Crónica del Congreso Internacional «Escuela de Salamanca: pasado, presente y futuro»
Cristina García González
En 1526, el pensador dominico Francisco de Vitoria obtuvo la cátedra de Prima de Teología en la Universidad de Salamanca. Muy pronto se formó a su alrededor un grupo de pensadores que destacó por sus aportaciones en los ámbitos de la filosofía, el derecho, las ciencias y la teología. Así nació la Escuela de Salamanca, cuyo 500 aniversario celebramos este año, 2026, mediante publicaciones mensuales de divulgación.
El centro histórico de la ciudad de Salamanca, todo del color dorado claro de la piedra de Villamayor, es como un sueño. Las fachadas de los edificios históricos muestran centenares de vítores, inscripciones rojas hechas con sangre de toro que los nuevos doctores universitarios pintaban tras salir, aprobada su defensa de tesis, por la puerta grande de la universidad.
Junto al puente romano sobre el río Tormes, mi guía y compañero, el profesor José Sarrión, me muestra una piedra informe que recuerda vagamente a un animal: se trata del toro contra el que el Lazarillo de Tormes es estrellado por su amo ciego —hoy sin cabeza, pues en el siglo XIX alguien se tomó el trabajo de arrancarla y arrojarla al río. La catedral de Salamanca, gótica, renacentista y barroca, contiene en su interior otra catedral, románica. Sus fachadas aún muestran grietas del terremoto de Lisboa, ocurrido el día de Todos los Santos de 1755, y a propósito del cual Voltaire cargó contra la idea leibniziana de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
En el antiguo Colegio Real de la Compañía de Jesús, una placa indica que Francisco Suárez, Doctor Eximio y Piadoso, vivió allí y publicó sus Disputaciones metafísicas en 1597. Junto al imponente convento dominico de San Esteban, plateresco del siglo XVI, situado en la plaza del Concilio de Trento, se alza la estatua de Francisco de Vitoria. La estatua de Fray Luis de León se encuentra frente a la extraordinaria fachada de la Universidad de Salamanca, financiada por Carlos V tras reprimir la revuelta comunera en la ciudad. Este patio exterior está coronado por una hilera de pequeñas figuras humanas cuasi barrocas: a pesar de la erosión de la piedra, puede apreciarse que las figuras más alejadas del edificio universitario representan señoras, masturbadores, estudiantes que duermen, tal vez músicos y hombres con embudos en la cabeza. Esta misma estructura antropológica, que va del vicio a la virtud, se reproduce en las barandas de la Escalera del Conocimiento, que asciende desde el claustro interior de la universidad hacia la antigua biblioteca. En la cima se ve un hombre con el corazón al descubierto, señalando apaciblemente un amor que nunca muere.
En la Biblioteca General Histórica —formidable, aunque reconstruida en el siglo XVIII— nos muestran dos libros de astronomía que pertenecieron a Francisco de Vitoria, con su nombre escrito a mano; una copia de varias obras aristotélicas realizada por un Antonio de Nebrija de tan solo diecisiete años, para ganarse un dinero extra; una primera edición de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, junto con las actas del debate de Valladolid; y un preservativo renacentista hallado entre las páginas de un incunable. En el piso inferior se conserva un aula tal como fue desde el siglo XVI: un púlpito para el lector, que bajaba de la biblioteca con libros encadenados para evitar robos, dada su elevado coste; una tarima para el profesor, que comentaba la obra leída; y sobrios bancos de madera para los estudiantes, que grababan sus iniciales y el año de su paso por aquel aula.
Muy cerca está el Cielo de Salamanca, una pequeña sala en la que se han reconstruido las pinturas murales de la bóveda de la antigua aula de estudio, realizadas a principios del siglo XV y destruidas en el XVIII al intentar introducir un retablo demasiado grande. Sobre un fondo azul celeste pueden verse antiguos signos zodiacales, planetas y vientos, señal de la importancia que tuvo la cátedra de Astrología. Al lado se encuentra la calle Calderón de la Barca, quien también estudió en la Universidad de Salamanca.
Las torres barrocas que hoy pertenecen a la Universidad Pontificia —antiguo Real Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús— pueden verse desde el patio renacentista de la Casa de las Conchas, donde vivió el noble comunero Maldonado.
Este mes de febrero de 2026, la Universidad de Salamanca, la Universidad Pontificia y el Convento de San Esteban celebraron un congreso dedicado a la Escuela de Salamanca, cuyo florecimiento coincidió con el momento de mayor esplendor de la ciudad. Durante las jornadas se expusieron y discutieron las investigaciones más recientes sobre la vigencia y la modernidad de este pensamiento. A continuación, recojo tan solo algunas de las intervenciones, a la espera de la publicación de las actas, que sin duda serán de un notable interés.
La profesora Simona Langella analizó la transformación del léxico medieval en las lecciones ordinarias de Francisco de Vitoria. Para Vitoria, el dominio —la potestad de gobernar la propia acción y usar libremente las cosas— es propio del ser humano en cuanto imagen de dios. Este es inalienable y no queda anulado por el pecado original, como sostienen las antropologías luterana y calvinista. Así, Vitoria pasa a concebir el dominio como una potencia natural y no como una prerrogativa dependiente de la gracia divina. En esta misma línea, la profesora Ecem Çobam Bilici examinó la transformación del concepto de derecho desde Francisco de Vitoria hasta Francisco Suárez, pasando por Luis de Molina, y caracterizó este proceso como el tránsito desde una concepción objetiva del derecho hacia su comprensión como potestad moral o derecho subjetivo. En el periodo tardomedieval, el derecho no se entendía primariamente como facultad humana, sino como el objeto de la justicia: no era acción, sino proporción y medida. Francisco de Vitoria actúa como bisagra entre esa antigua concepción y una modernidad que empieza a pensar el derecho como poder o facultad de los individuos. Con Luis de Molina, las nociones de elección y voluntad adquieren un protagonismo decisivo, lo que transforma el modo de comprender la normatividad jurídica. Finalmente, en Francisco Suárez, el sentido más propio del derecho deja de ser una mera ordenación objetiva y pasa a identificarse con la acción humana libre: dentro del orden natural, lo decisivo no es solo la estructura, sino la elección, la libertad y la posibilidad.
El profesor Stefan Schweighöfer habló sobre los entia moralia, es decir, las entidades relacionadas con la moral, en el pensamiento de Francisco Suárez. Según expuso, Suárez se aparta de una robusta tradición que entendía que lo que hace moral una acción es únicamente su ordenación al bien. Suárez se aproxima, más bien, a una idea presente en el franciscano Buenaventura, para quien la moralidad radicaría en una cierta reflexividad propia del acto libre. Así, el acto no es libre fundamentalmente por el bien al que se dirige, sino porque en él el ser humano se refleja a sí mismo, toma distancia de su propio querer, adquiere conciencia de él y, de este modo, domina su acción.
El profesor Jaime Pereira Maroto abordó el derecho de gentes en el pensamiento político de Francisco Suárez. Se trata de un derecho intermedio entre el derecho natural y el derecho civil. El derecho de gentes no está inscrito en los corazones —y en ese sentido no es natural—, sino que surge de la historia y de la contingencia. Además, no se predica de individuos aislados, sino de las relaciones entre pueblos y naciones. Tampoco se identifica plenamente con el derecho civil, pues no está codificado ni custodiado por una autoridad determinada. Así, el derecho de gentes suareciano evita simultáneamente el naturalismo y el positivismo, abriendo un espacio decisivo a la costumbre, la historia y la contingencia como fundamentos del orden jurídico.
Mi ponencia abordó la concepción del tiempo en la metafísica de Francisco Suárez. Según Suárez, el tiempo —entendido como una línea infinita que se extiende de eternidad a eternidad y se despliega de manera regular y universal— no es una realidad subsistente en sí misma, sino un constructo del entendimiento humano. Ahora bien, este constructo no es arbitrario: se funda en aquello que todos los seres finitos tienen en común, a saber, su desarrollo, su obrar procesual y su fluir transeúnte. El entendimiento humano abstrae, a partir de esta experiencia compartida de mutabilidad, la noción de un tiempo continuo y homogéneo. Así, el tiempo queda inseparablemente vinculado a las existencias singulares y a su modo concreto de desenvolvimiento, lo que sugiere la imposibilidad de concebir el ser vivo al margen de sus circunstancias históricas.