Judíos no sionistas Árabes no islamistas..

             Como es sabido, la tragedia de las Torres Gemelas tuvieron lugar en un mundo occidental que se “aburría”  en su autosatisfacción, en el que todas las advertencias críticas –incluyendo las de signo ecologistas que ponían en cuestión la misma continuidad de la sostenibilidad del planeta– caían en saco roto para resultar una preocupación exclusiva de Greenpeace y de otras benditas ONG. Lo que aconteció en su más exhaustiva repetición y minuciosidad  –una ofensiva de signo terrorista, que como en la más imaginativa de las películas, destruía hasta los cimientos del poder made in USA–, marcó el inicio del siglo XXI, un siglo que nacía bajo el signo unilateral del imperialismo norteamericano sitiado además bajo la hegemonía política de la extrema derecha republicana, del triunfal-capitalismo (Mandel).

           Esta situación ha sido explicada por los intelectuales orgánicos como un nuevo punto en la historia mundial, como un “choque de civilizaciones” en la que, como en las más convencionales películas de Hollywood, a Norteamérica le corresponde enfrentarse al “Eje del Mal”, y restablecer su democracia en el mundo, una democracia en la que las libertades conquistadas por siglos de lucha social resultan cada vez más limitadas, y en las que las posibilidades de opción no existen cuando afecta a la política y a la información.

           En estos tiempos en los que hay que luchar por lo más evidente, por restablecer las verdades más elementales, algo que se pude decir de El choque de los fundamentalismos. Cruzadas, Yihad y modernidad, obra del escritor y ensayista anglopakistaní Tariq Alí (Traducción de María Corniero,  Alianza. Madrid, 2002), y que aparece como un verdadero regalo para la gente que trata de responder a las agresiones y que busca comprender las claves de una historia tan lejana y tan deformada como la islámica, situada como trasfondo de dicho “Eje del Mal”, y caracterizada unilateralmente de fundamentalista, como sí no existieran muchos otros fundamentalismos, comenzando por el más peligroso de todos: el que es capaz de justificar hasta el mayor desastre ecológico por las leyes del Dios Mercado cuyo opio actual ya no es, al menos únicamente, la religión, sino el consumismo despilfarrador.

             Como el inolvidable Edward W. Said, Tariq Alí (1943, Lashore, Pakistán), reúne unas capacidades  preciosas para ofrecernos el contrapunto de esta nueva “leyenda negra”. Creció en el seno de una familia de la burguesía ilustrada en la que las tradiciones musulmanes estaban siendo acompañada por el desarrollo de un pensamiento crítico iluminado por el marxismo. Al tiempo que pudo conocer de primera mano los ritos y tradiciones de dicha religión, Tariq tuvo una educación atea.  En los años sesenta sobresalió como uno de los portavoces más reconocidos de las movilizaciones estudiantiles británicas, y fue militante de la Cuarta Internacional (servidor recuerda sus poderosas dotes polémicas y su presencia imponente en el IX Congreso de la Internacional celebrada en Rimini en 1969 bajo el paraguas de “Congreso Internacional de Sociología), discípulo de Ernest Mandel y de Isaac Deutscher, al que se refiere ampliamente en el libro, sobre todo por su condición de marxista y de judío laico y antisionista. Escritor, es autor de una serie de novelas históricas congregadas bajo el título de El quinteto del Islam,  ya ha publicado sus tres primeras entregas, A la sombra del granado (que transcurre en la Granada musulmana), El libro de Saladino y La mujer de piedra.

           Personaje inquieto donde los hayan, Tariq Alí también es realizador de cine, autor de guiones cinematográficos, y uno de los redactores de la prestigiosa New Left Review, de la que existe una versión castellana (Akal). En sus libros, Tariq no efectúa una defensa de la religión sino de una cultura árabe extraordinariamente rica de la que aquí mediáticamente se ofrece una versión reduccioncita, la de los fundamentalistas, que es, al decir de Tariq, como sí la historia del cristianismo se limitara a la Inquisición. Esta capacidad de explicar la historia a través de la percepción personal, el tono intimista para enfocar grandes acontecimientos, la actitud del que quiere saber, confieren a esta obra un valor añadido ya que permite que el lector profano quede prendado de la narración y absorba este ensayo como sí se tratara de una novela.

            Con una sinceridad a prueba de bombas, Tariq va desmenuzando las hipótesis de los intelectuales pentagonistas. Sostiene en su argumentación que lo que está ocurriendo no es otra cosa que una espantosa variante del retorno de la Historia. La llamada “guerra contra el terror” en nombre de la cual se arma a los tiranos y se bombardea a los pueblos, no es más que un “choque entre dos fundamentalismos”; de un lado, el religioso musulmán, producto de numerosas derrotas de las izquierdas en los países árabes, y de otro, el imperialista, que esconde sus propósitos de dominación proclamando que “Dios está con nosotros” (uno de los lemas preferidos por los nazis), y cantando aquello de “Dios bendiga a América”, reforzando la tradición mesianista norteamericana según la cual Estados Unidos ocupa el lugar de Israel como el pueblo elegido y premiado por el Dios del Sinaí, al parece Wall Street compró las Tablas de la Ley a un comerciante de rifles llamado Moisés (Charlton Heston). Cada uno de estos fundamentalismos posee unos inveterados  rasgos distintivos, uno se reclama de yidads, otro de la modernidad tecnológica, y distan mucho de estar en pie de igualdad.

 

            Tariq Alí define su concepción abierta como la de un “mu­sulmán no musulmán”, aunque quizás sería más apropiado utilizar la de musulmán no creyente, más apropiada para subrayar la intensidad del poso de sus orígenes religiosos, compatible con un ateísmo que, según cuenta el propio Tariq,  profesó desde la infancia en una indagación personal que sirve de guía empírica y didáctica para el lector profano, más próximo a su parte de inglés de adopción que a sus orígenes pakistaníes, no menos presente en su vida y su concepción del. Mundo. Su concepción del relato está impregnada de esa tradición, con imágenes muy vivas e incluso, con una siempre  recurrente ironía con la que muestra como por debajo de las plegarias persiste la picaresca y la hipocresía. Evidentemente, Tariq no se detiene en los pormenores de una historia que, aunque solo sea por su amplitud, ha de resultar mucho más compleja, pero va al grano y sus fuentes son de primer orden. Con un amplio recorrido sobre la historia musulmana, Tariq Alí desconstruye la génesis del fundamen­talismo a través una sucesión de pinceladas que arrancan de una brillante caracterización del momento fundacional del Islam, y culminan en los capítulos relati­vos a la islamización autoritaria de Pakistán y al problema de Cachemira. No puede faltar el wallabismo, pero tal vez donde la información resulta más revelado­ra es en las anotaciones sobre el nasserismo y los Hermanos Mu­sulmanes en Egipto.

             Especialmente aclarador es el apartado en torno a la presión imperialista sobre Irak. El balance de urgencia, esta­blecido por medio de la carta que el autor escribe a un joven musulmán, enlaza con los plan­teamientos clásicos del Islam li­beral: sin reforma religiosa, no hay progreso posible. Su radiografía atraviesa la historia islámica desde las razones de Mahoma o el peso de la sexualidad en su composición religiosa, hasta los avatares últimos de las diversas fracciones fundamentalistas, a las que extrae del marco oscuro del sensacionalismo mediático para darnos los elementos de una explicación de una auténtico rompecabezas. El autor entra y regresa de la historia para entender la génesis de la crisis ac­tual y apuntar alguna escapatoria a la amenaza que recae sobre to­da una humanidad abocada parar el camino que lleva al desastre último, de momento a meter a los países árabes en un callejón sin salida como en el que ya se encuentra el continente africano donde países que habían nacido de una revolución liberadora como Argel o el Egipto nacionalista de Nasser, retroceden día por día segregando horror y miseria sin otra perspectiva que no sea cambiar el curso dominante.

              Pero mientras que la alternativa para el fundamentalismo islámico está clara, pasa por la Ilustración, por esa interacción crítica de la que nos habla Said –con el que Tariq mantiene una amistosa polémica–, hay una pregunta que nos afecta muy especialmente, a saber ¿qué ha­cer en cuanto al imperialismo al que Tariq Alí califica al modo sa­damita de “padre de todos los fundamentalismos”.. No es otra la definición que merece esa cultura depredadora que  Bush senior consideraba como “natural” e inherente al ser humano, abocado a imponerse en el juego de la ley del más fuerte.

             Los símbolos del fundamentalismo norteamericano están en crisis, en plena decadencia, lo que está haciendo Bush es una fuga hacia delante. Ni los más cretinos pueden creer hoy “inocentemente” que Estados Unidos y su forma de vida han sido escogido por Dios, y que hay que estar –como ha declarado el ciclista Amrstrong- con su presidente,  aunque éste tenga la catadura de un Al Capone, y el que la codicia consumista y acumuladora es la única razón verdadera de los seres humanos aunque cada paso en la concentración de las riquezas en manos de unos pocos se traduzca por otros pasos en el hambre y la miseria de los oprimidos. Otro icono de la vida norteamericana, el gran actor Tom Hanks, respondió cuando, con ocasión del estreno en Madrid de esa mamarrachada titulada El código da Vinci, le preguntaron sobre los horrorosos casos de torturas en Irak: “Estos son tiempos difíciles. Dios salve a mi país”.

            Obras como El choque de los fundamentalismo son de esos libros que sirven para situarnos ante los dilemas y complejidades de los grandes dramas de la historia presente. Tarik Ali regresó un año más tarde con una obra complementaria en la misma editorial alianza: Bush en Babilonia, otro trabajo que devuelve a las librerías la vigorosa presencia del ensayismo marxista crítico, la combinación del mayor calado en los análisis con el lenguaje sencillo, claro y directo, en un paseo que nos aclara sobre misterios que nos enturbian el mapa del mundo a través de un paseo tan ameno y atractivo como pluridisciplinario que nos permite conectar la memoria histórica con lo que está ocurriendo delante de nuestros atónitos y aterrorizados ojos. Se trata sin duda de un puente de entendimiento entre Oriente y Occidente, entre el Islam y el Cristianismo, escrito como un diálogo entre culturas y desde un ángulo crítico y emancipador cuya utilidad práctica queda resaltada por los últimos acontecimientos.

        En el prólogo de su libro, El choque…, Tariq se cuestiona algunos de los porqués de la historia del islamismo para entrar en el análisis del hecho de que a pesar de su educación agnóstica, fue educado en la cultura islámica a la que declara “deber muchas cosas”. Su conclusión es que es “perfectamente posible formar parte de una cultura sin ser creyente”, y cita en este punto a “El historiador Isaac Deutscher (que) solía decir de sí mismo que era un judío no judío, identificándose así con una larga tradición de escepticismo intelectual simbolizado por Espinoza, Freud y Marx”. Y sigue con su propia reflexión: “He meditado mucho sobre esto y, en alguna ocasión, me he definido como un musulmán no musulmán, aunque es un apelativo que no acaba de convencerme. Me suena un tanto extraño. Con esto no pretendo sugerir que en la Casa del Islam no hay intelectuales ni artistas laicos. Teniendo en cuenta solo a los del siglo pasado, citaré a modo de ejemplo, a Nazim Hikmet, Faiz Ahmed Faíz, Abdelrahman Munif, Mahmud Darwish, Fazil Iskander, Naguib Mahfouz, Nizar Qabbani, Pramoeda Ananta Toer y Djibril Diop Mambery. Pero ellos son poetas, novelistas, realizadores de cine. No hay figura equivalentes en el campo de las ciencias sociales. Las críticas a la religión siempre se dejan implícitas. La vida intelectual se ha atrofiado y el Islam se ha convertido en una religión estática con la vista puesta al pasado” (p. 19-20)   

         Tariq Ali, que había colaborado a través de Deutscher con el Tribunal Russell-Satrre que investigó las atrocidades cometidas por el imperialismo norteamericano en el Vietnam, se refiera familiarmente a:  “Tamara y él habían perdido a la mayoría de su familiares durante el judeocidio. Aunque Deutscher no solía permitir que la emoción dominara la razón, dí por hecho que habría hablado en favor de Israel, concebido como Estado de refugio y no como Estado que creaba refugiados. No albergaba grandes esperanzas con res­pecto a la entrevista. y me equivoqué. Deutscher habló de los judíos llamándolos los «prusianos de Oriente Próximo» y realizó una advertencia escalofriante y llena de clarividencia con respecto al futuro:

       “Los alemanes han resumido su experiencia en una frase amarga: Man kann sich totsiegen! El hombre puede precipitarse victoriosamente hacia su tumba.» y esto es lo que han hecho los israelíes. En los territorios conquistados y en Israel hay actual­mente casi un millón y medio de árabes, lo que equivale a más del cuarenta por ciento de la poblaci6n total. ¿Expulsarán los is­raelíes a esta multitud de árabes para conservar «con seguridad» las tierras conquistadas? Expulsarles sería crear un problema  con los refugiados mucho mayor y más peligroso que el que existía antes (…). Sí, esta victoria es peor para Israel que una de­rrota. En lugar de concederle una seguridad mayor, la ha vuel­to mucho más vulnerable (1).

        Tal como predijo Isaac Deutscher, la victoria israelí de 1967 no re­solvió nada. Los palestinos se negaron a convertirse en un pueblo desa­parecido. La nueva generación se empeñó en una lucha por la autode­terminación nacional, la última de la serie de guerras de liberación ini­ciadas a comienzos del siglo XX. Hoy día, Israel es la única potencia colonial que sobrevive, entendiendo el término conforme al modelo es­tablecido en los siglos XIX y XX. Una minoría de valerosos intelectuales israelíes así ha llegado a reconocerlo. Baruch Kimmerling, catedrático de Sociología de la Universidad Hebrea, ha publicado recientemente un homenaje a Émile Zola. Yo acuso apareció en el número de 1 de febrero de 2002 del semanario hebreo Kol Ha’ ir.  Es una denuncia feroz los jefes militares israelíes, algo que nunca se encuentra en los medios comunicación occidentales:

        “Yo acuso a Ariel Sharon de haber creado un proceso que, además de intensificar los derramamientos de sangre en ambos bandos, puede provocar un guerra regional y una limpieza étni­ca parcial o casi global de los árabes de la “Tierra de Israel”. Yo acuso a todos los ministros del Partido Laborista de este gobier­no de cooperar en la materialización de la «visión» fascista que la extrema derecha tiene de Israel. Yo acuso a los líderes palesti­nos, y en particular a Yasir Arafat, de que su falta de previsión los haya convertido en colaboradores de los planes de Sharon. Si se produce otra naqba, también será por culpa de los líderes palestinos. Yo acuso a los jefes del ejército que, espoleados por los gobernantes del país, y amparados en una supuesta profe­sionalidad militar, han instigado a la opinión pública a ponerse en contra de los palestinos. Es la primera vez que tantos gene­rales de uniforme, ex generales y antiguos miembros de los ser­vicios secretos del ejército, disfrazados a veces de «expertos», to­man parte en el lavado de cerebro de la opinión pública israelí. Cuando se cree una comisión judicial de investigación para es­clarecer la catástrofe de 2002, no sólo habrá de investigar los crímenes de la población civil, sino también los de los militares. El filósofo Yeshayahu Leibovitz tenía razón: la ocupación ha acabado con los aspectos positivos de la sociedad israelí y ha destruido su infraestructura moral. Detengamos esta marcha de orates y construyamos una nueva sociedad, en la que no haya lugar para el militarismo, la opresión, la explotación de otros pueblos ni para cosas peores (…). Y me acuso a mí mismo de haber alzado poco la voz y de haber guardado silencio en de­masiadas ocasiones pese a que sabía todo esto…

       La historia de Palestina es un capítulo inconcluso (pp. 169-70-71).

 

      (1)  Al releer la entrevista de Deutscher (New Left Review I, 44, julio-agosto, 1967) treinta y cuatro años después de que la concediera, es imposible no asombrarse de su va­lentía y de la claridad de sus ideas. Isaac y su mujer Tamara se quedaron prácticamente sin familia durante el judeocidio. Mas no se hicieron sionistas. Por este motivo, y con la esperanza de darla a conocer a un público más amplio, la he incluido como apéndice de este libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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