Un poco de historia comparada

José Luis Martín Ramos

Una de las claves de la historia social y política de los años de la gran depresión del XX fue el comportamiento de las clases medias y de sectores asalariados -los trabajadores de manguito o de cuello blanco-, a los que la depresión produjo una reacción de pánico ante su deriva hacia la proletarización. No querían ser proletarios y ante la realidad del empeoramiento de sus condiciones materiales buscaron la huida en la búsqueda de una condición “superior” la de comunidad nacional y en el apoyo de aquellos que generaron un discurso beligerante de comunidad nacional antiproletaria. Ese fue el motor fundamental de su adhesión al fascismo, al campo gravitatorio del fascismo (tesis de Ferrán Gallego y Francisco Morente); y con ello de su empeño en ocultar, destruir, todo discurso de clase. La comunidad nacional era comprendida como un cuerpo, en términos para-biológicos, o si queréis bio-sociales. La Francia eterna, la Alemania superior, la España imperial… La única propuesta política que frenó el avance del fascismo, aunque resultó tan exitosa que no pudo llegar a triunfar, fue la propuesta del Frente Popular; que evolucionó de una táctica defensiva (elecciones de febrero y mayo en Francia) a una estrategia propositiva de revolución popular (desarrollo de las consecuencias políticas de los acuerdos de Matignon y, sobre todo, de las consecuencias de la guerra civil española).

En el discurso del nacionalismo catalán siempre hubo una componente no de identidad nacional sino de adhesión a la idea de una comunidad nacional; una comunidad nacional que es diferente… y superior, a las naciones/pueblos proletarias/os del Sur del Ebro. Una de las falacias del actual discurso nacionalista es el del abandono de ese etnicismo –que se refuerza en la misma proporción en que no consiguió y no consigue traducir la comunidad nacional en estado propio-: la falacia de la apertura a los que viven y trabajan en Cataluña (si se asimilan; rechazo del multiculturalismo) y de la apelación, en particular, a los inmigrante no peninsulares (los latinos, los norteafricanos –nadie quiere a los del Este de Europa-) a participar en el proceso. No es un abandono del comunitarismo nacionalista, del etnicismo que sólo admite que esa comunidad tenga una sola cultura propia (¿no puede haber un estado multinacional? ¿no puede haber una sociedad multicultural? Todo eso lo niegan en los hechos, atribuyendo además la culpa a los otros, aunque se maquille con “karakia”. Es simplemente un cálculo táctico, electoral, movilizar la inmigración más indefensa para que contrarreste la que se puede defender, la que puede seguir teniendo sus culturas. Los mismos que hoy charlatanean con el voto de las peruanas y los marroquíes -perdón, los amaziks que queda mejor- son los que ayer se quejaban airadamente porque esas peruanas y esos norteafricanos no hicieran una cola especial en los CAP y pasaran por delante de los nuestros Ese sentimiento de comunidad nacional superior se expresa en el “cofoïsme”, el que rezuma la propaganda de los cartelitos del color de la bandera de la peste; el que dice que Europa no puede prescindir de Cataluña y que, a pesar de todo, los españoles no podrán prescindir del cava catalán (el de Codorniu, no el de Freixinet)

Me temo que la onda expansiva del comunitarismo nacional que estamos viviendo se vea alimentada también por el pánico reflejo de huir de la España que se supone culturalmente inferior, “proletaria”; la España de los tramposos (pareciera que no tengamos Millets, ni…) la de los haraganes (nadie vive de renta en Cataluña), la de las mafias (¿aquí no hay prostíbulos protegidos por funcionarios?) etc. etc. Tiene también una base social muy mayoritariamente mesocrática: clases medias y sectores asalariados; y tiene algo de conflicto, de clase y cultural, entre las clases medias de comarcas y el cinturón urbano y obrero de Barcelona ( es un problema viejo, incrementado por el progreso material de las comarcas y sus clases medias).

¿Quién tendrá el beneficio estratégico de esa deriva? En el sentido más amplio quien está interesado en ocultar el discurso de clase. ¿Quién se llevará la derrota estratégica de una generación, por lo menos? Los que defienden el discurso de clase y la salida de la crisis sistémica por media de una alianza de clases populares. El nacionalismo, además de muchas otras implicaciones y consecuencias, aleja a las clases medias de esa alianza de clases, del frentepopulismo estratégico, puesto al día, que es –para mí– la única salida de izquierdas que tiene posibilidades y puede llamarse como tal.

¿Hay alguna chance en este “proceso” para los discursos independentista revolucionarios, por tanto no nacionalistas sino de clase? Yo no acierto a verla. No pueden confundirse los deseos con las realidades. No se si la última propuesta de Quim Arrufat es un reconocimiento de subordinación en el proceso: Arrufat no llama a las masas a manifestarse contra las vacilaciones de Mas, llama a ERC a formar con CDC un gobierno de “unión sagrada” para “blindar desde dentro” el “proceso”… así que éste “proceso” es el suyo, a pesar de que ellos no tienen en él ninguna opción dirigente, ninguna opción de iniciativa y renuncian a toda opción de ruptura. O yo me estoy equivocando de medio a medio, o más pronto que tarde, el independentismo revolucionario tendrá que romper con el ”proceso”, pero no sólo eso, tendrá que sumarse al exclusivo discurso de clase. También de eso hay un precedente histórico. En los años treinta una parte de los jóvenes –trabajadores de manguito y cuello blanco– que habían seguido a Maciá, se alejaron de él, se enfrentaron a Esquerra y se integraron en el Bloc Obrer i Camperol, y, más tarde en el PSUC, defensores de la identidad nacional –sin ninguna duda- pero no de la independencia (por más que algunos se empeñen en torcer y torturar sus discursos para esconder aquella realidad).

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