Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Por la filosofía

Francisco José Martinez (UNED y FIM)

Festividad de la facultad de Filosofía, 17 de abril de 2026

«Nuestro verdaderamente sólo tenemos la energía, la fuerza y la voluntad. Si yo enumerara cuanto debo a mis grandes antecesores y a mis contemporáneos, quedaría muy poco que anotar en mi cuenta»
Goethe, Conversaciones con Eckermann

 

Respetadas autoridades, queridos amigos, estimados compañeros, señoras y señores.

En primer lugar deseo testimoniar mi profundo agradecimiento a la Facultad de Filosofía por su amable invitación a pronunciar esta lección en el marco de la Fiesta de la Facultad de este año.

El título de esta lección, Por la Filosofia, alude a los dos objetivos de la misma. En primer lugar expresar mi sincera gratitud a la filosofía gracias a la cual he conseguido todo lo que soy; en segundo lugar, enunciar un protréctico en la estela de Aristóteles, Jámblico y Boecio bajo la forma de un alegato en favor de la filosofía que exhorte e impulse al cultivo de la misma en sus tres aspectos principales: como actividad profesional, como norma de vida y como compromiso ético y político.

En primer lugar, el agradecimiento. En un momento en que se expande a todos los niveles el credo neoliberal que concibe a los individuos como absolutamente independientes, encerrados en sí mismos y autosuficientes, es decir como idiotas en el sentido griego original de encerrados en lo propio sin conexión con el exterior, hay que insistir continuamente en el hecho evidente de que cada individuo solo es lo que es gracias a un entramado social y cultural que le ha permitido desarrollar sus aptitudes, aptitudes que tampoco son suyas propiamente ya que son el resultado de la combinación de los genes de sus progenitores. Nuestros padres, nuestros profesores, nuestros amigos, así como la sociedad en su conjunto en la que hemos nacido han aportado de forma decisiva su contribución a nuestro surgimiento y desarrollo. La educación en el sentido de sacar al exterior nuestras capacidades y la formación en el sentido de la configuración y modelación de dichas capacidades son los elementos de la paideia entendida como el proceso colectivo social y cultural por el que un cachorro humano se convierte en individuo gracias a la adquisición del lenguaje y de la cultura a través del amor y de la amistad, de Eros y filia, sin las que no hay educación posible y que configuran la vitalidad del joven, del pais griego o del puer latino, como energía productiva sin reprimirla. La educación filosófica del joven, ya desde el Poema de Parménides, ha de consistir en enseñarle el camino de la verdad y el de las opiniones de los hombres para no confundirlos. La sociedad en su conjunto va mostrando al individuo naciente un conjunto de posibilidades entre las que dicho individuo va conformando su personalidad. Como nos recuerda Deleuze, la subjetividad es el producto de un proceso de subjetivación en el que el exterior configura el interior hasta el punto de que se puede decir que la subjetividad es el interior del exterior, «le dedans du dehors», la interiorización e invaginación del exterior que produce lo interior como una vacuola del exterior.

En mi caso fueron mis padres y mi familia, junto con las instituciones públicas como el Instituto y la Universidad, los que permitieron e impulsaron mi proyección hacia el estudio. Los profesores modelaron y modularon esos impulsos iniciales dándoles formas cada vez más definidas. Los compañeros y los amigos mediante la ilustración mutua e informal que es la base de la amistad enriquecieron y aún lo siguen haciendo el caudal teórico del que me alimentaba. Integrado ya en la Universidad la vida académica de docencia e investigación me permitió desarrollar mis intereses teóricos de forma completamente libre favoreciendo el proceso de formación continua a través de la participación en congresos, debates y la lectura mutua de nuestros escritos. Como confesaba Goethe en la cita de arriba todo lo que somos se lo debemos a nuestros antecesores y nuestros contemporáneos. Dado que no hay teoría sin transferencia, es fundamental la figura del maestro en tanto que «sujeto supuesto saber» que permite insertar el pensamiento en el eje del deseo. Lo más marcado de cada carácter se desarrolla por sí mismo, pero las tendencias menos fuertes necesitan la educación para fortalecerlas, como le recordaba Goethe a Eckermann. En este fortalecimiento tiene un papel fundamental el contacto con los clásicos, aquellos autores y obras del pasado que todavía nos tienen algo que decir. Autores que traspasan su espíritu subjetivo y el espíritu objetivo de su época y su cultura para elevarse al espíritu absoluto , universal, que resuena en cada época aunque sea modulado de forma distinta. De igual manera los amigos y compañeros han contribuido de manera determinante a mi formación permitiendo esa feliz conjunción que tanto alaba Jarauta entre las ideas y la amistad como la base de las instituciones educativas.

En segundo lugar la exhortación a la filosofía en un momento como el nuestro en el que retomando el dicho de Hamlet: «El tiempo está fuera de los goznes», desquiciado, fuera del quicio. Un tiempo de crisis sin catástrofe, en el sentido de surgimiento de una nueva forma, previsible. Un tiempo de transición, interparadigmático, como dice Sousa Santos, en el que las creencias se resquebrajan y no surgen ideas nuevas que las reconstruyan. Tiempo en el que lo viejo se resiste a morir y lo nuevo, aparte de ser muy complejo, variopinto y contradictorio, no acaba de consolidarse. En este contexto tan acelerado y multifacético apostar por la filosofía es esencial. Más que nunca hay que defender la filosofía, y al conjunto de las humanidades, como un ámbito de reflexión y de detención del flujo acelerado de los acontecimientos. Nuestra época tardomoderna se define por un lado por una fluidez, una liquidez total que disuelve todo lo sólido en la estela del manifiesto marxiano, y por otro por una aceleración que amplía de forma desmesurada el horizonte de expectativas impidiéndole conectarse con el espacio de experiencias. Ya Walter Benjamin tras la Gran Guerra expuso la incapacidad creciente de los individuos para integrar el cúmulo de vivencias que recibían en los marcos de su experiencia previa, impidiendo la utilización del pasado acumulado para el presente vivido y la previsión del futuro.

En este contexto histórico la filosofía a la vez no es útil y, sin embargo, es cada vez más necesaria. La filosofía tiene que justificarse al contrario que las demás disciplinas, como ya vio Kant. El joven Ortega opuso en El Espectador a un siglo XIX entendido como el siglo moderno por excelencia dominado por la utilidad y el pragmatismo un siglo XX que tenía que sustituir la «cultura de medios» decimonónica por una nueva «cultura de las postrimerías», es decir de las preguntas últimas y esenciales. La filosofía es para-dójica se opone a la doxa, a la opinión dominante, no la sigue sino que la pone en cuestión. La filosofía más que un conjunto de respuestas es un cúmulo de preguntas. Como nos recuerda Jarauta en la estela de Agustín de Hipona y María Zambrano, «Nos interrogantes», somos nuestras preguntas y cuando no tenemos ya nada que preguntar nos hemos convertido en epígonos, en hombres póstumos, en «herederos sin testamento» que han recibido un cúmulo de saberes pero no las indicaciones precisas para su uso. La filosofía pretende «escuchar el rumor del tiempo», como decía de la poesía Ajmatova, y elevar el presente al nivel del concepto como decía Hegel. Vivimos en el tiempo, habitamos en el tiempo: «Templum tempus» y se trata de interrogar dicho tiempo. En ese sentido la filosofía es más problemática que teoremática, es decir plantea problemas, preguntas, cuestiones más que proporciona soluciones mediante la deducción teoremática de unos fundamentos seguros. La filosofía parte de la admiración ante las cosas, ante la presencia de las cosas, parte de la maravilla de los entes, y a partir de esta admiración y esa maravilla iniciales se pregunta por lo que los entes son, por el ser del ente, por la esencia. Esta pregunta por la cosa se distingue de las diversas formas en que nos referimos a la cosa, de las diversos aspectos que conocemos de la cosa. Esta pregunta por la cosa en sí misma considerada solo indica la esencia de la cosa pero no la representa, no la conoce. La cosa en cuanto tal resiste a la representación de la misma, no se agota en dicha representación, como afirma el idealismo. La ontología no se reduce a la epistemología, la cosa no se reduce al conocimiento de la cosa sino que es su presupuesto ineliminable pero también impredicable, inagotable ante cualquier predicación. Más allá de las diversas predicaciones del ente se encuentra la cosa misma como límite último, pensable a través de la razón pero no cognoscible a través de las categorías del entendimiento, la cosa como aporía, sin camino que lleve a ella

La filosofía ya en Heráclito requiere la historia en sentido etimológico en tanto que investigación, experiencia y conocimiento de muchas cosas pero necesita algo más, la conexión de las cosas entre sí, es decir el logos como la puesta en relación de unas cosas con otras, lo que permite ver de forma evidente, claramente, dichas cosas, captar su sentido. El logos confiere una unidad evidente a la multiplicidad de las cosas aportadas por la historia, por la investigación y experiencia de dichas cosas. La filosofía parte de la curiosidad por las cosas, de la historia, pero va más allá buscando la evidencia de las conexiones y relaciones entre dichas cosas, el logos que las une. La filosofía, según nos dice Cacciari, es filia, amistad, amor por la evidencia lógica, racional, por la claridad de las cosas en sus mutuas relaciones.

La filosofía presenta tres aspectos principales. Por un lado el aspecto técnico, profesional, que hace de ella una disciplina académica. En este sentido se trata de ser lo más académico que sea posible mediante el dominio de los idiomas en que se ha expresado la filosofía y el conocimiento de las temáticas que la constituyen como disciplina. La especificidad de la filosofía respecto a otras disciplinas especialmente las científicas residen en su pretensión de universalidad y de sistematismo. No se trata de erigir en la actualidad un sistema cerrado y global como el hegeliano, pero sin una pretensión sistemática la filosofía cae en la insignificancia o en el ensayismo subjetivista. No es posible ya un sistema cerrado, igual que no es posible ya una idea cerrada de totalidad , pero sin una tensión y un impulso hacia la totalidad y el sistema la filosofía queda en el diletantismo o se disuelve en las ciencias humanas. La filosofía no es un especialismo más sino que pretende conectar los distintos especialismos y reflexionar sobre los mismos abriéndolos unos a otros. La filosofía ha de estar en contacto permanente con las ciencias pero no se reduce a ellas, porque los problemas científicos son concretos y específicos, mientras que las preguntas filosóficas se centran en el origen o en el fin, precisamente los aspectos que las ciencias por definición no pueden tratar. Las ecuaciones científicas suelen presentar problemas en el cero y en el infinito quedando indefinidas o divergentes. La filosofía, discurso sobre el origen y la razón de las cosas, ha de presentarse hoy como una teoría de la contingencia, abierta al azar y la indeterminación.

Pero la filosofía, frente a lo que muchos en la actualidad opinan, no puede quedarse en una mera profesión autocentrada y reducida a mera técnica. La filosofía tiene una dimensión existencial, de forma de vida buena, y una dimensión ético-política como compromiso con la sociedad a través de la crítica de la doxa vigente mediante la introducción de la para-doxa, de la paradoja que rompe con el positivismo reinante y nos incita a pensar y con el esfuerzo por construir una sociedad justa. Como decía el presidente Mao hay que ser rojos y expertos, es decir buenos técnicos pero también sujetos éticos y políticos preocupados por los demás, de manera tal que el compromiso no vaya en detrimento de la profesionalidad ni esta sirva como pretexto para eludir el necesario empeño que el filósofo en tanto que intelectual tiene que poner en elevar el nivel de la discusión política en búsqueda de la verdad y la veracidad evitando la deformación de la realidad a través de las medias verdades que ocultan más que muestran la realidad. En este sentido pienso que el pecado que según la biblia nunca se perdona, el pecado contra el espíritu, es el pecado que cometen los intelectuales que a sabiendas mienten o tergiversan la realidad con fines partidistas, de los cuales tenemos sobrados ejemplos en nuestro panorama actual.

De igual manera, la filosofía desde su origen ha desempeñado un papel como guía de una vida buena, como soteriología, es decir, como un saber de salvación laica, como una ayuda para encontrar un sentido a la vida. La filosofía es un radical acto de liberación: liberación de las convenciones, de los prejuicios, de la autoridad. Es, como decía Bacon, la crítica de los ídolos que dominan la sociedad y frente a los que hay que desplegar un sano escepticismo que ponga de relieve la provisionalidad y revisabilidad continua de la realidad actual. La filosofía ha de ser realista en el sentido de preocupada por la realidad pero una realidad que no se agota en lo meramente actual, en lo presente inmediato, sino que tiene en cuenta las virtualidades, las potencias y latencias que viven en su seno y solo esperan una situación propicia para desplegarse. La realidad no se limita a lo actual, a lo efectivo , sino que está preñada de virtualidades. Por eso la filosofía ha de estar abierta a la posibilidad, no la posibilidad meramente ideal, fantasmática, producto de los ensueños subjetivos sino a la posibilidad real que se mueve ya en el seno de la actualidad para abrirse paso y transformarla y enriquecerla. La filosofía por ello ha de ser abierta , ha de vivirse como una aventura sometida al principio de proliferación de las posibilidades. La filosofía ha de plantearse con la autoexigencia que se sitúa en una dialéctica entre la realización parcial de nuestros proyectos y la insatisfacción siempre permanente respecto de nuestros logros. La filosofía tiene como uno de sus objetivos enriquecer la vida personal, que no es meramente individual sino la relación entre el yo y el nosotros en un horizonte de comunidad, como nos recordaba Husserl.

La filosofía ha de moverse entre los dos polos que describió Ortega como ensimismamiento y alteración; entre la dispersión en las cosas del mundo y el recogimiento interior para poder pensar con tranquilidad sobre dicho exterior y actuar sobre él de forma eficaz. El problema es que hoy padecemos un exceso de ensimismamiento y un déficit de apertura al exterior, de atención a lo otro y al otro. La inseguridad creciente ligada a los grandes fenómenos de la globalización que entrañan una exposición sin defensas frente al exterior está llevando a individuos y grupos a refugiarse en lo local, en la patria chica, en el terruño, el Strapaese que decía Gramsci, las tradiciones, lo vernáculo, lo nuestro, olvidando que la vida humana es drama, riesgo permanente, exposición a la circunstancia, en palabras de Ortega. Nos replegamos en lo conocido y habitual y privilegiamos la seguridad sobre la libertad, olvidando que es precisamente la afirmación de la libertad lo que nos hace humanos. Las tendencias iliberales que actualmente recorren el mundo se basan en ese anhelo de seguridad por encima de todo que se ve continuamente amenazada por el otro, sea la mujer, el emigrante, el transexual o cualquiera que se aparte de la media estadística en el grupo de referencia. Ese cierre en banda en torno a las tradiciones es lo más opuesto a la filosofía que pueda darse y es misión de esta recuperar su proyecto fundador de sustituir el mito por el logos , las imágenes y figuras por los conceptos y los fines transmundanos por el sentido de la tierra como base de la vida tanto individual como colectiva. La afirmación y defensa de la identidad, de la propia identidad , como objetivo último es el reconocimiento de la profunda inseguridad que se padece. Ya Michelet gritaba «mi yo, que me arrebatan mi yo» para expresar la angustia ante los cambios históricos profundos y acelerados de su época, multiplicados de manera exponencial en la nuestra. Pero el problema es que no hay una identidad fija y segura que defender ni en la que refugiarse. El ser humano es por esencia mestizo, hibrido, múltiple. No hay razas puras ni autóctonas. Todos somos mezclas más o menos variopintas. El mito de la autoctonía es eso, un mito. Todos somos el producto de cruces múltiples, genéticos y culturales. Por ello toda afirmación radical de identidad está condenada al fracaso. Hay que convivir con el otro porque nosotros mismo somos otros, como afirmó de forma genial Rimbaud al decir: «Je est un autre», «Yo es otro», destacando la impersonalidad incluso de la primera persona: no yo soy, sino yo es, y lo que somos no es algo nuestro sino otro. Lo ajeno es la base de lo nuestro, las fuerzas exteriores hablan por nuestra boca. Por ello refugiarse en lo local para protegerse de lo global es inútil ya que incluso lo más local está preformado , constituido, a partir de y por la globalidad. Lo prístino no existe ya, suponiendo que haya existido alguna vez. No hay mares del sur, ni oriente feliz, el desierto de lo real ocupa ya todo el globo. Como nos recordaba Marx retomando la fábula de Esopo: «Hic Rodhus, hic salta», «Aquí está Rodas, aquí hay que saltar». Nuestra circunstancia está aquí y no en ninguna otra parte. La filosofía es un universalismo bien temperado que tiene en cuenta las diferencias pero no se somete a ellas sino que las articula sin subsumirlas ni eliminarlas, como los pachtwork que combinan diferentes telas en una misma prenda formada cosiendo parches diversos.

De igual manera la filosofía es por esencia logos, razón, pero una razón no racionalista, no objetivista, ni reduccionista, abierta a la sensibilidad y a los sentimientos, es una razón erótica y estética, es decir que tiene en cuenta el deseo y la sensibilidad. La filosofía hoy se basa en una razón plural, múltiple y abierta; una razón más rizomática que arbórea en el sentido de rígidamente jerarquizada; una razón como deriva, como viaje en el que cuenta más el trayecto que la llegada; una razón que más que seguir rutas prefijadas hace camino al andar; una razón abierta a los saberes locales y subalternos, a las necesidades vitales de sus usuarios; una razón democrática y generadora de autonomía; una razón que rechaza la idea de una totalidad cerrada y conclusa y que se abre solo a totalizaciones parciales débiles, que surgen al lado de sus partes y no las anulan ni absorben; es una razón atenta a los fenómenos, que aspira a salvarlos y a no reducirlos de forma apresurada a esencias totalizadoras. En resumen, es una razón postmoderna pero en el sentido de transmoderna o de una modernidad tardía y reflexiva y no en el sentido de antimoderna. La razón actual es postmoderna no por ser antimoderna, reaccionaria frente a la modernidad, sino porque es consciente de las limitaciones y de los costes que conlleva la propia modernidad. La modernidad es innegociable, pero hay que entenderla no como prepotente sino como respetuosa con la diversidad y la diferencia. No se trata, pues, de saltar por detrás de la modernidad, como defienden actualmente los integrismos de diversos pelajes que nos acechan: el islamista, el sionista, el evangelista, el católico fundamentalista, etc. sino de hacer las cuentas con dicha modernidad llevando a la modernidad ante su propio tribunal, el tribunal de la razón, y hacer que se justifique y pague sus deudas; hacer que se tengan en cuenta sus costes y procurar superar sus limitaciones. De la crisis de la modernidad capitalista no se saldrá destruyendo la modernidad sino separándola del capitalismo y retomando sus ideales iniciales, postergados precisamente por su sumisión al capitalismo que ha privilegiado en su legado el pilar de la regulación, el de la seguridad, frente al pilar de la liberación. Ha privilegiado la razón tecnológica frente a la razón práctica y la razón estética, sensible y sentimental. Ha privilegiado el mercado frente a la democracia y a la comunidad. Frente a estas sumisiones se trata de recuperar el legado ilustrado y revolucionario depurándolo de sus limitaciones y haciéndolo converger con sus propios ideales, puestos entre paréntesis por su sumisión al capitalismo. Y en esta recuperación autocritica de la modernidad la filosofía ha de jugar un papel central.

En conclusión, este alegato por la filosofía la retoma como una indicación para la vida buena, una vida moderada, sosegada, calmada ,en la línea de las éticas estoicas y epicúreas, frente a toda hibris y desmesura, una vida pacificada con el medio ambiente y con los demás seres humanos, vistos como colaboradores esenciales y no como competidores despiadados; una vida serena basada en valores cualitativos y no meramente cuantitativos, igualitaria, democrática, solidaria.

Una filosofía contemplada también como una exhortación al compromiso ético y político con la conservación del planeta, el respeto a todas las culturas en lo que tienen más universalizable; una filosofía comprometida, en esta época presidida por las fakenews, con la verdad, una verdad obtenida mediante el diálogo comunitario, igualitario, sin apelar a la fuerza o a la seducción, basado solo en las buenas razones. Desde sus orígenes griegos la filosofía es un agon, una competición dialéctica que busca la verdad a través del diálogo.

Esta apelación a la filosofía no es producto del irenismo, ni del buenismo, ya que es consciente de las dificultades que dicha defensa de la filosofía entraña porque a veces habrá que luchar por conseguir las condiciones mínimas para la libertad como condición esencial de la filosofía; luchar contra las tradiciones opresoras, luchar contra la intoxicación permanente por parte de los más poderosos; luchar contra la prepotencia en todos los ámbitos.

En resumen, un llamamiento a la filosofía como agradecimiento , como amistad por el saber, como un trabajo institucional que defender, como una norma de vida buena que seguir y como un compromiso ético y político que cumplir.

Muchas gracias.

Enlace del acto en Canal Uned, minutos 7,05 a 30,13

https://canal.uned.es/video/69e888482153fa8e14081e73

Imagen de portada: La Filosofia mostrando la tierra. Fachada Universidad de Valladolid

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