México 2021

José Luis Martín Ramos

Las elecciones han resultado una batalla política a cara de perro y el proceso posterior lo sigue siendo. La curiosa alianza PAN-PRI-PRD, apoyada si no promovida por el lobby “Sí Por México” vinculado a la Confederación Patronal de la República Méxicana, planteó las elecciones de 2021 como la oportunidad para descabalgar a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de la mayoría en la Cámara de Diputados y desequilibrar la presencia territorial de MORENA mediante un acceso múltiple a los gobiernos de los Estados. Dejar a AMLO como se dice en EEUU como un “pato cojo” en la mitad de su mandato. Sólo hay que repasar las declaraciones de todos ellos desde 2020. La coyuntura de las elecciones intermedias en México tiene unas características particulares que alentaba esa expectativa; la elección general de diputados se celebran cada tres años coincidiendo o no, alternativamente, con las presidenciales, es decir las de 2018 formaron parte de la elección presidencial y las de 2021 no. La consecuencia es que cuando coinciden la participación corresponde a la importancia de la elección presidencial y cuando no, desciende siempre de manera notoria, aumentando el abstencionismo entre las clases populares. En las intermedias de 2015 la participación fue del 47,7% y en las presidenciales de 2018 del 63,4%, casi dieciséis puntos más. El cálculo del bloque opositor era que si se mantenía esa rutina la desmovilización electoral sería su principal aliado para dejar impotente a AMLO en la segunda mitad de su mandato, con una Cámara de Diputados en la que MORENA y sus dos aliados actuales habrían perdido la mayoría y ni siquiera estarían en condiciones de aprobar el presupuesto.

Sobre esa base el bloque PAN-PRI-PRD+ “Sí por México” ha venido desarrollando desde 2020 un tipo de campaña política que parece que está de moda en las derechas desde la irrupción del “trumpismo”. Habiéndose constituido ellos en bloque opositor acusaron a AMLO de polarizar el país, y querer dividirlo con su constantes apelación a los pobres y a los de abajo; una apelación que hay que situar en el contexto de la cultura política mexicana y que Cárdenas – referente de AMLO- también tuvo por divisa. Dijeron que era autoritario y que ponía en peligro la democracia y alguno de ellos llegó a insinuar que en su cabeza estaba reformar la constitución para conseguir un segundo mandato. Que programa es puro populismo vacío, etc., etc. Para difundir ese mensaje a los cuatro vientos y en particular entre las clases medias, tenían a su disposición la inmensa mayoría de los medios de comunicación tradicionales: prensa como Excelsior, Reforma, para señalar dos de las cabeceras históricas; la televisión con Televisa al frente; revistas políticas con algún pedigrí en la historia de la izquierda mexicana como Nexos, incluso en ocasiones Proceso. En el último momento se han sumado descaradamente a la campaña dos medios internacionales con lectura entre las muy “yanquizadas” burguesía y segmentos de “profesiones liberales”: The Economist y Wall Street Journal. Frente a ese control de medios AMLO y MORENA han replicado con dos políticas comunicativas propias en las que han desbordado por completo al bloque opositor: las ruedas de prensa matinales de AMLO, cada día, las “mañaneras” y un intenso activismo en redes sociales en “emisoras youtuber”.

También contaba con las fragilidades internas de MORENA. Éste es la penúltima expresión del largo y accidentado proceso de construcción de una formación de izquierda que se inició a mediados de los ochenta del siglo XX en dos ámbitos inicialmente separados: el de los partidos históricos de la izquierda mexicana, con el Partido Comunista en primer lugar, y las nuevas formaciones surgidas del movimiento mexicano del 68, entre las que destacaba el Partido Mexicano del Trabajo fundado por un líder carismático Heberto Castillo, socialista de izquierda; y el del PRI, en cuyo seno coexistían corrientes diversas, la más inclinada hacia la izquierda era la cardenista. El primer ámbito se fue agrupando primero el en PSUM (no es accidental que recuerde al PSUC), que mantenía la identidad comunista y luego con la fusión entre éste y el PMT en el Partido Mexicano Socialista. En el segundo el origen fue el rechazo a la implementación del liberalismo como doctrina del PRI y el inicio del desmonte del estado del bienestar durante la presidencia de Miguel de la Madrid, que con el tiempo tendría medidas emblemáticas como la privatización del sector eléctrico y de PEMEX; ese rechazo se expresó en la formación de una disidencia interna, la llamada “Corriente Democrática” promovida por Porfirio Muñoz Ledo y Rodolfo González Guevara que en 1986, aprovechando un viaje de Cuauthémoc Cárdenas a Barcelona- para participar en actos de celebración del 50 aniversario de la guerra de España- negociaron con éste y lo atrajeron a su corriente, consiguiendo la figura simbólica del “neocardenismo” que ni Muñoz Ledo ni González Guevara podían representar. Cuando De la Madrid frustró a la Corriente Democrática promoviendo a Carlos Salinas de Gortari, del ala liberal, a candidato presidencial, ésta abandonó mayoritariamente el PRI y formó con el apoyo del PMS un Frente Democrático, con Cuauthémoc como candidato; éste ganó las elecciones presidenciales de 1988, aunque un fraude a la luz del día (la “caída” del sistema informático de recepción de resultados del escrutinio) impidió que se reconociese su victoria. Al año siguiente los dos procesos acordaron unificarse en el Partido de la Revolución Democrática, que hasta 2012 batalló para constituirse como alternativa al PRI y la oposición de derechas del PAN, coincidentes en su defensa del neoliberalismo. En las elecciones de 2006 un nuevo fraude generalizado impidió la victoria del candidato del PRD Andrés Manuel López Obrador, que pasó a liderar al partido desplazando a Cuathémoc Cárdenas y a Muñoz Ledo. El agotamiento interno fue fragmentando al PRD, dividido por pugnas internas ideológicas y también personales, y después de las elecciones de 2012 Andrés Manuel López Obrador lo abandonó para constituir una formación nueva MORENA, huyendo de los conflictos clientelares que se enquistaban en el PRD y renovando por la base los apoyos sociales que, más allá del PRD, había ido consiguiendo AMLO desde que presidió el gobierno del Distrito Federal (Ciudad de México) entre 2000 y 2005. MORENA revitalizó el proyecto populista, entroncado con el cardenismo, y en poco tiempo consiguió el éxito que no pudo obtener el PRD, ganando las elecciones de 2018 con más del 53% de los votos y una distancia tal frente al PRI y al PAN que hizo imposible el fraude. Con ese éxito AMLO se ratificó como líder incontestable de ese largo proceso de reconstrucción de la izquierda mexicana; no obstante MORENA sigue siendo, como el PRD, una amalgama que puede verse sometida a turbulencias internas dado el sistema político mexicano, que prohíbe la relección presidencial y obliga por tanto a una renovación de liderazgos públicos con vistas a la sucesión de 2024. Esa expectativa ha alentado ya algunos movimientos internos, muy minoritarios dada la personalidad de AMLO, pero que ya han dado lugar a alguna disidencia en particular a la de Muñoz Ledo que ha roto con MORENA al no ser nominado de nuevo como candidato a diputado en 2021; y también a algunas diversidades en los liderazgos y las políticas de alianzas en los Estados. La consolidación del partido tendrá su prueba de fuego en la coyuntura de 2024, en la renovación de liderazgos y la capacidad y el acierto de AMLO para organizar su sucesión institucional, no necesariamente su sustitución política. Eso también lo sabe el bloque opositor y también jugaba con ello en su proyecto de dejar a AMLO como un pato cojo y ahondar en las fisuras internas que pudieran producirse en MORENA.

¿Cuál era el programa “populista y antidemocrático” de AMLO en 2018 y que, efectivamente, ha empezado a cumplir? En esencia producir el cambio de las políticas neoliberales y el grave peso de la corrupción y el narcotráfico enquistada en las instituciones a políticas de bienestar social, quiebra del poder institucional del eje corrupción-narcotráfico y reafirmación del funcionamiento democrático de las instituciones para que el cambio de 2018 no se quede un hecho excepcional. De una manera algo solemne, si se quiere incluso ostentosa, AMLO acuñó ese objetivo en el lema de La Cuarta Transformación, dando a su proyecto una legitimación en clave histórica que refuerza lo que bien podemos considerar un proyecto de construcción de un nuevo bloque hegemómico. La “cuarta” sería la que continuaría las anteriores: la de la independencia, la de la reforma liberal y la revolución de 1910, una sucesión histórica que vendría a ser el hilo rojo del “rissorgimento” a la mexicana. El primer estadio de la Cuarta Transformación se concretó en el programa de 12 puntos de la campaña de 2018, que efectivamente empezó a cumplir. Estos incluyen: medidas de saneamiento y recuperación de la imagen de la función pública ( ningún funcionario puede ganar más que el Presidente de la República; acabar con el fuero de funcionarios públicos, incluyendo la posibilidad que el Presidente de la República pueda ser juzgado por delitos de violación a las libertades electorales y por corrupción; revocación del mandato presidencial mediante consulta popular); de promoción de la educación: modificar el artículo 3 de la Constitución, para aumentar el derecho a la educación pública y gratuita a todos los niveles escolares y revisar la reforma educativa impuesta por los gobiernos anteriores del PAN; lucha contra el crimen, la corrupción y el narco (Secretaria de Seguridad Publica, ley para considerar delitos graves la corrupción, robo de combustibles y el fraude electoral); restauración del estado del bienestar (revertir el decreto de privatización del agua, aumento del salario mínimo en la frontera norte). Esas medidas requieren disposiciones diversas, algunas leyes y otras reformas puntuales de la constitución; para lo primero AMLO tenía mayoría de la mitad más uno en la Cámara de Diputados; para lo segundo necesita una suma de mayorías de dos tercios tanto en la Cámara como en el Senado y de la mitad más uno de los parlamentos de los Estados, que no puede tener sobre todo porque el Senado no se renueva hasta 2024, por más que la demagogia de la campaña pretendía que el objetivo de AMLO era mantener su supuesta mayoría cualificada para tener manos libres en la reforma de la Constitución.

Ese es el programa que subleva al PRI-PAN (“PRIAN” lo llaman para subrayar su unidad) y que pretenden que erosiona la democracia. Y les subleva también que se halla empezado a aplicar y que se haya ampliado con medidas como la Ley que prevé la nacionalización parcial o total del sector de la electricidad, la Ley de Hidrocarburos (suspendida de momento por el poder judicial) la constitución de la Guardia Nacional o el sometimiento del Estado Mayor de la Defensa a la Presidencia, las medidas educativas. Quizás no sea tan accidental que Soledad Loaeza, una de las politólogas más hostiles a AMLO, colaboradora habitual de la revista Nexos, sea la esposa de Adrián Lajous Vargas, director de Pemex durante la presidencia de Zedillo, y a partir de entonces vinculado a las grandes corporaciones financieras internacionales, entre ellas Morgan Stanley. López Obrador no es autoritario, en donde tiene mayoría aplica su programa y cuando ha necesitado reformas constitucionales parciales negocia y consigue pactar con la oposición los votos necesarios. Por algo será que AMLO mantiene, a pesar de la campaña en contra y los factores de desgaste que siempre tiene una gestión, incrementados como en todas parte por la pandemia del covid 19, más de un 60% de popularidad.

¿Qué ha pasado en las elecciones del 6 de junio? Para empezar que el objetivo de dejar a AMLO como pato cojo ha fracasado. En primer lugar, fracasó la especulación sobre la desmovilización: la participación electoral ha sido del 52,7%, record en las elecciones intermedias. Desde luego ha bajado lo suficiente como para que el número de diputados obtenidos por MORENA y sobre todo por sus socios de coalición actual, el Partido del Trabajo y el Partido Verde, haya descendido ligeramente. Todavía no sabemos el resultado definitivo porque el sistema de elección es mixto: 300 diputados son elegidos por mayoría simple en cada una de los correspondientes distritos federales; luego, para corregir las inconveniencias de los sistemas mayoritarios, el Instituto Nacional Electoral reparte 200 escaños entre los partidos que han obtenido representación de manera proporcional al número de votos obtenido por cada uno de ellos en cada una de cinco grandes áreas -con población equivalente- constituidas al efecto (Norte, Centro, y tres del Centro) Cuando el INE haya hecho su tarea en el recuento de la representación proporcional sabremos la composición definitiva de la Cámara de Diputados; pero tras el recuento de los distritos en los que se vota efectivamente, ya conocemos los datos fundamentales de participación, voto y correlación de fuerzas en la Cámara. Ya sabemos dos cosas, de la elección la coalición gubernamental ha obtenido 184 diputados – el 61 %- el bloque opositor 109 – 36%- y Movimiento Ciudadano, un partido que oscila entre ambos, 7. Es decir ha mantenido la mayoría de la mitad más uno de largo en la Cámara. El reparto proporcional no alterará el porcentaje. Todo el discurso postelectoral de la oposición está destinado a enmascarar su derrota; un discurso en el que al revés de los que sucede habitualmente pretende el milagro de que nadie ha ganado. AMLO ha ganado, tendrá algún diputado menos, pero mantiene la mayoría para que se aprueben sus propuestas legislativas normales, incluyendo el presupuesto; como el senado no cambiaba ya sabía que no tendría la mayoría cualificada, y que como desde 2018 para las medidas que impliquen reforma constitucional tendrá que seguir negociando, como lo había hecho hasta ahora. ¿Todo sigue igual? Tampoco exactamente, ya que el gobierno ha ampliado de manera importante su margen de maniobra política. Para empezar, ha ganado entre 11 de las gubernaturas de los Estados, el resto se lo ha repartido el PRI, el PAN y Movimiento Ciudadano; eso significa que MORENA y sus aliados gobiernan en 17 de los 31 estados, sustituyendo en si nivel de poder territorial al PRI. Por otra parte, el PRI que fue a por lana con su alianza con el PAN ha salido trasquilado, y ya no digamos el PRD; este último se quedará con media docena de diputados y el PRI con una veintena, frente a los 21 y 45 que tenían respectivamente en la Cámara saliente. La operación del bloque apoyado por el lobby Sí por México ha tenido un único beneficiario al PAN; el PRD se queda al borde de la desaparición y el PRI va camino de ello, satelitizado por el PAN. Ambas formaciones, a pesar de su giro político desde 2012, conservan todavía algún elemento popular y eso puede proporcionar a MORENA un factor de crecimiento parlamentario de hecho. Las principales turbulencias que se registran en el último período presidencial, que será el de 2023-2024, han cambiado de campo.

A pesar de todo, los medios de comunicación tradicionales dominantes en España, como en México, insisten en negar la realidad. Como hoy, miércoles, ya no pueden seguir negando que MORENA y AMLO, con sus dos aliados, han ganado las elecciones, han decidido adoptar la pauta interpretativa que les dio el lunes Wall Street Journal: las elecciones han “acotado” el poder de Andrés Manuel López Obrador. Sigue siendo una mentira piadosa, institucionalmente no lo han hecho más de lo que ya estaba y políticamente lo han aumentado, se mire por donde se mire, a pesar de algunos detalles locales. Alguno de ellos importante, como el retroceso de MORENA en Ciudad de México, inesperado, que marca una polarización social entre el territorio de predominio de clases medias, la mitad occidental, y el de las clases populares, la oriental ; es un contratiempo, sin duda, pero no marca el resultado político general de México, como lo está empezando a pretender el bloque opositor.

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