La globalización de la fraternidad: una alternativa a la lógica del capitalismo global
Pedro Monzón Barata
La batalla también es cognitiva: mientras Washington impone una narrativa de explotación, millones de pacientes agradecidos a Cuba construyen un verdadero poder blando basado en la gratitud y la legitimidad moral.
Una isla que se globalizó sin capitalismo
En el mapa del siglo XXI, Cuba aparece como una anomalía tanto geopolítica como ética. Una nación insular del Caribe, que entonces albergaba a solo once millones de personas y estaba sometida a uno de los bloqueos económicos más largos y agresivos de la historia, ha logrado proyectarse en la escena mundial, no a través del capital, las armas o los instrumentos típicos del poder blando imperial, sino a través de la solidaridad concreta: médicos en zonas remotas, desarrollo de recursos humanos en países empobrecidos, vacunas desarrolladas en centros científicos y laboratorios nacionales, y una ética internacionalista que antepone la vida al lucro.
La solidaridad cubana ha sido multifacética y siempre basada en principios éticos. Ha sido un faro de apoyo para la descolonización de África y decisiva en la lucha por la independencia de Angola, actos de fraternidad antiimperialista que aceleraron la liberación de Namibia y la caída del régimen del apartheid. Estos impulsos de hacer el bien han llegado ampliamente a sectores tan vitales como la educación humana y la salud.
Esta paradoja, una pequeña nación que desafía el orden unipolar no con fuerza militar sino con batas blancas, no es un incidente aislado ni una excepción romántica. Es la expresión política, histórica y civilizatoria de un proyecto alternativo: la globalización de la fraternidad. Este concepto, derivado del pensamiento y la acción de Fidel Castro, encarna el núcleo de sus convicciones internacionalistas y la praxis revolucionaria cubana durante más de seis décadas. Frente a la globalización capitalista, que homogeneiza los mercados, despoja de soberanía y exporta violencia, Cuba ha construido, desde el Sur Global, una red de cooperación Sur-Sur basada en los principios de reciprocidad, no intervención, no comercialización de la salud y prioridad a los más vulnerables.
En un mundo en transición hacia la multipolaridad, donde el consenso liberal se derrumba y surgen nuevos polos de poder, este contraste ya no es simbólico, es existencial. La globalización neoliberal ha revelado su cara terminal: una lógica de muerte que sacrifica a pueblos enteros en nombre del lucro, la seguridad energética o la hegemonía militar. Sin embargo, en los intersticios de este sistema en crisis, florece otra racionalidad: la racionalidad de la vida. No como una especulación idealista, sino como política de Estado, como estrategia de resistencia y como proyecto civilizatorio.
Este artículo explora esta confrontación desde una perspectiva rigurosa y objetiva. En primer lugar, propone articular un marco teórico que defina y contraste ambas globalizaciones. En segundo lugar, analiza la materialización concreta de la fraternidad globalizada en la política exterior cubana, mostrando que constituye un sistema estructural, no meros gestos ocasionales. En tercer lugar, examina la respuesta imperial a esta alternativa y, por último, defiende la urgencia de su proyección en un mundo amenazado por crisis sistémicas que el capitalismo ya no puede resolver. La hipótesis central es clara: la globalización de la fraternidad no es solo una opción ética entre otras, es el único camino viable para la supervivencia humana en el siglo XXI.
I- Dos racionalidades mutuamente excluyentes
1. Globalización capitalista: acumulación, violencia y declive hegemónico
La globalización no es un fenómeno reciente ni neutral. Ya en el Manifiesto Comunista (1848) se describía cómo la burguesía, «por primera vez en la historia universal», había forjado un mercado mundial, imponiendo su dominio en todos los rincones del planeta. Esta internacionalización del capital ha pasado por distintas fases: el imperialismo clásico de finales del siglo XIX, la Guerra Fría bipolar (1945-1991) y, tras el colapso del bloque socialista, la globalización neoliberal unipolar que ha dominado desde principios de la década de 1990.
Esta última fase se caracterizó por el triunfo retórico del «fin de la historia» y la naturalización del libre mercado como un destino inexorable. Sin embargo, la realidad ha sido diferente: la profundización de las contradicciones estructurales del capitalismo. Lejos de generar prosperidad universal, ha exacerbado las divisiones de clase, destruido los tejidos productivos nacionales, financiarizado la economía y convertido los bienes esenciales —salud, agua, educación, medio ambiente— en mercancías sujetas a la especulación.
Además, en su fase de declive hegemónico, el capitalismo global ha recurrido cada vez más abiertamente a la violencia como modo de reproducción. Como señaló Lenin, el sistema, una vez que agota sus vías de acumulación en el centro, debe expandirse violentamente hacia la periferia. Esta tesis se actualiza hoy en una globalización multifacética de la violencia:
- Violencia económica: bloqueos, sanciones extraterritoriales, confiscación de reservas y presión financiera que asfixian economías enteras, como en los casos de Cuba, Venezuela, Irán y Siria.
- Violencia política: financiación de grupos de oposición, campañas de desestabilización, reconocimiento de «gobiernos paralelos» —como en el caso de Guaidó en Venezuela, y ahora se está intentando algo similar con el arbitrario Premio Nobel otorgado a María Corina Machado— y el uso de ONG como instrumentos de injerencia, entre ellas la Fundación Nacional para la Democracia y USAID.
- Violencia militar: Intervenciones directas, una red global de bases militares y amenazas explícitas de guerra en el siglo XXI. Entre ellas se incluyen el despliegue permanente de la Séptima Flota de los Estados Unidos en el Indo-Pacífico, la escalada de tensiones en el Mar de China Meridional, la concentración sin precedentes de fuerzas navales estadounidenses cerca de las costas de Venezuela y Cuba, y las formas persistentes de piratería moderna en el Caribe, evidentes en la interceptación, el apresamiento y la apropiación ilegales de petroleros, el acoso a pequeñas embarcaciones y el asesinato de sus tripulantes. Nada ilustra mejor esta lógica de exterminio que el genocidio en curso contra el pueblo palestino en Gaza. Bajo el silencio cómplice o la justificación abierta de las potencias occidentales, «Israel» —el brazo armado del imperialismo en Oriente Medio— ha desatado una campaña sistemática de aniquilación que ha dejado decenas de miles de muertos, en su mayoría mujeres y niños, y ha reducido a escombros hospitales, universidades, centros de producción de alimentos y sistemas de abastecimiento de agua. Este horror no es una aberración aislada, sino la manifestación extrema de una globalización que convierte a los pueblos discriminados, oprimidos y antiimperialistas en objetivos legítimos de la violencia estructural. La impunidad con la que se comete este crimen refuerza la tesis de que el capitalismo global, en su fase de descomposición, ya ni siquiera necesita ocultar su rostro genocida.
- Violencia cognitiva: imposición de narrativas mediáticas que criminalizan la disidencia, retratan a los Estados no alineados como «fracasados» y ocultan las causas estructurales de las crisis inducidas.
En esta lógica, la vida humana se vuelve prescindible. Cuando los individuos o las comunidades ya no generan plusvalía o enriquecimiento, o se atreven a desafiar el orden internacional injusto, se les considera prescindibles y se les trata como enemigos. Así, el capitalismo contemporáneo no se limita a explotar, sino que extermina. Las sanciones contra Venezuela han causado, según la relatora especial de la ONU Alena Douhan, más de 40 000 muertes evitables. El bloqueo de Cuba es un arma de destrucción masiva que, mantenida durante décadas, está deliberadamente diseñada para infligir sufrimiento a la población civil con el fin de provocar un cambio de régimen.
2. La globalización de la fraternidad: la racionalidad del humanismo
Ante esta racionalidad del dolor y la muerte, el pensamiento revolucionario —especialmente en su vertiente cubana— ha articulado una alternativa de facto: la racionalidad de la vida. No se basa en la acumulación, sino en la reproducción social; no en la competencia, sino en la cooperación; no en la dominación, sino en la solidaridad.
Este modelo no es una reacción defensiva, sino un proyecto civilizatorio con profundas raíces. José Martí ya hablaba de «Nuestra América» como un espacio de unidad contra el imperialismo. El Che Guevara definió el internacionalismo proletario como el sentimiento de que «la miseria de uno es la miseria de todos». Pero fue Fidel Castro quien, en el contexto del Período Especial y en medio de las dificultades extremas que atravesaba la isla, elevó esta ética a principio geopolítico. Su postura fue coherente: frente a la globalización neoliberal, debemos globalizar la solidaridad.
Esta idea no es una abstracción. Para Fidel, el internacionalismo era «un principio fundamental de la Revolución», no un acto de caridad. «Damos lo que tenemos, no lo que nos sobra», repitió muchas veces. En su discurso del 7 de septiembre de 1977, declaró: «El internacionalismo es la esencia más hermosa, la esencia más revolucionaria del marxismo-leninismo». Y en 2005, al dirigirse a la primera promoción del Programa Latinoamericano de Formación Médica, resumió el contraste: «Hoy exportamos médicos, no soldados; exportamos salud, no guerra; exportamos conocimiento, no ignorancia; exportamos solidaridad, no egoísmo».
Este pensamiento se condensa en el lema de Fidel: «Médicos, no bombas». Lejos de ser un eslogan, es un axioma ético y político que establece una dicotomía irreconciliable entre dos civilizaciones:
- La civilización de la muerte: invierte billones en armas: drones, portaaviones y complejos militares-industriales.
- La civilización de la vida: invierte en atención médica, vacunas, hospitales de campaña, formación de médicos y transferencia de tecnologías soberanas.
La fraternidad, en este sentido, no es un sentimiento abstracto, sino una política concreta: intercambio no mercantilizado, cooperación sin condiciones políticas, prioridad para los más pobres y desarrollo de las capacidades nacionales. En definitiva, es una globalización poscapitalista en construcción.
II- La praxis cubana: fundamentos estructurales de la solidaridad sistémica
La solidaridad médica cubana, iniciada en 1963 con el envío de una brigada a Argelia tras la independencia de ese país y en medio de una grave crisis sanitaria provocada por la guerra colonial francesa, no es una iniciativa espontánea ni una herramienta de propaganda. Es el resultado de una inversión estratégica del Estado en dos pilares fundamentales: la formación masiva de médicos y el desarrollo científico-biotecnológico. Estos dos pilares se refuerzan mutuamente, creando un sistema de cooperación internacional sostenible incluso bajo el asedio del bloqueo.
Pilar I: Formación masiva de médicos
En 1959, Cuba contaba con 6286 médicos para 6 millones de habitantes. Tras la emigración de miles de profesionales —como consecuencia directa del rechazo de sectores de la burguesía criolla a la nacionalización de la sanidad y a las reformas revolucionarias—, el gobierno revolucionario convirtió la universalización y la masificación de la educación médica en una prioridad nacional. El resultado fue un sistema único con la ratio de médicos por habitante más alta del mundo.
Se crearon veinticuatro facultades de medicina en todas las provincias. El modelo de «educación a través del trabajo», en el que los estudiantes rotan por policlínicas, hospitales y comunidades desde su primer año, se convirtió en la norma. La especialización obligatoria en medicina familiar reforzó la atención primaria, y el sistema ahora gradúa a unos 10 000 nuevos médicos al año, además de más de 30 000 profesionales de la salud en total.
Esta masa crítica ha permitido a Cuba mantener su sistema sanitario interno —considerado un referente por la OMS— y, al mismo tiempo, desplegar más de 24 000 profesionales en 56 países (datos de 2025).
Pilar II: Desarrollo científico y biotecnológico
Paralelamente, Cuba apostó por la ciencia como eje del desarrollo nacional. Bajo el lema de Fidel de convertir al país en «una nación de mujeres y hombres de ciencia», se crearon instituciones como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), el Centro de Inmunología Molecular (CIM) y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC).
Hoy en día, el conglomerado BioCubaFarma agrupa a más de 30 centros y emplea a 20 000 personas, muchas de ellas científicos altamente cualificados.
Sus logros son notables, con numerosos medicamentos únicos en el mundo. Entre ellos se encuentra un fármaco que reduce drásticamente las amputaciones debidas a úlceras del pie diabético: Heberprot-P. La primera vacuna terapéutica del mundo contra el cáncer de pulmón, desarrollada en el CIM —CimaVax-EGF— ha beneficiado a pacientes en Cuba y en ensayos clínicos en el extranjero. Nimotuzumab es un anticuerpo monoclonal utilizado en tratamientos oncológicos. Y las vacunas soberanas —contra la hepatitis B, la meningitis y las altamente eficaces Abdala y Soberana contra la COVID-19— han garantizado la soberanía sanitaria incluso bajo un bloqueo reforzado.
Esta capacidad científica no solo protege a la población cubana, sino que también refuerza la solidaridad internacional. Durante la pandemia, Cuba no solo inmunizó a su propia población, sino que también compartió conocimientos con docenas de países, así como otros medicamentos importantes como el Interferón Alfa-2b y Jusvinza.
Programas emblemáticos
Esta doble capacidad —humana y científica— se materializa en programas con impacto global.
La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999 tras los huracanes Mitch y George, ha formado gratuitamente a más de 31 000 médicos de 122 países, dando prioridad a los jóvenes de comunidades rurales, indígenas y marginadas. Como declaró Fidel en su inauguración: «Vamos a demostrar que se puede hacer más con la salud que con las armas». La ELAM no exporta productos básicos, sino capacidad humana con conciencia social.
El Contingente Internacional «Henry Reeve», creado en 2005 tras el cínico rechazo de Estados Unidos a la ayuda cubana tras el huracán Katrina, se ha desplegado en 55 países, atendiendo a más de 8 millones de personas y salvando más de 166 000 vidas. Ha intervenido en Pakistán en respuesta al devastador terremoto que azotó el país (2005), en el brote de ébola en África Occidental (2014), en la pandemia de COVID-19 en Italia, Brasil y Andorra, y en los terremotos de Turquía y Siria (2023). En 2017, recibió el Premio de Salud Pública Dr. Lee Jong-wook de la OMS/OPS.
La Operación Milagro, puesta en marcha en 2004 con Venezuela, ha realizado más de 4 millones de operaciones oculares gratuitas en 34 países, devolviendo la vista a personas que nunca hubieran podido acceder a ese tratamiento en el mercado.
El Programa Niños de Chernóbil, entre 1990 y 2011, recibió a más de 26 000 menores de Ucrania, Bielorrusia y Rusia afectados por la radiación. Fue gratuito y completo —médico, psicológico, recreativo— y generó investigaciones dosimétricas reconocidas internacionalmente.
En el caso de Timor Oriental, tras su independencia en 2002, con solo 30 médicos para un millón de habitantes, Cuba no solo envió brigadas, sino que creó una escuela de medicina desde cero, formando a más de 800 médicos nacionales. Hoy en día, Timor Oriental es una referencia sanitaria en Oceanía. Como embajador de Cuba en ese país, mantuve una conversación con su entonces presidente, Xanana Gusmão, en la que me dijo que, con la ayuda de Cuba, su objetivo no era solo superar el número de médicos necesarios para atender a su propia población, sino también ayudar a otros países de la región, tal y como está haciendo Cuba.
En total, la cooperación médica cubana ha atendido a más de 2300 millones de personas, ha salvado 12 millones de vidas, ha realizado 17 millones de intervenciones quirúrgicas y ha formado a decenas de miles de profesionales en sus propios países. Este fenómeno no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
III- La respuesta imperial: persecución, desprestigio y resistencia
El éxito de este modelo no ha pasado desapercibido. Para Estados Unidos, la solidaridad médica cubana es una triple amenaza: políticamente, por su prestigio en el Sur Global; ideológicamente, por demostrar que existe una globalización más humana; y económicamente, porque es una fuente de divisas para la isla.
Desde la administración Trump —y con el senador Marco Rubio como artífice— se ha desatado una campaña de asedio multidimensional: desprestigio mediático mediante acusaciones infundadas de «trabajo forzoso», sanciones directas a través de restricciones de visados a funcionarios de países que contratan a médicos cubanos y presión diplomática para forzar la ruptura de acuerdos. Esto llevó a la salida de Cuba del programa «Mais Médicos» de Brasil en 2018, como resultado directo de las políticas inhumanas y anticubanas de la extrema derecha del expresidente Jair Bolsonaro.
Sin embargo, esta ofensiva ha encontrado una firme resistencia. En 2020, 14 países del Caribe emitieron una declaración conjunta rechazando la presión y reafirmando sus compromisos con Cuba. La OMS ha elogiado repetidamente los esfuerzos cubanos. En 2022, su director general, Tedros Adhanom, agradeció «la solidaridad de los trabajadores sanitarios cubanos que prestaron servicio en otros países durante la pandemia». Los gobiernos de África, Asia y América Latina han renovado sus acuerdos, reconociendo que los médicos cubanos son los únicos que atienden a poblaciones remotas y olvidadas.
Así, la batalla es también cognitiva: mientras Washington impone una narrativa de explotación, millones de pacientes agradecidos construyen un verdadero poder blando basado en la gratitud y la legitimidad moral.
IV- Multipolaridad y fraternidad: hacia un internacionalismo del siglo XXI
En el escenario multipolar emergente, la experiencia cubana adquiere relevancia estratégica. La aparición de nuevos polos —China, Rusia, India y un Sur Global articulado— abre intersticios donde pueden expandirse modelos alternativos. Sin embargo, aunque la multipolaridad ya señala el fin de las terribles determinaciones de la unipolaridad imperial, no resolverá automáticamente todos los problemas que obstaculizan la solidaridad humana.
Aquí radica la contribución distintiva de Cuba: asumir que la cooperación entre polos debe basarse en principios de fraternidad concreta y no debe estar subordinada a intereses económicos o al mercado. Un avance internacional significativo en este ámbito se expresa en las relaciones con China, que hoy giran en torno al noble proyecto de una «comunidad con un futuro compartido», que, a pesar de los matices, resuena con la visión de Fidel.
El reto es doble: evitar nuevas dependencias —no sustituir la dependencia de Estados Unidos por la de otros actores, sino fortalecer la soberanía tecnológica, alimentaria y energética— e institucionalizar la fraternidad incorporando sus principios en nuevos mecanismos multilaterales (BRICS, CELAC, ALBA-TCP), promoviendo el comercio en monedas nacionales, redes energéticas compartidas y sistemas farmacéuticos comunes.
En última instancia, la globalización de la fraternidad no es un capricho ideológico. Es la necesidad colectiva de los pueblos del Sur y de las necesidades humanas frente a un sistema que, a medida que se agota, se vuelve más agresivo, destructivo e irracional. En un mundo amenazado por pandemias, colapso ecológico y crisis alimentarias, la lógica del capital se revela como un callejón sin salida.
Cuba, a pesar de sus grandes limitaciones, ha demostrado que otra globalización es posible. Cada médico que salva una vida en Haití, cada vacuna compartida en África, cada estudiante que regresa a su comunidad con un título de medicina en la mano, son actos de construcción concreta de un mundo fraternal. También es una afirmación de la soberanía moral frente a un imperio que, al gastar billones en bombas, pierde su alma.
La frase «Médicos, no bombas» trasciende el ámbito médico. Es una metáfora completa del socialismo del siglo XXI: educación, no ignorancia; comida, no hambre; libros, no dogmas; y cooperación, no competencia.
Fidel comprendió que esta es la esencia de la batalla decisiva del siglo XXI. Mientras el imperio gasta su capital moral en guerras interminables, Cuba lo acumula en cada vida salvada.
La historia absolverá no solo a los revolucionarios cubanos, sino a todos aquellos que defienden —con hechos, no con palabras— la globalización de la fraternidad como el único camino hacia un futuro digno para la humanidad.
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Fuente: Al Mayadeen English, 25 de enero de 2026 (https://english.almayadeen.net/articles/analysis/the-globalization-of-fraternity–an-alternative-to-the-logic)