Un punto de encuentro para las alternativas sociales

Espigar los campos del bienestar: luchas rurales en China desde 1959

Chuang (colectivo comunista chino crítico)

Los jóvenes de hoy en día, la generación sin experiencia de trabajo en el campo, aunque tengan tierras y no puedan encontrar un trabajo, ni aún así no quieren probar suerte en la agricultura. […] En mi caso, tras vagar lejos de casa durante muchos años, fue solo al regresar a Wukan cuando me pude sentir seguro, como un barco volviendo a puerto seguro. Quizá sea por eso por lo que la gente joven tuvo un papel tan activo en la lucha por la tierra en Wukan.[1]

En diciembre de 2011, mientras los “ocupantes” a lo largo de todo Estados Unidos eran expulsados de sus tiendas con nieve incrustada y la Primera Árabe estaba justo empezando su azaroso deslizamiento hacia el otoño, unos cuantos miles de “granjeros” en una aldea de pescadores china encabezaron los titulares de todo el mundo. ¿Se había unido finalmente la China continental al movimiento global de las plazas? Pequeñas manifestaciones en Estados Unidos intentaron representar esta fantasía de conectividad transnacional. Y en cierto modo, el Levantamiento de Wukan siguió una trayectoria similar a movimientos simultáneos en otras partes, como las revoluciones tunecina y egipcia: la brutalidad policial contra manifestantes pacíficos dio lugar a un movimiento de masas, cuyas acciones militantes pronto sobrepasaron las moderadas demandas iniciales y cuyo éxito político (“derrocar al régimen” y la elección de nuevos líderes) terminó no siendo capaz de solucionar las reclamaciones económicas inmediatas de los participantes, por no hablar de ejecutar posibilidades más radicales que habían surgido durante el movimiento.

Pero esta semejanza refleja un nivel más profundo de comunalidad transnacional que se perdieron los observadores: la incapacidad creciente de cumplir las demandas económicas debido a la recesión mundial y su consiguiente crisis de reproducción. En 2011, muchos observadores creyeron que China era una excepción a la regla, pero ahora está claro que la crisis ya estaba fermentando bajo la superficie. Gobiernos locales como el de Wukan habían estado intentando desesperadamente vender las tierras de propiedad colectiva de los aldeanos para cancelar las deudas por el gasto para el estímulo. Esta comunalidad había quedado oscurecida por la forma en que Wukan y luchas similares habían sido presentadas como la resistencia de los “granjeros” a la incautación de sus tierras, que serían la fuente primaria de ingresos o de subistencia. Si lo vemos más de cerca, descubrimos que la mayor parte de estos aldeanos viven y trabajan principalmente en ciudades, ni siquiera saben como cultivar y su objetivo fue solo aumentar la compensación monetaria por el uso de sus tierras por parte de promotores comerciales. Como tales, estas luchas recientes se parecen más a las movilizaciones antiausteridad en la ola social en Europa y Norteamérica que a las clásicas luchas por la tierra campesinas —incluidas aquellas que lucharon tan ferozmente algunos de estos mismos protagonistas chinos y sus padres en los 90.

Al mismo tiempo, los sujetos de estas luchas recientes no se pueden reducir a especímenes de un proletariado homogéneo global o “mutitud”. El proletariado chino está profundamente dividido entre hukous (registros de hogares) urbanos y rurales, y los ruralitas están fragmentados a su vez por toda una serie de condiciones materiales diferenciadoras. Estas condiciones no se pueden entender sin investigar su trasfondo histórico —un trasfondo de cambio agrario que ha sido fundamental para la modernidad china en sus aparencias tardoimperial, republicana, socialista  y postsocialista.[2]

¿Qué queda del campesinado de China?

Muchas de las luchas rurales de China desde mediados de los 2000 —incluídos muchos de los conflictos por la tierra que supusieron un 65% de los 180.000 “incidentes de masas” en 2010— han adquirido el carácter de negociaciones por el salario social. Aunque casi todos estos conflictos han seguido siendo localistas y estrechamente definidos, las condiciones más proletarizadas de sus participantes y un mayor dominio de las fuerzas del mercado mundial incluso en aldeas remotas[3], puede estar aumentando las posibilidades de que tales movilizaciones enlacen con las huelgas y revueltas en continua gestación que perturban las áreas urbanas donde viven y trabajan ahora la mayor parte de estos “campesinos”.

El término “campesino” lo usamos con alguna duda, puesto que los campesinos de hoy (en China y probablemente en todas partes) son bastante diferentes de aquellos que movilizaron gente como Makhno y Mao. El pasado siglo ha transformado lo que significa ser un campesino, se podría argumentar que más allá de lo reconocible. El término lo utilizamos aquí tanto porque “campesino (nongmin) sigue siendo una identidad destacada en China como porque, y es lo más importante, subraya una separación institucional actual entre hukou urbano y rural. Las dos definiciones superpuestas de “campesino” pueden ayudar a dar sentido a muchos conflictos en la China postsocialista:

• En un sentido amplio específico de China, “campesino” podría indicar cualquiera con un hukou rural, a los que nos referiremos aquí como “ruralitas” para evitar la confusión. Muchos ruralitas viven en áreas urbanas la mayor parte del tiempo y muy frecuentemente no están seguros de si se establecerán allí o volverán finalmente a sus aldeas. El sistema de hukou es similar al apartheid o a la ciudadanía nacional, excluyendo a los ruralitas de determinados derechos de los que disfrutan los urbanitas (gente con un hukou urbano), pero también garantiza a los ruralitas el derecho al uso colectivo de recursos de la aldea como tierras de cultivo, bosques, estanques, línea de costa y pastos. En 2012, estos ruralitas suponían entre el 60 y el 70 por ciento de la población de China, totalizando entre 800 y 950 millones de personas.[4] Aproximadamente 280 millones de estos ruralitas son residentes urbanos, en el sentido que pasan la mayor parte de su tiempo en áreas urbanas, principalmente trabajando por un salario o gestionando pequeños negocios.

• En las definiciones de la sociología clásica, “campesino” se refiere más específicamente a hogares multigeneracionales (no sus miembros individuales, que pueden ocupar diversas posiciones de clase a lo largo de su vida) con acceso a pequeñas parcelas de tierra utilizadas para la producción con trabajo familiar, principalmente para un uso directo, además de un excedente para la venta, el pago de rentas y/o impuestos. Según tales definiciones, los campesinos no son granjeros capitalistas porque no usan su tierra como capital o gestionan sus “granjas” como empresas [5]. Ni son plenamente proletarios dado que tienen acceso a medios de subsistencia y los usan para la reproducción de su hogar, a menudo sumando alguna producción excedente. Al mismo tiempo, son frecuentemente semi-proletarios, dado que dependen parcialmente de los salarios de los ingresos informales de uno o más miembros de la familia. En este sentido, el número de campesinos de China es mucho menos que los 900 millones de ruralitas, aunque algunos sociólogos defienden lo contrario.[6]

Aunque este último sentido de “campesino” describía con precisión las condiciones de la mayor parte de los hogares rurales en el periodo de la transición postsocialista (años 70-90), esta categoría se ha vuelto menos útil a partir de los 2000. El creciente dominio de las fuerzas del mercado global ha transformado las tierras restantes de los ruralitas de medios de producción a meros “campos de bienestar” (fulitian), como señalan intelectuales y políticos chinos —algunos argumentando que esta tierra de posesión colectiva proporciona un suplemento temporal al austero sistema de seguridad social china hasta que el estado sea lo suficientemente rico como para conseguir una “democracia social de estilo escandinavo”[7]. Aunque los ruralitas más mayores todavía cultivan esta tierra, sus hogares y lo que queda de sus comunidades aldeanas se han vuelto dependientes de otras fuentes de ingreso. Al mismo tiempo, estas fuentes se están volviendo más precarias a medida que China se une a la tendencia global de la desindustrialización.[8] La población rural de China, por tanto, se está proletarizando en el mismo momento en que se está convirtiendo en algo excedente para las necesidades de la acumulación capitalista.[9] Mientras tanto, el estado chino intenta evitar los efectos desestabilizadores de una urbanización incontrolada y chabolismo periurbano. El sistema de hukou —que incluye el acceso a los campos de bienestar que este proporciona legalmente a los ruralitas— cumple así la función dual de externalizar los costes de reproducción de la fuerza de trabajo sobre los miembros “campesinos” de familias rurales y ayudar la gestionar la población cada vez más innecesaria para la economía de mercado.

Aunque el sistema de hukou ya no es tan importante como lo era desde los 60 hasta mediados de los 2000 [10], sigue dividiendo a la población china. En su capacidad negativa, el sistema sigue perjudicando a los ruralitas que viven en las ciudades con respecto a los servicios sociales, y la policía puede mandarlos de vuelta a sus aldeas en cualquier momento (rara vez utilizado estos días, pero es una carta que pueden jugar en momentos de conflicto). En su capacidad positiva, un hukou rural supone el derecho a usar una parte de los recursos colectivos de la aldea. Aunque este derecho ayuda a gestionar la población excedente y externaliza los costes de reproducción, los inversores individuales y los gobiernos locales son sin embargo movidos por el beneficio y una deuda creciente que socavan estas funciones estabilizadoras mediante prácticas depredadoras como las apropiaciones de tierras —empujando a los ruralitas a defender ese derecho o, cada vez más, a simplemente conseguir más dinero por lo que han perdido.

Los hogares postsocialistas rurales se relacionan por tanto con la acumulación capitalista mediante una variedad de formas que no suponen solo el salario:

1. Sus recursos son expropiados mediante:

a. las apropiaciones de tierras (la causa más común de incidentes de masas desde mediados de los 2000 hasta aproximadamente 2013),
b. contaminación (externalización de los costes de la producción capitalista que destruyen los recursos de los campesinos, según consta, la causa más común de incidentes de masas en 2013),
c. privatizacion de los servicios y empresas de las aldeas (principalmente en los 80-90),
d. una parte de los impuestos y tasas estatales convertidos en capital mediante la inversión en empresas “colectivas” en busca de beneficio (hasta que a mediados de los 2000 las reformas abolieron los impuestos y tarifas rurales)

2. Son explotados mediante un “intercambio desigual” [11] en los mercados de:

a. crédito (el interés pagado a las instituciones financieras),
b. insumos agrícolas (precios monopolistas para las semillas patentadas, razas de ganado, agroquímicos, equipamiento, etc.),
c. la venta de los productos agrícolas de los campesinos por parte de intermediarios, “cooperativas” de compañías alimentarias, compañías logísticas, vendedores al por menor (los campesinos consiguen una mínima parte del precio pagado por los consumidores, siendo la mayor parte esquilmado por estos otros enlaces de la cadena de mercantilización),
d. la renta por la tierra de cultivo (poco usual en China dado que la mayor parte de los campesinos poseen su propia tierra, pero que se está volviendo más frecuente para compañías que arriendan la tierra de las aldeas y luego las subarriendan a los aldeanos o campesinos más pobres de cualquier otra parte. Es también común que exterratenientes campesinos en ricas áreas costeras como Guangdong arrienden su tierra a campesinos pobres del interior para agricultura comercial).

3. Y determinados miembros de la familia son explotados durante determinados periodos de sus vidas mediante una relación salarial, que afecta a todo el hogar hasta el punto que depende de los salarios remitidos.

A esto se debería añadir el sentido general en el que las relaciones comeciales dan forma a las vidas de todos, de manera que aquellos que no tienen suficiente dinero son excluidos de las cosas que se les ha hecho necesitar o desear —exclusión que es defendida por la fuerza del estado. Para aquellos ruralitas que no pueden o no quieren conseguir suficiente dinero en metálico por su cultivo, fuerza de trabajo o empresa legal, la forma más destacada en que experimentan la vida bajo el capital puede ser no económica, mediante la imposición policial de relaciones de propiedad y orden social. En prisión, algunos de ellos pueden entonces contribuir directamente a la acumulación mediante el trabajo forzado.

Los ruralitas han actuado colectivamente contra la extracción y la exclusión de múltiples modos, cada uno de ellos correspondiendo a una de estas relaciones:

1. Contra la expropiación directa, la presentación de demandas ante autoridades más altas y mediante bloqueos de carreteras, revueltas y ocupaciones de tierras robadas y edificios gubernamentales.

2. Contra el “intercambio desigual”, forman cooperativas (para la financiación, suministros agrícolas, procesamiento y comercialización) y crean redes alternativas de comercialización.

3. En la relación salarial, los trabajadores de hogares rurales negocian o demandan a las autoridades y, cuando esto falla, recurren a huelgas, huelgas de brazos caídos, sabotajes y revueltas.

4. Contra la exclusión, los ruralitas pueden recurrir a actividades criminales, ocupar espacios para vivir, pedir limosna o vender y, ocasionalmente, rebelarse.

Resistencia a la extracción del estado durante el periodo socialista (1959-1978)

El carácter actual de la resistencia rural tiene sus raíces en la era socialista. Este ciclo de luchas empieza en 1959, el primer año de la Hambruna del Gran Salto Adelante, cuando se produjo una ruptura entre los campesinos y el Partido Comunista Chino (PCC), que había conseguido un amplio apoyo en el campo en diverso grado en las tres décadas anteriores. Muchos miembros e incluso líderes del partido procedían del campesinado, y la guía del PCC había demostrado ser exitosa en luchas victoriosas contra élites locales que los campesinos pobres habían ya intentando infructuosamente por su cuenta. El apoyo campesino creció a lo largo de los 50 cuando las políticas del PCC (como la reforma agraria y la cooperativización), unidas al fin de la guerra civil, llevaron a mejoras de los niveles de vida.

Todo esto se hundió con la vuelta del hambre en 1959, tras el primer año de la campaña del Gran Salto Adelante del PCC.[12] Muchos campesinos empezaron pronto a ver al partido-estado como una fuerza ajena, extractiva y opresora, y a actuar individual o colectivamente contra ella ocultando grano a los recolectores estatales, robando de los campos colectivos, saqueando graneros, yendo a las ciudades a pedir comida,[13] y en algunos cosas tomando las armas y dedicándose a “tomas del poder” locales.[14]

La retirada post-Salto hacia políticas agrarias más conservadoras (descolectivización parcial, restauración de mercados), mitigó el malestar campesino, pero el daño ya estaba hecho. De ahora en adelante, sería más difícil movilizar a los campesinos en campañas masivas o incluso en el trabajo cotidiano. La ineficiencia que tanto denguistas[15] como liberales atribuyen a la naturaleza de la producción colectiva en general, en realidad vino, en este caso, de la resistencia de los campesinos a la extracción estatal y lo que interpretaron como intentos ajenos, a menudo irracionales, de controlar el proceso de producción. En los 70 (tras una recolectivización más moderada a mediados de los 60), muchos campesinos presionaron por una descolectivización parcial, y otros dieron la bienvenida a la descolectivización forzada denguista del estado a principios de los 80 —menos por el individualismo intrínseco de los campesino o “mentalidad pequeño-burguesa” y más porque querían menos extracción y más control sobre la producción.[16]

Resistencia a las fluctuaciones de precios durante el Periodo de Transición (mediados de los 80 a principios de los 90)

Los primeros 80 fueron una edad de oro para la mayor parte de los campesinos chinos, comparable a los 50 por el optimismo y superándolos desde el punto de vista de los medios de vida. Varias décadas de paz y la mejora gradual de la alimentación combinada con las mejoras post-1968 en la salud rural consiguieron doblar la esperanza de vida entre 1949 y 1980. Mientras tanto, dos décadas de proyectos colectivos para mejorar las infraestructuras rurales (roturando nuevas tierras, expandiendo los sistemas de riego, construyendo carreteras, etc.) y la modernización estatal de la agricultura (mecanización, producción de agroquímicos y variedades de semillas y ganado de alto rendimiento) finalmente dieron sus frutos a finales de los 70.[17] A esto se unió el primer aumento significativo de los precios estatales de los productos agrícolas, complementado con subsidios a los campesinos emprendedores que reorganizaron sus granjas familiares y privatizaron el equipamiento colectivo para especializarse en determinadas mercancías, llevando al más rápido aumento de la productividad e ingresos agrícolas que había visto China desde la dinastía Ming —especialmente para aquellos capaces de beneficiarse de los subsidios empresariales disponibles entre 1978 y 1984.

A mediados de los 80, sin embargo, una combinación de nuevos factores hizo que estos aumentos de la productividad e ingresos disminuyesen. El aumento atribuible a la modernización de minúsculas parcelas de tierra pronto alcanzó sus límites. Luego el estado disminuyó sus subsidios y control de precios de la agricultura como parte de su estrategia general de producción para el mercado, y para equilibrar el presupuesto y disminuir los precios de los alimentos para los urbanitas. Estos cambios supusieron un desastre para los campesinos que se habían especializado en determinados cultivos industriales cuando los precios cayeron por debajo de los costes de producción, llevando a la primera ronda significativa de malestar campesino en China desde la Hambruna del Gran Salto Adelante,[18] que empezó a finales de los 80.

Hay pocos datos disponibles de esta secuencia de luchas debido a la censura de los medios y la preferencia de los investigadores por centrarse o en la descolectivización o en las luchas contra la corrupción, pero queda memoria en la novela de Mo Yan Las baladas del ajo[19]. Basada en noticias de prensa y entrevistas, la novela cuenta un levantamiento en 1987 contra la caída de los precios del ajo y el rechazo del gobierno a comprar el excedente, después de que funcionarios locales hubiesen animado a los campesinos a especializarse en el ajo y después se hubiesen embolsado los subsidios estatales, además de las tasas que habían cargado por cultivar un producto industrial en lugar de grano. Si este caso es una indicación, la mercantilización de la agricultura en este momento ya estaba entrelazada con la corrupción gubernamental local, que se convertiría en el centro de la resistencia campesina en los 90.

Resistencia a la expropiación gubernamental local en los 90 y principios de los 2000

Fue durante este periodo cuando muchos jóvenes campesinos empezaron a migrar a las ciudades de la costa por empleos temporales, incentivados por la expropiación en el campo y el aumento de las oportunidades de empleo en las Zonas Económicas Especiales, ambas sucediendo justo cuando los retornos de la agricultura modernizada de pequeñas parcelas habían alcanzado sus límites. Las luchas de campesinos se bifurcaron por tanto en las luchas rurales de las que tratamos aquí, y las luchas de ruralitas como proletarios, entre las que se incluyen los conflictos por las relaciones salariales y las rebeliones contra la exclusión social discutidas en “Sin poder avanzar, sin poder retroceder” (también en el número en el que se publica este artículo).

A pesar de las frecuentes noticias de prensa y una considerable literatura académica, el único intento de una historia completa de las luchas rurales desde los 80 son un par de artículos de Kathy Le Mons Walker publicados a finales de los 2000[20]. Las siguientes secciones se centran en resumir la información de dichos artículos, complementándolas con otras fuentes y entablando una discusión crítica con el análisis de Walker.

Entre los muchos objetivos de la resistencia campesina desde finales de los 80 a principios de los 2000, la mayoría se podrían caracterizar como expropiación directa. Estos incluyen:

la emisión de pagarés en lugar del pago en metálico por las cosechas por parte de los funcionarios locales, quienes usaban los fondos para especular en el mercado inmobiliario y acuerdos de negocio […]; desvío por parte de los cuadros de insumos estatales para la agricultura; que los cuadros locales e intermedios se embolsasen los beneficios de las EMC [empresas “colectivas” de municipios y ciudades, más conocidas por sus siglas en inglés TVEs, Township and Village Enterprises ]; la imposición por parte de los cuadros locales de toda una serie de multas, tarifas e impuestos ‘ilegales’ o ‘no justificados’ para pagar proyectos de ‘desarrollo’ y/o su uso personal; la confiscación forzada de tierras, pertenencias y alimentos de los campesinos que no quisiesen o pudiesen pagar las tarifas e impuestos extra; la expropiación de la tierra cultivable sin una compensación adecuada (para autopistas, proyectos inmobiliarios y uso personal, o par atraer a inversores industriales mediante la creación de ‘zonas de desarrollo’); la expedición de fertilizantes químicos, pesticidas, semillas y otros suministros inferiores o falsos por parte de cuadros corruptos; y finalmente la contaminación de los suministros de agua locales por parte de proyectos de desarrollo, que no solo irritaba a los campesinos sino que también afectaba la producción agrícola.

Esta expropiación no era mera “corrupción” como tanto el estado chino y los críticos liberales acostumbran a definirla[21]. En algunos casos se parece a la “acumulación primitiva” protocapitalista en el sentido clásico de Marx, porque representó un papel clave en la transición al capitalismo.[22] En otros, especialmente los casos más recientes, esta expropiación podría entenderse mejor como “acumulación por desposesión” específicamente capitalista en el sentido definido por David Harvey —la categoría preferida en el análisis de Walker[23]. Transfirió productos del trabajo campesino a empresas capitalistas y la infraestructura necesaria para su funcionamiento. También tomó la forma de renta capitalista, entendida como contrapuesta a las rentas tributaria y socialista en la China rural anterior a la mercantilización. La inversión en este periodo a menudo tomó la forma de TVEs, pero muchas de ellas funcionaban como empresas por acciones orientadas al beneficio, mientras de otras se apropiaron finalmente sus gestores o hubo capitalistas que las compraron barato. Durante la reintegración de China al mercado mundial en los 90, estas TVEs privatizadas se convirtieron en el vehículo inicial mediante el que el capital chino y trasnacional explotaron a los campesinos-trabajadores locales y migrantes —el vehículo para su expropiación se convirtió a menudo en la fuente de su explotación.

“Todo el poder a los campesinos”

Cuando esta secuencia de resistencia campesina a la expropiación empezó a finales de los 80, consistió principalmente en la “venganza” (baofu) a pequeña escala contra funcionarios locales y nuevos ricos (a menudo la misma persona o familia). Más de 5.000 casos de resistencia “violenta” a los impuestos fueron reportados en 1987-88, entre los que se incluyen incendios provocados y el asesinato de recaudadores de impuestos.[24] En los 90, tales acciones empezaron a tomar formas más colectivas. En 1993, por ejemplo, 15.000 campesinos en el condado de Renshou, Sichuan, tomaron parte en un levantamiento contra los impuestos y tasas durante seis meses, en el que los participantes “bloquearon el tráfico, tomaron como rehenes a oficiales de policía, quemaron coches de policía, atacaron a funcionarios, destruyeron oficinas gubernamentales y marcharon en masa por las calles de la ciudad, montañas y campos cercanos y en las carreteras locales llevando horcas, barras y banderas”.[25] Se movilizó a una unidad del ejército para el caso en que los campesinos “derrocasen” el gobierno del condado, en cuyo caso la “revuelta” hubiera sido redefinida como “rebelión” y aplastada “a cualquier coste”.

Ese mismo año, en Anhui, 300 miembros de un “Comité Campesino Autónomo” atacaron un edificio del gobierno del condado, secuestraron funcionarios y exigieron un recorte de impuestos del 50%, la destitución de funcionarios de la ciudad y la disolución de la milicia local. En otros lugares de la misma provincia, más de 2.000 campesinos de siete aldeas agitaron contra el uso gubernamental de pagarés para pagar los productos agrícolas, ondearon pancartas con eslóganes como “‘¡Todo el poder a los campesinos!” y “¡Abajo los nuevos terratenientes de los 90!”.

En respuesta a este malestar, Beijing aumentó gradualmente sus esfuerzos para poner en práctica la política de “autogobierno aldeano” anunciada en 1987. Esto hacía referencia a la elección democrática de “comités de aldea” —el nivel más bajo de gobierno de facto, anteriormente nombrado por el municipio (el nivel más bajo de gobierno de jure). Al principio, pocos campesinos mostraron interés en estas elecciones, viéndolas como poco más que una formalidad, pero finalmente la idea de democracia de aldea ayudo a que Beijing se presentase “como un aliado y protector de los intereses campesinos y, de este modo, tanto minimizar la oposición potencial a sus propias políticas como sugerir que el problema real se encontraba en el funcionariado local.”[26] Al mismo tiempo, las autoridades centrales intentaron regular la extracción estatal local como parte de una campaña para “aligerar la carga de los campesinos”. En 1992, una “Circular urgente” prohibió a los funcionarios rurales imponer impuestos y tasas por encima del 5% del ingreso local medio. Al año siguiente, una nueva Ley sobre la Agricultura otorgó a los campesinos el derecho a rehusar el pago de tasas no autorizadas.<

Por una parte, pudo parecer que estas políticas resultaron contraproducentes, puesto que el número de “incidentes de masas” registrados en el campo llegaron a un nuevo cénit de 8.700 en 1993, y parece haber estado creciendo casi cada año desde entonces. Estas políticas dieron a los campesinos más justificación legal y moral para resistirse a ciertas formas de extracción. Para empeorar las cosas, los funcionarios locales intentaron suprimir la información sobre estas políticas e impedir su puesta en práctica, dando así a los campesinos otra causa para la rebelión. Pero por otra parte, la campaña de Beijing para “aligerar la carga de los campesinos”, unida a la política de democracia de aldea, ayudaron finalmente a contener la ira campesina al canalizarla alejándola de los objetivos más sistémicos y de más alto nivel hacia la corrupción local, así como transformando el anterior discurso de “lucha de clases” colocándolo en un marco reformista de “resistencia basada en la política”.[27] Por tanto, los campesinos —junto con los trabajadores y otras poblaciones subordinadas en China— empezaron a articular su resistencia a la expropiación en términos de “movimientos de defensa de derechos” (weiquan yundong), a menudo limitados a la forma organizativa de “grupos de defensa de derechos”.

Esta contención, no obstante, llevó tiempo, y nunca fue total. La postura de Beijing de apoyo a la “defensa de derechos” combinada con el aumento de la mercantilización de China y crecientes antagonismos de clase generaron algunas formas más militantes de acción campesina en los primeros años posteriores a 1993. Se caracterizaron por una “mayor militarización y una política abiertamente insurgente, que incluye la formación de organizaciones disidentes y fuerzas paramilitares”, como el “Ejército del Pueblo, Trabajadores y Campesinos Anticorrupción ” de Chongqing[28].  Esta secuencia parece haber llegado a su pico alrededor de 1997, cuando rebeliones en cuatro provincias, implicando a entre 70.000 y 200.000 participantes cada una “atacaron edificios gubernamentales, tomaron como rehenes a secretarios del partido, quemaron vehículos gubernamentales, destrozaron carreteras, requisaron cemento y fertilizantes estatales, y al menos en dos casos incautaron armas y munición”. Otra forma que tomaron en algunas de las rebeliones más militantes fueron las aldeas “paralizadas” o “huídas”, “en las que cuadros locales fueron asesinados y la administración local o dejó de funcionar o se apartó completamente de la extracción estatal y la puesta en marcha de políticas”. Esto parece presagiar el levantamiento de Wukan de 2011, pero visto más de cerca, las profundas diferencias entre estos dos tipos de conflicto revelan cuánto ha cambiado la China rural en solo una generación —cambios engendrados no solo por el desarrollo capitalista sino también por la segunda ronda de respuestas estatales a la crisis rural.

La respuesta

Esta segunda ronda empezó en 1998, cuando Beijing revisó las regulaciones de 1987 sobre el “autogobierno aldeano” para promover la “toma de decisiones democrática” a nivel local.[29] Al mismo tiempo, sin embargo, las autoridades centrales “fortalecieron el rol de los comités locales del partido ante los que tenían que responder los funcionarios de aldea”, mientras también se ponía en práctica un programa de aumento de la represión que “se deshizo de la tolerancia que había mostrado en los 80 y 90 hacia la protesta rural mientras fuese a pequeña escala, tuviese como objetivo solo a los líderes locales y no asumiese una forma explícitamente política”.[30] Este nuevo programa incluía “un mayor uso de la policía armada, tropas paramilitares[31], granadas de gas y otras armas, y arrestos más frecuentes”, junto con la “formación de unidades antidisturbio de la policía fuertemente armadas estacionadas en 36 ciudades, y la creación de 30.000 nuevas comisarías de policía en áreas rurales tanto para control como para vigilancia”.

En 2000, cuando la “profundización” de la democracia de aldea se mostró como una zanahoria de legitimidad insuficiente para equilibrar el palo de la creciente represión, Beijing presentó la propuesta de una nueva “línea estratégica” para corregir el desequilibrio entre el desarrollo urbano y el rural, anunciando que “proteger los derechos de los campesinos” se había convertido en una máxima prioridad. Este cambio, vacilantemente, comenzó con una reforma más profunda de los impuestos y tasas rurales, culminando con su completa abolición en 2006. Ese mismo año, Beijing lanzó una gran campaña de desarrollo rural llamada “Nuevo Campo Socialista” (NCS) como pieza central del 11º Plan Quinquenal de China. En la práctica, esta campaña y los programas que surgieron de ella terminaron facilitando una mayor expropiación de los ruralitas mediante su relocalización forzada para dar paso a proyectos de construcción e industrialización agrícola.[32] Sin embargo, otro aspecto importante del NCS fue inequivocamente conciliador: un amplio rango de subsidios rurales y programas de bienestar, entre los que se encuentran una pensión social, un subsidio de renta básica y un aumento en el apoyo del estado a la educación y la sanidad rurales.

Este cambio en curso en la estrategia de desarrollo del estado coincidió con la “tercera ola” de China en el activismo y los debates intelectuales postMao respecto al rol de los campesinos en el desarrollo chino.[33] A las tres olas (la primera centrada en la descolectivización de la agricultura a principios de los 80, la segunda con los TVEs a principios de los 90) les preocupaban cuestiones como: “¿Iba a desaparecer el campesinado, integrado en un nuevo capitalismo chino, o iba a formar una clase excluída, marginada y continuamente alborotadora?” Al principio la mayor parte de los intelectuales encuadraron el problema en términos de “la carga de los campesinos”, limitada a impuestos y tasas “excesivos” a causa de la corrupción de funcionarios locales. Gradualmente tomaron forma análisis más sofisticados, como la teoría de Wen Tiejun del “problema rural en tres dimensiones” (sannong wenti): campesinos, aldeas y agricultura. Según Wen —una figura prominente entre los intelectuales de la “Nueva Izquierda” en la China post-1989— el quid de la cuestión estaba en la conversión en mercancía de la tierra, el trabajo y el dinero tras tres décadas de “acumulación primitiva socialista” (industrialización alimentada por la extracción estatal de excedentes del trabajo campesino), condicionada por la posición semiperiférica de China en el mundo moderno.[34]

Sobre esta base intelectual surgió la “Nueva Reconstrucción Rural” (NRR), un movimiento social visto como alternativa o complemento a las respuestas del partido-estado al malestar campesino. La NRR buscaba canalizar este malestar hacia proyectos “constructivos” que tuviesen como objetivo revertir la disolución de las comunidades aldeanas y el flujo de gente joven a la ciudad —proyectos como cooperativas campesinas, redes alternativas de mercado y actividades “culturales” (actuaciones de troupes de artistas, clubs de gente mayor, etc.)[35] Aunque estos proyectos han tenido sin duda un papel positivo para la fracción de campesinos que participaron en ellos —un aumento de los ingresos y una ligera mitigación de la devastación ecológica gracias a cooperativas de agricultura orgánica, por ejemplo— han hecho pocos progresos en el sentido de contener el flujo de jóvenes ruralitas, o revivir comunidades a las que la gente joven tuviese ganas o fuese capaz de volver.

Tanto la NRR como el NCS respondían también a los miedos de que China pudiese encaminarse a una recesión o algo peor tras la crisis financiera asiática de 1997, con una inestabilidad creciente en la economía mundial tras 1999 y signos de que la capacidad productiva de China estaba dejando atrás su demanda efectiva. Además de eliminar los impuestos rurales y mejorar el sistema de bienestar, por tanto, una de las principales preocupaciones de políticas nuevas como el NCS fue aumentar el consumo rural mediante medios como subsidiar las comprar rurales de electrodomésticos y mejorar las infraestructuras, por ejemplo, construyendo y ampliando carreteras y transfiriendo a los ruralitas a complejos de viviendas más modernos, liberando así también tierra para ser usada por la agricultura capitalista o proyectos urbanísticos.

Los conflictos sobre la tierra en los 90 y principios de los 2000

A la actual ronda de apropiaciones de tierras, que los críticos llaman “movimiento de cercamiento [enclosure]” de la China contemporánea (quandi yundong), se la podría poner una fecha inicial en la relajación de las políticas de gestión de tierra que empezó a finales de los 80 y la siguente “locura por el cercamiento de tierras” en las Zonas Económicas Especiales costeras como Shenzhen. A principios de los 90, el 90% de la Inversión Extranjera Directa fluyó hacia este nuevo mercado de la tierra, posible después de que los funcionarios locales expulsasen a los campesinos, arrendándola para proyectos industriales y comerciales. [36] A finales de los 90, esta “locura” se extendió tierra adentro debido a la combinación de una urbanización acelerada, el desarrollo de un nuevo mercado inmobiliario en China, y las crecientes restricciones de Beijing a los impuestos y tasas rurales, que empujaron a los gobiernos locales a vender tierra como fuente alternativa de ingresos.

Como resultado, se perdieron dirigidas hacia el desarrollo 1,8 millones de hectáreas de tierra cultivable entre 1986 y 1995, seguidas por 8 millones de hectáreas entre 1996 y 2004, según cifras oficiales. Walker calcula que durante estas dos décadas, hasta 74 millones de hogares campesinos pueden haber estado afectados por estas apropiaciones de tierra —unos 315 millones de personas.[37] El estudio reciente más riguroso, del sociólogo Zhang Yulin, estima que entre 1991 y 2002, 62 millones de campesinos perdieron su tierra (una media anual de 5 millones), seguidos por 65 millones entre 2003 y 2013 (una media anual de 6 millones) —130 millones de personas en 22 años.[38] Incluso con la estimación más modesta, esto equivalía a “un ‘movimiento de cercado’ de proporciones sin precedentes en el mundo”.

Las apropiaciones de tierras empezaron a eclipsar a otras formas de expropiación a medida que esta últimas disminuían siguiendo una combinación de políticas estatales proruralitas y la liquidación de otros recursos colectivos (TVEs, etc.) a finales de los 90 y principios de los 2000. La acción colectiva campesina se centró cada vez más, por tanto, en los conflictos por la tierra. Algunos de estos conflictos podían llegar a ser bastante militantes, pero dado que la tierra es poseída colectivamente en el nivel de la aldea, estos raramente se extendían más allá de una aldea dada, en contraste con las luchas anticorrupción de los 90. De igual manera, a medida que los gobiernos local y central se hicieron más diestros en la puesta en marcha de las apropiaciones de tierras de manera que se redujese la resistencia, y que las vidas ruralitas se centrasen cada vez más en actividades en la ciudad, más de estas luchas desarrollaron el carácter de una negociación por el precio de la tierra y la mayor parte de los aldeanos querían vender de todas formas, oponiéndose a los intentos de mantener la tierra para el uso campesino y la reproducción de comunidades aldeanas.

Walker[39] relata un conflicto de tres años en la aldea de Shanchawang, Shannxi, como la típica resistencia campesina a principios de los 2000: “A finales de 2002 después de que el gobierno local incautase una parte de la tierra de los aldeanos y estos supiesen que los funcionarios la habían arrendado por 50 veces lo que se les había pagado, cerca de 800 de ellos bloquearon la construcción de una zona de desarrollo en esa tierra”, organizando 16 equipos para ocupar la tierra por turnos, hasta que llegaron la polícia y 300 trabajadores de la construcción y los echaron. Un año más tarde, ocurrió de nuevo lo mismo, pero esta vez centenares de aldeanos “ocuparon las oficinas del partido comunista de la aldea y mantuvieron el recinto vallado durante cinco meses”. Sin embargo, a pesar de esta acción sostenida y muy rompedora, al final “sus esfuerzos no consiguieron ningún resultado positivo y al final el gobierno envió 2.000 tropas paramilitares para expulsar por la fuerza a los que protestaban y arrestar a los líderes.”

Los gobiernos locales utilizaron cada vez con más frecuencia redes criminales para hacer el trabajo sucio, y Beijing “tropas paramilitares armadas con balas de verdad más que de goma”, llevando a una represión más violenta. En 2005, por ejemplo, en la aldea de Shangyou, Hebei, “con la aprobación de las autoridades locales, un constructor envió a 300 matones con casco armados con rifles de caza, tubos metálicos y palas para expulsar a los aldeanos que estaban ocupando la tierra que había sido incautada por el gobierno local”. Los matones dispararon a más de 100 aldeanos, matando a seis.[40] Más tarde ese mismo año, en la aldea de Dongzhou, prefectura de Shanwei, Guangdong, se envió policía armada para dispersar una sentada similar contra la incautación de tierras y línea costera para construir una central eléctrica, y los aldeanos respondieron presuntamente arrojando cócteles Molotov. La policía disparó y mató a entre 3 y 20 aldeanos en lo que los medios de comunicación llamaron “la Masacre de Shanwei”, en referencia a la Masacre de Tiananmen de 1989.[41]

En 2003, como respuesta a estos conflictos, unido a la inquietud por que la pérdida de tierra cultivable amenazase la seguridad alimentaria de China, Beijing inició una serie de políticas que tenían como objetivo frenar las incautaciones de tierras. Empezó por limitar el número de zonas de desarrollo y aplicar mano dura con las requisas ilegales de tierra, y para 2004 había establecido una moratoria de seis meses sobre toda conversión “no urgente” de tierra agrícola para uso no agrícola, publicando regulaciones que obligaban a que las nuevas conversiones fuesen aprobadas por autoridades de más alto nivel.[42] Al igual que con las anteriores campañas contra la corrupción, sin embargo, estas reformas parecen haber tenido muy poco impacto, más allá de aumentar finalmente el precio de la tierra y obligar a los gobiernos locales a imaginar astutas soluciones alternativas. Según el Ministerio de Tierra y Recursos, hubo 168.000 acuerdos ilegales de tierra en 2004, y en 2006, el Primer Ministro Wen Jiabao “admitió abiertamente que las incautaciones ilegales sin una compensación adecuada eran todavía una fuente clave tanto de la inestabilidad como de los levantamientos en el campo.”[43] En 2007, Beijing aprobó una ley limitando las condiciones para la venta (técnicamente un arrendamiento a largo plazo) de tierra agrícola y prohibiendo la venta de tierra rural en la que hubiese hogares campesinos (zhaijidi) pero, concluye Walker, “parece que estas regulaciones harán poco para frenar las ‘coaliciones malignas’ de funcionarios y promotores en las expropiaciones ilegales, o su uso de violencia mediante matones para llevarlas a cabo.”[44]

Junto con la regulación de 2007, hubo una “línea roja” de 120 millones de hectáreas de tierra cultivable de China por debajo de la cual no sería permitido caer, por la preocupación por la seguridad alimentaria.[45] El año anterior, sin embargo, se completó la abolición gradual de la mayor parte de los impuestos y tasas rurales, y esto solo incentivó aún más a los funcionarios locales a buscar una alternativa, a menudo consumiendo tierras como fuentes de ingreso. Beijing intentó compensar esta pérdida de ingresos de los gobiernos locales aumentando su asignación presupuestaria y fusionando oficinas para reducir el personal, pero estas medidas apenas mellaron la tendencia dominante. Esta presión aumentó aún más a medida que los préstamos masivos de los gobiernos locales empezaron a vencer, con una deuda total de 2,8 billones de dólares estadounidenses en 2013 —forzando a Beijing a establecer un tope de 2,5 billones de dólares de préstamos de los gobiernos locales en 2015.[46] Estos mismos préstamos eran un elemento central del paquete de estímulo de Beijing post2008, lanzado después de que 23 millones de trabajadores de las áreas rurales perdiesen sus trabajos en la crisis financiera.

De manera bastante irónica, muchos gobiernos locales encontraron una solución en la campaña de NCS de Beijing, también lanzada en ese momento con los objetivos de “aligerar la carga de los campesinos”e incrementar su incorporación a la economía de mercado promocionando el consumo rural. A pesar de la amplia variedad de proyectos incluidos en las guías oficiales del NCS, los gobiernos locales naturalmente se centraron en aquellos aspectos que podían generar ingresos (tanto legales como ilegales), y el más lucrativo había sido la continuación de las apropiaciones de tierras y el desarrollo inmobiliario— ahora encuadrado como algo que daba viviendas a los ruralitas, pero a menudo incorporando vivienda adicional para la venta a los urbanitas ricos, junto con centros turísticos, fabricas y granjas capitalistas o “cooperativas” (todas presentadas, por supuesto, como formas de generar ingresos para los aldeanos). Aunque Beijing siguió restringiendo las transferencias de tierras e intentó deshinchar la burbuja inmobiliaria, las ventas de tierras y los impuestos por las transacciones de propiedad supusieron entre el 30 y el 74 por ciento de los ingresos de los gobiernos locales durante la mayor parte de la pasada década (subiendo de un 10% a finales de los 90). Este aumentó al 45% en 2013, y se espera que suba aún más en los próximos años y venzan más préstamos gubernamentales. Las únicas excepciones serán las pocas localidades capaces de beneficiarse de la huída tierra adentro de la manufactura y del desarrollo de la agricultura industrializada a