Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Dossier sobre Inteligencia Artificial

Rezgar Akrawi / Jonathan Cook / Cao Xinyue

Presentamos tres materiales sobre un tema de gran actualidad, cada uno de ellos desde una perspectiva muy diferente. Lo que no agota, ni mucho menos, la discusión sobre este tema.

La bomba silenciosa: la inteligencia artificial y el desmantelamiento de la mente humana

De la servidumbre digital a un arma al servicio del capital y de la extrema derecha, ¿o una herramienta de liberación?

Rezgar Akrawi

El lado ruidoso y el lado silencioso de un mismo peligro

Lo que presenciamos hoy no es una toma del poder sobre la humanidad por parte de los robots, tal como el cine la ha imaginado en incontables películas. Es otro modelo de control digital, asentado en la automatización y en el uso de la inteligencia artificial y de los algoritmos para gestionar parcelas cada vez mayores de la vida cotidiana, y que deja a las sociedades cada vez más sometidas a sistemas, corporaciones y máquinas inteligentes.

Perder el control sobre estos sistemas, sin embargo, es solo el lado ruidoso del peligro. Ese lado se desarrolla con rapidez bajo la presión de la competencia entre las grandes potencias y las corporaciones capitalistas monopolistas, más deprisa de lo que pueden seguir las leyes, las sociedades y las instituciones educativas. Y aquí reside el fondo del asunto: el peligro no se detiene en la posibilidad de que estos sistemas se salgan de control, puesto que se desarrollan dentro de relaciones de propiedad y de una competencia capitalista feroz que hacen ese descarrilamiento más probable y multiplican su coste para la gente.

El lado más grave es mucho más silencioso. Bajo la estructura capitalista que desarrolla la inteligencia artificial y orienta sus usos, esta contribuye a moldear la conciencia de miles de millones de personas y a dirigir su atención y su conducta en un sentido que sirve a la lógica del modelo capitalista. Al mismo tiempo, la competencia entre los monopolios capitalistas digitales y las grandes potencias, a falta de límites y leyes eficaces, puede infligir los daños más graves a la mente humana y convertir la inteligencia artificial en un arma de destrucción masiva si su desarrollo y su difusión continúan a este ritmo desmedido y sin salvaguardas suficientes.

Estas inquietudes ya no provienen únicamente de quienes critican. En varias ocasiones, entre ellas el caso revelado por TIME, un sistema de inteligencia artificial se salió de control y atacó a otros sistemas. Días después, cerca de 1.400 ingenieras e ingenieros que trabajan en las grandes empresas de IA firmaron una petición conjunta que reclama herramientas técnicas y mecanismos internacionales de gobernanza para regular el ritmo de su desarrollo. Esa petición no fue un caso aislado, pues siguen llegando advertencias de investigadores del campo de que el desarrollo acelerado puede escapar por completo al control humano.

El Informe Internacional sobre la Seguridad de la Inteligencia Artificial, elaborado por más de un centenar de expertos con el respaldo de más de treinta Estados y organizaciones internacionales, advirtió de que los modelos han comenzado a distinguir entre el entorno de prueba y el uso real y a sortear los mecanismos de evaluación, de modo que capacidades peligrosas pueden pasar inadvertidas. Advirtió también de que los agentes de IA elevan el nivel de riesgo porque actúan de forma autónoma, lo que dificulta la intervención humana antes de que se produzca el daño. Existen riesgos serios de que los sistemas de IA se desarrollen a sí mismos, se salgan de control y pasen a desempeñar en la gestión y el control de los seres humanos un papel mayor del que nunca se previó.

Decenas de miles de personas, entre ellas científicos destacados del campo, han firmado una declaración internacional que exige prohibir el desarrollo de la «superinteligencia» mientras no exista un consenso científico de que puede alcanzarse de manera segura y controlada, junto con una amplia aceptación social, al tiempo que investigadores han dimitido de grandes corporaciones digitales en protesta por el rumbo del desarrollo de los sistemas de IA y por sus prioridades.

Nadie niega las enormes posibilidades que ofrece la inteligencia artificial. Comprime años de investigación en el descubrimiento de fármacos, desvela estructuras de proteínas que resistieron décadas a la ciencia, eleva la precisión del diagnóstico médico y permite detectar enfermedades en fases tempranas en las que se salvan vidas, modela el cambio climático y avisa de sus catástrofes antes de que golpeen, derriba barreras lingüísticas mediante la traducción y pone el conocimiento al alcance de quienes llevaban mucho tiempo privados de él, facilita la vida cotidiana y profesional a millones de personas y abre la puerta a servicios capaces de resolver problemas enquistados de la humanidad.

Precisamente esas conquistas son las que vuelven la pregunta más urgente, pues este artículo no discute esas capacidades. Su objeto es quién las posee, quién las dirige, a qué intereses sirven y cómo se ponen a trabajar.

Antes de seguir adelante, conviene distinguir tres capas que suelen confundirse. La primera son los «algoritmos de clasificación y recomendación», que deciden qué aparece ante nosotros y qué se nos oculta. La segunda son las «plataformas digitales» y su modelo de negocio asentado en la economía de la atención, es decir, en la conversión del tiempo y de los datos de los usuarios en beneficio. La tercera son las «herramientas de IA generativa», que sustituyen al ser humano en la escritura, el análisis y la toma de decisiones.

Cada capa tiene sus propios mecanismos y sus propios efectos, distintos de los de las demás, y sin embargo las tres aparecen hoy entrelazadas en manos de las mismas corporaciones capitalistas monopolistas y obedecen a una misma lógica de acumulación.

Ese entrelazamiento llega aún más lejos, porque la inteligencia artificial hace funcionar hoy las tres capas a la vez: los algoritmos de clasificación y recomendación se han convertido ellos mismos en modelos de IA, el modelo de negocio de las plataformas está impulsado por la inteligencia artificial a la hora de segmentar a los usuarios, medir su conducta y predecirla, y las herramientas generativas son inteligencia artificial en sí mismas. Por eso las veo estrechamente unidas, y por eso su separación es analítica y no real, lo que convierte en una necesidad intelectual leerlas en conjunto.

La orientación de la conciencia para afianzar la cultura capitalista neoliberal

Junto al uso de la inteligencia artificial para maximizar el beneficio, afianzar el control económico y político y reforzar la represión digital, esta tecnología se emplea de manera sistemática para moldear y orientar la conciencia de las personas, con el fin de reforzar la cultura capitalista y los valores neoliberales. Mediante el análisis de los datos y de la conducta de los usuarios, los algoritmos de clasificación y recomendación controlan el contenido que se muestra en las plataformas, y están diseñados para alimentar a cada persona con todo aquello que sirve a la visión capitalista y a sus políticas.

Esta tendencia se ha consolidado con la expansión de estas plataformas. Según el informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, cerca de tres cuartas partes de la población mundial son ya usuarias de internet, con un aumento de más de 240 millones de usuarios en un solo año. Esta expansión se debe en parte al empeño de las corporaciones monopolistas y las grandes potencias por llevar internet a todos los rincones del mundo, y a los países del Sur en particular, incluso en regiones que carecen de agua potable, electricidad y servicios básicos, porque la prioridad de la inversión va hacia lo que amplía el mercado antes que hacia lo que cubre las necesidades de la gente, con el objetivo de maximizar el beneficio, reforzar la dominación y colonizar digitalmente esas regiones.

Esto no significa necesariamente que todos esos usuarios queden en el mismo grado bajo la influencia de las aplicaciones de IA, aunque sí amplía la base material sobre la que opera este aparato.

La estructura capitalista de la propiedad y los modelos de beneficio empujan a los algoritmos a priorizar contenidos que sirven a los intereses del mercado y de las corporaciones monopolistas, y convierten así a los algoritmos en un instrumento de reproducción de la hegemonía cultural del capitalismo. Mediante este mecanismo, la conciencia colectiva es conducida paso a paso a aceptar esos valores como naturales e inevitables, por vías suaves, graduales e imperceptibles, hasta el punto de que la mayoría de quienes usan estas aplicaciones, incluidos sectores de la izquierda, las consideran herramientas neutrales. De este modo el aparato contribuye a consolidar la hegemonía capitalista, a reforzar la subordinación de las masas al orden existente y a marginar las alternativas de izquierda y progresistas, lo que amenaza la conciencia de las generaciones venideras y su capacidad de pensamiento crítico y de organizarse para el cambio.

El desmantelamiento de las capacidades humanas, la adicción digital y la profundización de la alienación

Esta amenaza alcanza al desmantelamiento de las facultades mentales de cada persona, y aquí la cuestión se desplaza desde la capa de los algoritmos que orientan lo que vemos hasta la capa de las herramientas de IA que nos sustituyen en el pensamiento mismo. Pese a la promoción de la inteligencia artificial como vía para facilitar la vida y elevar la productividad, los estudios científicos señalan que apoyarse en ella sin reflexión va acompañado de una profundización de la conciencia superficial y de un debilitamiento de las capacidades humanas.

Según un estudio de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, apoyarse en herramientas de escritura con IA reduce la actividad cerebral y debilita la memoria y la sensación de ser dueño de las propias ideas. Los investigadores dieron a este fenómeno el nombre de «deuda cognitiva», es decir, que la persona toma prestada capacidad mental del futuro a cambio de comodidad en el presente.

En la misma línea, un estudio publicado en la revista Societies halló que el uso frecuente de herramientas de IA se asocia con un debilitamiento del pensamiento crítico a través del mecanismo de la «descarga cognitiva», es decir, la delegación del recuerdo y del análisis en los dispositivos en lugar de realizarlos mentalmente, y en especial entre los jóvenes, lo que abre la perspectiva de una nueva generación menos capaz de analizar por su cuenta.

Un estudio de investigadores de la Universidad de California, basado en datos de más de seis mil niños dentro de un proyecto sobre el desarrollo cerebral en la adolescencia, señaló que los niños que más usan las redes sociales registran un descenso claro en lectura, vocabulario y memoria cuanto más se prolonga su tiempo de pantalla. Ese estudio se refiere en concreto a las redes sociales, pero el mecanismo que identifica, el traslado del esfuerzo mental a la pantalla, es el mismo que opera en las herramientas de IA, y allí actúa de manera aún más profunda, porque esas herramientas asumen la tarea misma de pensar.

La cuestión no se limita a los laboratorios. Los resultados del informe PISA, publicados el 8 de septiembre de 2026, llevaron el cuadro al nivel de sistemas educativos enteros. En Dinamarca, el alumnado registró los peores resultados de su historia, un retroceso equivalente a un curso escolar entero perdido, que el gobierno calificó de grave crisis educativa que supera todo lo previsto. El retroceso coincidió con una amplia expansión del uso de dispositivos digitales y de inteligencia artificial en las aulas, aunque la relación causal es demasiado compleja para reducirla a un solo factor.

El mismo cuadro se repite en 43 países donde el rendimiento cayó con fuerza, y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos encuentra una correlación entre este descenso y el aumento del tiempo de pantalla, el uso de la inteligencia artificial y la caída de la lectura voluntaria. Advierte de que lo más grave de todo ello es el debilitamiento precisamente de aquellas destrezas que más cuentan en la era de la inteligencia artificial, a saber, evaluar la información, conectar varias fuentes y pensar de manera analítica y crítica.

Este descenso no es un efecto secundario accidental. Detrás de él está la segunda capa, el modelo de beneficio de las plataformas asentado en la adicción digital. Las plataformas digitales y las aplicaciones impulsadas por inteligencia artificial no son simples servicios gratuitos ofrecidos por afecto a sus usuarios. Son instrumentos empleados de forma deliberada para reforzar una dependencia conductual e intelectual, en la que los grandes datos se explotan para comprender los móviles de las personas y manipularlos en un sentido que sirve a los intereses de las corporaciones y de las grandes potencias. El capitalismo invierte por distintas vías en técnicas que estimulan la conducta adictiva para asegurar la permanencia en las plataformas, y el proceso se convierte en un circuito cerrado que genera beneficio a costa de la salud mental y del rendimiento educativo, en especial entre las generaciones más jóvenes.

Sobre esta base, la alienación humana se reproduce en forma digital. La persona queda separada de sus facultades mentales y creativas y se encuentra cercada por un aparato técnico que le arrebata la capacidad de actuar y de pensar de manera autónoma, del mismo modo que el trabajador fue alienado de su producto bajo el capitalismo. Puede convertirse poco a poco en un ser sometido a los algoritmos que dirigen sus interacciones diarias y le determinan qué lee y qué ve, cómo piensa y cómo escribe y se comunica, lo que profundiza su dependencia de sistemas, corporaciones y Estados controlados por el capital y por las fuerzas de la explotación y del despotismo.

Una especie de servidumbre digital voluntaria y la pérdida del control

Si la adicción digital explica cómo una persona es arrastrada a este aparato, queda la pregunta más difícil: ¿por qué lo acepta mientras siente que elige libremente? Esta explotación psicológica no es más que una expresión de una dominación de clase que se profundiza cuanto más se aleja la inteligencia artificial de ser una herramienta tecnológica y más se acerca a ser un medio de reproducción de pautas de control social, político, económico e intelectual bajo el orden capitalista.

Lo que hace más peligrosa esta dominación es su carácter voluntario, pues las personas son empujadas, mediante la manipulación algorítmica y mediante la presión por usar la inteligencia artificial en el trabajo y en la vida diaria, hacia esta «servidumbre digital» sin coerción, bajo la ilusión de control y de elección, mientras sus decisiones son encauzadas por vías preparadas de antemano que sirven al capital y debilitan sus capacidades mentales, intelectuales y profesionales.

Esta implicación se vende como libertad individual. Quien usa estas aplicaciones lo hace por elección propia, y a quien no le gusta puede apagar su teléfono. Sobre esta base, muchos teóricos neoliberales rechazan toda intervención en el mercado digital y la consideran un paternalismo hacia las personas y una expropiación de sus decisiones personales.

Ahora bien, una libertad cuyas condiciones no pertenecen a quien la ejerce no es libertad alguna. La persona no eligió el algoritmo que ordena lo que ve, no tuvo parte alguna en el diseño de la aplicación que le imponen su empresa, la escuela de sus hijos, su banco y las administraciones del Estado, y nunca fue consultada sobre el modelo de beneficio que convierte su atención, su tiempo y su conducta en una mercancía rentable.

Esta es la libertad de elegir entre lo que el capital ha colocado ante ella, y no la libertad de decidir qué se coloca ante ella en primer lugar.

Aquí la posición de la izquierda se separa de la liberal, pues la cuestión no consiste en proteger a la persona de sí misma. Consiste en arrancar la decisión sobre la infraestructura digital a quienes la poseen, y en someter el diseño de los algoritmos, las fuentes de los datos y los modelos de beneficio a la autoridad y al control democrático de la sociedad. La libertad real comienza cuando las personas poseen colectivamente las condiciones de su vida, y no cuando se les ofrece, una a una, elegir entre alternativas hechas sin ellas.

Lo que ocurre en el plano de la persona se repite en el plano de la humanidad en su conjunto. A medida que un ser humano entrega día tras día sus pequeñas decisiones a los algoritmos, creyéndose libre y capaz de elegir, las sociedades entregan en paralelo sus grandes decisiones a sistemas digitales que ni supervisan ni comprenden.

El sometimiento de la humanidad a la máquina ha dejado de ser, por tanto, una cuestión de especulación filosófica. Se ha vuelto más real en medio de los avances de la inteligencia artificial y ante la ausencia de salvaguardas jurídicas internacionales y nacionales eficaces que la regulen, y a medida que rebasa los límites para los que fue programada puede convertirse en un aparato que toma por su cuenta decisiones cruciales, impuestas a la humanidad sin una supervisión humana real.

Bajo el capitalismo, la inteligencia artificial se desarrolla para servir a la acumulación de capital y queda sometida a la lógica de la competencia y de la dominación, lo que convierte la pérdida de control sobre ella en una posibilidad real y seria, y potencialmente devastadora.

La causa es la misma en ambos casos. La ausencia de propiedad colectiva y de control democrático popular es lo que lleva a la persona a perder el dominio sobre su propia conciencia y sus decisiones, y esa misma ausencia es lo que lleva a la humanidad a perder el dominio sobre el instrumento más peligroso que jamás ha construido. La servidumbre digital voluntaria y la pérdida del control son dos caras de una misma ausencia.

La inteligencia artificial puede convertirse en un arma de destrucción masiva

Este peligro no es menos grave que ninguna de las formas anteriores de servicio al capital, pues la carrera desenfrenada entre los polos capitalistas y las grandes potencias por el control de la inteligencia artificial lleva dentro de sí, a falta de normas y legislaciones internacionales y nacionales estrictas, la semilla de la pérdida de control y de su conversión en un instrumento de destrucción masiva que amenaza el futuro de la mente humana, y no solo los cuerpos y los bienes de las personas.

En el plano militar, esta carrera toma la forma de una verdadera carrera armamentista que abarca armas autónomas, drones independientes, robots de combate y sistemas de designación de objetivos y de decisión militar sobre la muerte y la destrucción. Los investigadores advierten de que estos sistemas pueden fallar cuando pasan del entorno de prueba a las condiciones de la guerra real, lo que puede producir errores, decisiones imprevistas y catástrofes de gran alcance. Este peligro no es hipotético. Ha habido sistemas de IA que se salieron de control en casos anunciados y documentados, entre ellos la muerte de un gran número de civiles por armas dirigidas por sistemas de IA, asunto sobre el que volvemos más adelante, y probablemente haya otros que nunca se hicieron públicos.

La destrucción que puede traer la inteligencia artificial, sin embargo, no se detiene en los límites de la guerra y de las operaciones militares. Tiene otro plano, más callado en su sonido y más largo en su alcance. El arma nuclear estuvo ligada a un uso militar directo, relativamente visible y sujeto a cálculos y acuerdos internacionales declarados, y su peligro quedó confinado al instante de la detonación y a lo que vino después.

En el plano de la conciencia, en cambio, la inteligencia artificial trabaja en silencio y se infiltra en los detalles de la vida diaria, en la educación, el trabajo, los medios, los servicios y la mayoría de las articulaciones de la sociedad. Debilita las capacidades humanas, profundiza la dependencia de los sistemas digitales, erosiona el pensamiento crítico y la autonomía cognitiva y amplía la vigilancia y la manipulación de la conducta. Aquí la destrucción se vuelve más callada y más extendida, y la propia servidumbre digital se convierte en una forma de arma de destrucción masiva, porque no mata a la persona de un solo golpe. Rehace su conciencia, sus capacidades y sus relaciones día tras día. Los dos planos son dos caras de una misma arma: uno destruye cuerpos en un instante, el otro desmantela mentes con calma.

Tomando ambos planos en conjunto, el peligro no reside únicamente en producir armas más letales, sino en igual medida en la reconfiguración del ser humano y de la sociedad cuando el desarrollo y el empleo de la inteligencia artificial quedan sometidos a la lógica del beneficio, la competencia, el monopolio y el control. La inteligencia artificial puede amenazar la capacidad humana de comprender, elegir, analizar y decidir, y dejar esa capacidad en manos de sistemas construidos desde el principio para servir a la rivalidad geopolítica y al beneficio antes que a las personas.

Por esta razón, cientos de investigadores destacados en inteligencia artificial, entre ellos quienes ayudaron a construir este campo, firmaron una declaración escueta que sostiene que «mitigar el riesgo de extinción causado por la inteligencia artificial debería ser una prioridad global junto a otros riesgos de escala social como las pandemias y la guerra nuclear».

Cuando la tecnología más peligrosa de la historia humana se convierte en una carta en manos de la rivalidad geopolítica y militar capitalista entre los grandes polos, sin frenos jurídicos, sociales y democráticos reales, el riesgo de perder el control deja de ser una amenaza solo para la conciencia individual y pasa a ser una amenaza para el futuro de la sociedad y de la humanidad entera.

Las corporaciones digitales y la inteligencia artificial al servicio de la extrema derecha

El empleo de la inteligencia artificial no se detiene en el servicio al capital en su sentido económico y cultural general. Se extiende hasta una alianza directa y creciente entre las mayores corporaciones digitales, la extrema derecha y proyectos militares y represivos en todo el mundo. Entre las expresiones más claras de esta alianza está el manifiesto publicado por Palantir Technologies en abril de 2026, sobre el que escribí en un artículo anterior como expresión de un «fascismo digital». Llama abiertamente a concentrar el poder en manos de una oligarquía financiera y tecnológica que considera la democracia liberal un obstáculo para su dominio, y a enrolar moralmente a los ingenieros de Silicon Valley al servicio de la maquinaria bélica y de seguridad.

Detrás de este proyecto está Peter Thiel, cofundador de Palantir y uno de los financiadores más destacados de Donald Trump y de JD Vance, y teórico de la corriente «aceleracionista», es decir, del llamamiento a liberar el desarrollo tecnológico de toda restricción, sea cual sea su coste social.

Sobre el terreno, esta alianza no se queda en la retórica. Palantir firmó, según el anuncio de la propia empresa, una asociación estratégica con el «Ministerio de Defensa israelí» para suministrarle «medios de combate» impulsados por IA, junto al Proyecto Nimbus gestionado por Google y Amazon, y a sistemas algorítmicos de designación de objetivos como Lavender y The Gospel, revelados por investigaciones periodísticas, que convirtieron la matanza masiva en Gaza en una fría operación de cálculo que reduce la vida de los civiles a datos.

En los propios Estados Unidos, y según lo documentado por organizaciones estadounidenses de derechos humanos, Palantir suministra a las autoridades de inmigración y aduanas, a través de su sistema ImmigrationOS, datos que aceleran las campañas de deportación forzosa y el rastreo de activistas y manifestantes, lo que llevó a Amnistía Internacional y Human Rights Watch a condenar de forma explícita a esas corporaciones. Así, la represión digital pasa de ser un instrumento para gestionar la conciencia por medios suaves a ser un socio activo en la muerte, la detención y la deportación.

En el plano internacional, Elon Musk, propietario de la plataforma X, ofrece el modelo más claro de una corporación digital puesta directamente al servicio de la extrema derecha. Ha prestado un apoyo considerable, a través de su plataforma, a fuerzas racistas de extrema derecha en todo el mundo, la última vez en las elecciones del estado alemán de Sajonia-Anhalt en septiembre de 2026, y está interviniendo activamente en las elecciones brasileñas en este momento. Un estudio de investigadores de AlgorithmWatch documentó cómo X, por la propiedad de Musk y su influencia directa sobre ella, se convirtió en un amplificador principal de su propia voz y de su discurso en apoyo de la extrema derecha en todo el mundo.

Con esto el cuadro queda completo: algoritmos e inteligencia artificial al servicio del capital y de la extrema derecha a la vez, desde la orientación suave de la conciencia hasta la alianza abierta con los proyectos militaristas, represivos y racistas más brutales del mundo de hoy.

La inteligencia artificial como terreno de lucha de clases y de lucha cognitiva

Por todo lo anterior, sería un error caer en un «determinismo tecnológico invertido» que presenta a los algoritmos como un agente independiente que fabrica conciencia de manera directa, como si el capitalismo pariera la tecnología y la tecnología pariera una sola conciencia en línea recta. La inteligencia artificial no es una entidad homogénea en manos del capital solamente. Es también un terreno abierto de lucha de clases y de lucha cognitiva. En el mismo momento en que determinadas corporaciones y Estados capitalistas digitales la emplean para aumentar los beneficios, la represión, la designación de objetivos y la muerte, los científicos del clima la usan para modelar los cambios ambientales y advertir de sus catástrofes, los médicos la usan en el tratamiento de enfermedades, los activistas recurren a ella para traducir material de derechos humanos y llevar más lejos las voces de las víctimas, y las fuerzas de la izquierda, los sindicatos y los movimientos obreros la usan para desarrollar su lucha.

Esta distinción tiene base empírica, pues la misma evidencia que registra el daño registra también el beneficio cuando cambian las condiciones, en la educación superior, en las escuelas y en los centros de trabajo, donde el rendimiento y la productividad suben cuando el sistema está diseñado para que quien lo usa haga el trabajo en lugar de hacerlo en su lugar, y cuando se mantiene la supervisión humana y social del proceso. Esas dos condiciones son una decisión social, y quien posee y decide es quien las fija. Queda la pregunta más importante: ¿quién se beneficia de estas ganancias? El aumento de la productividad significa un incremento de la plusvalía extraída del trabajo de las y los trabajadores de la mano y del intelecto, y la inteligencia artificial no suprime aquí la explotación.

La intensifica y la profundiza, porque produce el mismo valor con menos trabajo y menos tiempo y convierte la diferencia en beneficio. La cuestión, por tanto, no es si sube la productividad, pues sube. La cuestión es adónde va ese excedente: a los salarios de quienes lo producen, a acortar su jornada y mejorar sus condiciones, o a los beneficios de los empleadores capitalistas. La respuesta está a la vista, y es la segunda.

Todo esto adopta su forma más nítida en el terreno del trabajo, donde la inteligencia artificial se presenta como una entidad independiente que «se apodera» de los empleos por sí sola. Esa imagen es una cobertura ideológica que oculta que cada empleo suprimido es una decisión tomada en un consejo de administración, y los mayores propietarios de esta tecnología hablan ya de prescindir en breve de profesiones enteras que emplean a muchos millones de personas. Incluso allí donde la inteligencia artificial no sustituye a nadie, basta con la mera perspectiva de que lo haga para disciplinar a todo el mundo, y quienes trabajan aceptan jornadas más largas, salarios más bajos y una vigilancia más estrecha por miedo al despido. Este es el ejército de reserva de la fuerza de trabajo en su forma digital.

Al capital le basta con mantenerlo visible en el horizonte para debilitar a la clase trabajadora en la negociación, en la organización y en la huelga. El desempleo aquí no es un destino tecnológico. Es una decisión que toma el capital, y la misma tecnología que suprime un empleo es capaz de acortar la jornada laboral manteniendo el salario y ampliando el tiempo de descanso, si la decisión estuviera en manos de quienes producen el valor.

Esto es lucha de clases en el sentido pleno del término, y no un resultado técnico neutral. Sea cual sea la cara de esta tecnología que examinemos, daño, beneficio o ganancia, la respuesta vuelve cada vez al mismo punto: quien posee es quien decide. No se trata de una repetición accidental. Los algoritmos son en esencia ecuaciones matemáticas sin clase propia, y adquieren su función social y política de las relaciones de producción en las que operan, y de la entidad que posee los datos, sus laboratorios y sus centros de procesamiento, y que decide con qué fin y en interés de quién trabajan.

Aquí aflora la contradicción fundamental. La inteligencia artificial es un producto social en el sentido pleno, levantado sobre el conocimiento humano acumulado y sobre el trabajo de millones, y sin embargo sus frutos son apropiados como propiedad privada por un puñado de monopolios y de Estados. Esta es la contradicción entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de sus resultados, reproducida hoy en la fuerza productiva más avanzada de la historia de la humanidad. El problema fundamental reside menos en la máquina misma que en la propiedad de los medios digitales de producción y en el control sobre ellos, y esto es lo que traslada la batalla del terreno de la queja sobre la tecnología al terreno de la lucha de clases.

Conclusión y tareas: hacia una inteligencia artificial al servicio de la humanidad

Si esta dinámica continúa sin una respuesta colectiva asentada en una conciencia de izquierda, progresista y de derechos, y sin leyes y legislaciones internacionales y nacionales que garanticen la justicia y la transparencia digitales y las enmarquen en estructuras sociales y de base, la inteligencia artificial puede convertirse poco a poco, de instrumento en manos del capitalismo, en un sistema que sustituye funciones esenciales de la mente humana y a través del cual se gestiona la vida cotidiana. Esto ha empezado ya a ocurrir mediante el uso excesivo de aplicaciones digitales e inteligencia artificial en la mayoría de los ámbitos de la vida profesional y personal.

Lo que tenemos hoy delante no es un destino tecnológico escrito de antemano. Es el producto de decisiones políticas y económicas que sirven a los intereses del capital, y puede ser combatido, por difícil que resulte. Poner la inteligencia artificial bajo control, regular los algoritmos y someterlos a supervisión democrática es una responsabilidad colectiva que exige trabajo y organización de izquierda, progresistas y de derechos a escala global, junto con el impulso de alternativas digitales comunitarias y participativas que devuelvan a las personas su capacidad de pensamiento autónomo y de acción colectiva, y que hagan de las aplicaciones digitales herramientas auxiliares al servicio de la mente humana en lugar de un sustituto de ella.

Para lograrlo hace falta trabajar por situar la infraestructura de datos bajo el interés público, la administración democrática y la rendición de cuentas social, por convertir los algoritmos de «cajas negras» cerradas en software de código abierto sometido a revisión colectiva y a auditoría independiente, por imponer la transparencia en el diseño de los modelos y en las fuentes de los datos con que se entrenan, y por apoyar alternativas digitales cooperativas propiedad de quienes las usan y de quienes trabajan en ellas. Esta tecnología debería además orientarse a servir a las necesidades de la sociedad y a contribuir a la distribución de la riqueza, la organización de la producción, el tratamiento de las enfermedades, el combate contra la pobreza y la realización de la justicia social.

Sin tales mecanismos, las demandas de leyes, supervisión y regulación siguen siendo generales e insuficientes, y la tecnología sigue siendo rehén de un puñado de corporaciones capitalistas monopolistas y de grandes potencias. En cambio, mediante la propiedad social, la rendición de cuentas y las alternativas cooperativas, se vuelve posible arrancar la inteligencia artificial a la lógica del monopolio y del beneficio y convertirla en propiedad colectiva y en un medio de liberación humana y de servicio a la humanidad, en lugar de un instrumento para esclavizar a la humanidad.


Fuente: Substack del autor, 16 de septiembre de 2026 (https://jonathancook.substack.com/p/super-intelligent-ai-wont-kill-us)


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Rongjiang, que en su día fue uno de los condados más pobres de China, está convirtiendo los teléfonos inteligentes, la capacitación masiva y la organización colectiva en un experimento de inteligencia artificial centrada en el pueblo.

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