizó a través de los nuevos medios de comunicación. Coincidió con los desafíos políticos planteados por las administraciones Obama y Trump, a medida que se intensificaba el asalto imperial contra Cuba en medio de la década de la Reforma.
¿Por qué llamó a la revista en línea La Tizza-‘La Tiza’, pero con doble Z?
En la lengua vernácula cubana, ‘ser la tiza‘ significa ‘ser guay’, pero la tiza también está relacionada con el aprendizaje; con dibujar, trazar mapas, planificar. E incluso se puede lanzar, como un arma. La doble Z se utilizó como marca de distinción gráfica. Con el nombre, intentábamos añadir un nuevo sabor a la mezcla: nada parecido a Iskra o Potemkin, Estrella Roja, Vanguardia.
¿Cómo se desarrolló la revista?
La Tizza publicó lentamente al principio, pero ganó ritmo en 2018-19, especialmente durante los debates sobre la Constitución y el fundamentalismo religioso. Fueron ventanas a través de las cuales se podía ver un cambio en las dinámicas sociales, las lealtades ideológicas y las movilizaciones populares, a medida que las expresiones públicas de disidencia se hacían cada vez más comunes, en todo el espectro, ya fueran de iglesias o de grupos LGBT. A menudo faltaba claridad analítica y política en la niebla bélica en torno a estas cuestiones. Nos propusimos ofrecer nuestros análisis en medio de una serie de erupciones como las protestas de 2021 y una atmósfera política moldeada por condiciones extremas, desde apagones nacionales hasta desastres naturales y crisis económicas.
¿Quiénes son las personas implicadas?
Como colectivo, La Tizza abarca desde personas nacidas en la década de 1980 hasta finales de la década de 1990. El más joven tiene unos 23 años y el mayor 42. Entre los más mayores hay gente que participó activamente en la Batalla de Ideas, como estudiantes universitarios; mi cohorte surgió más tarde, en la década de 2010, después de que tanto Chávez como Fidel hubieran muerto. Los miembros más jóvenes se politizaron en los debates en torno a la Constitución de 2019 y la pandemia. Aunque algunos de nosotros nacimos y crecimos en otras partes del país –Santiago de Cuba, la provincia de Artemisa, Matanzas–, la mayoría se politizó en La Habana. Casi todos somos miembros del Partido, pero La Tizza funciona según principios firmemente no jerárquicos. No tenemos un consejo central ni un editor o coordinador; trabajamos como un colectivo horizontal que toma las decisiones por consenso, con una especie de división del trabajo entre la edición, la búsqueda de nuevos textos y demás. No recibimos financiación y no pagamos a los colaboradores; es completamente voluntario.
La Tizza se dirige a un amplio público, aunque la leen sobre todo militantes e intelectuales de América Latina. Publica análisis coyunturales de la región: Venezuela, Brasil, Centroamérica, El Salvador, Chile, Puerto Rico, Colombia, etc. Ofrece una perspectiva revolucionaria que no es sólo «defensista», como suelen ser las posiciones oficiales. No considera las luchas ideológicas dentro de Cuba como meros síntomas de la agresión imperial. En su lugar, trata de describir la sociedad cubana como un todo complejo, marcado por las cambiantes necesidades y aspiraciones que la Reforma liberó: el conflicto entre diferentes sectores dentro de la economía estatal, el sector privado y los activistas organizados.
¿Qué puede esperar Cuba de la segunda presidencia de Trump, con el floridano Marco Rubio como secretario de Estado?
El enfoque estadounidense sigue siendo el de la «máxima presión». Una de las principales razones por las que la Administración Biden decidió mantener las políticas de estrangulamiento económico de Trump, en lugar de volver a la agenda de normalización de Obama, fue que pensaron que podría ser una forma de salir del callejón sin salida en el que se ha metido la política hacia Cuba durante los últimos sesenta y cinco años. Pensaron que podrían resolver el problema con un último golpe. Así que reforzaron el régimen de sanciones unilaterales, tratando de restringir el turismo y las remesas, bloqueando las inversiones y las transacciones denominadas en dólares, intimidando a las empresas que trataban con Cuba en áreas críticas como las infraestructuras y los suministros médicos, al tiempo que financiaban la subversión de forma más generosa, dirigiendo dinero a figuras de la esfera mediática y cultural cubana que promovieran el cambio de régimen. Era una forma de intensificar las contradicciones dentro de la sociedad cubana y de suprimir cualquier posibilidad de extender la revolución.
Es una apuesta segura que el segundo mandato de Trump continuará en esa línea, agravando la crisis actual con la ayuda de los resurgentes líderes de extrema derecha de América Latina como Bukele en El Salvador y Milei en Argentina. Cuba navega por aguas turbulentas; tendremos que perfeccionar nuestras habilidades como marineros para aprender de los naufragios pasados y evitar otros nuevos, sabiendo cuánto depende el futuro de nuestros propios esfuerzos. La tormenta tardará en amainar.
Fuente: New Left Review, 150 Nov/Dec 2024 (https://newleftreview.org/issues/ii150/articles/ernesto-teuma-a-new-left-in-cuba)