Cuando los términos no ayudan a entender las razones de la crisis

Son producto apresurado de la preocupación por la utilización reiterada de términos, algunos como neologismos y otros más convencionales tanto para denominar y por lo tanto denotar la naturaleza de los fenómenos políticos y sociales que estamos padeciendo en nuestro país desde 2008-2009, como para señalar lo que podría ser la forma de resistir y superar a favor de la mayoría de nuestro pueblo el ataque devastador que el capital está llevando a cabo contra los derechos laborales y sociales.

1.- Austericidio. Desde el comienzo de la crisis actual se ha popularizado el uso del término austericidio para calificar las consecuencias negativas, tanto sociales como políticas y culturales, de las decisiones del gobierno PP-CiU y las directrices de la troika europea. Creo que es un término poco feliz, porque quiere indicar lo contrario a lo que significa, y salvo que se plantee como oximoron o figura retórica, pienso que austericidio, en analogía a otros términos que comparten el mismo sufijo significaría el fin de la austeridad, o sea del inmenso padecimiento a que están sometidas las clases populares de este país y del resto de Europa, especialmente el grupo de los mal llamados PIGS. Por lo tanto a la hora de proponer neologismos -todavía creo que el término austericidio no ha sido sancionado por los señores y señoras que se sientan en unas cátedras denominadas con las letras del abecedario- pienso que es más atinado y pertinente el término sociocidio, ya que el modelo vigente de acumulación capitalista está destruyendo los vínculos y puntos de apoyo esenciales que objetivan y garantizan la continuidad de un colectivo, al permitir una interacción efectiva e igualitaria entre sus componentes. Si no paramos a la bestia -que algunos llaman progreso- parafraseando a Walter Benjamin en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, probablemente se haga realidad la boutade de Margaret Thatcher cuando decía que la sociedad no existe, sino tan sólo los individuos, y al paso que vamos un número de individuos notablemente reducido. Hace unos días informaban por televisión que el porcentaje de ciudadanos de este país en riesgo de exclusión social es del 28% (mientras algunos hablan de “brotes verdes”) y se ha incrementado casi en un punto por año según el análisis de los datos de Eurostat realizado por el Instituto de Estudios Económicos (IEE), que establecen que ese porcentaje era del 23,3 en 2007 (La Vanguardia, “El riesgo de pobreza o exclusión alcanza a casi un tercio de la población en España” http://www.lavanguardia.com/vida/20131112/54394021459/riesgo-pobreza-exclusion-alcanza-tercio-poblacion-espana.html , 12/11/2013).

2.- Financiarización. También es habitual referirse a la “financiarización” de la economía para destacar el predominio del capital de origen bancario y a las operaciones especulativas en el actual modelo de acumulación. Es cierto que la especulación es uno de los mecanismos de acumulación presentes de modo conspicuo, como lo es también la corrupción, que para muchos -y lo comparto- forma parte inseparable del funcionamiento del capitalismo actual, aunque también me atrevería afirmar que lo ha sido en otros períodos de su historia. Sin embargo pienso que a veces al utilizar el término “financiarización” o capitalismo financiero, lo estamos circunscribiendo al capital bancario y sus numerosas operaciones especulativas, paraísos fiscales incluidos, y por lo tanto estamos haciendo una crítica parcial centrada en una forma de realización del capital y no en el capitalismo como totalidad económico social dirigida a la acumulación incesante de capital basada en la apropiación privada del valor generado socialmente, y que no se realiza sólo mediante operaciones de ingeniería financiera. Yo reivindico incluir entre los partícipes y beneficiarios del actual modelo de acumulación al que en otros tiempos se denominaba capital productivo. Y lo revindico no por defender un carácter inmutable y ahistórico del capitalismo, sino porque la mutación no se ha producido en relación al balance capital bancario-capital productivo, (raffendes Kapital -capital de rapiña (bancario)- y schaffendes Kapital capital creativo (productivo) era la diferencia que establecían los teóricos de la revolución conservadora alemana en la época d ella República de Weimar) sino en cuanto a los métodos de obtención de plusvalía y al tratamiento de las relaciones de producción. El balance entre ambos tipos de capital hace aproximadamente un siglo que se estructuró conformando lo que desde Hobson, Hilferding y Lenin conocemos como capital financiero, o sea la alianza del capital bancario y el capital industrial. La desregulación laboral que está en el origen de muchos de los padecimientos sociales actuales favorece directamente a todos esos sectores del capital y es demandado permanentemente por todos ellos, como muy bien nos lo revelan las exigencias de CEOE. No sólo es la gran banca, sino la multinacionales de todos lo ramos de la producción los que han adoptado un modelo de acumulación basado en la mayor precarización y devaluación de la fuerza de trabajo (perdonadme si esto parece paleo-marxismo, pero como abuelo ya soy bastante paleo), y en la promoción exportadora, en base a una brutal devaluación interna. Una precarización que no sólo se caracteriza por la pérdida de derechos laborales, alterándose la relación política en el interior de la empresa, sino de derechos de protección social que son ingresos indirectos o un mecanismo de seguridad que protege al trabajador y su familia de la voracidad empresaria. Además ese desmontaje del Estado de Bienestar no es sólo para disminuir la capacidad de resistencia de la clase trabajadora, sino que los dispositivos de dichos Estados de Bienestar se han transformado en fuentes también de acumulación de beneficios privados, especialmente en el campo de la sanidad y la educación. En este sentido recuerdo un excelente libro de Vicenç Navarro, La medicina bajo el capitalismo, Crítica, 1978 (con prólogo de Ramon Espasa), donde de forma pionera analizaba en base a su profundo conocimiento de los EE.UU. como la sanidad se había transformado en un área importante para las actividades empresariales privadas, tanto en al producción de recursos sanitarios (fármacos, instrumental médico-quirúrgico, prótesis, etc.) como en la provisión de servicios de salud. Los escenarios que analizaba Navarro en el caso norteamericano puede observarse repetido en las últimas fases de la privatización de los hospitales públicos de Madrid -que ha promovido un extraordinario movimiento en defensa de la sanidad pública protagonizado por usuarios y trabajadores de la salud- en el que incluso podemos ver a la inversión privada en sanidad –o a la apropiación privada de recursos públicos esenciales- repitiendo en ese ámbito algo que hasta hace poco parecía imposible: el objetivo exportador de la actividad empresarial en ese campo- ya que un grupo de inversión participa en la privatización con la finalidad explícita de atraer pacientes extranjeros de alto poder adquisitivo, o sea exportar servicios sanitarias de calidad, con lo cual en este campo también se verifica que la apropiación de beneficios se realiza con los mismos patrones que en otros sectores de la actividad económica (seguramente encontraríamos ejemplos similares para la educación). Esta sería una de las razones por las que una salida keynesiana no es posible, ya que una salida de este tipo implica no sólo gasto e inversión pública incrementada sino también un consumo de masas activo en el mercado interior de la nación que emprenda ese camino, todo lo contrario de la orientación de las pautas de acumulación actuales. La otra es que la civilización del capitalismo está a punto de alcanzar los límites físicos de la capacidad de nuestro ecosistema, condenando a gran parte de la población de nuestro planeta a terribles padecimientos por los graves trastornos que acarrea el cambio climático originado por la actividad económica, como testimonia el reciente desastre sufrido por el pueblo filipino, así como el agotamiento de materias primas esenciales y de fuentes de energía convencionales; y , por lo tanto, una recuperación económica basada en el estímulo al consumo privado de bienes durables, del tipo de la practicada por EE.UU en los años treinta y por Europa en los 25 gloriosos, desde la perspectiva ecológica no haría más que acelerar la catástrofe que ya se insinúa.

3.- Democracia. Si alguien llegó a este punto, como diría el entrañable Joan Tafalla es que sufre de insomnio y me queda el consuelo de que este texto emborrando actúe no como terapéutica definitiva pero al menos como paliativo. En este último punto sólo pensar en que estamos enfrentando una enorme urgencia social, el riesgo del sociocidio con herramientas antiguas, bastante desacreditadas y con una experiencia que al menos no ha dejado, en medio de un enorme mar de dudas, una convicción, y parafraseo a Joan: no habrá comunismo sin democracia, ni democracia sin comunismo. También que esto significa la autogestión colectiva de la cuestión pública pero también la autogestión de los instrumentos orgánicos donde actúe el soberano colectivo, lo cual quiere decir que tenemos un doble frente de lucha, uno la lucha de clases clásica, otro hacia dentro de las propias organizaciones que no sólo son imperfectas sino que han adquirido, con al excepción d ellas más jóvenes, vicios de gestión muy alejados de la verdadera democracia de la que habla Joan. El problema es que no tenemos el recuerdo reciente, en el sentido de praxis ejercida o transmitida de prácticas de autogestión, salvo ejemplos honrosos pero todavía minoritarios como el de Marinaleda. Un ejemplo para aclarar lo que digo: la Revolución de Octubre fue una revolución campesina en todos los sentidos, no sólo porque las masas campesinas actuaron contra los terratenientes ocupando y haciendo realidad el reparto de la tierra, sino por que los obreros industriales, incluso muchos de los que trabajaban en las famosa fábrica Putilov, eran campesinos recientemente incorporados al trabajo urbano. En los años ochenta una parte de la historiografía “creyó descubrir” que los soviets no se debían a ninguna elucubración teórica sino que probablemente eran una espontánea reconstrucción de los métodos comunitarios del mir – la comuna campesina rusa- trasladados a la fábrica industrial moderna, (por ejemplo, SA. Smith, Red Petrograd. Revolution in the factories 1917-1918, Cambridge University Press, 1983.). Pero no es este autor el único; veamos por ejemplo lo que dice Luciano Canfora, refiriéndose al antecedente de 1917, la revolución de 1905 que vio el nacimiento de esa forma revolucionaria de democracia que fue el soviet: “La revolución de 1905 tiene una importancia destacada en al historia de la democracia; se asiste al enfrentamiento, aunque con una desproporción de fuerzas evidente y con los resultados que ya conocemos, entre el Parlamento, la Duma, por un lado y el Sóviet por el otro. Nacía entonces otro sujeto de la democracia: el consejo de obreros en huelga, capaces de asumir incluso la administración local en el momento del conflicto. Entre sus antecedentes específicamente rusos hay que recordar las distintas formas de organización de base: la obschina, el mir, el zemstvo” (Luciano Canfora, La democracia. Historia de una ideología, Barcelona, Crítica, 2004, p. 159).

Reconozco que esta es en principio una hipótesis arriesgada, ya que la historiografía tradicionalmente ha destacado el protagonismo de los obreros fabriles en la revolución rusa. Tal vez sería menos arriesgado decir que la revolución fue protagonizada por mayorías culturalmente campesinas. Pero hay datos indirectos que al menos sugieren el interés de su investigación. En la constitución de la fuerza de trabajo industrial, especialmente en Petrogrado, pero también en Moscú, en vísperas de la revolución participaba un gran número obreros de procedencia campesina, y que ese “peculiar carácter ‘campesino’ la diferenciaba de la mayor parte de las clases obreras de la Europa Occidental” (SA. Smith, op.cit., p. 14). Pero, y aquí la cuestión creo más significativa, es que esos obreros no sólo eran migrantes recientes del campo a la ciudad, sino que conservaban ya como obreros industriales estrechos vínculos con la sociedad agraria, a tal punto que un porcentaje de estos trabajadores eran migrantes estacionales, que se desplazaban a los centros urbanos en invierno y retornaban al campo en verano y otros sin ser de carácter estacional se empleaban en la industria con la intención de ganar el dinero suficiente para poder volver con su familia y continuar la actividad agraria con menos sacrificios. Smith también se refiere a una encuesta realizada en 1908 por un economista, S.N. Prokopovich, quien investigó una muestra de 570 obreros metalúrgicos cualificados que reveló que aproximadamente la mitad de ellos enviaban remesas de dinero a su familia en el campo (SA. Smith, op.cit., p. 16), y aún más que aproximadamente un 40 % de los entrevistados tenían algún tipo de propiedad rural, porcentaje que en censos o estudios posteriores quedó notablemente reducido, posiblemente como efecto del proceso de concentración de la propiedad agrícola iniciado con las reformas de Stolypin y la aceleración del proceso de expulsión de trabajadores rurales hacia las ciudades (SA. Smith, op.cit., p. 18), de tal modo que en 1917 el 60% de la fuerza de trabajo (tanto femenina como masculina) era trabajadores campesinos recién incorporados a la industria, que no carecían de experiencia de lucha, sino que muchos de ellos ya habían participado en luchas rurales, trasladando esa experiencia a su trabajo industrial.

Estos datos podrían sugerirnos que los obreros de Petrogrado en 1905 podían tener un recuerdo tan reciente de la experiencia campesina como los de 1917, que ello podría influir a la hora de organizarse, aunque el medio en el que actuaban ya no era el agrario, sino el urbano-industrial. Lo planteo desde la perspectiva que ha señalado E.P.Thompson a la hora de analizar a las clases, y en particular a la clase obrera donde la tradición, la praxis y la experiencia vivida o transmitida tiene una importancia fundamental en la constitución de la clase, y por lo tanto en el análisis de actitudes que no vienen predeterminadas por su ubicación en el sistema productivo en el momento del análisis. La taxonomía que nos informa cuantos trabajadores están empleados en el sector primario o secundario, es necesaria pero insuficiente para calibrar todos los aspectos y la naturaleza de la lucha de clases en un determinado momento, y especialmente sus proyecciones simbólicas. Una cosa es hablar de obreros en la industria y otra cosa es hablar de obreros con tradición, con cultura laboral industrial, o de obreros en la industria pero con una tradición cultural campesina. Tampoco digo que sea una experiencia exclusiva de los trabajadores en el imperio zarista, es una situación similar a los campesinos mineros de los que habla Rolande Trempé, Les mineurs de Carmaux, Paris, Les Éditions Ouvrières, 1971, o a la de los campesinos mineros de Asturias. Una cosa es hablar de obreros en la industria y otra cosa es hablar de obreros con tradición, con cultura laboral industrial, o de obreros en la industria pero con una tradición cultural campesina.

Por último y para completar lo dicho agrego que respecto a la práctica de gestión común en el mir, me remito a Teodor Shanin y su libro El Marx tardío y la vía rusa al socialismo, Madrid, Editorial Revolución, 1990, donde demuestra que Marx consideraba que Rusia podía pasar directamente del zarismo al socialismo sin pasar por una fase de desarrollo capitalista, dando razón a los populistas rusos, siempre y cuando la comuna campesina o mir resistiera a su disolución, a la que el mismo Marx consideraba una base social y económica del socialismo. También me remito a otro texto del mismo Shanin, La clase incómoda. Sociología política del campesinado en una sociedad en desarrollo (Rusia 1910-1925), Madrid, Alianza, 1983, donde habla no sólo de la actividad cooperativa de la comuna campesina, sino también del sistema de gestión: el skhod o asamblea de comuna en la cual participaban todos los cabezas de las unidades domésticas, donde dice sobre su funcionamiento: “A principios de siglo, el sistema de autogobierno de una comuna estaba integrado en al asamblea comunal (skhod), compuesta por los jefes de unidades domésticas y sus representantes. De esta forma las familias sin tierra y las familias no campesinas carecían de representación en la localidad. Las amplias funciones de la comuna llevaron a la asamblea a constituirse en el cuerpo más poderoso, al menos potencialmente [….] las decisiones se tomaban por unanimidad, pero el poder real se hallaba en manos de los miembros más activos y en general , más ricos de la comunidad” (Shanin, p. 62), y más adelante dice: “Antes de la revolución, la comuna campesina rusa desempeñaba una variedad de funciones notablemente amplia […] ejercía las funciones propias de toda autoridad local en el más amplio sentido de la palabra. La escala de sus responsabilidades administrativas incluía el mantenimiento de puentes y caminos, el cuidado de ancianos y los deficientes físicos y mentales, la provisión de facilidades educativas, etc.” (Shanin, p. 63).

El párrafo subrayado por mí es para resaltar el dato que da Smith sobre el gran porcentaje de trabajadores industriales que eran al mismo tiempo propietarios campesinos, o sea que su relación con el mir iba más allá de las remesas a sus familiares.

Del mismo modo que las primeras organizaciones obreras en el siglo XIX se inspiraron en los modelos de organización gremial artesanal, despojándolos de su contenido jerárquico y autoritario, la misma experiencia, en este caso a nivel de comuna campesina podría haber constituido el punto de referencia para la construcción de los soviets, estoy hablando de probabilidades y no de certezas. No estoy diciendo que los soviets fueran un a copia exacta del mir, entre otras cosas porque la incipiente desigualdad social en el seno de la comuna campesina no existía en el sóviet, pero existía, como figura en el párrafo que transcribí, una adopción colectiva de decisiones sobre actividades que se realizaban en común y disponiendo de recurso que también se poseían en común, pero además y este es un aspecto que creo muy importante, el mir tenía funciones administrativas, de poder político local, los soviets no fueron solo organizaciones de democracia industrial sino que trascendieron el ámbito de la producción para constituirse en este caso, no en un poder subordinado al del Estado, como bajo el zar, sino en un contrapoder, protagonistas del famosos poder dual. Creo que hay muchos elementos en la tradición vivida o trasmitida que pueden haber sido inspiradores de la aparición de los soviets.

Por último, cabe destacar, aunque creo que repito algo por todos conocido, que los dirigentes bolcheviques y especialmente Lenin1 tuvieron en cuenta la importancia del factor campesino en la revolución, no sólo por un dato factual, la principal reivindicación fue paz y tierra, pero además porque fue el propio Lenin el que reconoció la importancia política trascendental de la alianza obrero-campesina con su fórmula sobre al dictadura democrática de obreros y campesinos, fórmula que ya adoptado en 1905.

1 Arriesgo otra conjetura. Creo que en el caso de Lenin cabe pensar que se reúnen dos culturas políticas, la socialdemócrata pero también la naródniki, lo que explicaría su sensibilidad ante la importancia de la cuestión campesina.

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