La teología económica del papa León XIV
Gerardo Lisco
He dejado pasar deliberadamente un tiempo antes de proponer una reflexión sobre la Magnifica Humanitas de León XIV. No por desinterés, sino por una decisión deliberada. He preferido esperar a que se agotara lo que yo definiría como el «desahogo generalizado» que siguió a la publicación de la encíclica: la sucesión inmediata de comentarios, interpretaciones, simplificaciones y tomas de posición que acompaña ya a cualquier documento destinado a tener una repercusión pública significativa. En estos casos, el riesgo es que la necesidad de comentar prevalezca sobre la de comprender y que un texto complejo se reduzca rápidamente a las categorías ya existentes en el debate público. Una encíclica, en cambio, requiere tiempo. Requiere ser leída, releída y, sobre todo, observada a la luz de los procesos reales que atraviesan la sociedad. Existe, además, una segunda razón, quizá aún más importante, que me lleva a volver sobre ella hoy. El contexto en el que vivimos está marcado por la guerra, la incertidumbre económica y las dificultades que inciden directamente en la vida cotidiana. Las familias y las empresas se enfrentan a costes crecientes, a la fragilidad económica y a una dificultad general para construir perspectivas de futuro. Las transformaciones tecnológicas, a partir de la inteligencia artificial, plantean nuevas interrogantes sobre el trabajo, la distribución de la riqueza y la solidez de las relaciones sociales. Es precisamente en un momento como este cuando puede resultar útil volver a centrar la atención en la Magnifica Humanitas. No tanto para buscar en ella respuestas puntuales a problemas económicos concretos, sino porque la encíclica plantea una pregunta que precede a las posibles soluciones: ¿qué concepción del hombre y de la sociedad debe orientar nuestras decisiones económicas? Al releerla al margen de la inmediatez del debate que acompañó a su publicación, me parece que la Magnifica Humanitas contiene, de hecho, algo más que una reflexión sobre la inteligencia artificial, el trabajo o las transformaciones tecnológicas. Me parece que esboza un criterio a través del cual interpretar la propia economía y el lugar que esta debe ocupar en la sociedad. De esta consideración surge la reflexión que sigue.
En general, estamos acostumbrados a hablar de teología política, es decir, de la relación que vincula las categorías políticas con las teológicas. La referencia inevitable es Carl Schmitt, según quien los conceptos fundamentales de la doctrina moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados. Es menos habitual hablar de teología económica. Sin embargo, esta categoría no es del todo ajena a la reflexión contemporánea. Giorgio Agamben, en particular en El Reino y la Gloria, ha investigado la genealogía teológica de la economía y del gobierno, remontándose al significado original de la oikonomia y a su papel en la tradición cristiana. La lectura de la Magnifica Humanitas de León XIV sugiere, sin embargo, una posibilidad diferente de entender la teología económica: no solo buscar el origen teológico de determinadas categorías económicas, sino interrogarse sobre las consecuencias económicas que se derivan de una concepción teológica concreta del hombre. Es en este sentido que considero posible hablar de una teología económica de León XIV.
Para comprender esta afirmación es necesario partir necesariamente de la introducción de la encíclica. Escribe León XIV: «La magnífica humanidad creada por Dios se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habitan juntos». Desde las primeras líneas se plantea, de manera clara y radical, el tema de la humanidad como creación de Dios. Este es el fundamento sobre el que se desarrolla toda la reflexión posterior. El horizonte es el de la construcción de una ciudad en la que Dios y la humanidad puedan habitar juntos. Pero dicha construcción no puede prescindir de las formas concretas mediante las cuales los hombres organizan la sociedad, el trabajo, la producción y la distribución de la riqueza. Es precisamente en este punto donde la teología se encuentra con la economía. En las últimas tres o cuatro décadas hemos asistido, por el contrario, a una progresiva inversión de la relación entre economía, sociedad y política. La economía ha asumido una posición cada vez más hegemónica tanto respecto a las relaciones sociales como a las políticas. La sociedad se ha convertido cada vez menos en comunidad y cada vez más en mercado; la política, a su vez, ha corrido el riesgo de reducirse a una función reguladora y normativa del mercado y de los intereses que en él operan. La perspectiva señalada por León XIV parece invertir este paradigma: no es la economía la que establece lo que es posible para el ser humano, sino que es una determinada concepción del ser humano la que establece lo que se le puede exigir a la economía.
Naturalmente, una reflexión de este tipo no surge con León XIV. Ya con el papa Francisco había surgido con fuerza una reflexión sobre la economía. El 1 de mayo de 2019, Francisco convocó en Asís a jóvenes economistas y empresarios, invitándoles a «dar un alma a la economía del mañana». De esa iniciativa surgió The Economy of Francesco. Esta experiencia ha encontrado importantes puntos de contacto con la tradición de la economía civil, en la que han trabajado, entre otros, Luigino Bruni, Stefano Zamagni y Leonardo Becchetti. Sus orígenes modernos pueden remontarse a Antonio Genovesi y Giacinto Dragonetti, mientras que sus raíces más lejanas pueden identificarse en la escolástica franciscana. La economía civil se distingue de la tradición de la economía política porque atribuye un valor central a la reciprocidad, a las relaciones, a la confianza y al bien común. Se presenta, por tanto, como una tradición diferente al individualismo que ha caracterizado a una parte importante del pensamiento económico moderno. No obstante, sería simplista identificar simplemente la perspectiva de León XIV con la economía civil. La cuestión planteada por la Magnifica Humanitas parece más profunda: se refiere al criterio mediante el cual juzgar la economía misma. La economía civil puede representar una posible traducción de ello, pero el fundamento señalado por la encíclica precede a cualquier modelo económico específico.
Y es aquí donde el trabajo vuelve a cobrar un papel central. El tema recorre la historia del cristianismo desde sus orígenes. Basta con recordar la Segunda Carta a los Tesalonicenses de San Pablo. En un mundo clásico en el que el trabajo manual se asociaba predominantemente a los siervos y a los esclavos, el cristianismo contribuye a devolverle la dignidad. Desde San Agustín hasta San Benito de Norcia, pasando por la gran época de la doctrina social de la Iglesia inaugurada por la Rerum Novarum de León XIII y continuada, de diversas formas, por Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, el trabajo constituye un hilo conductor que recorre la historia de la Iglesia. El trabajo no tiene únicamente un valor económico. No es simplemente uno de los factores de producción. Es expresión de la persona, relación con los demás y participación en la continuación de la obra creadora. El trabajo adquiere así un significado que es a la vez económico, social, político y religioso.
Es partiendo de esta concepción como también puede entenderse la referencia de León XIV al bien común. El Papa escribe: «Es una ilusión pensar que basta con buscar el propio progreso para contribuir al bien de todos, sin tener que preocuparse realmente por los demás». El bien común, prosigue León XIV, no coincide con la mera suma de los bienes individuales: de la interdependencia entre las personas surge un «plus», una red de bien social capaz de superar y, al mismo tiempo, enriquecer los intereses de cada uno. Se trata de una concepción que cuestiona radicalmente la idea de que de la mera búsqueda del interés individual pueda derivarse automáticamente el bien colectivo. La centralidad del trabajo y la relación entre las personas conducen así a la recuperación de la comunidad.
Y es precisamente la centralidad del trabajo la que permite abordar una de las cuestiones decisivas de nuestro tiempo: la innovación tecnológica y, en particular, la inteligencia artificial. La cuestión no consiste en oponer al hombre a la máquina ni en rechazar la innovación. El problema es establecer según qué criterio debe evaluarse el progreso tecnológico. Si el criterio es exclusivamente el del beneficio y la eficiencia, toda innovación capaz de reducir el coste del trabajo y aumentar la productividad se considerará necesariamente positiva. Pero si se sitúa en el centro la Magnifica Humanitas, el criterio cambia. Entonces resulta necesario preguntarse qué consecuencias tiene la innovación para la persona, el trabajo y la comunidad. ¿Quién se beneficia del aumento de la productividad generado por la inteligencia artificial? ¿Quién soporta los costes? ¿Qué efectos tiene la sustitución del trabajo humano por las máquinas? Y, sobre todo: ¿puede el beneficio constituir la única medida mediante la cual evaluar tales transformaciones? Desde esta perspectiva, el mercado deja de ser el criterio último de evaluación de la actuación económica y vuelve a ser uno de los instrumentos a través de los cuales se organizan las relaciones económicas y sociales. Lo primero es la Magnifica Humanitas.
Este es, en mi opinión, el punto desde el cual es posible comprender hasta el fondo el significado de la encíclica. Si el trabajo es relación y participación en la obra creadora, representa uno de los instrumentos a través de los cuales la persona entra en relación con los demás y construye la comunidad. Tras el trabajo, por tanto, surge inevitablemente el segundo gran tema de la Magnifica Humanitas: la comunidad. La recuperación de la dimensión comunitaria se vuelve esencial para afrontar las grandes transformaciones de nuestro tiempo: la inteligencia artificial, las migraciones, la transición ecológica, las crecientes desigualdades. En cuanto al tema de las migraciones, León XIV retoma un principio ya presente en el magisterio anterior: junto al deber de acogida, debe reconocerse también el derecho a no emigrar, es decir, la posibilidad de que toda persona pueda vivir dignamente en su propia tierra sin verse obligada por la pobreza, la guerra o la falta de perspectivas a abandonarla. Lo mismo ocurre con la transición ecológica. Con la Laudato si’, el Papa Francisco había abierto un camino fundamental, poniendo de manifiesto la imposibilidad de separar la cuestión medioambiental de la social. León XIV se inscribe en esta línea, pero las transformaciones en curso hacen aún más evidente un problema: toda transición conlleva costes y beneficios y plantea inevitablemente la cuestión de cómo deben distribuirse. Pensar en abordar la transición ecológica confiando exclusivamente en los mecanismos del mercado y en la lógica del beneficio corre el riesgo de dificultar enormemente la construcción del consenso social necesario para la transformación. Si los costes los soportan principalmente unos, mientras que los beneficios se concentran en manos de otros, la transición corre el riesgo de alimentar nuevas desigualdades y nuevos conflictos. Por ello, el tema de la comunidad no constituye un elemento accesorio de la reflexión económica. Constituye su premisa.
El trabajo y la comunidad conducen, en definitiva, a un tercer concepto: el límite. Quizás sea precisamente esta la categoría a través de la cual comprender el significado más profundo de la teología económica de León XIV. La modernidad económica y tecnológica ha alimentado progresivamente la idea de la posibilidad de un crecimiento potencialmente ilimitado: de la producción, del consumo, de la capacidad tecnológica, de la transformación de la naturaleza y, hoy en día, incluso de las capacidades cognitivas confiadas a las máquinas. La Magnifica Humanitas parece recordarnos, en cambio, que existe un límite que ningún cálculo económico puede traspasar: la persona humana. El límite no representa necesariamente la negación del desarrollo. Al contrario, es lo que permite distinguir el desarrollo del mero crecimiento del poder económico y tecnológico. Una economía sin límites acaba considerando todo como un medio: el trabajo, la naturaleza, las relaciones y, en última instancia, al propio hombre. La teología económica de León XIV puede interpretarse, pues, como un intento de reconstruir una jerarquía que en las últimas décadas se ha ido invirtiendo progresivamente: no el hombre al servicio de la economía, sino la economía al servicio del hombre; no la comunidad subordinada al mercado, sino el mercado integrado en la comunidad; no la tecnología como medida de lo posible, sino la persona como medida del progreso.
El trabajo, la comunidad y el límite se convierten así en las tres categorías a través de las cuales devolver a la economía su función originaria: ser un instrumento al servicio de la vida humana y no el principio mediante el cual se atribuye valor a la vida misma.
Quizá sea aquí donde la Magnifica Humanitas manifiesta plenamente su naturaleza de teología económica. Si la teología política ha tratado de mostrar cuánto de teológico sobrevive en las categorías de la política moderna, León XIV parece proponer el movimiento inverso: partir de una concepción teológica de la persona para cuestionar la economía, la tecnología y la sociedad. La pregunta decisiva, pues, ya no es solo cuánto podemos producir, ni cuánto podemos innovar, sino qué humanidad queremos construir a través de lo que producimos y de lo que innovamos. Es esta pregunta la que devuelve la economía al seno de la Magnifica Humanitas.