Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Muchas más que 100 (I)

Salvador López Arnal

Reseña de Mario Bunge, 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café, Pamploma: Laetoli, 2014, 294 páginas.

Se dirá que 100 ideas es mera «filosofía periodística», nada que ver con su monumental Tratado de filosofía. Y se dirá mal o muy mal porque estos artículos periodísticos de Mario Bunge [MB a partir de ahora] se basan y recogen una buena parte de las ideas desarrolladas en el Tratado. No es 100 ideas un manjar pantagruélico (aunque también), pero es, sobre todo, un libro lleno con exquisiteces (en catalán solemos decir: «En el pot petit hi ha la bona confitura»). Por lo demás, no ha sido MB el único gran filósofo que ha escrito en periódicos. Entre muchos otros, recordemos los nombres de Ortega y Gasset… o, cuando les dejaron y pudieron, de Manuel Sacristán, Francisco Fernández Buey, Antoni Domènech, Miguel Candel, Félix Ovejero o Santiago Alba Rico.

100 ideas es libro para pensar y discutir en el café (sin mucho ruido en los alrededores), en casa, con los amigos, en un seminario, en un centro obrero-popular… y también en la Academia.

No es necesario que presente con detalle a MB. Con palabras de Dominique Raynaud: «Físico de formación, filósofo de profesión, mundialmente conocimiento por su Treatise on Basic Philosophy (1974-1989) en ocho volúmenes que cubren todos los campos de la filosofía, miembro de innumerables academias internacionales, hombre afable y cortés. MB no necesita mucha presentación»

Señalo dos de los puntos biográficos (de la solapa interior) que tienen más relevancia para mí. El primero: «Su formación humanística y política se enraizó en los barrios obreros de Buenos Aires, que recorrió de niño junto a su padre, médico y diputado socialista. A los 19 años [MB nació en 1919] fundó la Universidad Obrera Argentina [UOA], que fue clausurada en 1943 por la dictadura militar…» El segundo: «En 2011, la revista Science elaboró una lista de los científicos más influyentes de los últimos 200 años: “The Science Hall of Fame”. MB ocupaba el puesto 113 y era el único de origen hispanohablante entre los 300 primeros.»

100 ideas se publicó inicialmente en la editorial Sudamericana de Buenos Aires, en 2006. Para esta edición, MB escribió un Prefacio (Montreal, invierno del año 6) en el que señalaba, regalándonos afortunadamente varios argentinismos: «Esta es una colección de artículos periodísticos publicados en el curso de los últimos años. Tratan de temas muy diversos: biología, ciencia en general, ética, filosofía, física, gobierno, historia, literatura, política, psicología, religión, sociología, técnica, universidad, vida cotidiana y otros yuyos [hierbas que sirven de condimento]». No exagera, tal cual lo dice.

La diversidad de los artículos es tal, prosigue, que los ha ordenado alfabéticamente, «lo que garantiza que sus temas estén distribuidos al azar. Lo que a su vez permite leer este libro en cualquier orden y en cualquier circunstancia» (¡de acuerdo también!), incluso, señala, mientras se hace cola o se espera turno en una amansadora [antesala, espera prolongada].

En este salpicón [un plato hecho con carne, papa, cebolla y otros ingredientes] «hay de todo y para muchos gustos» (y para más de un disgusto, admitámoslo). MB no ha intentando contentar a todos. «Me he limitado a escribir lo que pensaba en el momento, o sea, sin tacto» (sin excesivo tacto, más bien). Se lo dijeron sus padres: «Marucho, no tienes tacto». Esa carencia, observa, le salvó «de hacer una carrera política, pese a que desde chico ha sido un apasionado espectador de la política», pasión presente en el libro en muchos artículos

MB confiesa haber escrito estos artículos «para informar, provocar [¡lo consigue en ocasiones!], proponer, entretener y divertirme, aunque no para “matar el tiempo”, barbarismo que sacaba a mi padre de sus casillas» (también a mí). Ojalá, señala finalmente, «mis lectores se diviertan leyendo estas páginas casi tanto como yo al escribirlas». Los lectores nos divertimos a veces… y nos ilustramos siempre o casi siempre.

MB también escribió desde Génova otro prólogo para la edición de Laetoli en 2014, la versión que he usado. Algunas de sus consideraciones (que suscribo casi en su totalidad): 1ª. «No exageremos la importancia de las ideas. Recordemos que el gran Rousseau las consideraba inferiores a los sentimientos; que Fernando VII advirtió contra “el hábito funesto de pensar”; que el general fascista Millán Astray rugió “¡Muera la inteligencia!”; y que el profesor Gianni Vattimo se hizo famoso en Turín y sus alrededores exaltando lo que llamó “pensamiento débil” y desdeñando el riguroso.» 2ª. «En resumen, 100 ideas son poco más que nada. Lo que importa no es la cantidad del pensamiento sino su calidad: su generalidad, profundidad y verosimilitud. Y las ideas que cumplen estas condiciones no están al alcance de cualquier perro, ni siquiera [viene un zasca innecesario] al de cualquier profesor». 3ª. «Las mejores ideas son las que hacen abrir la mente, no la boca: las que provocan e incitan a inventar nuevas ideas. En esto consiste la fuerza de algunas de ellas. Y la debilidad de otras consiste en que inmovilizan en lugar de movilizar».

Así, pues, 100 artículos, 100 apartados que contienen más, muchas más, que un centenar de ideas. Les copio algunos de los títulos para que se hagan idea de la diversidad de los temas tratados: Altruismo, Artefacto y técnica, Biología y filosofía, Caos, Ciencia argentina, Cultura y arma, Delincuencia, Edipo, Enseñar, Fraude científico, Incertidumbre, Libertad, Objetividad, Predestinación, Pseudociencias, Relativismo, Ser y estar, ¿Somos tan malos como dicen los economistas?, Tiempo, Verdad, Violencia. En Yapa [Añadidura]: Legitimidades.

No toca resumir ningún artículo ni tampoco explicar las grandes ideas que mueven el pensamiento de MB a lo largo del libro (No sería capaz y probablemente metería la pata). Les señalo algunas de las ideas y afirmaciones que más me han interesado o me han llamado la atención (incluyo, claro está, algunas observaciones críticas):

1. En «Alienistas y brujos», el primer artículo, MB sostiene que «la ineficacia de los alienistas fue proverbial hasta mediados del siglo pasado, cuando se descubrieron los primeros psicofármacos capaces de aliviar los sufrimientos de esquizofrénicos, depresivos y obsesivos.» Y añade: «La ineficacia de la psiquiatría fue tema del maravilloso relato “El alienista”, de Machado de Assis, el fundador de la literatura brasileña, injustamente ignorado por la enorme mayoría de los lectores en lengua castellana» (13). Yo soy uno de ellos. Ni que decir tiene que me comprometo a superar mi ignorancia en este punto. Como veremos no es el único comentario literario, todos ellos interesantes y a veces originales, que nos regala el «cientificista» MB en estas páginas.

Para finalizar el artículo, MB escribe un tópico más o menos común que debería haberse ahorrado o cuando menos matizado: «Ya no queda lugar decente para brujos ni chamanes. A no ser la política». (14)

2. «Altruismo» concluye con estas palabras: «En resumen, a veces somos altruistas y otras egoístas. Sin egoísmo no podríamos sobrevivir, y sin altruismo no podríamos convivir. Esta conclusión basta para falsar todas las teorías que, como la teoría microeconómica estándar [uno de sus campos de batalla, no se corta ni un pelo MB en sus críticas], postulan que siempre actuamos para maximizar las ganancias esperables.» (16) En el desarrollo la información científica en la que toma pie, un procedimiento que MB usa en muchos de los artículos: «Recientemente se ha descubierto que en los humanos el altruismo tiene una raíz biológica. En efecto, James Rilling y colaboradores informan, en la revista Neuron del año 2002, que disfrutamos haciendo el bien. Este resultado se encontró estudiando con resonancia magnética los cerebros de sujetos puestos a jugar el “juego del preso”. Resultó que, cuando cooperaban en lugar de competir, el aparato mostraba que se activaba su centro de placer, del que forma parte el hipotálamo. O sea, cuando somos generosos no solo nos premian, sino que también nos gusta».

3. «Artefacto y técnica» contiene un elogio a Marx. Como no son frecuentes los elogios bungianos al padre de Tussy, les copio el fragmento: «»Más precisamente, un artefacto constituye la última etapa de un proceso que comienza por el planeo de un problema, el de imaginar algo para modificar un aspecto de la realidad, y luego procede a diseñar ese algo nuevo con la ayuda del mejor conocimiento disponible. Marx lo vio claramente al destacar la diferencia entre la casa y el panal: mientras la abeja obra instintivamente, el arquitecto planea inteligente y deliberadamente. Y el constructor transforma la idea en cosa, el plano en edificio» (p. 19).

En esta misma nota, MB destaca que uno de los mejores filósofos actuales (2006) de la técnica no es norteamericano, ni francés ni alemán: «es el profesor salmantino Miguel Ángel Quintanilla [discípulo de MB]. A diferencia de casi todos sus colegas, Quintanilla no es tecnófilo ni tecnófobo; sabe que hay técnicas buenas y otras malas. Además, y esto no es poco en estos tiempos posmodernos, Quintanilla piensa con claridad, lo que le ha permitido “exactificar” algunos conceptos inexactos.» (21)

MB añade su primera crítica (hay muchas más como veremos) a existencialistas y a Heidegger: «Esta claridad [la de MAQ] contrasta con la oscuridad de los existencialistas, quienes, siguiendo a Heidegger, atacan la técnica en general en lugar de criticar solamente las técnicas que sirven a fines perversos, como lo son las técnicas de las armas de destrucción masiva y las de engaño masivo.» (21)

4. En «Azar», MB sostiene que no hay que exagerar la presencia real del azar al punto de sostener «que la ciencia contemporánea [incluida la mecánica cuántica] ha reemplazado todo lo causal por lo aleatorio. Sin embargo, esto es lo que creen tácitamente quienes afirman que es posible atribuir una probabilidad a cualquier acontecimiento. Según esto, lo imposible tendrá probabilidad cero, y lo necesario probabilidad uno». A lo que añade, sin pelos en la lengua: «hay quienes sostienen que el universo es un casino y que todos los enunciados científicos son probabilistas. Entre ellos se encuentran economistas famosos, tales como Milton Friedman y Gary Becker, y filósofos influyentes, tales como Karl Popper y Patrick Suppes» (23). Para MB esta versión extrema del indeterminismo se esfuma bajo el microscopio epistemológico. Debemos aceptar, observa, «el azar junto con la causación, y a veces combinado con esta; ambos son modos básicos de ser y devenir. Si no lo fueran, no figurarían en tantas teorías y prácticas científicas y técnicas exitosas.» (24) Una aseveración óntica que toma pie de una consideración epistemológica. No es el único caso.

5. En «Barbarie técnica» hay una crítica al autor de Piedra de sol que merece recogerse: «Habiendo despotricado contra el uso bárbaro de técnicas avanzadas, debo advertir contra la tecnofobia tan común entre los artistas e intelectuales. Por ejemplo, el famoso poeta mexicano Octavio Paz [falleció en 1998] se quejaba de lo que llamaba la barbarie técnica. Aunque no aclaraba en qué consistía esa barbarie, presumiblemente se trata de la utilización de la técnica para malos fines, tales como la producción masiva de basura cultural». El zasca (justificado esta vez, en mi opinión): «Es de suponer, en cambio, que Paz no se oponía al uso del ordenador o del avión. Tampoco se opuso al empleo de armamento moderno para reprimir la sublevación de los campesinos mayas en Chiapas, movimiento que se apresuró a condenar como obra de “agitadores extranjeros”.» (25) [la cursiva es mía]

6. En el más que excelente «Biología y filosofía», MB observa erróneamente (con mucha sorpresa del lector): «Se puede ignorar la componente filosófica de la ciencia, como lo han hecho tanto los positivistas Karl Popper y Thomas S. Kuhn como sus discípulos. Pero este descuido constituye una distorsión de la historia de la ciencia» (29). Tiene razón sin duda (¡no se puede ni debe ignorar la componente filosófica de la ciencia!), pero es obvio que ni Popper ni Kuhn fueron positivistas y estuvieron muy lejos de ignorar el componente filosófico de la ciencia.

7. Son varias las referencias a Jorge Luis Borges a lo largo de las páginas de 100 ideas, llenas generalmente de admiración y máxima consideración. En el artículo que lleva el apellido del gran autor argentino, MB ejerce de crítico literario y comenta: «Pero también hay quien piensa que a Borges le faltó algo. ¿Qué? Tengo la osadía de proponer que carecía de empatía, que no simpatizaba con sus personajes. Propongo esa idea con osadía porque carezco de credenciales literarias y porque soy consciente de que estoy haciendo psicología barata. Creo que Borges admiraba, temía o despreciaba a la gente. Pero ¿alguna vez se compadeció de alguien o amó a alguien al punto de sacrificar algo? Si hemos de juzgar por sus personajes, Borges no le tuvo lástima ni amó apasionadamente a persona alguna. En efecto, ninguno de sus personajes es entrañable. Al menos, yo no querría ser amigo de ninguno de ellos.» (31). No creo que la idea-conjetura de MB sea disparatada (tal vez hubiera podido evitar el término desprecio), pero creo que no encaja bien con el Borges último, con los textos y personajes de sus últimos libros. Con La cifra o Los conjurados, por ejemplo.

8. Una de sus sabias consideraciones de «Caos» que ayuda a desestimar una creencia común muy repetida y muy mal formulada: «El entusiasmo por el caos matemático ha llegado al colmo de sostener que el aleteo de una mariposa en Buenos Aires, puede causar un tifón en el Mar de la China. Este “efecto mariposa” sería un ejemplo de dinámica caótica. Pero esta es mera fantasía, puesto que las ondas de choque generadas por el aleteo de una mariposa se disipan enseguida en el aire circundante. Las tormentas reales, y en particular los huracanes, involucran gigantescos transportes de energía que no están al alcance ni siquiera de la bandada más enorme de mariposas monarca, las que vuelan en masa entre Canadá y México» (33-34).

Una reflexión filosófica anexa: «La dinámica caótica tiene varias implicaciones epistemológicas». Una de ellas: «la posesión de una fórmula no basta para hacer predicciones precisas: hay procesos, como los aleatorios y los caóticos, que no son predecibles en detalle». Otra moraleja: «no basta mirar una serie de datos para discernir si muestran un proceso aleatorio o caótico. Para decidir entre ambas posibilidades es preciso formular una o más ecuaciones y efectuar experimentos que permitan variar los valores de los parámetros perilla» (34).

9. De «Censura» me quedo con este paso (con muchos aplausos): «En un régimen plenamente democrático, semejante publicación [El libro negro de la justicia chilena] se hubiera celebrado, porque hubiera desencadenado un debate racional en busca de la verdad. Pero es obvio que la dictadura fascista (y sus defensores, tales como Henry Kissinger, Margaret Thatcher y Frederick Hayek) sigue proyectando su sombra siniestra sobre la sociedad chilena aún después del cambio de gobierno. La búsqueda de la verdad molesta. El muerto se aferra al vivo, como se decía en una comedia francesa.» (35) MB no es un rojo, nunca lo ha sido, pero este socialdemócrata (en serio) humanista no se muerde la lengua ni reprime nunca su decir: si «la nieve es blanca» porque es blanca, Kissinger y sus colegas «fueron defensores de dictaduras fascistas» (la de Pinochet, por ejemplo) porque lo fueron.

10. «Ciencia argentina» contiene un pequeño homenaje a Bernardo A Houssay (1887-1971), premio Nobel de Medicina en 1947, el primer científico argentino galardonado con el premio, un elogio que merece recordarse: «Bernardo A Houssay… era contrario a la separación entre investigación y enseñanza. Creo que tenía sobrada razón. Primero, porque quien no está al día con su ciencia no puede enseñar ciencia al día. En particular, no puede saber qué es lo importante y qué lo accesorio. Tampoco puede hacer referencia a artículos recientemente aparecidos en revistas científicas. Segundo, porque quien no se dedica primordialmente a buscar la verdad no es capaz de transmitir entusiasmo por dicha exploración. Tercero, porque el investigador avezado tiene el debe de formar investigadores que lo sucedan. Y cuarto, porque enseñar obliga a enterarse de lo que ocurre en las especialidades vecinas a las del profesor» (39).

11. En «Civilizaciones tempranas» MB habla con ligereza, excesiva en mi opinión, de Mill y Marx: «Estos racionalistas o universalistas creían tanto en la existencia de la naturaleza humana como en el progreso y, más aún, en la inevitabilidad del progreso. Estos principios son comunes al liberalismo clásico y al socialismo, tanto el democrático de John Stuart Mill como el dictatorial de Karl Marx» (43). Ni Mill fue socialista propiamente ni Marx tuvo nada que ver con un supuesto socialismo dictatorial. En general, a lo largo de los años, no han sido pocas las críticas del gran científico y filósofo argentino Marx y al marxismo. En mi opinión, sin suficiente conocimiento de causa.

12. En «Complicar» MB sostiene que la ciencia es complicada porque la realidad es compleja. Ciertamente, admite, hay textos difíciles de entender porque tratan de asuntos complejos. «Este es el caso de la matemática superior, de la física teórica y de la biología molecular». Sin embargo, añade (lo recojo en honor de Rey Pastor), «aun en esos casos hay algunas mentes claras capaces de exponer algunas ideas esenciales de manera relativamente sencilla. Ejemplos clásicos son los diálogos de Galileo, los Nuevos ensayos de Leibniz, las Cartas a una princesa, de Leonhard Euler, los escritos populares de Henri Poincaré y La física, aventura del pensamiento, de Einstein e Infeld. Otro, injustamente olvidado, es la Introducción a la matemática superior, del matemático hispano-argentino Julio Rey Pastor» (48-49).

Sin jalear sus oídos (o los de los bungianos): muchos libros de MB, no digo todos, podría incluirse en la selección.

MB afirma también, con muy buen criterio, que la complicación de algunos textos es artificial. No se debe a la complejidad o profundidad del asunto, nada de eso, sino a la oscuridad o confusión del autor. Y añade otro zasca, uno más, contra Heidegger y afines: «Lo mismo vale [tras citar a Husserl], con mayor razón, para los escritos existencialistas, particularmente los de Heidegger y sus imitadores franceses, de Sartre a Derrida. Todos estos textos se ajustan a la regla: “Cuando no tengas nada que decir, dilo en difícil y los incautos lo tomarán por profundo”.» (50) No digo que MB tenga razón en todos lo casos, pero sí muchas veces. ¡Cuántas horas perdidas por muchos de nosotros en la lectura, relectura e intento de comprensión, desesperación no excluida, de «textos difíciles por su profundidad»! ¿No se han sentido tontos o muy tontos en ocasiones al no comprender lo incomprensible?

13. «Conocimiento: ¿personal o social» recuerda que hace medio siglo (unos 70 años ahora) «se discutió apasionadamente la cuestión de si el conocimiento, en particular la ciencia, es personal o social. Hubo grandes autoridades en ambos bandos. Por ejemplo, el físico Percy W. Bridgman y el bioquímico Michael Polanyi juraban que la ciencia es personal, en tanto que el sociólogo Robert K. Merton y el físico John D. Bernal sostenían que la ciencia es social» (51). Su posición (que comparto): «el conocer es personal, pero el conocimiento es social. De modo, pues, que hay que combinar el internalismo con el externalismo».

MB presenta así las dos categorías: «Los internalistas sostienen que todo el conocimiento sale de la cabeza; y los externalistas, que el conocimiento entra en ella. Los primeros apuestan por el ingenio; los segundos, por el ambiente, y ninguna de las partes acepta que la otra puede tener algo de razón. En particular, los psicólogos cognitivos creen poder ignorar el contexto social del aprendizaje y los sociólogos del conocimiento de nuevo cuño afirman que todas las ideas son construcciones sociales».

14. En «Consejos no solicitados», MB compara lo que no debería ser comparado. «Aunque muy diferentes entre sí, tanto los fanáticos religiosos como los utopistas sociales compartieron una característica: pretendieron encuadrar bajo un régimen y en detalle las vidas privadas. O sea, se propusieron eliminar la libertad individual: la libertad de conciencia y de palabra, de elegir ocupación, residencia y esposo, de concebir niños e ideas, de comer y beber, etc. Todo estaba previsto minuciosamente. En otras palabras, unos y otros fueron antiliberales» (55). ¡Qué tendrán que ver los fanáticos religiosos con los socialistas utópicos!

Aunque el concepto liberal se dice muchas maneras, no parece de entrada que sea un grave pecado ser antiliberal en algunos de los sentidos hegemónicos del concepto (el que defendía Margaret Thatcher, por ejemplo).

En cualquier caso, los socialistas utópicos (MB cita a Fourier, Saint-Simon y Robert Owen) no fueron lo que MB dice que fueron.

15. En «Culturas» MB traza una bonita aproximación a la noción de cultura popular: «La cultura popular es espontánea, excepto en lo que respecta a la religión organizada. Es en gran parte anónima. Se cultiva por gusto o convicción y no requiere estudios especializados prolongados. Se hace en familia, grupos de amigos, clubes, orfeones, teatros experimentales y otras asociaciones populares. El arte popular es el único arte por el arte; el único que no se practica para ganar dinero ni para propagar ideologías. Aunque a menudo tosco, el arte popular es ingenuo y puro; tanto que ha inspirado a grandes artistas pertenecientes a la cultura superior». Sus ejemplos: «el Romancero de Heinrich Heine, las canciones populares alemanas transmutadas por Beethoven y Brahms, los murales de Diego Rivera» (67). MB hubiera podido citar el lorquiano Romancero gitano.

No es frecuente que un gran intelectual, como él, hable del arte popular en estos términos.

16. En «Dedos Brujos» MB narra experiencias de cárcel y traza un bello homenaje a un carterista, a Dedos Brujos (cuando se conocieron Dedos Brujos era «el encargado de la limpieza del sótano de la cárcel de La Plata»). Lo describe así (tampoco es frecuente que un intelectual encarcelado hable así de un preso social): «Dedos Brujos era buen compañero, pero mantenía su independencia. Nunca se arrimaba a los grupos de presos políticos, y los comunes desconfiaban de él. En particular, no jugaba con nosotros al ajedrez, con piezas hechas de miga de pan. Tampoco participó de uno de los seminarios más interesantes en que me tocó actuar. El seminario en cuestión se reunía todas las noches después del “rancho”, un atroz puchero grasiento que yo no tocaba. Era, como lo son casi todas mis clases y conferencias, un torneo de preguntas y respuestas. Aún recuerdo la pregunta que lo gatilló. Un sindicalista de la construcción preguntó si existe el destino. Yo respondí, como Cervantes, que no, que cada cual se lo forja a su manera, aunque restringido por circunstancias ajenas a su voluntad. Lo único que eché de menos cuando me pusieron en libertad fueron ese seminario y Dedos Brujos» (71). Concluye y no es cualquier conclusión: «Dedos Brujos es una prueba más de que no se nace delincuente sino que se hace. Tanto me impresionó, que le dedico un trabajo incluido en una obra sobre criminología publicado por la famosa Cambridge University Press».

Añado: MB, que no siempre es un alarde de modestia (no es una crítica, es descripción) nunca «se las da» de haber estado encarcelado.

17. Hay varias ideas en «Deporte» que conviene destacar. Algunas de ellas: «Creo que para limpiar el deporte hay que tomar varias medidas. La primera es hacer cumplir las leyes mencionadas, en particular las referente a la compra-venta [“habría que sancionar la compra-venta de alteras.”] y el dopaje de los gladiadores [así llama a los deportistas profesionales de alto nivel]. La segunda medida es eliminar los premios, incluso las medallas, como se hacía en los juegos olímpicos helénicos. Que se juegue por amor al deporte, y no con el exclusivo propósito de ganar. Que no se trate ya de ganar a toda costa, sino de jugar por el mero gusto de jugar. La tercera medida es poner el deporte al alcance de de todos para que la gente pueda practicarlo en lugar de limitarse a contemplarlo». Añade MB una observación que no muchos dirigentes de izquierda, incluso de izquierda radical, dirían en público: «Con lo que cuesta un estadio multitudinario que se usa una vez por semana [o dos ahora], puede financiarse la construcción de decena de campos deportivos vecinales que se usen directamente.» (77-78)

Dirán ustedes tal vez que parece mentira, que es una contradicción de libro que un pensador tan magníficamente realista como MB caiga en propuestas tan utópicas como las que formula. Pues, si es así, ¡viva la contradicción! Apoyo su «contradicción».

18. «Existencialismo y cucarachas» es un artículo, el más extenso del libro, que no debe recomendarse a ninguna persona afín o interesada en la filosofía de Heidegger (Si usted es parte del colectivo heideggeriano, ¡sáltense lo que viene a continuación!). Abre con estas palabras: «El título de esta nota no es una referencia oblicua a la militancia nazi de Martin Heidegger. Se trata de la auténtica relación entre la concepción existencialista del hombre y lo que sabemos acerca de la vida de las cucarachas, tanto las vivas como las robóticas» (111). Más adelante: «Los autores mejor conocidos como existencialistas modernos son el alemán Martin Heidegger y el francés Jean-Paul Sartre. Sartre es perdonable porque, cuando no plagiaba a Heidegger, cosa que hizo en su tesis, hacía periodismo y teatro en buen francés. En cambio, Heidegger no tiene defensa: masacró la lengua que había embellecido Goethe, Schiller y Heidegger, militó en el partido nazi y, sobre todo, quiso hacer pasar el absurdo por filosofía».

MB se pone muy carnapiano y comenta: «He aquí una muestra mínima del enorme montón de disparates que dejó escritos Heidegger: “El mundo mundea”, “La nada nadea”, “la palabra es la morada del ser”, “el tiempo es la maduración de la temporalidad”, “la esencia de la verdad es la libertad” y “la esencia de la libertad es la verdad”. Si Heidegger hubiera respetado la lógica, de las dos últimas proposiciones habría deducido estas otras dos, aun más absurdas: “La esencia de la esencia de la libertad es la libertad” y “la esencia de la esencia es la verdad es la verdad”. Pero Heidegger denunció la lógica como cosa de maestro de escuela» (112) No recuerdo donde apuntó el autor de Ser y tiempo esa afirmación, pero, ciertamente, no era muy alta su consideración de la lógica formal. (Por lo demás y como es sabido, la lógica es cosa de los maestros de escuela, y está mu bien que lo sea, y de cualquier persona que piense con corrección).

19. «Facultad de Pseudociencias» es uno de los artículos donde la ironía de MB alcanza mayores niveles. Con críticas al psicoanálisis como era de prever: «hace casi un siglo Freud, el fundador del psicoanálisis, propuso un plan detallado de una Facultad de Psicoanálisis en la Universidad de Viena. Su plan de estudios incluía numerosos cursos de psicoanálisis, mitología y literatura. Nada de psicología experimental ni de neurociencias, desde luego, porque quienes trabajan en estos campos tienen la nefasta manía de exigir pruebas.» (116) ¿Puede admitirse la crítica generaliza de MB? No en mi opinión. El psicoanálisis, como el ser, el realismo o el materialismo, se conjuga de muchas maneras.

20. Excelentes consideraciones en su artículo sobre la «Falsabilidad» (En estos temas, sin ninguna duda, MB es un grande). Un ejemplo: «Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día». La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad «porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (por ejemplo, planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc), que solo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia» Por otra parte, la falsabilidad no es suficiente para que una teoría tenga marchamo científico: «hay hipótesis no científicas [en nuestro hoy], tales como la de la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.» (120)

Estoy en el artículo 44 de 100 ideas. No les doy más la lata por el momento, ¡me he pasado de la raya y de la doble raya!

Pero no se sorprendan que siga con una segunda parte (o incluso con una tercera). Apelo a su paciencia. 100 ideas, como todos los libros del autor de La investigación científica (traducido por Manuel Sacristán al castellano), merece la máxima consideración. Para las personas que no han probado hasta ahora el sabor bungiano, una buena forma de introducirse en su obra.

Advertencia: es adictivo.

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