En recuerdo de Víctor Jara

Salvador López Arnal

Era Víctor, aunque le vi delgado y demacrado. ¿Qué te han hecho para consumirte así en una semana? Tenía los ojos abiertos y parecía mirar de frente con intensidad y desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles moratones en la mejilla. Tenía la ropa hecha jirones, los pantalones alrededor de los tobillos, el jersey arrollado bajo las axilas, los calzoncillos azules, harapos alrededor de las caderas, como si hubieran sido cortados por una navaja o una bayoneta… el pecho acribillado y una herida abierta en el abdomen… las manos parecían colgarle de los brazos en extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas.. pero era Víctor, mi marido, mi amor. En este momento también murió una parte de mí. Sentía que una buena parte de mí moría mientas permanecía allí, inmóvil y callada… incapaz de moverme, de hablar.

Joan Jara, Víctor Jara, un canto truncado.

Al comenzar la década de los setenta Manolo [Manuel Sacristán] estaba convencido del doble fracaso o la doble derrota de las corrientes principales en que la tradición marxista se había dividido históricamente: la socialdemócrata y la comunista. Ya en 1969, al analizar lo que fue la Primavera de Praga y la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, había apuntado, por una parte, que veríamos cosas peores y, por otra, la necesidad de una reconsideración crítica del leninismo si lo que se pretendía (y él lo pretendía) era evitar la recaída en el estalinismo o en la ilusión gradualista. La tragedia del socialismo en Chile, en 1973, afectó a Manolo profundamente. No escribió sobre eso porque le deprimió todo lo que estaba pasando: la confusión generalizada entre estar en el gobierno y tener el poder, la forma en que se produjo el golpe de estado y la reacción de las direcciones de los partidos comunistas europeos. El análisis de la experiencia de Chile le reafirmó en su convicción de que había que pensarlo casi todo de nuevo. En esto coincidía con el viejo Lukács.

Entrevista a Francisco Fernández Buey sobre Manuel Sacristán[1]

Hace ocho años, cuando se acababa de publicar en España Imposturas intelectuales, entrevisté, con la inestimable ayuda de Joan Benach[2], a Alan Sokal, uno de los autores del ensayo[3]. La conversación nos demostró la rapidez, el ingenio, la profundidad intelectual, las inquietudes políticas de izquierda y la excelente formación filosófica del físico neoyorquino, así como su abierto talante para recibir sugerencias o comentarios críticos. Pero no sólo eso. Nos impresionó también su magnífico castellano. Su uso del “satisfizo” en una ocasión, de un “anduve” en otra, de un “podía haber acaecido” en una tercera y de un “intitulado” cervantino me hizo parar la grabación, tomar aliento, felicitarle por su envidiable dominio del idioma y preguntarle por los motivos de su estudio de la lengua española. Un físico que se dedica al campo de la física subatómica, con reconocidos papers publicados en prestigiosas revistas de mecánica cuántica, que lee el 99% de los trabajos publicados sobre su disciplina en inglés, y acaso en francés y en alemán el 1% restante, ¿por qué se había empeñado en estudiar castellano con tanta dedicación y con tan deslumbrante resultado? Sokal nos lo explicó complacido. A principios de los setenta, su hermana colaboraba y trabajaba en el Chile de Salvador Allende. Fue ella quien le dio a conocer la música popular chilena. Alan se enamoró del cancionero de Violeta Parra y, especialmente, del de Víctor Jara, y quiso entender el significado de las letras que ya cantaba. Por eso, por esa magnífica razón, nos dijo, aprendió español. Desde entonces, seguro que ustedes compartirán elección, Alan Sokal es mi físico neoyorquino preferido. Lo sigue siendo. Sin atisbo de duda.

Curiosamente, y para mi vergüenza, en los años setenta yo había escuchado a la grandísima Violeta Parra, cuyas canciones, desde luego, sigo oyendo admirado[4], pero muy poco a Víctor Jara. De hecho, su primera canción la oí en labios de otro cantoautor. Raimon había grabado en catalán, poco después del golpe militar del 11 de septiembre, “Te recuerdo Amanda”[5], una hermosísima canción que lleva el nombre de una de las hijas de Jara, y que, al oírla, sigue emocionando igual que el primer día que se escucha. Gracias, una vez más, a la sensibilidad y la amplitud de miras del autor de “Jo vinc d’un silenci” supe y pude escuchar la música de Víctor Jara.

Leyendo las memorias de su compañera, de Joan Jara, es fácil reparar la grandeza y honestidad de su compromiso. Vale la pena recordar una de las entrañables historias que cuenta Joan en su sentida biografía.

A finales de junio de 1973, Víctor Jara partió para Perú[6]. El Instituto Nacional de Cultura del país vecino le propuso dar una serie de recitales en diversos puntos del país. Fue entonces cuando Jara visitó las ruinas de Machu Picchu en compañía de un antropólogo, de Mariano Sánchez Macedo, un indio peruano que estaba trabajando en excavaciones[7].

Un obrero limeño, Salazar era su nombre, le vio cantar en uno de sus recitales. Después de la actuación se le acercó. “Me gustaría que usted conociera donde vivo, mi casa, mi mujer, mis hijos, en fin, la gente que vive con nosotros”, le dijo. La invitación fue directa. Jara aceptó. Así recordó Jara, a su regreso a Chile, su visita a la casa de la familia Salazar:

Fuimos en una micro hacia las afueras de Lima. La micro llena. Un día gris (igualito que el vals). Llegamos a Coimas, un pueblo joven, como quien dice aquí la Población José María Caro. Muchos niños jugando a la pelota. Eran las cuatro de la tarde. Comenzamos a caminar y me fue explicando lo de los Trabajadores Comunitarios (Trabajos Voluntarios), el agua potable, el alumbrado, lugares para que jueguen los niños, y subíamos calle estrechas. De pronto me volví y a la distancia se divisaban los edificios del centro de la ciudad y a mi alrededor los cerros cubiertos de casitas que forman una comunidad de pueblos jóvenes de ese sector. Pasaos a un almacén y Salazar compró pan y huevos. Yo compré chocolates para sus hijos. Continuamos subiendo. No paraba de contarme cosas. Parece que siempre nos hubiéramos conocido. Al llegar a su casa, me presentó a su mujer. Morena, simpática, se puso muy nerviosa. Daba la coincidencia que recién me estaba escuchando en la radio y le parecía demasiado sorpresivo que este chileno apareciera en su casa. Nos entendimos rápidamente y tomamos once con huevos fritos. Mientras los niños jugaban y me mostraban sus tareas,  conversamos de todo: casas, hijos, Perú, Chile, revolución, cambios, etc. Luego me mostraron la casa. Se notaba el cariño y el esfuerzo de un hombre y una mujer en cada centímetro de cemento, en cada tabla y clavo de este hogar, humilde tal vez, pero con un calor humano que las grandes mansiones envidian.

Salazar me confesó que él siempre pensó que yo iría a su casa. Que no había tenido vergüenza al invitarme: “Porque yo contaba para ellos y él sintió que yo era parte de ellos…” Les contaré que no es la primera vez que me ocurre. Esto me estimula muy profundamente. A veces, uno cree haber desviado el camino, que otro tipo de intereses van minando la conciencia y separándolo a uno de lo cotidiano, de lo sencillo… y esto me fortalece. Me hace sentir que es valido lo que hago y cómo lo hago.

Salazar volvió conmigo. Caminamos cerro abajo. Vino a dejarme al centro de Lima.

Dos meses después de su vuelta, huracanes fascistas de acero, teledirigidos por el Pentágono[8], por el señor K-Premio Nobel de la Paz[9],  y por uno de los presidentes asesinos con más destacado historial del siglo XX, arrasaron el Chile socialista[10]. Era el 11 de septiembre de 1973. Volodia Teitelboim[11] lo recordaba años después, extrayendo una conclusión cuya vigencia no parece un sinsentido:

Reiteramos: el adversario echará mano a la violencia a menos que sea incapaz de recurrir a ella. La revolución puede evitarse el costo de la sangre solo si la mayoría está en  situación de imponerlo y la minoría no esta en situación de impedirlo. Este podría ser el período que se vivió en Chile durante los últimos meses de 1970 y parte de 1971. Pero, por todos los medios, el enemigo se esforzará por recuperarse. Por lo tanto, no se trata de un solo momento peligroso. El riesgo existe mientras subsista la reacción y se acrecienta si ésta consigue trocar la situación en su favor.

Consiguieron esa vez trocar la situación a su favor. Víctor Jara fue una de sus numerosas víctimas. ¿Cuántas? ¿15, 20 mil en total?. El autor de “Con el alma llena de banderas” pasó la noche del 11 al 12 en la Universidad Técnica de Santiago. Precisamente, el presidente Allende iba a pronunciar allí un discurso la misma mañana de 11 de setiembre. Quería anunciar en él su decisión de celebrar un plebiscito nacional a fin de resolver los conflictos que amenazaban el país con procedimientos democráticos. Fue asesinado esa misma mañana.

Jara cantó en la Universidad durante casi toda la noche. Quiso elevar la moral de los compañeros que le rodeaban. A la mañana siguiente los tanques entraron en el recinto universitario. Seiscientas personas, entre estudiantes y profesores, fueron obligados a echarse al suelo en un amplio patio de la Universidad. Les golpearon con la culata de los fusiles[12] y dándoles patadas. Desde allí les hicieron correr hasta el Estadio de Chile, a seis manzanas de distancia. Al formar a la puerta del estadio, Jara fue reconocido por un suboficial. Le golpeó en la cabeza, lo derribó, y le pateó el vientre y las costillas. Le separaron de sus compañeros. Lo destinaron a una tribuna especial, junto a los que llamaban “detenidos importantes o peligrosos”. Un oficial, el segundo jefe del estadio, lo reconoció más tarde en un traspiés de Jara. Llamó a los guardias que le acompañan. “¿Qué hace aquí este hijo de puta? No permitan que se mueva de aquí, me lo reservo”. Víctor fue trasladado  poco después al sótano del Estadio, un espacio que él conocía por sus actuaciones musicales. Estaba esta vez cubierto de sangre. Le hicieron tumbar en un suelo cubierto de excrementos.

Después de cuatro días de torturas, antes de ser golpeado y arrastrado para someterle a la que fue la última sesión de su agonía, un verso, un solo verso de “Venceremos”, el himno de la Unidad Popular, sonó en el estadio.

El último poema que Jara pudo escribir en el Estadio de Chile, donde estuvo detenido con 5.000 presos más, la mayoría de ellos asesinados en los días siguientes, hablaba del verdadero rostro del fascismo:

Un muerto, un golpeado como jamás creí

Se podría golpear a un ser humano.

Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores

Uno saltando al vacío,

Otro golpeándose la cabeza contra el muro,

Pero todos con la mirada fija de la muerte.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!

 

En este mismo poema, Jara recordaba también la muerte del presidente Allende:

Somos diez mil manos menos

            Que no producen

            ¿Cuántos somos en toda la Patria?

            La sangre del compañero Presidente

            Golpea más fuerte que bombas y metrallas

            Así golpeará nuestro puño nuevamente.

El 11 de setiembre, el compañero presidente, una de las más grandes y más dignas figuras de la historia del socialismo del siglo XX, en el que fue su último parlamento, había hablado de semillas entregadas a la conciencia de millones de ciudadanos chilenos  y del resto del mundo[13]:

Esta será seguramente la última oportunidad en que me dirijo a ustedes… Yo no voy a renunciar… Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no puede ser segada definitivamente… No se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La Historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Que así sea, y que sea así más pronto que tarde.

Otro 11 de septiembre, esta vez de 1906[14], unas 3.000 personas de origen indio reunidas en Teatro Imperial de Johannesburgo denunciaban la Ordenanza de Enmienda de la Ley Asiática, una legislación racial que les condenaba a ser ciudadanos de segunda. Una de esas tres mil personas, un abogado, se mantuvo en pie y levantó juramento de desobediencia a esa ley. Se llamaba Mohandas K. Gandhi. Nacía el despertar creativo de la satyagraha, la fuerza de la verdad.

Siguió vigente tras él, sigue vigente. Allende, Neruda, Víctor Jara, Miguel Enríquez, entre muchas otras personas anónimas, la encarnaron. La ciudadanía popular de numerosos países de América Latina la encarna hoy con fuerza y decisión: claridad de consciencia, voluntad de transformación social, negación de seguir girando en otra vuelta más de la sangrienta noria de la Historia. Igualdad real, libertad de cada cual para el autodesarrollo de todos, fraternidad, solidaridad, socialismo.

Pero, puestos en tema, ¿sólo la ciudadanía popular latinoamericana debería encarnar el despertar creativo de la satyagraha?

 

[1] La entrevista apareció en el dossier del número extra de El Viejo Topo, julio-agosto de 2005, dedicado a Manuel Sacristán

[2] Si el lector o lectora está interesado en temas de salud y desigualdades sociales, es absolutamente recomendable, sin reservas, el ensayo de Joan Benach, escrito a la limón con Carles Muntaner, Aprender a mirar la salud. Cómo la desigualdad social daña nuestra salud. Libros de El Viejo Topo, Barcelona, 2005.

[4] Aunque es aquí cuestión marginal sigo opinando que Violeta Parra es una de las grandes artistas populares del siglo XX. Creo, además, que podría justificar mi creencia convincentemente. No es sólo “pasión” artística o empatía humana.

[5] Si mi memoria ha acuñado bien esta moneda, Raimon dedicó el disco que contenía su versión catalana de “Te recuerdo Amanda” (Et recordo Amanda) a Víctor Jara con ese mismo título: “A Víctor Jara”.

[6] Joan Jara, Víctor Jara, un camino truncado. Ediciones B, Barcelona, 1999, páginas 306-308.

[7] Una conocida foto de Víctor  Jara, de pie con poncho al viento, que creo fue portada de uno de sus discos, fue tomado por su amigo antropólogo durante esta visita.

[8] Curiosamente este centro neurálgico del horror se inauguró también un 11 de septiembre de 1941 (James Carroll, La casa de la guerra, Crítica, Barcelona, 2007, p. 51) y fue también un 11 de septiembre, esta vez de 2001, cuando explotó el vuelo 77 de las aerolíneas estadounidenses tras colisionar con el Pentágono.

[9] ¿Para cuándo una campaña ciudadana que pida la retirada inmediata de ese Premio Nobel de la Paz?

[10] No es ningún uso desmedido de los adjetivos. Nixon, conversando y pensando “a lo grande” con el doctor K., conjeturó la posibilidad de lanzar la bomba atómica sobre Vietnam. El gran periodista Rafael Poch de Feliu, actual corresponsal de La Vanguardia en el sudeste asiático, ha explicado lo que se conoce de esas conversaciones secretas.

[11] Volodia Teitelboim,”Reflexión sobre los “mil días” del gobierno de la Unidad Popular de Chile”. Materiales nº 3, mayo-junio 1977, págs. 25-35.

[12] Es una práctica usual de soldados, guardias y policías fascistas. El hermano de mi madre me explicó una vez que había estado presente el día en que asesinaron a su padre, al abuelo que no conocí. Era noviembre de 1939, en el Camp de la Bota de Barcelona. Desesperado, sabiendo lo que iba a suceder, tenía entonces apenas 17 años, mi tío se abalanzó contra uno de los guardias civiles que iba a fusilar a su padre. Un fuerte culetazo lo arrojó al suelo. Se levantó, abalanzándose de nuevo contra el guardia y arañándole el rostro. Otro culetazo, tuvo suerte, pudo haber sido mucho peor, le arrojó de nuevo a tierra. Su padre, junto con 30 detenidos más, él recuerda el número con exactitud, fue fusilado poco después. Los cadáveres de los republicanos asesinados fueron arrojados a una fosa común abierta cerca de la playa. Su padre, un campesino sin apenas tierras de Salillas, Huesca, que había emigrado a Catalunya, había sido un guardia republicano municipal que no se había destacado políticamente. Un vecino barcelonés colaboracionista, que regentaba una pescadería cercana a la casa de José Arnal, lo denunció poco después de haber finalizado la guerra incivil. La familia no conoce donde, finalmente, descansan sus restos.

[13] Difícilmente olvidaremos las gentes de mi generación aquel número de la revista Triunfo, de septiembre de 1973, con la palabra “CHILE”, en blanco, con tamaño grande y solitaria en portada, sobre un fondo negro. Las Ramblas barcelonesas abarrotadas. Jóvenes, y no tan jóvenes, con el Triunfo en las manos y dolor y rabia contenida en los rostros. Final de Ramblas. Manifestación espontánea. Gritos: CHILE, CHILE, CHILE, ¡Pinochet asesino!, ¡Viva la Unidad Popular! ¡Viva Salvador Allende!, y la intervención contundente de una policía fascista que, desde luego, más misterios de la modélicamente controlada transición española, nunca fue depurada.

[14] James Carroll, op. cit, p.53.

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