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El manual completo del imperialismo en Venezuela: una nota urgente para comprender el asedio imperial en curso

Alejandro Pedregal

El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, a manos del imperialismo estadounidense marca una nueva y extremadamente grave escalada en la agresión sostenida contra la soberanía de Venezuela. Lejos de ser un hecho aislado o excepcional, este episodio forma parte de una ofensiva prolongada que combina la guerra económica y financiera, la deslegitimación política, la coacción militar y la producción de consenso mediático y hegemonía cultural. Ante la confusión informativa, la propaganda y la proliferación de narrativas especulativas, este artículo propone un marco analítico para comprender la lógica estructural del imperialismo contemporáneo y situar este ataque en el contexto del asedio al que ha estado sometida Venezuela durante décadas.

El imperialismo y el sistema mundial capitalista: un marco analítico

Desde la perspectiva del análisis de los sistemas mundiales, el capitalismo no se entiende como un conjunto de economías nacionales aisladas, sino como una totalidad histórica estructurada por relaciones jerárquicas de dominación y dependencia, articuladas a través del intercambio desigual. En este marco, el imperialismo no es una distorsión temporal ni el resultado excepcional de crisis o guerras específicas, sino más bien una dimensión constitutiva del sistema mundial capitalista, inseparable de su lógica histórica de expansión y su necesidad permanente de acumulación a escala global.

El imperialismo puede definirse, por tanto, como el modo jerárquico a través del cual se organizan la captura, la transferencia y la apropiación de valor en todo el mundo. Este proceso se basa en la subordinación estructural de algunas sociedades a otras dentro de una división internacional de la producción y el trabajo que separa a los países que no retienen el valor que producen de aquellos que lo capturan y concentran a través del intercambio desigual. Esta jerarquía configura los polos clásicos del sistema —núcleo y periferia, o Norte Global y Sur Global— así como los espacios semiperiféricos intermedios, donde coexisten dinámicas contradictorias de apropiación y dependencia. El imperialismo, en este sentido, segrega y ordena el mundo para garantizar la acumulación de capital, basándose en la extracción barata de mano de obra, bienes materiales y energía, y en la externalización sistemática de los costes a la periferia.

Lejos de reducirse a la dominación militar directa o al control territorial, el imperialismo contemporáneo funciona como un sistema integrado que articula diferentes esferas de la vida social. La dominación económica —basada en el control de los flujos de valor, la deuda, las sanciones o el acceso a los mercados— se ve reforzada por instrumentos políticos y diplomáticos, por la amenaza o el uso efectivo de la coacción militar y por formas de hegemonía cultural y mediática que ayudan a legitimar el orden existente en el imaginario social. Estas esferas no funcionan de forma aislada, sino que se combinan y se refuerzan mutuamente a través de diversos grados de coacción y consentimiento, buscando un equilibrio que permita naturalizar la subordinación imperial y normalizar la captura de valor como algo inevitable o incluso deseable.

La participación activa de los Estados es fundamental en esta arquitectura de dominación. A través de marcos legales, acuerdos internacionales, mecanismos diplomáticos y, cuando es necesario, el uso de la fuerza militar, se crean las condiciones para que las empresas transnacionales y las entidades financieras concentren la mayor parte de los beneficios del comercio mundial. En este contexto, es posible hablar de Estados imperialistas, situados principalmente en el núcleo del sistema mundial capitalista, en contraposición a otros Estados cuya posición estructural es de dependencia, independientemente de sus proyectos políticos internos o sus aspiraciones de desarrollo. Las diferentes fases históricas del imperialismo —colonial, neocolonial y neoliberal— muestran continuidades y rupturas en estas formas de dominación, generalmente asociadas a períodos de hegemonía de potencias específicas, con Estados Unidos como actor central del imperialismo contemporáneo.

Este marco permite analizar el caso venezolano no como una anomalía ni como un conflicto estrictamente interno, sino como una expresión concreta de las tensiones del sistema mundial capitalista y de las formas contemporáneas de agresión imperialista. Las dinámicas económicas, políticas, diplomáticas, mediáticas, culturales y militares que han configurado a Venezuela en las últimas décadas —y que han culminado en la intervención militar abierta de los últimos días, en violación del derecho internacional— solo pueden entenderse plenamente cuando se sitúan dentro de esta lógica estructural de dominación, captura de valor y disciplina de la periferia.

Venezuela en las engranajes del imperialismo contemporáneo

Situar el caso venezolano en el marco del sistema mundial capitalista requiere abandonar las explicaciones excepcionalistas o moralizantes y entenderlo como una expresión concreta de la dinámica estructural del imperialismo contemporáneo. Lejos de ser un mero conflicto bilateral, un «fracaso interno» o una supuesta «deriva autoritaria», la agresión sostenida contra Venezuela debe interpretarse como parte de un proceso de disciplina de la periferia en un contexto de crisis, reconfiguración geopolítica y declive relativo de la hegemonía estadounidense.

Desde el inicio del proceso bolivariano, la soberanía venezolana se convirtió en blanco de una confrontación sostenida por parte del imperialismo estadounidense y sus aliados regionales. Ya durante la presidencia de Hugo Chávez (1999-2013), esta ofensiva adoptó múltiples formas que presagiaban los mecanismos desplegados hoy contra Venezuela. El golpe de Estado de abril de 2002, respaldado por los sectores empresarial, mediático y militar y legitimado de facto por Washington, marcó un punto de inflexión, seguido meses más tarde por la huelga petrolera de 2002-2003, un acto de sabotaje económico destinado a paralizar PDVSA y asfixiar al Estado venezolano. Estos episodios estuvieron acompañados de operaciones de desestabilización política y financiera, como la financiación de la oposición a través de agencias estadounidenses (USAID y NED), la presión internacional durante el referéndum revocatorio de 2004 y la detección de complots paramilitares vinculados a Colombia, como la llamada Operación Daktari en 2004.

Estos acontecimientos también se desarrollaron en un entorno regional cada vez más militarizado, marcado por la expansión de la presencia estadounidense en Colombia y la realización de ejercicios militares que simulaban escenarios de intervención en Venezuela, incluido el precedente de la Operación Balboa en 2001, dirigida por España en coordinación con Colombia, Panamá y Estados Unidos. Paralelamente, se consolidó una guerra mediática internacional destinada a erosionar la legitimidad del gobierno bolivariano y preparar el terreno simbólico para formas más abiertas de fuerza. Lejos de ser incidentes aislados, estos precedentes revelan una estrategia prolongada de injerencia que combina presión económica, conspiración política, amenaza militar y disciplina discursiva, que continúa —a través de medios más radicalizados— en la fase actual de agresión imperialista contra Venezuela.

Así, en las últimas décadas —y con especial intensidad desde mediados de la década de 2010—, Venezuela ha sido objeto de una estrategia de dominación multifacética y cada vez más intensa, que combina sanciones económicas, estrangulamiento financiero, deslegitimación diplomática, operaciones de desestabilización política, amenazas militares, acciones encubiertas y una intensa guerra mediática y cultural. Esta articulación de instrumentos se corresponde claramente con los mecanismos imperialistas descritos anteriormente: un equilibrio relativo entre la coacción y el consentimiento destinado a forzar un cambio de régimen con el fin de imponer la sumisión del país a los circuitos globales de acumulación de capital.

El eje económico ha sido fundamental en esta ofensiva. Tras la desestabilización interna causada por las guarimbas de 2014, acompañadas de un aumento de la financiación directa de Estados Unidos a la oposición, las sanciones unilaterales de Estados Unidos, ilegales según el derecho internacional, se intensificaron a partir de 2015 y se volvieron cualitativamente más agresivas en 2017 y 2019. Estas sanciones no solo castigaron severamente la capacidad del Estado venezolano para comerciar, financiarse y sostener las políticas públicas, sino que también funcionaron como un mecanismo de guerra económica destinado a erosionar las condiciones materiales de la reproducción social. Las sanciones financieras impuestas en 2017 bloquearon el acceso a los mercados crediticios internacionales e impidieron la refinanciación de la deuda, mientras que el embargo petrolero de facto impuesto a PDVSA en 2019 —junto con la confiscación de activos estratégicos en el extranjero— profundizó el colapso de los ingresos públicos y la capacidad de importación del país.

Las consecuencias materiales de este estrangulamiento han sido ampliamente documentadas. Estudios del Centro de Investigación Económica y Política (CEPR) estimaron que las sanciones contribuyeron a 40 000 muertes evitables solo entre 2017 y 2018, al restringir el acceso a alimentos, medicamentos, suministros hospitalarios y servicios básicos, mientras que otros estudios elevaron la cifra a más de 100 000 para 2020. Los informes de las agencias de las Naciones Unidas han documentado el deterioro sostenido de los indicadores de salud, nutrición y mortalidad infantil y materna en el contexto de un colapso económico inducido. En 2018, un funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos reconoció abiertamente el objetivo de esta política, afirmando que las sanciones habían obligado a Venezuela a incurrir en impago y que el «colapso total» era la prueba de que la estrategia estaba funcionando.

Este proceso de asfixia económica ha ido acompañado de un despojo financiero directo, en el que han participado activamente instituciones de países centrales. El caso del oro venezolano retenido por el Banco de Inglaterra es particularmente ilustrativo. Con el argumento de «no saber quién es el gobierno legítimo», el Reino Unido se negó a devolver las reservas soberanas pertenecientes al Estado venezolano, incluso durante la emergencia del COVID. Paralelamente, se congelaron en el extranjero activos estatales por valor de decenas de miles de millones de dólares y se sometió a control judicial en Estados Unidos a empresas estratégicas como Citgo, privando al país de recursos fundamentales.

Este eje económico se articuló con una ofensiva política y diplomática destinada a negar la soberanía venezolana en la escena internacional. Tras el no reconocimiento de las elecciones presidenciales de 2018, en enero de 2019 Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados reconocieron inmediatamente a Juan Guaidó como autoridad paralela, a pesar de que ni siquiera se había presentado a las elecciones presidenciales. Un mes más tarde se produjo un intento de incursión desde la frontera colombiana con el pretexto de la «ayuda humanitaria». Estos episodios pusieron de relieve el papel desempeñado por los gobiernos, las organizaciones multilaterales y las alianzas regionales en la construcción de un consenso internacional para el cambio de régimen y la intervención, normalizando una interpretación notablemente elástica del derecho internacional en favor de los intereses hegemónicos.

Cuando estas herramientas no dieron los resultados deseados, la lógica imperial recurrió a formas de acción más directas. En agosto de 2018, se produjo un intento de asesinato del presidente Nicolás Maduro mediante drones explosivos. En los años siguientes, se intensificaron los despliegues navales estadounidenses en el Caribe, incluidas incursiones mercenarias como la Operación Gedeón en mayo de 2020 y recientes operaciones de interdicción con el pretexto de la «guerra contra las drogas», que han dado lugar al asesinato extrajudicial, sin pruebas, de más de un centenar de personas, muchas de las cuales se sabe que eran simples pescadores artesanales. En este contexto, la designación del fentanilo como «arma de destrucción masiva» o la criminalización del Estado venezolano a través de narrativas como la del llamado Cartel de los Soles sirvieron para construir un marco moral que legitimara la violencia imperial ante la opinión pública. Es revelador que esta última acusación fuera retirada una vez que comenzaron las audiencias judiciales contra Maduro, lo que puso de manifiesto su carácter instrumental y propagandístico.

Por supuesto, este aparato coercitivo no se sustenta únicamente en la fuerza. La producción de consenso ha sido igualmente crucial. Esto ha implicado la promoción internacional de los líderes de la oposición y mecanismos simbólicos de legitimación a través de premios institucionales, que van desde el Premio Sájarov de la Unión Europea a figuras de extrema derecha como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, hasta el Premio Nobel otorgado a la primera, o el ridículo Premio de la Paz de la FIFA otorgado a Donald Trump. Esto ha ido acompañado de una cobertura mediática sistemáticamente sesgada, con la repetición acrítica de términos como «dictador», «tirano», «autárquico» o «régimen» en los medios de comunicación convencionales, sensacionalistas e incluso deportivos, lo que constituye una estrategia cultural destinada a naturalizar la intervención y presentar el cambio de régimen como una causa deseable, humanitaria o incluso pacífica. Al igual que en otros escenarios históricos, la hegemonía cultural funciona aquí como un complemento indispensable de la coacción financiera y militar, convirtiendo la agresión en un componente central del sentido común político.

Sin embargo, detrás de esta ofensiva no solo se esconde una voluntad abstracta de disciplinar, castigar o dominar. Venezuela ocupa un lugar estratégico en la geografía material del capitalismo global, sobre todo por sus reservas energéticas. Aunque el petróleo venezolano es ultrapesado y costoso de refinar, su relevancia no puede evaluarse fuera de la configuración actual del mercado energético mundial. Venezuela posee una de las mayores reservas probadas de crudo del mundo —alrededor de 300 000 millones de barriles, principalmente en la Faja del Orinoco—, un volumen comparable o incluso superior al de grandes productores como Arabia Saudí o Irán, aunque en condiciones geológicas y técnicas complejas. La fuerte caída de la producción —actualmente entre 900 000 y 1,1 millones de barriles diarios, frente a los máximos históricos de más de 3 millones— refleja el impacto de las sanciones a través del estrangulamiento financiero y el consiguiente deterioro deliberado de la inversión y las infraestructuras.

En este contexto, el crudo pesado venezolano adquiere una importancia específica, ya que podría ayudar a compensar las limitaciones del petróleo de esquisto ultraligero de Estados Unidos, que se estima insuficiente por sí solo para satisfacer la demanda de diesel y otros destilados medios. Además, el petróleo venezolano se adapta a la capacidad instalada de las principales refinerías del Golfo de México, que están diseñadas específicamente para procesar crudos densos y con alto contenido de azufre. A esto se suma un importante factor logístico: la proximidad geográfica —entre 1500 y 2000 millas náuticas, frente a las 8000-10 000 del Oriente Medio— reduce los costes de transporte (y, por tanto, los costes de utilización del crudo) y la exposición a puntos estratégicos como Ormuz, Suez o Bab el-Mandeb, en un contexto de creciente inestabilidad mundial. Esta combinación de reservas, calidad del crudo, infraestructura de refinación y geografía explica por qué el control territorial y logístico del petróleo venezolano, aunque no es el único factor, sigue siendo un elemento significativo en las disputas geoeconómicas contemporáneas, más allá de las narrativas coyunturales utilizadas para justificar la agresión. Además, el control de estos recursos no solo tiene implicaciones energéticas, sino también financieras y monetarias, como parte de una estrategia destinada a reforzar el papel del dólar en el comercio internacional de energía con el fin de apuntalar un orden hegemónico en crisis.

En este sentido, Venezuela aparece como un lugar clave dentro de una retirada táctica más amplia de Estados Unidos hacia sus esferas de influencia (incluidos los esfuerzos por disciplinar a la Unión Europea, el Reino Unido, Japón y Corea del Sur), en un momento de transformación global, combustión y disputa estratégica. No se trata simplemente de renovar la Doctrina Monroe a través del «Corolario Trump» para reafirmar el antiguo «patio trasero» —como los imperialistas estadounidenses se refieren despectivamente a América Latina—, sino de consolidar posiciones frente a posibles competidores sistémicos, al tiempo que se refuerzan las dependencias y se liberan recursos para el eje central de la confrontación geopolítica contemporánea. Lejos de ser marginal, el caso venezolano se encuentra así en el centro de las contradicciones del imperialismo en su fase actual, ya que el núcleo percibe que ha perdido el control hegemónico sobre el resto del mundo.

Hechos frente a conspiraciones: la obligación estratégica de la información frente a la confusión de los medios imperiales

El análisis realizado hasta ahora permite llegar a una conclusión fundamental: sin herramientas de análisis estructural, las agresiones imperialistas parecen acontecimientos confusos, excepcionales o incluso inexplicables, a veces atribuidos a actitudes megalómanas o arrebatos psicóticos. En realidad, responden a patrones históricos bien conocidos. Entender el imperialismo como un sistema, en lugar de como una serie de excesos, errores o conspiraciones aisladas, no es un ejercicio intelectual abstracto, sino una necesidad política para identificar al agresor, nombrar la violencia y articular respuestas colectivas.

En contextos de crisis, incertidumbre y desinformación, esta tarea se vuelve aún más urgente. La ofensiva imperialista no se libra únicamente en los frentes económico, diplomático o militar, sino también en el campo de la producción de conocimiento. Lo que circula masivamente en esos momentos no es información neutral, sino, en el mejor de los casos, propaganda: narrativas diseñadas para desorientar, fragmentar, sembrar sospechas y desviar la atención de los hechos verificables hacia un pantano de especulaciones permanentes. El ejemplo más reciente ha sido el intento de sugerir que la exvicepresidenta —y ahora presidenta en funciones— Delcy Rodríguez traicionó a Nicolás Maduro. Sin pruebas, sin datos, sin nada, esta acusación ha impregnado los debates dentro de parte de una supuesta izquierda en las redes sociales que, a merced de los algoritmos, ni siquiera se ha atrevido a cuestionar el origen de la afirmación, a pesar de su amplia propagación por parte del propio Donald Trump, los servicios de inteligencia estadounidenses y los medios de comunicación con sede en Miami. Esto demuestra que cuanto mayor es la capacidad de difusión mediática de la hegemonía, más eficaz resulta su estrategia de desinformación y confusión.

La especulación sin pruebas, la amplificación acrítica de narrativas fabricadas en centros de poder hostiles y la obsesión por tramas opacas acaban favoreciendo a los intereses imperiales, debilitando la capacidad de denuncia, erosionando la confianza política y fragmentando a quienes deberían estar construyendo respuestas comunes. Donde se necesita claridad, unidad y fuerza, se introduce confusión, sospecha y parálisis. No se trata de negar la complejidad o de cerrar el debate, sino de poner en cuarentena las narrativas que claramente sirven a los intereses imperiales y de negarse a convertir la incertidumbre en un mercado de rumores. La historia del imperialismo demuestra que su mayor eficacia radica no solo en la violencia que ejerce, sino en su capacidad para desarmar políticamente a sus adversarios, incluso desde posiciones que se dicen críticas o de izquierda.

De hecho, ante una agresión imperialista que hace solo unas décadas habría provocado movilizaciones masivas, hoy en día vemos con demasiada frecuencia cómo el análisis se sustituye por teorías conspirativas recicladas, que a menudo provienen, como hemos visto, de los mismos medios de comunicación y aparatos de inteligencia que históricamente han impulsado campañas de desestabilización contra Venezuela y otros países del Sur Global. En este contexto, recuperar el análisis materialista, prestar atención a las estructuras, identificar los intereses en juego y mantener una crítica basada en hechos verificables no es una opción entre muchas, sino una obligación estratégica. En un mundo marcado por una crisis sistémica extraordinaria y la consiguiente intensificación de la agresión imperialista, el rigor intelectual y la disciplina no son lujos, sino formas de resistencia activa y condiciones indispensables para reconstruir la solidaridad internacional y la acción colectiva frente a agresiones como las que estamos viviendo actualmente.

Por esta razón, es necesario centrarse en los hechos que conocemos: sanciones, saqueo de activos, amenazas militares, operaciones encubiertas, violencia económica sistemática y, por supuesto, el secuestro del presidente constitucional y su esposa en violación del derecho internacional, en un momento en que cada vez está más claro que dicho derecho solo ha funcionado mientras ha servido al control global del hegemónico. Es a través de estos hechos corroborados que evitamos el lodazal de las opiniones infundadas y podemos centrarnos en lo que es esencial en este momento: denunciar la flagrante violación de la soberanía de Venezuela por parte de Estados Unidos, exponer la amenaza que esto supone para el resto del mundo y, en consecuencia, exigir la liberación inmediata de los ciudadanos venezolanos Nicolás Maduro y Cilia Flores.

Alejandro Pedregal, @AlejoPedregal, @alejopedregal.bsky.social

Fuente: Red Antiimperialista, 12 de enero de 2026, (https://anti-imperialist.net/blog/2026/01/12/the-comprehensive-playbook-of-imperialism-in-venezuela-an-urgent-note-to-understand-the-ongoing-imperial-siege/)

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