Hirokazu Kore-Eda, realizador de cine. De los sentimientos familiares a la vida comunitaria.

Antonio Ruiz

La cinematografía japonesa nos ha proporcionada importantes realizadores que han dejado huella de su peculiar forma cultural de hacer: Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu, Nagisa Oshima…, creando una escuela propia.

De los directores japoneses, surgidos desde la última década del siglo pasado, Hirokazu Kore-eda mantiene esa tradición con características propias. Kore-eda (1962) se inicia en el mundo del cine a los 29 años realizando: una docena de cortos, trabajos para televisión, productor de varias películas, pero sobre todo, es director de largometrajes y guionista, bien propios o adaptaciones de textos. A diferencia de otros autores de su generación la mayoría de su cine ha sido estrenado en Europa y presentado en Festivales continentales.

El cine de Kore-eda tiene, en los catorce largos realizados hasta ahora, unos parámetros comunes. El principal y genérico es el medio familiar donde indaga la relación parental desde diferentes aspectos. Otro es el protagonismo de los niños y su mundo. Las bandas musicales tienen un suave sonido que armoniza con lo que se cuenta. Unas historias se ubican en grandes ciudades y otras en pequeñas, pero siempre en la época actual. Generalmente nos
introduce en la vida cotidiana del entorno en que se mueven los personajes, nunca los aísla, al contrario, utiliza bastante el exterior para mostrar la forma de vida: la selva de edificios antiestéticos de la ciudad con trenes a veinte metros de altura pasando a toda velocidad en la oscura noche, supermercados donde todos entran y salen, salen y entran, y donde alguien espera a que le den lo que está caducado. En las pequeñas comunidades rurales se ven el
mar, los valles, las montañas pero apenas hay jóvenes, se han ido a la ciudad, para ganar o perder, triunfar o robar, pero todos a consumir. Los que se quedan, mayores y menores, siguen esperando que florezcan los cerezos.

Kore-eda realiza un cine aparentemente suave, en su conjunto, pero exponiendo temas más bien duros. Su técnica es introducirte en la historia de forma realista y con natural templanza hasta llegar a la situación fuerte, no busca la sorpresa emotiva, más bien, que el devenir narrativo te motive a pensar. Lo que suele contar son situaciones que pueden ser más o menos frecuentes, pero existen. En alguna recurre a la fantasía (Muñeca de aire) o muere una niña de inanición (Nadie sabe) pero, conociendo los hechos, no engaña ni te sientes engañado, lo ves como un recurso para el fondo que quiere transmitir. Creo que su intención es invitarnos a pensar más allá de lo que cuenta, es decir, porqué se llega a determinada situación, si se acepta, la culpa no puede ser unipersonal. Por eso considero que su tipo de cine no obliga pero si invita a reflexionar. Como negativo algo que suele ocurrir en muchas de las películas de
nuestro tiempo, la larga duración del metraje, las que superan dos horas claramente perjudican al conjunto. Sobre su última película estrenada el año pasado (La Vérité, 2019), una coproducción con Francia que cuenta con dos famosas actrices (C. Deneuve y J. Binoche) y trata uno de sus temas más común, la familia, opino que no pasa de ser una película más. Se nota que está fuera de su medio y me recuerda al trabajo que ha realizado Ken Loach cuando
ha salido de su país: pierde cierta identidad de estilo y resultado.

 

Comentaremos brevemente cuatro de sus películas para ver el espectro de sus guiones:

 

Kuki ningyô (Muñeca de aire 2009)

Argumento: Un hombre solitario de mediana edad que trabaja una larga jornada en un restaurante y cuya función es ir y venir de su casa al trabajo, tiene en esta un maniquí hinchable, de tamaño natural, que representa a una joven de 20 años. Con ella charla los problemas del día, le da mimos y consuma su necesidad sexual. Un día de lluvia el maniquí se levanta, toca las gotas de la lluvia con su mano y su cuerpo, poco a apoco, va transformándose en humano. Sale a la calle (vestida de colegiala) como un ser que tiene que aprenderlo TODO. Esta historia de viñetas que Kore-eda transforma en guion, junto con el autor (Yoshiie Goda), le sirve para penetrar y mostrar las reacciones, necesidades, complejos y miserias de esta sociedad que somos nosotros: el hombre que al volver a casa y no encontrar al maniquí, incapaz de relacionarse con sus semejantes, se compra otro; el dueño de la tienda, siempre paternalista, que acaba haciendo chantaje a la mujer-maniquí a cambio de sexo; el joven tímido, con sus demonios internos, del que se enamora y al que le perfora el ombligo (el lugar donde tiene la válvula) para inflarle y darle más vida consiguiendo lo contrario; el viejo profesor de suplencias que dice que se ha quedado vacío, como la sociedad; la joven maniquí (buena interpretación de la actriz surcoreana Bae Doona) que ahora que tiene “corazón” no encuentra a nadie capaz de explicarle que significa “estar viva”. Es sorprendente lo mucho que dice el autor con una sencilla historieta contada con naturalidad sensible.

 

Soshite Chichi ni Naru (De tal padre, tal hijo 2013)

Argumento: Un arquitecto de la alta burguesía, que ante todo prioriza su trabajo, casado y con un hijo de seis años, le comunican que el día que nació su hijo biológico, por error, fue cambiado por otro en el hospital donde nació. Han de decidir si elegir al hijo propio o al que han criado. En este caso nos presenta a dos familias de clase y formas de vida diferente. La familia que ha criado al hijo biológico de la familia burguesa es de clase sencilla, vive de una pequeña tienda de aparatos eléctricos y tiene dos niños menores más. Se trata de ver como se soluciona. En el desarrollo muestra los desencuentros de clase, intereses, surgimiento de reacciones “dormidas” entre las parejas… Lo que cabe preguntarse es: ¿se puede querer a un niño si no es biológico como si lo fuera?, ¿se puede dejar de querer cuando sabes que no lo es?, ¿qué siente un niño de seis años cuando sus padres le dicen que ya no lo son? Las respuestas son abiertas y dependen de quienes la juzguen, pero sobre todo dependen de algo más.

 

Dare mo Shiranai (Nadie sabe 2004)

Argumento: Una madre con cuatro hijos de distintos padres, alquila un pequeño piso en Tokio. Nunca han ido al colegio y la madre enseña a leer y escribir al mayor de 12 años. Un día dice que tiene novio, poco después deja una nota y algo de dinero diciendo que volverá para Navidad, nunca regresa. Esta fue de las primeras películas de Kore-eda que llegaron al mercado europeo y posiblemente fue por recibir un premio a la mejor interpretación masculina del niño de 12 años Yùya Yagira. Viendo la cinta ya sabes que la madre no volverá, que estos cuatro niños entre doce y cinco años tendrán que arreglárselas solos. El mayor tendrá que hacer de padre y madre; la situación se irá degradando; se quedarán sin servicios básicos, incluso sin piso y sin comer. Ese estilo de narrar del autor que va presentando la acción de forma tranquila, pausada, natural, hace que te centres en lo que cuenta y nos recuerda al clásico cine japonés, esa “suavidad” en dejar hacer. Pero si observamos bien, vemos que hay matices que diferencian la sociedad japonesa de los años cincuenta del siglo pasado a la del dos mil. Los personajes de la historia están ahí, en esa inmensa ciudad, pero no se les ve, el titulo en español no debería ser “Nadie sabe”, sino, Nadie ve, se mueren pero son invisibles, en esto se parecen a nosotros. Por lo visto hay algo por encima de las culturas que nos homologa en la invisibilidad de lo que no nos interesa ver: el sistema.

 

Manbiki kazoku (Un asunto de familia 2018)

Esta película fue estrenada en Barcelona el 22/12/18, horas después escribí esta pequeña reseña que pongo a continuación en cursiva, sin alteración alguna para mantener la sensación que me produjo el día que la vi. Guión y dirección del japonés Hirokazu Kore-eda, Palma de oro en Cannes en 2018. El título al castellano lo han traducido en sentido muy libre, ya que el original es “ladrones de tiendas”, y el argumento lo podemos resumir como un grupo de seis personas que viven juntas y que van sobreviviendo con trabajo precario y “otras cosas” en un duro Japón actual. Hirukuza Kore-eda es actualmente un heredero de la escuela clásica de cine japonés. A través de las historias que nos cuenta en sus películas, gusten más o menos, siempre nos muestra el trasfondo de su país y su evolución social-sentimental del momento en que estas se desarrollan. La que hoy nos ocupa tiene, creo, más fondo de lo que en principio pueda parecer. La historia es muy curiosa e incluso puede extrañar. Durante la proyección se va mostrando diferentes situaciones de los protagonistas, la relación entre ellos, lo que van sintiendo,… y se espera que el director, en cualquier momento de la narración, nos dé respuestas para entender sus vidas, relación,… y estas no llegan. No nos percatamos que el sentido de la historia está ahí, precisamente en lo que cuenta, en como lo hace y en los sentimientos que expresan los personajes. Envuelto en esa peculiar narración, Hirukuza nos va exponiendo una situación social del industrioso y “desarrollado” Japón de hoy, ese capitalismo avanzado que intenta hacer invisible situaciones como las que viven estos conciudadanos donde los culpables son las propias víctimas que lo padecen. Algo, que si queremos verlo, solo tenemos que eludir la demagogia y fetichismo del sistema, y mirar queriendo ver aquí, a nuestro lado, en la acera de enfrente. Como elemento artístico narrativo yo destacaría uno de los que el autor quería exponer haciéndose la pregunta; ¿es imprescindible un vínculo consanguíneo para mostrar verdaderos sentimientos por otros seres conviviendo en comunidad familiar? El director logra exponerlo de forma natural, sensible y sencilla la armonía de esta “familia” que vive sus ratos felices estando juntos, a pesar de la dura realidad del entorno. Como apunto más arriba, la historia tiene la forma que ha ideado el guionista, mientras que el
fondo, es real.

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